sábado, 10 de julio de 2010

DESAHOGOS FILIALES

Dejadme que le hable: Soy indio; Ved mi pelo
no brilla como el oro cuando lo hiere el sol,
no tengo en mis mejillas las rosas sobre el hielo;
no brilla en mis pupilas el claro azul del cielo;
mis ojos son oscuros, moreno mi color.

Soy indio: Ved mi frente: parece estar formada
para ceñir de plumas vistoso matorral.
Mi mano es fuerte y ágil, parece estar forjada
para tender el arco de cuerda restirada
y hacer vibrar las flechas de duro pedernal.

Soy indio, y es mi Reina: Mi Patria puso un día
corona de oro y perlas sobre su regia sien.
Soy indio y es mi Madre: la santa madre mía
al contemplar su imagen, llorando me decía:
"Ella, cual yo, del cielo tu Madre, también es".

Dejadme que me hable. En su regazo santo
quiero posar mi frente... ¡Dejadme por piedad!
Ella ha enjugado siempre las gotas de mi llanto;
Ella ha escuchado siempre la voz de mi quebranto;
acaso Ella me sane de mi incurable mal...

Encanto de mi vida, yo quiero al saludarte
poner cabe tus plantas algún preciado don:
Quise pulsar mi lira para a tus pies cantarte,
y vano fue mi empeño: no hallé nada que darte,
Y al preludiar tus cantos mi lira enmudeció...

No hallé nada qué darte... Recuerdo que de niño
contento a tus altares mil veces me acerqué
llevando como símbolo de mi filial cariño
manojos de azucenas, más blancas que el armiño.
¡Mayor era de mi alma la hermosa candidez!

Hoy ya no tengo flores: Cayeron deshojadas
al furibundo empuje de bárbaro aquilón;
¡murieron para siempre...! Si extiendo mis miradas
no encuentro más que espinas en sangre coloreadas;
espinas que mordieron mis carnes, nada más.

No hallé nada que darte: Cual buzo que atrevido
desciende a buscar perlas al fondo del mar,
al fondo de mi alma bajé... Yo había creído
hallar alguna lágrima; ya no hay, las ha extraído
ladrón de mis tesoros el tétrico penar...

Quise tañer mi lira, la pobre lira rota
para cantarte Madre, de su cadencia al son,
y mira, de tus cuerdas únicamente brota
un canto triste, lúgubre. Ya ves, en cada nota
va un grito dolorido del pobre corazón...

Tú sabes cuánto sufro; Tú sabes que las penas
cual rayos destructores cayeron sobre mí,
Tú sabes que de luto están mis horas llenas;
Tú sabes que es acíbar la sangre de mis venas;
Tú sabes que si vivo, es sólo para Ti.

Tú sabes que en mi cielo, nublados de tristeza
tendieron crespones ha mucho tiempo ya;
Tú sabes: por yergo mi indómita cabeza
Y avanzo poseído de heroica fortaleza,
mis pies están heridos... Me duelen al andar.

Encanto de mi vida: la madre que no siente
que el llanto de sus hijos le parte el corazón,
no es madre, y si se llama por ese nombre, miente;
¿No ves ese reguero de sangre aún caliente
que marca los senderos por donde camino yo?

¡Apiádate de tu hijo!... No quiero que el camino
con flores perfumadas me vuelves a alfombrar:
Me gusta más mirarlo con brillo purpurino...
No quiero que detengas los golpes del destino;
no temo ya sus iras, las puedo desafiar...

¿Qué puedes hacer el viento cuando furioso zumba
y azota al árbol viejo? ¿Qué puede hacerle, qué?
Al fondo del barranco crujiendo lo derrumba...
¡Que arrecie y silve el viento! Me rodará a la tumba,
allí de mis dolores al fin descansaré...

No pido que descorras el velo oscuro y frío
que en tolda mi existencia, ni quiero ver el sol...
¡Que los nublados sigan!... Al cabo el pecho mío
nació para ser triste; si alguna vez sonrió,
no es cierta aquella risa..., traiciona al corazón.

¡Apiádate de tu hijo!... Lo que mi pecho quiere,
es sólo tu cariño: sólo eso y nada más:
Que cures mis heridas cuando el sol me hiere,
que prestes nueva vida al pecho que se muere;
mi aliento es tu cariño... ¡Mi vida tu mirar!.

Restaña mis heridas, y entonces cuando el peso
del infortunio aumente, podrélo resistir:
Y estamparé en la espina que en mí se clave un beso
de amor, porque se presta al místico embeleso
de ver tus manos, Madre, posada sobre mí...

Dirige a mí tu vista y encontraré consuelo;
mirándote mirarme aún puedo ser feliz;
dirige a mí tu vista, y el renegrido velo
que extiendese cual paño de tumba por mi cielo
se teñirá de oro, de rosa y de carmín...

¡Oh! Dame una sonrisa de esos tus labios rojos
y en cambio, yo te ofrezco mis ayes de dolor.
Las gotas de mi sangre que tiñen mis abrojos,
la lágrima postrera que ruede de mis ojos
y el último suspiro que exhale el corazón.

Excmo. y Rvmo. Sr. Dr. D. Vicente M. Camacho.
Diciembre de 1907

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