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martes, 1 de noviembre de 2011

LANZATORPEDOS

Entre los muchos hechos inolvidables que sucedieron en la guerra mundial de 1914, está el bombardeo del "Lusitania".
El comandante del submarino enemigo, que lanzó el torpedo, dejó escrito en el registro de bordo:
"A las 5 horas 10 minutos: torpedo lanzado a 700 metros de distancia y a 3 de la superficie. Lo acometí en pleno centro del puente. Detonación formidable con enormes columnas de humo y destrozos proyectados por encima de las chimeneas. Puente partido en dos partes, llamas altísimas. . . hombres y mujeres se arrojan al mar intentando salvarse a nado... he dado orden de sumergir el submarino a cien metros y huir...

El potente submarino que lanzó el torpedo me hace pensar a menudo en otros "lanzatorpedos" que han sido causa de cosas semejantes y aún peores; lanzatorpedos que arruinan las almas.
Estos lanzatorpedos son las malas amistades.
¡Cuántas almas bellas de jovencitas que, mientras navegan plácida y tranquilamente en el mar de la vida, son sorprendidas por una compañera mala, que se acerca, lanza un torpedo y las arruina!
Jovencitas que, en lugar de estar alertas para no ser bombardeadas por el lanzatorpedos traidor, por miedo, o por respeto humano, se dejan herir.
¡Historias dolorosísimas y muy frecuentes! En efecto, si pudiéramos interrogar a todas las jóvenes que lloran fatales caídas, casi siempre tendríamos la misma confesión que nos revelaría la causa de su tragedia: una mala conversación, un mal ejemplo de una compañera, o de una amiga.
Lo sabemos; tener una amiga verdadera es cosa útil y preciosa. Y esto sobre todo cuando llegadas con la primera juventud a un momento decisivo de la vida, se siente una gran necesidad de amar y entregarse, unida al deseo de hallar comprensión y amor. Pero también, y especialmente en este tiempo es cuando el alma puede caer víctima de un "lanzatorpedos".
Cuando el corazón se siente enteramente cautivado por el afecto de una amiga y se tiene el deseo de tenerla siempre cerca; cuando se prefiere su compañía a la vida de familia, o se descuida por causa de ella el propio deber, entonces se está ya frente a una amistad peligrosa.
El peligro se hace mayor cuando, con la compañera, se busca el aislamiento, cuando hay el deseo de confiarle secretos de la vida intima y de exigir de ella la correspondencia; cuando la amistad se vuelve excesivamente sensible e intervienen los celos, al grado de tener la convicción de que la amiga sea la única que nos comprende y nos ayuda.
Si más tarde, la amistad suscita deseos de rebelión en la familia, si tiende a formar una conciencia poco delicada con respecto a los propios deberes; si con la amiga se tienen conversaciones no sólo íntimas, sino también insulsas y malas con el deseo de que sean siempre ignoradas por las personas que más nos estiman; si lleva a lecturas no buenas, o a diversiones peligrosas... entonces es decididamente mala y hay que cortarla.
Jovencita, ¿quieres que toque a tu alma la infeliz suerte del "Lusitania"? No, ¿verdad? Pues huye de los "lanzatorpedos", huye de las malas amistades.

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