viernes, 14 de mayo de 2010

Los vicios y los pecados destruyen la familia


Los vicios y los pecados destruyen la prosperidad de los mortales, y desde el principio del mundo se comenzó a experimentar, pues por el pecado de nuestros primeros padres se perdieron, y nos perdieron a todos sus descendientes, y por aquella primera culpa quedó maldita toda la tierra, y desde entonces produce penetrantes espinas para nuestra mortificación y justo castigo.
Sobre este castigo comun vienen otros particulares a los ingratos pecadores; porque como ellos a la culpa original añaden otras personales, también el Señor agraba las penas a proporción de sus torpes ingratitudes, aunque siempre con infinita misericordia; porque no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta, y viva eternamente.
La virtud hace felices y prósperas las casas, y el vicio las destruye. Aun en lo material, la pared que hace vicio amenaza ruina, si con el tiempo no se remedia; y la que se conserva con perfecta rectitud permanece constante.
Aun los bárbaros han conocido esta verdad, que la destrucción de la buena fortuna de los hombres consiste en que no sean ingratos y pecadores contra su Dios y Señor. Así se lo dijo expresamente al profeta Jeremías el principe de las milicias del rey de Babilonia: "Tu Dios os ha enviado este grave castigo, porque habéis pecado contra él, y no habéis querido oír su misericordiosa voz, para enmendar vuestros ingratos vicios" (Jerem. XL, 3)
El mismo santo profeta Jeremías lo confesó llorando en sus trenos, y dijo: "Peccatum peccavit Jerusalem, propterea instabilis facta est". Y por sus gravísimos pecados pasó aquella nobilísima ciudad del mundo a su mayor ignominia.
Esto sucede prácticamente a muchas casas y familias. Dígalo la casa desgraciada del ingrato Saul. Mientras en ella se sirvió fielmente al altísmo Dios, todo fue prosperidades y buenas fortunas; pero desde que se dejó llevar de los vicios, no vio sino calamidades y miserias, y se arruinó su casa con horrendas fatalidades. (Reg. XXIII, 12 y sig.).
Al rey David por su virtud le levantó Dios del polvo de la tierra, le llenó de honras y riquezas; pero luego que se hizo pecador, vinieron las desventuras; permitiendo el Señor, que un hijo suyo le persiguiese, y le echare de su casa, hasta que con ejemplar penitencia Dios se dio por satisfecho, y le retituyó a sus honores y conveniencias antiguas.
En la casa infeliz donde reinan los vicios, y o la virtud y el santo temor de Dios, todo se arruina. Dios tiene paciencia algún tiempo; mas si la piedad no aprovecha entra el justo rigor.
El mismo Dios, cuando intimó a su pueblo su Santa Ley, les dijo, que si no guardaban sus mandamientos, y no temian a su Dios y Señor, y se dejaban llevar de sus pasiones y vicios, los llenaria de plagas y de enfermedades pésimas, y de aflicciones contínuas.
Esto conocieron, aunque tarde, los miseros cautivos israelitas, cuando decían: nosotros nos precipitámos cada uno en su sentir maligno, cometiendo muchas maldades delante de los ojos de nuestro Dios, no atendimos a la voces de los profetas y predicadores que nos desengañaban con su santo celo; y por eso nos han llegado tantos males juntos y estamos sujetos al imperio de un tirano. Así lo escribe el profeta Baruch.
Llora la tierra de lástima, porque sus habitadores no lloran sus culpas. La yerba del campo se seca por la sequedad y dureza obstinada de los corazones de sus indignos dueños. Todo lo causa la malicia de los hombres ingratos con su Dios y Señor, que los avisa, y no se enmiendan.
Considerad bien, hombres mortales, estas católicas doctrinas, para ser felices en vuestras casas, ajustando vuestras vidas a la ley de Dios, el cual no tiene pensamientos de aflicciónes y castigos, sí de paz verdadera con vosotros. Su divina Majestad ofrece por sus profetas oír, atender y consolar a todos los que oyeren su misericordiosa voz, y enmedaren sus operaciones erradas, conpropósito firme de no volver a ellas. Esta es la vida, y lo contrario es la muerte.
Las maldiciones atroces que Dios tine fulmindas contra los que desprecian y no guaradan la divina ley, causan horror; pero aun aterroriza más el considerar que es infalible su cumplimiento, porque son palabras de un Dios inmutable, que antes faltara el cielo y la tierra, que se dejen de cumplir. (Mat. XXV, 55).
Moisés dice en el Deuteronomio: "Si no quereis oír la voz de tu Dios y Señor, y guardar todo lo que te tiene mandado, vendrán sobre ti todas estas maldiciones: maldito serás en la ciudad, maldito en el campo. Maldito será tu granero, y todo el fruto de tus culpas, y malditos tus ganados. Maldito serás entrando en tu casa, y maldito saliendo de ella. Dios enviará sobre ti hambre y calamidad hasta que acabe contigo, y te pierda y destruya repentinamente por tus maldades pésimas con que has dejado a tu Dios". (Deut. XXVIII, 15 y sig.).
Y sigue el texto sagrado: "Dios te castigue con pobreza y necesidad, frío y calentura, ardor y fuego, aire corrupto y humor destemplado; de tal manera que padezcas hasta que perezcas. El cielo que tienes sobre ti sea de bronce, y la tierra que pisas sea como de hierro. En lugar de agua te llueva polvo, y del cielo descienda sobre tu cabeza la ceniza, hasta que te deshagas como ella. Entréguete Dios a tus enemigos, los cuales prevalezcan contra ti; y si sales por un camino contra ellos, huyas de ellos asombrado por siete caminos, y vayas fugitivo por todos los reinos de la tierra". Prosigue el sagrado texto: "Dios te castigue con plaga de Egipto, y se corrompa en tu cuerpo la via del estiercol, y abundes de sarna y prurito; de tal modo que no te puedas curar. Dios te castigue con locura, fatuidad, ceguedad y furor, de tal manera, que pierdas el tiento, y al mediodia vayas palpando paredes, como al ciego le sucede, y no aciertes a gobernar tus pasos. En todo tiempo padezcas calumnias, y seas oprimido de la violencia, y no halles quien te libre de ella; edifiques casa, y no habites en ella: plantes viña, y no la vendimies".
Sigue el texto sagrado: "Permita Dios, que tus enemigos se coman tus bienes y tu hacienda delante de tus ojos, y tú no la gustes. Te roben lo que tienes, y no te lo vuelvan. Tus ovejas y ganados pasen a tus enemigos, y no halles quien te ayude... y sobre todo padezcas calumnias y opresión... Siembres mucho y cojas poco y langostas se coman todos tus sembrados..."
Aun prosigue el texto sagrado: Vengan sobre ti todas estas maldiciones hasta que perezcas, porque no quieres oír la palabra de tu Dios y Señor, ni has querido guardar sus santos mandamientos. Servirás a tu enemigo, pues no quieres servir a tu Dios en alegría santa. Dios pondrá sobre tu cerviz un yugo de hierro, pues no quieres llevar el yugo suave de su santa ley...

Dicen los impíos y obstinados pecadores, que todas la referidas maldiciones son amenazas para terror de los hombres, y que ellos han conocido y conocen a muchos de grandes conveniencias y buenas fortunas, que al mismo tiempo vivían envueltos en gravísimos pecados. En estos desalmados se cumple a la letra lo que dice el Espíritu Santo, que el hombre pecador no hará caso de la corrección, porque conforme a su voluntad hallará la comparación (Eccli., XXXII, 12).
Este gravísimo punto tenia muy confuso al profeta Jeremías cuando le pregunto a Dios nuestro Señor, ¿cuál sería la causa de que la vida de algunos pecadores prosperaba, y se hacían felices al parecer en los bienes temporales, y triunfaban y prevalecían contra los justos?
Esta misma dificultad le ocurrió al santo Job cuando propuso en presencia de Dios la cuestión: ¿Por qué viven los impíos, y son ensalzados y enriquecidos de bienes temporales de la tierra?
Y el profeta Habacuc propone con admiración el mismo punto, y dice: ¿Por qué, Señor, pones tus ojos sobre los que obran maldades; y callas, viendo que el impío destruye al justo, y prevalece contra él?
A todo esto se responde cumplidamente con el texto del apóstol San Pablo, que dice, son incomprensibles los juicios de Dios, y altísima su sabiduría infinita (Rom. XI, 33). Su divina Majestad sabe y comprende el motivo justificado, porqué tolera, favorece y opulenta a algunos impíos y perversos en este mundo, y permite prevalezca contra los justos.
El gran San Juan Crisóstomo, considerando profundamente la gloria eterna de inmensas delicias que Dios tiene prevenida para los justos, y la horribilidad de las penas eternas del infierno, que han de padecer los malos, llegó a decir, se admiraba mucho de que a los justos no se les convertiese en amargas y penetrantes espinas toda la tierra que pisan, habiendo de estar después en el cielo por toda la eternidad; y que a los infelices pecadores no se les convirtiese en oro y en delicias cuanto manejan en esta vida mortal, habiéndose de condenar después para siempre al eterno fuego del abismo en compañía de los demonios.
El insigne doctor San Agustín halló dos motivos principales, por los cuales Dios nuestro Señor tolera a los malos en este mundo: el uno es, para que se conviertan; y el otro es para que ejerciten a los justos.
Según esta doctrina todo hombre malo, o viven en este mundo por la divina misericordia para que se convierta a Dios, o vive para dar mucho que merecer a los justos y santos, y después condenarse para toda la eternidad. Si vive por el primer motivo, él padecerá para su bien eterno los trabajos temporales referidos, o algunos de ellos; y será grande la piedad del altísmo Señor, que en esta vida pague sus pecados, y salve su alma, y Dios nuestro Señor hará con él, como padre amoroso, que castiga y corrige a sus hijos, para que no se pierdan.
Pero si los infelices pecadores son de los que por último se han de condenar eternamente, a estos tal vez les permite Dios el gozo momentáneo de sus bienes temporales, o por no dar dos castigos a sus gravísmas culpas, o por no adelantarles sus tormentos y trabajos del infierno, antes de su fatalisimo término. Estos son los desventurados, que confunden el mundo miéntras viven, siendo causa de juicios perversos contra los justos.
Todas aquellas casas y familias donde no se sirve a Dios nuestro Señor, ni en ellas se cuida del amor y temor de Dios, ni del cumplimiento puntual de sus divinos mandamientos, sucederá una de dos; o que en esta vida mortal tendrán grandisimos trabajos, y será grandísima la misericordia divina que los tengan, o serán como casas de condenados infelicísimos, a quienes les estaría bien no haber nacido.
Abran los ojos los padres de familias, y vean cuánto les importa que en sus casas se ame y se tema a Dis nuestro Señor, y se guarde su divina ley; pues en este cuidado consiste, no solo la vida eterna, sí también las conveniencias temporales de esta vida mortal, el ser felices los hijos, el conservarse la casa, y el aumentarse todos los bienes en ella; y de lo contrario se sigue el acabarse y arruinarse todo, como queda probado. Por esto encarga Dios tanto a los padres, que enseñen desde niños a sus hijos esta doctrina del cielo, de la cual depende toda su buena fortuna en este mundo, y en la vida eterna.
Yo conocí a un religioso anciano, bien desengañado, el cual amargamente se quejaba de sus padres, maestros y parientes, porque no le habían castigado en su niñez, cuando le veían travesear y hablar solturas indecentes, hasta que con el castigo aprendiese esta constante verdad: de que la buena fortuna de la criatura consiste radicalmente en amar, temer y servir a su Dios y Señor, y observar sus divinos mandamientos.
Por lo cual suspirando y llorando solía decir: Dios les perdone a mis padres y maestros el descuido que tuvieron conmigo en mis primeros años, cuando debieron haberme castigado y escarmentado, hasta que aprendiese perfectamente esta católica verdad, de que fui creado para conocer a mi Dios, amarle, temerle y servirle en esta vida mortal, para después verle y gozarle para siempre en la vida eterna.
Padres de familia, aprended bien esta obligación estrecha que tenéis de enseñar a todos en vuestras casas esta doctrina fundamental para hacerlas felices y dichosas. Mirad no prevalezcan en ellas los vicios y pecados, que serán toda vuestra ruina.
R.P. Fray Antonio Arbiol
La familia regulada (1866)





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