miércoles, 4 de julio de 2012

COMENTARIO AL TEXTO DE COMO LOS JUDIOS CAMBIARON EL PENSAMIENTO CATOLICO (3)

El problema judío, fue y es, para el Judaismo Internacional y para todos los elementos que pudiéramos denominar de izquierda, uno de los temas más importantes, si no el más importante, de los que se discutieron en el Concilio Ecuménico Vaticano II. Joseph Roddy, en la revista LOOK, de circulación internacional, nos presenta con franqueza inaudita las maquinaciones subterráneas, desconocidas por la mayoría de los crédulos católicos y no católicos, por medio de las cuales el Judaismo Internacional, según afirma, logró sentar en el banco de los acusados a la Iglesia de Cristo, para arrancarle así esa célebre Declaración, cuyos tres puntos principales son los siguientes:

a.—Exoneración del pueblo judío de toda responsabilidad en la pasión y muerte de Jesucristo.
b.—Lamentación de todas las persecuciones que haya sufrido o esté sufriendo el pueblo judío, por cualquier persona o grupo y en cualquier tiempo de la historia y en cualquier región del mundo.
c.—Establecimiento del diálogo fraterno entre el judaismo religión y el catolicismo.

Naturalmente que ante la conciencia católica se plantean muy graves problemas con esa Declaración Conciliar. Pero, la primera y la más importante es el precisar el valor de esa Declaración, en la mente de los Padres del Concilio y en la teología católica. ¿Es una declaración dogmática? ¿Deja de ser católico el que no cree o admite esa Declaración? ¿Qué nota teológica vamos a dar a todo el texto y a cada una de las partes de ese texto? Si la Declaración no es dogmática ¿Podemos afirmar que tiene un carácter disciplinar en la nueva Iglesia? En otras palabras: ¿Podemos decir que la Iglesia impone a sus hijos la obligación grave de aceptar esas proposiciones, que integran la Declaración y que dogmáticamente no son ciertas? si no tienen un valor dogmático ni un valor disciplinar ¿tiene entonces un valor pastoral? ¿Se puede hacer labor pastoral disimulando o encubriendo la verdad? Los teólogos serán los encargados para precisarnos después el valor teológico de esa Declaración conciliar.
Lo que sí parece claro y ampliamente lo comprueba el artículo de LOOK, que estamos comentando, es que en todo este asunto hubo política, mucha política y que el Judaismo Internacional desarrolló una actividad asombrosa y puso en juego sus recursos económicos estratosféricos para desorientar a la opinión pública y para hacernos negar la historicidad misma de acontecimientos que son ampliamente conocidos. Se nos hizo creer que esa Declaración no solamente era vital para el futuro del mundo, sino estrictamente necesaria para librar el cristianismo de las tendencias de odio antisemítico, que tarde o temprano tendrían que volver a manifestarse en nuevas y espantosas masacres. Y lo hemos aceptado, con un espíritu de fe casi divina, sin darnos cuenta de que esta confesión implicaba la negación de nuestros valores más sagrados.
Por eso, es necesario ahora especificar el verdadero sentido que tiene y ha tenido siempre el problema judío, ante la afirmación cristiana de la divinidad de Jesucristo y su misión mesiánica, en el decurso de la historia, veinte veces secular, de la Iglesia. Para noder definir con mayor precisión y exactitud el problema judío, empezaremos por decir lo que NO ES el problema judío.

I
El problema judío NO ES, como lo han presentado muchas veces los interesados, el antisemitismo; no es, ni nunca ha sido un problema racial. Sería absurdo afirmar que el cristiano aborrece al judío, porque tiene sangre judía. Judíos son Cristo, su Madre Santísima, los Apóstoles y tantos y tantos verdaderos cristianos de origen judío, que ya desde la Iglesia Apostólica han formado parte del cuerpo místico de Cristo. 
En la verdadera fe cristiana, el racismo segregacionista no existe, ni puede existir. Por razón de nuestro origen común, de nuestros idénticos destinos y por la universal redención de Cristo, con la vocación que ella implica a la verdadera fe y a la única Iglesia, fundada por el Redentor, todos los hombres ante Dios somos iguales. Judíos y gentiles podemos abrazarnos en la fraternidad más sincera, que sólo puede existir cuando hay unidad de fe, identificación en la esperanza y fusión divina en la verdadera caridad cristiana.
Es necesario disipar ese engañoso fantasma del antisemitismo, que es el parapeto tras el cual esconde la ambición su conspiración internacional. La palabra misma antisemitismo, para expresar la persecución racial al pueblo judío, es impropia, etnológicamente hablando, ya que no sólo los judíos son semitas; también los pueblos árabes —para citar únicamente un ejemplo— tienen origen semítico, y, sin embargo, jamás los pueblos árabes han protestado por el antisemitismo del pueblo cristiano.
En los países, dominados política y económicamente por el Judaismo Internacional, el antisemitismo es un tabú; es un crimen de Estado; es el más grave delito en que pueden incurir los individuos y las colectividades.

2
El problema judío NO ES tampoco un problema religioso. Es falso que los Evangelios y demás libros del Nuevo Testamento hayan propagado el antisemitismo judío "como una enfermedad social por el organismo del género humano, durante veinte siglos que han pasado desde la muerte de Cristo"; es falso que la tradición, que la liturgia, que la teología, que la catequesis católica hayan nunca inculcado el odio a los judíos, por el hecho de ser judíos. Si la Iglesia, por boca de los Papas o de los Concilios, ha denunciado y condenado los crímenes, los errores y las secretas profanaciones de los judaizantes, ha sido solamente en legítima defensa de lo que Dios mismo les había confiado.
No se puede mudar el texto sagrado para satisfacer las exigencias de los que son y han sido los enemigos de Cristo. La verdad histórica y la verdad revelada no pueden ser sacrificadas por complacer a las Organizaciones Judías que lo han pedido.
No dejamos de comprender todos los católicos que, a pesar de la responsabilidad colectiva que pesa sobre el pueblo escogido, de una manera solidaria, los judíos que ahora viven no son los actores inmediatos del drama del Calvario. No dejamos de ver que la responsabilidad colectiva del pueblo deicida no es una responsabilidad personal, consecuencia de una culpa individual de estos descendientes actuales de Israel. Bien lo advirtió el Concilio en su Declaración: Ni todos los judíos que vivían en tiempo de Cristo, ni todos los judíos que ahora viven son responsables personales e inmediatos del Deicidio, aunque exista, como ya indicamos, una responsabilidad colectiva sobre todo el pueblo, colectivamente escogido por Dios y que colectivamente rechazó a su Mesías. Algo semejante a lo que nos sucede a todos los descendientes de Adán, que, sin haber personalmente cometido el primer pecado, cargamos, sin embargo, con las consecuencias de ese pecado, hasta poder decir San Pablo que en Adán todos pecamos.

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El problema judío NO ES, tampoco un problema de ataque, un nuevo Nacismo; no es una persecución, una guerra de exterminio. Por el contrario, el problema judío es exclusivamente la legítima y necesaria defensa de las esencias mismas de lo que somos, de lo que creemos, de lo que amamos, de lo que constituye el patrimonio más sagrado de la humanidad. El ataque no es nuestro, es de ellos; no habría defensa, si no hubiera ataque. El ataque del Judaismo a la Iglesia ha sido secular, veinte veces secular; ha sido permanente: unas veces solapado, insidioso, cauto; otras veces violento, destructor, incendiario y sangriento. ¡Ojalá y las defensas de la humanidad hubieran estado siempre alerta, decididas, inflexibles ante la gran conspiración judía! 

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Hemos ya dicho lo que NO ES el problema judío. Digamos ahora lo que, en realidad ES el problema judío, el problema que no nosotros, sino la incredulidad y las ambiciones judías han planteado, no sólo en el mundo cristiano, sino en el mundo pagano antes de Cristo.
El problema judío es la pretensión, que siempre ha tenido el Judaismo —religión y pueblo— de destruir las instituciones, dominar gobiernos y eliminar las debidas defensas, para establecer en el mundo un racismo sagrado, un grupo etnológico de "intocables", que domine a pueblos y naciones, como consecuencia de una falsa premisa, que quiere asegurarnos, aun después de su repulsa consciente del Cristo prometido, que ese pueblo, el pueblo judío, sigue siendo, por razón exclusiva de la sangre de Abraham, el pueblo escogido, el pueblo de las promesas divinas, el pueblo destinado a gobernar a todos los pueblos de la tierra. Planteado así el problema, es evidente que Cristo y su Iglesia salen sobrando; son los enemigos número uno del Judaismo. Así se explica la lucha contra Cristo, que culminó con el Calvario y que se prolongó después hasta el sepulcro mismo; y así se explican también las luchas seculares y no interrumpidas que el Judaismo ha tenido y tiene en contra de la Iglesia. Porque sería pueril que el pueblo cristiano aceptase el diálogo y la amistad judeo-cristiana, que especialmente en los Estados Unidos se fomentan, como una prueba fehaciente de que las hostilidades de nuestros eternos enemigos han ya terminado.
Una prueba apodítica de la intriga y conspiración judía nos la ofrece una organización hebrea, cuya historia serviría para hacer ver al mundo el peligro en que se halla. La B'nai B'rith significa los "Hijos de la Alianza". Es una organización exclusivamente judía, secreta y masónica. Ninguna persona que no sea judío o masón puede ser admitido en esta organización. La B'nai B'rith es un importante y central instrumento del Sionismo político. Es el que dirige el Sionismo político. La B'nai B'rith inspira y guía en sus varias formas a lo que pudiéramos llamar un Naturalismo Organizado. Actúa como el cerebro de los ataques sionistas
La "Anti-Defamation League" es una arma de la B'nai H'rith. En realidad su verdadero título es: "The Anti-Defamation League of the B'nai B'rith". Es una organización poderosísima, que tiene activas agencias en las principales ciudades de los Estados Unidos. Posee enormes riquezas para atacar y perseguir a los cristianos. Su bandera principal de combate es contra el "anti-semitismo", palabra que expresa y comprende a todos los que se atreven a criticar a los judíos o las cosas judías. Tiene todo un tinglado legal para crear problemas legales a todos los recalcitrantes. Es además un sistema de espionaje poderosísimo, del que es muy difícil evadirse. Ejercita un tremendo poder en las autoridades federales, locales o estatales. Controla la política, el comercio,
la educación y las organizaciones sociales o religiosas y dirige con poderosa maquinaria la opinión pública. Un análisis de la técnica de la Liga Antidifamatoria de la B'nai B'rith nos demuestra con evidencia que es la protección y garantía de un ultra-racismo v el promotor activísimo del anticristianismo. Alcanza sus fines por medio de la difamación y no por la anti-difamación.

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Los defensores del Judaismo naturalmente no aceptan la realidad impresionante del problema judío, tal como nosotros lo hemos descrito. Para ellos ese problema es fruto "de las mentes enfermas, siempre prontas a argumentar en todas las materias, que parece que se han unido en todas las ocasiones para despreciar y atacar a los judíos". Este es el recurso supremo que han usado siempre los judíos para destruir a sus enemigos o, por lo menos, para nulificar su ataque de defensa. Mentes enfermas, han sido los apóstoles; mentes enfermas han sido los Papas que condenaron las fechorías del Judaismo; mentes enfermas los Obispos y los Concilios que han denunciado el peligro manifiesto de esos eternos conspiradoras, y mente enferma fue el mismo Jesucristo que, al no aceptar la ambición racial y absurda de su propio pueblo y al proclamarse a sí mismo como Mesías y Salvador del mundo, contrarió abiertamente el futuro de Israel, como lo había soñado y descrito la incredulidad y la soberbia de los jefes de ese pueblo deicida. La historia no puede enmendarse, para satisfacer los intereses o las conveniencias de los individuos o de las colectividades humanas. Con insultos y calumnias nunca se han destruido los argumentos válidos de la razón y de la fe.

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Los impugnadores de esta tesis católica, tradicionalmente católica, que han planteado el problema judío en los términos expuestos anteriormente, apoyan su inconsistente argumentación en estas falsas premisas:
a) Parecen afirmar que la sangre de Abraham, como un sacramento, hace al judío, ex opere operato, individual y colectivamente, el término y el objeto de las promesas y bendiciones divinas. Algo así como si las generaciones sucesivas de Adán hubieran sido, en el plan divino, no el medio quo, sino el fin y el objeto de nuestra elevación al orden sobrenatural.
Usando un lenguaje escolástico, tan desacreditado en nuestros días, convendría distinguir, in actu primo, el objeto material y el objeto formal de esta elección y bendiciones divinas. El objeto material de la elección divina, al menos en el Antiguo Testamento, pudo ser y de hecho fue, la sangre de Abraham, trasmitida por las generaciones sucesivas entre sus descendientes, que formaron así el pueblo providencialmente escogido. Pero el objeto formal de los planes divinos no es, ni pudo ser la generación material. Esto sería absurdo e indigno de Dios, ya que las elecciones divinas, exigen siempre la libre correspondencia de la criatura a su Creador. En el caso presente, tratándose, en el último término, de la obra redentora, el objeto formal del plan divino era ese pueblo, en cuanto medio, para preparar la venida del Mesías. Por ser seres libres los integrantes de ese pueblo, este objeto formal exigía y presuponía la correspondencia libre de las voluntades humanas, individuales y colectivas, a los planes divinos. No por tener sangre de Abraham podemos afirmar que los judíos son los hijos predilectos del Altísimo, sino por la fidelidad un que correspondiesen a la especialísima misión que Dios les diera; fidelidad que presupone como base el reconocimiento y aceptación de Jesucristo como el prometido Mesías e Hijo de Dios.
b) Otra premisa falsa de los Progresistas parece afirmar que entre el Cristianismo y el Judaismo (religión y pueblo) existe un vínculo de continuidad, de evolución, de cierta unidad. Esta suposición nos parece insostenible, a la luz de la misma divina revelación, a pesar de que no dejamos de ver y aceptar que los libros del Antiguo Testamento, que fueron para el pueblo judío su tesoro más precioso, son para nosotros la palabra de Dios. Entre el Judaismo (religión y pueblo) y la Iglesia de Cristo no existe más relación que la que se da entre la preparación y la acción, entre la figura y la realidad. Podemos decir que espiritualmente somos hijos de Abraham, en cuanto somos hijos de su fe y de la promesa; pero, esta filiación nada tiene que ver con la carne, como dice San Juan en el prólogo de su Evangelio. La Sinagoga, negando a Cristo, terminó su función el día de Pentecostés cuando los Apóstoles se lanzaron a predicar al mundo entero al mismo Cristo crucificado, a quienes los judíos habían rechazado. De ser preparación para el advenimiento del Mesías, se convirtieron en negación y guerra a la obra divina.
Sabemos muy bien que, a pesar de su infidelidad colectiva, "el amor de Dios a los Padres", a Abraham, Isaac, Jacob, etc., hace, por misericordia del Señor, que la ruina de Israel no sea total ni sea definitiva. Siempre ha habido judíos sinceros que han recibido la luz de la fe y se han convertido a Cristo Jesús; al final de los tiempos, todo el pueblo me-iánico volverá a la plenitud de la verdad, de la que ahora están tan lejos. Pero, la salvación individual o colectiva para los judíos, solamente puede darse por el reconocimiento sincero de Cristo crucificado, como el Mesías prometido y el Hijo natural de Dios vivo. ¡Qué caigan de rodillas ante Cristo Jesús y el problema judío ha terminado!

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Los defensores de la pretensión judaica no solamente eluden la verdad histórica y la verdad revelada, que la Iglesia siempre ha enseñado, sino que van más adelante: para complacer al Judaismo Internacional, condenan a la Iglesia; condenan implícitamente no solo la nefanda Inquisición, sino todas las necesarias defensas que la Iglesia Católica haya podido tomar, en cualquier tiempo y por cualquier causa, contra las incursiones y ataques, abiertos u ocultos, con que la Sinagoga ha podido combatir a la obra de Jesucristo. Es una condenación en masa; es una condenación de más de 30 Pontífices y de varios Concilios, que han tenido que levantar su voz contra los desmanes, las intrigas, los crímenes perpetrados por los judíos, por la mafia, que no por tener sangre de Abraham son impecables.
¿Vamos a afirmar ahora que todos esos Papas, todos esos Concilios, todos esos santos se equivocaron? ¿Vamos a confesar, con un mea culpa absurdo, que la Iglesia de veinte siglos careció de la caridad cristiana e incurrió en injustos prejuicios raciales? ¿Vamos a hacer víctimas a los culpables, a los que la justicia condenó por sus probados crímenes? Ante el dilema: la Iglesia o los judíos, parece que sus celosísimos defensores escogieron a los judíos, como ellos antes habían escogido a Barrabás y habían rechazado al Hijo de Dios vivo. La historia se repite.
Y para hacer esa elección, para confesar la culpabilidad de la Iglesia en el pasado, para declarar persecuciones injustas las penas impuestas a las fechorías de la judería, ¿han estudiado los jueces a fondo el problema? Tal vez un sentimentalismo que simula la caridad o una conveniencia perenal o una consigna secreta de ignorada procedencia haya impulsado a no pocos católicos a convertirse ahora en los ahogados defensores del Judaismo Internacional. Bien está la caridad, pero también bien está la justicia: ni caridad sin justicia, ni justicia sin caridad.

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Si las legítimas defensas que tomemos los critianos, contra las maquinaciones comprobadas de la mafia judía, establecen, según nuestros supuestos enemigos, un racismo de víctimas, injustamente odiadas y perseguidas, la incolumidad con que el Judaismo exige estar protegido, viene a establecer otro racismo, un racismo sagrado con amplio salvoconducto y pasaporte eclesiástico. ¿Cuál puede ser el motivo para establecer ese privilegio exclusivo en favor de los judíos? ¿Acaso son ellos los únicos que han sido perseguidos en la historia de mundo? ¿Por qué no condenar también específicamente a la Masonería y al Comunismo, engendros ambos de la mafia judía, que han causado millones y millones de víctimas en todo el mundo? ¿Por qué no condenar también, después de haberlos desenmascarado, a los que originaron las dos últimas guerras, las financiaron, sostuvieron y propagaron, a costa de tanta sangre, de tantos sufrimientos y de tan horribles tragedias familiares, nacionales e internacionales?
Suponiendo que fuese verdad "La Mentira de Ulises", suponiendo que realmente el nazismo sacrificó en los hornos crematorios a seis millones de judíos ¿es ésta una razón suficiente para establecer ese racismo sagrado? ¿La Masonería y el Comunismo y la mafia sionista no han cometido también crímenes inauditos, cuyas víctimas sobrepasan en mucho a los seis millones de la leyenda? El prestigiado Dr. judío Listojewski escribió en la revista "The Broom" de San Diego (California) el 1 de mayo de 1952: "Como estadístico me he esforzado durante dos años y medio en averiguar el número de judíos que perecieron durante la época de Hitler. La cifra oscila entre 350 mil y 500 mil. Si nosotros los judíos afirmamos que fueron 6 millones, esto es una infame mentira".
En realidad la persecución nazi contra los judíos no ha sido la única persecución que ese pueblo ha sufrido. Desde los tiempos anteriores a Cristo, los hijos de Israel, fueron atacados, desterrados y hasta amenazados de exterminio. Primero en Egipto, después en Nínive y Babilonia, en Persia; más adelante, en tiempos cristianos, Inglaterra católica, Francia católica y España católica tuvieron que expulsar de su seno a todos los hijos de Israel, que con su presencia y su actividad sediciosa habían puesto en peligro la existencia misma de esos pueblos.

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¿Qué importancia puede tener para el Sionismo internacional, que ha sido el verdadero promotor de esta Declaración Conciliar, el que la Augusta Asamblea le exonere de la responsabilidad que tiene en la muerte de Jesucristo, en quien no cree, a quien aborrece, a quien considera el obstáculo invencible de sus mismas ambiciones de mando y de gobierno universal? El Judaismo Internacional, la mafia que lo gobierna, busca hoy, como ha buscado siempre, la eliminación, el exterminio de su rival, que es Cristo Jesús.
La absolución conciliar del crimen del Deicidio solamente interesaba a las organizaciones judías por los resultados políticos, que de esa absolución ellas esperaban y esperan alcanzar. Negado el Deicidio oficialmente por la Iglesia, el cristianismo habría asentado la premisa necesaria para negar su fundamento mismo, la divinidad y la mesianidad de Jesucristo. Pero en esto sus intentos fracasaron. La Declaracion no menciona el Deicidio.
Mayor importancia política tenía y tiene para esas organizaciones judías la condenación explícita de eso que ellas llaman antisemitismo. Una condenación así hubiera sido infinitivamente benéfica para la futura realización de todos los planes políticos del Judaismo Internacional. No alcanzan esta condenación: el Concilio tan sólo deplora "el odio, las persecuciones y los movimientos de antisemitismo que hayan sido promovidos contra los judíos, en cualquier tiempo y por cualquier persona". El Concilio no deplora las legítimas defensas que hayan usado o usen los cristianos, cuando los judíos, oculta o descaradamente, han pretendido o pretenden combatir la fe de Cristo, la Iglesia y las instituciones cristianos; como tampoco deplora el Concilio los justos castigos impuestos a los delincuentes convictos. ¡Claro está que siempre podemos deplorar la desgracia de los culpables, mientras se trata solamente de la justicia humana, no de la justicia de Dios! Nadie puede deplorar el castigo merecido por los réprobos en el infierno.
Sería incorrecto el pretender interpretar las palabras de la Declaración Conciliar como una condenación expresa del antisemitismo. La Iglesia no entra a discutir los enormes problemas políticos, sociales y jurídicos que el llamado antisemitismo puede plantear ante la conciencia humana. La Iglesia no nos dice que todos los sufrimientos que han sufrido los judíos, individual o colectivamente sean realmente movimientos antisemíticos; la Iglesia no prentede aceptar las maquinaciones con que la mafia quiera combatir al cristianismo o quiera destruir la libertad de los pueblos libres. Buen cuidado tuvo Su Santidad Paulo VI, en su visita a Tierra Santa y en su entrada al Estado de Israel, el evitar cualquiera circunstancia que pudiera ser después interpretada políticamente, como una aprobación del Papa de la usurpación injusta de Palestina por el Sionismo Internacional.
Pudiera pensar, tal vez, alguno, que hubiera sido mejor el que no se hubiera hecho esa Declaración en el Concilio; pastoralmente, a lo menos por ahora, no creo que se haya conseguido ningún acercamiento del Judaismo al reconocimiento, aceptación y entrega total a Jesucristo, que es el objetivo único de toda pastoral. Como se desprende claramente del escrito de Roddy, los judíos rechazan vigorosamente todo llamamiento de conversión a Cristo. ¿Qué objeto podían tener entonces al exigir esa Declaración? Yo no encuentro otro fin que el político. El Judaismo exigía el visto bueno de la Iglesia, para todo lo que el Judaismo ha hecho y hace en el mundo, porque el Judaismo está convencido de que todavía ahora es el único pueblo escogido, mesiánico, llamado a dominar al mundo. La trampa del antisemitismo también pudo haber actuado en la mente de muchos Padres del Concilio. Si no hubiesen promulgado esa declaración, el Judaismo y sus asociados hubieran condenado a la Iglesia de antisemita. Por eso presionaron con el ataque a la persona excelsa de S.S. Pío XII. en ese mamarracho teatral llamado "El Vicario".

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Por lo que se refiere al diálogo entre el Catolicismo y el Judaismo religión, me parece absurdo que la astucia de Su Eminencia el Cardenal Bea no se dé cuenta de que no solamentes es irrealizable, sino absurdo.
El Cristianismo y el Judaismo están basados en principios diametralmente opuestos. El Judaismo es una religión de promesa. El Antiguo Testamento nos demuestra que el judaísmo terminó con la venida de Cristo. El Cristianismo es el cumplimiento de la promesa de la antigua Ley. ¿Cómo es posible que haya una armonía entre el Cristianismo y el judaísmo, a no ser que algunos de los dos renuncie a sus principios religiosos? Si queremos nosotros imponer la fraternidad y la armonía de los cristianos hacia los judíos, entonces el cristianismo tiene que renunciar a su verdad central, que es Cristo, el Mesías prometido. Si queremos imponer la armonía a los judíos respecto de los cristianos, sin renunciar a sus ambiciones mesiánicas, pedimos un imposible, una ilusión, una quimera. Los judíos hablan de la religión de la hermandad humana, pero esa hermandad es materialista, naturalista, atea. La fraternidad cristiana, en cambio, es esencialmente sobrenatural. "La salvación, dice su Santidad Pío XII, no vendrá al mundo, hasta que el género humano, derivando sus inspiraciones humanas y enseñanzas del ejemplo de Cristo, llegue a reconocer que todos los hombres son hijos de un sólo Padre que está en el cielo y están destinados a ser verdaderamente hermanos a través de la unión con su Divino Hijo, que vino a ser el Redentor de todos".
"Solamente esta fraternidad le da al hombre, juntamente con el más alto sentido de su personal dignidad, la seguridad de una verdadera igualdad que es la base necesaria de la verdadera libertad en el goce de nuestros derechos y en el cumplimiento de nuestros deberes, en la obediencia a las leyes dadas por el Dios Todopoderoso y su Divino Hijo para la moralidad y santidad de la vida humana. Solamente esta fraternidad inspira, alimenta y vivifica en los corazones de los hombres aquella caridad verdadera que aborrece la opresión y violencia, que se levanta sobre todo egoísmo, ya sea individual, ya sea colectivo, que es capaz de sacrificarse así misma por el bien común y dar generosamente de si misma a todos los que están destituidos y remediar así a todos los que están sufriendo".
 


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Al llegar a esta parte de nuestro comentario es conveniente demostrar que el aspecto teológico y el aspecto político, en el caso excepcional que tratamos, son inseparables; se identifican. El investigador cristiano o no judío puede, sin duda alguna, en un análisis objetivo, distinguir los conceptos fundamentales, entre sí diversos, del aspecto teológico y del aspecto político, bajo el cual puede estudiarse el problema judío. No obstante, a medida que se ahonde en el estudio de ambos aspectos de ese mismo problema, el observador tiene que llegar a concluir, con evidencia, la unificación básica de esos dos aspectos y de los conceptos en que ellos se fundan.
La fe actual del Judaismo, la que explica su historia, la que contradice los designios de Dios, la que ha inspirado y dirigido todas las actuaciones de ese pueblo singularísimo en la historia del mundo, es una fe política; es la convicción arraigada y viviente, que ese pueblo ha tenido siempre y tiene ahora en su futuro destino del gobierno universal del mundo. Aunque parezca paradójico, el Israel incrédulo de nuestros días tiene su fe, tiene su religión, que es política. Los mismos hebreos ortodoxos, con una falsa interpretación de la Sagrada Escritura, siguen esperando al futuro Mesías, al caudillo, enviado por Dios, para subyugar todo el mundo al pueblo escogido.
El pueblo judío es esencialmente un pueblo mesiánico. No podemos ni definir, ni caracterizar, ni entender al pueblo judío, si no proyectamos sobre sus orígenes y sobre su historia la idea y la persona del Mesías. Este mesianismo esencial del pueblo hebreo nos lo dicen las promesas que Dios hizo a Abraham su siervo, tronco de donde arranca toda esa raza mesiánica; lo pregona todo el Antiguo Testamento, que, con proféticas voces, fue anunciando, por los varones divinamente inspirados, no solamente el advenimiento del Cristo y las circunstancias de su vida, pasión y muerte, sino que fustigó también, con durísimas palabras, la infidelidad, la obcecación y rebeldía del pueblo escogido. Ese mesianismo judío es como una espectación viviente, que de generación en generación se ha trasmitido y se trasmite todavía en todos los hijos de Israel. Volvemos a decirlo: hasta la incredulidad y el ateísmo, en que hoy viven tantos y tantos judíos, siguen siendo mesiánicos, por que para ellos el Mesías es Israel y su misión política abarca el dominio de todo el mundo.
El mesianismo esencial del pueblo de Israel no es, pues, en manera alguna, una ficción absurda, una creación monstruosa del antisemitismo, carente de fundamento y de sentido; como tampoco es un sueño fantasmagórico del pueblo hebreo, sin base ni fundamento alguno. Dios eligió, en verdad, a ese pueblo singularísimo para preparar el advenimiento de Jesucristo y preservar también el Depósito de la Divina Revelación. Israel, volvemos a decirlo, es, por tanto, un pueblo esencialmente mesiánico. Así lo quiso Dios. Negar esto sería negar el sentido teológico de la historia humana.
R.P. Joaquín Sáenz y Arriaga
CON CRISTO O CONTRA CRISTO

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