jueves, 22 de enero de 2015

LAS ENFERMEDADES MENTALES Y LOS SACRAMENTOS (2)

CAPITULO VII
LAS ENFERMEDADES MENTALES Y LOS SACRAMENTOS
Artículo II. De las diferentes enfermedades mentales.

170. Clasificación de las enfermedades mentales: 
§ 1. Idiotismo. Imbecilidad. Debilidad mental. 
171. Concepto de estos estados.
172. I. Idiotismo.
173. II. Imbecilidad.
174. III. Debilidad mental.
§ 2. Psicosis maníacodepresiva.
175. Conceptos generales.
176. I. Manía 177. 
II. Melancolía.
178. III. Locura maníaco-depresiva.
§ 3. Paranoia.
179. Concepto genérico.
—Delirios.—Responsabilidad.—Terapéutica.
§ 4. Psicastenia. Histerismo. Esquizofrenia.
180. Nociones previas.
181. I. Psicastenia.
182. II. Histerismo.
183. III. Esquizofrenia.

170. Clasificación de las enfermedades mentales.
     Supuesta la noción de enfermedad mental, sólo añadiremos que comprendemos en esa palabra todos aquellos defectos que antiguamente se comprendían en la «demencia», esto es, todo trastorno o desequilibrio que «de cualquier modo, en cualquier tiempo y por cualquier enfermedad, haga que las funciones del alma racional no se realicen bien o de modo natural, o no se realicen de ningún modo, o débilmente, o resulten incoherentes» (Pablo Zacchías: Quaestiones medico-legales, lib. 11, tít. I, q. 1, núm. 9; q. 4, núm. 30.—Véase más adelante número 190).
     Al tratar de clasificarlas para realizar un estudio, siquiera somero, de ellas, tropezamos con el inconveniente de que los cuadros hechos son tantos como autores han escrito de Psiquiatría y Medicina legal. «Es sumamente difícil —dice Ruiz Maya— marcar limites precisos a las supuestas entidades nosológicas» y «agrupar las distintas modalidades de perturbación del psiquismo», de donde resulta que «la Psiquiatría hállase en una era caótica» (Ruiz Maya: Psiquiatría penal y civil, pág. 324.—Véanse en la dedicatoria de este libro las razones por las que subsiste este artículo en la presente edición).
     Más arriba (núm. 102) dimos cuenta de la división genérica que daba Zacchías. Podíamos ampliarla con las subdivisiones pertinentes, pero ya está anticuada aquella división, aunque es de observar gran semejanza en la nomenclatura con las obras posteriores. Desde entonces han sucedido muchas clasificaciones de la locura y de los estados mentales enfermizos (Descuret: La Médecine des passiona, págs. 233 y sigs. París, 1841. Hace referencia a las tablas de Pinel, Spurzheim, Esquirol, etc.—Cfr. Ruiz Maya, ob. y lib. cit.).
     Convencidos de nuestra insuficiencia para tener la satisfacción de dar una clasificación original —que es prurito de los psiquiatras—, elegimos la de Ruiz Maya, como hemos podido preferir otra. Pero ésa es lógica y, para nuestro objeto, suficiente.
     Hay que tener en cuenta que la personalidad no nace constituída. Se va haciendo, tiene fases y sufre cambios, a) La alteración en la primera fase puede truncar la evolución de la persona en todos sus elementos o en alguno de ellos, y la evolución será insuficiente; b) pero la evolución ha podido efectuarse, aunque defectuosamente; c) la fase terminal puede producirse a destiempo, en forma global o sobre alguno de los elementos de la personalidad (la demencia).
     A) Insuficiente evolución.—En este caso, la insuficiencia puede provenir in útero, o fuera de él, en los primeros momentos de la vida: en uno y otro caso puede ser global o parcial (idiotez, imbecilidad, debilidad).
     B) Evolución defectuosa.—Pueden hallarse en el psiquismo todas las disposiciones, innatas y para adquirir; pero con imperfección en alguna.
     a) Desviación en las disposiciones y tendencias instintivas (de conservación, del instinto sexual o del asociativo; verbigracia, vagabundaje, etc.).
     b) Desviación en las disposiciones sentimentales afectivas, o personalidad ciclotimica (manía, melancolía, locura maniacode-presiva).
     c) Desviaciones del componente pensante, esto es de los factores del proceso intelectivo (paranoia).
     d) Escisión de la personalidad o esquizopsiquia: separación del mundo consciente y del inconsciente, actuación conjunta de dos personas (histeria, psicastenia y esquizofrenia).
     e) Defectos psíquicos reaccionales o secundarios producidos o desencadenados por agentes venidos de fuera (neurastenia, epilepsia, alcoholismo, etc.).
     C) Demencia.—Es la decadencia de la personalidad psíquica, que puede ser gradual (por involución) o extemporánea: por brusquedad o por anticipación.
     Acomodándonos a las líneas generales de esta división, daremos algunas nociones de las psicosis o enfermedades mentales que son más nombradas, y cuyo conocimiento puede ser más útil en el fuero eclesiástico.

§ 1—Idiotismo.—Imbecilidad.—Debilidad mental.

171. Concepto de estos estados.
     Se incluyen en ellos los sujetos afectos de trastornos psíquicos desde su nacimiento o poco después, antes del completo desarrollo del cerebro, por lo que el desarrollo mental se ha detenido en ese momento, o bien ha progresado débilmente. A la idiotez congénita, y a la imbecilidad, y a la debilidad mental añádense ciertos casos congénitos de nulidad o insuficiencia en las funciones psíquicas, en los que la degeneración corporal acompaña a las perturbaciones psíquicas (cretinismo y la sordomudez sin instrucción).
     Las causas de estas suspensiones en el desenvolvimiento psíquico pueden haber obrado:
     a) En el útero materno, en el germen, por taras paternas (epilepsia, enfermedades cerebrales, repetición de matrimonios consanguíneos, sífilis, embriaguez).
     b) Durante el parto (verbigracia, vagina estrecha, fórceps).
     c) En los primeros años (lesiones en la cabeza, mala higiene, raquitismo) (Von Krafft-Ebing: Medicina legal, I, págs. 108 y sigs. A estos enfermos mentales suele llamárselos oligo frénicos (Bless, ob. cit., pág. 113).

172. I.—Idiotismo.
     Es una deficiencia global en la evolución del psiquismo. Hay dos grados: el idiota completo, al que le faltan todos los elementos superiores de la personalidad. Es un ser infrahumano. Sólo hay vida vegetativa y vida animal defectuosa. Al idiota incompleto también le faltan los elementos superiores psíquicos. Su psiquismo es tan menguado, que resulta absolutamente incapaz de adquisiciones por la vía sensitiva. La percepción de las sensaciones se limita a los objetos con que se satisface el hambre, y la satisfacción de ésta es siempre el principal móvil de todos sus procesos psíquicos. A los de uno y otro grado acompañan anomalías y defectos graves corporales (Von Krafft-Ebing, ob. cit., pág. 109.—M. Ruiz Maya, ob. cit., pág. 346 y siguientes). No interesan estos casos al sacerdote más que para administrarles el santo Bautismo.

173. II.—Imbecilidad.
     a) Insuficiente evolución global.—Entre éstos y los idiotas sólo hay diferencia de intensidad en la insuficiencia del desarrollo mental. El psiquismo queda detenido en un momento equiparable al de un niño de siete a nueve años (Ruiz Maya, ob. cit., pág. 352, distingue la imbecilidad de segundo grado de la señalada arriba para los que no tienen una mentalidad correspondiente a los dieciocho años, porque esa edad es la designada como máxima para disfrutar de atenuación o exención en la ley penal. Más allá se dice un débil mental. En el imbécil, la atención, la memoria, la imaginación, el juicio son insuficientes, rudimentarios, y el lenguaje, limitado. La educación les permite aprender algunas cosas, aunque lentamente y con dificultad (La Vaissiere-Palmés: Psicología experimental, págs. 135, nota 4, y 148). Como entre los idiotas hay dos clases de débiles mentales: los eréticos, con facilidad de movimientos, intervienen en todo, son inquietos; y los apáticos, tranquilos, inactivos: se dejan llevar a donde se les lleve; son irritables, antisociales. A estos imbéciles denominaban fatuos los antiguos médicos y jurisconsultos (Zacchías, ob. cit., q. 7, núms. 10, 30-35).
     b) La responsabilidad de los imbéciles.—A los efectos penales es nula (Zacchías, ob. cit., 30. En ese citado lugar deja al arbitrio del superior el autorizarles para contraer matrimonio, porque en este particular —dice— la misma Naturaleza enseña, según los casos). En el fuero interno, aunque se les suponga dotados de una capacidad intelectual como los niños recién salidos del uso de la razón, es difícil que cometan pecado mortal (núm. 168, c). Si con la educabilidad difícil de que son susceptibles aprenden a distinguir los actos pecaminosos de los que no lo son, podrán cometer pecados y ser sujeto del Sacramento de la Penitencia. Desde luego, incumbe al sacerdote, según su oficio, enseñar la doctrina cristiana a estos pobres seres e inducir a los padres al internamiento en establecimientos apropiados (H. Bless: Psiquiatrie pastorale, pág. 114).

174. III.—Debilidad mental.
     a) Su naturaleza.—«La debilidad mental —dice Bless (Ob. cit., pág. 113). se manifiesta por una capacidad muy limitada de adaptar los conocimientos teóricos de la vida práctica.» Hay grados, desde luego. Pero como norma, señala Kraepelin (Citado por Erich Stern, ob. cit., pág. 49). la edad de la pubertad hasta los dieciocho años como la que puede servir de cómputo para calcular la anormalidad llamada debilidad, mental. La edad de los catorce años, aproximadamente, era el punto de referencia para diferenciar el grupo más benigno de los fatuos, según Zacchías (Quaestiones medico-legales, t. II, tít. I, q. 7, núms. 10-30). «En los débiles, dice Kraff-Ebing, la actividad psíquica presenta defecto»; «la percepción de las sensaciones es más lenta»; «la asociación de ideas y su reproducción se hace más lentamente y de manera incompleta»; «las concepciones generales son limitadas»; «la frase siempre es pobre.» «Pero... puede llegar a ser un miembro útil en la sociedad en el sentido que aprenda un oficio..., pero trabaja como una máquina.» Son fáciles a las amenazas, a los consejos, a las sugestiones. «La noción del deber y del derecho puede alcanzar cierto desenvolvimiento» (Krafft-Ebing, ob. cit. págs. 112-114.—Cfr. Enciclopedia de las ciencias médicas, véase Debilidad mental (M. Trénel). Madrid, 1911). Son lo que suele denominarse bobos, torpes, tontos.
     Ruiz Maya llama imbécil de segundo grado al que hemos señalado tipo de débil mental. En cambio, comprende en la debilidad a quienes tienen insuficiente evolución sólo en alguno de sus componentes, en tanto el resto llega a la plenitud, pero de tal suerte que influya la insuficiencia parcial en todo el psiquismo y sea en la práctica fácil confundir la debilidad mental con la imbecilidad de segundo grado. Hay debilidad pensante y afectiva: en aquélla las actividades superiores están limitadas, mientras las sensitivas en plena evolución (son irreflexivos, versátiles, caprichosos, sugestionables); en ésta prodúcense seres fríos, insensibles, todo reflexión y criticismo, sin piedad (RUIZ Maya, ob cit., págs. 362 y sigs.).
     b) Responsabilidad.—El débil mental oscila, de unos casos a otros, entre la irresponsabilidad total a la responsabilidad disminuida. El Código de Derecho Canónico (can. 2.201, 54) dice: «La debilidad mental disminuye la imputabilidad del delito, no la suprime en absoluto» (También el Código Penal de 1928 establecía atenuante en el artículo 65. Implícitamente se contiene en el Código Penal de 1870 (1932), artículos 8.° y 86, dando trato de favor a la edad de los nueve a los dieciocho años.—Latini: Juris criminalis philosophici, pág. 105). Pero fácilmente en estos sujetos intervienen otras rarezas psíquicas o anormalidades que les eximan de responsabilidad. En el fuero interno, son sujetos de ley y de pecado (ZACCHÍAS, ob. cit., núms. 10-30), si bien merecen más consideración que los impúberes normales, aunque menos que los individuos que han caído del estado de claridad mental propia de la edad adulta (núm. 168, c). Más adelante hablaremos de la administración de Sacramentos.
     En la debilidad mental, que, en un concepto amplio, estudia Ruiz Maya, no vemos motivos de atenuar la responsabilidad si no es en la que llama pensante, porque en ésta las tendencias sensitivas no encuentran el contrapeso de una capacidad crítica sana. Tal vez, a través de los antecedentes de educación, ideología, ambiente, se vea una atenuación en estos sujetos fáciles a la sugestión (núm. 165).
     Nota—.Equiparable al imbécil de primer grado, casi como a los niños, es el sordomudo de nacimiento. Es, en efecto, un insuficiente mental, por falta del sentido del oído, que le impide relacionarse con el mundo exterior. Frecuentemente el defecto auditivo proviene de lesiones cerebrales (Ruiz Maya, ob cit., pág. 375). Nota característica es la desconfianza. Contra lo que se creía antes, hoy puede recibir educación científica y aprender a hablar (Zacchias, ob. cit., tít. I, q. 8, núm. 7, se manifestaba incrédulo de lo que escribe Valles (De Sacra Philosophia, c. 3) «de un monje, amigo suyo, que enseñaba a los sordomudos a hablar». Y, sin embargo, era un hecho que nuestro fray Ponce de León, muchos años había, realizaba ese prodigio (murió en 1581). Este hecho puede determinar un mayor grado de capacidad intelectual y, por tanto, de responsabilidad.
     Si no han recibido esa instrucción con eficacia, deben ser comparados a los imbéciles ya señalados, mucho más en las cosas de fe y disposiciones positivas. En cuanto al derecho natural, tal vez en las transgresiones de los primeros principios, que fácilmente se comprenden, con una educación no muy esmerada, se les pueda considerar sujetos de pecado (Zacchías, ob. cit., núms. 17 y sigs.—P. Maroto: Institutiones Juris Canonici, número 432.—Cfr. Ruiz Maya, ob. cit.. pág. 376.—Latini, ob. cit., págs. 106 y sigs.— Cfr., infra, núm. 200). Respecto de los instruidos y educados, hay que atribuirles responsabilidad, si bien atenuada, porque las reacciones del sordomudo en las situaciones difíciles, complejas, que se salen de lo habitual, no encuentran el contrapeso de los motivos y medios de adaptación que son usuales en el sujeto normal. Por eso, creemos que en el fuero externo eclesiástico debe incluírseles, presuntivamente, en el concepto de débiles mentales, a los instruidos científicamente, y a los no instruidos en el de niños (can. 2.201).

§ 2.—Psicosis maníaco-depresiva.
     No tratamos de las desviaciones instintivas en este lugar. De ellas, en lo que a problemas sexuales se refiere, tratamos en el capítulo VI, artículo 1.° Por otra parte, las desviaciones y otras anomalías en el orden sexual, si algunas veces son propensiones naturales (número 165), las más de las veces son consecuencias de excesos voluntarios o de psicosis adquiridas, y, a su vez, causa de trastornos que tienen por término la demencia.—Cfr. P. VERMEERSCH: De castitate, págs. 25-27 y otras.— P. A. Gemelli, O. F. M.: Non moechaberis (cuarta edición, 1912).—Anjonelli: Medicina pastoralis. 11, De VI Decalogi praecepto, núms 160 y sigs. (edición de J920).— Barbens: lntroductio pathologica, lib. IV (edición de 1917).

175. Conceptos generales.
     Trátase de trastornos psíquicos correspondientes a trastornos en la afectividad. Dentro del caos que en los conceptos reina en Psiquiatría, distínguense tres formas de psicosis de dicho orden: mania, melancolía y locura maníaco-depresiva. Tampoco hay acuerdo unánime en la etiología u origen de las mismas. Y eso que se trata de formas demenciales conocidas en la antigüedad. Zacchías (Ob. cit, qq. 9 y 16) las estudia con los caracteres que hoy las distinguen. Las causas de ellas dice consistir, en cuanto a melancolía, como su nombre lo indica, en vicio de atrabilis, con lesión de la imaginación, y respecto de la manía, en el vicio de cualquier otro humor, aun de la bilis. En ambos padece la razón. De la etiología dice Vallejo Nágera (Tratamiento da las enfermedades mentales, pág. 292 (edición de 1940). Acerca de la relación entre la regla menstrual y la psicosis de que tratamos y otras, véase Vallejo Nágeka: Problemas psiquiátricos en la práctica ginecológica (revista Clínica y Laboratorio. Zaragoza, mayo de 1941): «Han sido particularmente las enfermedades Intestinales y hepáticas, causantes de la llamada auto-intoxicación, las que más directamente se ha creído en relación etiológica con la psicosis maníaco-depresiva, especialmente con la melancolía» (bilis)... «Acaso sea la más importante la acción tóxica directa sobre el cerebro» (A la inflamación de las membranas del cerebro atribuye Zacchias la causa de la manía o furor (ob. cit, q. 16).
     El pronóstico es benigno, pues no son incurables, y en caso alguno conducen a un estado de demencia, aunque acaso sobrevenga típico estado de debilidad mental (Vallejo Nágera, ob. cit., pág. 288). «Trátase —añade Vallejo Nágera— de enfermedades constitucionales, hereditarias, que sobrevienen sin causas externas perceptibles, a veces periódicamente» (Idem, id. pág. 291).

176. I.—Manía.
     a) Caracteres.—Conócese por el humor expansivo y alegre, pero inmotivado y excesivo. La asociación se verifica con tal rapidez, que hay fuga de ideas e inconsistencia y pobreza de imágenes. «Sorprende —dice Krafft-Ebing (Medicina legal I, págs. 198 y sigs. Traducción española. Madrid).en ese estado la ausencia de motivos en las modificaciones de humor del sujeto y la facilidad con que cambia y se eleva a la altura pasional»así como «la carencia de motivos para las asociaciones de Ideas, la facilidad con que se relacionan entre sí representaciones completamente disparatadas, el modo brusco con que se suceden los pensamientos». Inquietud, inestabilidad, falta de atención, irreflexión, impresionabilidad. «El enfermo —dice Ruiz Maya (Ob. cit., pág. 410.—Para Espinel, la manía es una exaltación de las facultades intelectuales, sobre todo de la memoria y de la conciencia, con rapidez de sensaciones (Descuret: Medicine des passions, pág. 237).piensa en multitud de cosas a la par, acúdenle las ideas... en avalancha, y, sin tiempo para ordenar, déjalas fluir de sus labios en torrente, pasando de unos asuntos a otros.» Esta es la manía simple.
     Un paso más es el furor. La celeridad de los pensamientos llega a la incoherencia. La loca alegría y el gozo maníaco alternan con fases de excitación, cólera y dolorosas quejas: el enfermo canta, silba, grita, aúlla y rechina los dientes, todo casi a la vez (Krafft-Ebing, ob. cit., pág. 201.—Cfr. Enciclopedia de las ciencias médicas, véase Manía. Madrid, 1911).
     La misma percepción rápida da lugar a ilusiones, ideas delirantes y errores de los sentidos. Las ideas son, de ordinario, delirio de grandezas (Kraepelin, en el cuadro que presenta Vallejo Nágera, ob. cit., distingue la manía paranoide (ideas delirantes de grandeza, del tipo de la parálisis general) y la manía delirante (alteración profunda de la conciencia, ideas delirantes, confusas y extravagantes).—Cfr. Ruiz Maya, ob. cit., pág. 411).
     Por falta de freno, se producen con mucha intensidad las tendencias sexuales y a las bebidas alcohólicas; las reacciones son bruscas y brutales, y los impulsos constituyen importante fuente de actos delictivos.
     b) Responsabilidad.—En vista de los caracteres precedentes, creemos que el maníaco no sólo es irresponsable de sus transgresiones en los períodos o accesos de furor y de delirio (ZACCHÍAS, ob. cit., q. 16, núms. 28-31), sino en virtud de su mismo estado morboso, por lo que se refiere a las reacciones rápidas y bruscas, toda vez que existe en el maníaco un estado habitual del sistema nervioso, del que una de las principales manifestaciones es la tendencia o reflejo, es decir, la aptitud de pasar inmediatamente de la idea al acto. La conciencia lo ve, pero no puede impedirlo (núm. 168, c) (Verger: Evolución del concepto médico de responsabilidad de los delincuentes, páginas 35-37).
     c) Terapéutica.—El sacerdote debe inducir a los parientes o responsables del enfermo a internarlo en un sanatorio. Los familiares son los menos indicados para la asistencia. Hay que prevenirse contra el suicidio. Recomendable el reposo en cama y baños. Conversación amable con el enfermo, sin excitarle. Indicadas las ocupaciones fáciles (Vallejo Nágera, ob. cit.. pág. 317).

177. II.—Melancolía.
     a) Caracteres.—Tiene los opuestos a la manía: humor triste y defecto de actividad. «El trastorno fundamental —dice Ruiz Maya (Ob. cit.. pág. 411)— es la depresión afectiva.» «Tristeza profunda, dolor moral, sentimiento de desesperación infinita y angustia intolerable, son los rasgos fundamentales» (H. Verger, ob. cit., pág. 68).
     Este dolor moral se manifiesta en dos formas: ansia, forma activa, y estupor, forma pasiva. La angustia puede llegar a expresarse en exclamaciones de espanto y temor.
     «Consiste —dice De Sanctis— en un sentimiento de incapacidad o en una congoja que lleva a la desesperación, o bien en un simple espanto, o en un desinterés por todo, o en un sentimiento de espera o de temor, o en una conciencia aflictiva del propio decaimiento psíquico o de la propia invalidez en la lucha por la vida» (Citado por Ruiz Maya, 1. cit.. pág. 411).
     Es frecuente la aparición de ideas delirantes e hipocondríacas (de culpabilidad, de ruina, de deshonor, de auto-acusación, de negación; verbigracia: de que no tiene órganos, no existe el mundo, no existe la virtud, no existe el propio enfermo) (Refiere Zacchías (1. cit., q. 9, núm. 17) de un sacerdote sabio y piadoso que padecía el delirio melancólico de que se iba a morir, y de cuando en cuando se colocaba en un ataúd rodeado de hachas encendidas. En todo lo demás era cuerdo). La reacción favorita es el suicidio, para escapar de la angustia que le oprime.
     b) Responsabilidad.—No creemos pueda ponerse en duda que los actos delictuosos realizados en virtud del delirio no son imputables. El melancólico discurre y razona, incluso con lógica, pero sobre una premisa falsa, irreal, que le presenta la imaginación. Así lo explicaba Zacchías (Ob. cit., q. 4, núms. 33-35), y así lo explica Verger (Ob. cit., págs. 66 y sigs.). «El delirio consiste —dice este autor—esencialmente en la aparición, en el seno de la conciencia, de representaciones o concepciones profundamente inadecuadas a la realidad.»
     No basta la simple depresión para eximir de responsabilidad.
     El estado sistematizado, clásico, sin delirios, es suficiente para atenuarla (P. Barbens: Introductio Pathologica ad Theologiam moralem, pág. 151).
     c) Terapéutica.—Debe prevenirse un falso tratamiento por médico no conocedor de enfermedades mentales. No empeñarse en convencer al enfermo de la falsedad de sus sensaciones y falsas interpretaciones. Más útil es captarse la simpatía. Se aconseja el internamiento. Ocupaciones sencillas. Aislamiento de los familiares. Vigilancia contra el suicidio (Vallejo Nágera, ob. cit., págs. 315-316). En las fases de remisión o poco acentuadas, será útil excitar en el enfermo la confianza en Dios.

178. III.—Locura maníaco-depresiva.
     a) Carácter.—La combinación de ambas formas ya estudiadas constituye esta modalidad de psicosis. Aquéllas, según parece, son fases distintas u opuestas de una misma e indivisible alteración del psiquismo. Lo más frecuente es la combinación ostensible de una y otra fase (Ruiz Maya, ob. cit., pág. 415.—Tal vez a esta razón sea debido el que Hipócrates y otros médicos hayan hablado indistintamente de una y otra como si se tratara de una misma enfermedad (Zacchías, ob. cit., q. IX, núms. 3-6). A esta combinación llámase locura maníaco-depresiva. En ella se suceden los accesos maníacos y melancólicos, bien sin interrupción, bien interpolados por períodos más o menos largos (locura circular y alterna) en muy variadas combinaciones.
     Existen, además, estados mixtos, según Kraepelin (Citado por Vallejo Nágera en el cuadro de la psicosis que estudiamos (obra citada, págs 288 y sigs). Cfr. Ruiz Maya, ob. cit., pág. 417. Enciclopedia de las ciencias médicas, véase Manía, melancolía, etc. Madrid, 1911), o sea mezcla de los desórdenes intelectuales y perturbaciones psicomotrices de una forma (manía o melancolía) con los síntomas externos más indiciarios de aquéllas (euforia y excitación de la manía, y depresión e inhibición de la melancolía).
     b) Responsabilidad.—En estas formas complicadas y estados mixtos, aprobamos, en términos generales, la conclusión de Ruiz Maya, que libera a estos enfermos de responsabilidad, en razón de la perturbación psíquica que padecen (Ob. cit., pág. 424); pero reducimos la irresponsabilidad a los hechos que encajan en el cuadro de los previsibles y como necesarios de la enfermedad. Acerca de los períodos de remisión o intervalos lúcidos, hablaremos más adelante.
     c) Terapéutica.—De lo dicho acerca de las dos formas psicopáticas anteriores, despréndese claramente cuál debe ser la conducta con el enfermo en esa forma compleja.

§ 3.—Paranoia.
179. Concepto genérico.
     Etimológicamente, significa mirar de través, porque es una desviación del pensamiento. Es un conjunto de ideas delirantes, de ilusiones organizadas en sistema y fijas en el psiquismo (KRAFPT-EBING; Medicina legal, cap. XIII, pág. 217). Considérase como un trastorno primario de la inteligencia, aunque algunos lo colocan en la imaginación. Las emociones parece a otros que no tienen más que una consideración de fenómenos secundarios. Para Mayendorf (Citado por Ruiz Maya ob. cit., págs. 433-434), las ideas delirantes tienen su origen en una perturbación de la afectividad.
     Desde luego, parece que estando constituida esencialmente por ilusiones, en ellas habrá que buscar la explicación (La Vaissiere-Palmés: Psicología experimental, núm. 37. «En el caso del delirio sistematizado —dicen estos autores—, se caracteriza por un exclusivismo tal en la síntesis, que no deja comprobar qué es lo coherente con el sistema adoptado.»).
     Los rasgos fundamentales que la distinguen son: delirio sistematizado crónico, conservación de la lucidez, normalidad de la ideación y de la actividad, sin debilitamiento psíquico; ausencia de alucinaciones.
     Ilusión dícese una percepción falsa de la realidad deformada por una actividad psíquica anormal. El desvío de la razón por esas representaciones falsas —dice Verger (Ob. cit., pág. 66)— es el delirio. El carácter de estas concepciones o ideas delirantes es su evidencia indiscutible en el espíritu del sujeto; y al mismo tiempo, la intensidad de su valor afectivo y emocional (Verger, ob. cit., pág. 67. H. Bless; Psychiatrie pastorale, pág. 32).
     La diferencia de la obsesión está en que en ésta el sujeto se da cuenta de la idea obsesionante, mientras que el iluso no tiene conciencia del carácter morboso de su Ilusión (núm. 181).
     La alucinación consiste en sensación, que el enfermo experimenta sin que ningún agente externo actúe sobre él. El Cardenal Mercier la define diciendo que es «una percepción sin objeto» (Psycologie, I, pág. 253. La Vaissiere-Palmés, ob. cit., pág. 206). El que asegura oír voces que no existen, es un alucinado. El que experimenta un sabor metálico extraño a los alimentos que toma, es un iluso. El origen de la alucinación, como el de la ilusión, parece consistir en la actividad anormal del sentido central y de la imaginación (H. Bless, ob. cit., pág. 22. La Vaissiere-Palmés, págs. 207 y sigs.).
     Estas breves explicaciones eran precisas, porque lo constitutivo de la paranoia son las ilusiones o delirios.
     a) Delirios.—Los más característicos son los de interpretación. Conversaciones, dichos, gestos, ruidos, noticias, encuentros, cualquier cosa es pretexto para deducciones en orden a la idea delirante que ha echado arraigo en el psiquismo Hay delirio de persecución, que hace al enfermo desconfiar de todos y concretamente de alguna persona; delirio de grandeza (los hay inventores y reformadores); delirio erótico o de amor (llegan a matrimoniar en su quimera con personas de rango); delirio místico o religioso (el enfermo es el Mesías, un profeta, tiene relaciones con el diablo, etc.); delirio de celos, que con facilidad se confunde con los celos fundados; y es frecuente el de reivindicación (M. Trénel: Enciclopedia de las Ciencias Médicas. Véase Delirio crónico. Madrid, 1911.—J. Antonelli: Medicina pastoralis, II, núm3 222-223, edición 1920). Todo ello brota de un sentimiento exaltado del propio yo, que es el prisma a través del cual se mira el mundo exterior.
     b) Responsabilidad.—Como el defecto psíquico en cualquiera de estas formas queda limitado al campo de la idea delirante, y fuera de ésta todas las actividades se acusan normales (Ruiz Maya, ob. cit., pág. 443), dedúcese que los actos realizados dentro de ese campo de influencia de la idea delirante llevan consigo la irresponsabilidad (número 163), por muy razonadas que se supongan, porque, como dice Verger (Ob- cit., págs. 67 y sigs.): «El error fundamental y primordial de las premisas, bases del delito, es el elemento propiamente patológico, del que conviene considerar menor el lado puramente intelectual que el lado afectivo, la hipertrofia del tono emocional que hace perder al enfermo toda noción de los valores.» En esta opinión son coincidentes Barbens (Ob. cit., pág. 113) y H. Bless (Ob. cit., págs. 36 y 37).
     Pero de lo dicho dedúcese que la irresponsabilidad no alcanza a los actos que rebasan dicho campo.
     Aunque no es de dejar en olvido esa circunstancia para juzgar de los demás actos, porque, como dice Ruiz Maya, trátase de un cerebro enfermo... cuya morbosidad ha de dejarse sentir, cuando menos, sobre todas aquellas decisiones extraordinarias que salen de la normalidad rutinaria» (Ob. cit., pág. 455. También Zacchías (ob. cit., q. IX, núm. 21) dice de modo general de los «dementes» que deben ser apartados de los negocios serios de la vida, aunque sólo manifiestan su delirio en una sola cosa, porque «paratus est insanire qui mentem sanam non habet.» (es propenso a perturbarse el que no tiene sana la mente).
     c) Terapéutica.—Es enfermedad generalmente crónica, que no conduce a la demencia, salvo complicaciones. Es inútil combatir directamente la idea delirante. Más práctico es no excitar al enfermo, tratarle con cariño, atraer su confianza, cambiar de conversación cuando recaiga sobre el objeto de su delirio, aislarle de la familia, si en ella está localizada la manía. Pero nunca el sacerdote dará consejo sobre el internamiento; eso pertenece al médico especialista. Es necesario que el confesor se prevenga contra las mujeres atacadas de paranoia religiosa erótica, que pueden hacerle víctima de su trastorno (J. Antonelli: Medicina Pastoralis, II, núms. 222-223).

§ 4.—Psicastenia.—Histerismo.—Esquizofrenia.
(Esquizopsiquias)

180. Nociones previas.
     Siguiendo el orden prefijado (número 170), vamos a tratar de los trastornos del psiquismo que convienen en la cualidad de ser una escisión de la personalidad, por lo que pueden comprenderse bajo el denominador de esquizopsiquia (división o escisión de la psique, que se toma, por sinédoque, como persona). Son tres formas las que nos conviene estudiar y son las que constan en el epígrafe.
     Cuando en esa escisión de la persona, en la que actúan dos semipersonas conjuntamente, pero en distinta dirección (o en la misma dirección, pero con velocidad diversa); cuando en ese fenómeno —decimos— la escisión es parcial, o sea, un grupo de tendencias, representaciones, sentimientos, etc., subconscientes, hácese independiente en absoluto, tenemos la psicastenia, cuyo complejo actúa de modo autónomo, como un parásito o algo extraño, en lucha contra la otra semipersona (No estará de más observar que en sana filosofía admítese el subconsciente, esto es, la actuación psíquica latente de impresiones, inclinaciones y sentimientos que no han desaparecido por completo. La subconsciencia es como una prolongación de la conciencia ordinaria (H. Bless, ob. cit., pág. 14). Si la escisión no es completa, esto es, si quedan, por así decirlo, ciertos hilos de unión con el psiquismo sano, existe la histeria. En ambos casos predomina lo consciente, conservando, en parte, su poder de dirección o frenación. Pero si el predominio es de lo inferior o subsconsciente, tendremos —dice Ruiz Maya (Ob. cit., pág. 337)— la esquizopsiquia total o esquizofrenia. Las dos primeras perturbaciones dícense psiconeurosis.
     El término neurosis es muy antiguo (siglo XVIII), siendo varia su significación según los distintos autores (Ruiz Maya, ob. cit., pág. 462). Bajo esta palabra comprenden algunos a «ciertas afecciones nerviosas sin lesiones orgánicas» (Raymond, Litré y otros, citados por Barbens, ob. cit., cap. II).  Como en gran número de las nombradas neurosis es el psiquismo el que desempeña un papel de excepcional importancia, surgió el término psiconeurosis (en 1904, por Dubois). Capellmann la define así: «estados nerviosos del cuerpo unidos a un estado enfermizo del alma» (Doctores Capellmann-Bergmann: Medicina pastoral, pág. 139, edición 1913).
     El doctor Fernández Sanz (Citado por Ruiz Maya, ob. cit., pág. 164) la define: «son disturbios de la energía nerviosa en todas sus determinaciones funcionales, sin lesiones manifiestas, son causas y mecanismos patológicos dominantes y primordialmente psíquicos, mas cooperando con ellas otras causas y otros mecanismos orgánicos». Hay posibilidad de curación por psicoterapia.
     Oportuno es advertir que el estado mental, el moral y el psicológico de estos enfermos son, habitualmente, o casi siempre, defectuosos, ya en sus caracteres anatómicos, constitucionales, ya en las funciones orgánicas y psíquicas, lo que ya de antemano predispone a favor, por lo menos, de una disminución de responsabilidad en dichos enfermos.

181. I.—Psicastenia.
     a) Definición y naturaleza.—La palabra psicastenia, atendida su etimología (de psique y astenia), significa debilidad o depresión psíquica. El autor de ella, que fue Janet (Les obsessions et la Psycasthénie. París, 1904. Cfr. La Vaissiere-Palmés, obra cit., págs. 491 y sigs.) define así esta enfermedad:
     «Una forma de depresión mental caracterizada por el descenso de la tensión psicológica, por la disminución de las funciones que permiten actuar sobre la realidad y percibir lo real, por la sustitución de operaciones inferiores y exageradas bajo la forma de dudas, agitaciones, angustias, ideas abusivas...» (Janet, citado por Ruiz Maya, ob. cit., pág. 484).
     En efecto, sobre un fondo morboso, ansioso, inquieto, vacilante, surge la idea o sentimiento obsesionante, que es lo que da carácter a esta enfermedad: «obsesión y ansiedad —dice Ruiz Maya (Ob. cit., pág. 473)son, en términos generales, los dos elementos que dan carácter a la perturbación, y ambos se confunden, se compenetran de tal manera, que es difícil concebirlos desunidos».
     Las obsesiones no son exclusivas de la psicastenia. Coexisten con otros síntomas y en otras enfermedades. Pero «en la nerviosidad constitucional —añade Ruiz Maya (Ob. cit., pág. 484. También el P. Gemelli, citado por Barbens (lntroductio Pathologica, cap. IX), dice que la psicastenia «est morbus constitutionalis et hereditarius». Pero esa regla general no impide que haya psicastenia adquirida a causa de una debilitación psíquica producida por un desgaste de fuerzas, ya en prosecución de una empresa muy superior a ellas, ya por los vicios y desarreglos de vida (P. Barbens, ob. cit., rág. 120, y A. Eymieu: La obsesión y el escrupulo, págs. 147 y sigs.)se acusa (la obsesión) pura... y llega, en ocasiones, a dominar la totalidad del cuadro morboso» (la psicastenia).
     Ahora bien: la obsesión es un trastorno consistente en la aparición inopinada de un pensamiento o de una representación intensamente afectiva en la conciencia, que se impone a la voluntad, sin que la víctima pueda desembarazarse de ella, salvo a costa de mucha inquietud y de angustia. Su característica es la violencia con que se presenta y tiraniza constantemente al sujeto. Este lo sabe y se da cuenta de esa morbosidad y quiere desechar la idea, pero si hace esfuerzos, son estériles, y su debilidad se agrava; la idea es más fuerte. Lo es, porque, a pesar de los raciocinios convincentes del enfermo acerca de la futilidad de la idea, surge un interrogante de una voz que amenaza con temores serios si esos raciocinios son falsos. Es decir, hay un tal vez —dice Eymieu (Ob. cit., pág. 24. La Vaissiere-Palmés, ob. cit., núm. 132, pág. 494)— que «allí se planta, a despecho de los esfuerzos que se hacen para expulsarlo, agitando delante del espíritu por espacio de horas enteras, meses y años ese absurdo e inexorable tal vez». El enfermo se da cuenta y se ve precisado a actuar en doble sentido: de un modo dentro de la conciencia, y de otro fuera, en la sociedad. Hay disociación de la conciencia a causa de un cuerpo extraño que actúa en el psiquísmo con dominio despótico. El enfermo disimula su lucha interior.
     Hay obsesiones ideativas: ideas de duda que mantienen al enfermo en lucha contra la idea y en continuo análisis: Obsesión hipocondríaca (observación sobre la salud general o de un órgano); la escrupulosa (sobre no haber cumplido bien los deberes religiosos) (Véase sobre los escrúpulos, más arriba, núms. 62-67); la de verificación (el sujeto comprueba si hizo o dejó de hacer alguna cosa, verbigracia, leer una carta, cerrar la llave del gas, etc.). Hay quien cuenta los adoquines de las calles, las palabras de los libros, los números de las casas. Es digna de nombrarse la obsesión blasfematoria, que versa sobre blasfemias o frases obscenas pronunciadas durante el rezo o aplicación de actitudes y atributos impúdicos, verbigracia, a las Divinas Personas, en contra de las creencias personales.
     Otras obsesiones son impulsivas, contra la habitual orientación de la propia conciencia del obseso, verbigracia, matar a un hijo.
     La fobia es «la obsesión en que el temor domina sobre la idea» (Ruiz Maya, ob. cit., pág. 482). Las fobias —dice Eymieu con Janet (Obsesión y escrúpulo, pág. 101) «están enlazadas con la idea obsesionante mediante una especie de derivación». Las fobias, por tanto, pueden contarse por el número de cosas que pueden hacerse objeto o motivo de temor. «El temor —dice Bless (Psychiatrie pastorale, pág. 479)es en si mismo una emoción que provoca un estado de incertidumbre.» Se distingue, generalmente, de la angustia. El temor recae sobre un objeto más concreto (verbigracia, una infracción); la angustia puede ser vaga e indeterminada en cuanto al objeto (La angustia se da también en la melancolía, pero en ésta es completamente inmotivada; en la psicastenia tiene un motivo, aparente al menos, exagerado, que descansa en consideraciones irracionales. Además, el melancólico no es consciente de la falsedad de su angustia, mientras en el psicasténico existe la conciencia de aquélla, si bien está latente, como decimos antes, la duda atormentadora). Hay un sinfín de fobias: micofobia (horror a los perros); galefobia (horror a los gatos); ginefobia (a la mujer); microfobia (al polvo); claustrofobia (a los espacios cerrados); agorafobia (a los grandes espacios); etc., etc. Merece especial mención aquella que consiste en no tocar a los objetos por temor a contaminación, y si se hace, lavarse reiteradamente (Ruiz Maya, ob. cit., pág. 482).
     b) Síntomas patológicos.—Conocida la naturaleza de la obsesión, que da carácter a la psicastenia, fácil es especificar los síntomas. Estos son:
     1.° En el orden intelectual, la atención es inestable, difícil, movediza. Insuficiencia de adaptación a la realidad, a lo presente Predominio de la imagen sensitiva; estado de perpetua duda; crisis de ideas; profunda abulia (núm. 168, b).
     2.° En la emotividad. Imposibilidad de tener verdadera alegría. Estado de indiferencia. Falta de satisfacción, inquietud, propensión a los tóxicos en busca de alivio a la angustia que oprime.
     Crisis de adaptación o depresión conforme las ocasiones de esfuerzo se presenten.
     3.° En la acción. Dificultades para decidirse, mala cualidad de la ejecución, sentimiento de incapacidad para hacer una obra bien, sensación de inacabamiento de la obra (nunca se cree completa).
     4.° En el orden somático. Trastornos de la percepción y dolores. El sueño, la alimentación, la respiración, los intestinos padecen por el tormento de las obsesiones (P. Farbens, ob. cit. cap. IX. A. Eymieu, ob. cit., págs. 109-126. La Vaissiere-Palmés, ob. cit., págs. 504 y sigs.—Ruiz Maya, ob. cit., pág. 485).
     Todos estos son los efectos de falta de tensión psicológica, según Janet y Eymieu (Ob. cit., pág. 160). Comparado el psiquismo humano a un órgano bien construido, le sucede lo que a este cuando a los fuelles les falta presión: no suenan las notas agudas, y si se abren los grandes registros, al punto se debilitan los sonidos.
     c) Responsabilidad.—No dan lugar las obsesiones y fobias a crímenes y pecados por acción complicada. «No hay delincuencia psicasténica», dice Verger (Evocación del concepto médico de responsabilidad, pág. 86). Y si alguna vez el impulso llega a vías de obra, Eymieu, con Janet (A. Eymieu, ob. cit., págs. 86 y sigs.), lo atribuye a otros factores que se pueden juntar a la obsesión (delirio, intoxicación, debilidad mental). En cuanto a la ejecución de actos sencillos (no complejos) realizables fácil y rápidamente, verbigracia, una blasfemia, embriagarse, el obsesionado no es responsable, porque hay impulso sin lugar a reflexión (núm. 168, 6). En general, si se trata de obsesión verdadera, faltan los elementos de acto humano y falta libertad. En cuanto a las simples fobias, es indudable que disminuyen el voluntario de tal suerte que a duras penas exista pecado mortal. Tal vez ningún pecado (BARBENS, ob. cit., pág. 120. PRÜMMER: Manuale theologiae moralis, I, número 95. H. Bless: Psychiatrie pastorale, pág. 50).
     d) Terapéutica.—La psicastenia, como la obsesión, es de curación imposible sin el socorro del psiquíatra y del sacerdote. Con estos socorros es difícil, pero posible. El sacerdote debe poner en práctica los medios que hemos indicado al tratar de los escrúpulos (núms. 62-67) (A. Eymieu, ob. cit., págs. 245 y sigs. La Vaissiere-Palmés, ob. cit., número 139, págs. 537 y sigs.). En cuanto al psicoanálisis de Freud, véase número 110, e) (P. J. A. de Laburu, S. J.: Psicología médica, sec. 3.*, cap. IX. Montevideo, 1940).

182. II.—Histerismo.
     a) Definición.—Si se atiende su etimología (istera, matriz), se trata de enfermedad de la mujer, y así fue considerada en la antigüedad. Pero es cosa averiguada hoy que es común a hombres y mujeres, aunque más frecuente en éstas. También es cosa sabida que su origen no es, precisamente, el exceso sexual ni enfermedad venérea. Pero discútese entre los psiquiatras el origen y la naturaleza de esta psiconeurosis, y, por tanto, no hay una definición comúnmente admitida. Hasta se niega que sea enfermedad especifica y definida. «En la actualidad, la histeria no está de moda», dice Verger (Ob. cit., pág. 57. Véase H. Bless. ob. cit., pág. 104). Entre los que la consideran tal, y son la mayoría de los psiquiatras, hay discusión sobre los elementos constitutivos. Para Charcot, es una enfermedad determinada, con síntomas nerviosos, fijos, sin lesión reconocida, aunque admitiendo papel importante al psiquismo. Cree Babinski que es un estado psíquico especial con trastornos que pueden reproducirse por sugestión y hacerlos desaparecer por persuasión (pitiatismo). Janet, seguido por Eymieu y La Vaissiére-Palmés, dice que la histeria es «una forma de la depresión mental caracterizada por el estrechamiento del campo de la conciencia y la tendencia a la disociación y a la emancipación de los sistemas de ideas y de funciones».
     RUIZ Maya, ob. cit., págs. 502 y sigs.—A. Eymieu: Obsesión y escrúpulo, páginas 227 y sigs.—La Vaissiere-Palmés: Psicología experimental, núm. 136, páginas 516 y sigs. Entiéndese por campo de la conciencia el número de fenómenos que la misma conciencia abarca, asocia y retiene en un momento dado. Hay estrechamiento en este caso, porque las impresiones no las abarca todas la conciencia, debido —según la teoría de Janet— a que no hay energía psíquica suficiente para abarcarlas a todas y atribuirlo al yo. Se quedan en el subconsciente. De ahí la disociación. Pero no parece completa (dentro de su condición de parcial) porque, contra lo que afirma Eymieu (pág. 220), dice Ruiz Maya, a cuyo parecer nos atenemos, se conservan «hilos de conexión», los cuales permiten que al alumbrarse las impresiones extraconscientes ante la conciencia, sea fácil su anulación por el propio sujeto, lo que no sucede en la psicastenia.
     Según Wilson S. A. Kinnier (Citado por H. Bless: Psychiatrie pastorale, pág. 104), «la esencia de la histeria consiste en reacciones instintivas e impulsivas ligadas a un mecanismo dinámico y neurofisiológico».
Pero dejando a un lado la discusión teórica, vengamos a las notas características.
     b) Caracteres.—El carácter dominante en los histéricos es el querer parecer más de lo que son en realidad y pretender más de lo que pueden. De ahí nace, en primer lugar, una necesidad morbosa de ser reconocidos y estimados, procurada por todos los medios imaginables, y, en segundo término, una inestabilidad en el humor. Acaso en un sentimiento de impotencia y en una reacción contraria podría explicarse aquel fenómeno, según Bumke (Citado por H. Bless, ob. cit. pág. 104. Erich Stern: Anormalidades mentales y educabilidad difícil de niños y jóvenes, págs. 68 y sigs. Edición española, 1933). El histérico procura ante todo llamar la atención para que se ocupen de él: hará creer que está enfermo, o tomará actitudes amenazadoras, verbigracia, que se suicidará. Si no se le compadece, ni de otro modo se le atiende en su ambición, es insoportable y adopta actitudes dramáticas. Es —dice Bless— que «ante las dificultades de la vida se refugia en su propia enfermedad» (Ob. cit., pág. 105).
     De su impresionabilidad, «de su facilidad a las sugestiones anómalas» (KRAFFT-Ebing: Medicina legal, II, pág. 2) y de su excitabilidad excesiva provienen reacciones fuertes y violentas. Hipersensible, de los menores contratiempos recibe motivo de grandes desilusiones. Esa misma sugestibilidad, junto a una conciencia obnubilada y a una imaginación viva, hace que el histérico se mueva en una atmósfera irreal y que la versatilidad sea una nota suya característica: de la adoración pasa al odio, de la confianza a la desconfianza, del amor a la crueldad, etc.
     En su deseo de vencer y dominar, el histérico recurre, si es preciso, a la simulación, la mentira y la calumnia. De aquí también «las visiones celestiales, apariciones diabólicas, ayunos prolongados durante semanas (ocultamente come), etc.».
     Prümmer: Manuale theologiae moralis, I, núm. 96. Gran cautela, por tanto, es precisa para distinguir los hechos verdaderos de los falsos en el orden sobrenatural. Concretamente, en las parálisis histéricas puede ocurrir que, al cabo de años, por una fuerte emoción, por ejemplo, se verifique rápidamente la curación (Capellmann-Behgmann: Medicina pastoral, pág. 150, nota. Edición 1913. Barcelona). Más adelante, núm. 196.
     Esa misma excitación del apetito sensitivo produce pérdida de la conciencia de lo moral y puede conducir al enfermo a pecados carnales.
     Sobre ese fondo psíquico prodúcense multitud de trastornos somáticos: afonía histérica, por causas físicas, verbigracia, el temor, la angustia; la anestesia (ausencia de sensación al tacto); analgesia (ausencia de sensación al dolor); hiperestesia (sensibilidad enervada).
     Prodúcense asimismo situaciones paroxisticas o accesionales: el estupor histérico, que es una cesación completa de movimiento vital sin pérdida de la actividad intelectual; acceso histérico, sincopes ocasionales por una fuerte emoción; el ataque histérico, en convulsiones más complicadas que las del epiléptico, pero durante las cuales, contrariamente a lo que en la epilepsia sucede, presta atención especial a las muestras de simpatía de sus allegados, dependiendo de estas muestras la más o menos pronta cesación del ataque (núm. 204).
     Tiene lugar también el sueño histérico, que se realiza en vigilia, en una conciencia muy limitada sobre un mundo de irrealidad y de imaginación. Y se llega al delirio histérico, caracterizado por un trastorno más grave de la conciencia, por mayor inquietud y frecuentemente por alucinaciones (Ruiz Maya, ob. cit., págs. 510-515. Prümmer, ob. y loe. cit.—H. Bless, obra cit., págs. 106 y 107. Doctores Capellmann-Bergmann: Medicina pastoral, página 146. Edición 1913. Barcelona. El histerismo infantil, muy discutido por los autores, es admitido actualmente por la mayoría (Doctor Fernández Sanz: «Un caso de histerismo infantil precocísimo», en El Siglo Médico, 15 de septiembre de 1921, y Ruiz Maya, ob. cit., pág. 511). Cfr. H. Meige: Enciclopedia, de Ciencias Médicas. Véase Histerismo. Madrid, 1911).
     c) Responsabilidad.—La discrepancia en cuanto al origen y naturaleza del histerismo refléjase en el juicio sobre la imputabilidad.
     Ruiz Maya, con la mira puesta en el Código Penal, por tanto en el fuero externo, establece estas reglas: 1.a En las formas asociadas de histerismo con debilidad mental, delirio, etc., irresponsabilidad total; 2.a En todos los casos de la histeria, atenuación; solamente atenuación, aun en el sueño histérico, llamado de «desdoblamiento», porque «el desdoblado no es un irresponsable; sabe, conoce lo que hace, aunque lo olvide, y en determinadas circunstancias podría dominar totalmente sus acciones; pero al faltar aquéllas, se hacen irrefrenables».
     En el fuero interno, en el que se atiende sobre todo a la verdad, objetivamente, aunque a través del propio supuesto enfermo, que es el penitente y el testigo de sus acciones, podrían fijarse estas reglas: 1.a Para los actos realizados en período delirante, confusional, accesos, ataques, irresponsabilidad hasta que el enfermo llegue a darse cuenta de lo que puede acaecerle (lo que conoce fácilmente después de la primera o segunda vez que delinca) en la fase patológica (voluntario in causa). 2.a En los actos realizados fuera de la influencia histérica, responsabilidad, con alguna conmiseración. 3.a En los actos que sean efecto de una reacción violenta, irresponsabilidad total o atenuada, según que se trate de dificultades de alguna monta que se encuentran en la vida o sólo de pequeños obstáculos sin importancia, porque el psiquismo está enfermo y reacciona desproporcionadamente a las dificultades. 4.a Los actos puestos en el sueño histérico no son plenamente imputables (Ruiz Maya, ob. cit., páe. 522. J. Antonelli: Medicina pasloralis, II, números 210-223. H. Bless, ob. cit., pág. 108.—P. Barbens, ob. cit., pág. 130).
     De modo general dice Prümmer (Ob. cit., núm. 97): «Los actos realizados por persona histérica no pueden decirse absolutamente involuntarios; a no ser rara vez, esto es, cuando consta de la ausencia del conocimiento y de la voluntad; no obstante, deben ser considerados imperfectamente voluntarios, y, por lo mismo, deben ser tratados con más suavidad en el confesionario. Pues muchas veces sucede que un acto puesto por persona histérica no sea pecado mortal, el cual lo sería si fuese puesto por persona sana. Lo que es de tener muy en cuenta en los pensamientos y deseos impuros; es más, alguna vez incluso en los actos externos torpes.»
     c) Terapéutica.—Sabedor el sacerdote que la persona que acude a sus consejos padece de histerismo, su primer deber es tratarla como a enferma, con prudencia y mucha caridad.
     Unos remedios corresponden al médico (psiquiatra), porque la hipersensibilidad y emotividad excesiva del histérico guarda relación con el sistema nervioso (Capellmann-Bergmann, ob. cit., págs. 146 y sigs. Antonelli: Medicina pastoralis, II, núms. 222 y 223), por lo menos en gran número de casos. Otros remedios, los psicoterápicos, son muy propios del ministro de Dios para las personas creyentes. Y lo primero que debe procurar es excitar el deseo de curación en el enfermo, haciendo ver los inconvenientes que trae para él y para la familia su enfermedad (Los casos de histerismo deben tenerse en cuenta y tratarse como tales en las Comunidades de religiosas, no atribuyendo a simulación y malicia lo que es enfermedad, aunque, en cierto modo, corregible).
     Debe granjearse la confianza del mismo. Y darle garantías de salud o de mejoría, si el enfermo, en vez de buscar en los cambios de dirección un salvoconducto a sus extravagancias, presta la obediencia que es precisa. Obtenida esa obediencia, y puesto que la razón está intacta, es menester procurar al alma consideraciones que la eleven sobre las cosas temporales y sirvan de motivos que pesen en la balanza de la inteligencia y den fuerza inhibitoria a la voluntad. Con gran prudencia y fortaleza conseguirá que el enfermo busque el consuelo y alivio de los Santos Sacramentos y actos piadosos, aunque de ningún modo con exceso. Indúzcale a ejercicios y distracciones honestas. Y, sobre todo, hágale ver la paz del alma de los que practican la caridad con el prójimo (pues el eje de los síntomas nerviosos es anormal egoísmo).
     La actitud que debe aconsejar a las familias es la de no dar mucha importancia, en presencia del enfermo, a los síntomas que caracterizan el padecimiento: ni indulgencia excesiva, ni malos tratos y palabras hirientes.
     Por último, un remedio —éste profiláctico moral— para el propio sacerdote: guárdese de las mujeres histéricas, que, a veces, calumnian. Tenga, además, gran reserva acerca de los hechos sorprendentes que éstas refieren.
     Capellmann-Bergmann, ob. cit., pág. 151. Prümmer, ob. cit., núm. 97.  H. Bless, ob cit.f pag. 109. Doctor Henri Bon: Medicine Catholique, púg. 46S, «Neunoses et delires mystiques». J. Antonelli: Medicina pastoralis, núms. 222 y 223. No estará de más advertir que rarísima vez se muere nadie de histerismo y menos aún de paroxismo histérico.

183. III.—Esquizofrenia.
     a) Definición.—Atendida la etimología, equivale a escisión mental. Y eso es, en efecto: una división o escisión de la personalidad. Ignórase la causa fija. Parece consistir en el producto de un proceso de intoxicación, pero actuando sobre un fondo predispuesto por la herencia. Es de difícil diagnóstico en sus comienzos.
     b) Síntomas fundamentales.—Según Bleuler (Citado por Ruiz Maya: Psiquiatría penal y civil, pág. 547), son: disgregación asociativa, autismo y ambivalencia.
     1.° Disgregación asociativa.—La función de asociación hállase profundamente alterada. El curso del pensamiento está disgregado, despedazado, roto. En medio de un pensar lógico surgen de pronto interpolaciones absurdas producidas por una idea que rompe bruscamente la unidad del pensamiento. No es fuga de ideas, pues existe una directriz en la totalidad del discurso. Se dan también fusión de dos ideas, que, al ser expresadas, dan ocasión a extraños neologismos; desplazamiento de unas por otras sin relación lógica, y detenciones o interrupciones o ausencias de ideas.
     2.° Autismo.—El hombre propende, normalmente, a pensar como siente. Pero el pensar autístico, dice Bleuler (Citado por Ruiz Maya, ob. cit., pág. 549), tiene como finalidad «no la verdad, sino la realización de ansias y deseos, que sustituyen en muchos momentos del razonamiento la manera lógica de discurrir...» El sujeto se aleja del mundo real, recogiéndose, internándose en sí mismo, perdiendo el contacto con la realidad, viviendo un mundo interno de fantasías, cuajado de interpolaciones y desplazamientos, «expresión de la multitud de complejos liberados en el psiquismo extraconsciente».
     3.° Ambivalencia.—Por el mismo mecanismo productor de la disgregación del pensamiento se originan en el enfermo, en un momento dado, situaciones opuestas y contradictorias, sobre todo en la esfera afectiva: ama y odia a un tiempo, comienza un acto y realiza el opuesto. Se diría que vive en dos mundos diferentes y se orienta en dos sentidos contrarios.
     Otros dos caracteres han sido estudiados por dos psiquiatras españoles. Sanchiz Banús (Archivos de Medicina, Cirugía y Especialidades, 21 de febrero de 1925) dice que el esquizofrénico es inabordable, pues «no es posible casi nunca adivinar cuál sea el móvil de su conducta», etc., etc. El doctor Mira (citado por Ruiz Maya, obra cit., pág. 547) agrega que aquél es, además, incomprensible  «porque nunca llegamos a penetrar en el fondo de su espíritu».
     Consecuencia de estos trastornos son otros síntomas: rapidez de pensamiento y ciertas alteraciones de la afectividad, como indiferencia afectiva, y un desacuerdo entre los sentimientos y su expresión, verbigracia, reír con la boca y llorar con los ojos. La memoria registra bien, pero reproduce con deficiencia; la atención, poco tenaz; la orientación puede ser doble, ambivalente.
     c) Trastornos accesorios.—Son ilusiones y alucinaciones, en primer término cinestésicas (de la sensibilidad general) y acústicas (del oído). A veces dirá el enfermo que el reloj habló y que el tiempo se ríe, etc. Las voces llegarán al enfermo de lugares muy distantes. Las cinestésicas son muy frecuentes (desaparición de órganos, etc.). Las ideas delirantes suelen ser absurdas, nunca sistematizadas (de persecución, de indignidad, de grandeza, sexuales). El lenguaje oral, que puede faltar durante años, es amanerado, enfático, rebuscado. El escrito tiene rarezas y exageraciones en el modo de expresión, que se quiere sea muy intensa y llamativa del pensamiento (verbigracia, muchas subrayas, separación de letras, letras mayúsculas, etc.).
     d) Formas clínicas.—1.a Demencia simple: es la forma descrita con los síntomas fundamentales, y la más ordinaria. Preséntase en baja edad (La mayoría de los autores niegan que se manifieste en la niñez (Erich Stern: Anormalidades mentales..., págs. 84 y 85). Puede seguirse de reintegración casi absoluta, aunque también puede terminar en la demencia (Ruiz Maya, ob. citada, pág. 753). 2.a Hebefrenia: se dice también psicosis de la juventud. Reúnense toda clase de síntomas accesorios. Y distínguese —dice Bless (Psychiatrie pastorale, pág. 121. Añade Krich Stern (1. cit., pág. 85) que es propio de esta fase la falta absoluta de afectividad. Nada impresiona al enfermo. Pero conserva la memoria y la comprensión. Doctores BRECY-TRÉNEL: Enciclopedia de Ciencias Médicas. Véase Demencia precoz. Madrid, 1911) «por cambios de carácter: del estado de depresión y de indiferencia, los enfermos caen en seguida en el infantilismo». 3.a Demencia catatónica: predominan los trastornos motrices, dice Ruiz Maya (Ob. cit., pág. 554), y añade Bless (Ob. y 1. citados) que «se manifiesta en estados de estupor y de agitación muy pronunciados». 4.a Demencia paranoide: predominan las alucinaciones y las ideas delirantes; preséntase hacia los treinta años (Erich Stern, ob. cit., pág. 86. Es característico de esta forma llamada catatonía la hermeticidad: el enfermo es inabordable, ofrece resistencia absoluta a la influencia extraña, vuelve la espalda, no saluda, cae en el mutismo completo. Rechaza el alimento, no evacúa el vientre, etc. Sobre las relaciones entre la esquizofrenia y la suspensión de la regla menstrual de la mujer, trata Vallejo NÁGERA: «Problemas psiquátricos en la práctica ginecológica», en Clínica y Laboratorio. Zaragoza, mayo de 1941).
     e) Responsabilidad.—Dice H. Bless que «le parece debe admitirse ésta, siguiendo la opinión de Bleulek y otros», pero añadiendo que «en muchos casos es incompleta (la responsabilidad), según el momento de evolución de la enfermedad» (Ob. cit., págs. 121 y sigs.). Pero Bleuler, según las palabras que le atribuye Ruiz Maya (Ob. cit., pág. 563), refiérese a los casos en que se diagnostica con pocos síntomas, y en los casos abortivos y leves. Por lo demás, creemos que la presunción está a favor de la irresponsabilidad cuando se trate de enfermedad ya constituida. Aunque difícil asunto, proponemos las siguientes reglas para el fuero eclesiástico: 1.a El esquizofrénico constituido es irresponsable respecto de los delitos cometidos como consecuencia de las formas de demencia señaladas antes, y en virtud de los trastornos accesorios, como es evidente y creemos innecesario razonar (núm. 163). 2.a El esquizofrénico simple, con síntomas de disgregación mental, autismo y ambivalencia, no puede caber duda respecto a su irresponsabilidad en aquellos actos que son característicos; verbigracia: una fuga inmotivada —aunque se conserve el recuerdo—, el suicidio, el vagabundaje, secuelas del autismo; así como en las infracciones súbitas, inesperadas, impulsivas, aunque se vislumbre premeditación. 3.a En las formas ligeras, al comienzo, ante la sospecha fundada de enfermedad, debe atenuarse la responsabilidad, por lo menos. 4.a En las remisiones, «como la manera de reaccionar por accesos aislados, durante las fases de remisión, no es propia de la esquizofrenia» (Ruiz Maya, ob. cit., pág. 564), habrá que declarar imputables los actos criminosos, a no ser que hechos posteriores demuestren un recrudecimiento de la enfermedad. Pero es razonable y caritativo atenuar algo la responsabilidad.
     De estos enfermos dice H. Bless que son capaces de recibir los Sacramentos; pero de esto hablaremos más adelante.
     f) Terapéutica.—El pronóstico, en general, es desfavorable. Pero suele producirse una mejoría más o menos duradera; y la tendencia de los psiquíatras es que hagan vida familiar y social sometidos a vigilancia y con tratamientos adecuados. Los paranoides serán recluidos, de ordinario. Pero no los demás (Ruiz Maya, ob. cit., pág.567. Dr. Vallejo Nágera: "Indicaciones terapéuticas en los procesos esquizofrenicos", en Medicina Argentina, diciembre 1927).
Mons. Dr. Luis Alonso Muñoyerro
MORAL MEDICA EN LOS SACRAMENTOS DE LA IGLESIA

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