domingo, 28 de diciembre de 2014

Surge..., et surrexit

     "Levántate... y se levantó".
     "Toma al Niño y a su Madre..., y tomó al Niño y a su Madre".
     "Y huye a Egipto..., y huyó a Egipto".
     Con estas palabras, que revelan una exactitud absoluta, parece que el evangelista hubiera querido subrayar la obediencia completa de José al mandamiento divino.
     Obediencia de ejecución; inmediata, sin vacilaciones, sin tardanzas, sin excusas de ninguna clase.
     Y la orden, sin embargo, era difícil y dura. ¡Qué circunstancias! ¡Qué perspectivas!

     El centurión romano decía a Jesús:
     "Señor, yo soy hombre que tengo subalternos a mis órdenes. Y digo al uno: ve, y va; y digo al otro: ven, y viene".
     Esos subalternos tenían la obediencia de ejecución.
     Sí, pero de qué distinta manera.
     Se puede ejecutar exactamente lo que se manda, pero de una manera completamente exterior. Porque, ¡cuántos motivos distintos pueden influir en mi obediencia!
     No hay duda alguna de que eran bien distintos los motivos que movían a José a obedecer la orden del ángel de los que movían a aquellos soldados del centurión a ejecutar puntualmente las órdenes de su jefe.

     Ahora debo reflexionar sobre mi obediencia de ejecución:
     ¿Cumplo realmente con fidelidad absoluta aquello que el superior, representante de Dios, me ordena, sin tardanza, sin vacilaciones, sin excusas?
     Si así lo hago, reconociendo al mismo tiempo en la voz de la obediencia la voz de Dios, tengo la verdadera obediencia de ejecución, propia de un religioso.
     Esta obediencia puede exigirme a veces verdaderos sacrificios, costosos a mi naturaleza, que contrarían mis gustos, que lastiman mis comodidades. Pero si no llego siquiera a ejecutar puntual y exactamente lo que se me ordena, ¿puedo pensar o gloriarme de que tengo algo de obediente?
     Porque esa obediencia de ejecución no es sino el primer grado de la obediencia. Y los santos han considerado tan pequeño ese grado primero, que dice San Ignacio que "no merece el nombre, por no llegar al valor de esta virtud, si no se sube al segundo, que es el hacer la voluntad del superior con un mismo querer y no querer"
     José hacía plenamente suya la voluntad de Dios manifestada por el Ángel.
     La abraza con decisión; Dios lo quiere, yo también lo quiero. Y se levanta, y toma al Niño y a la Madre y huye. ¡Qué importa que el viaje sea difícil, que a la tierra a donde van sea extranjera, que los recursos con que cuentan son escasos!... Dios lo quiere. Yo también lo quiero.
     ¡Oh, si yo llegara también a esta obediencia de voluntad! Hacer mía la voluntad del superior es hacer, mía la voluntad de Dios.
     ¡Me olvido tan fácilmente de esta verdad cuando la obediencia contraría mis gustos o hiere mi sensibilidad!...
     Me falta todavía espíritu de fe; me hace falta ese ejercicio de ver en aquel que manda a Dios mismo, de oír la voz de Dios en la voz de mi superior: "El que a vosotros oye, a Mí me oye", me dice el Señor. Pero lo olvido...
     ¿No habría otros medios de salvar al Niño y a la Madre?
     ¡Cuántos había! Y, sin embargo, Dios escoge éste, duro, difícil...
     Y José lo acepta. ¿No es acaso lo mejor lo que Dios determina?
     Señor, enséñame a obedecer así.
     Lo que manda la obediencia es lo que Tú quieres de mí. Y ¿cómo no creer que lo que Tú quieres es para mí lo mejor?
     Hazme obediente y sumiso; pero con esa obediencia sencilla y humilde y alegre, basada en una fe firme que te ve en aquel que manda en tu nombre y que en su voz oye siempre tu voz.

Alberto Moreno S.J.
ENTRE EL Y YO

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