miércoles, 11 de julio de 2012

El plan de la "revancha divina". La primera y la segunda Eva

La una, madre de los muertos, y la otra, madre de los vivos. Doctrina de los Santos Padres más antiguos, universal de la Iglesia, atestiguando de manera auténtica, por esta antítesis entre las dos madres, la maternidad espiritual de María.

I. Si hay una cosa clara y manifiesta en el plan de la reparación del mundo, es el carácter de revancha providencialmente impreso a esta obra. La Redención es el desquite de la caída. El Creador, por una emulación divina, ha querido que el hombre pueda volver a subir a la luz por los mismos pasos por los que se precipitó en las tinieblas, y que sirviese para libertarlo aquello mismo que el demonio había hecho concurrir para su perdición. Ya hemos señalado esta admirable antítesis en la primera parte de esta obra (La Madre de Dios. lib. I, c. 4).
Hay que volver sobre ello, tanta es la importancia de esta idea capital, para poner de relieve el oficio de Madre de los hombres, que reivindicamos para la Madre de Dios.
Bossuet, en muchos lugares de sus sermones para las fiestas de la Virgen, ha apoyado esta doctrina sobre la autoridad de los Santos Padres, bien pronto veremos, hablando de Eva y de María, con qué solidez está fundada. Citemos un párrafo, entre otros:
"Tertuliano —dice el gran orador— explica muy excelentemente el designio de nuestro Salvador en la redención de la naturaleza humana, cuando habla de El en estos términos: "Habiéndose apoderado el demonio del hombre, que era la imagen de Dios", Dios —dice— ha recobrado su imagen por un designio de redención. Ya hemos señalado esta admirable antítesis en la primera parte de esta obra (
Tertul.. De carne Christi, c. 17. P. L„ II, 782).
Entendamos qué emulación es ésta, y veremos cuán hermosa teología encierra esta palabra. Es que el diablo, declarándose rival de Dios, ha querido esclavizar su imagen, y Dios también, celoso de él, declarándose rival suyo, ha querido recuperar su imagen, y he aquí celos contra celos, emulación contra emulación. Ahora bien; el principal efecto de la emulación es inspirarnos cierto deseo de vencer a nuestro enemigo en las mismas cosas en que se muestra más fuerte y cree tener mayores ventajas. Así le hacemos sentir mejor su flaqueza, y tal fue el designio que se propuso la piadosa emulación del misericordioso Reparador de nuestra naturaleza caída.
Para confundir la audacia de nuestro enemigo convierte en salvación nuestra todo lo que el diablo ha empleado para nuestra ruina; sobre su misma cabeza arroja sus perversos designios, lo agobia con sus propias maquinaciones e imprime la señal de la victoria divina en todos los lugares donde ve algún rasgo de su rival impotente. Y esto, ¿por qué? Porque está celoso y lleno de una caritativa emulación. Así es cómo la fe nos enseña que si un hombre nos pierde, otro hombre nos salva; si la muerte reina en la raza de Adán, en la raza de Adán nace la vida; Dios hace servir de remedio a nuestro pecado la muerte, que era su castigo; un árbol nos da la muerte, un árbol nos cura; y para cumplimiento de todo, vemos que en la Eucaristía un manjar de salud repara el mal que un manjar temerario había causado. La emulación de Dios ha realizado esta obra.
Y si me preguntáis, cristianos, de dónde le viene esta emulación contra su criatura impotente, responderé en seguida que de un extremado amor al género humano. Para levantar nuestro abatido valor, se complace en mostrarnos deshechas todas las fuerzas de nuestro tirano y, queriéndonos hacer sentir que estamos verdaderamente restablecidos, nos enseña todos los instrumentos de nuestra perdición misericordiosamente empleados en el ministerio de nuestra salud; tal es la emulación del Dios de los ejércitos.
"De aquí procede que viendo los Padres antiguos, por una inducción tan universal, cómo Dios ha resuelto obrar nuestra salvación por los mismos medios que han sido causa de nuestra desgracia, sacaron esta consecuencia: si tal es el designio de Dios, que todo lo que ha tenido parte en nuestra ruina coopere a nuestra reparación, y puesto que los dos sexos intervinieron en la desolación de la naturaleza humana, era fuerza que ambos concurriesen a su libertad; y porque el género humano se precipitó en la condenación eterna por un hombre y una mujer, era ciertamente conveniente que Dios predestinase una nueva Eva, de igual modo que un nuevo Adán, a fin de dar a la tierra, en lugar de la raza humana condenada, una nueva posteridad santificada por la gracia" (
Bossuet, cuarto sermón para la fiesta de la Anunciación (Metz, 16G5), primer punto OEuvres Orat., Lebarcq., t. II, p. 3, suiv.).

Por lo demás, y bien pronto lo veremos, éste es un punto de doctrina que tiene toda la fuerza y la entensión de un axioma, tanto en Oriente como en Occidente. Helo aquí, expresamente formulado por San Pedro Crisólogo al principio de un sermón de la Anunciación de la Madre de Dios:
"Acabáis de oír, amadísimos hermanos míos, al ángel tratando con la Mujer de la reparación del hombre, y habréis comprendido que se trataba de llevarlo a la vida por los mismos senderos que lo abismaron en la muerte" (
Serm. 142, de Annunc. 11. M. V. P. L.. LII, 579).Con diferencia de algunos años, Basilio de Seleucia, uno de los grandes adversarios de Nestorio, recordaba esto mismo en parecidos términos: "El Hijo unigénito de Dios —dice este Padre— ha curado las llagas del género humano con remedios diametralmente opuestos: contrariis medicamentis" (Orat., 3. n. 4. P. G., LXXXV, 61).
De nuevo aparece esta doctrina en una carta escrita por Eusebio de Alejandría, hacia fines de siglo VI: "Así, pues, las mismas armas que sirvieron al diablo para dar muerte al primer hombre en el Paraíso, las volvió Dios contra él para destruirle" (
P. G., LXXXVI, 339).Lo que han enseñado los Padres, cántalo la Liturgia en sus Himnos: "Justo es y saludable el daros gracias, ¡oh, Dios omnipotente, a Vos, Señor, que habéis puesto la salud del género humano en el árbol de la Cruz, a fin de que la vida resucitase de donde había nacido la muerte, y que aquel que triunfó en un árbol fuese también en un árbol vencido" (Prefacio de la Pasión).
Tales son las palabras del Prefacio para el tiempo de Pasión. En igual época del año canta la Iglesia también, en el himno Pange Lingua:
"El Creador, compadecido del primer hombre, que, engañado por el diablo, se había precipitado en la muerte, comiendo del fruto prohibido, señaló desde entonces al árbol como remedio de los males causados por el árbol. Así lo pedía el orden de nuestra salud, a fin de que el arte divino venciera al arte diabólico y la herida fuese curada con la misma arma que la hizo".

Nada, pues, más sólidamente establecido que este plan de la Providencia divina. Por consiguiente, lógicamente en ese plan tiene que figurar la mujer al lado del Redentor, convertida en instrumento de la reparación universal, puesto que tanta parte tomó en nuestra ruina. Si ella faltase en la obra, habría un vacío en la economía divina. Mas no temamos que los consejos de Dios sean como los de los hombres. En aquéllos, todo se auna, se encadena, se armoniza. Como hay nuevo Adán para reparar sobreabundantemente los desastres ocasionados por el primero, habrá nueva Eva, y será María, la Virgen Madre.
Esto mismo ilustró Bossuet cuando, prosiguiendo el texto que hemos transcrito, dice:
"Ciertamente, cristianos, esta doctrina tan santa y tan antigua no es una invención del espíritu humano, sino un secreto descubierto por el Espíritu de Dios. Y a fin de convencernos de ello, pongamos un parangón exacto entre Eva y María, en el misterio que celebramos hoy, y consideremos atentamente esta maravillosa emulación del Dios de los ejércitos y los consejos impenetrables de su providencia en la reparación de nuestra naturaleza.
"La obra de nuestra corrupción comienza por Eva; la obra de la reparación, por María; la palabra de muerte es dirigida a Eva; la palabra de vida, a la Santísima Virgen; Eva era virgen todavía, y María es virgen también; Eva, todavía virgen, tenía esposo, y María, la Virgen de las vírgenes, tenía también esposo; la maldición fue echada a Eva; la bendición a María. ¡Bendita eres entre todas las mujeres! El ángel de las tinieblas habla con Eva; el ángel de la luz, a María; aquél quiere levantar a Eva a una falsa grandeza, haciéndole desear la Divinidad: Seréis —dice— como dioses" (
Gen., III, 5).
El ángel de luz establece a María en la verdadera grandeza por una divina sociedad con el mismo Dios: "El Señor es contigo" -le dice Gabriel—. El ángel de las tinieblas, hablando a Eva, le inspira un deseo de rebelión: "¿Por qué os ha prohibido Dios comer de esa hermosa fruta?" (
Gen., III, 2).
El ángel de luz, hablando a María, le persuade la obediencia: "No temas, María —le dice—; nada es imposible al Señor." Eva cree a la serpiente, y María al ángel. "De esta suerte —dice Tertuliano—, una fe piadosa borra la falta de una temeraria credulidad, y María, creyendo a Dios, repara lo que perdió Eva creyendo al diablo: Quod illa credendo deliquit, haec credendo delevit (
Tertul., De carne Christi. c. 17. P. L., II. 782).
Y, para terminar el misterio, Eva, seducida por el demonio, se ve obligada a huir ante la faz de Dios, y María, instruida por el ángel, se hace digna de llevar a Dios, "a fin, dice San Ireneo (escuchad las palabras de este insigne mártir), a fin de que la Virgen María fuera la abogada de la virgen Eva" (
c. Haeres., LV, c. 19, n. P. G., VII, 1175).
"Después de una comparación tan exacta, ¿quién puede dudar que María es la Eva de la nueva alianza y la madre del pueblo nuevo? No son ciertamente los hombres, ¡oh, cristianos!, los que nos persuaden una verdad tan constante. Es Dios mismo el que nos convence: por el orden de sus muy profundos consejos, por la maravillosa economía de sus designios, por la conveniencia de cosas tan evidentemente declaradas, por la relación necesaria de todos los misterios" (Bossuet. Lebarcq., 1. e. t. II, p. 5. 6. Véase también el tercer sermón para la Anunciación, página primera; sermón para la fiesta del Rosario, exordio; sermón para el día del escapulario, primer punto. Elevaciones sobre los misterios, 89 sem., 5° elev.).

 II. Seguramente son admirables estas analogías y estas comparaciones, y no sabríamos a qué fuente atribuirlas, si Dios no fuera la causa de ellas.
Sin embargo, para atribuir a María el oficio de nueva Eva junto al nuevo Adán, tenemos pruebas más eficaces que las inducciones y las aproximaciones, por muy manifiestas que éstas puedan ser. Bossuet, en los textos que acabamos de transcribir, se ha apoyado casi constantemente en los Santos Padres. En efecto; el testimonio de los Padres es de tal autoridad en esta materia, que basta para producir una absoluta certeza, y esto, porque es evidente el eco de la revelación divina y porque tiene su principio en las enseñanzas apostólicas. Vamos a demostrarlo estudiando con algunos pormenores los monumentos más venerables de la tradición (
El Cardenal Newman, en su carta al Dr. Pusey 3obre el culto de la Santísima Virgen, ha tratado magistralmente este punto de doctrina; por esto a él hemos acudido más de una vez).
No consideremos por ahora nada más que tres testimonios: el de San Justino, que escribió en Oriente; el de Tertuliano, que escribió en Occidente, y el de San Ireneo, que reúne en cierto modo las dos Iglesias, puesto que habiendo pertenecido muy de cerca a la escuela de San Juan, en el Asia Menor, vino a fecundizar las Galias con su doctrina y con su sangre.


Testimonio de San Justino:
"Sabemos que antes de toda criatura Él (el Verbo) procedía del poder y de la voluntad del Padre..., y que por el ministerio de la Virgen se hizo hombre, a fin de que la desobediencia, que tuvo por motor a la serpiente, acabase de la misma manera que había comenzado. Eva, cuando aún era virgen y sin pecado, escuchó la palabra de la serpiente y parió la desobediencia y la muerte. Pero la Virgen María se estremeció de gozo y de fe, recibiendo de la boca del ángel la buena nueva de que el Espíritu de Dios descendería a su seno virginal, la virtud del Altísimo la cubriría con su sombra, y que, por consiguiente, el Santo que nacería de Ella sería llamado Hijo de Dios. Su respuesta fue un Fiat. De ella nació Aquel que tantas escrituras anunciaron, según ya lo hemos dicho; Aquel por quien Dios aplasta la serpiente con los ángeles y los hombres degradados a imagen suya, y libra de la muerte a los pecadores que, creyendo en Él, hacen penitencia de sus pecados" (San Justino, Dial, cum Tryph. P. G., VI. 709).

 Testimonio de Tertuliano:
"Dios ha recobrado, por un designio de emulación, su imagen y su semejanza, de la que se había apoderado el demonio. A Eva, todavía virgen, se insinuó la palabra, que creó la muerte; también a una Virgen debía descender el Verbo de Dios, que creó la vida, a fin de que la Humanidad, perdida por aquel sexo, recobrase la salud por el mismo sexo. Eva creyó a la serpiente; María creyó a Gabriel; la falta cometida por la credulidad de la una, borrada fue por la fe de la otra" (Tertul., De carne Christi, c. 17. P. L., II, 782).

 Testimonio de San Ireneo:
"Por una relación impresionante, hallamos a la Virgen María obediente cuando dice: "He aquí la Esclava del Señor; hágase de mí según tu palabra." Eva, por el contrario, fue desobediente cuando aún era virgen. Eva, teniendo por esposo a Adán, pero virgen todavía..., se convirtió, por su desobediencia, en causa de la muerte suya y de todo el género humano: de igual modo María, virgen también, al lado de un esposo predestinado, fue causa de salud para sí misma y para toda la raza humana. Por esto dijo Cristo que los primeros serían los últimos y los últimos los primeros... El Señor ha recibido en su seno a los primeros padres y los ha regenerado en la vida de Dios, siendo Él mismo el primogénito de los vivos, porque Adán había sido el primogénito de los muertos. Por esto también comienza San Lucas la lista de las genealogías, desde Cristo hasta Adán, queriendo demostrar que no fueron las generaciones precedentes las que le dieron a Él la vida, sino que Él las hizo renacer por el Evangelio de la vida. Y, así, la obediencia de María rompió las cadenas forjadas por la desobediencia de Eva. Lo que Eva, virgen aún, había ligado con su incredulidad, la Virgen María lo desató con su fe" (San Iren., adv. Haeres., 1. 111. c. 22, n. 4. P. G. VII, 958, sq.).
Y añade:
"Eva fue seducida por la voz de un ángel hasta el punto de huir de Dios y quebrantar su mandato; María acogió con plena obediencia la voz del ángel anunciándole que había de llevar a Dios en su purísimo vientre. La primera fue desobediente a Dios; la otra, por el contrario, dócil a la inspiración divina, le obedece tan perfectamente, que pudo ser la Virgen María abogada de la virgen Eva. De igual modo que el género humano fue entregado a la muerte por una virgen, así también fue salvado por una virgen; la obediencia de una virgen contrapesó la desobediencia de otra virgen" (
San Iren., adv. Haeres., c. 19, n. 1, Ibid., 1175). 

Réstanos el demostrar ahora el origen apostólico de estos tres testimonios. Podemos, con seguridad, tomar el sentir de estos tres Padres respecto a la Virgen Madre de Dios, como expresión de la doctrina comúnmente recibida en su época y países respectivos, porque los escritores son testigos de los hechos y de las creencias. Por otra parte, la coincidencia de las ideas y la completa semejanza de las antítesis prueban muy bien que no crearon ellos su doctrina. Tampoco ellos nos la presentan como fruto de sus meditaciones particulares. Si no es, pues, doctrina suya, ¿de quién la recibieron? Porque es fuerza que proceda de alguna fuente, y esa fuente debe ser común. ¿Podemos descubrir el origen común de esas tradiciones locales en una fecha más reciente que la de los Apóstoles? Seguramente que no. Antes de la mitad del tercer siglo encontramos esta doctrina en Africa y en Roma, con Tertuliano, y ya en los fines del segundo, en Palestina y en Asia, con San Justino, y en las Galias, con San Ireneo; es decir, en todo el mundo cristiano. ¿Qué otra fuente común tan extensamente difundida, sino la predicación de los Apóstoles? No olvidemos, por otra parte, que San Juan murió solamente treinta o cuarenta años antes de la conversión de San Justino y del nacimiento de Tertuliano, y que San Ireneo, siendo discípulo de San Policarpo (El mismo lo afirma en una carta a Florino, de la cual nos ha conservado Eusebio un fragmento. Cf. Eusebio, H. E., 1, V, c. 20. P. G. XX, 485), bebió su doctrina en las primitivas fuentes de la enseñanza apostólica.

III. Para poner en duda la apostolicidad de una doctrina tan universal, habría que verla contradicha o puesta en discusión por algún testimonio contrario. Ahora bien; lejos de rechazarla la Iglesia, la ha enseñado siempre desde el tercer siglo, por la pluma y la boca de sus doctores, y difícilmente se puede señalar una creencia más explícita y constantemente admitida.
Es una verdad, de tal importancia para nuestro asunto, que no debemos temer el multiplicar los testimonios. Hemos presentado los de los primeros siglos de la Era cristiana. He aquí otro no menos ilustres, tomados de las edades sucesivas y de todos los países que están en el seno de la Iglesia.
En el siglo IV, tenemos, de Oriente, a San Cirilo, en Jerusalén; a San Efrén, en la Siria; a San Epifanio, en Chipre, Egipto y Palestina; a San Juan Crisóstomo, en Antioquía y Constantinopla.
"Como la muerte —dice el primero de estos Padres— había venido por Eva, virgen aún, convenía que la vida volviese por una virgen, o más bien procediese de una virgen, y porque la serpiente había engañado a una, convenía también que Gabriel pudiera anunciar a otra la buena nueva" (
San Cyrill. Hierosol. (315-386), Catech., XII, n. 15. P. G. XXXIII. 741).
"Al principio de los tiempos, la muerte extendió su imperio sobre todos los hombres, por el pecado de nuestros primeros padres; hoy, por la Virgen María, pasamos de la muerte a la vida. Al principio, la serpiente se apoderó del oído de Eva, y por aquí derramó el veneno en todo su cuerpo. Hoy, María recibe por el oído a Aquel que nos asegura la eterna felicidad: lo que fue instrumento de muerte se ha convertido en instrumento de vida"
(San Efrén, Serm. 3 de Diversís. Opp., t. III (syr.-lat.), pag. 607. Cfr. Serm. exeg. I, t. II (syr-lat.), p. 318, 319)
Así habla San Efrén, Un antiguo orador sagrado, cuyas obras fueron atribuidas en otro tiempo a San Atanasio, no se contenta con oponer Eva a María, sino que da expresamente a esta Señora el título de nueva Eva: Nova Eva, mater vitae nuncupata.

 (Pseudo-Athnm., serm. de Anunc. Deip., n. 14. P. G., XVIII, 937. Lo que demuestra que este sermón no es del gran patriarca de Alejandría, no es solamente que hallamos en él afirmada y descrita la Asunción corporal de Maria, sino que también el autor refuta ex professo la herejía de Nestorio y la de Eutiques, y nada dice en absoluto sobre el monotelismo, prueba de que la obra es anterior a esta herejía).
 Más notable todavía, si cabe, es el testimonio de San Epifanio: "Cuando Eva recibió el nombre de Madre de los vivientes, lo recibió en figura, representando a María, saludada por el ángel como llena de gracia. En efecto; Eva fue llamada madre de los vivientes, después de haber oído la sentencia: "Polvo eres y en polvo te convertirás" (Gen.. III, 19), es decir, después de su pecado. No deja de ser extraño el que le atribuyan semejante nombre después de su caída. Mirando el orden exterior y sensible, de ella nació toda la raza humana; pero, en realidad, María fue la que introdujo en el mundo la Vida misma. Habiendo llevado en su seno al Viviente por excelencia, se ha convertido en la Madre de los Vivientes. Así, pues, a María, bajo la figura de Eva, se aplica este nombre de madre... Hay otra cosa, cosa verdaderamente admirable, digna de notarse entre estas dos mujeres, esto es, entre Eva y María: Eva fue para el hombre causa de muerte, y por ella entró la muerte en el mundo; María fue un principio de vida, pues por ella nos vino la vida. El Hijo de Dios bajó al mundo a fin de que donde abundó el pecado sobreabundase la gracia (Rom.. V, 20). Así, pues, de donde nos vino la muerte nos llegó la vida, a fin de que la vida reemplazase a la muerte, y la muerte traída por la mujer fuese vencida por Aquel que nació de la mujer para ser nuestra vida" (Epifanio, adv. Haeres.. Haer., 78, n. 18. P. G. XLII. 727, sq.).Oigamos ahora a San Juan Crisóstomo. En la fiesta de Pascua celebra él el desquite divino y propone la antítesis acostumbrada entre Eva y María. "Regocijémonos todos y estremezcámonos de alegría. Común debe ser nuestró gozo, porque la victoria de hoy es el triunfo del Salvador. ¿Acaso no lo ha hecho todo Cristo por nuestra salvación? Con las mismas armas que empleó el diablo para derribarnos, ha sido vencido. ¿Cómo?, me diréis. Escuchad. Una virgen, un árbol y la muerte representan nuestra derrota. Ved ahora cómo esas tres cosas se han convertido en victoria para nosotros. Por Eva, tenemos a María; por el árbol de la ciencia del bien y del mal, tenemos el árbol de la cruz; por la muerte de Adán, la muerte de Cristo. ¿No veis al demonio derrotado con las mismas armas de que se sirvió para el triunfo?" (San Juan Crisóstomo, hom. in S. Pascha, n. 2. P. G. L. II, 768).
A estas autoridades del Oriente añadiremos el testimonio de San Gregorio Taumaturgo, si la primera homilía sobre la Anunciación fuese de él con toda certeza. En todo caso, he aquí sus palabras: "Solamente en la Virgen María ha sido reparada la caída de Eva" (
San Greg. Thaum., hom. I in Annunc. P. G. X, 1148. Cf. San Taras. Constant., in S. S. Deip. Praesentat., n. 11, P. G., XCVIII, 1403 sqq.).
Como la Iglesia de Oriente, tiene la de Occidente sus testigos en el cuarto siglo, quizá menos numerosos, pero no menos firmes ni menos ilustres. A la cabeza de ellos marcha San Jerónimo (331-420). De él puede decirse que representaba al mundo entero, salvo, quizá, el Africa, pues fue amigo del Papa Dámaso en Roma, discípulo de San Gregorio Nacianceno en Constantinopla y del célebre Didimo en Alejandría. Nacido en Dalmacia, habitó, en las diferentes épocas de su vida, en Italia, Galia, Palestina y Siria. Ahora bien; en una de sus cartas pronuncia, no como cosa dudosa, sino como axioma riguroso y manifiesto, esta corta sentencia que lo comprende todo: "La muerte, por Eva; la vida, por María" (
San Jerónimo, ep. 22 ad Eustochium, n. 21, P. L. XXII, 408).
San Agustín, lo mismo que San Jerónimo, puede ser contado como un Padre del siglo IV, aunque vivió treinta años en el quinto (354-430). Él también promulgaba el gran principio: "La muerte, por una mujer; la vida por una mujer" (
San Agustín, de Agome Christi, c. 22, P. L. XI, 303).Puédense leer, a guisa de comentarios, los hermosos párrafos en que desarrolla el mismo santo doctor esta doctrina, y que incluímos en el capítulo donde tratamos las conveniencias de la divina maternidad. 
La madre de Dios. lib. I, c. 4, páginas 70 y siguientes. Entre los sermones atribuidos a San Agustín hay varios en los cuales se inculca firmemente esta misma doctrina. Hállanse en el volumen XXXIX de la Patrología de Migne, en el apéndice, a continuación de los sermones auténticos. Los pensamientos son del santo doctor, pero es difícil reconocer su manera y su estilo. He aquí algunos extractos que nos probarán cuán familiar era la antítesis entre Eva y María en los tiempos primitivos de la Iglesia.
"Si el mundo fue, desde su origen, horriblemente manchado por el vicio: si el mismo paraíso lo vió cautivo, culpa es de la mujer. Porque escrito está: "Por la mujer entró el pecado en el mundo, y por ella estamos todos condenados a muerte" (Eccli., XXV, 33). Y en otro lugar: "El hombre no fue seducido; sino que fue la mujer, la que, seducida, cayó en la prevaricación" (I Tim., II, 14). Por ella, pues, el mundo degenerado se inclinó bajo el yugo del demonio: porque somos esclavos de aquel de quien somos vencidos (II Petr., II, 19).
"Una vez rota la armonía de los elementos, el diluvio destruyó al hombre, sin poder borrar el pecado. Isaac, hijo de una madre estéril, mereció llevar la figura de la cruz: pero no fue digno de ser víctima por los pecados del mundo. Moisés arrojado al agua, Moisés enviado de Dios, libra al pueblo judío de la esclavitud, pero tampoco él puede salvar al mundo: extermina al Egipcio, pero no al pecado; hace perecer a Faraón en los abismos del mar, pero no expulsa ni al demonio, ni a sus legiones. David se declara él mismo nacido en la iniquidad; por consiguiente, le es imposible el purgar la tierra de sus crímenes.
"Sin embargo, el carro del mundo seguía su carrera, arrastrado por la revolución de los tiempos, sin que nadie trajese la libertad: cada vez más pesado por sus nuevos pecados, y dislocado por terribles sacudidas, amenazaba hacerse pedazos, y en ninguna parte hallaba socorro. Entonces se llevó la causa a la mujer, y el origen fue truncado por el origen. Ad feminam causa revertitur, et origo per originem detruncatur; el origen del pecado por la Madre de Cristo; la raza de la impiedad por la raza de la misericordia; la raiz de la muerte por la raiz de la vida" (Sem. 120, in Nat. Dom., 4, P.L. XXXIX, 1894, sq.).
Iguales pensamientos en otro sermón, con iguales rasgos y términos: "Bendita tú entre las mujeres, tú que has dado a luz la vida para ellas y para los hombres. La madre de nuestra raza trajo el dolor al mundo; y la Madre de Nuestro Señor, la salud. Eva fue autora del pecado: María, del mérito; Eva nos dió la muerte, y María, la vida... La obediencia de la una ha reparado la desobediencia de la otra; y la fe de ésta, la perfidia de aquella. Por eso María pare a Jesús con gozo y lo abraza con alegría, feliz de llevar al Hijo que la lleva." Serm. 194, de Annunc. Dom. 2. n. 2. Ibidem, c. 2105. 
Nadie duda de que San Agustín aprendió esta doctrina de su maestro San Ambrosio, antes de profundizarla él mismo con sus propias meditaciones. Los escritos, absolutamente auténticos, del gran obispo de Milán, no parecen haber tocado este punto de nuestras creencias; pero entre las obras publicadas a su nombre hay una, por lo menos, que lo desarrolla con insistencia: "Escuchad, amados míos, el misterio de la ley... Por el primer hombre se perdió la vida; por el segundo se recobró. El primero perdió la gracia que había recibido de Dios; el segundo nos la devolvió con la vida. El primero cayó instigado por una virgen; el segundo, naciendo de una Virgen, levantó lo que estaba caído... Así el mal por la mujer, o, mejor dicho, el bien por la mujer; arrojados al suelo por Eva, somos levantados por María; esclavos por Eva, libres por María. Eva nos quitó la longevidad; María nos devolvió la inmortalidad. Eva nos condenó por la fruta del árbol, y María nos obtiene la gracia por el divino fruto de otro árbol, porque Cristo, su Hijo, colgó de la cruz como dulce fruto de ella" (In app. opp. San Ambros., serm. 45, de l° et 2° Adam., num. 2, P. L. XVII. 692).
 Inútil es el amontonar más citas. Por otra parte, desde el siglo V aparecen tantos testimonios, que no bastaría un volumen entero para contenerlos. Contentémonos con cerrar esta serie citando algunos textos recogidos unos en Oriente y otros en Occidente. He aquí, en primer lugar, a San Pedro Crisólogo (400-450), el obispo de Rábena, cuya carta, dirigida al hereje Eutiques, atestigua altamente el saber y la autoridad de que gozaba. En Cristo —dice este Padre—, "la mujer, que fue en otro tiempo ocasión de nuestra ruina, se ha convertido en instrumento de nuestra salud, y la que fue, por causa del diablo, madre de los muertos durante tanto tiempo, ha sido hecha por Dios madre de los vivientes...; tan cierto es que, sin María, ni la muerte podía ser destruida ni la vida reparada" (San Pedro Crisol., serm. 64, P. L., LXIV, 380; Cf., serm. 99. Ibid., 479).
Después de San Pedro Crisólogo hallamos a San Bernardo, que en nombre de otros muchos va a describirnos el mismo plan divino:
"Sí, mis amados hermanos; un hombre y una mujer nos hicieron grandísimo daño; pero, gracias a Dios, por un hombre y por una mujer todo ha sido reparado con usura. Porque no ha sido el don igual al pecado: la grandeza de la ruina cede a la inmensidad del beneficio. Así, el sapientísimo y misericordioso Hacedor del hombre, lejos de destruir lo que tan profundamente estaba quebrantado, lo restableció con ventajas, formando para nosotros el nuevo Adán, del primero, y transfundiendo Eva en María... Cruel mediadora fue aquella Eva, que por la antigua serpiente inficionó al hombre mismo con su pestilencial veneno; pero cuán fiel y clemente mediadora es María, que ha preparado para uno y otro sexo el antídoto de la salud. Aquélla ayudó a la seducción; ésta a la propiciación; aquélla inspiró la prevaricación; esta nos trajo la redención. Illa enim ministra seductionis; haec propitiationis; illa suggessit praevaricationem; haec ingessit redemptionem" (
San Bernardo, Serm. de XII Praerogat. n. 2, P. L. CLXXXIII, 429, 430. Cfr. hom. 2 in Missus est., n. 3, ibíd., 62).Esta verdad, tan repetidas veces enseñada por sus Padres y sus Doctores, la canta también en sus himnos la Iglesia latina: "¡Oh, Tú, la más gloriosa de las vírgenes! Tú nos devuelves, con el dulce fruto de tu vientre, lo que la desgraciada Eva nos había arrebatado; y para que nosotros, miserables, subamos sobre los astros, abres Tú las puertas del cielo". 
O gloriosa Virginum...
Quod Eva tristis abstulit 
Tu reddis almo germine, etc.
Quien desee oír otra multitud de testigos, puede leer al P. Passaglia, de Immaculato Deiparae conceptu, sect. 5. c. I, desde el número 902 al 978. Allí puede ver a las Iglesias latina, griega, siria, armenia y copta unirse por medio de sus doctores y escritores más célebres, al mismo tiempo que por medio de sus monumentos litúrgicos de todo género, unirse, decimos, en una afirmación común, sin que se encuentre por parte alguna nota discordante, ni sombra de vacilación. Y puesto que algunas de estas Iglesias se separaron en el siglo quinto, fácil es deducir que la doctrina admitida por todas era también patrimonio de todas antes del cisma que las dividió.
Los poetas mismos no permanecen fuera de este unánime concierto. Sedulius canta el Hijo, nacido de la Virgen:
Culpa dedit mortem, ut pietas daret inde salutem 
Et velut in spinis mollís rosa surgit acustis. 
Nil quod laedat habens, matremque obscuret honore;
Sic Evae de stirpe, sacra veniente María,
Virginis antiquae facinus nova virgo piaret.
Sedul., Carm. Pasch., II, P. L.. XIX, 596.
Arator le hace coro en su Historia Apostólica:
Porta Maria, Dei genetrix intacta Creantis, 
A nato formata suo; mala criminis Evae
Virgo secunda fugat; nula est injuria sexus, 
Restituit quod prima tulit.
De Act. Apost., 1. I, P. L. LVIII, 96 y 97. 

Oigamos ahora algunos Padres de la Iglesia griega, que pertenecen a dos épocas relativamente más modernas que aquellos cuyos testimonios hemos citado. Primero, San Juan Damasceno. En un brillante apostrofe, donde resume todos los privilegios y todas las glorias de la bienaventurada Virgen María, dice así: "¡Oh, Hija de Dios, Tú eres el adorno de la humana naturaleza y la reparación de Eva, nuestra primera madre. Cayó por su pecado y se levantó por tu parto virginal. ¡Oh, Hija santa y sagrada, gloria de las mujeres! La primera Eva, prevaricando, hizo entrar la muerte en el mundo y favoreció las astucias de la serpiente infernal contra nuestro primer padre; pero María, por su obediencia a la voluntad divina, engañó a la engañosa serpiente y devolvió al mundo la inmortalidad" (San J. Damas., hom. I ín Nativ., B. M. V.. n. 7, P. G., XCVI, 672).Otro escritor griego, Juan, metropolitano de Eubea, acentúa con más vigor aún este principio y su aplicación: "Estremécete de alegría, ¡oh, Adán!, por causa de María, la Madre de Dios. Porque la serpiente te engañó por medio de una mujer, también por medio de una mujer pisotearás la serpiente. Ha llegado la hora en que los dardos del Todopoderoso salgan de la naturaleza misma, a la cual pidió prestadas las armas el demonio para perdernos. En el Paraíso, el árbol y la mujer fueron la primera causa de nuestro destierro; hoy, el árbol y la mujer van a ser el principio de nuestra libertad. La mujer, formada por la mano de Dios, te sedujo miserablemente, y he aquí que una mujer, nacida de Joaquín y Ana, da a luz virginalmente al vencedor de la muerte y al triunfador de nuestro tirano... Y tú, Eva, regocíjate también: tus hijos no nacerán ya por la corrupción. Su herencia es desde ahora una eterna incorruptibilidad" (Juan Eubaeens., serm. in Concept. S. S. Deip.. n. 21, P. G., XCVI, 1496).
Más de una vez hemos nombrado a Juan el Geómetra. Créese, generalmente, que fue sacerdote y, tal vez, obispo, después de haber profesado la vida religiosa. Fue poeta, y adquirió gran fama de orador sagrado hacia mediados del siglo XI. Sea cual fuere el juicio que merezca su talento poético, es cierto que sus sermones merecen ser leídos, considerados desde el punto de vista doctrinal. He aquí lo que dice respecto al asunto de que tratamos ahora.
Después de haber explicado el fin de la Encarnación del Verbo, prosigue en estos términos: "Porque los remedios deben ser proporcionados a la enfermedad, el médico celestial los preparó perfectamente adaptados a nuestros males. Un ángel fué enviado en lugar de otro ángel; un ángel de luz en vez de un ángel de tinieblas; un príncipe del cielo en vez de un tirano del mundo; un mensajero alado en vez de un reptil de la tierra. Por una mujer se escoge otra mujer; por una virgen seducida y engañada, una virgen pura, a quien nunca pudo dominar el seductor; por la que fue expulsada del Edén, la que fue ofrecida al templo; por la que fue cogida con el cebo del placer, la que jamás se manchó ni de pensamiento; por la que, en fin, conversó, desgraciadamente, con el demonio, la que continuamente se entretenía con Dios y meditaba noche y día sus divinas palabras. Esta Hija de Dios no tuvo amor sino a la belleza del Rey, y el Rey, por su parte, se había enamorado de la belleza de esta hija... y ella pasó de la condición de esclava al estado de esposa, y la esposa fué Madre. En vez de la maldición de Eva, recibió la alegría; en vez de la palabra engañosa al Verbo en persona. Ella no tocó el árbol, sino que el árbol la tocó a Ella, el árbol de la vida en lugar del árbol de la ciencia" (
Joan, Geómetra, serm. in S. S. Deip. annunciat., n. 9, P. G.. CVI, 817. Cf.. Clrysipp. hierosol., De laudibus Deigen. M. Biblioth. PP, t. XII, p. 672 ).

IV. Razón teníamos para afirmar que la universalidad de esta doctrina, a través de las diferentes edades y países, demuestra evidentemente que procede de las fuentes mismas de la revelación. Los Apóstoles nos la transmitieron después de haberla recibido del Espíritu Santo. Imposible atribuir a otra causa difusión tan admirable y tan constante. Sería preciso, por otra parte, ignorar hasta las señales por las cuales se reconoce una tradición divina, para no ver, en la verdad que nos ocupa, el carácter de las doctrinas depositadas por el mismo Dios en el tesoro de la Iglesia.
Admiremos, una vez más, las maravillosas armonías del plan divino. La caída y la reparación no son dos hechos aislados. La Redención es un verdadero desquite en los designios de Dios. El hombre había sido vencido; por el hombre quiere Dios vencer; de aquí el misterio de la Encarnación del Verbo tomando nuestra naturaleza para combatir y para vencer en nuestra naturaleza misma. De aquí esa solicitud divina en hacer servir todos los instrumentos de nuestra desgracia al ministerio de nuestra salud. Y pues que la mujer tuvo gran parte en la caída de la Humanidad culpable, era menester que Dios predestinase una nueva Eva, así como un nuevo Adán. Sin esto, el desquite divino no hubiera sido perfecto y hubiera faltado el mejor complemento a sus designios. La nueva Eva debía ocupar, en el orden de la reparación, un lugar análogo al que ocupó la antigua en el orden de la ruina; y pues Eva, virgen y desobediente, nos dió, en cierto modo, al autor de nuestra perdición, haciendo al primer hombre prevaricador y violador de la alianza divina, era sobradamente conveniente que el Reparador, es decir, el Dios hecho hombre, nos fuese dado por una mujer obediente y virgen. Por tanto, para terminar, puesto "que el pecado comenzó por la mujer"; puesto que por ella todos morimos (
Eccli.. XXV, 33), era preciso que en la obra de la reparación comentase también la salud por una mujer, por la mujer por quien todos vivamos.
Final y corona de la antítesis: si la primera Eva es, con toda verdad, la madre de los que mueren en Adán, la segunda, es decir, la divina María, deber ser en Jesucristo la madre de los vivientes; porque propio es de la madre el comunicar la vida. Nos basta, por hora, haber constatado que la armonía del plan divino reclama esta maternidad espiritual, y que la tradición no lo ha propuesto solamente como una conveniencia, sino que, además, la ha afirmado expresamente como un hecho. Y esto es lo que vamos a ver en el capítulo siguiente, revelado en la historia misma de nuestra caída, desde el principio de la historia humana.

J. B. Terrien S.J.
LA MADRE DE DIOS Y... tomo II

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