viernes, 11 de junio de 2010

Las Blasfemias, Juramentos y Maldiciones acaban las casas, y las arruinan

El santo Profeta Isaías llama infelices, desventurados y perdidos a todos los hombres blasfemos, tratándolos de generación perversa, generación infame y maldita, que trata indignamente a su mismo Dios y Señor que le dio el ser que tiene, y no obstante comete la ingrata fealdad de blasfemar su santísimo nombre, digno de ser venerado.
En el sagrado Levítico se refiere, que habiéndose llevado a la presencia de Moisés un hombre blasfemo, consultó con Dios nuestro Señor lo que debía de hacer con aquel maldito delincuente; y el Altísimo le respondió, que le apedrease todo el pueblo, y no permitiese vivir a un hombre tan escandaloso y atrevido. Este es el primer blasfemo de quien hace mención las divinas letras, y la primera diligencia que con él hizo el celoso ministro de Dios, Moisés, fue ponerle en l cárcel pública, hasta que el Señor supiese el digno castigo que se le debía dar para escarmiento de todos. (Lev. XXIV, 11 y sig.)
Más debe notarse lo que advierte el sagrado texto, que aquel hombre blasfemo era hijo de una mujer israelita, y le había concebidó de un egipcio, y la mujer desventurada era de la tribu de Dan; de que se infiere, que aquel hombre blasfemo de parte de padre era un gitano infame, mal nacido y espúreo, y de parte de madre era un hijo de una mujer liberada, desatenta y sin temor de Dios, que torpemente se mezclaba con los extranjeros; y la tribu de Dan es la mas notada de infausta, como consta de la divina escritura; por lo cual el infeliz blasfemo era por todos lados infame y de mala generación.
De este caso fatal tuvo principio la ley común antigua, que puso a Dios a su pueblo, diciendo, que a todo hombre blasfemo se le quitase la vida, fuese patricio, o fuese peregrino.
A los escandalosos pecadores blasfemos Datan y Abiron se los tragó vivos la tierra; y en cuerpo y alma bajaron al profundo infierno, como se refiere en el sagrado libro de los Números; y porque tenían otros muchos y graves pecados, y convenía que el pueblo supiese los delitos porqué Dios los había castigado, advierte con reflexión el texto sagrado que eran blasfemos. Y todo otro castigo parece corto para una maldad tan execrable y escandalosa.
No solamente los que blasfeman, sino también los que son causa de las blasfemias, deben temer el castigo riguroso del Señor Omnipotente; por lo cual, usando Dios de misericordia con el penitente rey David, y perdonándole piadoso los gravísimos pecados del homicidio y adulterio, no le quiso dejar sin ningún castigo el haber sido causa de que los enemigos del Señor blasfemasen su santo nombre; y así le dijo el santo profeta Natan: Dios ha perdonado tus pecados; mas porque fuiste movido parta que los enemigos del Señor blasfemasen su santísimo nombre, el hio que te ha nacido se te morirá presto. Advertid, hombres, esta notable sentencia para escarmentar de blasfemias.
En confirmación de esta doctrina tenemos la de San Pablo, que exhorta a las mujeres casadas sean prudentes, castas, benignas, afables y sujetas a sus maridos, para que el nombre santo de Dios no sea blasfemado en sus casas, y lo pierdan todo (Tito, II, 5).
Otros muchos ejemplares horrorosos hay en la sagrada Escritura para escarmiento de los blasfemos; pero me parecen bastan los alegados, para que entren en justo temor los hombres inconsiderados, y entiendan que con sus blasfemias arruinarán sus casas, perderán sus almas, y acabarán todos sus bienes eternos y temporales.
El vicio detestable de jurar también pierde y arruina las casas y familias; por lo cual dice el Espíritu Santo al hombre, que no se acostumbre a jurar inconsideradamente, porque se le seguirán muchas desventuras (Eccli. XXIII, 9).
En el libro del Éxodo dice el Espíritu Santo, que no tomes en tu boca el santo nombre de Dios en vano; porque no se quedará sin castigo tu delito. Si eres jurador, no te faltarán plagas en este mundo, o en el otro, o en ambos juntos.
El varón que jura mucho se llenará de iniquidad, y no se apartará la plaga de su casa, porque así lo dice Dios Omnipotente, cuyas divinas palabras son infalibles. En la divina Escritura se funda aquel proverbio común y verdadero, que dice: En la casa del que jura no faltará desventura. Y en otro semejante que dice: En la casa del jurador nunca faltará dolor (Eccl, XXIII, 12).
El impío Nicanor juró con ira, y luego el Señor hizo con él su divina venganza, como se escribe en el libro primero de los Macabeos. No defendáis, hombres, vuestros juramentos con ira; sino sabed, y desengañaos, que Dios severamente los castiga.
El hombre muy jurador hace erizar los cabellos a los hombres justos que le oyen, como se escribe eb el sagrado texto (Eccli. XXVII, 15); y considerando la irreverencia notable y escandalosa que se hace al hombre santo de Dios, se cierran los oídos de los buenos para no oír los juramentos disparatados de los impíos y malos.
Los juramentos con mentira tienen mayor gravedad, porque alegan por testigo a Dios verdadero en confirmación de una cosa falsa; y cuanto mas leve es la mentira que se confirma con juramento, es mas grave el pecado mortal que se comete; porque es mayor la irreverencia que se hace a Dios nuestro Señor, alegándole por testigo de una falsedad impertinente. Por esto se queja su divina Majestad de que los hombres desatentos le hacen servir en sus pecados, como lo escribe Isaías profeta (XXIII, 24).
El santo profeta Zacarías vio venir volando una maldición de Dios para destruir y consumir las casas de los que juran con mentira. Para el castigo de otros graves pecados viene a paso lento la maldición de Dios omnipotente; más para derrotar las casas infelices de los juradores falsos, viene volando por los aires la divina maldición. Despertad, juradores bárbaros, y temed a vuestro Dios, terrible contra vosotros y contra vuestras casas y familias.
En la divina historia de la Mística Ciudad de Dios se refiere, que conoció la Reina de los ángeles María santísima la injuria de la criatura contra el ser inmutable de Dios y su bondad infinita, cuando jura en vano, falsamente, o blasfema contra la veneración debida a Dios en sí mismo y en sus santos; y con el dolor grande que tuvo la piadosa Madre, conociendo los muchos pecados que atrevidamente hacían y harían los hombres contra este divino mandamiento de no jurar vanamente, pidió a los santos ángeles que le asistían, que de su parte encargasen a todos los ángeles custodios de los fieles, que cada uno detuviese a la criatura que guardaba, para que ninguna cometiese tal desacato contra su Dios. Y para que todos los hombres se moderasen, pidió la soberana Reina a los ángeles les diesen inspiraciones y luz, y por otros medios los atemorizasen para que no jurasen ni blasfemasen el santo nombre de su Dios y Señor.
Y a más de esto encargó la Clementísima Señora a los ángeles que pidiesen al Altísimo diese muchas bendiciones de dulzura a los hombres que se abstienen de jurar en vano, y reverenciar el ser inmutable de su Creador. La misma suplica hacia con grande fervor y afecto la soberana Reina a Dios nuestro Señor, para que favoreciese con infinita misericordia a los hombres que se abstenían de vanos y escandalosos juramentos, y veneran el santísimo y terrible de su Dios omnipotente, que los a creado; y hecho Hombre, a muerto en una Cruz por la salvación eterna de sus almas.
Los juramentos promisorios, en los cuales se promete hacer una cosa buena, o no hacer una cosa mala, obligan en conciencia; y si la materia es grave, es pecado mortal de sacrilegio el no cumplir lo que se juró; y se debe explicar en la confesión. Por esto conviene no jurar lo que no se ha de cumplir, como advierte el sabio Salomón (Prov., VI, 2).
Aunque el juramento se hubiere hecho con dolo del interesado, siendo de cosa justa, se ha de estar al juramento, como les sucedió a los hijos de Israel con los gabaonitas; y Dios les mandó a los de su pueblo escogido, que cumpliesen su juramento (Jos., IX, 18 et seq.).
El juramento de fidelidad que se hace a los reyes y príncipes de la tierra debe guardarse; y lo contrario destruye las casas y las familias y acaba desventuradamente con las personas defidentes; como consta en la Sagrada Escritura y aun de la práctica experiencia (Ezech. XVII, 28).
Los juramentos conminatorios, en los cuales se amenaza y se jura de tomar venganza, siendo de cosa injusta, no obliga. Si cuando se hacen no hay intención de cumplirlos, son pecado mortal, porque son juramentos falsos; y si hay intención de cumplir la injusta venganza, también son pecado mortal; y si el hombre piensa que esta obligado ha vengarse por haber jurado, es pecado de blasfemia; porque pone en el sagrado juramento una obligación inicua, y le hace vínculo de iniquidad, el cual es juicio abominable.
Lo seguro es abstenerse el hombre timorato de todo especie de juramento, como no sea con peligro de verdad, justicia y necesidad; porque dice el sagrado texto, que el varón que mucho jura, se llenará de maldades, y perderá su casa con aflicciones y plagas (Jerem., V, 2).
Dice Cristo Señor nuestro, que no jures, ni por cielo ni por la tierra, ni por los falsos dioses, ni por el templo santo, ni por ninguna otra cosa, si no que tus palabras sean ingenuas y sencillas, diciendo: esto es, y esto no es; y si así no te quisieran creer dejalos que no crean, y atiende al bien espiritual de tu alma. Esta es la doctrina verdadera que nos conviene seguir (Matt., V, 33, et seq.).
Las maldiciones inconsideradas, injustas y pautas también destruyen la casa y la familia. A quien ama la maldición le vendrá la maldición, y acabará con él. Su boca está llena de maldición, y debajo de su lengua se hallará la amargura, el trabajo y el dolor, como dice el real profeta.
El Espíritu Santo dice, que la maldición de la madre arranca los fundamentos de los hijos (Eccli., III, 11); y ya se ve claro, que quitando el fundamento se arruina toda la casa. Esto hacen las madres maldicientes; y por más que se las desengañe no se quieren enmendar, ni parece acababan de creer lo que les dice el mismo Dios para su mayor bien, o por lo menos no lo quieren considerar.
Aunque el padre se ponga en oración, si la madre está echando maldiciones horrorosas, ¿a cuál de los dos atenderá el Señor? esto pregunta la divina Escritura; ahí mismo se resuelve, que si uno edifica, y otro destruye, no se sacará sino trabajo y dolor (Eccli. XXXIV, 29).
No echéis maldiciones a quien no maldice Dios, dice el sagrado texto; porque al Señor nada se le oculta, y su poder es grande para acabar con vosotros (Num., XXIII, 8).
El Sabio dice, que así como el ave que vuela, en alguna parte ha de parar, así la maldición inconsiderada no se quedará en el aire; sino que volverá a caer sobre la cabeza de quien la echó. Y se explica mas en otro capítulo, diciendo el Espíritu Santo, que la piedra arrojada en alto volverá a caer sobre la cabeza de quien la tiró.
Mirad, hombres, por vuestras almas y por vuestra misma conveniencia temporal, y no permitáis que en vuestras casas se oigan juramentos, ni blasfemias, ni maldiciones, pues habéis visto comprobado por las divinas Escrituras, que donde se hallan estos malditos vicios y no hay que esperar sino desgracias, desventuras y plagas horrendas.
El hombre jurador y blasfemo, y la mujer maldiciente, aunque viven en este mundo, ya parecen originarios y naturales del abismo del infierno; porque a cada uno se le juzga la patria por su lengua y modo de hablar, como se dice en el sagrado libro de los Jueces (XII, 6).
Aunque un hombre viva en Zaragoza, si habla en italiano, decimos que es italiano; y aunque él lo niegue, no lo creemos; porque su modo de hablar da testimonio de su patria. Por eso juzgaron en Jerusalén que San Pedro era galileo, y su prueba única era decir que su lenguaje era de Galilea.
Conforme a esta clara doctrina veamos ¿qué lengua se habla en el abismo del infierno? En aquel desventurado lugar no se oye otro lenguaje sino maldiciones, juramentos y blasfemias horrendas. Esta es la lengua de los condenados, como dice Isaías profeta: luego los juradores, blasfemos y maldicientes, aunque vivan en este mundo, ya parecen venidos del infierno, y que allá tienen su patria nativa; y su casa en este mundo es como casa de condenados.
Mas adelante se hallarán ejemplos horrorosos en confirmación de esta doctrina.

R.P. Fray Antonio Arbiol
La Familia Regulada





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