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lunes, 2 de enero de 2012

LA ALTA VENTA DE LA MASONERIA ITALIANA

Por Jacques Crétineau-Joly

En 1825 una Comisión especial nombrada por S. S. León XII y presidida por Mons. Tomás Bernetti, gobernador de Roma, condenó a muerte, por varios asesinatos cometidos a traición, a dos carbonarios: Angel Targhini y Leónidas Montanari.

Sin embargo, se les comunicó que en atención al Jubileo que se estaba celebrando, esa pena se les conmutaría si pedían perdón y se reconciliaban con la Iglesia y con el Cielo.
Camino del cadalso, varios sacerdotes amonestan con suavidad a los sentenciados, que permanecen obstinados.
Ya ante el verdugo, mientras un gentío inmenso reza arrodillado, Targhini grita: "Pueblo, muero inocente, francmasón, carbonario e impenitente". Y es decapitado.
Montanari tomó entre sus manos la cabeza de su compañero ajusticiado y les dijo a los sacerdotes que lo exhortaban: "Esto. .., es una cabeza de una adormidera que acaba de ser cortada".
Los diarios de Francia y de Inglaterra aprovecharon la ocasión para acusar a la Santa Sede de crueldad y de "represión" y para glorificar como mártires a los dos vulgares asesinos.
Mientras tanto, el jefe de la Alta Venta le escribe a uno de sus cómplices, Vindice, la siguiente carta, con su seudónimo de Nubius:
"He asistido con la ciudad entera a la ejecución de Targhini y de Montanari; pero los prefiero muertos que vivos. El complot que locamente habían preparado con el fin de inspirar el terror no podía tener éxito, y pudo habernos comprometido; pero su muerte rescata estos pe-cadillos. Han caído con valor, y este espectáculo fructificará. Gritar a voz en cuello, en la plaza del Pueblo en Roma, en la ciudad madre del Catolicismo, en la cara del verdugo que os coge y del pueblo que os mira, que se muere inocente, francmasón e impenitente, es algo admirable: tanto más admirable cuanto que es la primera vez que semejante cosa ocurre. Montanari y Targhini son dignos de nuestro martirologio, puesto que no se dignaron aceptar ni el perdón ni la reconciliación con el Cielo. Hasta este día, los condenados, puestos en capilla, lloraban de arrepentimiento, a fin de tocar el alma del Vicario de las misericordias. Y éstos no han querido saber nada de las felicidades celestes, y su muerte de réprobos ha producido un magnífico efecto en las masas. Esto es una primera proclamación de las Sociedades Secretas y una toma de posesión de las almas.
"Así es que tenemos mártires. Para burlarme de la policía de Bernetti, he hecho depositar flores, y muchas flores, sobre la fosa en que el verdugo enterró los restos. Hemos adoptado las disposiciones convenientes. Temimos comprometer a nuestros criados con el desempeño de esa tarea; pero dimos aquí con unos ingleses y unas jóvenes señoritas románticamente antipapistas, y a ellos les encargamos la piadosa romería. La idea me ha parecido tan feliz como a estas rubias jovencitas. Esas flores, arrojadas durante la noche sobre los dos cadáveres proscritos, harán germinar el entusiasmo de la Europa revolucionaria. Los muertos tendrán su Panteón; luego, yo iré durante el día a llevarle a Monsignor Piatti mi cumplimiento de condolencia. Este pobre hombre ha perdido sus dos almas de carbonarios. En confesarlos puso toda su tenacidad de sacerdote, y fue vencido. Yo me debo a mí mismo, a mi nombre, a mi posición, y sobre todo a nuestro porvenir, el deplorar, con todos los corazones católicos, este escándalo nunca dado en Roma. Tan elocuentemente lo deploraré, que espero enternecer al propio Piatti. A propósito de flores, hemos hecho pedir por uno de nuestros más inocentes afiliados de la FrancMasonería, al poeta francés Casimiro Delavigne, una Messénienne sobre Targhini y Montanari. El poeta, a quien a menudo veo en el mundo de las artes y de los salones, es un buen hombre. Pues bien, llorando ha prometido un homenaje a los mártires y fulminar un anatema contra los verdugos. Los verdugos serán el Papa y los sacerdotes. Lo cual será siempre una pura ganancia. Los corresponsales ingleses harán también un efecto admirable; y yo conozco aquí más de uno que ha hecho resonar la trompeta épica en honor de la cosa.
"Sin embargo, es una mala obra el hacer así héroes y mártires. Tan impresionable es la turba ante el cuchillo que corta la vida; tan rápidamente pasa esta misma muchedumbre de una emoción a otra; tan de golpe se entrega a admirar a los que con audacia afrontan el supremo instante, que a partir de tal espectáculo, yo mismo me siento trastornado y presto a hacer lo que la multitud. Esta impresión, de la que no me puedo defender, y que tan rápidamente ha hecho perdonar a los dos ajusticiados su crimen y su impenitencia final, me ha conducido a reflexiones filosóficas, médicas y poco cristianas, que quizá habrá que utilizar algún día.
"Si un día triunfamos y si para eternizar nuestro triunfo hay necesidad de algunas gotas de sangre, no habrá que conceder a las víctimas designadas el derecho de morir con dignidad y firmeza. Tales muertes no sirven sino para mantener el espíritu de oposición y para darle al pueblo mártires cuya sangre fría le gusta siempre ver. Lo cual es un mal ejemplo, del que nos aprovechamos ahora nosotros; pero creo conveniente hacer mis reservas para casos ulteriores. Si Targhini y Montanari por un medio o por otro (¡tiene la química tantas maravillosas recetas!) hubiesen subido al cadalso abatidos, jadeantes y descorazonados, el pueblo habría tenido piedad de ellos. Pero fueron intrépidos, y el mismo pueblo guardará de ellos un precioso recuerdo. Ese día para él hará época. Aunque sea inocente, el hombre que se lleva al cadalso no es ya peligroso. Pero que suba a él con paso firme, que contemple la muerte con rostro impasible, y, aunque criminal, tendrá la simpatía de las multitudes.
"Yo no soy de natural cruel; espero no llegar nunca a tener glotonería sanguinaria; pero quien quiere el fin quiere los medios. Ahora bien, yo digo que en un caso dado no debemos, no podemos, ni siquiera en bien de la humanidad, dejarnos enriquecer con mártires a pesar de nosotros. ¿Acaso creéis que frente a los cristianos primitivos, no habrían hecho mejor los Césares debilitando, atenuando, confiscando en provecho del Paganismo todas las heroicas comezones del Cielo, que no el dejar provocar la simpatía del pueblo por un hermoso final? ¿No les hubiera valido más el medicamentar la fuerza del alma, embruteciendo el cuerpo? Una droga bien preparada, todavía mejor administrada, y que debilitara al paciente hasta la postración habría tenido, pienso yo, un efecto saludable. Si los Césares hubiesen empleado las Locustas de su tiempo en este negocio, persuadido estoy de que nuestro viejo Júpiter Olímpico y todos sus diosecitos de segundo orden no sucumbieran tan miserablemente. Con toda seguridad que no hubiese sido tan bella la oportunidad del Cristianismo. Se hacía morir a sus apóstoles, a sus sacerdotes, a sus vírgenes, entre los dientes de los leones en el anfiteatro o en las plazas públicas, bajo la mirada de una muchedumbre atenta. Sus apóstoles, sus sacerdotes, sus vírgenes, movidos por un sentimiento de fe, de imitación, de proselitismo o de entusiasmo, morían sin palidecer y cantando himnos de victoria. Daba envidia morir así, y está probado que se daban tales caprichos. ¿No procreaban gladiadores los gladiadores? Si aquellos pobres Césares hubiesen tenido el honor de formar parte de la Alta Venta, muy simplemente yo les habría pedido que hicieran tomar a los valientes de los neófitos una poción conforme a lo previsto, y no habría contado con nuevas conversiones porque ya no hubiera habido mártires. En efecto, no hay émulos por copia o por atracción desde el momento en que se arrastre sobre el cadalso un cuerpo sin movimiento, una voluntad inerte y ojos que lloren sin enternecer. Muy pronto se hicieron populares los Cristianos porque el pueblo ama al que lo conmueve. Pero si hubiera visto debilidad, miedo, bajo una envoltura temblorosa y sudando fiebre, se habría puesto a silbar, y el Cristianismo hubiera terminado en el tercer acto de la tragicomedia.
"Por un principio de humanidad política creo que debo proponer un medio parecido. Si se hubiese condenado a Targhini y Montanari a morir laxos; si se hubiese apoyado la sentencia con algún ingrediente de farmacia, a esta hora Targhini y Montanari serían dos miserables asesinos que no osaran mirar la muerte de frente. El pueblo los hubiera visto con profundo desprecio, y los olvidaría. Y en lugar de esto admira, a pesar suyo, esta muerte en que el desgarro obró por mitad pero en la que hizo el resto el error del gobierno pontificio para nuestro provecho. Así es que yo querría que en caso de urgencia estuviese bien decidido que nosotros no obráramos así. No os prestéis a volver gloriosa o santa la muerte en el patíbulo, orgullosa o feliz, y no tendréis gran necesidad de matar.
"La Revolución Francesa, que hizo tanto bien, en este punto se equivocó. Luis XVI, María Antonieta y la mayor parte de las matanzas de la época son sublimes por la resignación o la grandeza de alma. Eterno será el recuerdo (y mi abuelita me hizo llorar más de una vez contándomelo), el recuerdo será perpetuo de aquellas damas que desfilan ante la Princesa Isabel al pie de la guillotina y que le hacen una profunda reverencia como en los salones de la Corte de Versalles: no es esto lo que necesitamos. En un caso dado, arreglémonos de modo que un Papa y dos o tres Cardenales mueran como viejecillas, con todas las angustias de la agonía y en los terrores de la muerte, y así paralizáis los entusiasmos de la imitación. Así economizáis cuerpos, pero matáis el espíritu.
"Es la moral lo que nos importa dañar; es por lo tanto el corazón lo que debemos herir. Sé todo cuanto se puede objetar contra semejante proyecto; pero, considerándolo bien todo, las ventajas exceden a los inconvenientes. Si nos es fielmente guardado el secreto, en su oportunidad veréis la utilidad de este nuevo género de medicamento. Una piedrecilla, mal puesta en la vejiga, bastó para rendir a Cromwell. ¿Que cosa sería necesaria para enervar al hombre más robusto y que apareciera sin energía, sin voluntad y sin aliento en manos de los ejecutores? Si no tiene fuerzas para coger la palma del martirio, no habrá aureola para él, y consiguientemente tampoco habrá admiradores ni neófitos. Abreviemos con los unos y con los otros, y será un gran pensamiento de humanidad revolucionaria el que nos habrá inspirado tal precaución. La recomiendo vivamente". Hasta aquí el jefe de la Alta Venta.

La Alta Venta se proponía destruir a la Iglesia Romana mediante la corrupción del clero, con la esperanza de infiltrarla en el propio Colegio Cardenalicio para llegar un día a ponerle fin al Papado.
El Carbonarismo, en cambio, usaba como principal instrumento el terror. Quería reinar mediante el asesinato.
La Alta Venta no se asignaba sino un objeto con mil recursos para obtenerlo. El Carbonarismo y las Sociedades masónicas que de él dependían marchaban al asalto de la Iglesia Católica, pero desarrollaban su acción en todas partes y en todos los sentidos, y desde luego contra el poder civil que no les estuviera sujeto.
En 1821, el Carbonarismo está en la infancia del arte; la Alta Venta se oculta en los abismos de una insondable hipocresía. Todo es tinieblas alrededor de la Sede Apostólica. Sin embargo, de deducción en deducción, su presciencia llega a descubrir el misterio de tantas conjuraciones ocultas. Y Pío VII señala al enemigo en su Bula Ecclesiam a Jesu Christo:
"La Iglesia que Jesucristo, nuestro Salvador, ha fundado sobre la piedra firme, y contra la cual, según sus promesas, jamás prevalecerán las puertas del infierno, ha sido tan a menudo atacada, y por enemigos tan terribles, que sin esta divina e inmutable promesa, se habría podido creer que sucumbiría enteramente, estrechada ora por la fuerza, ora por los artificios de sus perseguidores. Lo que ocurrió en tiempos ya remotos se renueva todavía, y sobre todo en la deplorable época en la que vivimos, época que en estos últimos tiempos parece estar anunciada muchas veces por los Apóstoles, en la que vendrían impostores marchando de impiedad en impiedad, conforme a sus deseos. Nadie ignora cuán enorme es el número de hombres culpables que se han ligado en estos tiempos tan difíciles contra el Señor y contra su Cristo, y que han puesto en obra cuanto puede engañar a los fieles por las sutilezas de una falsa y vana filosofía, y para arrancarlos del seno de la Iglesia, con la loca esperanza de arruinar y derribar a esta misma Iglesia. Para alcanzar más fácilmente este objeto, los más de ellos han formado sociedades ocultas, sectas clandestinas, confiando, por este medio, en asociar más libremente a un mayor número a sus complots y a sus perversos designios.
Hace ya mucho tiempo que esta Santa Sede, habiendo descubierto esas Sectas, se irguió contra ellas con energía y ánimo, y dio a entender los tenebrosos designios que ellas formaban contra la Religión y contra la sociedad civil. Hace ya mucho tiempo que excitó la atención general sobre este punto, provocando la vigilancia para que estas sectas no pudiesen intentar la ejecución de sus culpables proyectos. Pero hay que gemir porque el celo de la Santa Sede no ha logrado los efectos que esperaba y porque esos hombres perversos no han desistido de sus propósitos, de lo cual han resultado finalmente todas las desgracias que hemos visto. Además, esos hombres, cuyo orgullo se hincha sin cesar, han osado crear nuevas sectas secretas.
Dentro de ese número es menester indicar aquí una sociedad recientemente formada, que se ha propagado ampliamente en toda Italia y en otros países, y que, aunque dividida en muchas ramas, y con diversos nombres, según las circunstancias, es sin embargo realmente una sola, tanto por la comunidad de pareceres y de puntos de vista como por su constitución. Lo más a menudo es designada con el nombre de Sociedad de los Carbonarios. Afectan un singular respeto y un celo en todo maravilloso por la Religión Católica, así como por la doctrina y la persona de nuestro Salvador Jesucristo: tanto que aun tienen la culpable audacia de nombrarlo gran Maestre y Jefe de su Sociedád. Pero estos discursos, que parecen más dulces que el aceite, no son otra cosa que dardos de los que se sirven esos hombres pérfidos para herir más seguramente a los que no están en guardia. Vienen a vosotros como si fueran corderos, pero en el fondo no son sino lobos rapaces.
"Es indudable que el juramento tan severo por el cual, a ejemplo de los antiguos priscilianistas, juran que en ningún tiempo ni en ninguna circunstancia, revelarán absolutamente nada que pueda concernir a la Sociedad a personas que no hayan sido admitidas en ella, y que jamás hablarán con los de los últimos grados de cosas relativas a los grados superiores; además, las reuniones clandestinas e ilegítimas que tienen a semejanza de muchos herejes, y la admisión de gentes de todas las religiones y de todas las sectas en su Sociedad, muestran suficientemente, aun cuando no hubiera otros indicios de ello, que no hay que tener ninguna confianza en sus discursos.
"Pero no hay necesidad ni de conjeturas ni de pruebas para pronunciar sobre sus discursos el juicio que estamos enunciando. Sus libros impresos, en los cuales se halla lo que se observa en sus reuniones, y sobre todo en las de los grados superiores; sus catecismos, sus estatutos, otros documentos auténticos y muy dignos de fe, y los testimonios de los que, después de haber abandonado esa Sociedad, han revelado sus engaños y sus errores a los magistrados: todo prueba que los Carbonarios tienen principalmente por objeto el propagar la indiferencia en materia de religión, el más peligroso de todos los sistemas; el dar a cada uno la libertad absoluta de formarse una religión según sus inclinaciones y sus ideas; el profanar y manchar la Pasión del Salvador mediante algunas de sus culpables ceremonias; el despreciar los Sacramentos de la Iglesia (tratando de substituirlos por algunos inventados por ellos), y aun los misterios de la Religión Católica; y, en fin, el derribar a este Sede Apostólica, contra la cual, animados por un odio muy especial, traman los complots más negros y los más detestables.
"Los preceptos de Moral que da la Sociedad de los Carbonarios no son menos culpables, como lo prueban esos mismos documentos, aunque se vanaglorie en voz alta de exigir a sus seguidores que amen y practiquen la caridad y las demás virtudes y se abstengan de todo vicio. Y así, favorece ella abiertamente los placeres de los sentidos; así, enseña que es lícito matar a quienes revelen el secreto del que arriba hemos hablado, y aunque Pedro, el Príncipe de los Apóstoles, les recomienda a los cristianos el someterse, por Dios, a toda criatura humana que El haya constituido por encima de ellos, ora al Rey por ser el primero en el Estado, ora a los magistrados por ser los enviados del Rey, etc.; y aunque el Apóstol Pablo ordena que todo hombre esté sometido a los Poderes más elevados, sin embargo, esta Sociedad enseña que es lícito excitar las revueltas para despojar de su poder a los Reyes y a todos los que gobiernan, a quienes da ella el nombre injurioso de tiranos.
"Tales son los dogmas y los preceptos de esta Sociedad, lo mismo que de otras que se le conforman. De aquí los atentados cometidos últimamente en Italia por los Carbonarios, atentados que han afligido tanto a los hombres honestos y piadosos. Así es que Nos, que estamos constituido guardián de la Casa de Israel, que es la Santa Iglesia; Nos, que por nuestro cargo pastoral, debemos velar por que el rebaño del Señor, que nos ha sido divinamente confiado, no sufra daño alguno, pensamos que en un asunto tan grave, nos es imposible abstenernos de reprimir los esfuerzos sacrilegos de la dicha Sociedad. Nos estamos moviendo también por el ejemplo de nuestros predecesores de feliz memoria, Clemente XII y Benedicto XIV, de los cuales el uno, medíante su constitución In eminenti, del 28 de abril de 1738, y el otro, por su constitución Providas, del 18 de mayo de 1751, condenaron y prohibieron la Sociedad dei liberi muratori o de los francmasones, o bien las Sociedades designadas por otros nombres, según la diferencia de lenguas y de países: sociedades que quizá han sido el origen de la de los Carbonarios, o que ciertamente le han servido de modelo; y, aunque Nos hayamos ya expresamente prohibido esta Sociedad por dos Edictos salidos de nuestra Secretaría de Estado, Nos pensamos, a ejemplo de nuestros predecesores, que deben ser solemnemente decretadas penas severas contra la dicha Sociedad, sobre todo porque los Carbonarios pretenden que ellos no pueden estar comprendidos en las dos constituciones de Clemente XII y de Benedicto XIV, ni estar sometidos a las penas que allí se infligen.
"En consecuencia, después de haber oído a una Congregación escogida entre nuestros venerables hermanos los Cardenales, y con el parecer de esa Congregación, así como por nuestra propia decisión, y tras de un conocimiento cierto de las cosas y una madura deliberación, y en virtud de la plenitud del poder apostólico, Nos resolvemos y decretamos que la susodicha Sociedad de los Carbonarios, o de cualquier otro nombre con que sea llamada, debe ser condenada y prohibida, así como sus reuniones, afiliaciones y conventículos, y Nos la condenamos y prohibimos por nuestra presente constitución, que debe permanecer siempre en vigor.
"Por lo cual recomendamos rigurosamente, y en virtud de la obediencia debida a la Santa Sede, a todos los cristianos en general, y a cada uno en particular, cualesquiera que sean su estado, su grado, su condición, su orden, su dignidad y su preeminencia, tanto a los laicos como a los eclesiásticos, segulares y regulares; Nos les recomendamos el abstenerse de asistir, bajo ningún pretexto, a la Sociedad de los Carbonarios, ni propagarla, favorecerla, aceptarla u ocultarla en la propia casa o en alguna otra parte, el afiliarse a ella, el tomar allí algún grado, el proporcionarle el poder y los medios de reunirse en alguna parte, el darle avisos y socorros, el favorecerla abiertamente o en secreto, directamente o indirectamente, por sí mismo o por medio de otros, o de cualquier manera que sea, o insinuar, aconsejar o persuadir a los demás que se hagan aceptar en esa Sociedad, el ayudarla y favorecerla; en fin, les recomendamos el abstenerse enteramente de cuanto pueda concernir a la dicho Sociedad, a sus reuniones, afiliaciones y conventículos, bajo pena de excomunión en la que incurrirán todos los que contravengan la presente constitución y por la que nadie podrá recibir la absolución si no es de Nos o del Pontífice romano que a la sazón exista, a no ser que esté en artículo de muerte".

En contestación a esta Bula, Roma fue acusada por el liberalismo de entorpecer el Progreso.
La Alta Venta, que utiliza al Carbonarismo y a las otras Sectas masónicas, aun para estas organizaciones es un misterio. Su reclutamiento es limitadísimo: no pasa de tener arriba de 40 miembros. Su acción se limita a sembrar la corrupción, sobre todo en el seno del clero. Se escoge, por lo tanto, de entre lo más selecto de todos los Grandes-Orientes, a los más astutos e hipócritas. Son principalmente abogados y médicos que conocen los secretos de las principales familias. No se les conoce en la Alta Venta sino por sus nombres de guerra. Su última finalidad es destruir el Trono apostólico.
En 1822 tiene ya gran poder la Alta Venta y permanece desconocida para el poder público, que no tiene noticia sino de la FrancMasonería en general.
Es notable la siguiente carta que el 18 de enero de 1822 escribe un judío de la Alta Venta con el seudónimo de Piccolo-Tigre:
"En la imposibilidad en que están todavía nuestros hermanos y amigos de decir la última palabra, se ha juzgado conveniente y útil propagar por todas partes la luz y dar el impulso a cuantos aspiren a moverse. Con este objeto no cesamos de recomendaros el afiliar en toda clase de congregaciones, tales cuales, con tal que el misterio domine en esto, a toda suerte de gentes. Italia está cubierta de Cofradías religiosas y de Penitentes de diversos colores. No temáis introducir a algunos de los nuestros en medio de esos rebaños guiados por una devoción estúpida; que estudien con cuidado el personal de estas Cofradías y verán que poco a poco no faltarán cosechas que hacer. Bajo el pretexto más fútil, pero jamás político ni religioso, cread vosotros mismos, o, más bien, haced crear por otros asociaciones que tengan por objeto el comercio, la industria, la música, las bellas artes. Reunid en un lugar o en otro, en las sacristías mismas o en las capillas, vuestras tribus todavía ignorantes; ponedlas bajo el cayado de un sacerdote virtuoso, bien visto, pero crédulo y fácil de ser engañado; infiltrad el veneno en los corazones escogidos, infiltradlo a pequeñas dosis y como al azar; luego, mirándolo bien, os asombraréis vosotros mismos de vuestro éxito.
"Lo esencial es aislar al hombre de su familia, hacerle perder sus costumbres. Muy dispuesto estará, por la inclinación de su carácter, a huir de las preocupaciones del hogar, a correr tras de fáciles placeres y gozos prohibidos. El ama las largas charlas de café, la ociosidad de los espectáculos. Atraedlo, sonsacadlo, dadle una cierta importancia; inclinadlo discretamente a disgustarse de sus trabajos diarios, y mediante este manejo, después de haberlo separado de su mujer y de sus hijos, y de haberle mostrado cuán penosos son todos los deberes, inculcadle el deseo de otro género de vida. El hombre nace rebelde; atizad este deseo de rebelión hasta el incendio, pero de modo que no estalle el incendio. Esta es una preparación para la gran obra que debéis comenzar. Cuando hayáis insinuado en algunas almas el disgusto por la familia y la religión (lo uno va casi siempre en seguimiento de lo otro), dejad caer ciertas palabras que provocarán el deseo de afiliarse a la Logia más cercana. Esta vanidad del citadino o del burgués de ingresar a la FrancMasonería tiene algo de tan común y tan universal, que no dejo de admirarme de la estupidez humana. Me asombro de no ver al mundo entero llamar a la puerta de todos los Venerables para pedirles a estos señores el honor de ser uno de los obreros escogidos para la reconstrucción del Templo de Salomón. El prestigio de lo desconocido ejerce sobre los hombres tal poder, que con temor se preparan a las fantasmagóricas pruebas de la iniciación y del banquete fraterno.
"Verse miembro de una Logia, sentirse, lejos de su mujer y de sus hijos, llamado a guardar un secreto que jamás se os confía, es para ciertas naturalezas una voluptuosidad y una ambición. Las Logias pueden muy bien ahora procrear glotones: jamás darán a luz ciudadanos. Se come muy bien en casa de los T.'., y T.". R.'. F.'. de todos los Orientes; pero este es un lugar de depósito, una especie de potrero, un centro por el que es menester pasar antes de llegar a nosotros. Las Logias no hacen más que un mal relativo, un mal templado por una falsa filantropía y por tonterías todavía más falsas, como en Francia. Esto es demasiado pastoral y demasiado gastronómico, pero tiene un objeto que debemos fomentar sin cesar. Enseñándole a brindar, se apodera uno así de la voluntad, de la inteligencia y de la libertad del hombre. Se dispone de él, se le hace dar vueltas, se le estudia. Se adivinan sus inclinaciones, sus afectos, sus tendencias; luego, cuando está maduro para nosotros, se le dirige hacia la Sociedad secreta, de la que la Franc-Masonería no puede ser sino la antesala.
"La Alta Venta desea que, bajo un pretexto u otro, se introduzca en las Logias masónicas el mayor número de príncipes y de ricos que sea posible. Los príncipes de casa soberana y que no tienen la esperanza legítima de ser reyes por la gracia de Dios, quieren todos serlo por la gracia de una revolución. El duque de Orleans es francmasón, el Príncipe de Carignan lo fue también. Ni en Italia ni en otras partes faltan los que aspiran a los honores harto modestos del delantal y la cuchara simbólicos. Otros están desheredados o proscritos. Halagad a todos estos ambiciosos de popularidad; acaparadlos para la Franc-Masonería. Después verá la Alta Venta cómo politizarlos para la causa del progreso. Un príncipe que no tiene reino que esperar es una buena fortuna para nosotros. Son muchos los que están en este caso. Hacedlos Franc-Masones. La Logia los conducirá al Carbonarismo. Vendrá un día en que la Alta Venta quizá se digne afiliárselos. Mientras tanto servirán de liga para los imbéciles, para los intrigantes, para los banqueteros y los necesitados. Estos pobres príncipes trabajarán en nuestro provecho creyendo no hacerlo sino en el suyo. Esta es una magnífica enseñanza, y siempre hay estúpidos dispuestos a comprometerse al servicio de una conspiración de la que un príncipe cualquiera parece ser el sostén.
"Una vez que un hombre, y aun un príncipe, un príncipe sobre todo, se haya comenzado a corromper, estad persuadidos de que casi no se detendrá en la pendiente. Casi no hay costumbres aun entre los más morales, y rápidamente se va por este camino progresivo. Así es que no os preocupéis de ver las Logias florecientes mientras el Carbonarismo se recluta con dificultad. Con las Logias contamos para doblar nuestras filas; a su pesar forman ellas nuestro noviciado preparatorio. Discuten ellas sin término sobre los males del fanatismo, sobre la dicha de la igualdad social y sobre los grandes principios de la libertad religiosa. Entre dos festines lanzan terribles anatemas contra la intolerancia y la persecución. No es necesario más para hacer adeptos nuestros. Un hombre imbuido en estas lindas cosas no está lejos de nosotros; no falta sino enrolarlo. La ley del progreso social está allí, y toda ella allí. No os toméis la pena de buscarla en otra parte. En las presentes circunstancias no os quitéis jamás la máscara. Contentaos con rondar alrededor del rebaño católico; pero, como un buen lobo, coged de paso al primer cordero que se presente en las condiciones deseadas. Buena cosa es el burgués, mejor todavía el príncipe. Sin embargo, que estos corderos no se cambien en zorros, como el infame Carignan. La traición del juramento es una sentencia de muerte, y todos estos príncipes, débiles o relajados, ambiciosos o pesarosos, nos traicionan y nos denuncian. Felizmente no saben sino pocas cosas, aun nada, y no pueden poner sobre la huella de nuestros verdaderos misterios.
"En mi último viaje a Francia vi con una profunda satisfacción que nuestros jóvenes iniciados ponían un extremo ardimiento en la difusión del Carbonarismo; pero me parece que precipitan un poco demasiado el movimiento. Según yo, su odio religioso lo convierten demasiado en odio político. La conspiración contra la Sede Romana no debería confundirse con otros intentos. Estamos expuestos a ver germinar en el seno de las Sociedades secretas ardientes ambiciones; y estas ambiciones, una vez dueñas del Poder, pueden abandonarnos. El camino que seguimos, no está todavía suficientemente trazado para entregarnos a intrigantes o a tribunos. Es menester descatolizar al mundo, y un ambicioso que alcance su objeto mucho se guardará de secundarnos. La revolución en la Iglesia es la revolución permanente, es el derribamiento obligado de los tronos y de las dinastías. Ahora bien, un ambicioso no puede querer tales cosas. Nosotros vemos más hacia lo alto y a lo lejos. Por lo tanto, tratemos de arreglárnoslas y de fortificarnos. No conspiramos sino contra Roma: para esto sirvámosnos de todos los incidentes, aprovechemos todas las eventualidades. Desconfíese principalmente de las exageraciones de celo. Un buen odio perfectamente frío, bien calculado, bien profundo, vale más que todos los fuegos artificiales y todas las declamaciones de la tribuna. Esto no lo quieren comprender en París; pero en Londres he visto gente que entiende mejor nuestro plan y que para éste se asocian con mayor fruto. Me han hecho ofrecimientos importantes; muy pronto tendremos en Malta una imprenta a nuestra disposición. Podremos, por lo tanto, con impunidad, asegurando el golpe, y bajo el pabellón británico, repartir de un cabo al otro de Italia los libros, folletos, etc., que la Venta crea conveniente poner en circulación."

Este judío, que viaja por toda Europa, a los ojos de la policía y de los gobiernos es un comerciante en oro y plata, uno de esos banqueros cosmopolitas que en apariencia no viven sino para sus negocios y que de ellos se ocupan exclusivamente.
Aparece en la escena el Cardenal Tomás Bernetti, el terror de los carbonarios. Nacido en Fermo el 29 de dic. de 1779, llegará a ser el Secretario de Estado de tres Papas: León XII (1823-1829), Pío VIII (1829-1830) y Gregorio XVI (1831-1846). Siempre fue tan digno que mereció la calumnia. Había sido el brazo derecho del Cardenal Consalvi, el gran Secretario de Estado de Pío VII.
Bernetti les sigue la .pista a los Carbonarios, les intercepta sus cartas. Les hace en todas partes una guerra continua.
Brilla entonces en la Alta Venta, por su talento para el mal, el judío que se oculta bajo el seudónimo de Nubius —cuya presentación ya se hizo arriba—, de una audacia y una habilidad extremas. Es el jefe supremo.
En virtud de una sabia hipocresía es apreciadísimo entre Cardenales y matronas romanas. "A ejemplo de Sejano, calcula la utilidad del amor en lugar de sus dulzuras". Nubius es joven, riquísimo, espléndido, culto y bien presentado.
Se le entrega el mando supremo de la Alta Venta, en Roma, donde residirá desde ese momento. Y escribe a Volpe, otro judío, el 3 de abril de 1824:
"Se ha echado sobre mis espaldas un pesado fardo, querido Volpe. Debemos lograr la educación inmoral de la Iglesia, y llegar, por pequeños medios bien graduados aunque harto mal definidos, al triunfo de la idea revolucionaria por un Papa. En este proyecto, que me ha parecido siempre de una importancia sobrehumana, caminamos todavía a tientas; pero no hace todavía dos meses que llegué a Roma, y ya comienzo a habituarme a la nueva existencia que se me ha destinado. Desde luego, debo haceros una reflexión mientras estáis vos en Forli levantando el ánimo de nuestros hermanos: es que, dicho sea entre nosotros; es que encuentro en nuestras filas demasiados oficiales y no bastantes soldados. Hay algunos que se ponen misteriosamente o a media voz a hacerle al primero que pasa confidencias por las que no traicionan nada, pero por las cuales también podrían ciertamente dejarlo adivinar todo a orejas inteligentes. Lo que induce a algunos de nuestros hermanos a estas culpables indiscreciones es la necesidad de inspirar temor o envidia a un vecino o a un amigo. El éxito de nuestra labor depende del más profundo misterio, y en las Ventas debe estar siempre presto el iniciado, como el cristiano de la Imitación, a amar el ser desconocido y a no ser tenido en nada. No es por vos, fidelísimo Volpe, por quien me permito expresar este consejo, pues no pienso, que vos podáis tener necesidad de él. Tanto como nosotros vos conocéis seguramente el precio de la discreción y del olvido de uno mismo frente a los grandes intereses de la humanidad; pero, sin embargo, si hecho el examen de conciencia, os juzgáis en contravención, yo os aconsejaría el reflexionar bien en ello, porque la indiscreción es la madre de la traición.
"Hay una cierta parte del clero que muerde el anzuelo de nuestras doctrinas con una vivacidad maravillosa: es el sacerdote que jamás tendrá más ocupación que la de decir su misa, ni más pasatiempo que el de esperar en un café a que suenen dos horas después del Avemaria para irse a acostar. Este sacerdote, el mayor ocioso de todos los ociosos que embarazan la ciudad eterna, me parece haber sido creado para servir de instrumento a las sociedades secretas. Es pobre, ardiente, ocioso, ambicioso; sabe que está desheredado de los bienes de este mundo; se siente muy lejos del sol del favor para poder recalentarse los miembros, y rumia su miseria sin dejar de murmurar de la injusta repartición de los honores y de los bienes de la Iglesia. Comenzamos a utilizar estos sordos descontentos que la incuria nativa osaba apenas confesarse. A este ingrediente de sacerdotes —empleados sin funciones y sin más distintivo que un manteo tan deteriorado como su sombrero que ha perdido toda huella de su forma primitiva— agregamos en cuanto es posible una mezcla de sacerdotes corsos y genoveses que llegan a Roma con la tiara en la maleta. Desde que Napoleón nació en su isla, no hay uno solo de estos corsos que no se crea un Bonaparte pontificio. Tal ambición, que actualmente no es sino una vulgaridad, nos ha sido favorable; nos ha abierto caminos que probablemente nos habrían seguido siendo desconocidos por mucho tiempo. Nos sirve para consolidar, para esclarecer el camino en el cual marchamos, y sus quejas, sazonadas con toda clase de comentarios y de maldiciones, nos presentan puntos de apoyo en los que jamás habríamos pensado.
"La tierra fermenta, el germen se desenvuelve, pero la cosecha está todavía muy alejada".

Nubius se ha creado en Roma una posición al abrigo de toda sospecha. Al judío prusiano Klauss le escribe lo siguiente :
"A veces paso una hora de la mañana con el viejo cardenal della Somaglia, el Secretario de Estado; monto a caballo ora con el duque de Laval, ora con el príncipe Cariati; después de misa, voy a besar la mano de la bella princesa Doria, en cuya casa encuentro muy a menudo al bello Bernetti; de allí corro a casa del Cardenal Pallotta, un Torquemada moderno que no hace daño a nuestro espíritu de invención; luego visito en sus celdas al Procurador General de la Inquisición, al dominico Jabalot, al teatino Ventura o al franciscano Orioli. Por la tarde reanudo en otras visitas esta vida de ociosidad tan bien ocupada a los ojos del mundo y de la Corte; y al día siguiente reemprendo esta eterna cadena. (Aquí a esto se llama hacer marchar las cosas). En un país en que la inmovilidad sola es una profesión y un arte, es menester sin embargo que los progresos de la causa sean sensibles. No tenemos en cuenta los sacerdotes ganados, los jóvenes religiosos seducidos; ni podemos tenerlos en cuenta ni lo querría yo; pero hay indicios que casi no engañan a los ojos ejercitados, y de lejos, de muy lejos se siente el movimiento que comienza. Felizmente no participamos de la petulancia de los franceses. Nosotros preferimos dejar madurar la cosa antes de aprovecharla: éste es el único medio de obrar con seguridad. A menudo me habéis hablado de venir a ayudarnos cuando el vacío se hiciera sentir en la bolsa común. Tal hora le ha llegado a Roma. Para trabajar en la futura confección de un papa no tenemos ya ni un papalín (Palabra de doble sentido: significa lo mismo una moneda de poco valor que un soldado del Papa) y por experiencia sabéis que el dinero es en todas partes, y aquí principalmente, el nervio de la guerra. Os tengo nuevas que os llegarán al alma; en cambio poned a mi disposición táleros, pero muchos táleros.
"Esta es la mejor artillería para derribar a la sede de Pedro".

En 1829 es cuando Pío VIII, cuyo Secretario de Estado es el Cardenal Albani, penetra por intuición hasta el fondo de estos abismos. La Alta Venta está en su apogeo. Todo le sonríe. En sus consejos cuenta con príncipes y con misteriosos agentes cerca del santuario. Pero en su encíclica del 24 de mayo Pío VIII no teme desgarrar una parte del velo. No llega todavía a la fuente del mal; pero sí presenta sus principales efectos. La Iglesia siente que el clero ha sido afectado; y la Iglesia habla:
"Después de haber velado por la integridad de las Sagradas Escrituras, es también de nuestro deber, venerables Hermanos, llamar vuestra atención sobre las Sociedades secretas de hombres facciosos, enemigos declarados del Cielo y de los príncipes, que se dedican a desolar a la Iglesia, a perder a los Estados, a perturbar todo el universo y que rompiendo el freno de la fe verdadera, abren el camino a todos los crímenes. Esforzándose por ocultar bajo la obligación de un juramento tenebroso tanto la iniquidad de sus asambleas como los designios que allí forman, por esto solo han despertado justas sospechas sobre los atentados que por la desdicha de los tiempos han brotado como del pozo del abismo y que han estallado para gran daño de la Religión y de los Imperios. Por lo cual los Soberanos Pontífices nuestros predecesores, Clemente XII, Benedicto XIV, Pío VII, León XII, a los cuales hemos sucedido, a pesar de nuestra indignidad, hirieron sucesivamente con anatema a esas Sociedades secretas, cualquiera que sea su nombre, por letras apostólicas cuyas disposiciones confirmamos con toda la plenitud de nuestro Poder, queriendo que sean enteramente observadas [...] para destruir esas fortificaciones detrás de las cuales se escudan la impiedad y la corrupción de gente perversa.
"Entre todas esas Sociedades Secretas hemos resuelto señalaros una, recientemente formada y cuyo objeto es corromper a la juventud educada en las escuelas secundarías y en las preparatorias. Como se sabe que las enseñanzas de los maestros son todopoderosas para formar el corazón y el espíritu de sus alumnos, se echa mano de toda suerte de cuidados y de astucias para dar a la juventud maestros depravados que la conducen por los senderos de Baal, mediante doctrinas que no son según Dios.
"De aquí que gimiendo veamos que esos jóvenes han llegado a tal licencia que habiendo sacudido todo temor de la Religión, suprimido la regla de las costumbres, despreciado las sanas doctrinas, pisoteado los derechos de uno y otro poder, no se avergüenzan ya por ningún desorden, de ningún error, de ningún atentado, de suerte que bien se puede decir de ellos, con San León Magno: Su ley es la mentira, su dios es el demonio, y su culto es el más vergonzoso. Alejad, venerables hermanos, todos estos males de vuestras diócesis, y por todos los medios de que dispongáis, por la autoridad y por la dulzura, tratad de que hombres distinguidos no solamente en las ciencias y las letras, sino más todavía por la pureza de la vida y por la piedad, sean los encargados de la educación de la juventud.
"Como cada día se ve aumentar de una manera espantable los libros más pestíferos, por cuyo medio se desliza como una gangrena la doctrina de los impíos en todo el cuerpo de la Iglesia, velad sobre vuestro rebaño, y haced todo lo necesario por alejar de él la peste de los malos libros, de todas la más funesta. (No había entonces las pestes de las revistas pornográficas de libre circulación. Pues había pornografía; pero, fuera del período triunfal de la Revolución francesa, era clandestina. No había tampoco ni radio, ni cine, ni televisión. Los enemigos de la civilización cristiana no contaban todavía con todos los medios que el progreso científico ha puesto a su disposición).

Esta Encíclica, en que parece estar señalada la Alta Venta, y en la que al menos es contraminado su trabajo, produjo en sus jefes una profunda impresión. La Alta Venta se creyó traicionada. En efecto, Felice escribe desde Ancona el 11 de junio de 1829:
"Es menester contenernos momentáneamente y concederles a las sospechas del viejo Castiglioni un tiempo para calmarse. Ignoro si se habrá cometido alguna indiscreción y si a pesar de todas nuestras precauciones, algunas de nuestras cartas no habrán caído en las manos del Cardenal Albani. Este zorro austríaco, que no es mejor que Bernetti, el león de Fermo, no nos dejará en paz. Los dos se encarnizan contra los carbonarios; los persiguen, los acorralan, de concierto con Metternich (Canciller del Imperio Austro-húngaro), y esta cacería, en la cual descuellan; muy inocentemente puede ponerlos sobre nuestra pista. La Encíclica gruñe y precisa con tanta seguridad, que debemos temer emboscadas, tanto de parte de Roma como de los falsos hermanos. No estamos habituados aquí a ver al Papa expresarse con tanta resolución. Este lenguaje no es el acostumbrado en los palacios apostólicos: para que haya sido empleado en esta circunstancia solemne, se requiere que Pío VIII haya obtenido algunas pruebas del complot. A los que están en su sitio les toca velar con cuidado todavía mayor que nunca por la seguridad de todos; pero, ante una declaración de guerra tan explícita, yo querría que se crea oportuno deponer por un momento las armas.
"La independencia y la unidad de Italia son quimeras (Independencia y unidad masónicas de Italia que significaban el despojar al Papado del milenario dominio temporal de Roma y de los Estados Pontificios. Esa "quimera" se realizaría en 1870), así como la libertad absoluta cuyo sueño persiguen algunos de entre nosotros en abstracciones impracticables. ...Pero quimera más seguramente que realidad, esto produce un cierto efecto sobre las masas y sobre la juventud efervescente... Este es un medio de agitación, del que por lo tanto no debemos privarnos... La multitud ha tenido en todo tiempo una extremada propensión a las contra-verdades. Engañadla: le gusta ser engañada; pero nada de precipitaciones... Suponiendo que la Corte Romana no tenga ninguna sospecha de nuestro trato, pensad que la actitud de los frenéticos del Carbonarismo ¿no podrá de un momento a otro ponerla sobre nuestras huellas? Nosotros jugamos con fuego; pero no hay por qué sea para quemarnos nosotros mismos... Debemos obrar sin mucho ruido, a la sordina, ganar poco a poco terreno y jamás retroceder. El rayo que acaba de brillar desde lo alto de la logia vaticana puede anunciar una tempestad. ¿Podremos evitarla, y no retardará esa tempestad nuestra recolección? Los Carbonarios se agitan en mil propósitos estériles; cada día profetizan un trastorno universal. Esto es lo que nos perderá; porque entonces los partidos estarán más marcados, y habrá que optar a favor o en contra. De tal elección brotará inevitablemente una crisis, y de esta crisis un nuevo día o desgracias imprevistas".

En enero de 1832 escribe Nubius a Víndice:
"[...] Mis orejas, siempre erectas como las de un perro de caza, recogen con placer suspiros del alma, confesiones involuntarias, que se escapan de la boca de ciertos miembros influyentes de la familia clerical. A despecho de las bulas de excomunión y de las encíclicas, están con nosotros de corazón, si no materialmente".

En doce años de existencia y de complots sin interrupción, la Venta no ha dado una sombra de inquietud a la policía pontificia; se ha cuidado de despertar aun las más ligeras sospechas. Pero ha logrado que se acepten doctrinas nefastas, conforme a las cuales el vicio se convierte en virtud, el crimen merece alabanza, el asesinato es un deber, el veneno un medio, la perfidia una gloria, la mentira un elemento, el principal elemento del éxito.
Pero se descubrió que algunos eclesiásticos estaban comprometidos en las Sociedades secretas. Algunos fueron condenados a hacer penitencia en monasterios, otros expiaron en las cárceles de Corneto la traición contra su madre la Iglesia; pero entre todos estos apóstatas, cuyos nombres son para las sociedades secretas un muy extenso martirologio de víctimas inocentes, no hay uno solo que la Venta suprema haya juzgado digno de su confianza. El misterio de esta conspiración permaneció circunscrito entre menos de cuarenta personas. Las cuales obraron siempre furtivamente, y aun, para desviar más completamente las investigaciones del gobierno pontificio, tuvieron el arte de entregarle cinco o seis Logias de Carbonarios cuyas imprudencias podían hacerse peligrosas. Así obtenían los jefes de la Alta Venta un doble resultado: desvanecían las sospechas de la Corte Romana y satisfacían una venganza fraterna.
En 1835, Malegari escribe desde Londres al doctor Breidenstein:
"Formamos una asociación de hermanos en todos los puntos del globo; tenemos propósitos e intereses comunes; tendemos todos a la liberación de la humanidad; queremos romper toda clase de yugos, y hay uno que no se ve, que apenas se siente y que pesa sobre nosotros. ¿De dónde viene? ¿Dónde está? Nadie lo sabe, o al menos nadie lo dice. La asociación es secreta, aun para nosotros, los veteranos de las asociaciones secretas. Se nos exigen cosas que a veces son para poner los pelos de punta; y ¿creeréis que se me comunica de Roma que dos de los nuestros, bien conocidos por su odio al fanatismo, han sido obligados, por órdenes del jefe supremo, a arrodillarse y comulgar en la última Pascua? Yo no razono mi obediencia, pero confieso que ciertamente querría saber a dónde nos conducen semejantes beaterías".

José Mazzini, audaz revolucionario activista, pretendió entrar a la Alta Venta. Nubius lo rechazó.
El 7 de abril de 1836 escribe Nubius a Beppo, otro personaje de la Alta Venta:
"Ya sabéis que José Mazzini se juzgó digno de cooperar con nosotros en la obra más grandiosa de nuestros días. La Venta suprema no decidió así: Mazzini tiene demasiado los aires de un conspirador de melodrama para que se avenga al oscuro papel que nosotros nos resignamos a desempeñar hasta el día del triunfo. Mazzini goza hablando de muchas cosas, de sí mismo sobre todo. No cesa de escribir que él trastorna los tronos y los altares, que fecundiza a los pueblos, que él es el profeta del humanitarismo, etc., etc., y todo esto se reduce a algunos miserables desórdenes o a asesinatos de tal manera vulgares, que yo despediría inmediatamente a cualquiera de mis lacayos que se permitiera desembarazarme de alguno de mis enemigos con tan vergonzosos medios. Mazzini es un semidiós para los imbéciles ante los cuales trata de hacerse proclamar como pontífice de la fraternidad, de la cual será el dios italiano. En la esfera en que él obra, este pobre José no es sino ridículo; para que sea una bestia feroz completa le harán siempre falta las garras.
"(...) Hacedle entender, aunque suavizando los términos según las conveniencias, que la asociación de la que ha hablado no existe ya, si es que alguna vez existió; que vos no la conocéis, y que sin embargo debéis declararle que si ella existiera, habría él escogido seguramente el peor de los caminos para entrar en ella. En el caso de admitir su existencia, esta Venta está evidentemente por encima de todas las otras; es el San Juan de Letrán, caput et mater omnium ecclesiarum. A ella se ha llamado a los elegidos que han sido considerados los únicos dignos de ser admitidos. Hasta ahora tendría que ser excluido de ella Mazzini: ¿no piensa que introduciéndose a medias, por la fuerza o por astucia, en un secreto que no le pertenece, se expone quizá a peligros que ya ha hecho correr a más de uno?
"Componed este último pensamiento a vuestro gusto; pero comunicadlo al gran sacerdote del puñal, y yo, que conozco su consumada prudencia, os garantizo que este pensamiento producirá cierto efecto en el rufián".

Inmisericorde con la sociedad, Nubius no tenía tiempo de ser cruel con un individuo. (Mazzini entendió el mensaje, y supo callar y prescindir de su deseo.)
En las Sociedades secretas en general, el puñal o el veneno eran el último argumento de estos teóricos de la fraternidad explicada mediante el homicidio. Nubius y los suyos siguieron otro camino. Desdeñaron echar mano de tales crímenes y, cosa extraordinaria, no se halla en sus manos una gota de sangre. Jamás les sirvió de pedestal el cadáver de un hombre.
Sin embargo, apresurémonos a decirlo, no es ni por un sentimiento de humanidad ni por temor a la justicia terrena por lo que renuncian a estos medios tan queridos por los Carbonarios vulgares. En la educación primaria de los que componen la Venta suprema hay un principio o más bien un prejuicio de honor de cuyo respeto se glorían. Consideran como algo inferior a ellos el animar o pagar a ciertos hermanos inclinados al asesinato. No se han condenado ellos a matar, sino a corromper. [... ] A ejemplo de Nerón, a fin de disminuir su propia infamia, multiplican a los infames.
En carta a Nubius del 9 de agosto de 1938, Víndice desenvuelve la teoría de la Alta Venta:
"Nuestros predecesores los Carbonarios no comprendían su poder. No hay que ejercerlo con la sangre de un hombre aislado, aunque sea un traidor, sino sobre las masas. No individualizamos el crimen; a fin de magnificarlo hasta las proporciones del patriotismo y del odio contra la Iglesia, debemos generalizarlo. Una puñalada no significa nada, no produce nada. ¿Qué le importan al mundo algunos cadáveres desconocidos, arrojados en la vía pública por la venganza de las Sociedades secretas? ¿Qué le importa al pueblo que la sangre de un obrero, de un artista, de un gentilhombre y aun de un príncipe haya corrido en virtud de una sentencia de Mazzini o de alguno de sus sicarios desempeñando seriamente el papel de la Santa-Vehme? El mundo no tiene tiempo de prestar oídos a los últimos gritos de la víctima: pasa y olvida. Somos nosotros, querido Nubius, nosotros solos los que podemos suspender su marcha. El Catolicismo no tiene más temor que las monarquías a un puñal bien acerado; pero estas dos bases del orden social pueden crujir bajo la corrupción: por lo tanto, no nos cansemos de corromper. Tertuliano decía con razón que la sangre de los mártires engendraba cristianos. Se ha decidido en nuestros consejos que nosotros no queremos cristianos: por lo tanto, no hagamos mártires, sino popularicemos el vicio en las multitudes. Que éstas lo respiren por los cinco sentidos, que lo beban, que de él se saturen; y esta tierra, en la que sembró el Aretino, está siempre dispuesta a recibir enseñanzas lúbricas. Haced corazones viciosos, y dejará de haber católicos. Alejad al sacerdote del trabajo, del altar y de la virtud; tratad hábilmente de ocupar en otras cosas sus pensamientos y sus horas (Este objetivo lo ha logrado plenamente el enemigo: el sacerdote se vive horas enteras ante la T.V., idiotizándose y corrompiéndose). Hacedlo ocioso, glotón y patriotero, y se volverá ambicioso, intrigante, perverso. Así habréis cumplido mil veces mejor vuestra tarea que embotando la punta de vuestros puñales en los huesos de algunos pobres diablos. Yo no quiero, ni tampoco vos, amigo Nubius, ¿no es así? dedicar mi vida a las conspiraciones para venir a dar en el viejo carril.
"Es la corrupción en grande que nosotros hemos tramado, la corrupción del pueblo por el clero y del clero por nosotros, la corrupción que debe llevarnos a enterrar un día a la Iglesia. Ultimamente oí reírse a uno de nuestros amigos de una manera filosófica de nuestros proyectos, y decirnos: 'Para destruir al Catolicismo es menester comenzar por suprimir a la mujer'. Esta sentencia es verdadera en un sentido, pero puesto que no podemos suprimir a la mujer, corrompámosla con la Iglesia. Corruptio optimi pessima. Harto bello es el objetivo para tentar a hombres como nosotros. No nos apartemos de él por algunas miserables satisfacciones de venganza personal. El mejor puñal para herir a la Iglesia en el corazón es la corrupción. Manos a la obra, por lo tanto, hasta el fin".

Se dedica entonces la Alta Venta con el mayor entusiasmo a la edición y propagación de libros y de grabados obscenos, que hace circular clandestinamente. Ahora cuentan con toda la prensa mundial, con el cine y la televisión, con el teatro y con las modas inmorales.
El resultado ha sido un cambio total en las costumbres: la corrupción ha penetrado al seno del hogar.
Beppo le escribe a Nubius el 2 de noviembre de 1844:
"Marchamos con grandes guiones, y cada día nos incorporamos a nuevos, fervientes neófitos en el complot. Fervet opus. Pero lo más difícil queda todavía no sólo por hacer sino aun por esbozar. Nos hemos incorporado, y sin muchos trabajos, monjes de todas las órdenes, sacerdotes de casi todas las condiciones, y a ciertos monseñores intrigantes o ambiciosos. No es esto quizá lo que hay de mejor o de más presentable; pero no importa. Para el objeto que se pretende, un Frate, a los ojos del pueblo, es siempre un religioso; un prelado será siempre un prelado. Pero hemos fracasado completamente con los Jesuitas. Desde que conspiramos ha sido imposible poner la mano sobre un solo ignaciano, y habría que saber el porqué de esta obstinación tan unánime. Yo no creo en la sinceridad de su fe y de su adhesión a la Iglesia. Pero ¿por qué no hemos podido, ni siquiera con uno solo, encontrar una deficiencia en la coraza? No tenemos Jesuitas con nosotros; pero siempre podremos decir y hacer decir que los hay con nosotros, y esto vendrá a ser absolutamente lo mismo. No es esto así respecto de los Cardenales: todos han escapado a nuestras redes. Las lisonjas mejor combinadas no han servido de nada, de tal suerte que en este momento nos vemos tan atrasados como en un principio. Ni un solo miembro del Sacro Colegio ha caído en el lazo. Los que han sido sondeados, auscultados, todos, a la primera palabra sobre las Sociedades secretas y sobre su poder han hecho signos de exorcismo como si el diablo fuera a llevárselos a lo alto de la montaña; y al morir Gregorio XVI (lo que sucederá muy pronto) nos encontraremos como en 1823, a la muerte de Pío VII.
"¿Qué hacer en estas circunstancias? Renunciar a nuestro proyecto no es ya posible, so pena de un ridículo imborrable. Esperar un premio en la lotería sin haber comprado ni un número, me parecería demasiado maravilloso; continuar la aplicación del sistema sin poder esperar una oportunidad ni aun incierta, me produce el efecto de jugar a lo imposible. He aquí que llegamos al término de nuestros esfuerzos. La Revolución avanza al galope, llevando en la grupa motines sin fin, ambiciosos sin talento y trastornos sin valor; y nosotros, que habíamos preparado todas estas cosas; nosotros, que hemos tratado de dar a esta revolución un supremo derivativo, nos sentimos heridos de impotencia en el momento de obrar soberanamente. Todo se nos escapa; la sola corrupción nos queda, pero para ser explotada por otros. El futuro Papa, cualquiera que vaya a ser, jamás vendrá a nosotros. ¿Podremos nosotros ir a él? ¿No será como sus predecesores y sus sucesores, y no obrará como ellos? En este caso ¿permaneceremos sobre la brecha y esperaremos un milagro? Ha pasado el tiempo,, y nosotros no tenemos más esperanza que en lo imposible. Muerto Gregorio, nos veremos aplazados indefinidamente. La revolución, cuya hora se aproxima un poco por todas partes, dará quizá un nuevo curso a las ideas. Ella cambiará, modificará; pero, a decir verdad, no será a nosotros a quienes ella eleve. Nos hemos encerrado demasiado en la media luz y en la sombra; no habiendo triunfado, nos sentiremos borrados y olvidados por los que se aprovecharán de nuestros trabajos y de sus resultados. No logramos el fin, no podemos lograrlo. Así que es menester sucumbir y resignarse al más cruel de los espectáculos, el de ver el triunfo del mal que se ha hecho, sin participar eh el triunfo".

Antes de apostatar, el abate Lamennais veía con claridad el único objetivo de la Revolución. En carta del 30 de noviembre de 1827 a M. Berryer le dice:
"Veo que muchas personas se inquietan por los Borbones; y no se equivocan; yo creo que tendrán el destino de los Estuardos. Pero no está allí, ciertamente, el primer pensamiento de la Revolución. Tiene ella miras más profundas: es el Catolicismo lo que quiere destruir, únicamente él; no hay más cuestión en el mundo".

Carlos X fue derrocado por haber conquistado Argelia contra el parecer de Inglaterra.
La revolución de 1830, que tuvo por objeto el derrocamiento de Carlos X —rey de Francia de 1824 a 1830, sucesor de Luis XVIII, el uno y el otro hermanos de Luis XVI— fue quizá más destructora en algunos aspectos que la de 1789: "lo que se perdió para el arte y para la ciencia, en esos días de locura, es incalculable —dice Luis Blanc—. Jamás devastación alguna había sido más extraordinaria, más completa, más rápida, más gozosamente insensata, porque todas estas cosas se cumplieron en medio de una espantable tempestad de bravos, de risotadas, de exclamaciones burlescas o de gritos furiosos". El primer balazo fue disparado por un inglés.
En esa ocasión, providencialmente se salvó de la destrucción o de la devastación Notre-Dame, pero a cambio de la destrucción del Arzobispado. Ya se había empezado a tratar de derribar la gran cruz de Notre-Dame.
Luis Felipe, hijo de Felipe Igualdad —antes de la Revolución francesa, Felipe de Orleans—, rey de Francia de 1830 a 1848, vivió no para oprimir sino para corromper. En 1848 es derrocado y se establece la Segunda República, que dará lugar al Segundo Imperio, de Napoleón III, bajo el cual continúa la corrupción, que explica suficientemente la derrota de Francia a manos de los alemanes en 1870.
Luis Felipe reglamentó y ordenó el mal, dirigido principalmente contra la Iglesia y las costumbres cristianas. Se preciaba de ser volteriano.
"Dios sea loado y mis negocios del Palacio Real también" exclamaba Luis Felipe.
"Enriqueceos y que no se os cuelgue", les repetía a los cómplices de su enriquecimiento.
Al morir León XII en 1831, los Carbonarios decidieron apoderarse de Roma e impedir la elección del sucesor. Inglaterra, que había regalado en Italia las primeras Biblias protestantes, en esta ocasión aprovisionó a las Sociedades Secretas de fusiles y parque. Se pretendía establecer la República Romana. Y esperaban paralizar de terror a los Cardenales, que ya estaban reunidos en Cónclave. Pero éstos se apresuraron a elegir a Gregorio XVI, en el momento más dramático.
Con el pretexto del carnaval, extranjeros de todos los rumbos de Europa invaden a Roma, principalmente ingleses. El Cardenal Bernetti, Secretario de Estado, forma una Guardia Civil y llama en su auxilio a los verdaderos romanos. Los masones retroceden. Sienten que aún no les llega su hora.
Bernetti acude a Francia. Pero el gobierno de Luis Felipe se lava las manos con la doctrina, que por lo visto no es nueva, de la no-intervención.
Gregorio XVI tenía por principio que hacerles favores a los malos es hacerles el mal a los buenos. Con su conducta demostraba que no hay nada más fácil que ser siempre el mismo.
Inglaterra seguía siendo la implacable enemiga de la Sede Romana. Costeaba las revoluciones y subvencionaba la herejía. Tanto los Whigs como los Tories predican la emancipación de los pueblos a la vez que oprimen a Irlanda. Protegen al Turco a fin de esclavizar a los cristianos. Predican la higiene y la profilaxis, y emponzoñan a China con opio sofisticado. A Luis Felipe lo consideraban más como un vasallo que como un aliado.

La Masonería pretende ahora que la Iglesia ha reconocido que se equivocó al condenarla con excomunión —-como contraria a la civilización cristiana— en los siglos XVIII y XIX. En este folleto encuentra el lector la plena refutación de tan sagaz e inconmensurable mentira. La Masonería sigue siendo el principal agente de disolución, y el Caballo de Troya del Comunismo en Occidente.

Acabóse de imprimir el día 19 de marzo, Festividad del Castísimo Patriarca San José, de 1982, en los Talleres de la Editorial Tradición, S. A. Av. Sur 22 No. 14 (entre Oriente 259 y Canal de San Juan), Colonia Agrícola Oriental, México 9, D. F. El tiro fue de 1,000 ejemplares.

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