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martes, 17 de enero de 2012

Crecimiento en gracia de la Madre de Dios

La posibilidad y el hecho de este crecimiento.—Primer modo de crecimiento, o sea el "opus operantis", esto es, el mérito.—Que todas las condiciones del mérito se realizaron por manera excelente en la Santísima Virgen.—La cual no cesó de merecer desde el primer instante de su vida hasta el postrero.

I. Hemos considerado lo que fue en el principio de su vida esta criatura de Dios, a quien la Iglesia llama la Santa, la Santísima, la toda Santa Virgen María. Hora es ya de que digamos de su crecimiento en la gracia: "Jesús crecía en sabiduría, en edad y en gracia delante de Dios y de los hombres" (San Lucas II, 52). Estas pocas palabras, de San Lucas, son la historia de la Madre de Dios desde el momento de su Concepción inmaculada hasta el de su entrada en el Cielo. Según el Angel de las Escuelas, se han de distinguir en María tres santificaciones, o, usando sus mismas palabras, tres perfecciones de gracia. La primera, que se remonta al primer instante de la existencia de María, fue una perfección de disposición que la preparó para ser digna Madre de Dios. La segunda fue la perfección que causó en María la presencia del Sol de justicia, encarnado en sus entrañas. La tercera es la perfección consumada de la Gloria. Todo lo cual muestra, digámoslo una vez más, que en María todas las perfecciones se refieren a la maternidad divina.
Mas nadie piense que estos tres grados de perfección le fueron exclusivamente conferidos en los tres puntos culminantes de su carrera, de tal suerte que entre el uno y el otro no hubiese ni progreso ni crecimiento en gracia. Nadie, que sepamos, afirmó nunca que, en el intervalo que separa la primera santificación de la segunda, fuese un intervalo sin aumento de gracias ni de méritos Mas no puede decirse otro tanto del tiempo que medió entre la Encarnación del Verbo y el final de la carrera de su vida. Un autor eclesiástico de gran saber y de insigne virtud, Pedro el Venerable, Abad de Cluny, en una célebre carta que escribió al Monje Gregorio, estima que la gracia de la Virgen llegó a su ápice en el mismo día que el Verbo divino se encarnó en Ella. Desde aquel instante, el crecimiento en la tierra llegó a su término. "Yo te saludo, llena de gracia", le dijo el Arcángel. ¿Puede añadirse algo a la plenitud? Tal era la razón que el piadoso Abad juzgaba perentoria.
* No será cosa superflua transcribir aquí toda la doctrina de Pedro el Venerable acerca de esta grave cuestión. Veráse, que, aunque yerra en algún punto, tuvo altísima idea de las grandezas inconmesurables de la Madre de Dios. Uno de sus religiosos, llamado Gregorio, le propuso por escrito algunas cuestiones, entre las cuales figuraba ésta: "La Virgen Madre, a quien se dijo: "Yo te saludo, llena de gracia", y además: "El Espíritu Santo descenderá sobre ti y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra"; esta Virgen en quien, según San Jerónimo —es decir, el autor del sermón sobre la Asunción de María al Cielo—, se acumularon las olas de la divinidad, tota divinitatis unda, ¿recibió el día de Pentecostés algún aumento de gracia ?"
Pedro, en el principio de su respuesta, distingue dos géneros de gracias, las mayores y las menores, charismata majora et charismata minora. Las primeras se enderezan a la santificación personal de quien las recibe. De éstas escribió el Apostól: "Ahora permanecen la fe y la esperanza y la caridad, estas tres; pero la mayor es la caridad" (I Cor.. XIII, 13), la caridad, que perfecciona en nosotros la justicia; la caridad, hacia la cual las otras virtudes cooperadoras de la justicia se vuelven como las hijas hacia su madre; de la que emanan, como de su fuente, a la que se unen como las ramas coronadas de verdura a su tronco. De ella nace la castidad, de ella la humildad, de ella la sinceridad, de ella la obediencia y toda justicia; la caridad, don más excelente que todos los dones, gracia más excelsa que todas las gracias.
Las segundas son aquellas gracias que el Apóstol enumera en el capítulo XII de la misma epístola: gracia de profecía, gracia de milagros, don de lenguas, discernimiento de espíritus, etc. Estas son menores en comparación de aquéllas, porque ni la salvación ni la santificación dependen de su presencia en el alma. Por lo cual San Pablo, después de haberlas descrito, añade: "Entre los dones, aspirad a los mejores; por esto voy a mostraros una vía más excelente", la de la caridad. (I Cor., XII, 31; XIII, 1, sqq.) Por tanto, el problema que tenemos que resolver presenta dos aspectos, según que se trate de las gracias de primer orden o bien de los privilegios menores que pertenecen al segundo.
Tomaremos de la carta de Pedro el Venerable solamente lo que se refiere al primer género de gracias: "Cuando Gabriel saluda a María como llena de gracia, habla de la gracia por excelencia de la mujer. Y María, desde el día de la salutación angélica de tal manera quedó llena, que sería, no sólo temerario, sino absurdo el anteponer a ella a cualquier criatura de la tierra o de los cielos. Cierto, convenía que fuese adornada más excelentemente que todas las criaturas con la plenitud universal de la gracia y de las virtudes esta hospedería espiritual y corporal del Creador omnipotente; para que la Sabiduría de Dios, que según las Escrituras divinas... tiene sus delicias en habitar con los hijos de los hombres; para que esta Sabiduría, que no puede ni recrear ni complacerse sino en medio de las virtudes sagradas y de las afecciones santas, se recrease y se deleitase con la santa y sobreceleste Virgen, su Madre, incomparablemente más que en la universalidad de los hombres y de los ángeles. Sí, convenía que fuese enriquecida más que todas las otras criaturas con la gracia sobre la tierra y coronada con una gloria sublime en el cielo. Aquella que sola entre todos los seres creados, mereció el título de Madre de Dios. Hay muchos que llevan el título de mártires de Dios y apóstoles de Dios, muchos que pueden gloriarse con el título de profetas de Dios o de ángeles de Dios; muchos de muy diferentes órdenes que se llaman santos de Dios; pero sola Ella es y con verdad se nombra la Madre de Dios.
"Por consiguiente, así como Cristo, por su condición de Hijo único, mandó como señor en la casa en la que Moisés no era nada más que un servidor fiel (Hebr., III, 5, 6), así también convenía que su única Madre tuviese después de Él, por el privilegio de sus virtudes y de su gloria, una preeminencia incontestable sobre toda la familia en la misma casa de Dios. Por lo cual, de la misma manera que Ella posee un nombre singular, el más grande después de Dios, el nombre de Madre de Dios, así también la gracia y la gloria de la Madre de Dios han de ser únicas y singulares, por encima de todo lo que no es Dios, tanto en la tierra como en el cielo. Así, pues, si; se trata de esta gracia, que por la virtud del Espíritu Santo y del Altísimo hubo de santificarla, purificarla, glorificarla, para hacerla Madre y Nodriza del omnipotente Hijo de Dios, yo creo y afirmo sin vacilación que tal gracia no tuvo perfeccionamiento en el día de Pentecostés. Porque, ¿cómo podía tener crecimiento de gracia, fuese el que fuese, después de la concepción de su Hijo, Aquella a quien el ángel había proclamado llena de gracia?... La plenitud no admite en sí ningún vacío, donde, pues, se da la plenitud de la gracia, no puede añadirse ninguna gracia nueva...." (Petr. Ven., Epp., L. III. ep. 7. P. L., CLXXXIX, 283, sqq.)


Otros han alegado la impecabilidad que entonces fue concedida plenamente a María; porque la facultad de crecer en gracia suponeel mérito, y el mérito, según su parecer, es incompatible con la imposibilidad de pecar (Cf. Suár., de Myster. vitae Christi. D. 18, S. 1, ab initio).
Fuerza es decir que esta tesis de Pedro el Venerable es falsa y carece de fundamento. Que sea falsa e insostenible es cosa que hoy nadie puede poner en duda sin grave temeridad. Y añadimos que su fundamento es deleznable. Que no puede agregarse nada a la plenitud, es verdad cuando se trata de una plenitud absoluta, como es la de Dios; para Dios es imposible ser más Dios de lo que es, o ser más Santo que ya lo es: su plenitud es sencillamente infinita (Col., II. 9). También es verdad que a la plenitud no puede añadirse nada, cuando se trata de la plenitud del término. En los elegidos del Cielo, la gracia está consumada; el tiempo señalado por Dios para el crecimiento ya pasó. Poco importan que la medida de su santidad sea desigual. Una vez que se llega a la edad madura, la talla humana queda fija; más elevada en éste y más baja en aquél, pero ya acabó para todos el crecer. La edad madura, para los amigos de Dios, comienza al salir de esta vida: entonces acaba el camino y empieza el término.
Ahora bien: la plenitud de María no era ni la plenitud absoluta, ni la plenitud de los elegidos que están ya en el Cielo. No era la plenitud del término, porque la Santísima Virgen no había llegado aún al Cielo; no había sido admitida aún a la visión permanente de Dios, en que consiste la substancia de la bienaventuranza final. Mucho menos es la plenitud de María, le plenitud de la perfección absoluta. Porque, ¿qué es la gracia? Una participación de la naturaleza divina, el principio por el que las almas santas son imagen de Dios. Añadid un grado a otro grado, una perfección a otra perfección: la imagen de Dios, es decir, la gracia, forma y principio de esta imagen, siempre distará infinitamente del soberano arquetipo, y nada impide que haya o pueda haber otras imágenes, infinitas imágenes, más perfectas. Una sola imagen de la bondad suprema excluye toda idea de crecimiento, de perfectibilidad: la imagen adecuada del Padre, su Unigénito, carácter infinito de la substancia infinita. Ahora bien: como la perfección creada podría acercarse eternamente a este soberano dechado, sin llegar jamás a igualarlo, infiérese que la perfectibilidad de la gracia, considerada en su naturaleza, es por sí misma indefinida.
Pero si la imposibilidad del crecimiento en la gracia no tiene fundamento en la naturaleza misma de la gracia, ¿no lo tendrá acaso en la capacidad misma del sujeto que la recibe? La gracia derramada en el alma de la Virgen en el instante en que se encarnó en Ella el Verbo divino, no sería por sí misma incompatible con otros grados de perfección; pero, ¿no pudo ocurrir que llenase totalmente el vaso? Aunque podemos sácar agua del mar indefinidamente, no podremos echar ni una gota más en un vaso ya enteramente lleno.
Esta comparación no prueba nada, porque no puede decirse lo mismo de la gracia que de un líquido material. Los favores sobrenaturales, lejos de obstruir la capacidad de su recipiente, la dilatan y la abren para nuevas efusiones. Cuando más amáis a Dios, cuando más participáis de su gracia, tanto más os hacéis capaces de recibir los efectos de la divina bondad. La gracia y la caridad están íntimamente ligadas: el progreso en la una es perfeccionamiento de la otra. Y ¿quién no sabe que amando se adquieren nuevas fuerzas para amar? El corazón, amando, se anima y excita, y el Espíritu Santo, que lo posee, le inspira nuevo vigor para amar más cada día. Poner límites al amor es ignorar la naturaleza y las leyes del amor; porque cuanto más ama, más quiere y más puede amar.
Por tanto, la gracia llama a la gracia, y la plenitud a una plenitud siempre creciente. Si queréis una comparación tomada de las cosas materiales, ved cómo los cauces de los ríos se van ensanchando y creciendo en la misma medida que van creciendo las aguas que les llegan de las montañas. Por consiguiente, no había en la Madre de Dios, a pesar de su plenitud, impedimento alguno que se opusiese a su crecimiento en la gracia.
Oigamos a Suárez: "La plenitud de la Bienaventurada Virgen no era incompatible con un crecimiento continuo de gracia. Siempre, y ya desde el primer instante de su Concepción, estuvo llena de gracia, plena gratia, porque siempre tuvo la medida de gracia y de privilegios que correspondía a la condición en que se hallaba; por lo cual debía recibir siempre una plenitud mayor, porque así lo pedían su dignidad creciente y sus méritos. Por esto, de la misma manera que su cualidad de Madre de Dios no exigía que fuese, en la hora misma de alcanzarla coronada con la gloria celestial, así tampoco exigía que recibiese inmediatamente todo el aumento de gracia definido por la divina Providencia, sino sólo aquel que correspondía al estado de vía, es decir, un aumento que bastase para llegar un día a la gracia consumada de una Madre de Dios. En este sentido puede decirse que en el instante en que concibió a su Hijo recibió toda su perfección de gracia, no formalmente en sí misma, sino virtualmente, y en su fuente" (Suár., de Myster vitae Christi, D. 18, S. 1, versus finem). Asentemos, pues, como principio incontestable, que el crecimiento de la gracia en María no tuvo otros límites que su entrada en el estado de término, es decir, su muerte bienaventurada.
Por demás sería que, para debilitar esta doctrina, se adujese el ejemplo de Nuestro Señor, cuya gracia creada recibió desde el primer instante su total plenitud. El Doctor Angélico responde, en la Suma Teológica: "Es cosa manifiesta que la gracia de Cristo no podía crecer, ni por parte de la gracia misma, ni por parte del sujeto; porque Cristo, en cuanto hombre, fue desde el primer instante de su Concepción plena y verdaderamente comprensor. Por esto, no podía progresar en gracia, como no pueden progresar los otros bienaventurados, pues ya llegaron al término. En cuanto a los hombres que están todavía puramente en la vía, la gracia puede crecer siempre en ellos, así por parte de la forma, porque la gracia no ha alcanzado todavía en ellos el grado supremo, como por parte del sujeto, porque aún no han llegado al término" (S. Thom., 3 p., q. 7, a. 12). Ahora bien: la gloriosísima Virgen, aun después de la concepción del Salvador, estaba plenamente en la vía; sería temeridad afirmar que ya entonces poseía la visión de Dios cara a cara, que es lo que constituye al hombre en estado de comprensor.

II. Ya es hora de que estudiemos los elementos y leyes del crecimiento en gracia de la Santísima Virgen.
Dos formas hay de crecimiento, o, mejor dicho, dos medios de crecer. Al primero llaman los teólogos opus operantis: es el mérito. El segundo es el opus operatum, es decir, el perfeccionamiento que, en las condiciones ordinarias, producen los Sacramentos cuando se los recibe con las debidas disposiciones y en estado de gracia (Añadimos "en estado de gracia" porque los Sacramentos que, según su institución, estan ordenados a producir la primera gracia, también producen aumento de gracia cuando son recibidos por los ya justificados). El opus operatum se distingue del opus operantis porque la gracia que produce no tiene por causa próxima los actos sobrenaturales del justificado, como acontece en el opus operantis, si bien son necesarios ciertos actos a títulos de disposiciones. Como esta doctrina es comunísima, podemos darla por supuesta. Investiguemos ahora cuál es, en estos órdenes, el progreso en .gracia de la Madre de Dios. Comencemos por el opus operantis, es decir, por el mérito; para proceder con más orden y claridad, propondremos varias cuestiones.

Primera cuestión. — ¿Pudo la Virgen Santísima merecer? Con proponer esta cuestión está ya resuelta, pues cosa cierta es que en María se daban, y en grado eminente, todas las condiciones necesarias para merecer.
Quien ha de merecer, necesita ser hijo de Dios, imagen de Dios, templo del Espíritu Santo por la gracia santificante. María lo fue desde su primera aparición en el mundo, y nunca dejó de serlo.
Para merecer necesítase, además, dominio de los propios actos. "Donde no hay libertad, no puede haber mérito" (San Bernard., serm. 81 in Cantic., n. 6. En esta obra el santo se revela tan excelente filósofo como eximio teólogo). Ahora bien:
esa libertad, que es nuestra prueba y nuestra gloria, debía existir de una manera excelente en María, porque las imperfecciones que en nosotros la coartan, es decir, la inadvertencia, la ignorancia, el predominio de las facultades sensibles sobre la parte superior de nuestro ser, no se daban en María. Cierto que la Santísima Virgen fue confirmada en gracia, de manera tan perfecta, que su alma no podía ser empañada ni con la menor sombra de mancha. Pero, fuera de que esta impotencia no era, probablemente, sino moral, si sólo consideramos las causas intrínsecas de la misma, la libertad presupuesta por el mérito no es necesariamente la facultad de elegir entre el bien moral y su contrario. Este poder no es esencial a nuestro libre albedrío; antes es una imperfección que lo rebaja. Nuestro Señor era perfectamente libre, con aquella libertad que se requiere para el mérito; y ¿quién se atreverá a decir que podía inclinarse indiferentemente al bien o al mal, al lado del vicio o al lado de la virtud?
Para merecer es necesario, en tercer lugar, que los actos sean buenos moralmente y que tengan por principio, no sólo la naturaleza, sino también la gracia. Y ¿podía faltar esta noble condición en aquella que fue siempre llena de gracias, así en la substancia como en todas las facultades de su alma?
Por último, para merecer se necesita que las operaciones procedan de la caridad, o, por lo menos, que la caridad las enderece hacia el fin último. Y ésta es una condición que en ninguna otra criatura se puede cumplir mejor que en la Santísima Virgen.
En conclusión, todo lo que el más exigente teólogo pueda pedir para que se dé mérito, y mérito propiamente dicho, lo hallamos en la Bienaventurada Madre de Dios.

Cuestión segunda. ¿En qué punto empezó a merecer la Santísima Virgen? Desde el primer instante de su existencia, o, en otras palabras, desde su primera santificación. Entonces, decíamos hablando de su ciencia inicial, recibió la gracia justificante, no de manera inconsciente y puramente pasiva, como los niños en el Bautismo, sino con pleno conocimiento del misterio, cooperando con sus propias disposiciones a la santificación que en Ella obra el divino Espíritu. Por tanto, los actos de fe, de esperanza y de amor que entonces brotaron de su alma fueron ya en aquel primer instante actos meritorios, porque los ejecutó en gracia y en caridad.
En efecto, no puede concebirse que estos actos que la dispusieron para la infusión de la gracia precediesen a ésta en el orden de la duración. Porque bastaría que hubiera mediado un solo instante entre la infusión del alma de la Virgen en su cuerpo y la infusión de la gracia en su alma para que la Virgen purísima no fuera ya la inmaculada en su Concepción. Ni Dios ni el alma necesitan tiempo; Aquél para santificar a un alma, y ésta para producir sus actos espirituales. Por consiguiente, en el mismo indivisible instante en que le dió el ser y la unió a la carne virginal de María, su alma, santificada por los méritos de Jesucristo y resplandeciente con las claridades de la gracia, se sometió a lo que en ella obraba el Espíritu de Dios y se lanzó hacia Él por medio de la fe, de la esperanza y del amor. Así que, estos primeros actos, coincidiendo con la gracia ya recibida, fueron meritorios para Ella como lo son para nosotros cuando los ejecutamos en gracia y caridad.
Sin embargo, estos actos no merecieron la gracia primera, respecto de la cual no eran más que disposiciones. En efecto, la gracia primera era el principio de su mérito, y sabida cosa es que el principio del mérito no puede caer bajo la acción del mismo mérito, como un efecto no puede ser la causa de su propia causa. ¿Qué es, pues, lo que mereció la Santísima Virgen con aquellos primeros actos? Lo mismo que nosotros merecemos cuando obramos en estado de gracia; lo mismo que en nosotros producen los Sacramentos, cuando los recibimos ya justificados: un aumento de gracia y de gloria.
* Quizá parezca que estos primeros actos se refieren a la primera gracia, no sólo como disposiciones, sino como actos meritorios de la misma, propiamente tales. En efecto, por una parte suponen como principio una gracia actual; por otra, nunca van separados de la gracia santificante, pues la infusión de ésta y la producción de aquéllas datan del primer instante. Ahora bien, todo acto de este género es mérito. Además, nada impide que este mérito tenga por término la gracia santificante primera, porque el acto meriotrio no procede de ella, sino hecho en gracia, es meritorio delante de Dios, y, por tanto, es causa de nuevo crecimiento en la vida sobrenatural y divina.

¡Cómo se aventajan los méritos de la Bienaventurada Virgen a todos los nuestros, aunque sólo se mire a esto que dejamos dicho! ¡Cuántos años ha dormido nuestra alma en absoluta incapacidad de producir un acto meritorio, aún habiendo tenido la dicha de haber sido santificados por el Bautismo casi en el momento de nuestra entrada en el mundo! Entre todas las criaturas de Dios, solos los ángeles y los primeros padres de la familia humana pudieron lanzarse, como María, hacia Dios con el primer movimiento de su corazón y desde el primer momento de su vida, prosternados al salir de las manos de Dios delante de Aquél de quien les venían todas las perfecciones de naturaleza y gracia de que estaban adornados.

Tercera cuestión. ¿Cuál fué el número de sus méritos? El mismo de los actos humanos que hizo en toda la duración de su carrera, desde el instante de su Concepción inmaculada hasta el acto de amor con que exhaló su vida mortal. Entre todos esos actos, ni uno hubo que fuera reprensible. Ahora bien: todo acto humano que no es culpable, es bueno con bondad moral; y si, además, está hecho en gracia, es meritorio delante de Dios, y por tanto, es causa de nuevo crecimiento en la vida sobrenatural y divina.
Si queréis calcular cuál fue el número de actos meritorios ejecutados por la Madre de Dios, no basta que consideréis la distancia de los términos extremos entre los cuales se contiene tal número; es necesario medir también, si fuere posible, la continuidad. En nosotros, ¡cuántos momentos perdidos para el mérito! O, hablando con más exactitud, ¡cuántos momentos en que los actos que podrían ser actualmente meritorios se escapan de nuestro dominio! No nos referimos solamente a las obras de que nos priva el sueño, cuando el adormecimiento de los sentidos suspende el ejercicio de la inteligencia y el de la libre voluntad. ¿Dónde están los que en estado de vigilia permanecen siempre tan señores de sí mismos, que nunca los arrebate la pasión, que nunca se distraigan con esas mil divagaciones cuyo número y duración podemos disminuir por la costumbre de luchar con nosotros mismos, pero nunca suprimir totalmente? Y, además, cuántas inclinaciones desordenadas nos atraen, queramos o no, hacia los bienes frágiles y engañadores, embarazando o retardando el vuelo del alma hacia las regiones superiores!
¿No se lamentan todos los Santos, aun los mayores, de no poder amar y pensar en Dios con todo el esfuerzo de su voluntad, sin desfallecimientos, sin interrupción, constantemente, siempre? Es que, como sabemos y experimentamos, el ejercicio de nuestras facultades más elevadas, aunque no proceda como de su principio propio de ningún orden material, todavía depende necesaria y continuamente de los sentidos, de la imaginación y de otras muchas causas que paralizan, interrumpen o perturban aquel ejercicio.
Ahora bien: ninguno de estos obstáculos se daba en María. Para entenderlo, baste recordar lo que dijimos acerca de sus privilegios. Además del conocimiento común, tenía, desde el principio de su vida, según una opinión sólidamente probable, la ciencia infusa de las cosas divinas, cuyo ejercicio no dependía en manera alguna de las disposiciones del cuerpo, ni de los sentidos (En otro lugar dejamos expuestas las razones por las que atribuímos a María esta ciencia. (Cf. L. V, c. 1, T. II, p. 21, sqq.). Esta ciencia era puramente espiritual, tan libre en sus operaciones cómo la misma ciencia angélica. Por tanto, nada podía ni estorbar ni retardar sus actos. Muéstresenos un espíritu puro víctima de divagaciones de su inteligencia, o sin que un pensamiento la ocupe, y confesaremos que la Santísima Virgen también estuvo sujeta a esta imperfección. Mas, si esto no puede concebirse en un espíritu (Cf. Suár., de Angelis., L. II, c. 36, h. 5), tampoco admitiremos en María ni suspensión de sus actos, ni distracción alguna; o, lo que es lo mismo, no se pueden admitir en Ella operaciones indeliberadas; porque todo eso proviene de la dependencia que hay en las facultades intelectuales de nuestro ser con relación a las fuerzas sensibles. Así, pues, en María no se dió nunca interrupción de los actos humanos; antes hubo continuidad perfecta de mérito, como quiera que cualquier acto humano que no sea meritorio tiene que revestir carácter de culpabilidad.
Pero, ¿no puede suceder que la inteligencia ejerza sus operaciones sin que la voluntad entre en acto? Imposible. El conocimiento no determina necesariamente la dirección del querer. Podemos, pensando en un objeto, conservar la libertad de elección; pero no podemos abstenernos totalmente de elegir. Nos viene, por ejemplo, al pensamiento la idea de dar un paso: somos libres para darlo o no darlo; somos también libres para no tomar determinación alguna; pero, sea cual fuere la determinación que tomemos, habrá algún ejercicio de la voluntad, mientras la inteligencia tenga delante de los ojos su objeto; y aun nuestros pensamientos mismos caen bajo este ejercicio de la voluntad; y así, seremos culpables en el caso de retener los pensamientos malos. Y he aquí cómo, merced a su ciencia infusa, María no interrumpió nunca el curso de sus méritos. Y estos actos no fueron solamente actos meritorios cualesquiera, sino de los más elevados; es decir, actos del más puro amor de Dios, cuya continuidad, según veremos, reivindican los Santos para la Madre de Dios.
Suárez, a quien tantas veces hemos oído exponer estas materias, dice que esta opinión es piadosa y probable (En otras palabras, verdaderamente digna de aprobación. Apóyase en las razones que luego daremos y en autoridades respetables, como son la de San Bernardino de Sena, el Abad Ruperto, San Ambrosio e indirectamente del mismo San Agustín, sin contar los autores modernos. Pudo añadir también el sufragio del Beato Alberto Magno, quien en las Cuestiones sobre el Missus est asienta estas dos proposiciones: primera, la santa Virgen merecía con cada uno de sus actos, quolibet motu. ¿Por ventura no era necesario que en el mundo hubiera una criatura que cumpliese íntegramente el consejo del Apóstol: "Sea que comáis, sea que bebáis, sea que hagáis otra otra cosa cualquiera, hacedlo todo para la gloria de Dios"? (I Cor. X, 31); segunda, la santa Virgen merecía con cada acto de las diferentes pasiones, porque todo en sus facultades sensibles estaba sometido al imperio del libre albedrío. En ella ni sorpresas ni rebeldías; nada indeliberado (Quaest. 135 et 136, XX, pp. 91 et 92)).
En cuanto a la opinión que afirma la continuidad de los méritos sólo en el tiempo de la vigilia, ha de decirse que es, no ya probable, sino cierta. "En efecto —dice—, en todos los momentos en los que la Bienaventurada Virgen gozaba del libre ejercicio de la razón hizo constantemente y sin interrupción actos virtuosos, como lo afirma San Ambrosio al principio del segundo libro acerca de las Vírgenes. Y es cosa llana, porque, como quiera que tenía dominio perfecto de sus actos, nunca obró indeliberadamente (
Suárez supone aquí una doctrina que ya tenemos demostrada, a saber: que María, en virtud de su Concepción inmaculada, tenía el privilegio de la integridad, es decir, el dominio perfecto de la razón sobre las facultades inferiores).
Además, tampoco podía abstenerse de todo acto exterior e interior; porque, fuera de que esto es casi imposible humanamente, habría alguna falta en permanecer en semejante ociosidad, cuando libre y fácilmente pueden ejercitarse las facultades racionales.
Por consiguiente, desde que la Santísima Virgen adquirió el uso permanente de su razón, constantemente puso algún acto libre interior, y aun exterior. Obraba, pues, de continuo según la regla de la virtud, y, por tanto, con mérito (Suár., de Myster. vitae Christi. D. 18, S. 2. "Dico cuarto"), sin otra interrupción que la que quizá le proviniese del sueño.
Ahora bien —continúa Suárez—: "Aunque se concediera que la necesidad del sueño y la flaqueza del cuerpo fuesen causa de alguna interrupción en los actos meritorios de María, y añadiría que estos tiempos de decanso fueron tan cortos, y entreverados de tantos y tan santos pensamientos, que subsistía aún la continuidad moral en el mérito. En efecto; la Bienaventurada Virgen, ya por razón de la perfecta constitución de su cuerpo, ya por razón de la moderación que guardaba en todas las cosas, no debía de sentir necesidad sino de un sueño muy corto; sin contar con que su espíritu de mortificación la llevaba a consagrar la mayor parte de la noche a la vigilia y a la oración. A este propósito, San Bernardino de Sena, San Buenaventura y el Beato Canisio (B. Canis, de María Virgine, L. I, c. 13) cuentan de muchos amigos de Dios que tuvieron revelación de que la Bienaventurada Virgen pasaba las noches casi enteras contemplando y orando. Bien puede, asimismo, creerse que en el tiempo que dedicaba al sueño solía despertarse con frecuencia, ¡tanto era el ardor de su amor!, por lo menos lo bastante para elevar su corazón hacia la soberana bondad. Esto, por la gracia de Dios, sucede a muchas almas abrasadas en amor, principalmente cuando meditan con más asiduidad las cosas de Dios y se dedican con más fervor a hacer actos de caridad. Ahora bien: después de lo que dejamos dicho acerca de la primera santificación de María, está fuera de toda duda que esta prontitud de espíritu y esta facilidad de enderezar hacia Dios todos sus afectos eran en María, ya en su infancia, mayores que lo fueron en los otros justos en el tiempo de su más alta santidad" (Suárez, ibíd., Addo tamen. Ya advertimos que San Francisco de Sales no admite que la Santísima Virgen estuviese privada del uso de la razón durante el sueño, y asi, la continuidad del amor correspondía a la continuidad del pensamiento. Véase cómo explica él lo que debía de ser el sueño de la Santísima Virgen: un sueño de amor. (Trat. del amor de Dios. L. III, c. 8.)). Por tanto, debemos concluir que no es sólo verosímil, sino cierto, que la Bienaventurada Virgen mereció continuamente nuevos grados de gracia, ora fuese esta continuidad de méritos absoluta, ora solamente relativa y moral.
Por lo demás, la hipótesis de una continuidad absoluta en los actos meritorios de la Madre de Dios nos parece mucho más probable que la opinión de la continuidad, sólo relativa o moral. Tiene a su favor autoridades más graves. Además de esto, es la única que se armoniza con la existencia de la ciencia infusa en María; porque, una vez admitida esta ciencia infusa, nada hay que exija aquellas intermitencias en el ejercicio de las facultades intelectuales, intermitencias que harían imposible una serie sin interrupción en los actos de dichas facultades.
* Por consiguiente, sin razón alguna pretendieron ciertos autores antiguos que la Santísima Virgen nunca se entregó al sueño. Creían que, fuera de tal suposición, era inexplicable la continuidad absoluta de los méritos de la Santísima Virgen. La ciencia infusa exime de la necesidad de recurrir a semejantes puerilidades, porque es independiente del estado del organismo y, por tanto, también del sueño.
J. B. Terrien S.J.
MARIA MADRE DE DIOS Y...

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