sábado, 7 de junio de 2014

Ultimos enemigos de nuestra Madre en el seno de la Iglesia

“Los avisos saludables de la Virgen a sus devotos indiscretos”: bibliografía, refutaciones. Nuevo triunfo de la devoción católica, y conclusión.

     I. No ha sido sólo el protestantismo el que ha combatido el culto de la Madre de Dios en los tiempos modernos. Una herejía más disimulada, más hipotética y no menos peligrosa por lo mismo que se cubría con la máscara de la fe y de la piedad católica, siguió a los luteranos y calvinistas por este camino. Hablamos del jansenismo y de sus adeptos. Lo que hizo con la divina Eucaristía, mejor dicho, contra la divina Eucaristía, lo renovó con el culto de la Santísima Virgen. No niega abiertamente las prerrogativas de María, ni el honor que le debemos rendir, ni el auxilio que de Ella podemos esperar y recibir, como tampoco negaba la presencia real del Cuerpo y de la Sangre de Cristo en el Sacramento del altar o los frutos de santidad que produce; procederes son estos claramente impíos que hay que dejar a los heréticos declarados. Pero, aun ocultando sus ataques bajo falsos pretextos y apariencias mentirosas, no se encaminaba menos seguramente a destruir en las almas la alta estimación que debemos tener de las grandezas de María, y sobre todo la confianza filial que los cristianos han profesado siempre a su poderosa y maternal intercesión. Estos grandes títulos de Mediadora, de Cooperadora de nuestra salud, de Madre de gracia y de misericordia, y otros del mismo género le eran insoportables; y porque la Salve los resume todos cuando llama a María “nuestra vida, nuestra dulzura, nuestra esperanza”, hubiera deseado, si le hubiera sido posible, ahogar este himno en la boca de los cristianos al cabo de tantos siglos que se cantaba en la Iglesia.
     En vano se le mostraría que los títulos y las alabanzas que él persigue con sus críticas habían sido empleados por los Padres y por los Santos; ellos los decían “como expresiones extraordinarias y figuradas, de las cuales no debemos servirnos sin prudencia y sin discreción” (Avis salutaires..., § 3, n. 5. Y, sin embargo, esos mismos Padres, después de haber multiplicado los títulos de honor y llevado tan arriba los privilegios de la Virgen, confesaban que Ella estaba muy por encima de toda alabanza y de todo concepto). En cuanto a los himnos de la Iglesia en los que hallamos “esas (pretendidas) hipérboles y esas vanas adulaciones” hay que restringirlas a términos más moderados y, por consiguiente, más verdaderos, ya interpretándolos, ya hasta quitándoles lo que tienen de exageradas, para substituirlas por nociones más exactas y menos aptas para falsificar las ideas de los fieles.
     El jansenismo intentó hacer esto en el siglo XVII, y sobre todo en el XVIII. Tratábase de reformar la Liturgia, y no faltó a la tarea. En los treinta últimos años del siglo XVII emprendieron la reforma las diócesis que tenían libros litúrgicos particulares. Los que seguían la liturgia romana no se entregaron a estas innovaciones sino durante el curso del siglo XVIII. Véanse las Institutions liturgiques, de Dom Próspero Guéranger (au Mans. Feuriot. 1841), t. I, p. 72. No pretendemos decir que todo fue malo en los retoques del siglo XVII, ni en las intenciones de los autores. Nada hay seriamente reprensible en el Breviario de Soissons, publicado en 1676; ni en el de Reims, de M. Le Tellier, en 1685 ; ni en el de Mans, de 1693, por L. de Tressau, etc. Pero no puede decirse lo mismo del Breviario de Viena, publicado en 1678 por H. de Villars ; menos aún en el de París, publicado por F. de Harlay... (ídem, ibíd., pp. 73 y sigs.).
     Hablando sólo de este último, diremos que su oficio de la Virgen no contenía ya esta antífona formidable para todos los sectarios: Gaude Maria Virgo, cunctas haereses sola interemisti in universo mundo, ni esta otra, no menos venerable: Dignare me laudare te, Virgo sacrata; da mihi virtutem contra hostes tuos. El mismo Breviario proveía de armas contra la verdad de la gloriosa Asunción de María; porque después de haber quitado de la 6° lección de la fiesta las hermosas palabras de San Juan Damasceno, Hanc autem vere beatam, etc., suprimía en el cuarto día de la Octava las tres lecciones en que el mismo Santo refiere la gran escena de la Muerte y de la Asunción corporal de la Madre del Salvador. El hermoso Oficio de la Visitación desaparecía todo entero, y la Anunciación de la Santísima Virgen se convertía en la Annuntiatio Dominica, a fin de que esta solemnidad dejase de ser una fiesta de María, para convertirse exclusivamente en una fiesta de Nuestro Señor (ibid., pp. 86 y sigs.).
     Alguna moderación se guardó en los atentados sancionados por Fr. de Harlay. Pero no hubo ninguna en el Nouveau Breviaire de París, editado en 1636 por la autoridad de monseñor de Vintimille. ¿Y quién puede asombrarse de ello, conociendo a los tres hombres encargados de su redacción? Eran el P. Viguier, Fr. Phil. Mesenguy, un acólito rebelde abiertamente contra las decisiones de la Iglesia, y el seglar Coffin, sucesor de Rollín en la administración del Colegio de Beauvais, en París, y apelante, como su predecesor. Que los redactores tuvieron la intención expresa de disminuir las manifestaciones de la piedad católica hacia la Madre de Dios, cosa es que los espíritus menos prevenidos se han visto obligados a confesar.
     Demos algunos ejemplos, tomados también de Don Guéranger, y comencemos por el Ave Maris Stella. Este cántico admirable, en el que la Iglesia expresa con tanta seguridad el poder de Aquella que sólo con pedir a su Hijo obtiene lo que quiere, y que nos salva con su oración, como Él con su misericordia, se ve en ese nuevo Breviario no sustituido por otro, sino fríamente corregido y mutilado. Y, en verdad, ¿por qué la Iglesia Católica, según el sentir de aquellos austeros reformadores, prodigaba en dicho himno sus hipérboles a la Reina del Cielo? De las siete estrofas solamente tres, la primera, la cuarta y la última, es decir, la doxologia final, son conservadas. La quinta. Virgo singularis, desaparece, sin duda porque era imposible el parodiarla. Las otras están alteradas profundamente, como puede verse comparando el texto de la Iglesia Romana, conservado por Francisco de Harlay, con el texto de Coffin, en el Breviario de Vintimille (1° edición) :
Sumens illud Ave                                                   Virgo singularis
Gabrielis ore                                                          Verae vitae parens,
Funda nos in pace                                                  Quae mortem inyexit
Mutans Evae nomen.                                              Mutans Evae nomen.

Solve vincla reis                                                      Cadant vincla reis 
Profer lumen coecis                                                 Lux reddatur coecis
Mala nostra pelle                                                     Mala cuncta pelli
Bona cuncta posce                                                  Bona posce dari.
Vitam praesta puram                                               Vitam posce puram 
Iter para tutum                                                         Iter para tutum
Ut videntes Jesum                                                    Ut videntes Jesum 
Semper collaetemur.                                                Semper collaetemur.

     Desagradaba al jansenismo el llamar a María la Madre de la Gracia y de la Misericordia. Coffin quita igualmente esos títulos en las Completas del Oficio Parvo de la Santísima Virgen. Ya no será el texto de la Iglesia Romana perdonado por Harlay: María Mater gratiae. Dulcís parens clementiae. Tu nos ab hoste protege, et mortis hora suscipe. El Breviario de Vintimille (1? ed.) dirá Et nos Dei virgo parens. Vultu benigno respice;  Placabilem tua prece. Fac esse nobis Filium. Desaparecen también del Oficio de la Circuncisión las Antífonas seculares: O admirable commercium. Quando natus es ineffabiliter; rubum quem viderat, Germinavit. Ecce Maria, etc. Desaparecen las Antífonas tan expresivas: Assumpta es María in coelum. Exaltata est Sancta Dei genitrix, etc. Nativitas gloriosae, Nativitas est hodie, Nativitas tua, Dei genitrix, etc. Si consienten en dejar las Antífonas: Alma Redemptoris, Ave Regina coelorum. Regina coeli laetare y Salve Regina, suprimirán, por lo menos, sus antiguos versículos: Post partum Virgo, Dignare me laudare, Gaude et laetare, etc. Antífonas y versos del antiguo Breviario serán sustituidos por frases y textos bíblicos, vacíos del nombre de María.
     Inútil parece el añadir que no perdonaron en esos odiosos retoques a la fiesta de la Concepción. No se contenta con mantenerla en el rito de solemne menor a que la había rebajado Francsico de Harlay; la nueva reforma suprimió la Octava de esta gran fiesta. Veíanse así, puestos en práctica por todas partes, los Avisos saludables (Dom Guéranger, 1. c., pp. 333-338). No menos fueron seguidos en el Breviario de Cluny y en el Nuevo Misal de Troyes, publicados, el primero en 1676, y en 1736 el otro, coma lo demuestra el sabio abad de Solesmes (op. cit., pp. 106, 107 y pp. 205 y sigs.).
     Innecesario igualmente añadir que lo que se quitaba de los Oficios litúrgicos se perseguía en los libros, en los que se reputaban “impiedades y blasfemias” frases como éstas: "Te pido... que te dignes disponer tan bien mi alma para recibir el cuerpo de tu Hijo Jesús, que no le haga deshonor... ¡Ah! por favor, dame las disposiciones necesarias.” (Juicio y censura del Petit livre de vie, qui apprend a bien vivre et a bien prier Dieu, par le I*. Amable Bon-nefons, S. J.)

     II. Nuestro intento no puede ser el refutar particularmente todos los ataques dirigidos por el jansenismo contra el culto de la Madre de Dios. Gran número de ellos han sido ya victoriosamente rechazados en el curso de la presente obra, y sobre todo aquellos que van más directamente o contra la cooperación de la Virgen Santísima a la salvación de los hombres, o contra la asistencia que todo cristiano puede hallar en Ella, por criminal que sea. En cuanto a los demás, se disiparán fácilmente a la luz de los principios que repetidas veces hemos establecido. Notaremos, sin embargo, algunos de esos ataques, aunque no sea sino para mostrar con nuevos ejemplos el género de esos tristes sectarios y su encarnizamiento contra la devoción filial y confiada de los católicos a su Divina Madre. Todo el veneno de sus dolorosas doctrinas ha sido concentrado por ellos en el libro titulado Advertencias saludables de la Santísima Virgen a sus devotos indiscretos, obra que ya hemos tenido varias veces ocasión de mencionar.
     No creemos inútil decir por una vez el origen y fortuna de este libro. Apareció en la segunda mitad del siglo XVII, y para hablar con más exactitud, en el año 1673, a fines de noviembre. Estaba escrito en latín, y se imprimió en Gante, en casa de Erckel. La primera traducción al francés apareció en Lille, en 1877, en casa de Nicolás de Rache, con una tarta apologética del autor. Era del fogoso jansenista D. Gabriel Gerberon, a quien algunos han atribuido también el texto latino primitivo. Siguióse en seguida la segunda traducción, en opinión de unos, o una segunda edición, pero algo modificada, en opinión de otros. Llevaba en el pie de imprenta el nombre de Gante, pero todo inclina a creer que salió de una imprenta clandestina de París. Desde 1673 corría también una traducción alemana. Muy pronto publicaron los hugonotes una tercera edición francesa, en Rouen, con adición de unas Reflexiones muy injuriosas para la Iglesia Católica. Hállanse éstas al final de la Apologie des dévots de la Sainte Vierge (Bruxelles, Coopens, 1675), desde la página 885. Son muy breves, y terminan así:
     “El lector debe saber que las Advertencias a los devotos indiscretos han sido impresas también en Lille por Nicolás de Hache, impresor del rey, con privilegio y aprobación de monseñor Gilbert de Choiseul du Pressis Praslin, obispo de Tournai, y la de monseñor de Campenhout, deán de la iglesia colegiata de San Pedro de Lisie, y de M. Jacobo Boudard, canónigo teólogo de la misma iglesia, en marzo de 1673.”
     Bordas-Dumoulin, pseudo filósofo y literato jansenista de principios del siglo XIX, desenterró y volvió a editar el librito. Cosa propia de un autor cuya obra sobre los Pouvoirs constitutifs de l'Eglise, en la que consagra dos capítulos a lo que él llama el Marianismo substituido al Catolicismo, ha sido censurada por el Indice (decreto del 7 de abril de 1856).
     ¿Quién era el autor de los Avisos o Mónita Salutaria B. V. M. ad cultores suos indiscretos? La opinión común los atribuye a un jurisconsulto de Colonia, Adán Widenfeldt, convertido imperfecto del protestantismo al catolicismo. Los compuso bajo la inspiración de los jansenistas, a cuyos jefes había conocido en Gante, primero, y después en París. Apenas apareció este librito se escandalizaron todos los católicos. En cambio, los herejes de Holanda, Alemania y Francia triunfaron altamente; lo tradujeron en sus lenguas respectivas, y lo extendieron por todas partes, con las reflexiones más insultantes para la Iglesia Católica, insinuando, en infinidad de escritos, que por fin comenzaba la Iglesia a reconocer, por medio de dicho librito, sus errores y su idolatría. Y por esta razón Widenfeldt se vió obligado a hacer una gran apología, tanto de su doctrina como de sus intenciones.
     Esta apología no fue muy afortunada. La Santa Sede la condenó en 1675. Algún tiempo antes, el 27 de noviembre de 1674, la Inquisición de España censuró los Avisos saludables, como indiscretos, peligrosos y perniciosos, y propios para apartar a los fieles del culto de la Santísima Virgen, etc. La Facultad de Teología de Mayenza los condenó, en el mes de mayo de 1674 como escandalosos, perjudiciales y con sabor jansenista y luterocalvinista. En Roma fue puesta dicha obra en el Indice de libros prohibidos, en 1672, y positivamente censurada después, en 1676, a pesar de las aprobaciones de que estaba provista, a pesar de la Carta Pastoral que M. de Choiseul, obispo de Tournai, publicó para adoptarla, y a pesar, en fin, de todos los esfuerzos del partido... El autor culpable de los Avisos saludables (Widenfeldt) murió cuatro años y medio después de su publicación, es decir, el 2 de junio de 1678, de edad de sesenta años, próximamente (Dictionnaire des livres jansénistes, t. I, pp. 169 y sigs.).
     Para que se juzgue mejor de la conmoción producida en el mundo católico por este desdichado libelo, daremos la lista de las principales refutaciones que de él se hicieron, con la fecha de su publicación, o, mejor dicho, reproduciremos la lista que formó el P. Zaccaria (Storia letteraria d’Italia, t. Vili, 247-251), “con ayuda del Nuevo Diccionario de obras jansenistas, de las Memorias cronológicas y dogmáticas del P. de Avrigny, de las Memorias de Trévoux y de otros libros análogos", sin perjuicio de completarla con indicaciones más exactas y explícitas, o con adiciones sacadas en su mayoría del P. Backer, Ecrivains de la Compagnie de Jésus, t. II, pp. 2020 y siguientes; después indicaremos las obras publicadas en sentido contrario.
I. Refutaciones de los Avisos saludables
     En 1674, es decir al año de aparecer Mónita Salutaria:
     Defensio B. V. M. et piorum cultorum ipsius contra libellum intitulatum: Mónita salutaria, etc., a S. Sede et a sacro Tribunali Hispaniarum prohibita. Est contra Epistolam Apologeticam pro eisdem; cui addita est praefatio contra Epistolam gallice editam a D. Gilbert, ep. Tornacensi, ad Ecclesiae Praelatos directa. Auctohore F. Lod. Bona, theologo. Typis Christ. Kiirchleri, 1674.
     Este Lodvisius Bona era M. Dubois, profesor de Lovaina.
     Cavillator veri Hyperduliae cultus Magnae Dei Matris deprehensus et reprehensus. Pragae, 1674, et Leodii apud Henric. Wypart, 1674, in-12°, p. 30. (Por el P. Maximiliano Reichenberg, S. J.). En el mismo año y del mismo autor: Appendix paroenetica in Apologian simul et Palinodiam defensoris Monitorum insalutarium. Además: Brevis Apostrophe ad Regularem annonymum Mónita salutaria indicantem, 1675. Reflexiones super approbationibus libelli, 1674. Paroenesis ad Monitorem Antimarianum. Por último, dos años más tarde, es decir, en 1677, apareció la obra postuma: Mariani cultus vindiciae, seu nonnullae Animadversiones in libellum cui titulus: Mónita Salutaria B. V. Mariae ad cultores suos indiscretos. Pro vindicanda contra auctorem anonymum Deiparae gloria, secundum Orthodoxae Fidei Dogmata. SS. Patrum testimonia, rectae rationis dictamina et theologorum principia, concinnatae a R. P. Maxim. Reichenberg.. . e S. J. Pragae, 1577, 4*. p. 184.
     El Culto de la Virgen María sostenido contra las admoniciones indiscretas de un autor anónimo, por el R. P. F. H. Henneginer, licenciado en Teología. Saint-Omer, Carlier, 1674, 12". —Esta obra, escrita en latín, fue traducida por el P. J. Chrysost. Bruslé de Monteplein-champ, S. J., bajo este título: Le culte de la Sainte-Vierge vengé. Saint-Omer—. Una primera traducción de la misma obra, por el P. Le Roi, O. P., había aparecido también en Lille.
     Juste apologie du culte de la Mère de Dieu, ou discrets avis des Saints Tères contra les Avis indiscrets de l’auteur du livre intitulé: Avis salutaires, etc., par le P. P. F. Gregoire de Saint-Martin. Douay, Serrurier, 1674, 8v.
     Sentimients des Saints Pères et Docteurs de l’Eglise touchant les excellences et prérogatives de la très Sainte Vierge Maria Mère de Dieu. Recogido todo fielmente de los escritos de ellos. Para servir de respuesta a un librillo titulado Advertencias... París, Guignard, 1674. Esta obra tuvo una segunda edición en 1675, en casa del mismo Guignard; aumentada con un gran número de pasajes y una Aclaración sobre algunas dificultades tocante a los elogios que los Santos Padres han hecho de la Bienaventurada Virgen María y el culto que le rinden los católicos —Par messire Luis Abelly, obispo de Ródez.
     Monitorum salutarium... non ita pridem in lucem editorum consonantia haereticis, et sensui Ecclesiae. SS. Patrum, Orthodoxorum theologorum ac Christi fidelium dissonantia, aequo rerum aestimatori, lectori proponuntur dijudicanda ex R. P. Canisio, S. J., Colleetore Theotocophilo Partheno Mortano. Mariaeburgui Catholicorum, Typis Bern. Canisti, 1674. (Por Fr. van Herenbeck, deán de Lovaina, más tarde obispo de Gante. )
     Jesu Christi Mónita maxime salutaria de cultu dilectissimae Matri Mariae debito exhibendo, Duaci, M. Lerrurier, 1674. 12°, por M. de Cerf. — Idem opus amplificatum et illustratum a quodam S. Jesu presbytero. Primera traducción francesa en Douai, después en Rouen; segunda corregida por el P. de Vignancour, Rouen.
     Notae salubres ad Mónita auctoris incogniti nec salutaria nec necessaria. Auctore D. Volusio. Mogontiae. — Notas aprobadas por la Facultad de Teología de Mayenza.
II. En 1675.
     Statera et examen libelli cui titulus: Mónita salutaria, etc. — Accessit D. Joan. Cochlaei articulorum Martini Lutheri confutatio. Authore Laurentio a Drip., O. S. B. Coloniae, 1675. 129 nueva edición, aumentada y corregida. Paberb., 1677.
     Apologie des dévots de la Sainte Vierge, o los sentimientos de Teótimo sobre el librillo titulado Avisos saludables, etc. ; sobre la Carta apologética de su autor y sobre los Nuevos Avisos en forma de Reflexiones añadidas al librito. Bruselas, Foppens, 1675, 89 (El autor anónimo es Pedro G renier, procurador del Rey.) Esta refutación está en el Indice; probablemente porque atribuye las Reflexiones, que son de un protestante, al autor de los Avisos.
     Expunctio notarum quas in favorem monitoris anonymi, alter anonymus inurere nititur cultui B. Virginis Mariae vindicato por P. Hennuyer. Cameraci, Mairesse, 1675 89.
     Defensio cultus B. Virginis ex puris Canisii verbis contra haereticos. Insulae, de Rache (por el P. Jacob  Platel, S. J.)
     Accord amoureux entre l’amant de Jésus et de Marie, por un P. Recoleto; Douai.
     En los años siguientes la refutación de los Mónita no continuó con menos viveza. Aparte de Mariani cultus Vindiciae, del P. Reichenberg, de que ya hemos hablado (1677), tenemos, en 1679:
     La véritable dévotion envers la Sainte Vierge, établie et défendu, del P. J. Grasset, Paris, Fr. Muguet, 49 Segunda edición, ibid. ; 1687.
     Como las Advertencias saludables, extendidas en Francia hasta desde el púlpito, hacían desertar a gran número de personas del culto de la Sma. Virgen, de igual modo que el libro de Arnauld sobre la Comunión frecuente había apartado a muchos de la Santa Mesa, Bourdaloue los atacó vigorosamente, en su segundo Sermón para la fiesta de la Asunción de la Sma. Virgen, sobre la Devoción a la Madre de Dios. De todas las refutaciones, es una de las más sólidas y elocuentes. Bordas-Dumoulin escribe a este propósito: “Se asombran de que Bourdaloue los haya atacado. ¿Fué por su propio movimiento o bajo la influencia de sus cofrades los jesuítas? Sea como quiera, forzado a apoyarse sobre los textos apócrifos de que he hablado, y sobre los excesos adonde tales textos habían arrojado a San Bernardo, da compasión oírlo.” Prefacio de la nueva edición de las Advertencias.
     Después de Bourdaloue, combate Bossuet los Avisos; porque es imposible no ver una alusión manifiesta a los Avisos en su tercer Sermón para la fiesta de la Inmaculada Concepción de la Sma. Virgen, sobre la devoción a María. Por “consiguiente, hermanos míos, hemos apoyado la devoción a la Sma. Virgen sobre un cimiento sólido e inquebrantable. Puesto que tan bien fundada está, ¡anatema a quien niega y a quien arrebata a los cristianos un auxilio tan grande! ¡Anatema a quien la disminuye, porque esos tales debilitan los sentimientos de la piedad!” (Fin del primer punto.)
     Hallamos también una refutación, por lo menos parcial, de los Mónita salutaria en la Theologia Mariana del benedictino Sedlmayer, p. IV, q. 12, a. I. Hay que notar también que la lucha se renovó más vivamente a mediados del siglo XVIII, con ocasión del libro de Muratori intitulado La Regolata divozione dei christiani. Más arriba dijimos lo que fue esta controversia y cuáles fueron sus principales campeones.
III. Obras en favor de los Avisos.
     En 1674. Lettre Pastoral de Monseñor el obispo de Tournay sobre el Culto de la Sma. Virgen y de los Santos, con ocasión del libro Avisos saludables. Lille y París, Sebastián Cramoisy, 1674.
     Pastoralis epístola Ilmi, ac Rmi. episcopi Tornacensis... Insulis, Nicol de Rache, 1674.
     Litterae detae Andegavi, 1674, cum notis ad Mónita salutaria.
     Epístola apologética quam auctor libelli cui titulus: Mónita... scripsit ad ejusdem censorem. Mechliniae, 1674, 12. etc. etc. etc.

     En 1707, el 4 de febrero, en la iglesia de las Anunciadas de Villeneuve, en Agenois, un predicador predicó un sermón según el espíritu de los Avisos, que iba directamente encaminado a disminuir la devoción de los fieles hacia la Madre de Dios. El obispo de Agenois la condenó, el 20 de marzo, por un Mandamiento inserto en las Mémoires de Trévoux del mes de octubre de 1707 (pp. 1.802, sigs.) El mismo obispo, el día 13 de julio, censuró varios libelos publicados por el predicador para defender su sermón, y la Facultad de Teología de Cahors, uniéndose al obispo, censuró igualmente diecinueve proposiciones del mismo predicador.

     He aquí una de esas advertencias, y no la menos pérfida:
     “No me améis más tiernamente y más sensiblemente que a Dios; tened cuidado de no poner más confianza en mí que en Dios; no empleéis más tiempo en honrarme a mi, ni me dirijáis más plegarias que a Dios. Que Dios os sea todo en todas las cosas. Todo lo que podéis, sea rogando o amando, empleadlo principalmente en el servicio de Dios, porque habéis sido criados para amarle más que a todas las cosas. Yo no soy el fin, sino el medio de vuestras oraciones y de vuestro amor; no os detengáis mucho en ese medio. sino dirigios rápidamente a Dios” (Avertissements salutaires, § III, n. 9).
     Se ve en este ejemplo la forma con que el autor procede y cómo mezcla pérfidamente lo verdadero y lo falso, y cómo aparta del culto de la Madre, bajo pretexto de proteger el de Dios su Hijo. El principio fundamental presentado bajo diversas formas es incontestable: hemos sido creados para amar a Dios más que a todas las cosas, porque sólo Dios es nuestro último fin. La astucia del Monitor consiste en insinuar, primero, una calumnia contra los católicos, hijos y siervos de María, como además lo hace a cada instante en su libelo. En efecto: recomendarles con tanta insistencia y tan generalmente que no se olviden, al honrar a la Madre de Dios, de que debemos amar a Dios más que a Ella, y que Ella no es nuestro último fin, ¿no es dar a entender que su devoción a Ella no es ordenada y que tienden a ponerla al nivel de Dios, si no es por encima de Él, en sus oraciones, en su esperanza y en su amor? Esto es lo que comprendieron muy bien los protestantes, tan bien, que aplaudieron al autor por todas partes y volvieron contra la Iglesia los pretendidos Avisos dados por la Santísima Virgen a sus devotos indiscretos.
     Pero donde se manifiesta más el error, o, mejor dicho, su mala fe, es en que saca de un principio innegable consecuencias que no se deducen de él, y que tienden a la ruina de la devoción a María en las almas cristianas.
     Hemos dicho que esas consecuencias no se desprenden de ese principio. En primer lugar, de que debamos amar a Dios sobre todas las cosas no se sigue en modo alguno que no podamos amar más sensiblemente y más tiernamente a la Madre de Dios que a Dios mismo. Para que el razonamiento fuese exacto sería menester que el amor espiritual y el amor tierno y sensible fuese un mismo amor; en otros términos: que fuese una misma cosa amar a Dios con un amor de apreciación y de preferencia y con un amor de ternura y de sensibilidad, o al menos que esos dos amores corriesen parejas en un mismo corazón. Si los dos amores son distintos, y con más razón si son desiguales y hasta separables el uno del otro, todo el argumento se derrumba por su base. Amando a Dios sobre todas las cosas y, por consiguiente, más que a su Madre, es decir, con un amor de preferencia absoluta, podríamos, sin embargo, experimentar hacia Él poco o ningún amor sensible, mientras que derramaríamos lágrimas de ternura a los pies de la Virgen Santísima.
     Ahora bien: si hay una cosa absolutamente innegable, es la diferencia entre los dos amores y su separabilidad, sea total, sea parcial. No es difícil ni probarlo con otros hechos ciertos ni traer razones de esta doctrina. Preguntad a los teólogos lo que piensan de la contrición perfecta, y os responderán a una que es independiente de la aflicción sensible; de tal modo independiente que ésta no puede, en modo alguno, tomarse como medida de aquélla. "Por eso —dice Santo Tomás respecto de la contrición—, si se atiende al dolor que está en la voluntad, es decir, a la displicencia del pecado en cuanto es ofensa de Dios, nunca es demasiado grande, de igual modo que el amor de Dios, por el que se mide la intensidad de la displicencia, no es jamás exagerado. Pero la misma contrición, considerada por parte del apetito sensitivo, puede caer en exceso, lo mismo que las penas exteriormente impuestas al cuerpo” (San Thom., Supplem., q. 3, 2. a.). “He aquí por qué —dice también el mismo autor— el dolor racional, que es la detestación del pecado cometido, no puede ser nunca demasiado ni en intensidad ni en duración siempre que este acto de virtud no impida entonces otro que sea más necesario. Pero en cuanto al dolor sensible, es preciso que sea moderado bajo uno y otro aspecto si no se quiere que llegue a accesos deplorables”. Nadie dirá jamás que el dolor sensible de un verdadero penitente deba sobrepujar a todo otro dolor; por ejemplo: al dolor que pueda causar a un hijo la muerte de su madre, y a una madre la pérdida de su hijo.
     Después de los teólogos preguntad a los maestros de la vida espiritual, y en todos ellos encontraréis doctrina análoga respecto de la devoción. La grande, la sólida devoción, la verdadera, la que se confunde con el puro amor de Dios, no es el consuelo que se desahoga en suspiros, en lágrimas, en ternezas, según habla San Francisco de Sales (Introducción a la vida devota. P. IV, c. 13), sino la voluntad pronta, firme, arraigada, de no retroceder ante ningún obstáculo ni sacrificio cuando se trata del servicio y de la gloria de Dios. El gozo sensible puede, ciertamente, derivarse de ese gran amor; sin embargo, son cosa tan distinta que un amor de Dios, aun heroico, se ve con frecuencia privado de semejante sentimiento. El amor humano nos ofrece una cosa parecida. Ved a ese padre cubriendo de besos y caricias a ese niño suyo que está todavía en la cuna. ¿Pensáis que lo quiere más que al otro mayor, esperanza y honra de su casa, aun cuando no tenga para éste demostración alguna de ternura apasionada?
     Por consiguiente, amar más tiernamente y más sensiblemente a la Madre de Dios no es amarla más que a Él. Asombrarse de esto es conocer muy poco la naturaleza humana. La Santísima Virgen es de nuestra raza, es mujer, es únicamente misericordiosa, es Madre; otros tantos títulos propios para hablar a la imaginación y mover la parte sensible de nuestra alma y, por consiguiente, encenderla en un amor muy tierno. Cuando tengamos la inefable dicha de contemplar a Dios cara a cara, nuestro corazón y nuestra carne se estremecerán de alegría ante el Dios vivo. Pero ahora, que estamos relegados de su presencia y no le vemos sino al través de sombras y de enigmas, ni su belleza, puramente inmaterial, nos llama tanto la atención, ni su bondad nos conmueve, como pueden hacerlo los purísimos rayos de la misma belleza, de la misma bondad que contemplamos en María. ¿No es esta una de las causas por las cuales ha querido que su Hijo apareciese en nuestra carne, y que los hombres pudiesen contemplar con los ojos del cuerpo ese espectáculo, arrebatador más que cuanto puede imaginarse, de Jesús entre los brazos de María, su Madre? He aquí lo que enamora al hombre para elevarlo de las cosas visibles, y cómo Dios nos atrae a Él “con lazos de humanidad y cadenas de amor” (Os., XI, 4).
     Por lo demás, si el jansenismo pudiera tener algún respecto a los sentimientos de la Iglesia, no se hubiera atrevido a reprocharnos a nosotros, los fieles, aquello de que esa misma Iglesia nos ha dado el primer ejemplo por sí misma y por sus principales hijos, que son los Santos.
     Hemos dicho: por sí misma. Esto es lo que expresó con tanto acierto Newman en una obra cuya composición decidió su paso de la Iglesia anglicana a la Iglesia católica. “Débese notar —escribe este autor— que el tono de la devoción hacia la Santísima Virgen será del todo diferente de aquel que expresa el culto rendido a su divino Hijo y a la Santísima Trinidad, como tendremos que confesarlo si examinamos los Oficios del culto católico. La adoración suprema y verdadera ofrecida al Todopoderoso es grave, profunda, solemne. Jesucristo es adorado como verdadero Dios al mismo tiempo que como Hombre verdadero; es adorado como Creador y como Juez, aunque es amantísimo, misericordiosísimo y tiernísimo. Por otra parte, el lenguaje que se le dirige a la Santísima Virgen es afectuoso y ardiente, como que es hija de Adán simplemente, aunque, a la vez, lenguaje humilde porque sale de los labios de su parentela culpable. ¿Qué distinto es; por ejemplo, el acento del Dies irae del acento del Stabat Mater?... Más aún: ¡qué diferencia de expresión en el Oficio de la fiesta de Pentecostés o de la Trinidad Beatísima y el día de la Asunción de Nuestra Señora! ¡Qué lenguaje tan inefable, majestuoso, solemne y amante en el Veni Creator Spiritus, en el Altissimum domum Dei, fons vivus, ignis, charitas; en el Vera et una Trinitas, una et summa Deltas, sancta et una Deitas; Libera nos, salva nos, vivifica nos, o beata Trinitas! Por el contrario, en el Oficio de la Asunción, ¡qué dulzura! ¡qué expresiones de simpatía y afecto! ¡Qué emoción tan viva en la antífona Filia Sion, tota formosa et suavis es, pulchra ut luna, electa ut sol, y Sicut dies verni circumdabant eam flores rosarum et lilia convallium! ¡Qué ternura de sentimientos en aquellas palabras de la Salve, Ad te clamamus, exules filii Evae, ad te suspiramus gementes et flentes in hac lacrymarum valle, y en estas otras: Eia ergo, advocata nostra, illos tuos misericordes oculus ad nos converte... O clemens, o pia, o dulcis Virgo María! (G. H. Newman, Histoire du développement de la doctrine chrétienne, c. 8, § 29 (Trad, de J. Gondon.) i/ieja, 1849, pp. 455 y hîrh.).
     También hemos dicho: por sus hijos principales, que son los Santos. Bástenos el recordar gran número de expresiones que más de una vez hemos oído salir de sus labios: “¡Oh, piadosa y amabilísima Señora!, tu nombre me inflama al pronunciarlo y tu pensamiento reanima mi corazón. Jamás penetras en el recinto de una memoria sin llevar contigo esa dulzura tuya, que te es tan divinamente peculiar.” Y en otro lugar: “Nada hay de austero en María: todo es suavidad, hasta su nombre, más dulce que la miel.” “Dios me es testigo que si alguna vez puedo dedicar una hora a las alabanzas de María me siento inundado de tal alegría, lleno de tal suavidad, que no deseo ya cosa alguna” (S. Bernard. Senens., ser. 3 de nomine Mariae).
     Nos responderán, tal vez, que los Santos, y muy en particular San Bernardo, han hallado en el nombre de Jesús la suavidad que atribuían al de María. No lo negamos, aunque esta atribución sea menos frecuente para el Hijo que para la Madre. Pero esto mismo confirma la tesis, porque lo que excita de ese modo los sentimientos de ternura hacia Jesús no es su divinidad, sino la humanidad por la cual se acerca a nosotros, su infancia y los encantos divinos que sensiblemente nos ofrece en su persona. Por consiguiente, aceptamos la substancia de la observación, pero sin confesar la falta ni reconocer que haya fundamento de recriminación. Si fuese un crimen amar más sensiblemente a la Madre de Dios que a Dios mismo, nos atrevemos a decir, ¡oh, Dios nuestro!, que Tú serías también criminal. Tú, Señor, que la has hecho tan amable y tan simpática a nuestra naturaleza, hija de hombres como nosotros, de nuestra raza, mujer, virgen, hermosa, purísima y Madre nuestra; todo, en fin, lo que nos encanta y lo que habla sensiblemente a nuestro corazón; Tú, Señor, que inspirando a tu Iglesia y conservando en ella la verdadera manera de honrarte a Ti y a tu divina
     Madre, nos tranquilizas con su ejemplo y con el de sus mejores hijos. Así, pues, ¡oh, María, Madre nuestra!, no escucharemos a esos calumniadores. ¡Ojalá que nuestros ojos derramen a tu pies dulces lágrimas y que nuestro corazón se derrita en ternuras contemplándote! ¡Ojalá que el pensamiento de tus bondades, de tus misericordias, sea la fuente de nuestras alegrías más deliciosas en este valle de lágrimas!

     III. “No gastéis más tiempo en honrarme a mí ni me dirijáis más plegarias que a Dios.” Otra conclusión llena de ponzoña bajo apariencias inocentes; conclusión que, por otra parte, no se deduce en modo alguno del principio.
     Está, decimos, llena de la ponzoña de esa secta porque el pensamiento del autor era nada menos que suprimir toda oración algo larga dirigida a la Santísima Virgen: las Letanías y el Rosario, en particular. En efecto: no hay en el Rosario sino un Padrenuestro dirigido a Dios directamente, por diez Avemarias a la Virgen Santísima, y en las Letanías aumenta la desproporción, puesto que, salvo las invocaciones del principio a la Trinidad y las súplicas finales del Agnus, todo se refiere explícitamente a María. Por otra parte, en este punto, como en algunos más, era el jansenismo discípulo del protestantismo. La única diferencia es que los calvinistas rechazaban toda oración dirigida a María, mientras que los jansenistas, celosos de no hacer abiertamente causa común con esos herejes, consentían en quedarse con algunas plegarias, pero breves y pocas (Con idéntico espíritu transformaban las fiestas de la Sma. Virgen en fiestas únicamente consagradas a Nuestro Señor).
     Hemos añadido que la conclusión dicha no resulta en modo alguno del principio. ¿Qué pensarían los mismos jansenistas de un argumento como éste? Hay que amar a Dios sobre todas las cosas; por consiguiente, cuidad de no emplear más tiempo en el trabajo, en el descanso, en el estudio, que en orar a Dios. Dirían, sin duda, que el amor de Dios no excluye sino las cosas incompatibles con Él. Siempre que se dé a la oración el tiempo querido por Dios, no es ir contra sus intenciones el consagrar más horas a ocupaciones que pueden coordinarse con su amor. Y esta era, sin duda, la regla que pretendían seguir los solitarios de Port-Royal.
     Ahora bien: si nos está permitido emplear más tiempo en trabajar y en dar al cuerpo el descanso necesario que en orar al Señor, ¿por qué ha de ser cosa vituperable el orar más tiempo a la Madre que al Hijo?
     Tanto más cuanto que honrar y rogar a Esta es, por el hecho mismo, honrar y rogar a Aquél. En efecto: Dios no puede estar ausente de los homenajes que ofrecemos a María cuando reverenciamos en Ella el honor que tiene de ser su Madre, cuando el primer motivo que nos lleva a sus plantas es la excelencia misma del Verbo encarnado en sus entrañas. ¿Cómo es posible, además, que nuestras oraciones no vayan dirigidas a Dios, si nuestro fin único, al rogar a María, es obtener que sea nuestra Mediadora y nuestra Abogada cerca de Él; si, en esa nuestra oración, la hablamos, sobre todo, de nuestros deseos de servir y amar al Señor; si la entregamos nuestras plegarias para que Ella misma las lleve a Dios; si nos postramos a sus pies, como los pastores y los Magos, para que nos muestre y nos dé a Jesús? (Ya hemos visto cómo el culto de la Sma. Virgen lleva por su naturaleza misma el culto de Dios. 2* parte. 1. IX, c. 2).
     Y esto responde también a la queja de aquellos que se escandalizan porque ven a los fieles entrar en una iglesia y correr presurosos a arrodillarse ante el altar de la Virgen después de haber consagrado unos minutos solamente a Cristo, presente en su Tabernáculo. Porque acercarse de este modo a la Madre no es olvidar al Hijo, sino buscar una introductora cerca de Él. Por otra parte, no es corriente que se descuide tanto al Hijo para no pensar sino en la Madre. Estudiando mejor los hechos y la conducta de esas personas cuya manera de obrar sorprende, quizá hallaríamos que han asistido primero al Santo Sacrificio y comulgado tal vez antes de ir a orar tan largamente a los pies de María. En cuanto a nosotros, ¡oh, Salvador nuestro!, no creemos que Tú compartas esos pesares farisaicos. Tú, que tanto te complacías en la compañía de tu Madre cuando vivías en tu humilde casita de Nazareth, que ya te colgabas de su cuello, ya te sentabas a su lado, ya la contemplabas o la escuchabas, o le hablabas de tu Padre celestial; Tú, que la llamaste a tu gloria y quieres que esté eternamente a tu lado en el mismo cielo y en el mismo goce; Tú, a quien estuvo siempre unida, por las disposiciones de tu Providencia, en las promesas y en las figuras antiguas, y más tarde en todos tus misterios; Tú, Señor, no puedes ver mal alguno en que nosotros, hijos suyos como Tú, pasemos largos ratos con Ella para alabarla, rogarla y amarla. ¡No! Tú no condenarás una familiaridad tan dulce para los desterrados, tan consoladora para estos infelices, que en verdad lo somos; no nos dirás que la dejemos para ir a Ti, como si no te halláramos entre sus brazos y sobre su corazón; como si para encontrar al Hijo fuera menestar alejarse de la Madre.
  Newman refiere a este propósito una anécdota muy sugestiva: “Conocí —dice— a una señora que en su lecho de muerte recibió la visita de una excelente amiga suya, protestante. Esta, preocupada por la salvación de aquel alma, preguntó a la moribunda si sus plegarias a la Virgen en aquella hora terrible no le hacían olvidarse del Salvador. ¿Olvidarlo? —repuso la agonizante, sorprendida ¿Cómo es posible, si acaba de entrar aquí? Había comulgado poco antes. Hubiera podido añadir: ¿Olvidarlo? Pero si estoy rogando a su Madre que ponga mi alma entre sus Manos divinas.”
     Ya sabemos lo que debemos pensar de las dos consecuencias primeras. ¿Qué diremos de la tercera: “Tened cuidado de no confiar más en mí que en Dios”? A primera vista, nada más inocente, y hasta nada más justo, cualquiera que sea el sentido que se dé a la palabra confianza. ¿Lo entendéis de la esperanza cristiana? Si Dios es nuestro principio y nuestro fin, hacia Él, ciertamente, debe encaminarse, primero y ante todo, mi esperanza. Pero preguntamos ahora si no es insultar a la devoción de los católicos el hacerles semejante advertencia. Santo Tomás, hablando de la esperanza cristiana, advierte que tiene dos objetos en perspectiva: el bien que se desea obtener y el auxilio por el cual puede ese bien ser obtenido. Sería pervertir esta esperanza el no aspirar a la posesión de Dios como al objeto supremo de nuestros deseos, o no contar con Dios como causa principal por la que entraremos en posesión de Dios, nuestro último fin. Pero la esperanza cristiana no excluye ni los fines secundarios que se refieren al fin principal ni las causas creadas que pueden ayudarnos como instrumento de la bondad divina a tender hacia el fin de la bienaventuranza; y así es como, no esperando sino en Dios, podemos, no obstante, esperar en el hombre (S. Thom., 2-2, q. 17, a. 4).
     Supuesta esta doctrina, preguntamos al monitor dónde están los cristianos que consideran a la Santísima Virgen como su bien supremo, o que cuentan más con su asistencia que con la gracia de Dios para llegar al término feliz, al cual debemos aspirar. Lo repetimos: es una verdadera calumnia contra los siervos e hijos de María el suponerlos capaces de semejante desorden. Y, mirándolo bien, tales Avisos no tienen más que un fin: quitar a la Madre de Dios su carácter de instrumento providencial en la obra de la salvación. Es como si se dijese guardaos de contar demasiado con mi auxilio, con mi poder, con mi crédito cerca de Dios. La Iglesia es cierto que la ha llamado nuestra esperanza, spes nostra; pero hay en las alabanzas de la Iglesia, como en las de los Santos, hipérboles y exageraciones. En el fondo, esta es la consecuencia práctica que quiere sacar nuestro censor; y no tenemos que insistir más para demostrar cuán ajena es de su principio.
     No menos ajena resultaría si se tomase la confianza en su significado más amplio, en cuanto excluye el temor y comprende la seguridad de ser escuchado. En efecto: aun cuando Dios quiera ser amado de nosotros sobre todas las cosas, y aun cuando sea nuestro último fin, no deja, por eso, de estar infinitamente por encima de nosotros, y no podemos olvidar que hemos ultrajado indignamente a su altísima Majestad. Por eso tenemos necesidad, para atrevernos a llegar a Él de una introductora que sea al mismo tiempo la muy amada de su corazón y de nuestra sangre, su Madre y la nuestra. Y he aquí por qué podemos, en cierto modo, tener más confianza en la Santísima Virgen que en Dios mismo. 
     Estos tristes sectarios no han prevalecido ni contra la doctrina de la Iglesia ni contra la piedad filial de sus hijos. Nuestro Señor tomó la defensa de su Madre, y en el momento que trabajaban más para separarnos de Ella, nos reveló más claramente los tesoros de su propio Corazón; y en ese Corazón de nuestro Dios ha podido leer el mundo entero cuánto respeto y cuánto amor atesora Él, el Hijo de María por naturaleza y su Primogénito, para con esta dulce Madre, y, por consiguiente, cuánta veneración y cuán amorosa confianza debemos profesarle nosotros, los hijos adoptivos.
     Vanamente, los mismos jansenistas combatieron con igual astucia el culto del Sagrado Corazón y la devoción a María. Sus esfuerzos, a pesar de algunos éxitos más aparentes que reales, y siempre momentáneos, no han conseguido más que hacer su derrota más notoria y más duradera. No tenemos aquí que proclamar el triunfo del Sagrado Corazón. Todo el universo es su dichoso testigo. El de la Reina del Cielo, nuestra Madre, no ha sido ni menos cierto ni menos glorioso. Todo lo que intentaron destruir ha tomado mayor incremento. Esas prácticas piadosas que despreciaban, en vez de desaparecer de la Iglesia están cada día más en honor, y cada día también se multiplican y se propagan. ¿No sucede así con las peregrinaciones, con los santuarios erigidos a gloria de María, con las Cofradías y Congregaciones? ¿No tenemos nuevas fiestas de la Señora, como la del Corazón de María, la de la Manifestación de la Virgen Santísima, la Medalla Milagrosa, sin hablar de las otras, elevadas por la Iglesia a un orden superior? ¿No tenemos nuevas devociones, tales como el mes de María y el del Rosario; nuevas y solemnes manifestaciones de los privilegios suyos más caros a su Corazón y al nuestro, como la definición del dogma de su Concepción Inmaculada; nuevas visitas sensibles hechas por la Reina del Cielo a su pueblo, y por este pueblo a su Reina, como las apariciones de Lourdes y los concursos prodigiosos de los cristianos en este lugar bendito? Ved a Nuestra Señora de las Victorias, y decidme si los cristianos han dejado de poner en María todas sus esperanzas, o si María no derrama siempre a manos llenas sobre ellos las gracias temporales y espirituales como en los bellos días de la Iglesia.
     Lo que sucedió en tiempo de Nestorio, en tiempo de los iconoclastas, en tiempo de los albigenses, de Lutero, de Calvino, se ha renovado en estos últimos siglos, y, por una ley constante, se reproducirá siempre que vengan otros herejes a combatir el culto de la Madre de Dios. No sólo ha de salir victorioso este culto, sino que tomará nuevas fuerzas, y, sin perder un ápice de las riquezas heredadas de anteriores edades, adquirirá otras para aumentar su tesoro. Y es que los hijos de María, el Hijo que reina en el cielo y los que tiene en la tierra, ponen empeño en compensar con aumento continuo de veneración, de alabanzas y de amor los ultrajes hechos a su Madre; es que la misma Madre se venga, como vio que su Jesús se vengó desde la Cruz: por medio de una efusión siempre creciente de gracias y beneficios.
     Al terminar estos estudios sobre tus admirables grandezas y sobre tus no menos inefables bondades, séanos permitido, ¡oh, dulcísima, santísima y amabilísima Señora!, decirte, con uno de tus buenos servidores de los tiempos antiguos: “Te los ofrezco para gloria tuya, yo, miserable, pero todo tuyo. Miserable a causa de mis innumerables pecados; todo tuyo, en consideración al Verbo, tu Hijo; todo tuyo, porque Tú eres para mí la Mediadora de toda gracia y el fundamento de mi esperanza; pero, ¡ay!, no todo tuvo por mis obras, ni por mi vida. ¡Sí!, te ofrezco estas pobres alabanzas, que son más tuyas que mías puesto que forman parte de tus dones; te las ofrezco, aunque sean infinitamente indignas de la multitud y del esplendor de tus privilegios. Largo tiempo he callado, detenido por el temor, ante la dificultad de la empresa. Por fin, mi amor filial me ha obligado a expresar exteriormente lo que en mi interior sentía. Dígnate aceptar este homenaje, a gloria de tu Hijo, nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo, a quien pertenecen la gloria y el poder, con el Padre y el Espíritu Santo y vivificante, ahora y siempre y por todos los siglos de los siglos” (Juan el Geómetra, serm. de Annunciat. B. Genitricis Dei V. M., n. 40. P. G., CVI. 845, sq.).
  Puesto que los panegiristas latinos de la Sma. Virgen han tenido constantemente un lugar en esta obra al lado de los panegiristas griegos, queremos también tomarles prestada una conclusión. La tomaremos de Felipe de Harveng, segundo abad del Monasterio de Buena esperanza, en la diócesis de Cambrai, y un gran amigo de San Bernardo. He aquí cómo termina, su comentario sobre el Cantar de los Cantares, en cuya obra resuenan por todas partes las alabanzas de la Madre de Dios: “Después de haber hablado de tus grandezas y de tus bondades, no según mi querer, sino en la medida de mis fuerzas, llegando con lentos pasos al término de mi trabajo, me arrojo a tus pies, Virgen Santa, y te suplico que me asistas desde el cielo en unión de tu Hijo divino, y que veles perpetuamente sobre quien es todo tuyo. ¡Sí! , tuyo soy, no por mis méritos, ¡ay!, demasiado imperfectos, sino por un amor que me parece los sobrepuja. Tuyo, para servirte como hijo, aunque no sé todavía si soy digno de amor o de odio (Eclesiastés, IX, 1); tuyo, porque deseo grandemente rendirte homenajes y servicios que te agraden, siempre que me concedas la gracia de perseverar en mis propósitos.
     “Tú, pues, dulcísima Virgen, dígnate recibir de mi mano este pobre presente; no es ni oro, ni plata, ni alguna de esas piedras preciosas que se suelen ofrecer a los reyes, sino una pequeña ofrenda, humilde fruto de un espíritu demasiado inculto; obra, sin embargo, que me ha costado vigilias y sudores (II Macch., II, 27). Este trabajo, Señora mía, he tenido que interrumpirlo más de una vez, detenido por la hostilidad de los malos; pero sostenido por el dulce recuerdo de tus amabilidades y beneficios, no he podido decidirme a abandonarlo... Gracias, pues, a tu maternal asistencia, acabo, en fin, esta obra, emprendida en nombre tuyo. Dígnate recibirla; corrige misericordiosamente al que te la ofrece, ámalo corregido por Ti, y que tu amor lo recomiende, cerca de tu Hijo. Sé muy bien que protegiéndome tu bondad no podrá morderme la serpiente o no me será funesta su mordedura... Y para terminar este libro, concédeme la gracia de poner por Ti todo mi gozo en tu divino Hijo, a fin de que, libertado a la postre de todas mis miserias, goce cerca de Ti de la gloria celestial.” Philipp. de Harveng, Comment. in Cant., c. 50. P. L. CCIII, 488, sqq.
J. B. Terrien S.J.
LA MADRE DE DIOS Y MADRE DE LOS HOMBRES

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