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martes, 29 de noviembre de 2011

SECRETOS DE BELLEZA

Una joven subió a un autobús con un gracioso perrito en los brazos. La joven tendría unos veinte años.
Era una señorita con pantalones entallados, un cigarrillo en los labios extremadamente rojos y con unos lentes negros enormes parecidos a las... anteojeras de los caballos.
En realidad un tipo sin decoro y sin gracia.
Al poco rato subió otra de unos dieciocho años. Llevaba un peinado de aquellos que parecen nidos de pájaros.
El pelo era rubio artificialmente y no armonizaba con el color de su rostro, deformado por una boca semejante a la de ciertas muñecas expuestas en las vitrinas para atraer la atención de los transeúntes. No llevaba medias y el vestido era tan corto que, una vez sentada, le quedó cortísimo, hasta dejar ver las piernas algo más arriba de las rodillas.
Pero la señorita no se preocupó. Abrió la bolsa de mano, se dió unos pocos, pero atinados retoques a su maquillaje y en seguida desplegó descaradamente una revista tapizada de figuras obscenas.
Sentí compasión por ellas y dije para mi interior: "¡Pobres jóvenes, Dios las perdone y las ilumine!"

*

No hay por que hacer muchos comentarios. Estas dos señoritas descritas son el prototipo de muchas otras, muchísimas, que invaden nuestros vehículos de transporte, nuestras ciudades y también nuestros pueblos.
¿Cómo definir jóvenes de esta clase? La primera, esclava de costumbres cinematográficas de otros países; la segunda, esclava de una moda descarada y escandalosa.
Definiciones sin duda apropiadas. Pero se les puede añadir otra que muy bien se aviene a ellas: "almas insulsas".
Sí, almas insulsas, privadas de fe y de criterio, incapaces de aquellos sentimientos delicados y profundos que suscitan los grandes y verdaderos dolores; las grandes y verdaderas alegrías de la vida.
Jóvenes frivolas para las cuales parece que el cuidado del atavío y el arreglo de la persona son las únicas preocupaciones de la vida.
Personas que a la nobleza de la virtud prefieren las vanidades de una moda indecorosa. Almas que atraen los males sobre la humanidad y el desprecio de los hombres.



Para ser bellas y agradables a los quince, dieciocho, veinte años, es necesario sobre todo aparentar lo que en realidad se es, y evitar las ficciones y apariencias engañosas.
Es ficción:
—Usar vestidos, y adoptar poses que no se adapten a la propia condición social: hacerse pasar por la señora ama de casa cuando no se fuere más que la sirvienta;
—estropear la gracia y el encanto juvenil del rostro con ingredientes o productos que alteran la fisonomía; pintarse el rostro o el pelo para aparecer dizque más bonitas;
—usar trajes y adoptar amaneramientos hombrunos;
—hacer ostentación de falsas alhajas. . .
Sin embargo, cuántas, demasiadas veces, lamentablemente se ven tupidas y negras cejas desaparecer bajo la navaja de afeitar, o de rasuradoras, o pinzas sacacejas, para ser sustituidas por una sutil linea de lápiz; bonitas cabelleras negras convertirse, en un instante, en color castaño con su lunar de canas, mientras otras ceden ante los tijeretazos más crueles para quedar como colas de burros trasquilados; vestidos discretamente bajos, acortarse para dejar ver unas piernas no muy derechas, zapatillas con tacones de estaca para aumentar unos milímetros más; uñas postizas que deforman las manos en lugar de darles gracia y elegancia, etc.

*

Pero, preguntarás, ¿no puedo ni siquiera arreglarme según las exigencias de la moda para aparecer mejor?
Te contesto con Javicoli:
"Tu mano sea pura, en tu frente brille el honor; tu velo esté entretejido de modestia y de pudor; tu vestido sea la inocencia; tus perlas, tus alhajas, las lágrimas de caridad; tu diamante, la humildad y tu espejo la conciencia".
He aquí el verdadero atavío capaz de hacerte bella y agradable.
Ciertamente, no hay nada que te impida usar los vestidos de la manera que conviene a tu persona, ni que te prohiba el uso de esos cosméticos que conservan la frescura de tu rostro.
Pero de nada te servirá esto, si te falta la gracia propia de la juventud, porque nada, absolutamente nada, hace resaltar mejor la limpidez de la mirada, la gracia del rostro, la elegancia de la persona y de los modales, como la sencillez y la exquisita amabilidad.
Sencillez y amabilidad: he aquí los verdaderos secretos para adquirir la belleza, para mantener la frescura del cuerpo y para hacerte agradable. Privado de estas cualidades el rostro de la joven, por muy bello que sea, se hace desagradable, mejor dicho adquiere una fealdad que no se puede perdonar en la mujer.



Pero también hay un secreto para la belleza y la frescura no sólo del cuerpo, sino también y especialmente del alma: el tercero, el último y mejor secreto de verdadera belleza.
No lo olvides nunca: la belleza mejor y la única verdadera tiene su fuente en el interior del alma y está constituida por la inocencia y la bondad.
Sé pues inocente y buena, y la belleza interior del alma se reflejará en tu rostro, como la figura en un espejo de cristal. Te hará los ojos y los labios como la corola de una flor que se abre lentamente para dejar exhalar el perfume. Enriquecerás tu ser con aquella armoniosa delicia que gusta, que atrae, que consuela, que purifica, que eleva.

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