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miércoles, 11 de enero de 2012

LOS TRASTORNOS NERVIOSOS Y MENTALES CON CARACTER RELIGIOSO (2)

A) Neurosis y delirios de fe

El escrúpulo. — La palabra escrúpulo en psicología normal indica "la exactitud minuciosa que se emplea en pesar sus actos propios, ya sea en razón de la intención y la forma, ya sea en razón del alcance moral".
En psicopatología religiosa, el escrúpulo es una obsesión que recae sobre el valor moral de los actos cumplidos o a cumplir, tanto en razón de la intención como de la forma. Se caracteriza sobre todo por "la imposibilidad permanente y repetida en reconocer el valor moral de un acto determinado, a pesar de la enseñanza del sacerdote; la incapacidad en generalizar una dirección dada para un hecho particular a otros hechos análogos; la necedad o el carácter infantil del escrúpulo; la oscuridad de las explicaciones que, tras la ingenua buena fe de la confesión, permanecen difícilmente comprensibles; las grandes faltas de lógica, de observación o de autocrítica..." (Doctor Fay).
Es muy importante — nos dicen el abate Arnaud d'Agnel y el doctor d'Espiney— distinguirlo de los varios estados de conciencia con los que a menudo se le confunde.
"La mayoría de las personas mundanas, escriben estos autores, consideran escrupulosa la prudencia de los cristianos de elección en evitar las menores faltas y huir de toda ocasión de próxima caída, cuando cabe ver en ello una gran delicadeza de conciencia, y nada más. Lejos de ser un índice de inferioridad moral y psíquica, esta manera de pensar y actuar revela una moralidad muy elevada, un psiquismo superior, porque presupone, por un lado, el deseo efectivo de la perfección cristiana, y por otro, un dominio poco común de sí mismo.
"¡Cuánta gente, en cambio, se inclina a considerar teórica y prácticamente por escrúpulos los reproches motivados de su conciencia! Después de haber caído en falta grave, no la han confesado más que a medias, o no han tenido más que una apariencia de arrepentimiento, de donde procede su inquietud. Evidentemente, al contrario de los verdaderos escrupulosos, esos pecadores impenitentes, para recobrar la paz interior, deben recurrir a una confesión general y detallada de su vida culpable.
"Finalmente, hay cristianos que consideran como escrúpulos sus dudas acerca de la culpabilidad de este o de aquel acto, dudas debidas simplemente a su ignorancia de las leyes divinas o humanas. Si llegan a ver claro en sus deberes, esos ignorantes ven desaparecer sus aprensiones de pecar.
"Si las distinciones precedentes tienen su utilidad, una mayor reside en no confundir los escrupulosos propiamente dichos con ciertos dementes, cuya locura consiste en creerse malditos por Dios, predestinados a la desdicha y a la condenación eterna".

Patogenia.— En general, puede decirse —según el doctor Fay— que "el escrúpulo patológico se debe a la insuficiencia mental del sujeto, incapaz, no tanto por ignorancia como por falta de juicio, de reconocer el pecado de lo que no es pecado, ayudándose por sus adquisiciones intelectuales... Los que presentan este trastorno son retardados, débiles o, más simplemente, sujetos con herencia mental más o menos cargada. En ellos la tendencia al escrúpulo es a veces pasajera, a veces durable..."
"Esta psiconeurosis —nos dice el doctor d'Espiney— procede siempre de una deficiencia de contralor del consciente sobre el inconsciente, que algunos llaman subconsciente, no de una carencia total, como en el histérico, sino de una insuficiencia.
"Caer en el escrúpulo no es justamente pensar de una manera habitual en las ideas de responsabilidad moral, de juicio final y de infierno eterno, porque todos los santos las han tomado como tema de sus frecuentes meditaciones; sino que es dejarse invadir, dominar y llevar por esas ideas en lugar de tenerlas, por así decir, en la mano, para coordinarlas a fines útiles con otros principios destinados a servirles de reguladoras y contrapesos.
"En los escrupulosos, como en todos los obsesos, el consciente no llena más que imperfectamente y sin continuidad, su misión de contralor frente al inconsciente, más invasor en cuanto halla menos resistencia. De donde resulta cierta tendencia a la disociación de la personalidad, que no alcanza nunca, sin embargo, el desdoblamiento, tan común en los histéricos.
"Si se quiere curar a un escrupuloso, hay que llevarlo nuevamente a la posibilidad de contralorear normalmente sus ideas obsedentes, que entonces dejarán de serlo. Hasta que no sea dueño de ellas, la curación será incompleta. Es, por lo mismo, la reeducación del contralor cerebral la que se impone...".

Tratamiento. — Para esta reeducación, dos actividades son necesarias: la del confesor y la del médico.
En el caso más simple, y por el hecho del número limitado de médicos psicoterapeutas, el sacerdote se verá a menudo en la obligación de intentar por sí solo el tratamiento del escrupuloso mórbido.
"Para con éste, ha de seguir generalmente las mismas reglas que aplica a la dirección de los escrupulosos comunes, pero con la preocupación constante de dirigirse a un sujeto que comprende, retiene y generaliza mal, equivocadamente. Tratará de reducir su enseñanza a los grandes rasgos, evitando los pormenores y las excesivas delicadezas; cuanto más discuta sobre matices, tanto más oscurecerá la conciencia que debe esclarecer. Una enseñanza muy simple, una dirección muy neta, en la que se deje muy poco a la iniciativa del sujeto; el retorno continuo a la misma idea expresada en la misma forma, ésta es la regla por lo que se refiere a la inteligencia; pero no es suficiente que la dirección de estos escrupulosos se dirija sólo a la inteligencia, que es limitada y afectada; deberá dirigirse también por igual al corazón. Pascal dijo con justicia que una pasión cede solamente a otra pasión. En el débil, hay que saber combatir lo que hay de sentimiento en el escrúpulo, desarrollando otro sentimiento, como la dicha de agradar al Señor obedeciendo a su director; será necesario también emplear manifiestamente para con el enfermo una bondad, una dulzura y una paciencia, que correrán a la par con la precisa firmeza de las órdenes impartidas.
"En resumen: escuchar con bondad al escrupuloso, iluminarle con una enseñanza muy simple, dando a cada cosa contornos muy exactos y evitando las medias tintas; reclamar de esos enfermos la obediencia y exaltar el deseo de esta obediencia, desarrollando el sentimiento religioso. Además, cada vez que un mismo escrúpulo vuelve con intensidad y frecuencia crecientes, será necesario desviar la atención para no atacar de frente esos escrúpulos morbosos" (Dr. Fay).

En los casos leves persistentes y en los casos más acentuados, la acción concorde y concomitante del confesor y del médico resulta indispensable.
Se trata de un obsesionado, más bien que de un escrupuloso, o, en otras palabras, la obsesión precede al escrúpulo. Es necesario que el psicoterapeuta devuelva a la normalidad el juego viciado de las funciones cerebrales. Para ello empleará los métodos de psicoterapia que le son familiares y que parezcan adecuados al caso particular (el abate Arnaud d'Agnel y el doctor d'Espiney recomiendan sobre todo el método del doctor Vittoz), y se ayudará con auxiliares físicos (hidroterapia, actividad o reposo, tónicos, sedativos, etc.), que estime convenientes. Dado que se trata de restablecer la mecánica cerebral, la intervención de un psicoterapeuta de conciencia, no católico, no ha de ofrecer inconvenientes, sobre todo con el complemento de un confesor experimentado. Sin embargo, sería seguramente preferible que se tratara de un católico, para asegurar una exacta comprensión del estado de ánimo del enfermo, para permitir la mejor elección de los recursos espirituales que deban emplearse y, finalmente, para garantizar la plena autoridad del médico.
"Después de la reeducación de la voluntad —dice el doctor Vittoz— hemos terminado el tratamiento funcional, mecánico del cerebro. El enfermo tiene en sus manos armas suficientes para curarse... En muchos casos simples, es suficiente a veces el tratamiento funcional; en otros más complicados, hace falta un complemento de instrucción más formalmente psíquica. Esta segunda parte del tratamiento se dirigirá a la idea, a la concepción del pensamiento, a las diferentes modificaciones que el estado morboso imprime al espíritu. Y en ella se verá cómo este estado desnaturaliza los hechos, las ideas y los sentimientos.
"El director de conciencia, agrega el doctor d'Espiney, si es un buen psicólogo, puede intervenir en modo más útil en ese nuevo orden de ideas... Lucha contra las ideas anormales, porque las reconoce facilmente por sus caracteres de irrealismo, de imprecisión, de instabilidad, de egoísmo y de ilogicidad. Su primer cuidado será de incitar el interés para que sea más consciente, reflexivo y enérgico. Cuando sorprenda en su dirigido la tristeza pasiva, se la describirá como sumámente peligrosa desde el doble punto de vista psíquico y moral.
Finalmente, cualquier director, buen psicólogo, condena como mala la tendencia a la inercia, al aislamiento de sus semejantes y a la vida irreal. Su defensa de la actividad voluntaria, del amor al prójimo, de los deberes de la hora actual, es un servicio hecho al mismo tiempo a la causa de la Religión que representa y a la de la psicoterapia, que a menudo defiende sin saberlo.
"Es también deber del sacerdote de buen sentido y de experiencia, el inspirar a los nerviosos el horror hacia todo lo que trastorna, excita o deprime, y si esos nerviosos han estado enfermos, el convencerlos de que evitarán cualquier recaída, siguiendo sus consejos... Este papel ha sido representado con inteligencia, tacto y dulzura admirables por esos directores geniales que fueron San Francisco de Sales y Bossuet, San Alfonso de Ligorio y San Vicente de Paúl, el Padre de Ravignan y Monseñor d'Hulst.
"Resumiendo, dado que por una parte el escrupuloso está afectado por una obsesión religiosa, es decir, por un trastorno de orden psíquico, es necesario someterlo en primer término a un tratamiento funcional del cerebro, y ésta es tarea del médico; por otra parte, después de ese tratamiento casi diríamos mecánico, hay necesidad de indicaciones y consejos que se derivan de la psicoterapia y de la moral; los dará el director de conciencia, en colaboración con el especialista en trastornos nerviosos.
"El terapeuta del cuerpo, devolviendo al mecanismo psíquico su funcionamiento normal, lo torna apto para recibir los buenos impulsos que dará el sacerdote, y éste, a su vez, mediante la asistencia mural que presta al escrupuloso y mediante la disciplina de amplia comprensión a la que lo somete, asegura los buenos resultados del tratamiento médico, contra todo peligro posible sino probable" (Abate Aniaud dAgnel y doctor d'Espiney).

Para ilustrar estas indicaciones, extractaremos de la tesis del doctor Garban dos observaciones clínicas de escrúpulo notablemente pronunciado.

Observación I — (Dr. Garban; resumen)
"Abate C..., 28 años. — Padre normal. Madre supersticiosa (cifra 13) y con la manía de comerse los lápices que caían en sus manos, un tío abuelo paterno sufrió, parece, una especie de "locura religiosa" (?), sin ser internado. Algunos caracteres psicasténicos en los hermanos.
"En la familia del abate C... todos son vacilantes, tímidos, muy lentos en sus resoluciones, precedidas de largas deliberaciones. Generalmente experimentan un sentimiento doloroso de gran dificultad al pensar que es necesario accionar y hacer actos voluntarios. Dudando mucho de sí mismos, se imaginan anticipadamente su fracaso, presintiendo que harán las cosas muy mal, en forma ridicula e incompleta".
"Antecedentes del enfermo: El abate C... fué siempre un tímido, un inquieto y, sobre todo, un escrupuloso.
"Las ideas de sacrilegio, las preocupaciones del pecado inverosímil persiguieron siempre su espíritu. Desde la edad de ocho años oponía razonamientos de esta clase a los padres: "Hoy no me quiero levantar; he jurado más de mil veces de pensamiento en el nombre del buen Dios y con eso he cometido más de mil pecados mortales".
Y se rehusaba a levantarse y vestirse, para mortificarse... Educado en un colegio religioso, en los días de su primera comunión sufrió un aumento de sus preocupaciones obsesionantes por sus escrúpulos religiosos. Se le oía murmurar a menudo en voz baja, durante las clases y los estudios: "¡Oh, Jesús, María, no, no, vete!". A veces, durante la noche se levantaba y llamaba a la puerta de su director espiritual para confesarse...
"En el seminario, ataque de tuberculosis pulmonar... Alrededor de la época de su ordenación, tuvo una primera crisis obsedente que duró más de tres meses; pasaba noches malas y agitadas, y se acusaba sin tregua de innumerables pecados contra la pureza: veía en todas partes al demonio, que suscitaba en él malos pensamientos. Ocurrieron entre él y su familia escenas muy dolorosas para él, para que no se opusieran a que se confesara. A menudo, se alejaba ocultamente, sin decir nada y trataba de consultar a algún sacerdote de los alrededores. Generalmente de temperamento muy alegre, se entristeció y tomó un aire de desaliento: por momentos parecía por sus actitudes un melancólico. Sus familiares advirtieron que había en él una verdadera agitación. Esbozaba gestos de defensa, golpeaba el suelo con el pie, invocando a la Virgen y a los Santos; tocaba bruscamente un mueble murmurando: "¡Oh, mi Jesús!"; sacudía la cabeza con movimientos de negación, diciendo: "¡No, no, nunca, nunca!". Poco a poco los fenómenos se atenuaron. Nombrado cura de una pequeña parroquia, su nueva vida y sus nuevas ocupaciones resultaron para él una especie de derivación para sus ideas de obsesión...
"La segunda crisis obsedente, con angustia y ansiedad, apareció a los seis años después de la primera. He aquí en qué circunstancias: la provocó una causa ocasional, la muerte de un miembro de su familia; el abate C... que estimaba muchísimo a esa persona, quedó trastornado por su defunción.
"Por su temperamento era llevado a buscar naturalmente para cualquier acontecimiento de su vida una explicación sobrenatural; viendo en todo la intervención de Dios, creyó comprender que esa desgracia imprevista e inesperada había sido enviada para una expiación. Se analizó, meditó largo tiempo, toda su vida se le apareció como miserable; ese día halló en sí mismo grandes defectos: "Es para castigarme, para hacerme expiar mis pecados que Dios ha impuesto esta desgracia a mi familia. ¡Es necesario que pague mi pasado!".
Y concibió todo un plan para una nueva organización de su vida: cada pensamiento malo sería rechazado ahora con un rigor y una violencia, que asustarían al reino de Satanás. Desde ese día, disposiciones tan buenas no harían otra cosa que aumentar un mal que dormitaba: reaparecieron sus crisis de angustia. Trataba, según decía, de luchar contra "sus malos instintos" y de hacer "actos de voluntad". En cambio no logró más que caer en la abulia más completa. Obseso día y noche, no podía libertarse de sus continuas preocupaciones...
"Cuando nos lo confiaron, se adivinaba en el abate C... una mezcla de vergüenza y humildad que parecía acercarlo a los melancó
licos. Pero se alejaba de ellos por la ausencia de convencimiento absoluto acerca del valor real de sus ideas, de sus acusaciones.
"Todo se convirtió en perpetua duda, especialmente lo que pensaba, lo que describía y lo que emprendía. Esa duda lo había llevado a una gran abulia. Vacilante, embrollado, se repetía sin adelantar, nunca terminaba una idea iniciada, no pronunciaba nunca una palabra si contradecirla al instante: "Me confundo, me comprometo más y más—-, decía con tono de desaliento—; no hago más que mentir, no hago más que representar una comedia".
"El abate C... tenía la obsesión de cometer sacrilegios... Mientras que su castidad estaba al cubierto de cualquier reproche, se acusaba por la menor sombra de un pensamiento impuro... Se suscitaron en él ideas blasfemas; cuando oraba, hubiera querido rebelarse contra Dios. En lugar de palabras de invocación, acudían a sus labios palabras de odio e insulto a la Divinidad...
"Llegó a los remordimientos, no por una sola falta religiosa que no estaba seguro de haber cometido, sino de los menores actos de su vida. Se arrepentía de todo su pasado. Hasta llegó a reprocharse su vocación sacerdotal. "Nunca tuve vocación de cura", decía. Analizaba a cada uno de los menudos actos de su vida religiosa y exclamaba: "Nunca supe rezar. ¡Mis comuniones no fueron lo que debieron ser!".
"En cambio, ese digno sacerdote había llevado una vida de piedad ejemplar.
"Expresaba continuamente el deseo de expiar sus "pecados" en un monasterio, donde podría reparar tal vez su pasado en un retiro de penitencia. Estaba poco satisfecho de todos sus confesores, porque eran demasiado bondadosos en sus absoluciones. "No conocen al miserable que soy", decía, y agregaba: "Quiero confiar mis pecados a un extraño que nunca me haya visto y que sabrá castigarme como lo merezco".
"Por la noche, su sueño era agitado...
"Esta segunda crisis duró cerca de ocho meses.
"Desde hace dos años todos los trastornos de la última crisis aguda han desaparecido. El abate C... ha vuelto a ser activo, dinámico Ya no es un preocupado ansioso. Cumple con mucha devoción e inteligencia las distintas funciones de su ministerio. Mas el temperamento y el fondo de su carácter no han cambiado: sigue siendo siempre un escrupuloso".

Observación II - (Dr. Janet; resumen)
Z..., de 16 años. Desde hace tres semanas se niega a comer... La joven ha sido siempre una abúlica y una inquieta. Desde su pubertad, ha pasado a través de una serie de accidentes, tuvo tics nerviosos y fobias para con animales.
"Lo que la preocupa actualmente, desde hace un tiempo, es la insuficiencia de sus sentimientos religiosos y de sus oraciones. Hemos observado ya a menudo este síntoma, que es una forma del sentimiento de inferioridad, de "incompletitud", muy frecuente en las jóvenes de esa edad: generalmente tiene como consecuencia las manias de repetición y de perfección.
"Z... padeció en parte de estas manías, porque permanecía horas enteras de rodillas, repitiendo la misma oración, y obligaba a su madre a arrodillarse a su vez cerca de ella, creyendo que con la asociación obtendría resultados más satisfactorios. Luego, desde un tiempo, no permaneció ya tanto tiempo arrodillada, y sus remordimientos acerca de las oraciones provocaron otra consecuencia. Comprobó su impotencia para rezar mejor y se limitó a tratar de remediar: "Es necesario compensar un acto con otro", decía, y hasta se impuso castigos.
"Por ejemplo, ella solía leer novelas con placer; se condenó a no leer más, hasta no rezar mejor. Luego, siendo este castigo insuficiente, se condenó a no comer, antes de haber rezado en forma perfecta. Temíamos que ella esperara así demasiado.
"Se trataba, pues, de una especie de enfermedad mental, que se relaciona con las demás, evidentemente, pero que tiene algo especial: las manías de reparación y compensación. El punto de partida es siempre el sentimiento de insuficiencia del primer acto, pero la derivación mental es un poco más complicada. No se realiza ya sobre el pensamiento del mismo acto repetido o perfeccionado indefinidamente, sino sobre el pensamiento de otro acto; este otro acto es la idea de castigo o de recompensa, de la que el sujeto intenta servirse para eliminar su tensión mental. En esta joven se trata de una verdadera manía, que no incide solamente sobre la oración, sino sobre la mayoría de los actos, trastornados todos por la insuficiencia de la tensión psicológica; si no ha trabajado con suficiente rapidez, se castiga a sí misma, prohibiéndose la salida con la hermana o imponiéndose no hablar. La consecuencia es que ella trastorna una segunda serie de actos, además de la primera.
"Esta joven no permaneció más que tres meses en el hospital y el resultado de su internación fué feliz. No hemos tenido que esforzarnos para alimentarla; fué suficiente mostrarle la sonda y hacerle comprender que se la alimentaría a la fuerza. De ello sacó en perfecta lógica la conclusión de que ya no era responsable de su alimentación, dado que se la imponían y comió tranquilamente. La disciplina que limitó sus oraciones y suprimió las penitencias, resultó favorable y bastaron pocos ejercicios regulares de atención, para que ella se sintiera casi completamente tranquilizada. Salió de ese primer acceso completamente curada".

Neurosis y delirios místicos
Entresacamos de la tesis del doctor Prouvost una observación del delirio místico de género profético.
"El delirio profético —escribe este autor— es un síntoma o un síndrome común a determinadas afecciones de orden vesánico y sobre todo neuropático. Los enfermos atacados por este mal toman como realidad lo que en resumen no es más que el resultado de diversas alucinaciones de su cerebro enfermo y atribuyen a un favor divino y a una inspiración sobrenatural hechos netamente patológicos". Esta definición puede servir para caracterizar todos los delirios místicos.
Cabe advertir de paso el método singular (habitual por otra parte en los autores materialistas del siglo XIX), empleado por Prouvost para estudiar el delirio profético. El mismo confunde indistintamente a los profetas judíos, a los oráculos paganos, a los profetas místicos cristianos, a los profetas árabes ... a los delirantes proféticos. Y explica su método:
"Las profecías de los profetas ¿son exactas? ¿son falsas?... No trataremos de discutir la realidad de las profecías... Hemos m nerido estudiar la personalidad de los profetas y su estado psíquico durante la crisis y no la mayor o menor exactitud de sus profecías..." Parece, sin embargo, que para estudiar la personalidad de los profetas, la primera condición es la de saber si han sido o son realmente profetas, es decir, si sus profecías son exactas. Para estudiar la personalidad de los conquistadores, se toma a Alejandro, a César, a Napoleón, y no a oficiales que han vivido su vida en los cuarteles, sin conquistar nunca nada, o bien a personas afectadas por el delirio, cuyas conquistas son imaginarias...
Tampoco le importa al doctor Prouvost saber "si el delirio profético es realmente una inspiración y procede de Dios": en calidad, los profetas han existido en todas las épocas y en todas las religiones, y "necesariamente, si se admite que las predicciones de los profetas cristianos son obra de un Dios, hay una obligación de admitir que las de los profetas árabes están inspiradas por Alá, y que los oráculos de Apolo, de las Ninfas y de las Furias emanaban de esos personajes mitológicos". ¡Sin dudaa alguna, entonces, un ingeniero del Politécnico o del Instituto Central, un ingeniero de un indefinido Instituto cualquiera y un delirante que se dice ingeniero, tienen la misma calidad y mentalidad científica!
Y el autor agrega: "Para nosotros, puesto que la Clínica nos da la mejor explicación de los hechos, tanto del pasado como del presente, ella nos basta...". Le precedió esta fácil satisfacion de una explicación seudo-científica, por Virey, que en el Dictionaire des Sciences médicales, a propósito de los profetas judios, dice: "Los profetas fueron en su mayoría espíritus elevados, de un temple vigoroso de carácter, llevados a las grandes contemplaciones, cuya imaginación naturalmente era exagérada. En los que se han podido observar mejor, se ha notado hasta una constitución melancólica o nerviosa, y es notorio que en tales temperamentos la detención de sangre negra en el sistema de la vena porta influye sobre el estado cerebral y es capaz exaltar el espíritu, dado que la misma es a menudo causa de locura..." Ciertos materialistas del siglo XIX se confortan con muy poco, verdaderamente: nada les importa verificar o no los hechos y conocer o no la verdad; basta que tengan "la mejor explicación" que resulte adecuada a su estado de espíritu...
De cualquier manera, he aquí una observación de delirio profético, citada por Prouvost; nadie seguramente podrá confundir este caso u otro semejante con el de un místico auténtico. Servirá así para incitar a la prudencia y al control, frente a una persona que se dice inspirada, mientras que manifestaciones menos pronunciadas podrían dar lugar a ciertas dificultades.

Observación
"R..., de 31 años, bien constituido. "Su educación —dice— está muy lejos de haber sido religiosa". Primera comunión a los 14 años.
"Reflexiona a menudo, pero de manera indefinida, "sobre los designios de Dios para con él". Le afectan al mismo tiempo los desórdenes que ve en el mundo y los deplora... A los 18 años de edad, se abandonó al onanismo, pero como demostración de insatisfacción y "casi por remordimiento". En la misma época experimentó de repente lo que sigue: "Le parece que su inteligencia aumenta, que toda la serie de los fenómenos del mundo exterior se desarrolla bajo sus ojos; percibe en algún modo algo detenido, de una sola mirada, toda la creación". Entonces se decide a acercarse a los altares y a la mesa eucarística "que ya no frecuentaba desde unos seis años" y a combatir en él las malas inclinaciones... Recorre así una parte de Francia y finalmente fija su residencia en París o en sus alrededores. Con motivo del jubileo de 1825, R... participa con fervor de las ceremonias, va a la iglesia, asiste a las predicaciones de los misioneros más elocuentes. Entonces recibe sus primeras revelaciones. Le parece quien el epigastrio, donde experimenta habitualmente una sensación de calor, "se hacen oír palabras, muy distintas, pero no tales como las que se sienten con el oído, y muy fáciles de distinguir de estas últimas". Esas palabras que forman profecías y parábolas, están unidas a una sensación de mayor bienestar, de un calor de que se irradia: R... cae en la sorpresa, en el éxtasis y redobla sus ejercicios de piedad. El apetito disminuye, el sueño desaparece: la noche pasa en oraciones.
"De pronto, en una de esas noches de fervor, con un ciclo cubierto de nubes, durante una oración ve aparecer entre las nubes, un disco luminoso grande como el sol, pero no tan resplandeciente una voz parte de ese disco y le dice: "Los niños que yo bendeciré, serán benditos y los que yo maldeciré serán malditos hasta la tercera y la cuarta generación".
"R..., al reconocer la voz de Dios, entra en comunicación con el Ser increado y le dirige numerosas preguntas, que no reciben todas contestación. La conversación dura tres cuartos de hora. R... comienza por saber "cuáles son los designios de Dios para con él". Al final, Dios "le dijo que fuera a acostarse".
"Esta visión es la única que ha tenido. Después las revelación aumentaron y se subsiguieron constantemente casi. Mas las palabras que se le decían en el epigastrio eran muy diferentes de las de la visión. En esta última, en realidad, las palabras eran en absoluto
idénticas a las que se escuchan con el oído, lo que no era el caso de las "palabras" (epigástricas) de las revelaciones.
"La visión decidió la suerte de R...; él es el Mesías, que ha de llegar al final de los siglos, para llevar todas las naciones a la misma creencia y preparar el juicio final; y es en esta función que comenzó a hacer profecías a sus compañeros de trabajo y que trató de tener conferencias con el abate M..., sacerdote de la corte de Carlos X y con el arzobispo de París. Viendo que no podía llegar hasta este ultimo, escaló un día, durante la Misa, la reja del coro de la iglesia metropolitana, para hacerse detener y poder hacer conocer así los designios que no podía manifestar en otra forma; lo que logró. Se le llevó a la prefectura de policía y de allí a la división de alienados el 12 de diciembre de 1827...
"Cree en el espíritu perverso y habla de él con dolor. Se ha construido una teoría singular de los infiernos. Allí, dice, se refugian todos los ruidos, todas las luces y todos los fuegos que se pierden en la tierra y en el aire. Por lo demás, los castigos allí no son eternos, para las almas que hayan sido condenadas antes del juicio final.
"Descartando su manía, es el hombre de sociedad más razonable y el mejor que haya encontrado nunca.
"En el mes de febrero de 1829, después de 14 meses de internación en el asilo, se le halló "razonable", dispuesto a aplazar para oportunidad más favorable la ejecución de sus proyectos de reforma, y se le concedió el retorno a la sociedad civil, con su certificado de normalidad, y la reanudación de su oficio de carretero. No se oyó más hablar de él".

Neurosis y delirio de posesión
La posesión diabólica, por su carácter misterioso y terrible, preocupa fácilmente a los temperamentos impresionables, predipuestos a la obsesión o al delirio. En todos los tiempos, ha sido una gran preocupación para teólogos y médicos el reconocer los signos distintivos de la posesión verdadera y los de las falsificaciones patológicas.
Por esta razón, Regina, abate de Prüm en la Lorena, declaró el año 892 que se deben tratar las apariciones demoníacas como imaginaciones, trastornos psíquicos o alucinaciones (Kirschoff). En la misma época, el famoso Agobardo, arzobispo de Lyon, luchaba contra las supersticiones populares.
En 1594, el jesuíta Tireo publicó un Tratado de demonologia cuyo capítulo XXII está dedicado a los doce síntomas que se puede estar tentado de atribuir a la posesión demoníaca, mientras que son insuficientes o sin importancia —dice— a este respecto:
"La confesión de quien está íntimamente convencido de ser un poseso—la conducta, por pervertida que sea; —costumbres salvajes y brutas; —sueño pesado y prolongado; —enfermedades incurables por arte médico, como también dolores de la cavidad; —la malísima costumbre de cierta gente de tener siempre el nombre del diablo en
los labios; —los que renuncian al Dios verdadero y se dedican enteramente a los demonios; —los que no están tranquilos en ningún sitio, sintiéndose molestados en todas partes por los espíritus; —los que, mediante la invocación de los demonios, advierten visiblemente su presencia y son levantados por ellos; —los que cansados de la vida presente atentan contra su vida; —la furia; —la pérdida de la memoria; —el ver la revelación de cosas ocultas, no ofrece una prueba muy sólida...
"Hay personas —agrega— que se creen firmemente poseídas; llegan a comunicarlo y se presentan ellas mismas a los tormentos y suplicios, para ser liberadas del demonio. Esa creencia no autoriza a considerarlas posesas, del mismo modo que no es rey ni se llama rey a quien tiene el convencimiento de serlo".

Es el síndrome que Esquirol llama demonomanía y Macario, Dagonet, Ritti, etc. demonopatía interna.
Régis describe de esta manera al perseguido religioso:
"El enfermo localiza ante todo el espíritu malo en su cuerpo, a veces en el pecho, a veces en una región cualquiera del abdomen, como la cavidad epigástrica. Todo lo que sienta allí, normal o patológico, es atribuido a la presencia del demonio: siente movimientos de reptación análogos al desplazamiento de una serpiente; oye ruidos como voces de animales o palabras; comprueba hinchazones, tumores, que no son otra cosa que la sede del enemigo. Este enemigo no le deja reposo alguno y lo tortura de mil modos, haciéndole sufrir toda suerte de desgracias o de incidentes molestos, injuriándolo y empujándolo al mal contra su voluntad".

El delirio de posesión no constituye naturalmente una entidad mórbida. Entra, nos dice Artur en su tesis:
"en la constitución de una serie de delirios y a veces no es más que un elemento del todo secundario en el cuadro clínico.
"Si, en realidad, estudiamos las ideas delirantes de posesión demoníaca, las veremos aparecer en medio de síndromes complejos y variables. En 18 de nuestros casos se presentaron al comienzo o on el curso de un estado melancólico muy definido y de etiología vulgar (pesares, pérdida de dinero, agotamiento, etc.). Otras veces se establecen después de un período variable en el que no se comprueban otros síntomas morbosos fuera de un cambio de humor, de temperamento, un estado de preocupación que precede por poco la explosión de un delirio sistematizado. Los hemos visto aparecer también como consecuencia de un estado mal determinado de malestares con fobias, escrúpulos, subagitación inquieta en sujetos nerviosos y, tal vez, histéricos.
"En la parálisis general, pueden alcanzar a veces cierto grado de coherencia y estabilidad, o permanecer fugaces, instables, esencialmente episódicas.
"Se las encuentra también en los estados de confusión agudos o subagudos (delirio alcohólico, delirio onírico post-operatorio, estad de confusión post partum) y pueden asimismo constituir con su aparición el origen de una demencia precoz...".

Y el doctor Artur llega a esta conclusión:
"Resumiendo el estudio clínico de los trastornos psíquicos prestados por nuestros enfermos, resulta:
"1. — Que esas ideas de posesión están siempre ligadas a un estado cenestopático pronunciado;
"2. — Que este estado cenestopático reacciona sobre los trastornos perceptivos, donde las alucinaciones cenestésicas y eróticas predominan;
"3. — Que las ideas delirantes de posesión no son más que la interpretación de estos trastornos sensitivos (afectivos) y perceptivos, y
"4. — Finalmente, que las ideas delirantes de posesión demoníaca, se acompañan generalmente de ideas de obstrucción, negación, enormidad, lo que indica claramente el origen hipocondríaco de unas y otras".

El doctor Artur, verosímilmente, deja un campo algo amplio a la cenestopatía; parece que el delirio de posesión puede desarrollarse otras veces por la simple influencia morbosa de los datos del intelecto sobre nuestras relaciones con los demonios. Por otra parte, la simple sugestión en el terreno neuropático puede simular exactamente la posesión, como en la epidemia de Morzine. Es lo que el cardenal de Lyon observó al párroco de Chino, exorcista de las Ursulinas en la epidemia de Loudun: "¿No veis que, si esas niñas no son poseídas, creerán serlo por vuestras palabras?" Cualquiera sea la verdad en el caso de Loudun, que, como ya dijimos, debería examinarse de nuevo sin ideas preconcebidas ni polémicas — es decir, admitiendo la posibilidad de la asociación de fenómenos demoníacos verdaderos con las falsificaciones neuropáticas—, citaremos un caso de neurosis y un ejemplo de delirio de posesión:

Observación I
La epidemia de Morzine (resumen de la tesis de Bouchet)
"Esta epidemia se inició en marzo de 1857. Una niña de 10 años, que se preparaba a la primera comunión, se indispuso a raíz de una emoción y sufrió convulsiones. Una de sus compañeras hizo lo mismo y se difundió una verdadera epidemia de histero-catalepsia y convulciones. Los habitantes de Morzine creyeron que las enfermas eran poseídas por el demonio; el párroco realizó exorcismos individuales con resultados irregulares. Solicitó entonces de Monseñor Rendu, obispo de Annecy, el permiso para efectuar exorcismos generales en la Iglesia. El prelado se negó, mas el párroco procedió por su cuenta. La ceremonia provocó una explosión de convulsiones y la aparición de nuevos casos.
"En 1858, se habla de embrujamientos; algunas enfermas visitan a un magnetizador de Ginebra.
"En 1859-1860, la epidemia se propaga aún más, de resultas de los manipúleos de un charlatán.
"En 1861, hay 120 enfermos. El doctor Constans, inspector general del servicio de alienados, fué enviado a Morzine, donde se le recibe muy mal. Entretanto se ha desplazado al párroco, se ha cambiado al intendente y hace su aparición una brigada de gendarmería y un destacamento de infantería. Se repartieron las enfermas en diferentes hospitales y asilos. Todo desaparece.
"En 1863, al acercarse la época de la Confirmación, los espíritus se sobreexcitan: "Él día de la Confirmación, a su entrada solemne en la iglesia, las enfermas trataron de echarse sobre el obispo, con gritos horrorosos y profiriendo juramentos y blasfemias". Se repiten las mismas medidas que en 1861 y, esta vez, todo termina".

Observación II - (Resumida de la tesis de Artur)
Melancolía. Delirio de posesión demoníaca. Ideas de indignidad, de autointoxicación.

"Mujer de 41 años de edad, ama de casa. Entró en el asilo de Saint-Méen el 4 de julio de 1910.
"El 9 de abril último, la paciente fué operada de un fibroma uterino.
"El 6 de mayo volvió a su casa. Dos días más tarde se queja de violentos dolores gástricos, que atribuye a la carne. Un médico consultado le suprime la carne y desde entonces no toma más que leche y sopas. Trabaja regularmente y no presenta nada de anormal. A veces, sin embargo, afirma: "Estoy condenada, soy una posesa del diablo; no tengo necesidad de un médico para el cuerpo, sino para el alma".
"Lo sabía —dice— desde que tuvo un ensueño la noche siguiente a la de la operación.
"Su familia no dió mucha importancia a esas afirmaciones. Pero a los ocho días ella las repite sin tregua.
"La enferma no duerme ya más de una hora o dos por noche: "No tengáis demasiada confianza —dice— en el estado en que me hallo, puedo haceros daño...".
"La enferma está inquieta, habla suspirando, las respuestas son precisas: "No he hecho mal a nadie. Son ideas que no puedo echar de mi mente. Hablo como pienso. No puedo decir más nada; estoy en un estado de bestialidad; me doy cuenta de que cometeré algún crimen. No puedo contenerme; me falta la respiración; me parece que el diablo va a salir de mi boca. Creo que estoy perdida por haber cometido algún sacrilegio".
"Desde que estoy enferma —agrega— tengo ideas negras: he visto al demonio; he dicho que soy el diablo, porque hay algo que me lo inspira, como un pensamiento que me obliga a gritar, aun cuando yo no quiera; es como si alguien me apretara la garganta. La cabeza me silba.
"Dentro de mi cuerpo eso tiembla siempre, me estrangula. Ya lo siento como un fuego. El diablo está en mí; lo veo alrededor de mí, como una especie de bestia; sus dientes me dan miedo. El diablo está en mi corazón, quiere salir y no puede". Se le pregunta por dónde entró el diablo y ella contesta: "Por el oído, sin duda". Y de nuevo ella se acusa de no ser más que una bestia y agrega que no puede contenerse de decirlo, "porque eso de decirlo le sale del alma".
"No hay debilitación intelectual, ni desorientación de lugar o de tiempo.
"Se queja de no poder amar a la familia, de no poder amar a Dios.
"17 de julio de 1910. La enferma está tranquila, se ocupa, se alimenta. No tiene angustias. Interrogada, contesta: "No tengo ya conciencia, sé siempre que hay algo que me sofoca, que me aprieta la garganta".
"Antes de enfermarme, agrega, me sentía muy bien, mas cuando volví a casa después de la operación, me sentí extraña. En la garganta, tengo algo que, estoy segura, me va a ahogar. Y yo creo que es el diablo, porque he cometido sacrilegios. Y a pesar mío maldigo a Dios en mi corazón".
"Interrogada la enferma acerca del resultado de su enfermedad, contesta: "Me estrangularán, se me arrancarán los miembros uno a uno".
"11 de agosto de 1910. Leve mejoría: la depresión es menor, pero la paciente sigue siendo muy vacilante acerca de sus ideas delirantes. Ella contesta: "No sé más nada, ya no recuerdo nada. Creo que he estado enferma".
"26 de noviembre de 1910. La paciente abandona el asilo, dándose cuenta de la naturaleza patológica de sus convicciones delirantes".
Doctor Henri Bon
MEDICINA CATOLICA

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