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sábado, 5 de noviembre de 2011

Cuidados de los padres con sus hijos, hasta que entren en el uso de la razón.

En la divina historia de la Mística Ciudad de Dios se habla difusamente de la continua guerra que hacen los demonios a la criatura racional, desde que se concibe en el vientre de su madre, basta que se finaliza su causa en el recto tribunal de Dios nuestro Señor.
Así se verifica, que la vida del hombre es milicia sobre la tierra, como dice el santo Job; porque desde la concepción, manchada con el pecado original (de donde se origina el fomes peccati, y contradicción que siempre tenemos para el bien), entramos en batalla, o en aparato para ella; y a mas de esta guerra tenemos la del demonio, que siempre se desvela para nuestra perdición.
Desde la generación carnal de la criatura hasta animacion, observa el enemigo la intención de sus padres; y si están en pecado, ó en gracia, y si se excedieron ó no en el uso de la generación. Observa también el demonio la complexión de humores con que la criatura es concebida y formada; y de todos estos principios, con las experiencias largas que tiene, rastrea las inclinaciones que tendrá la criatura engendrada, y desde entonces suele echar grandes pronósticos para en adelante.
Desde la primera generación del cuerpo humano, hasta que se infunde el alma racional, tienta el demonio a las madres ofreciéndolas muchos peligros para que aborten aquellos dias ántes de infundirse el alma. Consideren las madres el grande cuidado que deben tener para que Satanas no salga con la suya; para esto será conveniente tengan especial devocion al arcángel san Rafael, que ahuyenta los demonios, como ya dejámos dicho en otro lugar (Tob., XII, 3).
Para este mismo fin de que el arcángel los defienda del demonio Asmodeo, importará mucho que los bien casados usen del santo matrimonio con temor de Dios, y veneración del sacramento que recibieron, y no se junten como bestias que no tienen entendimiento. Esta razón fundamental es la que dió el santo Tobías a su esposa, para que Dios los librase de aquel espíritu infernal y torpe, que ya la habia muerto siete maridos a la virtuosa señora en la primera noche que dormía con ellos (Tob., 111, 8).
En conociendo los dragones infernales, que Dios cria e infunde el alma racional en el cuerpo concebido, es grande la rabiosa indignación con que comienzan a trabajar, para que no salga a luz la criatura, ni llegue a recibir el santo bautismo. Para esto inducen a las madres con sugestiones y tentaciones, para que hagan muchos desórdenes y excesos, con que muevan la criatura ántes de tiempo, ó muera en el vientre ántes de bautizarse, para que vaya al limbo, adonde no hade ver á Dios. Considerad, señoras, el cristiano desvelo con que debéis vivir en el tiempo de vuestro preñado, a vista de que el demonio, como rabioso león, os va rodeando para perder esa pobre alma que lleváis en vuestro vientre (I Pet., V, 7).
Si los padres son virtuosos, y sirven a Dios con humilde corazon, el Señor tomará a su cuenta por ellos el confundir la malignidad del dragón infernal; pero si son muy viciosos, desobligan al Altísimo para esta soberana protección; y muchas veces son castigados con malos sucesos en los partos de las criaturas, viciados por desórdenes y pecados de sus ingratos padres.
En la divina historia de la Mística Ciudad de Dios, ya citada, se refieren las grandes altercaciones que tienen los ángeles con los demonios para defender a las criaturas que reciben debajo de su protección. Los demonios alegan la jurisdicción que tienen por estar concebida la criatura en pecado. El ángel la defiende, alegando que el pecado original no ha sido particular voluntad de aquella criatura; y que no obstante el pecado original, la ha criado Dios para que le conozca, le alabe y le sirva, y para que en virtud de su pasión santísima pueda merecer la gloria.
Alegan también los demonios contra las criaturas concebidas, que sus padres en su generación no tuvieron la intención recta, ni el fin santo que debían tener. Este derecho es el mas fuerte que alega el enemigo contra las criaturas concebidas en el vientre de su madre, para que no lleguen a luz, ni alcancen el sagrado bautismo; porque sin duda los pecados de sus padres les desmerecen mucho la protección divina; pero los ángeles las defienden, y alegan que sus padres han recibido el sacramento del matrimonio y las bendiciones de la Iglesia, de que ya hablámos. Y si los padres tienen algunas virtudes de limosneros piadosos, y otras devociones ó buenas obras, las alegan los ángeles en favor de dichas criaturas.
En los que no son hijos legítimos es mayor la contienda de los ángeles y los demonios, porque tiene mas jurisdicción el enemigo en la generación en que fue tan ofendido Dios nuestro Señor. Los ángeles alegan, si los padres no tienen méritos propios u los merecimientos que hallan en sus abuelos ó hermanos; y también alegan, que la criatura concebida no tiene culpa, ni ha sido causa del pecado de sus padres, y así la defienden.
Algunas veces manifiesta Dios a los ángeles, que las criaturas concebidas son escogidas para alguna obra grande de la Iglesia de Dios, y entonces la defensa de los espíritus celestiales es muy vigilante y poderosa; mas también los demonios acrecientan su furor y persecución, por lo que conjeturan del mismo cuidado de los ángeles.
Todas estas altercaciones y combates de los ángeles con los demonios son espirituales, y también lo son las armas con que unos y otros pelean. Las mas ofensivas contra los espíritus malignos son las verdades divinas de los misterios de la santísima Trinidad, y de Cristo nuestro Salvador, y de la santidad y pureza de María santísima. De todos estos grandes sacramentos les dan los ángeles nuevas especies a los demonios; y entonces sucede, como dice Santiago, que los demonios creen y tiemblan. Los ángeles repiten muchas veces estas batallas, y dicen: ¿Quién como Dios? ¿quién como Cristo Jesús, Dios y hombre verdadero, que murió por el linaje humano? ¿quién como María santísima, nuestra Reina, que fue exenta de todo pecado, dió carne humana al Verbo Eterno, y permaneció siempre Virgen?
En naciendo las criaturas se adelanta mas el odio mortal de los demonios para embarazar que no reciban el agua del santo bautismo; y la inocencia de las mismas criaturas recien nacidas clama al Señor lo que dijo Ezequías: Responde, Señor, por mí, que padezco fuerza. Los ángeles claman fervorosos en nombre de las criaturas inocentes, que no pueden valerse a sí mismas, ni el desvelo de quien las asiste puede prevenir tantos peligros, como tiene aquella primera entrada en esta vida mortal.
Muchas veces suplen los santos ángeles las inadvertencias de los que cuidan de los niños, y los defienden cuando están durmiendo, y cuando están solos en otras ocasiones, donde perecerían muchos, si no fueran defendidos de sus ángeles, a los cuales manda el Señor, que guarden a sus criaturas humanas, como lo dice por uno de sús santos profetas (Psalm. XC, 11).
Los mismos afortunados, que reciben el sagrado bautismo, y el sacramento de la confirmación, tienen en estos santos sacramentos poderosa defensa contra el infierno, por el carácter sobrenatural con que son señalados por hijos de la Iglesia; por la justificación con que son reengendrados y señalados por hijos de Dios, y herederos de su gloria; por las virtudes, fe, esperanza y caridad, y otras con que son adornados y fortalecidos para bien obrar; y por la participación y comunicación que ya lienen con todos los santos de la Iglesia de Dios, según dejámos explicado en el artículo de fe católica, que habla de la comunion de los santos.
Con estas noticias admirables, que se nos han dado a todos los fieles en la divina historia citada, convendrá a todos los padres que tienen hijos, y desean tenerlos, que entren en cristiano desensaño, para no usar del santo matrimonio como ciegos infelices, sino como racionales ilustrados, que temen a Dios, y son hijos del pueblo santo y escogido del Señor. Esta fue la razón justificada del virtuoso Tobías, para librarse del torpe demonio Asmodeo (Tob. II, 8; et I, 5).
Cualquiera diligencia que se haga para que no se siga la humana generación con el uso del santo matrimonio, es de su misma naturaleza pecado gravísimo; y aunque la cópula natural entre los que no tienen estado de matrimonio es pecado mortal, y está prohibida, será nuevo pecado mortal distinto el hacer maliciosa diligencia para que de la misma cópula no se siga la generación humana: esta es sana doctrina constantísima (Inoc, XI, propos. damn. 49).
Sobre esta misma materia debe causar grande horror el formidable castigo de aquel hombre infeliz que hacia una torpeza execrable para que su propia mujer no concibiese, y Dios nuestro Señor le castigó repentinamente, quitándole la vida por su grande temeridad, como se refiere en la sagrada Escritura (Gen., XXXVIII, 9).
Aun ántes de estar animado el feto, esto es, ántes de infundirse el alma racional en el cuerpo de la criatura, es pecado gravísimo el procurar el aborto, y hacer remedios para que no se continúe el preñado por ningún motivo; porque así está declarado en las proposiciones condenadas del santo pontífice Inocencio XI (Propos. damn. 34).
Este pecado horroroso de procurar el aborto de las criaturas, si se sigue el efecto, tiene la notable circunstancia de incurrir en excomunión mayor ipso facto, y en ella están comprendidos todos lo que concurren al aborto, y los que le aconsejan, según se advierte comunmente en todas las sumas morales (Ap. Busemb., tract. iv, dub. 4).
Aquellas mujeres temerarias, que con manifiesto y conocido peligro del aborto, hacen algunos movimientos violentos, y excesos notables, pecan mortalmente, por el grande peligro en que voluntariamente se ponen de ser homicidas de sus hijos, y privarlos eternamente de la gloria, si no llegan a recibir el agua del santo bautismo (Mart. Part., part. 2, p. 37).
Sobre este gravísimo punto hay espantosos ejemplares en las eclesiásticas historias; y ojalá no sucediesen otros de nuevo; pero el sabio Salomon dijo, que lo que sucede, es lo que sucederá: Quid est quod fecit? Ipsum quod futurum est (Eccl., I, 9).
El Excmo. señor obispo de Lérida D. Fr. Juan Alonso de Valeria, embajador que fue del Señor emperador Leopoldo, referia, que en la corte de Viena se descubrió una doncella, hija de padres muy honrados, que por fragilidad humana había concebido; y por no padecer afrenta, sobre un pecado hizo otro mayor, que fue ahogar la criatura apenas nació de su vientre. La criatura infeliz dió la primera voz llorando, como de todos los hijos de Adán lo dice Salomon. Tal fue aquel gemido para su desventurada madre, que siempre le estaba oyendo de noche y de dia, y no la dejó sosegar hasta que ella misma se denunció; y se tomó por testimonio jurado todo su dicho, que se hizo creíble, porque la pobre mujer se secaba con aquel continuo lamentable tormento.
El aborto voluntario del feto animado con muerte de la criatura, es homicidio formal, y pecado gravísimo, como dice Tertuliano: Homicida festinatio est prohibere nasci. Y agrava sobre manera esta maldad la circunstancia gravísima de quitarla a un alma la vista de Dios para siempre. ¡Ah madres homicidas malditas!
Siempre es pecado mortal gravísimo el aborto voluntario, ahora la criatura esté animada, ahora no lo esté; sin que valga la excusa de la honra, ni de la vida de la madre; porque ya están cerrados todos estos caminos de tirana iniquidad con el decreto justificado del sumo pontífice Inocencio XI, que arriba citámos.
Si la criatura está animada cuando se hizo la diligencia para el aborto, y se siguió el efecto, incurren en excomunión mayor todos los que dieron la bebida, el medicamento, ó el consejo, y todos los que han cooperado a tan grave y enorme delito, contra el cual están agravando penas todos los tribunales del cielo y de la tierra. La Iglesia pone pena de excomunión mayor, y pena de irregularidad. El tribunal civil pone pena de muerte violenta y afrentosa; y el tribunal divino pone pena de muerte eterna y de infierno. (Apud Vill. in sum. tract. da hom.)
El concilio Iliberitano dispuso, que no solo en toda su vida, pero ni aun a la hora de la muerte se la diese la sagrada comunion a la mujer tirana y cruel, a quien se la probase este gravísimo delito del aborto voluntario.
Otro concilio decretó, que a semejante mujer no se la permitiese entrar en la iglesia en toda su vida. Y cuando el concilio Ancirano quiso moderar esas penas, determinó, que por diez años continuos hiciese penitencia la tal mujer homicida, ántes que fuese admitida a la iglesia.
También pecarán gravísimamente los maridos temerarios, que estando en cinta sus mujeres las tratan con tal barbaridad, que las ocasionan los abortos ó malos partos. Así lo hizo aquel heresiarca, enemigo de Dios, que de un puntapié hizo abortar a su mujer, y quitó la vida a su mismo hijo, como lo escribe san Cipriano.
Peca mortalmente el marido que ofende a su mujer con desprecios, que ella gravemente siente, y con palabras muy injuriosas, y mas con golpes notables por causas leves y ridiculas. Este no es marido, sino bestia, dice san Juan Crisóstomo. (Homil. 16, in 1 Cor.) El dominio del marido sobre su esposa no es para tiranías ni acciones indignas, sino para la corrección caritativa y algún moderado castigo, y este no en la ocasion referida de peligro de aborto.
Llore la mujer, que por su mucha fragilidad y flaqueza ofendió a su Dios y Señor, y quedó en cinta, y no piense en la temeridad horrorosa del aborto, con que pierda la vida y el alma de su criatura; sino tema a su Dios Omnipotente, que le hará pagar hasta el último cuadrante, vida por vida, y alma por alma, como lo tiene amenazado en su divina Escritura (Exod., XI, 13).
El remedio, si le ha de tener, le ha de venir de Dios del cielo, y no le buscará bien con nuevos pecados, sino con la verdadera penitencia y humilde confesion sacramental de sus culpas. Confiésese bien, y fie del Señor, infinitamente misericordioso, que no solo la perdonará sus delitos feos y abominables, sino que también guardará su reputación humana. Estas maravillas atribuye al santo sacramento de la confesion la venerable madre María de Jesús de Agreda, como ya dejámos.
Y en todo caso, por la vergüenza de cuatro dias no ha de querer la infeliz madre que lo pague el hijo de sus entrañas con un daño eterno de no ver jamas la cara de su Dios, ni gozar de su gloria. ¿Qué culpa la tiene la pobre criatura a su desdichada madre, para que la quite la vida, y la haga
pasar del vientre al túmulo, como decía el santo Job? (Job, X, 19.) Y ya, si solo la quitase la vida natural que la ha dado despues de Dios, seria menos mal; pero quitarle la maldita mujer a su mismo hijo el derecho que por el sagrado bautismo tendría a la gloria eterna de los santos, esta es la maldad horrenda que no tiene ponderación humana.
¿Qué sabe la mujer ignorante para qué fines altísimos puede el Señor tener destinada la criatura que lleva en su vientre? Lo que la Iglesia de Dios nos dice en las lecciones de la fiesta de santa Brígida es, que aun iba en el vientre de su madre, y por la hija desconocida, que el Señor tenia por santa, libró su divina Majestad a su madre de un fatal naufragio. Apareciósela un ángel del cielo, y la dijo a la dichosa madre: Sabe que Dios te ha guardado la vida por el tesoro que llevasen tu vientre. (Die oct. 8, in die S. Birg.)
Con esto deben también quedar confundidas aquellas mujeres insipientes, que se desconsuelan de muerte si tienen muchos hijos ó muchas hijas; y aun pasan a diligencias indignas y pecaminosas, por no concebir ni aumentar el número de sus hijos. Esta es falta grosera de gente necia y de poca fe, que no consideran ni piensan bien de la divina Providencia, a quien pertenece dar de comer a toda criatura; y así lo hace el Altísimo, abriendo su mano poderosa, y dándoles de comer a todos los vivientes sensitivos en su tiempo oportuno, como lo dice David en sus salmos. (Psalm., CV, 16 ; et CXLIV, 15).
Aun tienen otro peligro las madres de ser homicidas de sus propios hijos, y es acostando a las criaturas tan cerca de sí en la cama, que sucede muchas veces el ahogarlas, sin saber lo que hacen estando dormidas. Atendido y bien considerado este gran peligro, resuelven comunmente los teólogos moralistas, que pecan mortalmente las madres y las amas, que ocurriéndoles el peligro de lo que las puede suceder, no se aseguran bien para que no las suceda semejante desgracia. En los sagrados cánones se halla tan precautelado este mal suceso, que las imponen graves penitencias a las madres inconsideradas que tienen tan culpable descuido.
Otra digna prevención dice san Juan Crisóstomo a los padres, y es, que atiendan mucho a la primera leche que dan a sus criaturas, porque si es de mujer de malas costambres y viciosas condiciones, como es el primer alimento, suele comunicar los efectos semejantes a la primera nodriza. El santo niño Moisés (cuando en una cestilla bien betunada le echaron en el caudaloso rio Nilo, y le cogió la hija del rey Faraón) no quiso jamas tomar el pecho de ninguna mujer gitana; por lo cual le hicieron buscar una mujer hebrea, y de ella tomó sin repugnancia la leche, como se dice en la divina Escritura (Exod., II, 6).
También pertenece al discreto cuidado de las madres, y de las almas respectivamente, guardar a las criaturas de alguna muerte fatal; que ántes de recibir el sagrado bautismo seria trabajo lamentable del cuerpo y alma, y el demonio anda muy solicito, como dejamos dicho.
Otro cuidado conveniente, aunque de ménos importancia que los referidos, han de tener las madres y las amas diligentes; y es, cuando ponen a dormir a las criaturas, disponerlas de modo, que cuando se despierten y abran los ojos, vean en derechura la luz, porque es acción natural mirar por donde entra el resplandor; y si no las viene a las criaturas en derechura, tuercen la vista, y las queda el vicio de mirar atravesado, y se hacen vizcas por culpa de quien no previno este cuidado.
Cuando las dejan libres los bracitos a las criaturas, tengan cuidado no habitúen para las acciones mas la mano siniestra que la diestra, porque no las quede el vicio, que comunmente llaman de zurdos. El ser ambidestros se cuenta por excelencia del insigne Aod en la sagrada Escritura (Jud., III, 5); pero el usar de la siniestra mano mejor que de la derecha, es natural imperfección viciosa, que no parece bien. Esta es advertencia por anticipación.
R.P. Fray Antonio Arbiol
LA FAMILIA REGULADA

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