jueves, 12 de julio de 2012

Como todos los que viven juntos en una familia, han de mirar por la estimación y bien común de la casa.

La estimación y crédito de una familia es la misma honra y estimación de todos los que viven en ella, porque todo el bien común se refunde en los particulares que la componen; y cuando se dice una casa dichosa, no se entiende por las paredes y piedras que la componen materialmente, sino por las criaturas racionales que habitan en la casa, y componen la familia, como lo advierte san Gregorio, papa. (Hom. XXXIX, in Ev.)
Por esto cuando se dice feliz y dichosa la casa de Lázaro, en pluma de san Agustín: Félix domus in qua Martha de María conqueritur, no se aplica la felicidad y buena fortuna a lo material de la casa, sino a las personas que la componían, las cuales a porfía, cada una en su ministerio, obsequiaban y servían a su Criador y Señor.
Y cuando en el sagrado evangelio se dice la buena fortuna de la casa de Zaqueo, no se entiende por la fábrica insensible de la casa, sino por las personas que en ella vivían; a las cuales con la visita misericordiosa de Cristo Señor nuestro les alcanzó la bendición divina, y la salud verdadera: Hodie huic domui salus a Deo facta est (Luc., XIX, 9).
Por el contrario, cuando se anuncia la ruina y perdición de alguna casa, no se entiende por la ruina material de ella, sino por la desgracia y desventura de sus habitadores. Así, cuando el Señor lloró sobre la ciudad de Jerusalen, dice san Gregorio, no lloraba por la destrucción de sus admirables torres y grandes edificios, sino por la desolación y castigo fuerte de sus habitadores ingratos.
Así también, con mayor expresión, un santo profeta del Señor anunció la ira de Dios omnipotente contra una familia relajada y perdida con muchos vicios, y dijo en nombre de su divina Majestad, que pensaba enviar muchas tribulaciones y grandes trabajos sobre aquella casa: Ego cogito super familiam istam malum; porque en aquella familia maldita no había temor de Dios, ni atención respetuosa a su divina ley, comenzando su prevaricación desde la primera luz de la mañana (Mich., XI, 3).  
Siendo esto así, que todos los de una familia participan del bien o del mal, de la estimación ó deshonor de la misma casa, sigúese que todos son interesados en la estimación y bien común de la casa donde viven, y a todos les conviene mirar por ella, y conservar el buen nombre, que vale mas que todas las riquezas del mundo, como dice el Sabio (Prov., XXII, 1).
Todas las criaturas tienen inclinación natural para su propia conservación, y para estar sosegadas en su centro, dice la buena filosofía; pero como no puede ninguna criatura conservarse, si el universo se destruye, dicen con mucho fundamento algunos grandes filósofos, que hasta en las criaturas insensibles hay otra inclinación natural para dejar su centro propio, cuando conviene para la conservación del universo, que es el bien común de todas las criáturas.
Por este grande motivo son de parecer los mismos filósofos, que cuando el agua y la piedra dejan su centro natural, y suben hácia arriba: Ne detur vacuum, para conservacion del universo; aquel movimiento que parece violento, no lo es, sino muy natural; porque si el universo se destruyese, ellas también perecerían, y así es muy conforme a su natural inclinación de conservarse aquel movimiento que parece violento; pero entonces no lo es, porque les conviene para su propia conservación, que naturalmente apetecen.
Aplicando esta filosófica doctrina a nuestro propósito, quiere decir, que todas las personas de una familia han de vencer sus particulares inclinaciones cuando importa para el bien común y estimación de la casa; porque mas ha de pesar el bien común que el particular, principalmente cuando del detrimento del bien común se sigue también la desconveniencia y detrimento del particular. Esta es la prudencia magistral de la serpiente, que expone todo el cuerpo para guardar la cabeza, porque el golpe de la caza es mortal detrimento de todo el cuerpo (Matth., X, 16). 
El deshonor de una casa se refunde y se extiende mortalmente a todos los que de familia viven en ella, y respectivamente cada uno le toca su parte de la mala fortuna comun; como también le tocaría su parte de complacencia en el caso de coman felicidad. Todos los de la familia que seguían y acompañaban al fugitivo David, participaron de la desconveniencia de su fuga presurosa, y también del estimable socorro que le sacó al camino el respetuoso y atento Siba (II Reg , XVI, 2). 
Los domésticos felices de la mujer fuerte participaban de la generosa providencia de su señora, y entraban a la buena fortuna de tan abundante casa, recibiendo sus raciones cumplidas con toda puntualidad, y sus decentes vestiduras dobladas, como lo escribe en sus proverbios el sabio Salomon.
El Espíritu Santo dice, que el amigo fiel que atiende con amor verdadero al padre de una familia, tratará también con afectuosa confianza a todos sus domésticos; porque estos regularmente siguen las fortunas buenas ó malas de sus amos, y son atendidos por la casa donde habitan y comen el pan.
En el mismo sagrado libro se dice como el gozoso padre de familia celebrará sus placeres y buena fortuna de su casa en medio de sus domésticos (Eccli., XXX, 2); en lo cual se da bien a conocer que todos los inferiores que componen una familia, entran a la parte en las felicidades de la casa donde viven.
Aun dice mas el profeta Isaías, que en caso de hacerse favores en las casas poderosas, se han de tener mas a mano los domésticos que los extraños; y asi parece lo pide la buena razón; porque aun el mismo Señor dice en su santo evangelio, que al siervo fiel en lo poco se le atiende, para fiarle los encargos de cosas mayores.
Asimismo siguen también los domésticos los infortunios, desprecios y trabajos que padecen sus señores; por lo cual dice nuestro Señor Jesucristo en su santo evangelio, que si al padre de familia le llaman Beelzebub, ¿cuánto mas darán ese apellido ignominioso a sus domésticos? Si patrem familias Beelzebub vocaverunt, quanto magís domésticos ejus? (Matth., X, 25). Y por el contrario, los que honran al Señor, también estiman a sus domésticos, y estos se hacen dichosos por la casa bien estimada donde viven de familia.
Una poderosa confirmación de esta verdad tenemos en los Hechos apostólicos, donde se refiere, que habiendo visitado un ángel del cielo al venturoso Centurión gentil, que habitaba en la ciudad de Jope, para que buscase al principe de los apóstoles san Pedro, fueron participantes de la visita del cielo sus criados y domésticos, y a todos los de la casa se extendió la buena fortuna del padre de familia.
El apóstol san Pablo también confirma la misma doctrina, llamando iglesia doméstica a toda una familia bien regulada (Rom., XVI, 5); de lo cual se infiere, que los domésticos participan de los bienes comunes de la casa donde viven, y son respectivamente interesados en todas sus felicidades y dichas.
El mismo santo apóstol, enviando memorias y salutaciones espirituales a sus amigos y conocidos, las da también de parte de santa Priscila, y de todos sus domésticos; dando a entender con esto que todos los que componen una familia dichosa participan de todos los bienes comunes de la casa (1 Cor., X. 19).
Ultimamente confirma san Pablo el asunto de este capítulo, diciendo, que los fieles consideren que ya no son extraños ni adventicios, sino domésticos de Dios; dando a entender, que el privilegio estimable de ser domésticos de un padre de familia generoso, hace dichosos a todos los que son de su casa; y los pone en especial obligación de atender a sus operaciones, para que no desdigan de la familia santa donde son estimados.
Siguese de todo lo dicho, que todos los domésticos que componen una familia cristiana, deben atender y mirar mucho, que por ellos no pierda su estimación y crédito la honrada casa donde viven, ni tampoco sus conveniencias temporales. Lo primero se consigue hablando siempre con la debida estimación de todos los de su casa; pero sin mentira, porque Dios no necesita de nuestras ficciones mentirosas para ser alabado en sus criaturas, como se dice en el sagrado libro del santo Job.
Lo segundo (que es mirar los domésticos por las conveniencias temporales de la casa donde viven) se conseguirá cumplidamente, trabajando cada uno cuidadoso por su parte, como tiene obligación, y no sisando ni robando de los bienes comunes; porque esto no se puede hacer en buena conciencia. De los trabajos útiles de los particulares se consigue el aumento del bien común, como se dice en la divina Escritura. (IV Reg., vi, 2 et seq.)
R.P. Fray Antonio Arbiol
LA FAMILIA REGULADA

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