sábado, 14 de julio de 2012

COMENTARIO AL TEXTO DE COMO LOS JUDIOS CAMBIARON EL PENSAMIENTO CATOLICO (4)

Por R.P. Joaquin Saenz y Arriaga 
 
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Ese mesianismo propio de esa raza escogida, esa elección divina en orden a la venida de Cristo es la fuente de la teocracia única del pueblo de Israel y de las bendiciones y prerrogativas con que Dios indiscutiblemente le favoreció.
En el plan de Dios la humanidad entera fue objeto de la misericordia divina. "Así amó Dios al mundo, dice San Juan, que nos dio a su Unigénito Hijo". No los judíos solamente, la humanidad entera era la causa final del mesianismo divino, de la obra redentora de Dios, que fue ocasión y motivo, por así decirlo, de la misma elección divina del pueblo judío. Israel, en el plan redentor fue el medio, la preparación, la imagen representativa; pero la salvación de Cristo abarca a toda la humanidad, sin distinción de razas y de pueblos, presupuesta la aceptación de la fe en Cristo y nuestra regeneración a la vida sobrenatural. 

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Desgraciadamente los dirigentes y las sectas del pueblo judío, los que le representaban, los que expresaban, por así decirlo, la voluntad colectiva de Israel, solidariamente unido por la elección y los planes divinos, no entendieron el sentido espiritual y universal de las promesas divinas y se forjaron la espectación absurda de un Mesías dominador, de un caudillo poderoso, que subyugase a Israel todos los pueblos de la tierra. Pensaron absurdamente que los judíos y no la humanidad entera, eran el fin que tenía la promesa mesiánica.
Aquí está la clave, el secreto y la única explicación de la historia excepcional, inquieta y perturbadora de ese pueblo. Este es el por qué de sus luchas, de sus intrigas seculares, de sus ambiciones insaciables y de su conspiración permanente contra todos los pueblos. Por elección divina, por privilegio exclusivo, el Judaismo, religión y pueblo, piensa estar destinado a dominar al mundo.

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De aquí se sigue que, para no incurrir en el error, para poder descifrar el enigma judaico, podemos y debemos distinguir dos mesianismos: el Mesianismo Judío, que es un Mesianismo POLITICO, de ambición, de gobierno, de poderío, de dominio universal sobre todos los pueblos; y el Mesianismo Divino, que es la REDENCION, la Salvación de todo el mundo, de todos los pueblos, por el sacrificio de Cristo en en Calvario.
La afirmación del Mesianismo Judío inevitablemente implica la negación del Mesianismo Divino, así como la confesión y reconocimiento del Mesianismo Divino exige absolutamente el repudio vigoroso del Mesianismo Judío. Por eso, el Mesianismo Judío es la antítesis del Mesianismo Divino. Es el anti-Cristo enfrente del Cristo Redentor de todos los hombres. En otras palabras el dilema es el siguiente: Gobierno Mundial Judío o Reinado de Cristo.

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Cuando Jesús se presentó ante su pueblo, in propia venit, et sui Eum non receperut (Joan I, 11), vino a los suyos y los suyos no le recibieron. "Hic est haeres, venite, occidamus eum, et habebimus haereditem eius" (Mat. XXI, 38): "Este es el heredero, venid, démosle muerte, y tendremos así su herencia", dijeron los dirigentes al pueblo de Israel. El Mesianismo Divino combatido, negado, violentamente atacado por el Mesianismo Judío, es decir, por la Sinagoga, por el Sionismo Internacional. Creyeron, en su soberbia, que, dando muerte a Cristo, podrían hacer suyo el gobierno universal del mundo —que ellos pensaban ser un gobierno material— que a Cristo corresponde: "Postula a me, et dabo tibi gentes haereditatem tuam, et posessionem tuam términos terrae" (Ps. II, 8): "Pídeme y te daré todas las gentes por tu herencia y los términos de la tierra por tu posesión".
Dramáticamente chocan y luchan, durante toda la vida temporal del Salvador, el Mesianismo Judío con el Mesianismo Divino; es decir, las ambiciones políticas del pueblo judío contra el Hijo de Dios, hecho hombre para salvar a los hombres pecadores. Aceptar a Jesús como el Mesías prometido, hubiera significado para la soberbia Sinagoga la renuncia de todas sus ambiciones, de su tortuosa política, para reconocer humilde, sincera y prácticamente el misterio de la Cruz, que es el escándalo intolerable para los judíos, como dice San Pablo (I Cor., I, 23).
Durante el proceso que precedió a la muerte del Señor, el fondo de la ira y las acusaciones todas de sus enemigos, los dirigentes del pueblo de Israel, fue, sin duda alguna, la afirmación categórica que Cristo hizo de su propia divinidad y de su mesianidad. Era necesario que muriese Jesús ignominiosamente, antes de que el pueblo creyese en él. Hubo ocasiones, en las que parecía que ante la evidencia de la santidad de la vida y doctrina del Señor, ante sus milagros estupendos, las multitudes se acercaban al reconocimiento y a la aceptación de su Mesías. De la buena fe del pueblo o rotaron aquellas frases: "nunca ha aparecido en Israel un hombre semejante". "¿Por ventura es éste el hijo de David?". Pero, los fariseos y los príncipes de la Sinagoga respondían con tono de desprecio y con ademán de venganza: "Este hombre arroja a los demonios con la autoridad y el poder del príncipe de las tinieblas".
Y el pueblo, seducido y engañado, seguía a sus jefes, que ciertamente no eran los verdaderos pastores del rebaño. La responsabilidad del crimen del deicidio es, sin duda, mayor en los dirigentes de Israel que en el pueblo sencillo; pero esta mayor responsabilidad no excluye la solidaridad colectiva, como ya dijimos, que pesa sobre todo el pueblo. Cuando Jesús preguntó a sus Apóstoles, en Cesarea de Filipo: "¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?" ¿Qué opina el pueblo de Israel acerca de MI? Aunque los Apóstoles manifestaron a Jesús las diversas opiniones que acerca de su persona corrían entre las gentes, no mencionan la Mesianidad del Salvador, su Filiación Divina. Si alguna vez los judíos llegaron a sospechar que Jesús fuese el Mesías, esta idea había sido tenaz y eficazmente combatida y arrancada de la conciencia pública por la intrigante y malévola campaña de sus dirigentes.
Los enemigos de Jesús querían a toda costa legalizar, justificar la condenación del Divino Maestro; querían que apareciese ante el pueblo como un criminal que paga con sus crímenes sus delitos; pero, cuando fallaron los testigos falsos, el sumo sacerdote increpa al Señor y le pregunta: "Yo te conjuro, en nombre de Dios Vivo, que nos digas si Tú eres el Cristo". Y Jesús respondió: "Tú lo has dicho Yo lo soy". Esta era la acusación verdadera contra Jesús, este debía ser el único motivo de la muerte del Redentor: la confesión del mesianismo divino que repudiaba y condenaba la absurda y pérfida noción del mesianismo judío. La Redención Divina que era atacada a muerte por la ambición judaica del dominio político y del gobierno universal del mundo.
Cristo dijo: "Mi reino no es de este mundo". "Dad al César lo que es del César y dad a Dios lo que es de Dios". Este es el mesianismo divino, intolerable para el mesianismo judío, que, hoy como ayer, busca el dominio temporal de este mundo para tener así la hegemonía de todos los pueblos.
Lo que siguió después de la condenación de Jesús por el Sanhedrin de su pueblo es consecuencia; es legalización tortuosa, arrancada a Pilatos, de un crimen inmenso. Por eso claman en el pretorio: "Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos". (Mt. XXVII 25). Y esa sangre divina cayó, cae y seguirá cayendo sobre ese pueblo "de dura cerviz", mientras no reconozca y acepte el mesianismo divino, rechazando el falso mesianismo, que su soberbia indómita y sus ambiciones desmedidas han imaginado.

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Es conveniente insistir aquí en un punto básico, sobre el cual, con sofisma manifiesto se pretende exonerar de toda responsabilidad al pueblo y a la religión judía en la muerte de Cristo. Empezaremos, pues, por precisar conceptos, aunque tengamos que repetir ideas ya expuestas: Una es la responsabilidad personal y otra es la responsabilidad colectiva. La responsabilidad personal solamente existe cuando hay un pecado o un crimen personal; en cambio, la responsabilidad colectiva puede darse y de hecho se da, aun en la justicia humana, cuando las colectividades por sus jefes lesionan gravemente los derechos inalineables de los individuos o de otras colectividades agredidas. Así, por ejemplo, es indudable que no todos los alemanes fueron personalmente responsables de las atrocidades de la guerra de Hitler y, sin embargo, todo el pueblo alemán fue considerado responsable, con esa responsabilidad solidaria, hasta exigirle a pagar estrictamente todos los daños y perjuicios de los que se consideraban agraviados y especialmente de los judíos. La solidaridad nacional impuso a todos y a cada uno de los alemanes la responsabilidad colectiva de los crímenes atribuidos a Hitler y a su gobierno; aunque, como ya dijimos, no todos los alemanes podían tener la responsabilidad personal. Los niños de aquel entonces tuvieron que asumir las agobiantes penas impuestas por esa responsabilidad colectiva sobre todo el pueblo.
Así existe también ante Dios una doble responsabilidad: la responsabilidad personal, que cada uno de nosotros tenemos por los pecados propios o individuales, y la responsabilidad colectiva que recae sobre las colectividades humanas, sobre todo cuando existe de por medio un plan divino que abarca y encierra a esas colectividades. Cuando Dios castigó al mundo, en aquel diluvio universal, es evidente que los niños que entonces vivían, los recién nacidos, no podían haber incurrido, ante Dios, con ninguna responsabilidad personal, ya que por su edad eran incapaces de cometer pecado personal alguno. Y, no obstante, recaía sobre ellos la responsabilidad colectiva, que justifica los justos castigos del Señor. En el lenguaje bíblico, los jefes de raza son identificados con sus respectivas descendencias, que forman con ellos una misma persona moral. Esta solidaridad es más compacta y universal, cuando ha sido establecida por Dios mismo, en orden a la realización de los planes divinos. Así fue la solidaridad que Dios quiso que hubiese entre Adán y todos sus descendientes, en orden a nuestra elevación a la vida divina; y así es también la solidaridad que Dios estableció en el pueblo hebreo, que, como ya dijimos, estaba colectivamente destinado a la preparación del advenimiento de Cristo.
Los mismos hebreos han reconocido siempre y han defendido celosísimamente la solidaridad racial, que existe en ellos por institución misma de Dios. Por ella se consideran el pueblo escogido, el pueblo mesiánico, el pueblo de las predilecciones divinas. Cualquier libro judío nos habla de esta solidaridad sagrada, incluso el Talmud. Pero el gran sofisma está en querer admitir y defender esta solidaridad solamente en las bendiciones y no en las maldiciones y castigos divinos.
Si el mesianismo divino, el plan redentor y la elección divina para preparar los caminos del futuro Mesías, con que Dios favoreció al pueblo de Israel, fue para él fuente de las divinas bendiciones y fundamento de todas sus grandezas; el mesianismo judío que, como hemos visto, es la negación y el ataque a los decretos del Señor, fue, es y será para esc pueblo signo de reprobación y castigo de un Dios traicionado y ofendido. O Cristo con sus bendiciones o el anti-Cristo con sus maldiciones: el dilema es ineludible.
La solidaridad en las bendiciones, que, en el plan divino, alcanzaba a todos los israelitas, descendientes de los Patriarcas, exige lógicamente la solidaridad también en los castigos o maldiciones divinas a los que coletivamente se hizo digno el pueblo hebreo por la incredulidad agresiva de sus dirigentes. Esas divinas bendiciones, esas promesas del amor divino, no fueron absolutas, sino condicionadas. No fue Dios quien falló; fue Israel el que, por sus cabezas, abandonó a Dios. Su infidelidad atrajo sobre él las maldiciones divinas.
Es cierto, como dice San Pablo, (Rom XI 18) que Israel es el olivo y los gentiles son el acebuche, injertado en ese olivo; pero el injerto tiene ahora toda la vitalidad y todos los frutos que el tronco añejo ya no dió. No es la ley que ya fue derogada, sino la gracia de Cristo la que nos salva y santifica.

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Creemos que con lo dicho hemos demostrado la tesis fundamental de nuestro comentario al escrito de Roddy: el problema judío, como lo ha planteado y sostiene la Sinagoga, es un problema mesiánico, es decir, un problema cuya nota esencial es su mesianismo. Es así que el mesianismo judío, según la fe de la Sinagoga, en su misma esencia, no es religioso y espiritual, sino político y material. Luego el problema expuesto en su génesis, por la revista LOOK, es un problema político, de raigambres políticos y de proyecciones políticas. El sionismo buscaba las absoluciones conciliares para realizar sus destinos raciales, su mesianismo judío. Y es importantísimo, es vital para el futuro del mundo, el que se conozca, se estudie y se demuestre este aspecto práctico y político de la Declaración formulada por el Secretariado del Cardenal Bea, que, como se desprende del comentario de la revista LOOK, fue prohijado, impulsado y llevado a feliz término por la actividad asombrosa de las organizaciones del Judaismo Internacional. La misma actividad desplegada por los sionistas y sus colaboradores; la actitud de ataque, de desprecio y de calumnia que han tomado contra los que no pensamos como ellos, son una confirmación manifiesta, una nueva prueba de nuestra tesis.

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Se condena como antisemitismo lo que es legítima defensa; se confunde la noción de la caridad cristiana con la traición a Dios y el conformismo entreguista; se declaran exaltados, locos y rebeldes a los que ven el problema en su cruda realidad; se nos ha hecho creer que las amistades judeo-cristianas —fundadas no en la aceptación de Cristo y de su Iglesia, ni siquiera en el establecimiento de un diálogo sincero que busque la verdad y acerque a los judíos no cristianos o anticristianos a una posible conversión, sino en la misma posición inicial del pueblo que en el pretorio de Pilato pidió la muerte de Jesús— va a establecer en el futuro un triunfal acrecentamiento de la PAZ de Cristo en el REINO de Cristo.
Yo pregunto: ¿Es posible el bienestar de la Iglesia, mientras el mesianismo judío, el anti-Cristo siga triunfalmente ensanchando sus tentáculos demoledores y poderosísimos para eliminar a Cristo y a su Iglesia? ¿Qué garantía tenemos no digo ya de la sinceridad judaica, sino siquiera de una actitud de respeto a las esencias mismas de nuestra religión? Ellos no han reconocido a Cristo, no han aceptado a su Iglesia, no toleran el que los católicos les hablemos de conversión; quieren todo y solamente ofrecen en cambio, como en otro tiempo, las 30 monedas de plata, precio del Santo de los Santos.
Después del Concilio, obtenida en parte la Declaración por la que tanto lucharon; (aunque, bien examinado el texto, no dejamos de ver que la Iglesia mantuvo su posición antigua), la actitud judía ha sido más violenta, más descarada contra la persona Santísiam de Cristo y contra su Iglesia. Recientemente el Dr. Rugh J. Schonfield, un judío que dice que cree en Dios como "un espíritu puro" pero que no tiene religión alguna, ha publicado una obra con el título: "El Engaño de la Pascua" (The Passover Plot). En ese libro el escritor sostiene que Jesús, alucinado con la idea de que El era el Mesías, urdió y planeó, durante toda su vida, la manera de engañar a su pueblo —lo mismo a las autoridades que a sus discípulos— haciendo coincidir engañosamente los acontecimientos de su vida con las profecías mesiánicas. La Semana de Pasión fue la culminación de este embuste. "Era necesario organizar una conspiración, cuya víctima tenía que ser el mismo emboscado y deliberado instigador. Fue una concepción de pesadilla y una empresa cuyo resultado tenía la lógica espantosa de una mente enferma o la de un genio. Y esa autoconspiración tuvo éxito".
"Desde su triunfante entrada en Jerusalén sobre un asno, cuando El se reveló como Mesías, plenamente consciente de que esta su revelación no podría tener otro término que el ser El arrestado y ejecutado, hasta la crucifixión misma, el Dr. Schonfield pretende demostrarnos que todo lo que Jesús hizo fue deliberadamente encaminado a ajustarse a las circunstancias todas preanunciadas por las Escrituras". Sugiere el escritor judío, sastifecho por la Declaración Conciliar que, Jesús en su plan, buscó la manera de ser crucificado el viernes, sabiendo que así sería bajado de la cruz antes del sábado y de esta manera sólo estaría colgado unas cuantas horas, en las que el esperaba sobrevivir. El vinagre que le fue dado para beber, según este blasfemo escritor, contenía una droga, por la cual Jesús quedó inmediatamente inconsciente, como si estuviera muerto. Y porque creyeron que estaba muerto no le rompieron las piernas. El Dr. Schonfield comprueba su afirmación perversa, al decir que las gotas de sangre y agua que brotaron del costado de Cristo son una prueba evidente de que Cristo no había muerto.
Vale la pena publicar aquí el comentario del periódico oficial del Estado de Israel "The Jerusalem Post", sobre la Declaración Conciliar, publicado el domingo 17 de octubre de 1965:

EL VOTO VATICANO
"Ha sido ahora ya hecha la votación final, en el Concilio Vaticano, sobre la controvertida Declaración de la actitud de la Iglesia hacia las religiones no cristianas. Queda tan sólo por darse el paso final de su formal promulgación. Pudiera ser que el Papa hiciese todavía algunos cambios, pero en vista de la abrumadora mayoría de los votos favorables, y del hecho de que el documento ha sufrido ya muy serias modificaciones, no parece probable que tenga importantes innovaciones, antes de su publicación. Sin embargo, juzgando por las experiencias pasadas, queda la posibilidad de algunas alteraciones de menor importancia, que desde luego serán en favor de los conservadores".
"En esa Declaración, por lo que se refiere a los judíos, lo más fascinante ha sido el espectáculo de la Iglesia Católica que voluntariamente se ha sentado en el banco de los acusados. Un estudio de la historia de la Iglesia demuestra evidentemente que el antisemitismo no es hermano del cristianismo, sino que se ha desenvuelto como una reacción a específicas circunstancias históricas. La atribución trágica de la responsabilidad de la crucifixión a todo el pueblo judío, obviamente se opone a los detalles contenidos en los mismos Evangelios, y la acusación del "Deicidio", que empezó a circular después de más de una centuria de los acontecimientos históricos, fue promulgada por razones políticas. Pero, a través del tiempo, se olvidó la motivación política y esta acusación tuvo reconocimiento de dogma religioso. De aquí procede la historia terrible del antisemitismo cristiano y de las persecuciones que han sufrido los judíos y que caracterizan y han hecho infernal la historia de los judíos en tierras cristianas. Fue esa tradición la que en gran parte preparó la mentalidad europea para simpatizar con el antisemitismo nazi, que culminó con el frío asesinato de 6 millones de personas, ultimadamente porque esas personas no eran cristianas.
"Ese acontecimiento fue el que despertó la conciencia de ciertos círculos en la Iglesia, especialmente entre los elementos más liberales, que se encontraban en paises en que los católicos habían tenido que enfrentarse con otras creencias religiosas. Estos elementos, recordando con horror los terribles acontecimientos que habían sido el lógico resultado de la enseñanza tradicional de la Iglesia, aprovecharon la oportunidad del Concilio Vaticano para presentar este problema delante de los Padres congregados de la Iglesia. En otras palabras, ellos estaban pidiendo la reconsideración de algunas de las más venerables o veneradas doctrinas de la Iglesia y se preguntaban a sí mismos si por ventura la Iglesia, durante 18 siglos, no había conducido erróneamente a sus seguidores. Inevitablemente esta postura provocó violenta oposición por parte de los conservadores de la Iglesia, que no estaban preparados para admitir modificaciones en el dogma, ni para aceptar que la Iglesia, por tanto tiempo hubiese estado en el error".
"Muy pronto, un grupo de elementos extraños empezaron a intervenir en un problema que debería haber sido considerado como un problema interno de la Iglesia Católica. Por una parte, ciertas Organizaciones Judías, ansiosas, de alcanzar una Declaración que fuese suficientemente efectiva para combatir el antisemitismo en el medio católico, se hicieron sentir abiertamente. Pero, con una irreverencia mucho mayor, los Estados Arabes entraron en la contienda con una mezcla de amenazas y adulaciones, para oponerse a que la Declaración fuese promulgada; por dos causas: porque ellos pretendían descubrir siniestros propósitos políticos en la Declaración y porque ellos mismos estaban interesados en reforzar el antisemitismo, como parte de su campaña internacional judía".
"El esquema final, desgraciadamente, es mucho más suave que las versiones anteriores del mismo texto. Los judíos tienen que lamentar, en el aspecto dogmático de la promulgación, las múltiples concesiones que se hicieron a los conservadores; pero esto es un asunto exclusivamente católico. Pero pueden protestar los judíos por ciertas modificaciones que se hayan hecho en atención a la presión de los Arabes. Un documento del Concilio Vaticano deberia exclusivamente estar basado en motivos religiosos y mantenerse completamente ajeno a toda consideración temporal". (Nota: ¡El artículo de Roddy demuestra evidentemente la imparcial actitud de la Mafia Judía en este asunto!).
"Pero haciendo a un lado nuestras reservas, el documento debe ser bien recibido como un paso adelante en la historia de las relaciones judeo-cristianas. Aunque es claro que la Iglesia todavía no está madura para recorrer todo el camino, como muchos de los Padres más conscientes lo pedían, por lo menos es obvio que la Iglesia estaba preparada al menos para empezar por el reconocimiento de su errores históricos. La prueba decisiva evidentemente la tendremos en las aplicaciones prácticas del documento. Su espíritu y sus sentimientos han felizmente encontrado un eco amplio". 

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Los árabes católicos, a su vez, nos dan su punto de vista en otro periódico, publicado también en Jerusalén, en la parte de la Ciudad Santa, que está en poder de Jordania:

POR QUE PROTESTAMOS NOSOTROS
"Una vez más: gracias al Neo-Catolicismo del Cardenal Bea, el autor de la Declaración, o más bien el vehículo sionista en el Concilio, por haber ayudado a muchos catódicos conscientes a ver la necesidad de una Reforma. El Neo-Catolicismo del Cardenal Bea exige católicos suficientemente flexibles y revolucionarios para poder ver su antigua fe de veinte siglos desmoronada sin sufrir ningún trauma sentimental. El sentimentalismo es la acusación en boga, usada para acallar a los que se oponen a la Declaración; así como los gentiles acusan de barbarismo a aquellos que carecen de refinamiento".
"Hablando sentimentalmente, es difícil tragarnos la idea de que el Vaticano espera que todos los católicos acepten dócilmente esa famosa Declaración".
"Nosotros comprendemos las presiones que actúan sobre el Vaticano y sus decisiones. Bajo tales presiones, llegadas por vehículos tales como el Cardenal Bea, es difícil que el Vaticano se quede callado. Pero, por otro lado, el Vaticano no puede cambiar los textos de la Biblia para hacer su Declaración. Jesús fue crucificado por los judíos. He ahí el dilema."
"Como suele suceder, algunos clérigos ambiciosos, por ejemplo el Cardenal tienen su argumentación oculta en sus mangas para presentarla en la Santa Sede y proveer así el tertium quid en el dilema: el crimen del Deicidio debe repartirse en toda la humanidad".
"Esta vez el Neo Catolicismo por boca del Cardenal Bea presenta dos argumentos muy impresionantes. El primero consiste en que no todos los judíos (que vivían entonces) estuvieron presentes en Jerusalén, durante la crucifixión de Cristo; y, por lo tanto, no todos pueden ser condenados por el Deicidio, especialmente si tomamos en cuenta que ninguno de esos judíos vive ya ahora. La segunda razón es esta: si Jesús dijo: 'Padre perdónalos, porque no saben lo que hacen', entonces ¿cómo podemos condenarlos?"
"Siguiendo esa manera de argumentación, nosotros también podemos protestar por el Neo-Catolicismo del Cardenal Bea y rechazar esa Declaración; porque, si no todos los católicos estuvimos presentes en el Concilio para votar, tampoco todos los católicos estamos obligados a creer la Declaración Conciliar".
"Muchos católicos encuentran difícil el creer que el único motivo que originó la Declaración de la exoneración, fue la caridad cristiana.. El Vaticano recorrió todo el camino para encontrar a los judíos y reconciliarse con ellos..., recordando el patrimonio común con los judíos y movidos no por razones políticas sino por el amor del Evangelio..." pero el Vaticano no hizo nada para recorrer siquiera medio camino en el encuentro con nuestros hermanos cristianos los protestantes. O ¿es que el pecado de no reconocer el Primado del Papa, es un pecado más grave y que más difícilmente puede perdonarse que el Deicidio"?
"La obligación del Vaticano, según los católicos conscientes, está en buscar la unidad cristiana y la reconciliación de los diferentes puntos de vista que llegaron al gran cisma y a la Reforma Luterana. Es necesario empezar la obra en casa, porque..., 'si la casa está dividida en sí misma, la casa no puede permanecer en pie".
"Probablemente los católicos árabes sean capaces de hacer lo que no hizo la vanidad del Concilio Vaticano. Nosotros, árabes cristianos, de todas las denominaciones, podemos unirnos y reconciliarnos para formar nuestra propia Iglesia nacional e independiente. Nosotros podemos tener una Iglesia, de la que podamos estar orgullosos; una Iglesia que sea capaz del verdadero amor cristiano y de la reconciliación, una Iglesia que respete la verdad de los Santos Evangelios".
"Finalmente,la absolución exige el arrepentimiento. Jesús crucificado perdonó al ladrón que estaba en su cruz con El, porque ese ladrón pidió perdón. Pero aquellos que han crucificado a Palestina no han sentido su culpabilidad, ni han dado una sola señal de arrepentimiento, y sin embargo, ellos fueron absueltos por el Concilio Vaticano".
"Nosotros de nuevo pedimos al Santo Padre, Sucesor de Pedro, en cuyas manos está la última decisión: 'Por favor, no firméis esa Declaración', porque si la Declaración queda firmada, entonces nosotros preguntaremos con verdad y sinceridad: ¿Quién absolverá después al Vaticano?". 

Evidentemente, el autor de este comentario no puede aceptar todos los puntos de esta editorial de la Prensa Arabe; pero, no dejamos de comprender la enorme tragedia que implicaba para el pueblo de Palestina, la Declaración elaborada y patrocinada por el celo de su Eminencia el Cardenal Agustín Bea, S. J.
Por más que se haya procurado encubrir la tendencia política del Judaismo Internacional, al sugerir primero y alcanzar después, con todos los poderosos recursos de que disponía, esta famosa Declaración; por más que el Secretariado del Cardenal Bea haya enviado un agente personal para visitar a todos los Patriarcas y Obispos árabes, un mes antes del principio de la Cuarta Sesión del Concilio, y asegurarles que la Declaración no tendría ningún carácter político y que sería benéfica para la tranquilidad misma y florecimiento de las cristiandades del Oriente y del mundo entero; por más que la Democracia Cristiana de Italia y Alemania haya demostrado estas buenas intenciones, con sus generosos y cuantiosos donativos para remediar las necesidades de esas Iglesias del Medio Oriente, es evidente que para los pueblos Arabes la Declaración, usando el lenguaje más benigno —era peligrosa, muy peligrosa. Los refugiados palestinos, que en su desgracia sufren las consecuencias de la traición del Estado de Israel, eran para los países árabes una prueba viviente de lo que significa la ambición mesiánica del Judaismo Internacional. La Declaración puede ser interpretada y de hecho lo ha sido por el Judaismo como una aceptación de la Iglesia de su actitud política.

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