miércoles, 3 de diciembre de 2014

¡PROFISCISCERE!

¡Llegó la hora de partir!
     Y en nombre de Dios Padre, que me creó; y en nombre de Dios Hijo, que me redimió; y en nombre de Dios Espíritu Santo, que me santificó, el sacerdote, representante de la Santa Iglesia, me dará la orden solemne, ineludible, imperativa: Proficiscere! ¡Parte!
     ¿Partir?... ¿De dónde?... ¿Y hacia dónde?...
     ¿De dónde?... ¡De este mundo! Abandona ya lo que tanto habías amado —se me dirá—; deja ya lo que tanto habías acariciado; renuncia a lo que con tanto empeño habías amontonado... y parte. ¡Llegó la hora!
     ¿Y hacia dónde?... In domum aeternitatis: Hacia la casa de la eternidad. In domum aeternitatis tuae: La casa de mi eternidad.
     De mi eternidad: porque tendré que abandonar esta vida mortal, pero para vivir eternamente en la casa de mi eternidad.
     Debo yo mismo prepararme esa casa; ahora tengo tiempo. Más tarde... ¿lo tendré?
     Esa casa de mi eternidad se prepara con las buenas obras; allá las encontraré al otro lado de la tumba, en el término de mi peregrinación; ellas son mi tesoro, mi riqueza, lo único que podré llevar conmigo en ese viaje definitivo, del cual no se vuelve jamás...
     Y si no preparo yo mismo esa morada..., debo temer encontrarla preparada por la divina justicia, porque de todas maneras, quiéralo o no, viviré eternamente: eternamente feliz o eternamente desgraciado.
     ¿Por qué no pienso con más frecuencia en esa hora, que ha de llegar infaliblemente? ¿Cuándo?... Sólo Dios lo sabe.
     ¿Pero mucho más pronto de lo que yo pienso..., más pronto de lo que yo deseo?... En todo caso, en la hora menos esperada.
     ¡Oh!, que al llegar esa hora de escuchar la orden de partida pueda yo responder, sinceramente, tranquilo y sereno: ¡ Señor, heme aquí! ¡ Listo estoy!
     Mi muerte será entonces el principio de mi eterna dicha.
     Será el cambio de esta habitación terrena a una habitación celestial.
     Será el paso de esta morada de barro a la morada que Dios tiene preparada para los que le aman.
     Y entonces, ¿por qué habría de temer a la muerte?
Alberto Moreno S.J.
ENTRE EL Y YO

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