lunes, 22 de diciembre de 2014

SAN IGNACIO DE LOYOLA (18)

LIBRO IV
EL FUNDADOR DE ORDEN RELIGIOSA
Capítulo Décimosexto
LA PRIMERA CARTA ROMANA DE LA COMPAÑIA DE JESUS
(27 de septiembre de 1540)

     Como hemos dicho, fue en el curso del mes de noviembre cuando Iñigo, Fabro y Laínez emprendieron el camino de Roma. Cuando los viajeros estaban ya a algunas millas de la ciudad, en la encrucijada de las antiguas vías romanas Claudia y Cassia, el Señor favoreció a su siervo con una nueva iluminación. Determinado a prepararse durante todo un año para la celebración de su primera Misa, Iñigo había tomado a la Virgen por su mediadora rogándola todos los días que “le pusiera con su Hijo”. Son sus propias palabras. (1) Pues bien, en esa encrucijada de la Storta (2) habiendo entrado con sus compañeros en una Capilla que allí había, mientras oraba, sintió que toda su alma cambiaba, y una clara certidumbre se apoderó de él, de que “el Padre le ponía con su Hijo”. Así lo dijo más tarde a González de Cámara (3). Pero a Laínez, en aquellos momentos, y varias veces después, le refirió más en detalle la visión que había tenido en la rústica capilla. El Eterno Padre se le apareció en el cielo abierto, con Jesucristo ante El, llevando su cruz, y los dos miraron amorosamente a Iñigo: “Quiero, decía el Padre, que tomes a éste por tu servidor”. Y Jesucristo interpelando a Ignacio “Quiero que tú seas mi siervo” y “Yo, añadió el Padre, os seré propicio en Roma” (4). El cuadro que se admira en el altar mayor de la iglesia de San Ignacio, ha hecho célebre esta escena. La historia explica su sentido. El momento en que el futuro fundador de la Compañía recibió este favor celestial, ha quedado envuelto en el misterio. La cruz del Salvador, ¿no significaría acaso el anuncio de atroces sufrimientos? Iñigo así lo creyó. “No sé, dijo a Laínez, si vamos a ser crucificados en Roma”. Pero al mismo tiempo, la seguridad del apoyo del Señor quedó tan profundamente escrita en el fondo de su alma, que le era imposible dudar de él (5).
     Reconfortados por esas promesas de lo alto, los viajeros continuaron su camino, y llegaron a Roma hacia el fin de noviembre de 1537. El doctor Pedro Ortiz había recibido tan bien a los iñiguistas en la primavera, que Ignacio y sus dos compañeros recurrieron otra vez a sus buenos oficios para ser presentados al Papa Paulo III. Como resultado de la cálida recomendación del embajador de Carlos V, el Pontífice acogió a los peregrinos con gran benevolencia. El Colegio de la Sapiencia, cerrado después del saqueo de Roma en 1527, había sido reabierto dos años antes. (6) Paulo III encargó a Laínez que en él enseñara Teología Escolástica, y Fabro Teología Positiva. La orden era tan honorífica como inesperada. Y en cuanto a Ortiz, sus relaciones con Iñigo de LoyoIa se hicieron rápidamente tan estrechas, que decidió hacer con él unos Ejercicios. Pero como era difícil al embajador del Emperador encontrar en Roma una soledad donde ocultarse, el ejercitante y su director partieron para Monte Casino. Al cabo de un mes, Ortiz salió transformado. Si su corpulencia y su edad, insinúa Polanco (7), no lo hubieran hecho impropio para las fatigas del apostolado, se hubiera convertido allí mismo en compañero de Iñigo. Con toda probabilidad hay que añadir que la situación de Ortiz, respecto del Emperador Carlos V, hacía muy difícil, si no imposible, su definitivo renunciamiento al mundo. Pero si no se convirtió en jesuíta, el doctor Ortiz fue siempre un amigo y protector de la Orden.
     Lo sabemos por el mismo Polanco (8). Francisco Estrada fue por entonces ganado para la vida apostólica por Iñigo; el cardenal Gaspar Contarini, Lactancio Tolomei, embajador de Siena en Roma, el médico español Ignacio López, hicieron también los Ejercicios; y después no cedieron a nadie en el celo por sostener las obras de la Compañía naciente.
     Nos gustaría saber algunas particularidades acerca de las enseñanzas de Laínez y Fabro, improvisados profesores de la Sapiencia, por decisión repentina de Paulo III. Es preciso contentarnos con saber que en un principio Laínez no quedó satisfecho, ni tampoco sus discípulos; pero que a poco, mejoró su curso y ganó la confianza de todos, (9) explicando el texto de Gabriel Biel sobre el Canon de la Misa. (10) ¿De qué trató Fabro? Lo ignoramos; no ha dicho nada en su Memorial, y nadie ha suplido su silencio. Pero los dos maestros debieron gustar, puesto que por lo que cuenta el mismo Iñigo (11) en una carta a Isabel Roser, Paulo III les rogó que fueran cada quince días a disputar de cosas teológicas, durante su comida.
     Esta confianza del Santo Padre y los éxitos de los retiros dados por Iñigo, les crearon en Roma una atmósfera favorable, y terminada la cuaresma de 1538 Iñigo llamó a su lado a todos los suyos. El gentil hombre Quirino Garzoni había puesto a su disposición, en la pendiente de la colina dominada por el convento de los mínimos, llamado de la Trinidad del Monte, una casita rodeada de una viña. Todos los iñiguistas repartidos por el Alta Italia vinieron a reunirse allí, después de Pascua de 1537.
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     Y entretanto, ¿qué sucedía con el proyecto de peregrinación a Jerusalem?
     Cuando en la primavera de 1537, los enviados de Iñigo habían pedido el permiso de ir a venerar el Santo Sepulcro, su súplica dirigida por Fabro había sido apoyada por el Cardenal Antonio Puci; (12) pero Paulo III al recibir a los peticionarios les había dicho: “No creo que lleguéis nunca a Jerusalem”. El Papa no hablaba sin fundamento. Acababa, en los últimos días del mes de abril, de visitar en persona los trabajos, ordenados por él, para poner en estado de defensa el puerto de Civita Vecchia. En marzo los turcos se habían apoderado de Clissa, en las costas de Dalmacia. En diciembre de 1536, una comisión de Cardenales había sido encargada de estudiar las medidas que debían tomarse para defender, contra una invasión turca, los Estados de la Iglesia. La expedición de Carlos V a Túnez en 1536, su viaje triunfal a Roma, (13) los rumores de los preparativos bélicos de Solimán, habían puesto a la orden del día la idea de una cruzada. En su tratado del 14 de abril de 1536, con el Emperador, el Papa se había obligado a una ayuda eventual contra los turcos; y los tenaces esfuerzos de su diplomacia para reconciliar al rey de Francia con el Emperador no tenían otro fin que el de coaligarlos a ambos en una guerra contra el Sultán. En suma, el día en que Paulo III había acogido con un movimiento de incertidutnbre el proyecto palestiniano de los iñiguistas, hacía ya doce meses que su espíritu estaba obsesionado por la idea de lanzar a la cristiandad en armas sobre el Oriente (14).
     Se comprende pues por qué durante el estío de 1537, Venecia no había enviado su nave pelegrina y por qué los iñiguistas no habían podido partir.
     Después, los acontecimientos no hicieron más que complicarse. En junio de 1537, Paulo III ordenó en sus Estados oraciones públicas, y él mismo, descalzo, tomó parte en una procesión solemne de penitencia. En julio, los Turcos desembarcaron cerca de Otranto y devastaron la comarca. Pronto declararon la guerra a Venecia y cercaron a Corfú. El temor de una invasión crecía en Roma, y se hizo el inventario de las campanas, para fundirlas, si hubiere necesidad. Felizmente la fortaleza de Corfú resistió y los Turcos se retiraron. Desde el 15 de septiembre Venecia estaba aliada con el Papa contra Constantinopla. Los ecos del Te Deum cantado en aquella ocasión en San Pedro, se acababan de extinguir, cuando las islas venecianas del archipiélago, Syros, Pathmos, Paros y Naxos, fueron tomadas por los Turcos. En el mes de octubre, sus ejércitos amenazaban la frontera húngara, y las tropas del Rey de Romanos fueron derrotadas en Gorián, cerca de Diakovar. Aquellas tristes noticias no podían causar en Roma y en Venecia otra cosa que la consternación. Entre tanto, sin reconciliarse, Carlos V y Francisco I firmaron una tregua de seis meses; y en seguida Paulo III volvió a sus designios pacificadores. La formación de la Santa Liga dirigida contra el Islam, por el Emperador, el Rey de Romanos, Venecia y el Papa (8 de febrero de 1538), el viaje de Paulo III a Niza (marzo-junio de 1538) la entrevista de Francisco I y Carlos V en Aguas Muertas (14-16 de julio de 1538) después de decidir una tregua de diez años, esclarecieron un poco el horizonte político; pero los Turcos estaban sobre aviso y más feroces que nunca. (15) La hora no era propicia para las peregrinaciones a Tierra Santa. El Cardenal Contarini, mejor que ninguno, lo explicó a Ignacio. Venecia en 1538 no enviaría naves de peregrinos. El Papa, cuyas palabras eran para Iñigo más que un oráculo, le dijo que Roma sería para el su Jerusalem. Por otra parte el apostolado en Roma daba sus frutos. ¿No era esto una indicación de la Providencia? Así que en medio de todos estos vientos contrarios, el sueño palestiniano se perdió a lo lejos y desapareció (16).
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     A pesar de algunas oposiciones, durante el viaje del Papa a Niza, el Cardenal Juan Vicente Carafa, que gobernaba los Estados Pontificios, había concedido a los iñiguistas la facultad de predicar y confesar sin límites en todo el territorio (3 de mayo de 1538). Inmediatamente comenzaron a evangelizar en diferentes iglesias (17): Iñigo en Nuestra Señora de Montserrat; Fabro en San Lorenzo en Dámaso; Claudio Jayo en San Luis de los Franceses; Laínez en San Salvador in Lauro; Salmerón en Santa Lucía; Bobadilla en San Celso, Rodríguez en la iglesia del Santo Angel. Ignacio hablaba en español, los otros predicaban en italiano (18). La empresa no parecía oportuna, porque el tiempo de Cuaresma había pasado y por consiguiente el de los predicadores; los recién llegados eran desconocidos, extranjeros, enemigos jurados de todas las elegancias de la retórica. Pero a estos hombres, que contaban para tocar a las almas con la sola gracia del Espíritu Santo, el Señor concedió las dos bendiciones que tiene costumbre de prodigar a los verdaderos apóstoles: la conversión de los pecadores y las contradicciones de la calumnia.
     Las contradicciones duraron ocho meses. (19) Fue aquella la más fuerte de las tempestades que Iñigo había conocido hasta entonces. Comenzó por las intrigas de un monje, Mainardi de Saluces, piamontés, y hombre de mucha consideración en su Orden. Ya en 1532 sus predicaciones en Asti habían inquietado a su Obispo. Pero parecía que el tiempo había remediado el mal. En 1535, 1536 y 1537, Mainardi recibió de sus superiores las mayores muestras de confianza. Sus sermones en la iglesia de San Agustín, en Roma, durante la Cuaresma de 1538 atrajeron un gran concurso. Los iñiguistas fueron a oírle, y se espantaron de las temeridades del orador. No tenemos ningún testimonio contemporáneo que nos advierta de los errores que predicó. Pero es probable que Mainardi repitiera en Roma lo que inexactamente había dicho en Asti, acerca de la cuestión tan frecuentemente propuesta por los protestantes sobre la gracia y el libre arbitrio. Entre los admiradores del monje, se distinguían dos sacerdotes españoles, Pedro de Castilla y Francisco Mudarra. Iñigo, que los conocía, les advirtió que no se fiaran del predicador. Llevaron muy a mal la amonestación, y al mismo tiempo, a lo que parece, algunos iñiguistas advirtieron caritativamente a Mainardi mismo sus temeridades, rogándole que se explicara públicamente para no inducir a error a la multitud. Como el célebre orador no hizo caso alguno de la advertencia, ellos mismos tomaron la palabra en las diferentes iglesias, sobre los puntos tocados en la Cuaresma de San Agustín, y pusieron de relieve la verdadera doctrina católica. Mudarra y sus amigos se ofendieron de aquel proceder, y como eran poderosos en la Curia Romana, comenzaron a denunciar a Iñigo y a sus compañeros como sospechosos de herejía. (20)
     El navarro Miguel Landívar les ayudó en esta propaganda. Había conocido en París a todos los iñiguistas, y su carácter era de tal manera violento que había intentado matar a Ignacio, por haber conquistado a Francisco Javier. Después había pasado a Italia, y se había acercado a Iñigo en Venecia y aun había pedido ser admitido entre sus compañeros. Desechado, se picó, se irritó y conservó siempre en el fondo de su corazón como una necesidad su bajo rencor. Voluntariamcnte se convirtió en el acusador de gentes de las que hubiera podido ser el hermano. Y bien pronto por toda la ciudad se extendió el rumor persistente: Iñigo de Loyola no era otra cosa que un evadido de una prisión; sin licencia de la Santa Sede había organizado en Italia una especie de Congregación; su jactancia no tenía igual, etc., etc. Estos rumores calumniosos se abrieron paso. Dos maestros de escuela retiraron a sus alumnos de los catecismos que hacían los iñiguistas; el cardenal de Cupis, decano del Sacro Colegio, tuvo a Iñigo por sospechoso; y otros se preguntaban, moviendo la cabeza, qué habría que pensar de todo este ruido.
     Iñigo resolvió poner fin a una campaña que podría arruinar su apostolado. Con una carta de Miguel, en la mano, fue a buscar al gobernador de Roma, Benedicto Conversini. Miguel fue citado, convicto de mentira y desterrado de la ciudad. Esto resfrió el celo de los maldicientes. Pero Iñigo trató de llevar hasta el fin el asunto y pidió ser careado con Mudarra y Barrera. Citados éstos, ante el Gobernador, declararon que no tenían nada que reprochar a los iñiguistas; pero no bastaba a Iñigo esta retirada; quería una justicia completa y pública. Rogó a los Obispos de las ciudades en donde sus compañeros habían ejercido su ministerio que publicaran sus sentimientos. Se atrevió hasta pedir al Papa Paulo III, cuando éste volvió de su viaje a Niza (24 de julio de 1338), una sentencia pública. El Papa la prometió y repitió esta seguridad a Laínez y a Fabro. Finalmente Iñigo solicitó una audiencia, y fue a entrevistar al Pontífice a su villa de Frascati, teniendo con él una conversación de una hora. Empleando su mejor latín, Iñigo refirió su historia: su prisión en Alcalá y Salamanca, las dificultades de París y de Venecia, fueron contadas al detalle. El narrador pensó que más valía así; aquellas precisiones minuciosas impedirían al Pontífice dar crédito a las vagas relaciones de sus calumniadores, y más al corriente de los hechos, el soberano vería con más claridad la necesidad de proteger por un juicio público la inocencia de aquellos hombres apostólicos. Y finalmente Iñigo suplicó al Santo Padre ordenar una investigación sobre la vida, las costumbres y la doctrina de los suyos; si se descubriera algún defecto, se le pondría remedio; pero si todo estaba en orden, ¿por qué sus amigos y él no habían de poder contar con los favores de la Santa Sede? Paulo III tomó a bien este discurso y dio órdenes formales al gobernador de Roma para que terminase este asunto. Cuando volvió a la Ciudad Eterna, en muchas ocasiones habló con gran elogio de los iñiguistas, especialmente durante las disputas teológicas a las que iban, mientras el Papa tomaba su alimento. Tales sucesos se conocieron pronto en toda la Curia. Contarini urgió al gobernador la conclusión del asunto, y la calma renació. (21)
     La Providencia, velando por las necesidades de los perseguidos, permitió que una nube de testigos ilustres llegaran a cubrirlos bajo su protección. Figueroa, el inquisidor de Alcalá, el doctor Gaspar de Doctis de Venecia, el inquisidor de París, Mathieu Ori, el Obispo de Vicencia, se encontraron en Roma casualmente, como si hubieran venido expresamente para defender a Iñigo y sus compañeros. De Siena, de Bolonia y de Ferrara llegaron también otros testimonios sumamente elogiosos. El duque Hércules de Este ordenó a su embajador cerca de la Santa Sede que saliera como fiador de los acusados. (22)
     La sentencia no pudo menos que ser favorable, y el gobernador, Conversini, la hizo pública por decreto (23) el 18 de noviembre de 1538. Declara en ella falsos y sin ningún fundamento los rumores esparcidos contra Ignacio de Loyola, Pedro Fabro, Claudio Jayo, Pascacio Broet, Santiago Laínez, Francisco Javier, Alonso Salmerón, Simón Rodríguez, Juan Coduri y Nicolás de Bobadilla, respecto a su doctrina, su vida, y los Ejercicios Espirituales que predican; juzga y declara que Iñigo y sus compañeros no merecen ningún calificativo infamante; que al contrario su doctrina y su vida merecen gran renombre; los acusadores no han alegado sino futilidades y mentiras; los acusados tienen a su favor los elocuentes testimonios de los hombres más serios y dignos. Por esas razones, todos los fieles son exhortados a tener por muy católicos a Iñigo y sus compañeros, mientras perseveren, como es de esperar de la ayuda divina, en el género de vida que han escogido.
     Y perseveraron gracias a Dios. La tempestad no abatió su valor ni disminuyó su celo. Vuelta la paz se entregaron con más ardor a toda su actividad apostólica. La asiduidad a oír la palabra de Dios, y el uso frecuente de los sacramentos de la Penitencia y Eucaristía, comenzaron a estar en honor.
     Iñigo, sin embargo, ordenado desde el 24 de junio de 1537, no había celebrado aún su primera Misa. Los móviles de este retardo no los manifestó nunca; manifiestamente fue un pensamiento de humildad profunda lo que le inspiró actitud tan singular. Pero una vez que pasó la gran tribulación, se decidió por fin a subir al altar; ya hacía un año que estaba en Roma. Para celebrar su primera Misa escogió la fiesta de Navidad y la Capilla del Pesebre, en Santa María la Mayor. (24) En aquel lugar y en aquella fiesta, qué sentimientos debieron hacer palpitar su gran corazón, cuando tenía en sus manos al Verbo Encarnado, todo su amor. Mas no hay una sola línea ni de él ni de sus compañeros acerca de sus impresiones en aquellos benditos días. Adivinamos, sin embargo, el diálogo sagrado que debió establecerse entre el Rey del mundo y aquel que para la conquista de ese mundo para Dios, le ofrecía todo su ser y valer.
     Hacía ya algún tiempo que los iñiguistas habían dejado la Viña de Quirino Garzoni para trasladarse a otra casa, y luego a una tercera cerca de la torre de Melángolo. (25) Esta, durante el hambre de 1538-1539, se hizo célebre en toda la ciudad por la admirable caridad de Iñigo y de sus compañeros. Pedro Codacio, rector de la iglesia de Nuestra Señora de la Strada, se conmovió tanto por el espectáculo que ofrecía a Roma la vida evangélica de los iñiguistas, que les dio su iglesia y fue el primero que habló de edificarles una casa propia; mientras tanto se constituyó en su padre temporal, a fin de que, desembarazados del cuidado de mendigar el pan cotidiano, los infatigables misioneros, pudieran dedicar todo el día a las obras del apostolado. (26)
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En el momento de su reunión en Roma en la Primavera de 1538, ninguno de los iñiguistas había pensado en formar una Orden nueva. Ellos mismos lo dijeron, y Polanco lo volvió a asegurar con una claridad y una insistencia que no dejan nada que desear. Aunque faltaran estos textos numerosos y concordantes, tendríamos que llegar a la misma conclusión, nada más que por sus deliberaciones en la Cuaresma de 1539.
     Desde el primer momento, como ya lo hemos dicho, habían comenzado en Roma su vida evangélica, confesando, predicando y mendigando su pan cotidiano. Cuatro de entre ellos y ya no solamente Laínez y Fabro, iban a disputar sobre la doctrina, durante la comida de Paulo III. Ahora bien, cierto día, según cuenta Bobadilla, (28) el Papa les dijo: “¿Por qué queréis tanto ir a Jerusalem? es una buena y verdadera Jerusalem esta Italia, si queréis hacer el bien en la Iglesia de Dios”. Cuando estas palabras, continúa diciendo Bobadilla, fueron referidas a los compañeros por los que las habían oído, “se comenzó a deliberar en forma una religión nueva”. En el apostolado romano, como antes en el de la Alta Italia, se palpaban con las manos los rápidos y abundantes efectos de la gracia. En presencia de tales resultados, que admiran y que parecen ser una bendición de Dios, un pensamiento les vino naturalmente al espíritu: Cuando nosotros desaparezcamos, ¿quién continuará el bien comenzado por nosotros? Y así a mediados de la Cuaresma de 1539, comenzaron a discutir en común. Tenemos el proceso verbal de sus sesiones. (29)
     En la primera sesión, que tuvo lugar por la noche para no disminuir en nada el trabajo del día, se examinó la cuestión de saber si no sería mejor formar un solo cuerpo; y por unanimidad todos decidieron que sí, pero a la sola condición que el Pontífice lo permitiera.
     Después se puso en el tapete un segundo problema: ¿se ligarían a un solo jefe por obediencia, como es costumbre en las Ordenes religiosas? De hecho desde 1534 Iñigo de Loyola era su cabeza, por una especie de ascendiente moral incontestable; él los había engendrado para la vida apostólica. ¿Era preciso ir más lejos? Pasaron varios días en la oración, la reflexión y las amigables conversaciones, sin que se pudiera llegar a una conclusión satisfactoria, tan fuera estaba la idea de una vida religiosa del voto de Montmartre. Para salir de dudas, se preguntaban si no convendría el irse a una soledad durante treinta o cuarenta días, a fin de encontrar en el silencio, la penitencia y la oración, la solución deseable; o por lo menos si tres o cuatro de entre ellos no podían tomar la representación de todos; o si se quedaban en Roma, si no sería oportuno dedicar a esas deliberaciones la mitad del día. Después de un libre cambio de opiniones, se decidieron por no salir de la ciudad. Las necesidades de las almas eran urgentes y graves, y no proveer a ellas sería faltar al Señor y a los prójimos. Además, después de un combate de ocho meses, se había cerrado la boca a los calumniadores y qué no podrían decir aquellos hombres despechados, si los beneficiarios de la sentencia de Conversini desaparecieran de repente como si dudaran de sí mismos. Era evidente que se debían quedar y reservar la noche a las deliberaciones. Tal fue la conclusión de todos.
     Fue entonces sin duda, cuando Iñigo sugirió algunas indicaciones en las que se transparentaban las doctrinas de los Ejercicios Espirituales: que cada uno ponga su alma en manos del querer y voluntad divina, en perfecto equilibrio o indiferencia; que se prohíban a sí mismos el hablar unos con otros acerca del voto de obediencia, a fin de dejar libre el camino a las solas influencias de lo alto; acerca del problema del jefe, que cada uno haga abstracción de su persona, no teniendo a la vista otra cosa que el mejor servicio de Dios y la mejor garantía para la duración de la obra.
     En la reunión siguiente las ventajas y desventajas del voto de obediencia fueron pesadas con cuidado. Durante muchos días se continuó el examen, multiplicándose al mismo tiempo las oraciones fervorosas al Señor. Finalmente se pusieron de acuerdo. El 3 de mayo de 1539 se determinó: que el voto de obediencia al Papa se hará en manos del Superior de la Compañía; que los miembros de la Orden deben estar siempre dispuestos a trabajar donde el Papa los envíe; que se enseñará a los pueblos los mandamientos de Dios y la doctrina cristiana; que a los niños en particular se explicará el catecismo durante cuarenta días; que el empleo de cada uno se dejará a la decisión del Superior de la Compañía.
     En este esquema de pocas líneas, la futura Compañía de Jesús ha trazado toda su fisonomía propia: una Orden religiosa propiamente tal: una Orden apostólica, cuyo celo entre fieles e infieles no tiene más límite que la voluntad del Pontífice Romano, y cuyo superior, vicario del Vicario de Cristo cerca de los suyos, tendrá sobre ellos un poder monárquico. Así fue, según la feliz expresión de Bobadilla en una carta del 11 de agosto de 1589 al P. Acquaviva, “cómo la Divina Providencia que es abyssus multa cambió el voto de Montmartre en otros mejores y más fecundos” sustituyendo a la peregrinación a Jerusalem, la vida religiosa.
     Después del 3 de mayo, en el mismo año de 1539, los iñiguistas se reunieron de nuevo el sábado anterior al cuarto domingo de Pascua, el viernes antes de Pentecostés y la víspera de la octava del Santísimo Sacramento. En estas sesiones se determinaron las pruebas que habían de imponerse a los novicios (un mes de Ejercicios, un mes de peregrinación, un mes de servicio en los hospitales, salvo dispensa del Superior), que si alguno manifestara el deseo de ir a evangelizar a los infieles, se le darán diez días de Ejercicios para ver cual es el espíritu que lo mueve, después de lo cual será el Superior el que decida a dónde ha de enviársele. Se habló aún, de catequizar a los niños. Se definió provisoriamente que el Superior sería perpetuo; que se podrían aceptar casas e iglesias, sin adquirir sobre ellas derecho alguno de propiedad, y finalmente que en la recepción o rechazo de los candidatos, el Superior tomaría consejo de los bien informados, pero que a él pertenecería la decisión final. (31)
     Tales son las conclusiones principales de estas deliberaciones que se prolongaron por tres meses. En la fiesta de San Juan Bautista de 1539 se juzgó había llegado el momento de redactar una breve fórmula del Instituto futuro, para someterla a la aprobación del Papa. Esas pocas páginas, redactadas por Iñigo, son ya el boceto de las Constituciones futuras; es la misma concepción de la pobreza evangélica de los miembros y del cuerpo entero; la misma obediencia absoluta al Papa; la misma autoridad absoluta del General; la misma universalidad de ministerios apostólicos; el mismo espíritu de generosidad conquistadora en soldados apasionados por la gloria de Dios y que hacen entrega total de sí mismos. Nada falta; ni el nombre mismo de Compañía de Jesús. (32)
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     El precioso papel en donde fue trazado el bosquejo de la Compañía de Jesús, fue confiado por Iñigo a los buenos servicios del Cardenal Gaspar Contarini. Nadie podía apoyar con mejor crédito la causa ante Paulo III. El Pontífice remitió a Tomás Badía, maestre del Sacro Palacio (33) el cuidado de examinar la fórmula. El docto religioso era un hombre de conciencia íntegra. Al cabo de dos meses, dio su juicio de que el nuevo Instituto no tenía nada que no fuera piadoso y santo; se redactó una minuta de la Bula de aprobación inmediatamente; el 2 de septiembre, Contarini tenía una copia y la envió a Iñigo por medio de Antonio Araoz. (34) Paulo III estaba entonces en Tívoli, y Contarini participaba de su vacación. El 3 de septiembre por la mañana, el Cardenal leyó al Pontífice el parecer de Badía y el texto de la fórmula del Instituto. El Pontífice experimentó una gran satisfacción, la bendijo y la aprobó. En la carta por la cual Contarini informaba a Iñigo de este acuerdo añadía: “Su Santidad y yo volveremes a Roma el viernes y se dará orden al Reverendo Guinucci de hacer el Breve de aprobación”. (35)
     Esta frase llena de promesas, tardó un año entero en ponerse en práctica. En todos los países los juristas son hombres fecundos en objeciones y en expedientes. Cuando lo quieren, todo es posible legalmente, aun la iniquidad; si se obstinan, todo se hace imposible, aun lo justo y útil. El Cardenal Guinucci, por largo tiempo Secretario de Breves en su juventud, bajo los pontificados de Julio II y de León X, estaba bien penetrado de todas las cuestiones de forma. El examen de la minuta, al calce de la cual. Contarini había tenido cuidado de atestiguar con su propia mano la aprobación verbal del Papa, provocó en él, con algunas correcciones de estilo, dos observaciones sobre el fondo. Guinucci no podía resolverse a la supresión del coro y de las penitencias en uso en los claustros; le parecía que era ceder a las tendencias luteranas. Y además el voto al Soberano Pontífice ¿no parecía superfluo? A pesar de todo Guinucci estaba convencido de que aquellas dificultades no carecían de solución. Así lo dijo Tolomei, pariente de Guinucci e hijo espiritual de Iñigo (36). Este, pues, no vaciló en escribir a su hermano Beltrán que la conclusión se acercaba. (37) El rumor se extendió y llegó hasta los buenos amigos que Ignacio tenía en Barcelona.
     En verdad la oposición de Guinucci era más decidida de lo que pensaba Tolomei. Entre las dos opiniones opuestas, la de Contarini del todo favorable y la de Guinucci tenaz en sus objeciones, Paulo III señaló por árbitro a Bartolomé Guidiccioni, recientemente agregado al Sacro Colegio. (38)
     Este hombre era ya viejo, pero firme de carácter y de una muy viva inteligencia, sabio en derecho canónico, habituado a tratar los negocios con gran circunspección y a sostener sus ideas con tenacidad. Sí es inexacto que hizo todo un libro para sostener la inutilidad de las Ordenes religiosas nuevas, es sin embargo cierto que, en sus escritos inéditos aun sobre la Reforma de la Iglesia, se oponía, a nombre del decreto del Cuarto Concilio de Letrán y del Concilio de Lyon, a la creación de otras familias religiosas, y hubiera deseado reducir las Ordenes de varones a los solos benedictinos, cistercienses, franciscanos y dominicos. (39)
     La oposición de semejante árbitro fue clara desde el principio, y fue larga. Iñigo midió el peligro que corría su obra y oró y obró con todas sus fuerzas.
     Como lo había hecho en tiempo de las intrigas de Mainardi y Mudarra, presentó como testigos a los que habían visto a los iñiguistas en el trabajo. A instancias de Jayo, muy grato en la Corte de Ferrara, el duque Hércules recomendó a su hermano, el Cardenal Hipólito de Este, a los sacerdotes peregrinos (dic. 1539). Fabro y Laínez habían dejado en Patina la mejor impresión, y obtuvieron de los magistrados de la Ciudad que activaran el negocio. Estos no dudaron en escribir a la Condesa de Santa Fiora, sobrina del Papa, a fin de que instara con su tío. Federico del Prato, encargado de negocios de Parma en Roma, tuvo el encargo de visitar a Guidiccioni, para mostrarle los méritos de la Compañía naciente. Pascasio Broet, el apóstol de Siena, solicitó y recibió recomendaciones calurosas del Arzobispo Bandini y del Cardenal Ferreri legado en Bolonia. Juan III escribió al Papa y aun pidió a Carlos V y a Francisco I el unir sus instancias a las suyas, cerca de la Santa Sede, en favor de la futura Compañía de Jesús. (40)
     A sus amigos de Parma, Guidiccioni debía dar explicaciones. Escribió a Federico del Prato que la fórmula del Instituto le parecía excelente; pero que sin embargo no le parecía expediente dar la aprobación en forma solemne; sin duda los frutos de salvación que producía eran manifiestos, pero los tiempos eran muy malos; ¿por qué no esperar? ¿por qué no contentarse con la aprobación verbal del Santo Padre? Así hablaba Guidiccioni en febrero de 1540. (41)
     Mas aún que en los hombres, Iñigo confiaba en el Señor. Desde las primeras dificultades, prometió hacer celebrar por los suyos tres mil misas. (42) Durante largos meses, en ese sacrificio matutino por el cual comenzaban sus santas jornadas, sus compañeros y él no tenía más que un solo pensamiento: cambiar el corazón del Cardenal Guidiccioni. Se adivina que sus oraciones serían fervientes, instantes, confiadas. Más que todos, Iñigo estaba convencido de que la oración unánime y perseverante de los justos está segura de obtener su efecto. Después de haberle asistido desde hacía veinte años en tantas dificultades y contradicciones, Dios no había de abandonarle en la hora misma en que parecía iba a realizar el destino mismo de su vida. Las palabras ciertas que oyera “Yo os seré propicio en Roma”, no serían desmentidas por los hechos. Y así se prodigaba en audaces preguntas, en amorosas quejas, en ardientes interpelaciones de rodillas delante de la Virgen de los Dolores y de Jesús crucificado. Finalmente, su oración y la de sus compañeros consiguieron el cumplimiento de sus deseos y quitaron los obstáculos. Guidiccioni cedería. En la primavera de 1540 se esperaba el fin. El 22 de marzo, Bobadilla (43) escribe al duque Hércules que los buenos oficios del Cardenal de Este van a conseguir la pronta y feliz conclusión deseada por los iñiguistas y sus amigos. Pero era todavía una ilusión, porque en el otoño nada se había hecho. Paulo III, para acabar, nombró una comisión. Tal vez el Cardenal Santiago Simonetta, notable canonista, tomó parte en ella; en todo caso murió el l° de noviembre de 1539, e Iñigo en una carta al Arzobispo de Siena (4 de septiembre de 1539) nombre solamente a Contaríni, Carpi y Guidiccioni como encargados por el Papa para terminar la discusión sobre la Bula. (44)
     Guidiccioni acabó por proponer que se limitara a 60 el número de los profesos de la Compañía, y que la experiencia diría si había irse mas adelante. A beneficio de esta cláusula, la Bula Regimini Ecclesiae Militantis fue firmada el 27 de septiembre de 1540, en el Palacio de San Marcos. (45) El Papa decía en ella lo que en sustancia se va a leer.
     Aquellos que forman la Compañía de Jesús son todos graduados en la Universidad de París. Viniendo de países diferentes, no pudieron poner de acuerdo sus pensamientos sino por inspiración del Espíritu Santo, como puede creerse. Son versados en la Sagrada Teología. Desde hace varios años se ocupan en ministerios apostólicos, con la aprobación debida. Por doquiera se han ganado la estima de los buenos y han ayudado grandemente a las almas. Llegados a Roma, su vida santa y su doctrina les han ganado mucho crédito. Arrastrados por su ejemplo muchos quieren imitarles en su género de vida. Y ellos mismos no tienen otro deseo que el de poner, bajo la salvaguardia de las leyes canónicas y la protección de la Santa Sede, su designio apostólico para el que pretenden asegurar el porvenir. ¿Cómo el Supremo Pastor de las almas no ha de acoger a obreros tan activos y tan aptos para procurar el bien de las almas? Su fórmula de vida no contiene nada que no sea piadoso y santo. El Papa la aprueba, la confirma, la bendice y le da fuerza perpetua. Autoriza a Iñigo y a sus compañeros a redactar sus Constituciones detalladas y definitivas. Toma bajo su protección a la Compañía naciente, prohibiendo a quien quiera que sea, contravenir a la Bula o abrir brecha alguna en ella, so pena de la indignación del Dios Todopoderoso y de los bienaventurados San Pedro y San Pablo.
     Así habla la Bula Regimini Ecclesiae militantis. (46) Cuando el pergamino apostólico llegó a sus manos, Iñigo y sus compañeros debieron besarlo con emoción. Jesucristo había cumplido su promesa hecha en el camino de la Stora. Los votos de Venecia y de Montmartre adquirían ahora su significación precisa. La larga e incierta carrera de Ignacio desde aquella noche en que fue curado por San Pedro, y de la vigilia de Montserrat que le consagró caballero, llegaba a su punto providencial, al partir del cual se desarrollaría en una hermosa línea recta. El y los suyos sabían por fin el secreto de su destino.
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*      *
     La Bula de Paulo III daba a los miembros de la Compañía la facultad de determinar las Constituciones que les parecieran mejor y más apropiadas para reglamentar su vida apostólica. El 4 de marzo de 1541, las deliberaciones comenzaron en Roma. Estaban presentes: Ignacio, Laínez, Jayo, Broet, Salmerón y Coduri. Se convino en que Ignacio y Coduri se ocuparían en nombre de todos en reflexionar y fijar un plan, que sería después sometido a la aprobación de la Comunidad. Los dos delegados inauguraron sus operaciones el 10 de marzo. Tenemos el proceso verbal de los 49 puntos de regla (47), determinados por ellos, y aprobados por todos, concernientes a la pobreza de los profesos, la probación de los novicios, la expulsión de los religiosos, los vestidos, la enseñanza del catecismo a los niños, el rezo del oficio divino, la formación intelectual de los candidatos, la fundación de los colegios y los poderes del General.
     Algunos de estos puntos, por ejemplo: la fundación de las casas y colegios, la enseñanza del catecismo a los niños, el hábito, fueron aun revisados y precisados más tarde. La sola inspección de las notas en donde quedaron consignadas las decisiones tomadas, daba la impresión de una serie de croquis rápidos. Los arquitectos que los trazaron saben poco más o menos qué clase de edificio quieren construir; pero todavía no es un plano completo y ordenado, se contentan con señalar algunas líneas para definir algunas partes del futuro edificio. Quieren por ejemplo que el noviciado dure trece meses; les parece que la Compañía de Jesús exige una valerosa abnegación de sí mismo, por consiguiente, son necesarios más tiempo y precauciones que en las otras Ordenes religiosas, para probar las vocaciones de los candidatos que se presenten.
     Es necesario para el servicio de los hospitales, las peregrinaciones a pie y mendigando su pan, que hayan roto con todas las delicadezas del mundo. Quien no pueda quedarse un día sin alimento ni sueño, no está llamado a ser sacerdote. Es Manifiesto que para el reclutamiento se tenga cuidado de escoger el mayor número posible de hombres instruidos, que se han de formar en las Universidades siguiendo los cursos de Gramática, Retórica, Filosofía y Teología y que han de tomar los grados académicos. Los colegios que los abrigarán podrán ser fundados y tener rentas; las casas de los profesos no tendrán otras entradas fijas que para las cosas del culto. Mientras que no se hayan hecho los votos, el General podrá despedir a su voluntad a los candidatos; después de los votos, deberá intervenir en esto la comunidad; toda falta grave de robo, fornicación o violencia contra alguno, es caso de expulsión. Los estudiantes deben tener un confesor fijo, confesarse todas las semanas y comulgar cada quince o cada ocho días, según los usos del país en que se encuentren, de modo que no llamen la atención y causen extrañeza.
     El Oficio Divino se recitará privadamente, la Misa sólo será cantada en los dias de fiesta. No se pedirá honorario alguno, ni se le recibirá, sea por las misas dichas, sea por la predicación; los predicadores sin embargo podrán recibir algo para sus gastos de viaje. Para ir de un lugar a otro, se irá a pie; no se usará de montura sino en caso de enfermedad o necesidad. El hábito será de paño común negro o café oscuro; una sotana hasta media pierna, encima un abrigo a la francesa, un poco más largo, o si se quiere un manteo. Los chalecos y paletos serán de color oscuro mejor que de colores vivos; lo mismo las medias; las camisas de tela basta. El General vestirá como los otros; no tendrá a su disposición ni mula ni caballo, fuera del caso de necesidad; todos mendigarán de puerta en puerta una vez al año, llevando una mochila a la espalda, y para obras pías que no sean de la Compañía. El General lo hará también como los otros. Y como los otros también, salvo razones de excepción, hará el catecismo a los niños durante cuarenta días. El primero en el trabajo, el General es también el primero en el mando; lo será a perpetuidad, y tendrá todos los poderes aunque queda obligado a pedir consejo en cosas de importancia, pero finalmente él sólo decidirá.
    Cuanto más soberano era el jefe supremo de la Compañía, tanto más urgente era su elección. Hacia mediados de la Cuaresma de 1541 Ignacio llamó a Roma a los seis que podían cómodamente ir. Fabro, Simón Rodríguez, Javier, por estar muy lejos, habían enviado ya su voto por escrito; Bobadilla, en el momento de salir de Calabria para unirse a sus compañeros de Roma, recibió orden del Papa de quedarse en Bisignano, que evangelizaba con mucho fruto. Los seis presentes: Ignacio, Laínez, Salmerón, Jayo, Broet y Coduri determinaron el protocolo de la elección. Se harían tres días de meditación y oración; después, cada uno daría su voto firmado y sellado. Iñigo mismo nos ha hecho el relato de estas deliberaciones.
Después del tercer día, se hizo la votación como está dicho, se unieron los votos a los de los ausentes, en un cofrecito cerrado con llave. Se esperó por tres días aún; después se hizo el escrutinio. Ignacio tuvo todos los votos. Manifestó a sus compañeros que prefería obedecer y no mandar, porque incapaz de gobernarse a sí mismo, lo era más aún de gobernar a otros; sus pecados pasados y sus miserias presentes le movían a rehusar el cargo de General; para que lo aceptara le era necesario conocer más claramente la voluntad de Dios, y le faltaba esta claridad; conjuraba, pues, a sus amigos, con las más vivas instancias in Domino, que reflexionaran otros tres o cuatro días aún, rogando a nuestro Señor que los iluminara para hacer una mejor elección. Sus compañeros, aunque de mala gana, se rindieron a las instancias de Ignacio. Todos durante cuatro días se reunieron para orar. El segundo escrutinio fue idéntico al primero. Iñigo declaró entonces que se remitiría al juicio de su confesor después de que éste le hubiera oído en confesión general.
     El hombre de Dios tenía entonces por confesor al P. Teodoro, Franciscano de la Observancia, en San Pedro in Montorio. Se retiró
pues, a ese convento solitario, todo lleno de la presencia del Príncipe de los Apóstoles y de la España Católica. El maravilloso tempietto de Bramante, que señala el lugar en donde fue crucificado San Pedro, era un regalo y homenaje del Rey Fernando. Al contacto de aquellos sagrados recuerdos, Iñigo evocó delante de Dios toda su vida entera. Loyola, Azpeitia, Valladolid, Pamplona pasaron ante sus ojos, con su cortejo de vanidades y de faltas. ¡Qué cristiano tan mediocre había sido entonces! Y era él ¡al que se pretendía hacer jefe de una compañía de santos! ¿Sería posible? Es verdad que, a pesar de sus negaciones, San Pedro había sido el primer Papa. Pero él lo sabía y no podía dudar de que tal era la voluntad de Jesucristo. Y nunca había olvidado su crimen; y había querido que en ese mismo lugar se le crucificara cabeza abajo. Fue sin duda en medio de estos pensamientos como durante los tres días Iñigo preparó e hizo su confesión general. A veinte años de distancia recomenzaba a los pies de San Pedro, sobre la colina del Janículo, la vigilia santa, hecha en otro tiempo en las alturas de Montserrat delante del altar de la Virgen María.
     Acabada su confesión, pidió al P. Teodoro una decisión. Este le respondió que rehusar el cargo de General era resistir al Espíritu Santo. Quebrantado, pero no vencido por esta respuesta, Ignacio pidió aún un plazo. Después de haber reflexionado y orado otros tres días, pidió al P. Teodoro que enviara por escrito su parecer en un billete firmado por su mano. Bajando de las alturas de San Pedro ni Montorio, Iñigo llevó a sus compañeros la noticia de lo que había tratado con el P. Teodoro. A los tres días éste envió el escrito esperado. En él condenaba a Ignacio a aceptar el generalato, e Ignacio no tuvó ya más remedio que aceptarlo. De común acuerdo los electores y él determinaron que harían una peregrinación a las siete iglesias y que la terminarían en San Pablo extra muros, pronunciando allí sus votos de religión, conforme al tenor de la Bula de Paulo III.
     El viernes 22 de abril, muy de mañana, Ignacio y sus compañeros comenzaron la visita de las siete basílicas: San Pedro, San Pablo extramuros, San Martín extramuros, San Juan de Letrán, Santa Cruz de Jerusalem, San Lorenzo extramuros y Santa María la Mayor. Llegados a San Pablo, los peregrinos se confesaron mutuamente, Iñigo dijo la Misa en la capilla del Crucifijo. En el momento de la Comuión, tomando la Hostia Santa sobre la Patena, y teniendo en su mano derecha la fórmula de su profesión, la leyó en alta voz, delante de sus compañeros arrodillados: “Yo, Ignacio de Loyola, hago voto al Dios todopoderoso, y al Soberano Pontífice, su Vicario en la tierra, en presencia de la Bienaventurada Virgen María, de toda la Corte Celestial, y también de la Compañía, de perpetua pobreza, castidad y obediencia, según las normas de vida contenidas en la Bula de la Compañía de Nuestro Señor Jesús, y en las Constituciones escritas y por escribir. Prometo, sobre todo, especial obediencia al Sumo Pontífice, en lo relativo a las misiones señaladas en la Bula. Prometo además cuidar de que los niños sean instruidos en los rudimentos de la fe según la Bula de la Constitución". Acabadas estas palabras, Ignacio consumió la Hostia Santa. Después del Confíteor, el Misereatur y el Domine non sum dignus, Laínez, Salmerón, Jayo, Broet y Coduri se acercaron a leer de rodillas la fórmula de sus votos y a comulgar de manos de su Jefe. (48)
     Allá en el altar, el Crucifijo de madera que habló a Santa Brígida conservaba su boca entreabierta y su rostro doloroso. Parecía decir a aquellos hombres arrodillados: “¿Podéis beber el cáliz que yo he bebido?” Y ellos respondían alegremente: “Possumus”. En el corazón de todos, ¡qué llama de amor, qué puros deseos de ser de Dios y servir a las almas, sin retrocesos, ni mezquindades! Acabada la Misa, hicieron sus devociones en todos los altares privilegiados de la Basílica, y luego se reunieron al pie del altar papal, bajo el cual descansa el cuerpo de San Pablo. Iñigo se levantó y abriendo los brazos abrazó a cada uno de sus compañeros. Todos lloraban de alegría. Manresa, Montmartre, Venecia, Roma. ¡Cuán admirable es el Señor en sus caminos! ¡Qué cántico de agradecimiento subía hacia el cielo de las profundidades de aquellas almas humildes y enternecidas! Bajo los rayos del sol, que subía en el horizonte, la campiña romana se extendía a lo lejos ante el pórtico de la basílica de Honorio. La paz imperturbable de este paisaje era imagen de la que llenaba de inefable dulzura el corazón de los peregrinos. “Al salir de San Pablo, escribe Iñigo, sentíamos en nosotros una tranquilidad grande y continua; y este sentimiento crecía en las alabanzas de Nuestro Señor Jesucristo”. (49)
     Algunas cartas fraternales llevaron a los ausentes la feliz nueva. Fabro estaba en Ratisbona cuando supo a la vez la elección de Ignacio y la profesión hecha en San Pablo. El corazón inundado de alegría, y absolutamente despegado de todas las cosas de la tierra, hizo su oración en la iglesia de Nuestra Señora el día de la octava de la Visitación (9 de julio de 1541). Antes de comulgar, repitió palabra por palabra la fórmula que sus compañeros habían dicho ante el altar del Crucifijo, el 22 de abril. Al día siguiente envió al General su profesión escrita, pidiéndole humildemente lo incorporara, aunque indigno, en la Compañía de Jesús. (50) Bobadilla por orden de Paulo III había salido de Calabria para ir a Alemania. A su paso por Roma pronunció sus votos en San Pablo extramuros entre las manos de Iñigo y en presencia de Rivadeneyra (51).

l.- González de Cámara, n. 96.
2.- Esta Capilla se encuentra a 15 kilómetros de Roma. El P. Tirso González la hizo restaurar en 1700. Todavía existe. Y los jesuitas de hoy como los de otro tiempo, la tenemos en gran veneración.
3.- González de Cámara, n. 96.
4.- Esta fórmula es la de Rivadeneyra y de Polanco. Cuando la leyó en Rivadeneira, Canisio protestó, porque debía haber puesto estas palabras más expresivas lo saró con voi. Esta nota del Santo (Scrip. S, Ign.) tiende a probar que en su tiempo esa era la corriente.
5.—González de Cámara, n. 96; Scrip. S. Ign. II, 75.
6.—Tacchi Venturi ha puesto en claro las condiciones de esta reapertura y la cuestión de las cátedras ofrecidas (Storia II, 103).
7.—Cronicon, I, 64.
8.—Ibid., 9, 69.—A despecho de las sospechas de Bohmer (I, 214) los amigos de Tolomei pueden responder por él, puesto que se llaman Victoria Colonna, Ambrosio Catarini, los Cardenales Contarini y Cervini (Tacchi, Storia, II, 118). Ignacio López de la colonia española de Roma, es mencionado como un amigo en el Cronicon de Polanco (I, 240) y en la correspondencia de Jayo, de Javier, de Araoz y de Estrada. Del cardenal Gaspar Contarini, bastará recordar que copió de su mano el libro de los Ejercicios. El P. Benedicto Ferrari afirma el hecho en el proceso de canonización de San Ignacio; y Maffeo asegura que en su tiempo, 1585, el precioso manuscrito se conservaba en casa de los herederos del Cardenal veneciano. Pedro Ortiz, antiguo alumno de Alcalá y de París, embajador de Carlos V en Roma y en las dietas de Alemania, no dejó nunca hasta su muerte de ser un insigne bienhechor de la Compañía. (Astrain, I, 250, 262)
9.- Laínez, Mon. I, 550.
10.- Es salmerón el que Ha notado este detalle en las notas sobre la Vida de Laínez por Rivadeneyra. El P. Tacchi, II, 113, encontró ese documento en el Archivo de Estado de Roma. Esas notas son una pieza diferente de la que recogieron los Editores de Monumenta.
11.- Ep. et instr. I, 141; Tacchi, II, 121. Id. Case habítale in Roma da S. Ignazio di Loyola.
12.- Fabro, Mon., 9-10.
13.- Acerca de las fiestas romanas, ver Dorez, op. cit. 255-265.
14.- Pastor XI, 214-224; Dorex, op. cit. 270, 284-285.
15.- Pastor XI, 227-249. Dorer, op. cit. 288-202, reproduce el fresco de Vasari, en el Palacio Romano de la Cancellaria, simbolizando esa reconciliación de Francisco I y Carlos V bajo la bendición de Paulo III.
16.- Rivadeneyra y Polanco miran corno anormal que Venecia no haya enviado en 1537 y 1538 la "nave pelegrina". El hecho habla tenido lugar también en 1533 y 1534. Y a pesar de esto no se impidió que en esos años hubiera peregrinos para Jerusalem. Un vistazo al  repertorio de Rohricht basta para convencerse. De donde resulta esta conclusión: o bien los iniguistas habían decidido hacer el viaje como pobres en la nave pelegrina; o bien ignoraban que los peregrinos se podían embarcar en otros navíos.
17.- Polanco, Cron., I, M.
18.—Id. I, 64.
19.—Tacchi, II, 153-166.
20.—Polanco, I, 67; Rodríguez Coment. 503. Mainardi era un hombre muy considerado en su Orden, por estar asociado al célebre Seripando en la empresa de disipar todas las sospechas de Paulo III acerca de la complicidad de los Agustinos italianos con Lutero. En cuanto a los españoles calumniadores Mudarra y Barrera, son nombrados por el mismo Ignacio. (González, n. 98) y Rivadeneyra nos ha conservado el nombre de Pedro de Castilla. No sabemos nada de sus funciones en Roma, sino que tenían poder para hacer daño. La fuente más segura de esta historia es la carta de Ignacio a Isabel Roser. (Ep. et Instr. I, 137-144.) Es preciso añadir los documentos de Lorenzo García, primero iñiguista, después asociado a los calumniadores, y finalmente arrepentido. (Ep. mixt. I, 15-17).
21.- Potanco, I, 68-69; Tacchi, II, 164-168.
22.- Polanco, I, 69.
23.- Scrip. I, 627-628. Acerca del fin miserable de los calumniadores ver Tacchi, II, 169-176.
24.- Tacchi, II, 114. Acerca de la primera misa de Ignacio hay una antigua discusión. (Ver Act. S. Sedis julio VII, diu. Pien. n. 259-264) En estos últimos años la controversia recomenzó: el P. Toumier está por el 25 de diciembre de 1537; el P. Domenici, por el 25 de dic. de 1538. El punto capital es el de saber la verdadera fecha de la carta de Ignacio a su hermano, en la que le anuncia la fecha de su primera Misa. El P. Tournier supone que Ignacio por distracción se equivocó de milésimo. La suposición parece gratuita. Ver en el Arch. hist. de la Compañía de Jesús, enero —mayo de 1932—, 100-104 la reproducción fotográfica del original de esta carta y el articulo del P. Fernández Zapico.
25- Id. II, 181, y Case habítate, 13-18.
26.- Polanco, I, 66-67, 81-82.
27.- Cron. 70-79; Polanci complementa, I, 510; Laínez, en Scrip. de S. Ign. 114; Rodríguez, Mon. 457; Bobadilla, Mon. 616; Tacchi, II, 187-202.
28.- Bobadilla, Mon. 616.
29.- Constit (Ed. La Torre, 297-301) (Ed. crit.) I, Doc. praevia, 1-14.
30.- Bobadilla Mon. 602. En la edición crítica de las Constituciones, se puede leer la fórmula, escrita el 15 de abril de 1539, para este voto de obediencia.
31.- Const., 300-301; (Doc. praev. 9-14). 
32.- Ed. crit. de las Const. I, 14-21.
33.- Tacchi, I, 558.
34.- Ep. et Instr. XII, 360.
35.- Tacchi, I, 566; II, 296-297; Ed. crit. de las Const. I, 21-22.
36.- Id. II, 303.
37.- Ep. et Instr. I, 149.
38.- Tacchi, II, 308.
39.- Id. II, 313.
40.- Ep. et Instr. I, 159; Tacchi, I, 568; II, 315-317.
41.- Id. II, 317.
42.- Scrip. S. Ign. I, 122; Comment. 515; Polanco, I, 72.
43.- Bobadilla, 22.
44.- Ep. et lnstr. I, 159.
45.- Polanco, I, 80.
46.- Const. (ed crit.) I, 24-32.
47.- Const. (ed La Torre) 303-304; Ed. crit. I, 33-48.
48.- Const. (La Torre) 313; Ed. crit. I, 67-68. 
49.- Scrip. S. Ign. II, 4-9.
50.- Memorial, n. 23, 26. 
51.- Bobadilia, 620.

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