jueves, 17 de junio de 2010

LA PROFECIA Y LA HISTORIA

El hombre inteligente, adquiera experiencia por lo pasado. Su filosofía se construye sobre los hechos gloriosos y sobre las ruinas sentimentales, propias o ajenas. Piensa del futuro por la lección del pasado.
Al proyectar una filosofía de historia futura según las profecías anunciadas y los mensajes oficiales u oficiosos dados por Dios o la Santísima Virgen a la Iglesia, hay que acudir al pasado histórico de algunas ciudades y tener delante la profecía de Dios, el juicio de cada nación y su destino.
Un día dijo Dios a Isaías, el profeta mayor, atormentado con el futuro "Renovad la memoria de mis prodigios en los siglos antiguos porque así veréis que yo soy Dios y que no hay otro Dios ni nadie que a mí, sea semejante. Yo soy el que desde el principio del mundo anuncio lo que ha de suceder al último, y predico mucho tiempo antes aquello que está todavía por hacer. Yo que hablo y sostengo mi resolución y hago que se cumplan mis deseos". Is. XLVI, 9-10.
Aquí está la razón mayor de la profecía. Esta es un símbolo y un testimonio de Cristo. Y más cerca de su divinidad está para nosotros, su providencia. Por ser Dios providente, nos dispone este camino de admoniciones y de profecías como medios y llamados para no salirnos de su órbita. No estamos abandonados, cuando alguien vigila nuestros pasos y nos advierte el sendero y nuestros desvíos. "Yo soy el camino" dijo Cristo de sí, y el camino del tiempo, como el camino de la eternidad ya está definido y actualizado. Cuando Cristo anduvo sobre la tierra nos habló del camino de la eternidad: el cielo o el infierno. Cuando Él se fue a la gloria, nos habló del camino de la tierra, de sus tragedias y de sus dichas. El mapa de los hechos históricos ha sido descrito en la misteriosa cartografía de la Biblia y del Apocalipsis. Después, a través de los santos o de las apariciones, nos ha enviado Dios las partes de guerra de cada época, los planes de vuelo de las almas y de las naciones, hemos leído a través de cada mensaje oficial a la Iglesia, el cuadro clínico de nuestro tiempo. Esto no es ya solo de parte de Dios una providencia, esto es algo más, es el Padre que está en la cabecera del hijo enfermo, que le toma el pulso y le pone un plan de dietas provechosas. Había que recordar la filosofía de la Doncella de Orleans. Ella había entendido los caminos de Dios y se dejó conducir por ellos. "Dieu fait ma route" gritaba. Dios hace nuestro plan de marcha cada día aunque lo escriban las prostitutas o los rusos. ¡Qué importa quién lo escriba si es Dios quien nos lo traza!

Hubo una ciudad llamada Nínive a orillas del Tigris, fundada por Nimroa y embellecida por el bíblico Sennaquerib. Era tan grande que entre los dos puntos distantes Calah y Khorsabad había una distancia de 50 kilometros. Esto era en los días de Jonás. Sennaquerib la embelleció con el palacio más colosal de los siglos. En un cilindro de arcilla se encontró una inscripción del rey al fundarla.
"Para maravilla de muchedumbres de hombres levanté su cabeza. El Palacio, que no tiene rival, llamé su nombre" (Taylor. Cilinder, records of the past).
La renuncia de Jonás al no profetizar en Nínive, nos indica notablemente la grandeza de la ciudad. ¿Qué podía un hombre ante la grandeza de la ciudad, llena de comerciantes, capitanes famosos y bellas cortesanas asirias? la pequeñez de un hombre se postró momentaneamente ante la grandeza de una multitud grandiosa, con sus vicios y sus glorias militares. Jonás necesitó un milagro para continuar. La ballena símbolo del sepulcro de Cristo, le fortaleció. Nínive se arrepintió por la predicación de Jonás.
Pasaron los años, y las conquistas militares, el lujo, las riquezas venidas de todos los puertos y de sus palacios, la llenaron de sangre. Dios mandó a otro profeta, Nahum y pusó en labios de su enviado los cuadros de horror, que vendrían, como si fuesen las crónicas del suceso después de acaecido. "El Señor pronunciará contra ti ¡oh Nínive!, esta sentencia: No quedará más semilla de tu nombre; exterminaré de la casa de tu falso dios, los simulacros y los ídolos de fundición; la haré sepulcro tuyo y tú quedarás deshonrada".
Y Dios mandó un tercer profeta, Sofonías, y clamó el iminenete castigo de parte de Dios. "¡Ay de ti ciudad que provocas la ira! Ella no ha querido escuchar a quien le hablaba y le amonestaba; no puso su confianza en el Señor ni se acercó a su Dios". (Sofon. III, 1,2).
Y Nínive como la higuera estéril, después de tres avisos no dio fruto. Dios entonces dijo a los ángeles de su justicia: "Arráncala de la tierra". Y los estruendos guerreros medos y los robustos babilonios, la arrasaron. Y estrellaron a sus niños contra las esquinas, y se echaron a suertes sus nobles, y fueron metidos en cepos todos sus magnates, y sus fortalezas fueron sacudidas como las brevas maduras y quedó la ciudad "devastada, desgarrada y despadazada".
El rey se entregó a las llamas de su palacio. Nínive fué desolada. Al preguntarnos en este siglo, lejano del suceso, el por qué de la destrucción de la ciudad, encontramos el juicio de Dios escrito sobre ella: "Todo esto fue por causa de las muchas fornicaciones de la ramera bella y agraciada, la cual posee el arte de hechizar, y ha hecho esclavos de sus fornicaciones a los pueblos y de sus hechizos a la familia" (Nahum III, 4)
El afeminamiento licencioso nos da el motivo de su castigo. "Mira que el pueblo, que contienes, se ha vuelto débil como si fuese un pueblo de mujeres" (Nahum III, 13).
¿Y que quedó de Nínive? Al describir un combate de persas y romanos en el siglo séptimo, el historiador E. Gibbon, confirma la desolación de la ciudad: "Hacia el este del Tigris, al extremo del puente de Mosul, se levantaba antiguamente la gran Nínive; la ciudad y aúnlas ruinas de la ciudad hacía largo tiempo que habían desaparecido y el lugar baldío ofrecía campo espacioso para las operaciones de los dos ejércitos" (Historia de la Decadencia del Imperio Romano)
Y como un epitafio gigante sobre las ruinas de Nínive resuenan aquellas palabras de Pedro "Porque toda la carne es heno y toda su gloria como la flor de heno; se cose el heno y su flor se cayó al instante pero la palabra del Señor dura eternamente". (I Pedro I, 24-25)
Tiro, fue la mayor ciudad marítima de la antiguedad. Construída con abetos de Sanil y cedros del Líbano. Su marina comercial y de guerra estaba llena de grandes pilotos de altura de Sidón y de Arad. Calafates y usureros, especierías de la India, espadas de Cartago, caballos de Togorma, sederías y púrpura de Grecia, colmillos de elefantes de Dedán, inundaban sus mercados. Su marina y su ejército atraían a los guerreros de Persia y de Lidia para formar sus armadas y sus bastiones de guerra. Tenía por límites el corazón inmenso del mar. Josué la llamó "ciudad fuerte". Tan fuerte fue, que resistió el sitio de Nabucodonosor durante trece años, donde "quedaron calvas todas las cabezas y pelados todos los hombres" del ejército invasor. Guardaba por aquellas célebres murallas que resistieron tan corajudamente los esfuerzos de Alejandro Magno.
Dios al ver la soberbia de este pueblo y de su rey decide eliminarle: "Esto dice el Señor Dios: Porque se ha engreído tu corazón y has dicho: Yo soy un dios y estoy sentado cual un dios en el trono, en medio del mar".
Y entonces manda a Ezequiel con su vaticinio y su lamentación: "Dice el Señor: ¡Oh Tiro! Veme aquí contra tí; yo haré subir contra ti muchas gentes, como olas del mar borrascoso y arrasarán los muros de Tiro y derribarán sus torres, y Yo raeré hasta el polvo de ella. Ella en medio del mar será como un tendedero para sacar las redes". (Eze. XXVI, 3-5).
Y Nabucodonosor después de un sitio estrechísimo la derribó. Dios dió como premio a Nabucodonosor por el servicio que le había hecho contra Tiro, la tierra de Egipto.
Un día entre los días del siglo pasado, el explorador escocés pasó por medio de sus ruinas. De aquel esplendor ya no queda nada. Solamente encontró "Una roca sobre la cual los pescadores tiende sus redes" (Keith on the prophesies Pág. 329). La profecía se cumplía aun en los labios de la ciencia exploradora.
El Dr. W. Thonson más reciente, lamentaba aquella gloria desvanecida: "No hay nada en aquel miserable fondeadero y vacío puerto que recuerde a uno, los tiempos en que los alegres marineros cantaban en sus mercados. No hay rastro visible de aquellas elevadas murallas que fueron durante tanto tiempo la gloria y el martirio de grandes estrategas como Alejandro. Todo se ha desvanecido enteramente como un brumoso sueño y Tiro se ha hundido bajo la carga de la profecía".

La ciudad más populosa de toda la antiguedad fue Babilonia. Nabucodonosor, uno de los más grandes conquistadores e invasores de aquellos tiempos, se vanagloriaban de ella. "¿No es esta la Gran Babilonia que yo he edificado para capital de mi reino, con la fuerza de mi poderío y el esplendor de mi gloria?".
Como París, la ciudad estaba dividida, por el río Eúfrates en dos mitades con grandes palacios en las orillas.
Apolonio, el sabio de Tiana que vivió en los días de Nerón y los Apóstoles, nos ha dejado aun después de su ruina, algo de su esplendor marchito. "Los palacios, dice Apolonio, están techados con bronce que resplandece, pero las cámaras de las mujeres y de los hombres y los pórticos están adornados en parte con plata, en parte con cortinajes o tapices entretejidos con oro macizo en forma de cuadros".
El palacio de Nabucodonosor nos lo describe así: "El techo había sido construído en forma de domo, para representar en cierto modo a los cielos. Con este fin también había sido techado con zafiro, piedra muy azul y para la vista semejante al cielo. Había así mismo allí, imágenes de los dioses que ellos adoran fijadas en lo alto y pareciendo figuras de oro que resplandeciera en el éter" (Philostratus, Vida de Apolonio (I-XXV).
En centenares de tablillas encontradas después de su desolación se ha leído la misma inscripción del rey que la engrandeció: "¿No es esta la Gran Babilonia que yo edifiqué?".
Grande y esplendorosa, llena de estatuas y de dioses, era esta ciudad cuyos Jardines Colgantes llenos de bosques, aguas afiligranadas y aves exóticas, que recordaban el Paraíso, la hicieron pasar a la posteridad. Sus Jardines Colgantes, donde paseaban las reinas y los guerreros, han pasado a la Historia como una de las Siete Maravillas del Universo.
Babilonia, no solo era una ciudad artística llena de grandezas aristócraticas y de quintas de placer, perfumadas por tilos y embellecidas por el oro. Sus guerreros que abatieron a Tiro sometieron a Egipto, la hicieron más grande, cuánto más fuerte fue su brazo para la victoria. Y un día le dijo Dios por su profeta Isaías: "Babilonia, hermosura de reinos y ornamento de la grandeza de los Caldeos, será como Sodoma y Gomorra, arruinada por el Señor. Nunca jamás será habitada ni reedificada por los siglos de los siglos; ni aun allá el árabe plantará sus tiendas ni harán en ella majada los pastores. Sino que se guareserán allí las fieras y sus casas estaran llenas de dragones y allí habitarán las avestruces y retozarán los sátiros peludos. Y entre las ruinas de sus palacios resonarán los ecos de los buhos y cantarán las sirenas en aquellos lugares que fueron consagrados al deleite".
Pasaron los medos y la arruinaron. Y la profecía solemne y misteriosa en el festín de Baltazar se cumplió.
MANE: Ha numerado Dios los días de tu reinado y le ha fijado término.
TCEL: Has sido puesto en la balanza y has sido hallado falto.
FARES: Dividido ha sido tu reino y se ha dado a los medos y a los persas.
Esztrabón, el geógrafo griego, que escribió durante el siglo primero, vio desolada a Babilonia diciendo de ella: "En gran parte está desierta". Luego añadía: "Nadie vacilaría en aplicarle lo que a uno de los escritores de comedia dijo de Megápolis en Arcadia: "La gran ciudad es un gran desierto" (Geografía XV, 1)
Los arqueólogos modernos llenos de admiración y espanto nos han dado testionio: "Montones de informes escombros cubre por muchas hectáreas la superficie de terreno.. Por todas partes se ven fragmentos de cristal, cerámica y ladrillos, con inscripciones, mezclados con aquel suelo salitroso y blanquecino originados por los restos de las antiguas moradas y que impide y destruye la vegetación haciendo el sitio de Babilonia un lugar desnudo y horrible desierto.
El misionero W. Ising visitó las excavaciones que el arqueólogo K. Koldeway estaba haciendo en el palacio de Nabucodonosor el año 1913 y escribió: "Involuntariamente uno se acuerda de la profecía del capítulo 13 de Isaías y de muchos otros pasajes que en el transcurso del tiempo se han cumplido al pie de la letra. Nadie mora en el sitio de la antigua Babilonia y todos los árabes empleados que excavan, han construido sus chozas en el antiguo lecho del río, el cual en la actualidad corre a unos 800 metros más al oeste".

Los profetas han perseguido a los imperios porque estos han olvidado a Dios. Las colosales sombras de las profecías proyectándose sobre las naciones, nos hacen pensar en el principio de la filosofia cristiana. Cuanto más crecen las economías y los progresos materiales, tanto más se pervierten los pueblos. La medida histórica de un pueblo sobre su caída, es su fantástico progreso y su dominio.
Así contemplamos aquel colosal pueblo lleno de tumbas piramidales con la sabiduría de los muertos y la opulencia funeraria y cortesana de los faraones enhiestos y el gran sacerdocio de Menfis, fue sometido por la profecía a la sombra de su inferioridad. Cuando Egipto rivalizaba con Babilonia, Ezequiel le habló en nombre del Señor: "En comparación con los otros reinos, será humilde; ni se alzará más sobre las gentes". Y así fue. Isaías acentúa la nota de su inferioridad, y de su derrota. "Y el Egipto no hará cosa que tenga pies ni cabeza, ni el que manda ni el que obedece".
No fue destruida como Tiro y Babilonia; subsiste en un estado de humildad y de recuerdo lamentablemente gloriosos.
Hubo un pueblo célebre por su sabiduría y su prudencia: Idumea. Temán fue la ciudad mas sabia de sus tiempos. Era la academia del saber oriental. Su saber los apartó del verdadero Dios. Jeremías se encargo del vaticinio: "Y la Idumea quedará desierta; todo el que pasaré por ella se pasmará y hará mofa de sus desgracias".
Un día llegó el león de Nabucodonosor y abatió a la fuerte Edón y el corazón de sus valientes, aquel día, fue como el corazón de una mujer que está en parto.
Y así a la luz tenebrosa y fatídica de las profecías, vemos la suerte de Damasco, el juicio de Samaria, el vaticinio de los asirios, el anuncio contra la Arabia, el vaticinio contra los filisteos y Moab. Los oráculos contra los amonitas, los elamitas, los arabes y Caldea. Y hay que recordar aquellas palabras sublimes de Donoso Cortés, sobre el pueblo judío, aplicables a la historia antigua:
"Ya lo veis señores; la historia del pueblo hebreo no es otra cosa si bien se mira, sino un drama religioso compueto de una promesa, de una amenaza y de una catástrofe".
Con esa ley de la historia cristiana medimos los hechos. Donde está la catástrofe, ahí está la traición a Dios, una promesa y una amenaza. Así medimos con la fuerza de la profecía oficial, algunos acontecimientos horribles de la época antigua y moderna.
Ricardo Rasines U.

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