miércoles, 16 de junio de 2010

MI REMEDIO


Era la hora en que los cielos
visten jirones de rojo tul,
y van cantando los leves céfiros
entre las cañas de los bambúes
y los arroyos cantan amores
y se adormecen mustias las flores;

Era la hora de las tristezas
de los recuerdos; Era la hora
en que mi alma se agita inquieta
dentro del pecho que la aprisiona
porque se enferma de nostalgia
y el raudo vuelo tender ansia.

No sé no cómo entré en un Santuario.
Vi, entre las sombras, inmenso pueblo:
hombres, mujeres, niños, ancianos,
pobres y ricos, sanos y enfermos,
todos hincados, llenando el templo;
yo, sin pensarlo, seguí su ejemplo.

Y oí un murmullo suave, armonioso,
voces muy roncas como estertores;
voces de timbre fino, sonoro;
formando todas dulces acordes
y por las bóvedas repercutían
con voz doliente de melodía.

Música extraña !Notas muy tristes
como gemidos, como plegarias,
notas alegres, notas sensibles
como suspiros de un alma casta;
todas las notas de los amores,
todos los ecos de los dolores!...

Eran las unas, como las arias
que suspirando cantan los ríos;
mugidos, otras, de cataratas
que se despeñan sobre el abismo.
y aquellas notas, luego se unían;
formando frases y así decían:

¡Mi corazón en amarte
siempre se ocupe...!
Y por las bóvedas repercutía
con voz doliente de melodía.

Y por los aires iba vagando
tenue, muy tenue, como el suspiro
postrer que sube de un yerto labio;
y como una queja, como un gemido...
Y se apagaba... y renacía...
Iba creciendo y así decía:

"¡Y mi lengua en alabarte
Madre mía de Guadalupe!"...

Eran tan suaves aquellas notas,
eran tal dulces aquellas frases,
tan delicadas, tan armoniosas,
que delirante, creí elevarme
hacía la gloria, entre las nubes,
sobre las alas de los querubes.

Siento que alguno, con suave mano
una por una, del pecho mío
mis penas todas iba arrancando;
sentí que luego con gran cariño
me desciñeron de la cabeza
la cruel corona de mi tristeza...

Y alcé la frente, y vi en el fondo
de aquel Santuario, entre las luces
de muchos cirios, de muchos focos
que asimilaban la clara lumbre
que desde el cielo, el sol envía
en el más puro y hermoso día
entre azucenas inmaculadas
y castos lirios y frescas rosas,
vi a una Virgen tan delicada
pura y radiante como la aurora:
Nunca, no, nunca mirado había
Virgen tan bella mi fantasía.

Su frente pura como un espejo
donde inocente su alma brillaba;
eran sus ojos como luceros,
y sus mejillas como de grana;
y eran sus labios como el carmín
que el fruto tiñe del colorín.

Se destacaba un talle esbelto
entre mil rayos puros del sol;
y era a sus plantas, la luna, negra...
¿Cuál de sus ojos sería el fulgor?
Y era morena; y era su veste
de rosa y oro y azul celeste.

Vi yo a la Virgen, y al verla, mi alma
sentí agitada por tal amor,
tan fuertemente me palpitaba
dentro del pecho el corazón,
que sin pensarlo caí de hinojos,
de mí no supe, cerré los ojos...

Pensé morirme,..., y, como en sueños
oí algo dulce... como el gemido
de una paloma, como el acento
con que una madre duerme a su niño
como los cantos que yo cantaba
allá en mi infancia, cuando soñaba...

Hijito mío, hijo del alma,
mi pequeñito, mi delicado;
cesen tus penas, cesen tus lágrimas,
ponme tu frente en mi regazo,
que yo tus penas trueco en delicias
con el encanto de mis caricias...

Yo soy la Madre de Dios del cielo
allá en la gloria, mi trono está;
pero he escuchado tus sufrimientos,
he contemplado tu hondo penar,
y aquí me tienes... A tu reclamo
pronto he acudido. ¿Di si no te amo?

Cuando al impulso de los dolores
sientas nublados tus tristes ojos,
y tus mejillas el llanto moje...
ven, y derrama tu ardiente lloro
en mi regazo, hijo querido:
Yo sé enjugarlo, a eso he venido.

Salí del templo con mi alma llena
de inmensa dicha... Allá en el cielo,
la augusta reina de las tinieblas,
había extendido su manto negro;
pero en mí alma resplandecía
de la esperanza, el claro día.

Y desde entonces, cuando los cielos
visten jirones de rojo tul,
y van cantando los leves céfiros
entre las cañas de los bambúes
y los arroyos cantan amores,
y se adormecen mustias las flores;
cuando mis ojos siento nublados
al fiero impulso de los pesares,
y mis mejillas empapaba el llanto,
a aquel Santuario marcho al instante:
Voy a mi Madre, a mi Consuelo,
a mi adorada Reina del Cielo.

Y allí a sus plantas vierto mis lágrimas
y allí le cuento mis sufrimientos,
porque Ella enjuga con sus miradas
de mis mejillas el llanto acervo,
y mis pesares trueca en delicias
con el acento de sus caricias.

Nada me importa que en mi camino
nazcan espinas. Nada me importa
que se desaten enfurecidos
los huracanes, ni que las olas
quieran tragarme mi barquichuelo,
ni que las sombras cubran mi cielo.

Voy a mi Madre y Ella convierte
esas espinas en frescas rosas;
callan los vientos, si Ella lo quiere
y hasta se tornan mansas las olas,
y caminando va mi barquilla
tranquilamente, hacia la orilla.

Y si mi cielo se vuelve negro,
sin sol, ni la luna y sin estrellas;
si por desgracia me miro envuelto
en los crespones de las tinieblas,
hallo en sus ojos luz esplendente
que mi ser baña, enteramente.

Y cuando rugen los vendavales
y el ronco rayo truena en mi cielo,
y se desatan las tempestades
y me ensordecen con sus estruendos...
¡Madre! le grito con toda el alma
y al punto vuelve la dulce calma.

Por eso diario voy a su templo,
donde se juntan niños y ancianos,
ricos y pobres, sanos y enfermos,
y allí le dice trémulo el labio
con el acento de la ternura,
mientras me embargo con su hermosura:

¡Mi corazón en amarte,
eternamente se ocupe,
y mi lengua en alabarte,
Madre mía de Guadalupe!

Alcánzame, Madre mía,
repetir eso mismo en mi agonía.

Mons. Vicente M. Camacho
1902


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