martes, 13 de julio de 2010

ADIVINACION

Se ha llamado en general adivino a un hombre al cual se le supone el don, talento u arte de descubrir las cosas ocultas, y como el conocimiento del porvenir está vedado a los hombres, se denomina adivinación, el arte de conocer y prevenir el porvenir.
La curiosidad y el interés, pasiones inquietas, pero naturales a la humanidad, son el origen de la mayor parte de sus errores y crímenes. El hombre quisiera saberlo todo: ha llegado a imaginarse que la Divinidad tendría la complacencia de condescender a sus deseos. Frecuentemente le importa conocer cosas que no están al alcance de sus conocimientos: y se ha lisonjeado que Dios, ocupado en su felicidad, consentiría en revelárselas.
No ha sido pues necesario que los impostores viniesen a sugerirle esta confianza, sus deseos fueron el manantial de sus errores. Ha creído ver relaciones y predicciones en todos los fenómenos de la naturaleza; esta es una de las razones, por las que en todas partes ha visto espíritus, genios e inteligencias prontas a hacer el bien o el mal a los hombres. Todo acontecimiento sorprendente ha sido considerado como un presagio y un pronóstico de la felicidad o de la desgracia.
Si reflexionamos un poco, concebiremos fácilmente, que esta manía de saberlo todo es una especie de rebelión contra la Divina Providencia. Dios no ha querido suministrarnos mas que conocimientos muy limitados, a fin de hacernos mas sumisos a sus órdenes, y porque ha juzgado que las luces más extensas nos hubieran sido mas perjudiciales que beneficiosas. Así la adivinación no es un acto de religión ni una prueba de respeto para con Dios sino una impiedad; supone que Dios secundará nuestros deseos, aun los mas injustos y absurdos. Los Patriarcas consultaban al Señor, pero no usaban ninguna clase de adivinación, y vemos que Dios la prohibía con toda severidad a los judíos (Levit. XIX y Deut. XVIII).
Apenas seria posible enumerar todos los medios que se han puesto en práctica para descubrir las cosas ocultas, y presagiar el porvenir, pues que apenas existe absurdo a que no se haya recurrido. Más para demostrar que la maldad de los falsos inspirados tenia mucho menos parte en estos desórdenes que los juicios erróneos de los individuos en particular, nos bastará el recorrer las diferentes especies de adivinación de que se habla en la Escritura: estas son poco mas o menos las mismas en todos los pueblos, porque en todos ellos han obrado las mismas causas.
La primera se practicaba por medio de la inspección de los astros, de las estrellas, de los planetas y de las nubes; esta es la astrología judiciaria o apotelesmática, es decir, eficaz; Y que Moisés denomina meonen. Al observar que las diferentes mutaciones de los astros anuncian con frecuencia de antemano los cambios del aire, este fenómeno unido a su curso regular y a la influencia que tienen sobre las producciones de la tierra, persuadió a los hombres que los astros estaban animados por espíritus, por inteligencias superiores, por dioses que podían instruir a sus adoradores; que su marcha y mutaciones era significativas, de aquí los horóscopos, los talismanes, el miedo a los eclipses, a los meteoros, etc.
El conocimiento perfecto de la astronomía no fue suficiente para sacar a los hombres de este error, porque los caldeos, que eran los mejores astrólogos, eran al mismo tiempo los mas infatuados con la astrología judiciaria; no solo los pueblos sino aun los filósofos han creído que los astros estaban animados. Moisés, mas sabio, advirtió a los hebreos que los astros del cielo no son mas que antorchas que Dios ha hecho para utilidad de los hombres (Deut. IV, 19). Un profeta les dijo que no temiesen los signos del cielo, como lo hacían las demás naciones (Jeremías X, 2).
La segunda se ha llamado mecatscheh, que se traduce por augurio; es la adivinación por medio del vuelo de los pájaros, por sus gritos, sus movimientos y otras señales: las aves hacen con frecuencia presentir el buen tiempo o la lluvia, el viento o la tempestad; predicen el invierno por su marcha, y anuncian la primavera que se aproxima con su vuelta. Se ha creído que podían anunciar del mismo modo los demás acontecimientos. En este punto los romanos llevaron la superstición hasta la puerilidad: este abuso estaba prohibido a los judíos (Deut. XVIII, 10). Un sabio crítico cree que la voz hebrea puede significar también la adivinación por la serpiente, porque nahhasch significa la serpiente.
La tercera, llamada mecatscheph, está expresada en los Setenta por prácticas ocultas y maleficios. Tal vez sean las drogas que tomaban los adivinos, y las contorsiones que hacían para preocuparse su pretendida inspiración. Existen muchas clases de plantas y de hongos, que causan a los que las comen un delirio en el cual hablan mucho y hacen predicciones al acaso: los hombres sencillos han tomado el delirio por una inspiración. También estaba prohibido a los judíos el consultarlos y darles fe.
La cuarta es la de los hobberim o encantadores, que empleaban formulas de palabras y de cánticos para recibir la inspiración. Nadie ignora hasta que punto llegó la superstición de las palabras eficaces, o de las fórmulas mágicas para obrar efectos sobrenaturales. Esta era una consecuencia de lo que se confiaba en la oración en general Moisés prohibió esta práctica (Deut. XVIII, 11).
La quinta no quiere que se interrogue a los espíritus pitones, oboth que se cree fueron los ventrílocuos. En el día todo el mundo sabe que el talento de hablar con el vientre es natural a ciertas personas; pero los que estaban dotados en otro tiempo de él pudieron con mucha facilidad sorprender a los ignorantes, haciéndoles oír voces, cuya causa, no conocían y que parecía venir desde muy lejos. La voz que resulta de los ecos, ha dado lugar a la misma ilusión. El mismo crítico que hemos citado es de opinión que ob significa espíritu, sombra, manes de los muertos, porque la pitonisa de Endor se llamaba Bahhalath ob, la que manda a los ob, a los espíritus; por esta razón Moisés prohibio la necromancia en aquel lugar.
La sexta prescribe los jiddeonim, los videntes, los que pretendían haber nacido con el talento de adivinar y predecir, o haberlo adquirido por su estudio. Estas dos últimas especies de adivinación son las únicas, cuyo origen vienen seguramente de la superchería de los impostores.
La séptima es la evocación de los muertos, llamada por los griegos necromancia. La practicaron algunas veces los judíos, a pesar de la prohibición de moisés (Deut. XVIII, 11.) Saúl quiso interrogar a Samuel después e su muerte, para saber el porvenir, y Dios hizo que se apareciera efectivamente a este Profeta, para anunciar a Saúl su próxima muerte, I Reg XVIII. Los que rendían culto a los muertos suponian que se volvían mas sabios y poderosos que los vivos, y podían serles útiles. Los sueños en que se creía ver muertos y oírlos hablar, inspiraron naturalmente esta confianza.
La octava consistía en mezclar muchas varitas o flechas marcadas con ciertas señales, y juzgar el porvenir por la inspección de la que se sacaba al acaso. Se llamaba a este arte belomancia o rabdomancia; se habla de él en Oseas y en Ezequiel.
La novena era la hepatoscopia o la ciencia de los arúspices, la inspección del hígado y de las entrañas de los animales. Por medio de esta inspección se podía juzgar de la salubridad del aire, de las aguas de los pastos de algún país, y por consiguiente de prosperidad futura de una alquería o de una colonia que trataba de establecerse en él. Pero llegó la locura hasta creer que por esta inspección se podían llegar a prever los acontecimientos de toda clase. Para colmo de demencia, imaginaron que el porvenir estaba marcado con mas claridad en las entrañas de los hombres que en las de los animales. No podemos pensar sin estremecernos en los horribles sacrificios a que daba lugar este frenesí.
La décima, por último Moisés prohibió confiar en los sueños (Deut. XVIII, 11). Esta debilidad, no solo ha sido patrimonio de los ignorantes, sino también de las personas instruidas, en todos tiempos y en todas las naciones; no ha sido necesario que los impostores se tomaran mucho trabajo para seducir a los hombres.
A todo esto es preciso añadir la adivinación por lineas trazadas, por caracteres colocados al acaso, por las serpientes, por las cartas, el café, lectura de manos, etc., etc.

A pesar de los progresos de las ciencias naturales y de las prohibiciones y amenazas de la religión, existen muchos espíritus curiosos, frívolos, ignorantes y pertinaces que creen en la adivinación, y están prontos a renovar las supersticiones del paganismo; porque las pasiones que le han dado origen son siempre las mismas.

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