domingo, 8 de julio de 2012

Asi son los padres.

Don José Sarto acaba de ser nombrado obispo. Entre otros muchos regalos, ha recibido un precioso anillo pastoral, recuerdo del Seminario de Treviso.
Lleno de ilusión, se ha apresurado a enseñárselo a su madre.
—Mire, madre, qué anillo más precioso me han regalado.
La madre ha cogido la joya con mano temblorosa, la ha examinado detenidamente, la ha contemplado, rebosante de satisfacción, y, poniéndola junto a su anillo de boda, ella, la aldeanita, que jamás pudo soñar tener un hijo obispo, le ha dicho, con esa filosofía natural de los humildes:
—Mira, hijo: sin este anillo, no tendrías tú ahora ese otro tan precioso.
El nuevo obispo, futuro Papa Pío X, se inclinó reverente ante su madre aldeana y besó aquel anillo de bodas, a quien él se lo debía todo (
Bazin).
De tejas abajo, todo se lo debes a tus padres, y si no les debes más es porque esto no ha estado a su alcance, que si más hubiesen podido, más te hubiesen dado.
¿Con quién crees que han soñado con más ilusión, sino contigo y con tus hermanos?
¡Qué emociones tan puras han experimentado por ti! Aún no vivías y contigo soñaban. Te veían en su imaginación, te llamaban con el nombre que habías de tener, y se preocupaban por rodearte de bienestar y prepararte un porvenir halagüeño.
¡Cuántas fatigas ha soportado por ti tu padre! Había que sacarte a flote, y encumbrarte en la sociedad. Todo le parecía poco para ti, y con el anhelo de proporcionarte cosas siempre mejores, se lanzaba al trabajo en su despacho, en la oficina, en el taller... Ha habido momentos difíciles y desagradables, en los que le ha rondado la tentación de dejar aquella ocupación origen de amarguras, de abandonar aquel puesto de tantos contratiempos, de ahorrarse sudores y disgustos... Pero ha venido entonces a su mente tu recuerdo. Si él trabajaba menos, tú tendrías que vivir con menos confort, acudir a colegio de inferior categoría, vestir peor; no le sería posible satisfacer aquellos caprichillos tuyos..., y ha contenido su natural afán de tranquilidad y ha continuado soportando contrariedades, amarguras y fatigas.
Tienes una casa confortable, tu habitación es linda y coquetona, duermes en cama mullida, tu comida es sabrosa, vistes con elegancia, disfrutas de una educación esmerada, te encuentras bien relacionada..., ¿por qué? Porque tu papá trabaja, se fatiga y se envejece para que tú puedas disfrutar de bienestar.
Fíjate bien: tu bienestar, tu posición social y económica está amasada con los sudores, contratiempos y esfuerzos de tu padre.
—¿Te das cuenta de todo cuanto le debes?
¿Y a tu madre? ¿A esa mujer bendita que, al darte entre dolores la vida, depositó en ti un pedacito de su propio corazón?
¿Te has permitido dudar, por un momento, de que en el mundo nadie te quiere como tu madre, y de que sólo podrás encontrar otro amor, parejo al de ella, en el corazón de tu padre?
Con el tiempo te saldrá al encuentro, en el camino de la vida, un hombre, que te jurará amor. Acaso ya has tropezado con él y sientes el atractivo de su cariño. Ese hombre te querrá mucho, muchísimo, te parecerá que jamás podrás ser objeto de mayor amor.
No me permito dudar de que tal afecto es noble, sincero y vehemente; lo que sí me permito decirte es que el amor de tu madre es mayor y desinteresado.
Ese hombre, tu futuro marido, te exigirá—y tendrá derecho a ello—que le ames más que a tus padres y que en esa superioridad afectiva le permanezcas fiel hasta la muerte. Tu madre te ama más que a nadie, sabiendo que un día has de amar a otro más que a ella; y cuando llegue el momento oportuno, ella misma te arrancará de sus propios brazos, te abrirá la puerta de casa y te empujará hacia quien, con su amor, debe hacerte feliz, juzgándose dichosa con sólo saber que en ello estriba tu bienestar.
Tratar de decirte lo que es tu madre es pretensión excesiva. Lo comprenderás cuando tú llegues a la maternidad.
Mientras tanto, vuelve tu vista atrás, y encontrarás incontables horas de vela junto a tu cuna; besos y caricias sobre sus rodillas; cuidados y atenciones; confidencias íntimas; aquel adentrarse suave en tu alma, llegando a sus más escondidos repliegues; aquel pensar continuo en ti...
Estabas tú lejos, y ella, acaso, atendiendo a sus deberes sociales; allí, en su cerebro, se dibujaba tu imagen rodeada de interrogantes sin cuento: ¿Qué? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Con quién es? ¿Peligro? ¿Exito? ¿Fracaso?. .
¡Qué cantidad de problemas se amontonan en torno de tu figura! Respecto a cada uno de ellos, ¡cuántas incertidumbres, temores y preocupaciones!
Si se pudiese filmar el pensamiento humano, ¡qué película tan interesante sería la de las preocupaciones de una madre!
No lo dudes, la deuda de gratitud que tienes contraída con tus padres es enorme.
Medítalo; porque en el ambiente de ligereza y superficialidad de la vida moderna hay chicas que pasan sus años de juventud al lado de sus progenitores, sin darse cuenta de lo que éstos son para ellas. Excesivamente derramada su atención por la sociedad, no paran mientes en esta espléndida realidad del amor paterno, cuyas delicadezas resbalan sobre la costra de sus preocupaciones extrafamiliares; aturdidas por los gritos de las emisoras mundanas, no escuchan la voz de la naturaleza, que, en el fondo del alma, les repite el precepto divino: «Honra a tu padre y a tu madre.»
Para los hijos, los padres lo llenan todo. Las amistades fallan, los hermanos riñen por una peseta, pero los padres aman, por encima de la ingratitud y del desengaño.
Fue en las Hermanitas de los Pobres, de Vitoria. Un ancianito conocido me refería su pena. Su hija única, a quien había cedido sus bienes en vida, le había abandonado.
El corazón del viejo sangraba de dolor; la indignación vibraba sus palabras.
Todavía tengo una finca—me decía—; pero le aseguro a usted que, antes de morirme, esa finca...
La frase quedó cortada en sus labios. Yo le interrumpí, adivinándole:
—Esa finca será para su hija.
El viejo levantó hacia mí sus ojos preñados de lágrimas, y me dijo:
—Sí, señor. Al fin y al cabo, es mi hija.
Así son los padres.

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