lunes, 30 de junio de 2014

REINA Y MADRE

LOS PROBLEMAS DE LA MODERNA MARIOLOGIA
I. — NECESIDADES APREMIANTES DE LA LITERATURA MARIANA CONTEMPORÁNEA

     Se escribe mucho sobre la Santísima Virgen, pero, según frase de un ilustre monólogo contemporáneo, «la calidad está muy lejos de igualar a la cantidad». Existe una tendencia muy generalizada de dar el predominio al corazón y al piadoso deseo de encumbrar a María, con mengua del estudio y utilización de las dos fuentes primarias de toda teología digna de este nombre: la Biblia y la Tradición.
     Satisfechos con la idea de que la Maternidad de María tuvo por término a Dios y que nada hay más grande que Dios y de que a la Madre de Dios nada puede negarse, muchos se creen con derecho a reclamar para Ella cualesquiera prerrogativas, gracias y privilegios, sin necesidad de ir en busca de nuevos argumentos a las fuentes primarias de la Revelación. Alegan, es verdad, algunos textos de la Escritura, pero tales, que hacen la impresión de que los citan por citarlos. Se diría que comparten la idea protestante de que la Biblia es desfavorable a María y de que resulta peligroso para los católicos recurrir a ella (Véase: P. Santiago Alameda. O. S. B.: Estudios Marianos, órgano de la Sociedad Mariológica Española. Vol. I. Madrid, 1942. La Mariología y las Fuentes de la Revelación, pág. 42).
     La teología es con verdad una ciencia, pero una ciencia esencialmente sobrenatural: doctrina ex revelatione hausta. Para ella la Revelación es lo que para la mies la semilla, para el fruto el árbol, para la prole la madre, para el edificio el fundamento, para el arroyo el manantial. Bien están las elucubraciones filosóficas, los profundos análisis, las sabias analogías; pero importan mucho más las palabras y dichos del Espíritu Santo.
     Existe una especie de prurito de enseñar y escribir sobre cualesquiera temas relacionados con la Santísima Virgen sin haberlos estudiado o habiéndolos estudiado muy poco; y esto, parte por desidia, parte por creer que la Mariología es ciencia muy fácil, y en la que todos tienen algo que enseñar a los demás. De aquí el sabor subjetivista, indocumentado, superficial de este linaje de mariología. En lugar de conducir los corazones al amor de la Madre de Dios, lo que hacen tales escritores es alejarlos de Ella, inspirando una especie de recelo y temor de que, como ellos, discurran y escriban los demás y de que en Mariología todo sea sentimentalismo y apasionamiento fanático de hombres cegados por una falsa piedad (P. S. Alameda, 1, c., pág. 48).
     Como reacción contra tamaños males, se ha levantado la general protesta de los especializados en la ciencia mariológica y se ha emprendido una campaña de publicaciones de carácter marcadamente científico. En ellas, además de darse una importancia mayor a la Escritura y a los Padres, se estudia el modo de establecer un principio primario que dé unidad y solidez científica a todas las verdades mariológicas; se ensaya una agrupación orgánica de las mismas y se precisa la naturaleza y significado esencial de ciertos privilegios contenidos en la divina Revelación, pero todavía no definidos por la Iglesia, como el de la Corredención, Mediación universal, etc.

II. —EL PRIMER PRINCIPIO MARIOLÓGICO
     En lo que atañe al principio primario, hasta fines del pasado siglo, por lo menos, sin hablar expresamente de principio primero fundamental, los teólogos veían en la divina Maternidad de María la razón de todos o casi todos sus privilegios. Basábanse en que, siendo la dignidad más grande que Dios podía hacer a una simple criatura, esa dignidad exigía se le otorgasen en grado sumo todas las gracias y privilegios concedidos por Dios a otros Santos, siempre que no estuviesen reñidos con su condición de mujer y de viadora. Aun en la actualidad conceptúan a la Maternidad divina como principio adecuado de la Ciencia mariológica Mgr. Jannotta y Pohle-Gierens.
     El estudio del título de Segunda Eva y Corredentora a que dio impulso el Cardenal Newmann en sus controversias con el Dr. Pusey, hizo se echase de ver que, cuando menos, la Corredentora no dependía lógicamente de la divina Maternidad y que ésta podía darse sin la Corredención. Nació con ello el problema de si eran varios o uno los axiomas fundamentales de la Mariología. En nuestros días hay autores que prefieren hablar de dos principios: la divina Maternidad y la Corredención; otros hacen de su combinación o yuxtaposición «un solo principio».
     A quien con atención recorra las páginas de REINA Y MADRE, llamará la atención el que no nos sirvamos de la divina Maternidad como de primer principio, ni siquiera de la divina Maternidad combinada con la asociación o cooperación de María a la obra de la Redención, sino de sólo el oficio o misión de Segunda Eva. No es que seamos amigos de innovaciones y menos de disputas y diferencias de opinión, sino que conceptuamos ser ésta la doctrina de los Padres y teólogos hasta bien entrada la Edad Media.
     La misión primaria de María, según ellos, fue la de intervenir en la obra de nuestra reparación como había intervenido Eva en nuestra universal ruina. Maestro principal de esta doctrina aparece en el siglo XII San Anselmo: Propter salutem peccatorum estis tu, filius, et tu, Mater (Or. 51 P. L. vol. 158, col. 951. Véase también Eadmero: De Excellentia V. M.. c. I. H. L. col. 159, col. 557-558). Y en el XIII, Ricardo de San Lorenzo:
Si non essent redimendi 
Nulla tibi pariendi 
Redemptorem ratio.
De Deípara, L. IV, 22.
     Doctrina que, si no nos engañamos, es eco y comentario de la de los Padres griegos y latinos, a contar de San Ireneo y San Justino.
     Como el fin inspira y especifica los medios, la idea de la Corredención inspiró en la mente divina la de la divina Maternidad, inspiró, en otras palabras, la idea de que, así como Eva había privado al género humano del que era principio de gracia universal, proporcionase María a la humanidad pecadora un nuevo principio de gracia: Cristo Redentor.
     Si el primer eslabón de la cadena de verdades mariológicas había sido para los Padres la Corredención, el segundo lo fue la Maternidad divina corredentora. A su vez, este segundo eslabón creó e inspiró en la mente divina todos aquellos oficios y privilegios que tienen por fin, centro y raíz a la divina Maternidad corredentiva.
     Decimos Maternidad corredentiva, no Maternidad a secas o en abstracto. La intención específica y avalora las acciones. Dar vida al Salvador de un modo ciego y puramente fisiológico es algo enteramente distinto de dársela de un modo consciente, voluntario y con deseos de cooperar por su medio a la humana Redención, como la dio María. El que colocase lodo el valor moral de la limosna en la acción material de dar, sin mirar a la pureza de intención con que se hace, incurriría en un error crasísimo. La dádiva que no va inspirada por la caridad, no es limosna. La maternidad que no va inspirada por el deseo de cooperar a la humana Redención, no es Maternidad corredentiva, sino obra fisiológica y material.
     Yendo, en el análisis de estos dos privilegios, más allá de lo justo, hubo escolásticos que hicieron de la Maternidad y de la Corredención dos obras distintas e independientes en la práctica: de un lado fue María Corredentora y de otro Madre de Dios. Los elogios que en los antiguos se referían a la Maternidad corredentiva, los aplicaron a la simple Maternidad, esto es, a la Maternidad divina en abstracto, despojada de su espíritu de Corredención. Y esto, a pesar de que la Escritura y la Tradición venían afirmando constantemente que de nada hubiera servido a la Santísima Virgen, sin su fe y santidad de vida, ser Madre de Dios.
     Yendo más adelante, hicieron de la Maternidad en abstracto la raíz de todas las demás gracias y privilegios; y para desembarazarse de las afirmaciones en contra que se contienen en el Evangelio y en los Padres, comenzó en el siglo XII a decirse que tales afirmaciones se referían a la excelencia práctica de la Maternidad, pero que dejaban en salvo su excelencia real.
     Hoy en día todos, más o menos, palpan que así como de la Maternidad no es posible inferir la Corredención, por el contrario se concibe que Dios, decretada la Redención y la Redención antitéticamente paralela a la caída, pensase en una Segunda Eva corredentora y que, habiendo consistido la obra nefasta de la primera Mujer en privarnos del principio universal de la gracia, diese por misión a María la de proveernos de un nuevo principio, por medio de su Maternidad consciente y voluntaria.
     Esto es demasiado sencillo para que no lo vean los que sobre ello escriben. Pero, enredados con la doctrina escolástica de la excelencia suma de la divina Maternidad en abstracto, no hallan modo como desentenderse de ella y se obstinan en discurrir combinaciones y fórmulas en que aparezcan unidas las dos ideas de Corredención y Maternidad, y a ser posible no hagan más que un principio primero.
     Empeño vano. No podemos dar el primer puesto a dos personas sin que lo pierda ipso facto una de las dos.
     Identificados con la doctrina de los Padres sobre la excelencia de la divina Maternidad, hacemos, pues, principio primario al oficio de Segunda Eva. razón de ser de su Maternidad y, por consiguiente, de todas las gracias y privilegios que a ésta siguieron.
     Con ello gana, no sólo en unidad orgánica, sino en claridad y consistencia toda la Mariología. El sabor sentimentalista, que tanto lamentamos, viene en gran parte de aquí, de colocar como base y cimiento de las verdades mariológicas, no a la acción materna de María, tal como la Sagrada Escritura la presenta, inspirada por el espíritu de Corredentora, sino a la acción material y fisiológica común a todas las madres.
     Si se pregunta por qué prodigó Dios a la Santísima Virgen más gracias que a San Pedro, que había de ser el fundamento de su Iglesia, o que a San Pablo, que tanto había de trabajar y tantas naciones había de conquistar a la fe de Jesucristo, la respuesta no es ya que la Santísima Virgen debía ser su Madre, como si en esto consistiera todo el mérito de Nuestra Señora y a eso se limitasen las miras de Dios; miras idénticas a las de un rey que, dominado por sentimientos de carne y de sangre, pusiese su empeño en favorecer en todo y por encima de todos sus súbditos, a sus consanguíneos, nada más que por serlo.
     Con el principio primario de la Corredención, o Segunda Eva, este sabor sentimentalista desaparece. ¿Por qué otorgó Dios a la Santísima Virgen muchas más gracias que a San Pedro y a San Pablo? Porque debía ejercer Una función mucho más capital que la suya, la de Segunda Eva, Corredentora, Salvadora, Capitana, Madre de la humanidad. Y es natural que a la Madre y Capitana se deban más grandes y más numerosos privilegios que a los que somos simples soldados, hijos y nada más que hijos de Jesucristo y de la Santísima Virgen.
     Puesta la Maternidad divina en abstracto por base de la Mariología, los privilegios de la Santísima Virgen se presentan revestidos de una finalidad sustantiva. Con el oficio de Segunda Eva por axioma primario mariológico, la exención de la mancha original, la plenitud de gracia, su integridad y demás privilegios aparecen dirigidos a hacer de María una Madre santísima. ¿Con qué fin? Con el de que esta Madre, con su misma Maternidad santa, concurra a la humana Redención. Las prerrogativas todas adquieren así una finalidad operativa. No son ya galas enderezadas a adornar una estatua que nada pueda o tenga que obrar, efigie de escaparate, sino energías y fuerzas que necesitará actuar en la prodigiosa empresa que se le ha confiado.
     Concebida la Corredención como obra distinta de la Maternidad divina en concreto, no podía menos de suceder que los que así la conceptuaban pensasen en la manera de justificar ese título de Corredentora, señalándole por base algún hecho o actividad peculiar. E incurriendo en el lamentable olvido de que la Maternidad, aceptada con intenciones soteriológicas, como las que el Evangelio nos manifiesta en María, era una cooperación física formal innegable a la obra de la Redención, saltando por encima de todas las vallas filosóficas, teólógicas y escriturarias atribuyeron a María una cooperación per viam mériti en la adquisición de los méritos y satisfacciones que nos santifican y salvan. Y como un error conduce a otro, no contentos con la cooperación per modum mériti en el momento de la Pasión, expendieron esta participación a todos los misterios y obras de Jesucristo, haciendo a María socia perpetua del Salvador, hasta el punto de que, según ellos, participó personalmente en todas las obras de Cristo y de que Cristo no emprendió, sin consultarla y sin pedir su autorización, el ministerio público, ni salió del Cenáculo para ir a padecer sin su venia.

III. —LA DIVISIÓN DE LA MARIOLOGÍA
     Consecuencia lógica del error dicho, fue también la de dividir la Mariología en dos partes análogas a las de la teología cristológica: la Mariología propiamente dicha, que estudia lo que es la Santísima Virgen, y la Soteriología mariana, encargada de investigar lo que la Santísima Virgen ha hecho y hace en orden a la eterna salvación del género humano.
     Esta división ofrece, desde luego, el inmenso atractivo de ver surgir, como por ensalmo, un tratado completo mariológico, lleno de encanto por las muchas cuestiones que suscita, gloriosas, en apariencia, para María, y por la facilidad con que se formulan y resuelven. Es cuestión simplemente de abrir la Soteriología cristológica y de aplicar a la Santísima Virgen uno por uno los varios problemas que en ella se estudian. Si Jesucristo nos redimió en el Calvario, ¿no fue también allí donde nos corredimió María? Si Jesucristo nos redimió mereciendo, satisfaciendo, ofreciendo su vida en sacrificio, la Corredención de María, ¿no se obró también mereciendo, satisfaciendo y ofreciendo su vida y la de Jesús en sacrificio? Si los méritos y satisfacciones de Cristo fueron infinitos, universales, etc., ¿cuáles fueron los méritos y satisfacciones de María?
     He aquí planeada en breves instantes toda una soteriología mariana y en breves instantes resuelta. Porque bien se ve que con tal de no equiparar la Corredención de María a la Redención de Cristo, cualquiera solución ha de ser recibida sin dificultad, a pesar de que ni la Escritura ni la Tradición le ofrezcan el menor apoyo.
     Sistema fácil, pero que nada tiene de científico. Sistema rápido, al parecer, pero lentísimo en realidad y con el que la Mariología quedaría estancada siglos enteros. Sistema, en fin, desastroso, porque bien dice el axioma: error parvus in principio fit magnus in fine. Del buen acierto en el método depende el resultado final de la obra. Y no es nada científico proponerse a priori la creación de una Soteriología mañana, basada en una operación distinta de la Maternidad, pero análoga a la de Cristo, hable o no de ella la revelación o guarde sobre la misma el más absoluto silencio.
     La teología es una ciencia basada en la palabra de Dios, no en las ideas más o menos capciosas y bien planeadas de tal o cual teólogo. El preconcebido intento de establecer dos ramas en la teología mañana, análogas a las de la teología cristológica, nos llevará consciente o inconscientemente a falsear los datos de la Revelación, ya que no a inventarlos y a verlos donde no los hay.
     Algo de esto aparece ya en la extensión que pretende señalarse a la asociación de Cristo y de María en la obra redentora. Que exista alguna asociación de ambos es indudable. El Protoevangelio del Génesis basta a demostrarlo. Pero basarse en las palabras alusivas a la creación de Eva: Adjutorium símile sibi, para extender esta asociación a todos los misterios de Cristo, no vemos con qué fundamento pueda hacerse.
     La Mariología ni reclama privilegios ni admite excepciones en el método. Ahora bien: es ley general de toda teología, cuando se trata de estudiar un misterio libremente determinado por Dios, como la Eucaristía, la Encarnación, los Sacramentos, comenzar el estudio del problema por el de los datos consignados en las fuentes de la divina Revelación. Si, pues, ésta nos habla de una Corredención distinta e independiente de la Maternidad, podrá estudiarse de un lado la Maternidad con las prerrogativas que reclama para María, y de otro su obra de Corredención. Pero si esta distinción no la hace, el dividir la Mariología de la manera susodicha, terminará fatalmente por falsear esta ciencia y descaminar los espíritus ansiosos de verdad, inventando hechos que fundamentan el título de Corredentora per viam mériti y le den apariencias de realidad.

IV. —LA NATURALEZA DE LA CORREDENCIÓN
     Dicen: La cooperación física de María, incluida en su Maternidad, no puede llamarse Corredención en sentido estricto, ya que termina, no en la acción meritoria y satisfactoria que nos valió el rescate espiritual, sino únicamente en la persona de Cristo, y una cosa es cooperar a la Encarnación y otra a la Redención.
     Dicen también que no habría razón para dar a María el título de Corredentora que le dan los Padres, porque la cooperación de María hubiera sido mediata y en nada se habría diferenciado esencialmente de la cooperación y mérito de los demás hombres.
     La cooperación física a la Redención, siempre que sea formal, es verdadera cooperación, que hace a María causa responsable de ella. De lo contrario, ninguna sería la responsabilidad del que coopera a las malas lecturas, proporcionando intencionadamente los libros; ni la del que suministra a otro el veneno con la intención de que éste envenene a un tercero; ni la del que construye un templo a los herejes con la intención de que en él se rinda un culto heretical. Si, pues, en estos casos hablamos de cooperación y de responsabilidad en sentido estricto, cooperación estricta a la Redención fue la de la Santísima Virgen al engendrar libre y espontáneamente y con intención de cooperar a la Redención, al divino Salvador.
     Y a este linaje de cooperación física formal lo conceptuamos fundamentalísimo y principalísimo; y no comprendemos por qué ciertos mariólogos muy beneméritos de nuestros días, sólo parecen preocuparse de si la cooperación fue mediata o inmediata, como si, negada la cooperación inmediata, no pudiese haber verdadera y formal cooperación. No se absuelve en un tribunal al cooperador en el crimen, por sólo haber sido mediata su cooperación, si fue voluntaria y eficaz.
     Que toda causalidad moral sea, en un sentido, inmediata, puede y debe concederse, ya que no se concibe sin la intención del fin, y ésta ha de ser inmediata forzosamente. Por otra parte, no creemos pueda negarse a María la Cooperación moral a la Redención basada en el conjunto de virtudes y méritos que precedieron en María a la Encarnación: en su virginidad, en su fe, en su obediencia o acatamiento de los designios de Dios y en su profundísima humildad; virtudes que, según expresión de varios escritores medievales, «enamoraron» al Verbo divino, es decir, le acabaron de determinar a encarnarse para redimirnos.
     Desde luego que semejante cooperación física, formal y moral, es propia y exclusiva de María. Sería mucho descaro pretender lo contrario.
     Siendo, pues, tan manifiesta en los Padres la cooperación física formal incluida en la Maternidad de María, debería ser ésta la primera cooperación reconocida, ilustrada y defendida por todo mariólogo digno de este nombre. Y calificamos de injusticia no pequeña el presentar como enemigos de la Corredención a los que, admitiéndola, no osan abrazar la Corredención directa per modum mériti. Grande, por este motivo, ha sido nuestro asombro al encontrarnos con que uno de los que van a la cabeza del movimiento mariológico moderno, el por varios títulos tan venerado P. G. Roschiní, O. S. M., apenas dice palabra en defensa de la misma. Es más, presenta a alguien que la da por indiscutible como enemigo declarado de la Corredención, sólo por no tener simpatías ni aliento para abrazar su pretendida cooperación inmediata in actu primo ad Redemptionem objectivam.
     Es una injusticia no pequeña y no pequeño también el perjuicio que acarrea a la ciencia mariológica. Podría citar el caso de alguien que, después de leída la obra del esclarecido mariólogo, quedó convencido de que su pretendida cooperación inmediata a la Redención objetiva no puede demostrarse y como, por otra parte, nada dice el autor de la cooperación física formal, sacó la impresión de que el título de Corredentora, con que tantas veces honraron los Padres a la Santísima Virgen, no pasa de ser una palabra huera y un tópico: títulus sine re.
     Lo dicho creemos bastará para dar a entender los criterios que han presidido a la composición de esta obra. Las adiciones hechas a la nueva edición, especialmente la de una sección de apologética mariana, van inspiradas por el deseo de enriquecer con nuevos tesoros de doctrina este trabajo y de crear convicciones más y más sólidas en los amantes de María. Ojalá que así logre conseguirlo el estudio de sus páginas.
REINA Y MADRE
Explicación del Catecismo de la santísima Virgen
Por Edelvives

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