lunes, 10 de mayo de 2010

BATALLON DE SAN PATRICIO

Un recuerdo, y gratísimo merecen en las páginas de la Historia Mejicana, los valientes soldados irlandeses que formaron el Batallón San Patricio, combatiendo por una causa que su buen sentido católico les decía ser la causa de la Religión.
Murieron los más luchando como leones en el campo de batalla; otros 59 cayeron prisioneros en las acciones del 20 de agosto en el valle de Méjico. "La corte marcial, reunida en Tacubaya el 8 de septiembre juzgo a los 29 primeros, condenándolos a ser ahorcados. Por circunstancias atenuantes, el general en jefe conmutó a 9 de ellos la pena de muerte en la de "cincuenta azotes con un látigo de cuero, bien aplicado sobre las espaldas desnudas de cada uno, y marca de la letra D con hierro candente en el rostro: los otros fueron ahorcados en San Ángel el 10 de septiembre. La misma corte marcial condenó a la pena de horca a los 30 prisioneros restantes, ejecutados en Mixcoac el 13 de septiembre. Hubo gran empeño de parte de los individuos del Gobierno méxicano, de algunos extranjeros respetables, del Arzobispo y de diversos eclesiásticos, y hasta de las señoras de San Ángel y Tacubaya, en salvar a estos desgraciados".
Hablando de los martirizados en San Ángel, nos dejó don Guillermo Prieto la siguiente vívida impresión: "Lo que ha dejado en mí profundísima impresión, fue el suplicio de los prisioneros irlandeses de San Patricio. Como sabes, esos infelices pertenecían al ejército americano, y fueron en mucha parte seducidos por la influencia religiosa, porque todos eran católicos, y por los escritos elocuentísimos del Martínez de Castro Luis, dirigido por los Señores Don Fernando Ramírez y Baranda.
"Los de San Patricio se habían creado vivísimas simpatías por su conducta irreprochable y por el valor y entusiasmo con que defendían nuestra causa.
A la noticia de la ejecución de los irlandeses, cundió la alarma, se movieron todo género de resortes, se aprontó dinero y se pusieron en juego todo género de influencias.
Por último las señoras más distinguidas y respetables, hicieron una exposición sentidísima a Scott, pidiendo la vida de sus prisioneros.
Nadie se arriesgaba a llevar la solicitud al general en jefe americano, por la manera cruel con que había tratado a los portadores de semejantes pretensiones, pero un fraile ofreció llevar el escrito y abogar hasta el último trance por aquellas víctimas, fuesen los peligros que fuesen.
"Ni ruegos, ni lágrimas, ni respetos humanos fueron capaces de ablandar aquel corazón de hiena, y se dispuso fuese llevada la orden terrible de muerte a puro e ineludible efecto.
Detrás de la plaza de San Jacinto, a la espalda de las casas que van al oriente, se pusieron de trecho en trecho y se macizaron gruesos vigones con trabas gruesas, tendidas horizontalmente en la parte superior, colgando otras reatas verticales de espacio en espacio.
Los prisioneros fueron puestos en carros distribuidos según los claros de las vigas; a cierta distancia, entre gritos y chasquidos de látigos, ataron con soga corrediza el extremo de los lazos colgantes al cuello de los prisioneros... y en medio de gritos hicieron correr a los caballos que tiraban de los carros, quedando balanceándose en los aires entre horribles convulsiones y muestras de dolor aquellos defensores de nuestra Patria....
Por supuesto que la agonía de aquellos mártires duró mucho tiempo... Los cuerpos de las víctimas fueron sepultados en el florido pueblecito de Tlaquepaque, situado entre Mixcoac y San Ángel".
video

Cuando las tropas americanas salían por fin de nuestro suelo, el honrado senador americano Eduardo L. Keyes estampaba en las actas, "haberse con esa guerra violado las leyes fundamentales que nos vienen del cielo; la gran ley del Derecho, escrita por el mismo dedo de Dios en el corazón de los hombres, y añadía: el mensaje presidencial no ha dicho más que la verdad al declarar que una guerra ofensiva innecesaria, es el más enorme de los crímenes que puede el hombre cometer contra la sociedad".

Padre Mariano Cuevas S.J.
Historia de la Iglesia en México, Tomo V
Primera edición 1928

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