lunes, 23 de junio de 2014

DEL SACRAMENTO DEL MATRIMONIO (1)

CAPITULO VI (1)
DEL SACRAMENTO DEL MATRIMONIO

     104. Consideraciones básicas.— La intervención del médico en los anteriores Sacramentos no alcanza, sin disputa, el rango y la trascendencia que en el del matrimonio tiene. Es, en efecto, la institución matrimonial el cauce legítimo y fecundo de la especie humana. Pues ese cauce está en las manos del médico el conservarle dentro de los designios de Dios o desviarle por derroteros los más contrarios a la fecundidad y a la sanidad de la especie. Desde que el materialismo consiguió alistar en sus filas a una parte muy considerable de la parte médica, las mayores aberraciones derivadas del concepto materialista de la vida, o han tenido por autores a miembros de esa benemérita clase, o han encontrado el más firme apoyo en las lucubraciones de la ciencia médica, convertida de reina y señora en esclava de la filosofia materialista.
     No podíamos, por tanto, prescindir de asunto de la importancia del que hemos insinuado. En otro libro nos hemos ocupado del mismo (Código de Deontología Médica, títs. III y IV). Pero ni allí está dicho todo lo que hay que decir, ni está de más repetir algunas cosas que revisten máximo interés. Dividiremos la materia en los dos artículos siguientes:
     1.° Antes del matrimonio debe el médico procurar que los clientes lo contraigan en las mejores condiciones que aseguren una descendencia sana.
     2.° Durante el matrimonio debe tutelar la procreación y, de un modo especial, el período de gestación de la vida humana.
     Nos referimos al matrimonio cristiano; esto es: "al contrato matrimonial entre bautizados, que Cristo Nuestro Señor elevó a la dignidad de Sacramento» (Código de Derecho Canónico, can. 1012, 1). Pero los deberes del médico no dejan de ser graves y trascendentales en el hecho, aunque sea ilegítimo, de la propagación de la vida humana. Dondequiera que alumbre una vida, allí debe estar la Medicina para ser su amparo. Antes del hecho y después de él, el médico debe inspirar su conducta en los altos principios de la Moral cristiana, que es la única verdadera, como procedente de un Poder independiente, imparcial, universal, infalible en la interpretación de los principios naturales.

Artículo primero 
Deontología médica prematrimonial.
§ 1. De la continencia.
     105. Ventajas de la continencia. 106. Pornografía. 107. La prostitución. 108. Educación sexual. 109. Profilaxis. 110. Terapéutica de los vicios: comercio sexual ilícito, espermocultivo, rejuvenecimiento, hipnotismo, psicoanálisis.
105. Ventajas de la continencia.
     En la labor preparatoria de los futuros matrimonios, de la cual depende en gran parte la felicidad y el buen resultado de los mismos, es indudable que el médico tiene una influencia muchas veces decisiva, por lo que se refiere al «no uso de las funciones de reproducción» —que esto es la continencia— por parte de los futuros cónyuges, cuyas faltas en este orden es deber suyo prevenir en sus clientes, en cuanto de él dependa, por lo mismo que son fáciles de arraigar con fuerza de hábitos morbosos, difíciles de extirpar una vez arraigados en la naturaleza, y de penosas consecuencias para el individuo y de fatales efectos trascendentes a la sociedad (Código de Deontología Médica, art. 71). Ya en el capítulo precendente (art. l.°), con copia de razones y testimonios demostramos ser ésta virtud posible y no nociva al organismo humano. Allí mismo encontrará el lector valiosos testimonios de los efectos perniciosos de la incontinencia (Doctor A. Castro Calpe: Deontología médica en las tendencias sexuales de los célibes, tercera parte, págs. 45 y sigs. Tesis. Madrid, 1927. Doctor San Román: ¿Continencia? ¿Sensualismo?, cap. VI). Por el contrario, verá que la mejor defensa contra las lacras que el uso ilícito de la función sexual produce es la continencia. El doctor Fernández La Portilla lo ha expresado así en breve frase: «No hay arma anti-venérea como la castidad» (En una ponencia sobre «Aspecto deontológico de la lucha anti-venérea», en la Academia Deontológica de la Hermandad de San Cosme y San Damián, de Madrid. (Boletín de Medicina, 1 de abril de 1936, pág. 12). Si, pues, se consigue ésta, se habrá eliminado una fuente de enfermedades. Otra ventaja de valor positivo está en el mismo ahorro de energías y en el vigor que el joven casto gana en el ejercicio de esa virtud. El doctor Fere dice: «La continencia realiza una reserva de fuerzas. La economía sexual favorece la longevidad y las diversas formas de la actividad intelectual» (Citado por el doctor H. Bon en su obra citada Précis de Medicine catholique, página 212 (edición de 1936).
     Si del orden físico elevamos la consideración al moral, vemos, una vez más, realizada la armonía entre esos dos mundos. Porque si es cierto que la castidad ofrece ventajas de índole fisiológica, no lo es menos que el perfecto matrimonio, en su unidad, en el amor santo de los esposos, en la fidelidad, en el desinterés, en la abnegación y el sacrificio, encuentra su mejor garantía y más adecuada disposición en una virtud adquirida a fuerza de victorias sobre la carne y las pasiones. «No se aprende a permanecer en limpieza y castidad más que esforzándose por vivir castamente» (Raúl Plus, S. J.: Hacia el matrimonio, pág. 87. Traducción española. Barcelona, 1935). El Pontífice Pío XI lo dice así en la Encíclica Casti Connubii:
     «Porque no puede negarse que tanto el fundamento firme del matrimonio feliz como la ruina del desgraciado, se preparan y se basan en los Jóvenes de ambos sexos durante los días de su infancia y de su juventud. Y así hay que temer que quienes antes del matrimonio se buscaron a si mismos y a sus cosas, y quienes condescendieron con sus deseos, aun cuando fueran impuros, sean en el matrimonio cuales fueron antes de contraerlo, es decir, que cosechen lo que sembraron, o sea, tristeza en el hogar doméstico, llanto, mutuo desprecio, discordias, aversiones, tedio de la vida común, y, lo que es peor, encontrarse a si mismos llenos de pasiones desenfrenadas.»
     Acerca de la posibilidad y ventajas de la castidad y de los medios de lograrla, trataron brillantemente en el III Congreso Internacional de Médicos Católicos, de Lisboa (cfr. Actas, páginas 821 ss.), los doctores Rubio de Casterlenas (España), Meyrelles do Sauto y Moreira de Fonseca (de Portugal), y sobre ellos recayó esta conclusión: «La castidad es posible, no ofrece inconvenientes, más bien ventajas, de modo particular para los jóvenes.»
     Los principios expuestos nos servirán de criterio para resolver los problemas morales de índole sexual que vamos a tratar brevemente.
     Con todo, no podemos prescindir de un testimonio más en favor de la doctrina propuesta. Anteriormente nos referimos a una ponencia del doctor San Román (número 98) sobre «Continencia en la juventud», desarrollada y discutida en la Academia Deontológica de la Hermandad de San Cosme y San Damián de Madrid. He aquí las conclusiones aprobadas (Boletín de Medicina, 1 de marzo de 1934, Madrid, pág. 9):
     1. La función de reproducción es potestativa y, por consiguiente, no necesaria para la vida del individuo, sino para la conservación de la especie.
     2. La continencia no va contra las leyes de la Naturaleza, puesto que el hombre puede rendir su tributo a la especie por diversos medios y funciones altruistas, prescindiendo de una función potestativa.
     3. La continencia es necesaria y perfectamente fisiológica en la juventud, ya que hasta la edad adulta el organismo no ha llegado a su completo desarrollo.
     4. Para verificar la función de reproducción de un modo fisiológico, ha de realizarse completa.
     5. Los peligros y males achacados a la continencia en la juventud, cuando es clavada a normas de castidad, son completamente falsos, no habiéndose podido comprobar uno solo desde el punto de vista científico.
     6. La incontinencia en la juventud antes del matrimonio lleva implícitas las relaciones sexuales ilícitas, y en éstas es imposible evitar la posibilidad de las enfermedades venéreas.
     7. El único medio profiláctico eficaz de las enfermedades venéreas es la continencia; como consecuencia, todo médico debe aconsejarla siempre, en evitación de los estragos producidos por las citadas afecciones.
     8. El médico no podrá aconsejar nunca con fundamento científico las relaciónes sexuales ilícitas, haciéndose responsable, en el caso de hacerlo, del contagio que diera sobrevenir moralmente al cliente en dicho acto.
     9. El medio de verificar la función de reproducción de un modo normal, fisiológico y perfecto, es el matrimonio ajustado a las reglas de moral que la Iglesia Católica predica.

106. Pornografía.
     La pornografía es el conjunto de malas artes que tienen por objeto pervertir el sentido genésico del hombre y arrastrarle a realizar actos de lujuria. Es, por tanto, una parte de la llamada Pública Inmoralidad (Cfr. nuestra conferencia sobre «Las Asociaciones de Padres de Familia y las Ligas contra la pública inmoralidad» en el Primer Congreso Nacional de Acción Católica en España, mes de noviembre de 1929). De ella ha dicho un insigne escritor que es «preparación y coronamiento de la satisfacción de los apetitos genésicos» (Paul Bureau: L'indiscipline des moeurs, pág. 40 Puede verse con fruto también La inmoralidad pública, de don Salvador Rial, canónigo de Tarragona. 1929). Se vale de medios literarios (periódicos, revistas, novelas, folletos, etc.) y plásticos (escenas teatrales y cinematográficas, estampas, dibujos, etc.), los cuales conducen a los bailes indecorosos, a los cabarets y a las casas de lenocinio. Sus efectos ocupan un macabro panorama de degradaciones morales y estragos físicos en la Humanidad. Los médicos son los mejores testigos.
     Siendo ello así, «como médico y como cristiano, el médico católico tiene el deber de luchar contra ella, y todo médico, cualquiera que él sea, debe perseguirla en nombre de la higiene y la profilaxis» (Doctor Henri Bon, ob. cit., pág. 217). Los medios de que puede valerse a este respecto pueden ser, a nuestro juicio, los siguientes:
     1. Rechazar de plano de su casa y clínica todas las publicaciones, aun de carácter científico, que tengan como finalidad la pornografía o condesciendan con ella.
     2. No guardar más relaciones que las estrictamente precisas con aquellos médicos que, bajo la máscara de ciencia y de preservación física y aun de moral, ocultan en sus escritos una finalidad pornográfica, y con los fabricantes de productos farmacéuticos que hacen de dibujos obscenos un vehículo para su mercancía.
     3. Procurar que los Colegios o Juntas de médicos, y en su caso de farmacéuticos, traten a los que trafiquen con la moralidad con más rigor que a los charlatanes.
     4. Ayudar con sumo empeño a las Ligas contra la Pública inmoralidad y Asociaciones de finalidad idéntica o semejante.
     5. En su ejercicio obligado de la Medicina de las pasiones, prevenir a sus clientes y a los tutores de éstos contra los medios fonográficos, sin gazmoñerías, pero con el valor de médicos que cumplen una finalidad social del más elevado valor (Cfr. nuestro Código de Deontología Médica, arts. 68-70. Doctor H. Bon, obra citada).

107. La prostitución.
     Puede considerarse como una forma de la lujuria. Puede también ser considerada como forma, causa y efecto a un tiempo de la pasión carnal. Dos importantes cuestiones se han suscitado de algunos años a esta parte respecto de la prostitución: 1. ¿Puede ser tolerada? 2. ¿Es más conveniente la reglamentación o el abolicionismo?
     En cuanto a la primera, es indudable que los Estados pueden tolerar la prostitución cuando las circunstancias de lugar, tiempo, moralidad y sanidad pública la exigen para evitar males mayores. Santo Tomás (Summa Theologica, 2-2, q. 10, art. 11) cita esta tolerancia como ejemplo de aplicación del principio general de que se puede y aun se debe tolerar un mal para evitar otro mayor. Se funda, además, en un texto tal vez mal atribuido a San Agustín: «Suprime a las prostitutas y todo lo trastornarás con los excesos de la libido». No hay que hacer aspavientos porque este criterio haya prosperado. El principio moral es evidente. La aplicación puede no ajustarse a él, si no se dan las circunstancias a que hemos aludido; pero éstas deben apreciarlas el higienista, el sociólogo, el gobernante.
     La segunda cuestión está siendo resuelta por higienistas y sociólogos en sentido favorable al abolicionismo. Son muchos los que creen que las razones en que se basaba la reglamentación en tiempos antiguos son hoy de escaso valor. Bajo el aspecto social, ya no son de temer, según ellos, por la supresión de la prostitución reglamentada, los asaltos y las seducciones a las mujeres honestas, siendo más en número, como lo son, en la mayor parte de las grandes poblaciones, las que practican el vicio secretamente. Bajo el aspecto médico, son también muchos los que ponen en tela de juicio la eficacia de las prevenciones anti-venéreas en casas públicas de mal vivir, con daño evidente de los que se fían de la seguridad de las mismas para más fácilmente pecar. 
     Moralistas católicos, como Noldin (Summa Theol. Mor., «De Sexto», núm. 18) y el P. Vermeersch («De Castitate», núm. 212. Brujas, 1919), abogan también por la abolición; porque la reglamentación oficial constituye una especie de monopolio protegido por los Estados, y es una continua incitación a la lujuria, fomento de infecciones venéreas y un presidio donde desgraciadas mujeres están retenidas en una triste esclavitud y son impedidas para una eficaz rehabilitación. El P. Castro Calpe exige para la abolición estas condiciones: supresión lenta de las mancebías, reeducación y colocación honesta de las prostitutas y «que vaya precedida y unida de la disminución de los otros escándalos que atraen al vicio». En efecto: si la pornografía sigue siendo dueña de la sociedad, es inútil la abolición. Mejor diremos, sería perjudicial: el comercio sexual libre aumentaría en proporciones alarmantes; las seducciones serían mucho más frecuentes; los focos de infección, en vez de estar de algún modo localizados, se multiplicarían. Todo esto es de temer en una sociedad paganizada.
     Ya que en ciertas circunstancias no sea posible extirpar por completo ese vicio, urge, por lo menos, rodearlo de todas las trabas posibles, obligándole a ocultarse en las sombras y no facilitar ni hacer seguro a nadie el acceso a las casas de prostitución. Norma importante que ningún médico debe olvidar. Muy en consonancia, además, con la finalidad médica, está el fomento de las Asociaciones particulares e Institutos religiosos (Adoratrices, Trinitarias, etc.) fundados para preservar a la mujer del vicio, contenerla en su camino y rehabilitarla. Ante todo, nunca debe olvidar el médico que la virtud de la continencia no depende del peligro de contagio, sino de la persuasión de que la conducta contraria está reñida con la ley natural, que es también ley positiva de Dios. El insistir únicamente en dicho peligro, para impedir el acceso a los lupanares, constituye implícitamente una autorización a faltar a la castidad, siempre y cuando el cliente se crea seguro de poder evadir el peligro. Aún más: el temor al contagio no es suficiente freno cuando falta la convicción de que una ley moral invade todos los actos del hombre y está sancionada por una autoridad superior, indeclinable e inapelable. Por lo demás, si el médico, de oficio, tiene que realizar visitas sanitarias a las casas de prostitución, debe saber que es licito, «a condición de que tengan bien distinta y separada su responsabilidad de la que es propia de la organización de aquéllas, y de que intente, positiva y exclusivamente, la preservación social; esto es: la disminución de las fuentes de contagio».

108. Educación sexual.
     Bajo esta denominación debería comprenderse —dice el doctor Henri Bon— todo lo relativo a las características y relaciones de ambos sexos. Pero es un hecho que así se llama por antonomasia el estudio de las funciones de reproducción, o sea la educación genital. Ante todo, conviene dejar establecido como norma que el deber de prestar esta educación corresponde en primer término a los padres, que son, por ley de la naturaleza, los educadores natos de sus hijos. Pero ante la incapacidad de aquéllos o en su ausencia, o cuando la necesidad ocasional lo imponga, puede ser el médico el llamado a realizar esa misión educadora. Tal vez la intervención del médico sea ocasionada por defecto de otros en la oportunidad en enseñar los misterios de la vida. De todos modos, con esa retrasada ocasión, y mejor, si en su poder está, al prever el peligro no debe sentir reparo en descorrer el velo, con las condiciones que expondremos, a un adolescente que va a ingresar en centros de enseñanza (Institutos, Universidades), que se aleja del seno de su familia, que ingresa en un taller, que debe prestar el servicio militar y, sobre todo, que va a contraer matrimonio. Ya se entiende que el alcance de la enseñanza lo ha de dar el peligro que se corre o la necesidad de la preparación para la vida conyugal.
     Dos clases de doctrina se disputan esta educación: la naturalista y la cristiana. Aquélla, partiendo del supuesto de que la naturaleza humana es buena, trata de educar sexualmente a prueba de todos los incentivos de la pasión. La de la Iglesia Católica, partiendo del hecho de que la naturaleza humana adolece de nativa fragilidad, consigue esa educación iluminando el entendimiento, fortaleciendo la voluntad con las verdades sobrenaturales y los medios de la gracia y eliminando todos los incentivos de los instintos genésicos. He aquí lo que dice el Pontífice Pío XI (Encíclica De la educación cristiana de la juventud, de 21 de diciembre de 1929)
     «Es, pues, menester corregir las inclinaciones desordenadas, fomentar y ordenar las buenas, desde la más tierna infancia, y, sobre todo, hay que Iluminar el entendimiento y fortalecer la voluntad con las verdades sobrenaturales y los medios de la gracia, sin la cual no es posible dominar las perversas inclinaciones y alcanzar la debida perfección educativa de la Iglesia... En extremo peligroso es, además, ese naturalismo que en nuestros tiempos invade el campo de la educación en materia delicadísima, cual es la de la honestidad de las costumbres. Está muy difundido el error de los que, con pretensión peligrosa y con feo nombre, promueven la educación sexual, estimando falsamente que podrán inmunizar a los jóvenes contra los peligros de la concupiscencia con medios puramente naturales, cual es una temeraria iniciación e instrucción preventiva para todos indistintamente, y hasta públicamente, y lo que es aun peor, exponiéndolos prematuramente a las ocasiones, para acostumbrarlos, según dicen ellos, a curtir su espíritu contra aquellos peligros.
     "Yerran estos tales gravemente al no querer reconocer la nativa fragilidad de la naturaleza humana, y la ley, de que habla el Apóstol, contraria a la ley de la mente (Rom., VII, 23), y al desconocer aún la experiencia misma de los hechos, los cuales nos demuestran que, singularmente en los jóvenes, las culpas contra las buenas costumbres son efecto, no tanto de la ignorancia intelectual, cuanto, principalmente, de la voluntad del débil, expuesta a las ocasiones y no sostenida por los medios de la gracia. En este delicadísimo asunto, si, atendidas todas las circunstancias, se hace necesaria alguna instrucción individual, en tiempo oportuno, dada por quien ha recibido de Dios la misión educativa y la gracia de estado, hay que observar todas las cautelas sabidísimas de la educación cristiana tradicional.»

     Dos fórmulas se desprenden de esta sapientísima y verdadera doctrina: una, negativa; otra, positiva. La primera es ésta: la educación sexual no debe ser muy prematura, técnica, publica, indistinta para toda clase de jóvenes, y menos acompañada de procedimientos que sean más bien incentivos de la pasión que medios preventivos. La otra es la siguiente: la iniciación sexual ha de ser individual, acomodada a la edad y facultades del individuo, proporcionada a los peligros que la amenacen, discreta y en términos que disminuyan, en vez de aumentar, la pasión carnal.
     Con el mismo criterio debemos juzgar del sistema de la coeducación de los sexos, preconizado por cierta clase de profilactas y fundado en el naturalismo como el más indicado para la educación moral en la materia que nos ocupa. El Papa Pío XI lo condena como «erróneo y pernicioso» (Encíclica Divini illius, de la juventud). Carece, en efecto, de fundamento científico; está contraindicado por las diversidades fisiológicas y psicológicas entre ambos sexos, y conduce a desórdenes sexuales y trastornos patológicos de orden moral, psíquico y fisiológico. Nada más contrario, pues, a la verdadera eugenesia que un método de tan funestos frutos para los individuos y la sociedad (Doctor Angel Castresana: «Coeducación», conferencia pronunciada en la Academia Deontológica de San Cosme y San Damián, de Madrid, y editada en folleto, en 1934, por la F. A. E. (Claudio Coello, 32, Madrid). Don RUFINO Blanco: La educación de la mujer y la coeducación de los sexos. Madrid, 19314. Código de Deontología Médica, art. 75, § 2).
     La preparación inmediata para el matrimonio, aparte las normas más generales expresadas, requiere para ser completa que no esté reducida a revelar el misterio de la vida, sino que debe abarcar todo lo que concierne al matrimonio y familia, su naturaleza y fines, las leyes que las rigen, derechos y deberes de los cónyuges, mutuamente y en relación a los hijos, excelencia de la castidad, de la piedad, del apostolado, del sacrificio, etc. (Doctor H. Bon, ob. cit., pág. 225. Raúl Plus, S. J.: Hacia el matrimonio. Guillermo Schmidt: Amor, matrimonio). Esta instrucción quiere el Papa Pío XI (Encíclica Casti connubii, de 31 de diciembre de 1930) que se dé «de palabra y por escrito, no rara vez y por encima, sino a menudo y con solidez». Pero añade:
     «Esta saludable Instrucción y ordenación religiosa sobre el matrimonio cristiano dista mucho de las exageradas doctrinas fisiológicas, por medio de las cuales algunos reformadores de la vida conyugal pretenden hoy auxiliar a los esposos, hablándoles de aquellas materias fisiológicas con las cuales, sin embargo, aprenden más bien el arte de pecar con refinamiento que la virtud de vivir castamente.»

109. Profilaxis.
     Como es un hecho de la triste realidad que, a pesar de tantos inconvenientes de la incontinencia y de una educación oportunamente dada en esta materia, los hombres pecan y se contaminan de toda esa gama de enfermedades venéreas, que son un castigo evidente contra la transgresión de las leyes divinas, los médicos, en su doble misión de curar y de preservar, han rivalizado en el noble empeño de buscar procedimientos curativos profilácticos de dichas enfermedades. La cuestión de orden moral que más de una vez se ha propuesto es ésta: ¿en qué medida y mediante qué precauciones es lícito enseñar los medios profilácticos, o sea que eviten el contagio?
     Ante todo, dejemos sentado que no discutimos si existe en la actualidad remedio preservativo verdaderamente eficaz. El P. Castro, en su citada tesis doctoral médica, dice como conclusión (Deontologia médica en las tendencias sexuales de los célibes, pág. 150): «Tienen valor real considerable los medios profilácticos de la sífilis y demás infecciones venéreas en las relaciones sexuales con personas infectadas.» Antes había dicho (pág. 43) que «los resultados son favorables, pero la profilaxis no es infalible ni mucho menos». Mas gravedad encierran las siguientes palabras del doctor Fernandez La Portilla (Conferencia en la Academia de San Cosme y San Damián, cuyo extracto puede verse en Boletín de Medicina de 1 de abril de 1936, pág. 12. Cfr. artículo 13 de las normas deontológicas del Reglamento de Organización Nacional Médica de España, 1945):
     "La profilaxis individual no tiene bases científicas; es insostenible y contraria a la Deontologia en general; repercute en daño para la salud publica y daña la moral; a veces se consigue con la práctica de medios de profilaxis el enmascarar los síntomas iniciales de la enfermedad, que, al no ser oportunamente tratada, es de más difícil curación.»
     Si esto es así, la cuestión propuesta carece de razón de ser, porque falta el supuesto, o sea que se eviten las enfermedades y el peligro de contagiar a otros. De todos modos, como dice este doctor ilustre que solo "a veces" se enmascaran los síntomas iniciales, resultan que aun tienen posibilidad profiláctica algunos de dichos procedimientos. Discurriremos, pues, en el supuesto y en el mismo sentido del P. Castro arriba citado.
     Hechas estas aclaraciones, preguntamos: 1. ¿Es lícito dar a conocer un procedimiento verdaderamente eficaz que se descubriera? 2. ¿Es lícita la profilaxis en conversaciones particulares con iniciales? 3. ¿Es licita la profilaxis en conferencias públicas? 4. ¿Y el delito sanitario? 5. ¿Cuál es la verdadera profilaxis?
     1. Es indudable que no sólo sería lícito, sino obligatorio, el dar a conocer un procedimiento que fuera eficaz para prevenir y curar las enfermedades venéreas. Las ventajas para la salud pública serían incalculables, como los médicos son los primeros en apreciar. Si de ahí tomaban ocasión los hombres para pecar con más facilidad, a ellos sería imputable su falta. Doble condición, empero, se debería observar: no exagerar el valor del medio preventivo y por ningún modo decir ni hacer cosa que sirva de incitación al vicio. Estaríamos en el caso de permitir un mal a cuenta de los buenos efectos que el medio preventivo produciría, los cuales, por cierto, no son causa ni motivo para que el mal se realice. Este es derivado de la malicia humana.
     2. Respecto a la profilaxis particular, decimos en el Código de deontología Médica (Art. 78):
     «Por tener obligación de cuidar de la salud de sus clientes, debe el médico aconsejar el uso de la profilaxis anti-venérea al cliente a quien, aun con riesgo de contraer enfermedades, le vea inclinado al vicio carnal y no consiga apartarlo de él con severas exhortaciones ponderando los males morales y físicos que aquél pueda acarrearle. Pero nunca la finalidad profiláctica justifica se aconsejen medios que tengan valor anticoncepcional»
     El empleo de medios preventivos, de suyo, no implica malicia ni la añade nueva al acto carnal ilícito. La mujer casada puede muy bien usar de ellos para no ser contaminada por su marido. Si, pues, no hay malicia en ellos, no hay inconveniente en usarlos. Aún más: el pecador está obligado a su empleo para evitar el contagio y graves males a sí mismo, y tal vez a su esposa e hijos. Y lo que puede hacer el hombre que sucumbe a la tentación, no hay duda que puede aconsejarlo el médico con las advertencias oportunas. Y el farmacéutico puede expender esos preventivos. Por la misma razón se puede prestar ayuda profiláctica post coitum, aunque de aquí tome ocasión el cliente para reincidir. El médico obró bien; el cliente es el que obra mal. Repetimos que aquél debe manifestar su desagrado y la repulsa por el hecho (Doctor A. Castro, ob. cit., págs. 173 y sig. G. Payen: Déontologie medicale, capítulo XII, art. 3.°, núm. 208). Pues la intervención sanitaria y el silencio serían tenidos como aprobación tácita de semejante conducta.
     3. Conferencias profilácticas. Suponemos un médico obligado, por su cargo, a dar esas conferencias en público. La dificultad en ellas es mayor. Por una parte, la enseñanza de medios preventivos hace más fácil la comisión de faltas de castidad; por otra es presumible que entre los oyentes haya quien tome como aprobación de las mismas las palabras del conferenciante. La finalidad es buena. Los inconvenientes saltan a la vista. ¿Qué se debe hacer? Hemos de partir del principio de que esas conferencias son improcedentes cuando el público es heterogéneo, de distintos sexos, de distinta edad, de un nivel cultural y moral muy diferente, Pueden darse, verbigracia, en el Ejército. Sería más improcedente, por inmoral, que el médico se mantuviera, como suele decirse, en el terreno médico. Tendría los dos inconvenientes graves antes señalados, que traerían como resultado mayor frecuencia de caídas y, consiguientemente, de enfermedades venéreas. No pretendemos que el médico pronuncie un sermón cada vez que hable como profilacta. Ni es necesario. Pero no debe prescindir del terreno moral. Para no hacerse cómplice de las faltas de honestidad que se cometan; es más: para hacer profilaxis total, debe declarar a su auditorio que no hay un medio infalible de poner a salvo la salud del cuerpo y no manchar el alma y corromper el corazón mas que uno: el abstenerse, fuera del matrimonio, de todo comercio sexual (G. Payen, ob. cit., núm. 207. P. Castro Calpe, ob. cit., pág. 144. Doctor San Román, ob. cit., cap. VI).
     4. El establecimiento del delito sanitario por contaminación venérea, aplicado a toda persona que sepa o deba saber que su enfermedad es contagiosa, a la vez que contribuiría a disminuir las cópulas ilícitas, las haría menos dañosas. He aquí la conclusión que el P. Castro establece, comprensiva también de otros extremos conexos e interesantes (Opúsculo citado, pág. 150):
     «2° La disminución de los focos infectantes se conseguirá, además, con la aplicación del delito sanitario por contaminaciones venéreas; la difusión de dispensarios y clínicas, que por un lado apliquen el tratamiento completo en duración e intensidad, y por otro lado instruyan a los enfermos de las obligaciones profilácticas; por último, con la hospitalización coactiva de aquellos que no cumplan las prescripciones terapéuticas.»
     Con todo, una salvedad creemos se debe hacer a la contaminación entre cónyuges: el delito sólo es perseguible a virtud de queja o denuncia de la parte perjudicada. Y esto, por lo que el matrimonio es en sí y por el beneficio social que realiza, en aras del cual, así como por caridad hacia el culpable y los hijos, es meritorio el sacrificio voluntario del inocente (Noldin: Summa theologiae moralis, «De sexto», núm. 91, 2).
     5. ¿Verdadera profilaxis? No hay más que una. El doctor Fernandez La Portilla (Boletín de Medicina, 1 de abril de 1936, pág. 12) se expresa así: «Estimúlense las virtudes, va que de todos es sabido que una moral basada en el temor a los microbios no es suficiente. No hay arma anti-venérea como la castidad.» Y el P. Castro Calpe dice (Op. cit., pág. 175):
     «Mi práctica médica, sobre todo en los hospitales de Barcelona y de Madrid, me induce a creer que, con o sin profilaxis, el número de pecados impuros será espantoso, y, a poca diferencia, el mismo. Finalmente, poco vale la virtud puramente natural del que se contiene sólo por miedo a infectarse; el temor sobrenatural es mucho más eficaz para no pecar.»
     El doctor E. Hawthorn, citado por Payen (Ob. cit., núm. 206), dice: «que el temor de las enfermedades venéreas es absolutamente inoperante». En efecto: si falta el freno moral, la Humanidad se entregará al afán de su propia destrucción.

110. Terapéutica de los vicios.
     Una de las secuelas que la lujuria puede acarrear es una desviación o desequilibrio de las funciones de reproducción. El médico tiene el deber de corregir esos defectos, que a unos les imposibilitarán para el matrimonio, por lo menos suponen una dificultad; a otros les conducirán a la desesperación o a la locura, y, desde luego, son cadenas pesadísimas que estorban el progreso espiritual.
     Estos defectos los divide el doctor Henri Bon (Ob. cit., cap. XXIV, pág. 532. Cfr. doctores Capellmann-Bergmann: Medicina pastoral, págs. 165-185) asi:
     1. Hiperfuncionamiento (eretismo genital, libertinaje, onanismo, ninfomanía).
     2. Hipofuncionamiento (frialdad, impotencia, esterilidad).
     3. Disfuncionamiento (homosexualidad, exhibicionismo, fetichismo, sadismo, masoquismo, bestialidad, etc.).
     1. Para las alteraciones genésicas de la primera clase, el doctor Bon propone como medios curativos, aparte la educación moral, que sin disputa ocupa el primer lugar, una acción psicoterápica, practicada por un psiquíatra, si el caso lo requiere: higiene general (vida sana, aireada, ejercicio moderado, alimentación sencilla y sin excitantes, reposo sin molicie, huir de ciertos perfumes); una acción terapéutica general o local, pues la hipertensión, la prostatitis, la uretritis, la constipación, las almorranas, los parásitos intestinales, etc., pueden ser causa de eretismo genital; terapéutica directa, ya externa, mediante baños tibios, cauterios, lociones a base de clorhidrato de cocaína, ya interna, con medicamentos en que se asocien, según Comby, la acción sedativa general de los bromuros a la de las «solanines», y opoterapia, que pretende, y según varios doctores aseguran (Citados por el doctor H. Bon, ob. cit., pág. 539. P. Abellán, S. J.: «El médico ante la nueva vida», conferencia publicada en Actualidad Médica (Granada, diciembre de 1942), dice: «Compleméntase siempre en vuestros tratamientos de disfunciones sexuales el aspecto médico con el psíquico; haced marchar paralelamente un tratamiento con una discreta disciplina de la imaginación, del sentimiento, de la voluntad, y cumpliréis a maravilla vuestra misión regeneradora de los cuerpos, elevando el nivel de las almas.»), consigue un efecto neutralizante, por medio de inyecciones de extracto espermatogénico en las hipergénesis femeninas y de extractos ováricos en el hombre.
     2. En las formas de hipo funcionamiento, la intervención médica puede tener su lugar en el matrimonio, como veremos en el artículo siguiente.
     3. El disfuncionamiento genital, que tiene las manifestaciones más contrarias a la finalidad reproductora, procede, según el citado H. Bon, o parece derivarse, salvo en la inversión sexual, de una anomalía psíquica. En la perversión moral de un individuo de función normal no dañada, el retorno a la normalidad es obra de la reeducación, del razonamiento, del recurso a los valores metafísicos y éticos, etc. Pero es indudable que si se atenúa la excitación física y el sujeto está dotado de buena voluntad, se podrá facilitar el predominio de estos saludables conceptos. Para ello están indicados los anafrodisíacos, si el enfermo no se encuentra en pleno vigor de su perversión moral, pues en este caso, a la menor excitación genital puede buscar nuevas formas de sensaciones perversas. La conducta debe ser otra cuando se trata de enfermos atacados de impulsos, obsesiones, fobias. En estos casos de patología nerviosa, el que debe intervenir es el psiquíatra: con psicoterapia, aislamiento, hidroterapia y medicaciones apropiadas.
     En la curación de algunas de estas anomalías sexuales algunos médicos propugnan medios y sistemas que ofrecen inconvenientes de orden moral, o que al menos exigen determinadas condiciones para librarse de la nota de inmoralidad. Tales son: el comercio sexual ilícito, el espermocultivo, el rejuvenecimiento, el hipnotismo, el psicoanálisis.

a) Comercio sexual ilícito.
     En los casos relativamente raros en que el uso de la cópula puede ser remedio para el restablecimiento de la salud, sobre todo en la masturbación, recurren algunos médicos al trámite de aconsejar la cópula extramatrimonial. Dejando aparte el fundamento científico de semejante consejo (Castro Calpe, ob. cit., págs. 45 y sigs.), es reprobable como ilícito desde el punto de vista moral. El fin no justifica los medios.
     «Sería en extremo reprobable —dice Capellmann (Ob. cit., pág. 170)— y afortunadamente raro el proceder del médico que aconsejare al pecador temeroso y perplejo que tuviera un comercio ilícito para experimentar su propia potencia. También se opondría claramente a la honestidad, y cometería abuso de confianza, el que le persuadiera a que, para evitar la masturbación, mantuviera relaciones irregulares fuera del matrimonio, en el caso en que no pudiese contraerlo por cualquier motivo. Lo uno y lo otro equivaldría a querer echar a un demonio con otro; el médico que tal hiciese cometería grave pecado.»
     Es evidente que en el orden natural debe obrar una ley que regule la propagación normal de la especie humana; debe haber un cauce. Este es el matrimonio. Para que dos personas contribuyan a esa finalidad, es preciso que se completen constituyendo un principio de generación y educación de los hijos, con un carácter de permanencia que sólo en el matrimonio existe. Toda relación, por tanto, de orden sexual que carezca de esa condición, es contraria al orden esencial de la Naturaleza. Y como la ley es la ley, aunque sea dura, y aunque en su transgresión estuviera el remedio para un grave mal en casos particulares, de ahí que el aconsejar la relación sexual fuera del matrimonio, por ningún concepto puede justificarse. Cuanto más que, si bien bajo el concepto de lujuria, la masturbación es más grave que la simple fornicación, en otros aspectos encubre ésta mayor gravedad. Es, en efecto, un desorden en los planes de la naturaleza (además de estar prohibida por la ley positiva de Dios), que implica pecado doble; y que arrastra consigo gravísimos trastornos, por obra de las huellas que en el organismo deja la pasión encendida en el fuego de la carne (P. A. Vermeersch: De castitate, núm. 342). No puede, por tanto, el médico propasarse a un consejo semejante. Ni siquiera podría esconder su propósito bajo una condicional: «Si usted pudiera, o si fuera permitido..., este mal tendría remedio.» ¿Qué significaría ese modo de hablar, sino poner al enfermo en el disparadero? (Código de Deontologia Médica, art.. 77).
     «Es siempre gravemente ilícito dice el doctor Scremin (Morale professionale per i medici; véase Sessuale vita, págs. 105 y sigs.)— aconsejar la masturbación directa o indirectamente, cualquiera que sea el fin que se pretenda...» Al contrario, «sea el que seaañadeel daño que se deba a la masturbación, según el juicio del médico, nunca es lícito aconsejar el uso sexual extramatrimonial para evitarlo».

b) El espermocultivo.
     Es el método empleado por algunos médicos para investigar la potencia «generandi» y verificar la presencia o la ausencia de gonococos en los órganos genitales, a cuyo fin procuran una cantidad de esperma humano, que someten a análisis microscópico. El medio que dicen ser el mejor y el más cómodo es la masturbación. La cuestión fue sometida a la Sagrada Congregación del Santo Oficio en esta forma: «Si es lícita la masturbación directamente procurada para obtener el esperma, con el cual se descubra la enfermedad contagiosa llamada «blenorragia» y pueda ser curada en cuanto sea posible.» El 2 de agosto de 1929 (Acta Apost. Sedis, 3 de agosto de 1920, v. XXI, pàg. 490) contestó: Negative; esto es: de ningún modo. Confirma, pues, esta respuesta la doctrina católica de que la masturbación es intrínsecamente mala. Está prohibida por la ley natural, por ser el ejercicio de una función genital en condiciones que excluyen el fin de esta función: esto es: la procreación (Castro Calpe, ob. cit., pàg. 157. Doctor Scremin, ob. cit., pàg. 105).
     En consecuencia, el médico debe valerse de otros procedimientos para extraer el semen. El doctor Henri Bon propone los siguientes (Précis de Medicine catholique, pàgs. 214 y sig.):
     «La spermoculture ne peut donc être pratiquée que sur du sperme obtenu par massage des vésicules, par pollution spontanée si le malade y est sujet, par prélèvement dans le vagin après des rapports normaux, enfin par des moyens non immoraux par eux-mêmes.»
     Alguna dificultad encierra el primer procedimiento si ese «massage» ha de producir la excitación y la erección consiguiente. Proponíanse los moralistas antiguos si era lícito tomar medicinas para expulsar el «semen corruptum», y contestaban afirmativamente, entre ellos San Alfonso María de Ligorio (Theologiae moralis, lib. Ili, nùm. 478), siguiendo a Busembaum, pero con esta condición que dice a nuestro propósito: «Nunca, sin embargo, es lícito expulsar el semen mediante «tactu», aunque no haya peligro de consentimiento.» Y Reiffenstuel (Theologiae moralis, tr. 9, dist. 4, q. 5, m\m. 47, citado por el P. Vermeersch en Periodica de re morali, octubre de 1929, pàg. 216. Roma) no permite esa expulsión «con aquella acción y aquel ímpetu que la naturaleza hizo propio de ella (la expulsión), ni para este fin es lícito prescribir fármacos a los médicos.» Si, pues, en el dicho «massage des vésicules» se produce ese ímpetu o erección, no puede contarse entre los medios lícitos, porque, al fin, sería masturbación.
     Génicot-Salsmans, en su Teología moral (Vol. II, núm. 545, nota. Cfr. también Capello: De Sacramentis, volumen III, núm. 382), se hacen eco de «la práctica de algunos médicos, que de los mismos testículos del legítimo marido (hablan a propósito de la fecundación artificial), sin polución ni delectación venérea, sacan mediante un instrumento el semen...». Si el procedimiento es útil a los efectos del examen del laboratorio, no ofrece inconveniente de orden moral que lo prohíba.
     No existe malicia, de suyo, por el hecho de someter a análisis el semen humano, de cualquier forma que se obtenga. Si el analista es distinto del médico que lo ha obtenido por medio ilícito y existe acuerdo entre ambos, habrá cooperación. De otro modo, el analista puede prescindir de la bondad o malicia del procedimiento de obtención empleado por su colega.

c) El rejuvenecimiento.
     Entre los sistemas ideados a este fin se ha hecho célebre el de Voronoff, por el que mediante el injerto en un individuo de glándulas sexuales de mono se consigue, con las secreciones internas de éstas, suplir el defecto o insuficiencia de las del paciente y darle nuevo vigor. En cuanto a su valor científico, dice el P. Ferreres (Theologiae moralis, v II, núm. 47 bis edición de 1928), «no es improbable que esta práctica pueda contribuir a prolongar la vida dentro de ciertos limites, mejorando las funciones del organismo del mismo modo que a ese fin ayudan otras operaciones, medicinas..., con lo que parece que el hombre como que se rejuvenece». Los doctores Vallejo Nágera y Las Marías se han expresado así: «El rejuvenecimiento es una quimera, sin otra posibilidad que la de reactivaciones pasajeras de los procesos orgánicos.» (En una ponencia sobre esta materia en la Academia de San Cosme y San Damián, de Madrid, según notas que poseemos, y publicada en Medicina, enero de 1935, Esta conclusión no sólo se refiere a las trasplantación testicular de Voronoff, sino a otros procedimientos, como el de Steinach, que consiste en seccionar el conducto deferente, y el de Razumowki, según el cual, una vez aislado el conducto deferente del resto del cordón, se le aplica una torunda de algodón embebido en formalina al 40 por 100, durante un minuto, pasado el cual se separa la torunda y se lava el conducto deferente con un poco de alcohol. Los resultados son contradictorios, según los dos doctores citados, a la vista de copiosos testimonios que aducen). Ahora bien: desde el punto de vista deontológico, siempre que en algún caso esté garantizada la consecución de un beneficio orgánico, es lícito, a falta de remedios terapéuticos o higiénicos, realizar una operación semejante. Para esto hay que mirar al enfermo, a la intención y a los efectos. Las condiciones serían éstas: a) que no se solicite con la expresa intención de continuar o emprender un tenor de vida incompatible con las normas de la moral cristiana; b) si se trata de persona casada, que no se produzca una desarmonía sexual entre los cónyuges (cosa, al parecer, difícil en el estado actual científico de esta cuestión); c) y por lo que al organismo del paciente se refiere, que haya garantía de que ha de resistir la restauración de las funciones genésicas (Ferreres, ob. cit. Doctor Scremin: Morale professionale per i medid, página 57. Código de Deontología Médica, art. 16, con la bibliografía).
     Como en la reglandulación de mono a hombre no se verifica un verdadero injerto, según el mismo Voronoff admitía, sino «una reabsorción del tejido injertado, que en poco tiempo emprende un proceso de regresión», se ha pensado en el injerto homoplástico, o sea, injertando un testículo de un hombre ( P. A. Gemelli, O. F. M.: Sulla licita di cedere un organo per trasplanto, omoplástico, en La Scuola Cattolica (Milán, junio de 1934). En dicho artículo da cuenta de una sentencia recaída en la Corte de Casación de Roma. El 27 de agosto de 1930, unos cirujanos de Nápoles trasplantaron a un individuo debilitado por la edad una glándula sexual cedida por un estudiante hospitalizado en el Hospital de Incurables de dicha ciudad. De oficio, se inició procedimiento penal, y el Tribunal de Nápoles, en 28 de noviembre de 1931, absolvió a los procesados, «porque el hecho no constituía delito». Así falló también el Tribunal de Apelación de Nápoles el 30 de abril de 1932. Pero la Corte de Casación ya citada sustituyó esta fórmula por esta otra en su sentencia absolutoria: «Por haber cometido el hecho con el consentimiento del derecho-habiente.») Por parte de algunos biólogos se considera aplicable este procedimiento en las enfermedades mentales, en el infantilismo, en la homosexualidad, en el criptorquidismo. Pero, como dice el P. Gemelli en su artículo citado, apoyándose en las experiencias de autores que cita (Vors, Dartique, Cellerer), no está demostrado que ese injerto dé lugar a un órgano vital capaz de la función generativa, sino que sólo repara, por un cierto tiempo, la falta de función endocrina. Es decir, sólo se produce un rejuvenecimiento temporal.
     Ahora bien: en la cesión de glándula sexual humana se plantea una cuestión moral que no se presenta en el caso típico de Voronoff. ¿Se puede, en buena doctrina moral católica, ceder un testículo para ser injertado en un individuo y reparar a un decaimiento debido a la edad o a un estado patológico?. La dificultad nace del hecho de disponer de una parte del cuerpo y no en beneficio de éste, sino de un extraño. Los moralistas católicos, al hablar de la licitud de la mutilación (y en este caso existe, y de carácter grave, aunque se trate sólo de un testículo), se expresan en términos que excluyen como legítima cualquiera otra causa que no sea la necesidad de conservar la propia vida (Noldin: Theologiae moralis, «De preceptis», núm. 328 y otros). No es extraño que así hablen, porque la realidad aún no había planteado este problema. ¿Qué cabe decir hoy? El doctor Scremin dice que: «Al individuo que ofrece una glándula para el injerto, puede el médico tomarla.» El P. Vermeersch (Theol. Mor., vol. II, pág. 288) funda en la «unidad del género humano, en virtud de la cual somos como una cosa con el prójimo», la licitud probable de un daño directamente inferido al propio cuerpo para conseguir un bien proporcionado de orden corporal a otro. Admite este principio el P. Gemelli en el lugar citado, recordando aquellas palabras del Divino Maestro: «el que tiene mayor caridad es el que da la vida por sus hermanos» (San Juan. cap. XV, v. 13). En efecto, es lícito exponer la vida por el bien del prójimo. No lo es el arrostrar una muerte cierta, porque sería suicidio; pero sí el sufrir un daño y aun el exponerse a un peligro mayor o menor de abreviar la vida por una causa proporcionada al daño y al peligro que se corre (Noldin, ob. cit., núms. 326-327). El que asiste a los apestados con peligro de contagio merece el respeto de los hombres.
     Aplicando este principio, no hay duda que se puede ceder la sangre u otro tejido, pues sobre no ser, ordinariamente, daño grave el que se recibe, esos tejidos se reponen (La transfusión de sangre de cadáver no ofrece inconveniente por parte del daño que se infiera. De este tema se ocupó largamente la Academia de San Cosme y San Damián, de Madrid, siendo ponente el doctor Yague (24 y 31 de enero de 1936). En la discusión surgió una cuestión propuesta por el doctor Nogueras: «si es lícito extirpar órganos de fetos muertos para trasplantarlos a seres vivos». Nuestra opinión fue que era lícito. No se puede hablar de falta a la integridad de la personalidad humana, porque el feto muerto no es persona, no es sujeto de derechos. En ambos casos exigimos que conste ciertamente el hecho de la muerte o que la sangre extraída en su caso sea insuficiente a producirla. Y hay que recabar autorización de la familia en cuyo poder se encuentre el cadáver, pues es depositaría. En estas condiciones, el médico puede realizar sus operaciones y cobrar honorarios, como en los casos corrientes. (Boletín de Medicina, 15 de febrero y 1 marzo de 1936). Pero ¿se puede ceder un testículo? En virtud del principio sentado, creemos que es lícito, si bien el estado científico de la cuestión no permite base sólida al juicio. Hablamos, pues, condicionalmente.
     Exigiríamos estas condiciones: a) que se trate de caso de necesidad física o de atender a un grave daño moral; verbigracia: de un casado; b) que no se pueda recurrir a un medio terapéutico más apropiado; verbigracia: la opoterapia; c) que el injerto probablemente ha de ser útil; d) que haya proporción entre el daño que se sigue al oferente y el que se trata de remediar al enfermo. «Sólo el examen del caso y la ponderación de las circunstancias pueden permitir el formar juicio sobre la licitud de la cesión de un órgano en beneficio del prójimo» (P. A. Gemelli, ob. cit., al fin).


d) El hipnotismo.
     Otro método curativo de que debemos ocuparnos. No en su aspecto científico, sino en el moral, y esto brevemente. Digamos pronto que ese método en sí ni es bueno ni malo; es indiferente. La hipnosis o estado de sueño artificial producido por el hipnotizador en el hipnotizado no es un estado contrario al orden natural. Si no es un estado normal, tampoco es moralmente malo (Bernheim, en el Primer Congreso Internacional de Hipnotismo, citado por Scotti-Massana en Cuestionario médico teológico, pág. 329). Pues la sugestionabilidad no es más que una propiedad de nuestras potencias. Su malicia, por tanto, le vendrá de las circunstancias y del fin. Bajo este aspecto, sí puede el hipnotismo ser bueno malo. Por medio de él pueden corregirse ciertas inclinaciones perversas masturbación, homosexualidad— (Doctores Capellmann-Bekgmann: Medicina pastoral, pág. 93 edición de 1913). Este fin es bueno. Pero no hay duda que, produciéndose en el hipnotizado una pérdida momentánea del uso de la razón y de la conciencia y pudiendo ocurrir en ese estado y como consecuencia de la subordinación de las facultades de aquél al hipnotizador —aun a veces después del sueño hipnótico— incidentes contrarios ya a la salud física, ya a la moral del enfermo, ya también a las conveniencias sociales, claro es que por estas circunstancias y finalidades malas puede el hipnotismo degenerar en un acto reprobable. También puede suceder que bajo las formas de hipnotismo se realicen prácticas espiritistas para producir fenómenos sorprendentes (Doctor H. Bon, ob. cit., pág. 526. Cfr. nuestro Código de Deontologia Médica, apéndice VI, pág. 158).
     Por estas razones los moralistas exigen ciertas garantías o requisitos, a saber:
     1.° Consentimiento explícito —presunto en caso de necesidad— del interesado o de la persona que ejerza autoridad legítima sobre el paciente.
     2.° Causa grave, que puede ser: a) una enfermedad que no pueda curarse por otro procedimiento menos peligroso; b) una investigación científica, en el orden puramente natural.
     3.° Pericia y prudencia en el médico que sean garantía del éxito, al menos sin perjuicio.
     4.° Asistencia de una o más personas de la confianza del enfermo y aun de la del médico, que garanticen los derechos de aquél y salvaguarden la honorabilidad de éste (Código de Deontología Médica, art. 72. Doctor H. Bon, ob. cit., y L. Payen: Déontologie médicale, cap. XIV (edición de 1935).

e) El psicoanálisis de Freud.
     Este método consiste en descubrir los complejos inconscientes sacando a luz las tendencias instintivas reprimidas en el individuo —normal o enfermo— cuya mentalidad se desea conocer o a quien se quiere someter a curación (A. Hasnard: La phychan, pág. 55, citado por Payen, ob. cit., cap. XIV, número 270). El objeto, pues, del psicoanálisis es el inconsciente. Se entiende por tal aquel conjunto de tendencias reprimidas que es impotente para triunfar de la resistencia que a su reaparición se opone por la censura, esto es: por la fuerza de las consideraciones y respetos que impiden que lo inconsciente salga a luz. El contenido de este inconsciente es siempre, o casi siempre, sexual, de origen infantil, que por virtud de las direcciones familiares y exigencias sociales y religiosas cayo en el inconsciente (G. Payen, núm. 256, 5.°. Cfr. J. A. de Laburu, S. I.: Psicología médica, sec. 3, cap. 3. Montevideo, 1940). Pero estas tendencias sexuales rechazadas no permanecen estáticas, inactivas y dinámicas, y son susceptibles de la sublimación hacia otros fines distintos del sexual, independientemente de la libre voluntad del hombre.
     El inconsciente es activo, tanto en el hombre normal como en el afectado de neurosis y psicosis, tanto en estado de vigilia (accidentes y faltas) como durmiendo, por medio de los sueños. Las fuerzas instintivas dan lugar a ciertos sistemas de imágenes inconscientes fuertemente cargadas de sentimientos llamados «complejos», que orientan, como a distancia, el curso del pensamiento y de la acción conscientes. ¿El resorte de este dinamismo del inconsciente? La libido. La cual no es otra cosa que la fuerza con la que se manifiesta el instinto sexual, como el hambre pone de manifiesto el instinto de la nutrición (J. de la Vaissiere: «La theorie psychoanalytique de Freud», en Archives de Philosophie, v. VIII, cuaderno 1). Es el amor. Pues, según Freud, todo amor es sexual, o radicalmente idéntico al amor sexual. En el niño está la raíz del instinto y la misma vida sexual en ejercicio. Incluso las tendencias perversas tienen su raigambre en la infancia. Muchos actos de las relaciones mutuas entre niño y madre son de índole sexual. Hasta muchos juegos de los niños. De creer a Freud, casi todas las tendencias vitales de conservación del individuo caen bajo el concepto de sexualidad (Doctor A. Castro Calpe, S. J.: Deontología médica en las tendencias sexuales de los célibes, pág. 18).
     Para sacar a luz, a flor de la conciencia, las tendencias sexuales represadas, el psicoanalista se vale de tres procedimientos: a) Asociación de ideas libres, mediante la exploración a que el médico somete al cliente, el cual, sin reflexión, espontáneamente, debe manifestar cuanto le viene al espíritu, aun las cosas más insignificantes, dolorosas e inconvenientes, disgustos familiares, recuerdos de la infancia, toda su vida íntima. En cada sesión, que suele durar una hora, y se repite durante varias semanas, meses y aun años, el médico se limita a precisar de cuando en cuando ciertos hechos reveladores y proponer al enfermo progresiva y prudentemente la interpretación que él entrevé; b) Interpretación de los sueños, pues en todo sueño hay un sentido velado de los símbolos, de los cuales tienen la clave los hábiles psicoanalistas. El contenido manifiesto sólo es la expresión más o menos disfrazada del latente, toda vez que la censura, disminuida durante el sueño, aún es suficiente para enmascarar un deseo. El arte del psicoanalista consiste en descubrirlo a través de la envoltura externa, teniendo en cuenta que, según Freud, todo sueño es realización imaginativa, casi siempre de tendencias afectivas, de un deseo sexual no satisfecho; c) Psicopatología de la vida humana, un buen número de actos de la vida no tienen en apariencia ninguna razón de ser y parecen resultado de la inadvertencia o del azar, pero en realidad son efecto del inconsciente (olvidos, recuerdos raros, lapsus, torpezas, errores de lectura y escritura, etc.), y el arte del médico es relacionarlos con las tendencias reprimidas.
Cura psicoanalítica.
     Tiene por fin hacer comprender al enfermo intuitivamente el mecanismo afectivo de sus síntomas neuropáticos y descubrirle sus aspiraciones no satisfechas. A más de los procedimientos ya señalados (exploración, interpretación de sueños, etc.), se vale el psicoanalista de otros complementarios: a) la condenación, consiguiendo que el sujeto combata sus tendencias perversas, b) la sublimación, que tiende a enderezar hacia fines superiores, no sexuales, las tendencias reprimidas; c) la rectificación, que hace que el régimen sexual sea el normal. Para estos fines requiérense cualidades especiales en el médico y en el enfermo. Por parte de éste debe haber buena voluntad de curación. Su edad no debe rebasar los cuarenta y cinco años.
     Dibujada a grandes rasgos la teoría psicoanalítica, veamos brevísimamente tres puntos: 1.°, la teoría en sus fundamentos; 2.°, como método pedagógico; 3.°, como método terapéutico.
     l.° La teoría en sus fundamentos. Ya el lector habrá advertido que el principio del cual parte Freud es el pansexualismo, el cual, por su universalidad y su extensión a la infancia, es falso. Pero mayor falsedad encierra la sublimación, no en cuanto no se pueda ésta conseguir, sino por derivarla, como de su germen, de la actividad infantil, de fondo sexual. ¿Cómo un acto de heroísmo puede provenir de un afecto material y sensible? ¿Qué proporción hay entre el amor del placer y el amor del ideal? ¿Lo menos puede ser causa adecuada de lo más? ¿Cómo es posible que el espíritu germine de la materia? ¿Es que no existen más que tendencias sensibles? Existen, ciertamente, aspiraciones intelectuales y espirituales que manifiestan caracteres distintos y aun opuestos (J. de la Vaissiere. citado en la obra de Payen, núm. 277). A este doble exceso hay que añadir dos graves defectos, que son la supresión de la voluntad libre en la mecánica de las tendencias y la sublimación, y la ruina de la moral, sobre la cual Freud lanza el descrédito y destruye el fundamento, que es la creencia de Dios. Para él la abstinencia sexual es causa de inferioridad humana. De ahí que inspire terror a las represiones de la vida sexual, como causa de traumas psíquicos.
     2.° Como método pedagógico. De ahí se puede ya sacar en consecuencia cuán inoportuno sea someter a los niños a la exploración del inconsciente e intentar la sublimación. W. Stern lo califica de «pecado pedagógico». La exploración es peligrosa para el niño, que no podrá sin inconvenientes replegarse sobre sí mismo y asistir al descubrimiento de sus tendencias, que conviene más bien combatir fortaleciendo el espíritu. Ni es leve el peligro de inocular por sugestión en almas inocentes los «complejos» especialmente virulentos. Pero, además, en cuanto a la sublimación, es inútil, porque un buen educador puede formar hábitos buenos que inclinen a la voluntad a órdenes superiores. Esta voluntad, libremente, podrá sublimar todas las tendencias sexuales, contando con la gracia de Dios, que en la educación cristiana es esencial. Para ello, juega papel importantísimo la piedad.
     3.° Como método terapéutico. El P. Castro expone su juicio así:
     «A pesar de sus notorias exageraciones, esta teoría contiene, sin duda, algo de verdad. Así, por ejemplo, la hipótesis de la represión de la sexualidad (exagerada o mal dirigida) hasta producir traumas psíquicos o subconscientes, o aun del todo olvidados, pero activamente patológicos; la suposición de que estas reliquias sexuales se transfieran en síntomas neuróticos, y los ensayos de su terapéutica analítica, para volver a la conciencia aquellos traumas, ver la sinrazón de la represión en unos casos o emprender la lucha consciente en otras ocasiones, o sublimar, en fin, las tendencias sexuales por medio de la ciencia, del arte, de la filantropía, en otros casos; todo esto con tal de no tomarlo en sentido universal, ni como el factor más importante, ni el más frecuente en la etiología y el tratamiento de las neurosis, parece admisible» (P. Castro: Deontología médica, pág. 18. Véase nota del doctor Bermejillo en el apéndice).
     Las condiciones que subrayamos son, precisamente, las que le faltan a ese método tal como Freud lo concibió y en las que reside el peligro de errores en el diagnóstico y en el tratamiento de los enfermos. El excesivo contenido sexual que la técnica psico-analítica encierra no puede por menos que ofrecer graves y serios inconvenientes y peligros morales: peligro proveniente del prejuicio del psicoanalista y su propensión a ver en casi todos los actos de la vida un fondo sexual; peligro de despertar en el enfermo sentimientos malsanos de la exploración; peligro de crear por sugestión una erudición freudiana de efectos morbosos o de cultivar tendencias mito-maníacas; peligro, en fin, de dar origen a relaciones afectivas entre el enfermo y el médico (Doctor Bon: Precis de Médicine catholique, pág. 528). La peligrosidad del método es evidente y reside en esa "moral" nueva en orden sexual, que es su característica (Dr. Laumonier, citado por Bon. Cfr. Código de Deontología Médica. Francisco Gaetani: La psicoanálisis de Freud, Cap. V pág. 9 y cap. VI, págs. 111-113. Ch. Blondel: La psychanalyse, págs. 127, 159 y sigs.).
Dr. Luis Alonso Muñoyerdo
MORAL MÉDICA EN LOS SACRAMENTOS DE LA IGLESIA.

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