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viernes, 11 de noviembre de 2011

CONDENADOS A LAS MINAS BAJO VALERIANO

Proclamado en Cartago el edicto de persecución de Valeriano, la primera víctima tenía que ser y fue, en efecto, el gran obispo a quien, desde su elevación misma a la cúspide del sacerdocio, le estaban reclamamdo los gritos del populacho, como pasto para los leones. Llamado a presencia del procónsul, "qué respondiera entonces el sacerdote de Dios—dice su fiel diácono e historiador, Poncio—, ahí están las actas que lo refieren"
Estas actas, documento de precio inestimable, las poseemos todavía, y las insertaremos seguidamente. No temos sólo, ahora, la intimación que hace el procónsul Paterno al obispo cristiano para que le entregue los nombres de sus sacerdotes. San Cipriano se niega a tan vil demanda, fundándose precisamente en las leyes romanas que condenaban la delación. De todos modos, ninguno había de abandonar su puesto—piensa San Cipriano—; en sus ciudades respectivas los puede el procúnsul hallar a poco que los busque.
—contesta Paterno—; yo los hallaré.
San Cipriano sale de esta primera comparición desterrado a la ciudad de Curubis, paraje no tan áspero como debió de parecerle al diácono Poncio, que fielmente acompañó a su obispo, situado a unas leguas de Cartago, al sur de la península que termina el cabo de Bon. El procónsul cumplió bien pronto su lacónica promesa. La policía debió de sorprender grupos de sacerdotes, diaconos y laicos en reuniones de culto, contraviniendo una de las cláusulas del edicto de Valeriano. Como ya se indicó, esta contravención se reputaba más grave que la negativa a sacrificar a los dioses y se equiparaba al crímen de lesa majestad, el más grave que podía caer bajo el implacable rigor de la ley romana. Igual que en Cartago debió de suceder en otros puntos de Africa: desafiando el edicto imperial, el culto se continuó celebrdose bajo la presidencia y dirección de los obispos. Un grupo numeroso de ellos fue presentado ante el tribunal proconsular de Cartago. Todos—obispos, sacerdotes, diaconos y fieles—fueron condenados a los trabajos forzados de las minas. Era una de las formas de la pena de muerte: próxima morti poena, metalli coercido, dice un comentador al Digesto (XLVIII, 19, 28).
San Cipriano, desde su destierro de Curubis, como antes en su voluntario retiro durante la persecución de Decio, se puso inmediatamente en comunicación con los mártires (el titulo se les debía ya en vida por la gravedad de la pena), y les escribe una maravillosa carta, una de las últimas que pudo ya redactar, su último canto a la gloria del martirio, cuya corona iba él también muy pronto a ceñir. La vida, preludio de la muerte, que llevaban los desgraciados, cristianos o no, condenados a los trabajos forzados de las minas, era verdaderamente espantable. Justamente esta carta de San Cipriano y las respuestas de tres grupos de condenados cristianos, nos dan pormenores auténticos sobre sus espantosos sufrimientos y trato inhumano. A distancia de siglos, puestos en contacto con estos venerables textos, sentimos que se nos encogen y estremecen las carnes y nos duele el alma, unidos al dolor de aquellos hermanos nuestros, hermanos en la fe unos y en la humanidad todos. Cierto que en torno a las minas, como en torno a los campamentos, surgían ciudades improvisadas que ofrecían a los trabajadores algunos de los goces y comodidades de la civilización; pero sólo disfrutaban de ellas los trabajadores libres y los soldados encargados de la guardia y policía de las minas. A los infelices condenados se los llagelaba, se los marcaba en la frente (Constantino lo prohibirá en 315, para no manchar así la faz humana, hecha a imagen de la celeste belleza), y un herrero les clavaba a los pies anillos de hierro, unidos por una cadenilla, que a veces se enlazaba con otra en la cintura, encorvando al desgraciado para siempre, dejándole, cierto, poder de andar, pero previniendo toda fuga. Como a esclavos, a los que en derecho se los asimilaba, se les raía la mitad de la cabeza, para poderlos reconocer en caso de fuga. En este estado, en oscuros subterráneos cuyas tinieblas se hacían más penosas por el vapor apestado de las antorchas, trabajaban obispos, sacerdotes y laicos de toda condición, edad y sexo (las mujeres, sin embargo, eran condenadas in opus metallicorum, algo así como servicios auxiliares de los mineros), sin apenas alimentación, temblando de frío bajo los harapos que los malcubrían en la atmósfera helada de las galerías, sin lechos para descansar después de la labor, sin mantas, sin baños y hasta sin los auxilios y consuelos espirituales del culto. Y, sin embargo, la ardiente fe cristiana, que en aquellos hombres era substancia de las cosas esperadas, los mantenía serenos en su dolor y tenía fuerza de transfigurar la tétrica realidad terrena con esplendores de gloria celeste.
Los forzados cristianos estaban, sin duda, divididos en tres grupos, y tres respuestas recibe, efectivamente, San Cipriano a su carta, a par que, separadamente y sin aludir unos a otros, le agradecen los socorros que les enviara. La primera contestación (carta LXXVII) es de Nemesiano, Dativo, Félix y Víctor. Éstos se hallaban, a lo que se cree, un poco al este de Bagai, en la región de Kenchela. La segunda (carta LXXVIII) es de Lucio y sus compañeros. La tercera (carta LXXIX, muy breve) lleva los nombres de Félix, Jader y Poliano y de los sacerdotes y demás condenados que trabajaban en la mina de Sigo. En esta carta no se cita al acólito Amando, de donde se concluye que no siguió a sus compañeros hasta Sigo, y que esta mina, que está a algunas leguas de Constantina, estaba más alejada de Cartago que las otras dos. Las respuestas son dignas de la carta, y en conjunto constituyen la mejor acta del martirio de aquellos que ya San Cipriano saludara como "mártires de Dios Padre omnipotente y de Jesucristo, Señor nuestro y Dios Salvador nuestro".

CARTA LXXVI
Cipriano a Nemesiano, Félix, Lucio, otro Félix, Liteo, Poliano, Víctor, Jader, Dativo, sus compañeros de episcopado; igualmente a sus compañeros de sacerdocio, a los diáconos y demás hermanos condenados a las minas, mártires de Dios Padre omnipotente y de Jesucristo, Señor nuestro, y Dios Salvador nuestro, eterna salud.
I. 1. Vuestra gloria indudablemente exigía, beatísimos y amadísimos hermanos, que fuera yo mismo quien viniera a veros y abrazaros, si unos límites, de antemano trazados, de un lugar no me retuvieran también a mí, a causa de la confesión del nombre de Cristo. Sin embargo, de la manera que puedo, me hago presente a vosotros, y si no me es dado llegar hasta vosotros corporalmente y por mi propio paso, voy al menos por el amor y el espíritu, expresándoos por carta mi sentir íntimo, mi júbilo y alegría por esos actos de valor y gloria vuestros, y considerándome partícipe con vosotros, si no por el sufrimiento del cuerpo, sí por la unión de la caridad.
2. ¿Es que podía yo callar, podía reprimir por el silencio mi voz, cuando tantas y tan gloriosas noticias me llegan de quienes me son carísimos, tanta gloria conozco con que os ha honrado la dignación divina? Parte de entre vosotros va ya delante, consumado su martirio, a recibir del Señor la corona de sus merecimientos; parte se halla aún detenida en los calabozos de las cárceles o en las minas y cadenas, dando por la misma dilación de los suplicios mayores documentos para fortalecer y armar a los hermanos, y adquiriendo más amplios títulos de merecimiento por la duración de los tormentos, pues habéis de tener tantas pagas en los premios celestes cuantos días contéis ahora en los castigos.
3. Y no me sorprende, fortisimos y beatísimos hermanos, que todo ello os haya sucedido como correspondía al mérito de vuestro espíritu de piedad y fidelidad, y os haya el Señor levantado, con el honor de la glorificación que os concede, a la más alta cima de la gloria, a vosotros que mantuvisteis siempre en su Iglesia el vigor de una fe firmemente guardada, observando con fortaleza los divinos mandamientos, la inocencia en la sencillez, la concordia en la caridad, la modestia en la humildad, la diligencia en la administración, la vigilancia en ayudar a los necesitados, la misericordia en favorecer a los pobres, la constancia en defender la verdad, el rigor en la severidad de la disciplina.
4. Y para que nada faltara en vosotros para ejemplo de buenas obras, también ahora, por la confesión de vuestra voz y el sufrimiento de vuestro cuerpo, provocáis las almas de los hermanos a los divinos martirios, presentándoos vosotros como capitanes en los hechos valerosos. Y así, siguiendo el rebaño a sus pastores e imitando lo que ve hacer a sus guías, recibirá del Señor la corona por merecimientos semejantes a los de ellos.

II. 1. El hecho de que antes de entrar en la mina se os apaleara cruelmente, y que de este modo iniciarais la confesión de vuestra fe, no es para nosotros cosa execrable. Porque el cuerpo del cristiano no se espanta de los palos, cuando toda su esperanza la tiene puesta en un madero. El siervo de Cristo conoce el misterio de su salvación: redimido por el madero para la vida eterna, por el madero es levantado a la corona.
2. ¿Y qué tiene de maravillar que vosotros, vasos de oro y plata, hayáis sido condenados a las minas, es decir, a la casa del oro y de la plata, si no es que ahora se ha cambiado la naturaleza de las minas, y los lugares que antes acostumbraban dar oro y plata han empezado ahora a recibirlos?
3. Han puesto también trabas a vuestros pies, y los miembros felices que son templos de Dios los han atado con infames cadenas, como si con el cuerpo se pudiera también atar el espíritu o vuestro oro pudiera mancharse al contacto del hierro. Para hombres dedicados a Dios y que dan testimonio de su fe con religioso valor, todo eso son adornos, no cadenas, y no atan los pies de los cristianos para infamarlos, sino que los glorifican para alcanzar la corona. '¡Oh pies dichosamente atados, que no se desatan por el herrero, sino por el Señor! ¡Oh pies dichosamente atados, que por camino de salvación se dirigen al paraíso! ¡Oh pies ahora en el mundo trabados, para estar siempre delante de Dios sueltos! ¡Oh pies que ahora vacilan en su paso, impedidos por trabas y cadenas, pero que van a correr velozmente hacia Cristo por glorioso camino! Que aquí la crueldad, o envidiosa o maligna, os sujete cuanto quiera con sus ataduras y cadenas; pronto, saliendo de esta tierra y de estos trabajos, habéis de llegar al reino de los cielos.
4. No descansa el cuerpo, en las minas, sobre lecho y colchones; pero no le falta el alivio y consuelo de Cristo. Por tierra se tienden los miembros fatigados por el trabajo; pero no es pena estar tendido con Cristo. Sucios están los cuerpos por falta de baños, perdida su forma por la inmundicia del lugar; mas cuanto por fuera se mancha la carne, tanto por dentro se lava el espíritu. El pan es allí muy escaso; mas no de solo pan vive el hombre, sino de palabra de Dios (Lc. IV, 4). Os falta el vestido, con los miembros ateridos de frío; mas el que se reviste de Cristo, en Él tiene abundante vestido y adorno. Vuestra cabeza, raída por mitad, infunde horror; mas como sea Cristo la cabeza del varón, en cualquier estado que se halle, forzoso es sea hermosa la cabeza, que es gloriosa por el nombre del Señor.
5. Toda esta fealdad, detestable y horrible para los gentiles, ¡con qué esplendores de gloria no será compensada! Esta breve pena del mundo, ¡con qué paga de glorioso y eterno honor no se conmutará, cuando, como dice el bienaventurado Apóstol, transformará el Señor el cuerpo de nuestra humildad, configurado al cuerpo de su claridad! (Phil. III, 21).

III. 1. Mas ni siquiera, hermanos amadísimos, puede vuestra piedad o vuestra fe sufrir quebranto alguno por el hecho de que ahí no se dé ahora permiso a los sacerdotes de Dios para ofrecer y celebrar los divinos sacrificios. Vosotros sois más bien los que celebráis, y ofrecéis a Dios un sacrificio precioso a par que glorioso y que os ha de aprovechar sobremanera para alcanzar los premios celestes, pues la Escritura divina habla y dice: Sacrificio es a Dios el espíritu atribulado; un corazón contrito y humillado, Dios no lo desprecia (Ps. 50, 19).
2. Éste es el sacrificio que vosotros ofrecéis a Dios; este sacrificio celebráis sin intermisión día y noche, convertidos en hostias para Dios y presentándoos a vosotros mismos como victimas santas y sin mácula, conforme a lo que el Apóstól nos exhorta por estas palabras: Os ruego, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que hagáis de vuestros cuernos una hostia viva, santa, agradable a Dios, y no os configuréis a este siglo, sino que os transforméis en la renovación de vuestro sentido, para examinar cuál sea la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta (Rom. 12, 1-2).

IV. 1. Esto es, en efecto, lo que señaladamente agrada a Dios; esto es en lo que con mayores merecimientos se adelantan nuestras obras para merecer la benevolencia de Dios; esto es lo solo que los obsequios de nuestra fidelidad y devoción han de dar al Señor por pago de sus grandes y saludables beneficios, como en los salmos lo proclama y atestigua el Espíritu Santo: ¿Qué le daré en pago al Señor por todo lo que Él me da a mí? Tomaré el cáliz de la salvación e invocaré el nombre del Señor. Preciosa en la presencia del Señor la muerte de sus justos (Ps. 115, 12. 13. 15).
2. ¿Quién no va a tomar de buena gana y con prontitud el cáliz de la salvación; quién no apetecerá, lleno de gozo y júbilo, algo en que pueda pagar a su Señor; quién no aceptará, con fortaleza y constancia, una muerte preciosa en la presencia de Dios, sabiendo que va a hacerse agradable a los ojos de Aquel que, contemplándonos desde arriba en la lucha por su nombre, aplaude a los que de buen grado entran en ella, ayuda a los que combaten, corona a los que vencen, remunerando en nosotros, por su bondad y piedad de padre, lo que Él mismo nos dió y honrando lo que Él mismo llevó a acabamiento?

V. 1. Pues que sea gracia suya el que venzamos y, derrotado nuestro enemigo, lleguemos a la cumbre del máximo combate, decláralo y enséñanoslo en su Evangelio el Señor diciendo: Mas cuando os entregaren, no penséis cómo ni qué hayáis de hablar, pues en aquella hora se os dará lo que hayáis de hablar; porque no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre el que habla en vosotros (Mt. X, 19, 20); y otra vez: Poned en vuestros corazones no pensar de antemanoen defenderos. Porque yo os daré boca y sabiduría, a la que no podrán resistir vuestros enemigos.
2. En lo que hay, por cierto, grande motivo de confianza para los creyentes y de gravísima culpa para los que niegan su fe, por no creer al que promete su ayuda a los que le confiesan, ni temer al que amenaza eterno castigo a los que le niegan.

VI. 1. Todo esto, fortísimos y fidelísimos soldados de Cristo, vosotros lo habéis hecho penetrar en las almas de nuestros hermanos, cumpliendo por los hechos lo que antes enseñasteis de palabra, con lo que estáis destinados a ser máximos en el reino de los cielos, comoquiera que tenemos promesa del Señor, que dice: El que hiciere y así enseñare, será llamado máximo en el reino de los cielos (Mt. V, 19).
2. Finalmente, siguiendo vuestro ejemplo, una variada porción del pueblo ha confesado juntamente la fe con vosotros, y juntamente es coronada, unida a vosotros con el vínculo de fortísima caridad, sin que hayan logrado separarla de sus prelados ni la cárcel ni las minas. En ese número no faltan ni aun las vírgenes, que han añadido el fruto de sesenta por uno de su virginidad al de ciento por uno del martirio, y a las que, por tanto, una doblada gloria levantó a la corona celeste. Hasta en los niños, un valor por encima de su edad ha trascendido sus años por la gloria de la confesión de la fe, de suerte que vuestra bienaventurada grey de mártires está adornada por todo sexo y edad.

VII. 1. ¡Qué vigor no sentís vosotros ahora, hermanos amadísimos, en vuestra conciencia vencedora, qué sublimidad de ánimo, qué júbilo íntimo, qué triunfo en vuestro pecho, al hallaros tocando el premio prometido de Dios, estar seguros del día del juicio, andar por la mina con el cuerpo, sí, cautivo, pero con un corazón de reyes; saber que Cristo está presente, gozoso de la paciencia de sus siervos, que por sus huellas y caminos marchan hacia los reinos celestes!
2. Esperando estáis alegres, cada día, que llegue el momento salvador de vuestra partida, y, a punto ya de salir del mundo, corréis apresurados a recibir los galardones de los mártires y habitar los divinos palacios. Después de estas tinieblas vais a ver una luz candidísima y recibir una gloria muy por encima de lo que merecen de suyo todos esos sufrimientos y combates, como lo atestigua el Apóstol por estas palabras: No pueden parangonarse los sufrimientos de este tiempo con la venidera gloria que ha de revelarse en nosotros (Rom. VIII, 18).
3. Puesto que ahora vuestra palabra es más eficaz en vuestras súplicas, y la oración que se hace en las persecuciones alcanza más fácilmente lo que pide, pedid y suplicad con más fervor que la dignación divina consume la confesión de todos nosotros y Dios nos saque también, a nosotros junto con vosotros, enteros y gloriosos de estas tinieblas y lazos del mundo; y asi, los que aquí nos mantuvimos unidos por el lazo de la caridad y la paz contra las insidias de los herejes y las persecuciones de los gentiles, juntos también nos gocemos en los reinos celestes.
Os deseo, hermanos beatísimos y fortísimos, que gocéis de salud en el Señor y que siempre y en todo lugar os acordéis de nosotros.
¡Adiós!

CARTA LXXVII
Nemesiano, Dativo, Félix y Víctor, a su hermano Cipriano en el Señor, eterna salud.

I. 1. En tus cartas, Cipriano amadísimo, nos has hablado siempre con profundo sentido, conforme a las circunstancias. Con su asidua lectura, los malos se corrigen y los hombres de buena fe se fortalecen. Y, en efecto, al revelarnos constantemente en tus tratados los ocultos misterios, a nosotros nos haces creer en la fe y a los hombres del siglo que se acerquen a la creencia.
2. El hecho es que en tantas cosas buenas como en tus libros pusiste, sin darte cuenta te retrataste a ti mismo. Tú eres, en efecto, en la exposición, superior a todos los hombres, más copioso en la palabra, más sabio en el consejo, más sencillo en el saber, más generoso en las obras, en la abstinencia más austero, en el obsequio más humilde y más inocente en el bien obrar. Sabes tú mismo, carísimo, que nuestro más ardiente voto es verte a ti, maestro y amador nuestro, llegar a la corona de la grande confesión.

II. 1. Y es así que como bueno y verdadero maestro ploclamaste en las actas proconsulares qué habíamos nosotros de responder ante el procónsul, siguiéndote a ti como discípulos. Tú, tocando la trompeta, levantaste a los soldados de Dios, armados de celestes armas, para el encuentro y choque de la batalla, y combatiendo tú mismo en primera línea, atravesaste al diablo con la espada del espíritu. Tú, con tus palabras, ordenaste además a uno y otro lado escuadrones de hermanos, a fin de que el enemigo se viera asediado por todas partes y nosotros pisáramos sus cadáveres y nervios cortados.
2. Créenos, carísimo, que tu alma inocente no se queda atrás del fruto de ciento por uno, pues no temió los primeros asaltos del mundo, ni rehusó marchar al destierro, ni vaciló en abandonar la ciudad, ni tuvo horror de morar en un lugar desierto. Y pues a muchos les enseñó a confesar la fe, ella fue la primera en dar testimonio de Cristo. Porque, por el hecho de haber incitado con su ejemplo a sufrir el martirio, no sólo empezó a ser compañera de los mártires que salían de este mundo, sino que se ligó también con celeste amistad a los por venir.

III. 1. Te dan, pues, juntamente con nosotros, los otros condenados las más rendidas gracias delante de Dios, Cipriano amadísimo, porque con tus letras volviste a la vida los pechos fatigados, desataste los grilletes de nuestros pies, pusiste una cabellera a nuestras cabezas por mitad raídas, iluminaste las oscuridades de la cárcel, allanaste los montes de la mina, acercaste a nuestras narices fragantes llores y disipaste el mal olor del humo.
2. Por lo demás, tu socorro y el de nuestro carísimo Quirino, que nos has mandado por el subdiácono Herenniano y los acólitos Lucano, Máximo y Ainancio, para distribuirse entre nosotros, ha contribuido y sigue contribuyendo a aliviar lo que faltaba a las necesidades de nuestro cuerpo.
3. Ayudémonos, pues, mutuamente en nuestras oraciones y roguemos, como tú nos recomendaste, que tengamos en todos nuestros actos, por ayudadores, a Dios y a Cristo y a los ángeles.
Te deseamos, señor hermano, que goces siempre de buena salud y te acuerdes de nosotros. Saluda a todos los que están contigo. Todos los nuestros que están con nosotros, te aman y te saludan y te desean ver.

CARTA LXXVIII

A Cipriano, hermano y colega, Lucio y los hermanos todos que están con él, salud en el Señor.

I. 1. Cuando estábamos llenos de júbilo y alegría en Dios, de que no sólo nos armó para el combate, sino que nos hizo por su dignación salir victoriosos de la batalla, nos llegó tu carta, hermano carísimo, que nos mandaste por el subdiácono Herenniano y los acólitos Lucano, Máximo y Amando. Con su lectura hemos recibido aflojamiento de nuestras cadenas, consuelo en nuestra tribulación, ayuda en nuestra necesidad, y nos hemos sentido excitados y más robustamente animados para cualquier mayor castigo que se nos pueda infligir.
2. Ya antes de nuestro martirio, fuimos por ti provocados a la gloria, pues tú te constituíste guía nuestro para la confesión del nombre de Cristo. Por nuestra parte, siguiendo las huellas de tu confesión, esperamos una gracia pareja a la tuya. Porque el que es el primero en la carrera, es también el primero en el premio, y tú, que llegaste antes, nos has hecho participar de lo que recibiste, con lo que das muestra de la indivisa caridad con que siempre nos amaste. Y así se ha venido a cumplir que quienes tuvimos un solo espíritu para la unión de la paz, alcanzáramos una misma gracia de nuestras súplicas y una misma corona de la confesión de la fe.

II. 1. En ti, empero, hermano carísimo, a la corona de la confesión de la fe se ha añadido la retribución de tus obras, aquella medida rebosante que recibirás del Señor en el dia de la remuneración, tú, a quien hemos visto presente en tu carta, donde nos has puesto de manifiesto aquel pecho tuyo ingenuo y bienaventurado que siempre conocimos. Y bien se ve que las alabanzas que nos has tributado salen de la anchura de ese tu pecho, no en la medida que nosotros merecemos oír, sino cuanto tú eres capaz de decir.
2. Con tus palabras, en efecto, adornaste y confirmaste lo que en nosotros estaba menos preparado para sorportar los mismos sufrimientos que sufrimos, seguros del premio, de la corona del martirio y del reino de Dios, conforme a la profecía que en tu carta, lleno del Espíritu Santo, nos has dirigido. Todo ello se cumplirá, carísimo, si nos tienes tú presente en tus oraciones, cosa que confío haces ya, así como nosotros ciertamente lo hacemos.

III. 1. Recibimos, pues, hermano recordadísimo, el socorro que nos mandaste de parte de QUirino y tuya, sacrificio compuesto de toda obra limpia. A la manera que ofreció Noé a Dios un sacrificio y se deleitó Dios en el olor de suavidad y miró sobre el sacrificio de él, así mira sobre vuestro sacrificio y se complace en daros la paga de esta tan buena obra.
2. Te pido que mandes remitir a Quirino la carta que le hemos escrito. Te deseo, hermano amadísimo y recordadísimo, que gocesiempre de buena salud y le acuerdes de nosotros. Saluda a todos los que están contigo. Adiós.

CARTA LXXIX

A Cipriano, carísimo y amadísimo, Félix, Jader, Poliano, junto con los presbíteros y todos los que con nosotros moran en la mina de Sigo, eterna salud en Dios.

I. 1. Te devolvemos, hermano carísimo, tus saludos por medio del subdiácono Herenniano y nuestros hermanos Lucano y Máximo, a par que te comunicamos hallarnos fuertes y sanos, gracias a la ayuda de tus oraciones. De ellos hemos recibido la cantidad, a manera de ofrenda, que nos has mandado junto con la carta en que te has dignado confortarnos, como a hijos, con palabras del cielo.
2. Por nuestra parte, hemos dado y seguimos dando gracias a Dios Padre omnipotente, por medio de su Cristo, de que así hayamos sido confortados y fortalecidos por tu alocución, y ahora te pedimos por la nobleza de tu alma que te dignes tenernos presentes en tus constantes oraciones, para que el Señor lleve a perfección la confesión de la fe, vuestra y nuestra, que Él se dignó concedernos. Saluda a todos los que moran contigo. Te deseamos, hermano amadísimo, que goces de salud en el Señor. Yo, Félix, escribí. Yo, Jader, firmé. Poliano, leí. Saludo a mi señor Eutiquiano.

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