martes, 31 de julio de 2012

EL SECRETO DE LOS ABEJORROS

Una fábula narra lo siguiente:
Un grupo de abejorros reunidos, como tantos otros conspiradores, bajo las hojas y entre los hilos de las hierbas, fueron sorprendidos en esta animada conversación.
¿Los hombres han, pues, descubierto nuestro secreto? dijo uno.
Canallas, dijo otro muy indignado.
No, dijo un tercero. Es imposible. Nuestro secreto no lo descubrirán nunca.Despacio, intervino un cuarto, joven coleóptero en casaca blanca, elegante como un príncipe:
Aquellos astutos animales, llamados hombres, desgraciadamente han llegado a descubrir nuestro secreto. Os lo puedo asegurar con certeza.
¿Pero cómo han hecho?
A nuestras expensas: antes bien debo decir, también a mis expensas. Escuchad:
Hace algunos días estaba yo extasiado contemplando el azul del cielo, colgado de un rosal, cuando me sentí brutalmente sacudido. En un abrir y cerrar de ojos me encontre metido en una caja en compañía de otros 11 compañeros míos.
Fuimos llevados a un laboratorio. Allá un hombrecillo delgado y de anteojos cerró cuidadosamente la puerta y las ventanas, después nos puso en libertad. Nuestras antenas percibieron una señal de alarma que venía de un rincón del laboratorio.
Era el grito de un compañero nuestro.
Imaginaos la escena: corrimos a prestarle ayuda, pero no nos fue posible. El pobrecillo estaba aprisionado debajo de una campana de cristal.
Aquel hombre cruel después de haberse divertido observando nuestras desesperadas tentativas de salvación, nos retiró de él.
Hubo un trastorno confuso, después nuestras antenas percibieron otro grito de alarma, pero débil, confuso, casi balbuciente.
Nos apresuramos nuevamente a prestar socorro, pero esta vez al disgusto de la impotencia se añadió otro de terror, a nuestro compañero le habían cortado bárbaramente una antena.
Ves, —dijo el hombre delgado al muchacho que lo ayudaba— estos insectos tienen un aparato receptor y transmisor. Ahora le cortaré la otra antena y sus compañeros no se moverán ya.
Hicimos señales desesperadas a nuestro amigo, pero no fue posible obtener respuesta. El pobrecillo habia quedado sordo y mudo.

Mientras éramos puestos en libertad, oímos al cruel estudioso decir al muchacho:
¿Qué dirían estos insectos si supieran que hemos descubierto su "secreto"?, mejor dicho, ¿qué dirían si supieran que tal vez no tardará mucho en inventarse un amplificador de sonidos, para registrar todas las vibraciones de sus pequeñas antenas y oír todos sus discursos?

Has comprendido; el sabio de la fábula entendía hablar de la radio, la nueva y gran invención moderna.
Y su predicción se ha verificado. En efecto, una vez más el hombre ha leído en el gran libro de la naturaleza y en él ha descubierto un secreto: las ondas velocísimas que trasmiten en pocos instantes los sonidos, hasta los menos perceptibles, desde cualquier distancia. Ha logrado recoger tales ondas y amplificarlas por medio de instalaciones y aparatos especiales.
La radio juntamente con la prensa y el cine, es una magnífica invención del genio humano, objeto de atracción y de utilidad universal. Un don de Dios, del cual el hombre no debe abusar, sino perfeccionar y ordenar al Creador como todos los descubrimientos del progreso.
Pero, podemos preguntarnos, ¿el rey de la creación es verdaderamente consciente de su deber?
Si queremos ser veraces, es necesario confesar que muchos lo han comprendido, pero la mayoría de ellos no.
La radio atinadamente fue definida una "sembradora de bien y de mal que deposita su simiente en el mundo, con el fin de que germine".
En muchos casos se ha revelado admirable y fecundo instrumento de instrucción, de educación, de civilización, de fraternidad universal y se presta también admirablemente al apostolado católico.

El P. V. Facchinetti, primer apóstol de la radio, convencido de esta verdad escribió en el libro:: "El Apostolado de la radio":
"Es imposible no pensar en el mandato que Cristo dio a sus apóstoles: Predicad mi Evangelio de luz, de amor y de gracia a todas las criaturas: esto que os digo en la intimidad, anunciadlo sobre los tejados...; es imposible no comprender que estaba reservado a nuestro siglo ejecutar casi al pie de la letra el mandato del Maestro y hacer viva y práctica la divina profecía: Mi palabra será escuchada en todo el mundo".
¡Pero la radio ha sembrado y siembra aún hoy mucho mal! Se ha hecho de ella como de la prensa y del cine, una arma mortífera que atrapa víctimas para el reino de Satanás.
Lo afirmaba Pió XI en la encíclica "Divini Illius Magistri" en la que escribe: "En nuestros tiempos se hace necesaria una más extensa y cuidadosa vigilancia, en cuanto han aumentado las ocasiones de naufragio moral y religioso... señaladamente en los libros impíos, o licenciosos, en los espectáculos del cine y AHORA TAMBIEN EN LAS AUDICIONES RADIOFONICAS, las cuales multiplican y facilitan, por decirlo así, toda suerte de lectura, como el cine toda suerte de espectáculos".
Lo demuestran los programas de cualquier estación y los efectos que se verifican en gran número de aficionados al radio.

Y habrás tú misma experimentado más de una vez que la radio te lleva el mundo a la casa, con todas sus bellezas, y demasiadas veces con todas sus inmundicias.
Te doy algunas normas que pueden servirte de guía para guardarte de los peligros eventuales.
Ante todo, debes saber que es lícito y también aconsejable usar la radio por motivo de instrucción y de solaz.
También aquí, como para la prensa y el cine, la prohibición está reservada a las audiciones malas o licenciosas.
Para evitar este mal no se requieren grandes renuncias, pero sí pequeñas atenciones que se pueden reducir a tres palabras: Defensa, valorización y conquista.
Guárdate de las audiciones reprobables, o peligrosas.
Es verdad que en cierto sentido, la radio es menos peligrosa que la prensa y el cine porque dado su carácter puramente auditivo, presenta menos insidias; pero también es verdad que nunca es lícito escuchar lo que nunca es lícito leer, o ver.
Antes de disponerte a oír la radio, examina el programa, y no te permitas escuchar nunca cantos lascivos, comedias inmorales y chistes soeces.
Te sucedería a ti lo que sucede a veces a ciertos cimientos de casas, o edificios que se derriban de repente. Su hundimiento parece repentino, pero en realidad no lo es, porque desde mucho tiempo atrás estaban minados los fundamentos por infiltraciones de agua, o por pequeñas grietas que se agrandaron poco a poco.
También tú sin caer en la cuenta, siguiendo audiciones que no son nada formativas, agrietas el buen fundamento de tu educación recibida y podrás un día sorprenderte en una triste condición moral, nunca prevista.
No hace mucho tiempo, un publicista moderno — Felice Recci— escribió en un periódico:
"En la radio, —conversación agradable— en un artículo interesante, en una revista atractiva, en un drama, o en una película que arranca los aplausos, se oculta un trabajo duro de largas horas de escritorio".
Cuando hayamos encontrado un puñado de hombres sinceramente católicos que sepan inclinarse a una mesa de trabajo y someterse a una fatiga semejante, podemos esperar prensa, radio, cine y T.V. al servicio de la religión. Antes no...
Concluía con una invitación que yo te dirijo también a ti:
"Roguemos para que el Señor suscite muchas personas que, ocultas en el silencio de una sala, se propongan hacer brillar en el mundo la llama de la fe y de la caridad evangélica, sirviéndose de los medios más rápidos y eficaces".
Acepta esta noble invitación: ofrece a Dios oraciones y sacrificios, para que suscite almas generosas que se entreguen a esta misión y si te es posible, presta tu colaboración directa.
Participarás también tú a uno de los apostolados más eficaces y más prácticos.

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