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lunes, 21 de febrero de 2011

El fundamento de las grandezas de la Madre de Dios (B)

Sus relaciones con el Padre a quien estuvo asociada en la generación del Verbo hecho carne, y la Hija.
No es posible conocer en toda su amplitud la grandeza de la Madre de Dios si no se pasa del estudio de sus relaciones con la persona del Hijo. Y aun estas mismas relaciones con el Hijo no pueden brillar con todo su esplendor si no se las considera conjuntamente con las relaciones que la maternidad divina establece entre la Santísima Virgen y las otras dos divinas personas.
I.—Hablemos en primer lugar de las relaciones con el Padre. La principal y más gloriosa para María es que "habiendo juzgado Dios con admirable consejo ser conveniente que la Virgen engendrase en el tiempo a aquél que él había engendrado perpetuamente en la eternidad, por este medio la asoció de cierta manera a la generación eterna. Porque asociarla fué a la generación eterna hacerla Madre de su propio Hijo... Después de esto, oh María, aunque yo tuviese el espíritu de un ángel y aunque fuese éste de la más sublime jerarquía, muy desmedradas serían las concepciones de mi mente para comprender la unión perfectísima que tiene contigo el Padre. Tanto amó Dios al mundo, que le dio a su Unigénito (Joan., III, 6). Y, en efecto, dándonos a su Hijo, ¿no nos dio en él toda suerte de bienes? (Rom., VIII, 32). Porque si el Padre nos mostró afecto tan sincero al darnos a Jesucristo como Salvador y Maestro, el amor inefable que nos tenía le hizo también concebir muchos otros designios en favor nuestro. Y ordenó que nos perteneciese con el mismo carácter que le pertenece a él; y para establecer contigo una sociedad eterna quiso que tú fueses la madre de su Hijo único y ser el Padre del vuestro. ¡Oh prodigio! ¡Oh abismo de caridad! ¿Qué espíritu no se perderá en la consideración de las inefables complacencias que el padre ha tenido contigo desde que tan cerca estás de él por mediación de este común Hijo, nudo inviolable de vuestra santa alianza, prenda de vuestras mutuas afecciones, que os habéis dado amorosamente el uno a el otro: él, lleno de una divinidad impasible; tú, revestida de carne mortal para obedecerle?" (Bossuet, sermón para el viernes de la semana de Pasión acerca de la Compasión de la S. V. Punto I).
Después de estas palabras tan elocuentes y de tanta fuerza de expresión, no hay más que callar, porque nada hay que añadir. Más, con todo eso, fuerza es confesar que no expresan la sublimidad de este misterioso enlace que en Jesucristo une a la Virgen Madre con el Padre de su propio Hijo. Pues ¿qué motivo de admiración puede haber mayor ni qué dignidad más inefable para María que el compartir con Dios la generación de su Hijo? ¿Habremos de buscar aún entre las criaturas a esa mujer a quien Jesucristo, Dios hecho hombre, llama "Madre mía", con la misma boca, con la misma verdad que llama a Dios "Padre mío"? ¿A esa mujer que por la más inenarrable de las maravillas engendró a aquél que está en el seno del Padre, al mismo tiempo que el Padre lo engendraba en el seno virginal de ella?
Permítasenos aducir aquí la interpretación dada por algunos Padres a estos dos versos de los Salmos: "El Señor me dijo: Tú eres mi hijo; yo te he engendrado hoy" (Psalm. II. 7). Yo te engendrado antes de la estrella de la mañana" (Psalm. CIX. 3. Este texto es leído diversamente. Seguimos la lección de la Vulcata, perqué a ella se refieren las interpretacions de que hemos de hablar). San Hilario, San Ambrosio, Tertuliano, San Cirilo, Orígenes y San Atanasio aplican los dos textos, o uno de los dos por lo menos, al nacimiento temporal del Verbo de Dios. El adverbio hodie no es el eterno hoy, sino el hoy del tiempo, ni el seno en el que el Verbo es engendrado el seno del Padre, sino el de la bienaventurada Virgen. No nos atreveríamos a decir que la interpretación responde puntualmente a la significación del texto (Los mismos Padres, en otros lugares, siguieron la interpretación que entiende estos pasajes de la generación eterna. Véase, por ejemplo a Tertuliano, C. Praxeam, c. 7 y 11); lo que si afirmamos es que dicha interpretación encierra una verdad y expresa cuan íntima es la alianza entre Dios, Padre del Salvador, y María su Madre.
Si; el padre engendraba a su hijo en el momento mismo en que este se revestía de nuestra naturaleza y lo engendraba en el seno de la Virgen; y, en un sentido muy verdadero, a partir de este momento, el término de su generación paterna no es solamente Dios, sino un hombre, el Hijo de María. Porque ¿qué es necesario para realizar la verdad de estas expresiones? Dos cosas: que el Padre engendre siempre a su Verbo y que el Verbo que hasta entonces no era más que Dios sea desde entonces y en el seno de María Dios-hombre. Ahora bien, una y otra condición son dogmas de fe.
Evidentemente lo es la segunda. Negar la primera sería olvidar que la generación divina es cosa muy diversa de la generación humana. En ésta, el acto que produce el nuevo ser es un acto sucesivo, y cesa de ser una vez que su término está formado. Mas no es así el acto generador del Padre. Este engendrar no admite sucesión, porque es perfecto eternamente, y no conoce fin, porque en Dios nada pasa. Y ved por qué, para el Verbo de Dios, la concepción y el nacimiento es todo uno; ved por qué este Hijo amadísimo del Padre, si bien es distinto del Padre y perfecto como él, jamás sale del seno del Padre ('Verbum Dei simul concipitur, papturitur et adest (Patri)", dice Santo Tomás explicando este misterio, C. Gcnt., 1. IV, c. II, versículo final.7). Por consiguiente, el Padre engendra a su Hijo, cuando éste viene a ser el Hijo de la Virgen, y lo engendra en el seno de la Virgen, pues lo engendra dondequiera que están presentes el Padre y su Verbo.
Pero, ¿por qué los Santos Padres han hecho del seno de María como el santuario en el que se obra la generación paterna, siendo así que ésta no admite límites de espacio ni de tiempo? La razón ya está indicada: es que el misterio que se obra en las entrañas de María hace que el Padre, engendrando eternamente un Dios, engendre ahora y por la vez primera, si es lícito hablar así, a un hombre-Dios.
Recordamos haber leído en una obra, recomendable por muchos títulos, que la bienaventurada Virgen, asociada a Dios Padre para engendrar a su Verbo en la Encarnación, no cesa desde aquel momento de estarle unida, como auxiliar y como esposa, para la generación del Verbo mismo. Este lenguaje es equívoco y necesita ser interpretado con sana interpretación, pues de lo contrario, en vez de honrar a María, falsearíamos las verdaderas nociones que son fundamento de su gloria. La verdad es ésta: que desde el instante de la Encarnación el Padre engendra un hijo que es hombre; pero él no lo engendra en cuanto hombre; quiere decir que este Hijo no se hace hombre por virtud de la fecundidad paterna. María, en la misma Encarnación del Verbo, concibe temporalmente un Hijo, que es Dios; pero ella no lo concibe en cuanto Dios; en otros términos, ella no concurre de ninguna manera a título de madre para comunicarle la naturaleza divina. Hay, pues, dos actos de engendrar absolutamente distintos: uno, del Padre, que es siempre actual, en virtud del cual Jesucristo es Dios de Dios; otro, de la Virgen, que es transitorio, en virtud del cual Jesucristo es hombre.
De donde se deduce que si desde la Encarnación Dios Padre es padre del hombre y María es Madre de Dios, esto no quiere decir que el Padre, en cuanto Padre, dé a su Verbo el ser de hombre, ni que la Virgen, en cuanto Madre, dé al Verbo el ser de Dios; la verdad exacta es que aquél que engendran el Padre en su naturaleza divina y María en su naturaleza humana es a la vez Dios y hombre, sin división ni confusión. Uno mismo es el fruto de los dos, Dios hombre para el uno y para el otro; pero es Dios, porque procede por generación de Dios, y es hombre, porque procede por generación humana, es decir, de María.
Puede decirse con el cardenal de Bérulle que la Virgen es la madre por indiviso de aquel que eternamente tiene a Dios por Padre y que los dos tienen un solo Hijo; pero lo que excluye la distinción en la persona engendrada la deja en pie enteramente en los principios y en los términos formales de la generación. Digamos, pues, que la maternidad es no sólo una participación de la paternidad de Dios, sino que le está estrechamente asociada, porque es necesaria esencialmente la unión de entrambos para que pueda nacer, no un Dios, no un hombre, sino Jesucristo, el Hombre-Dios, a la vez Hijo del hombre e Hijo de Dios. Esta asociación de la maternidad de María con la paternidad de Dios realza la dignidad de esta Madre divina por cima de todas las débiles concepciones de nuestro entendimiento.

II.—Junto con esta afinidad tan honrosa para María se da otra relación muy grata a su corazón: el ser hija del Padre, el ser hija, de Dios.
La bienaventurada Virgen es la hija del Padre, su hija primogénita, su hija única, como Jesús es su Hijo único: unigénitas, unigénitas. Y estos títulos no han sido dados a la Santísima Virgen de paso, en raras ocasiones, y por tal cual autor de poca autoridad. No; esos títulos se dan a María por doquiera, en todas las épocas y en todas las regiones. Entre los griegos principalmente se repite con tanta insistencia que el nombre de hija de Dios parece ser para ellos uno de los nombres propios y distintivos de María, del mismo modo que el nombre de la santísima o el de la siempre virgen. Mas es necesario aducir ejemplos y alegar la razón de esta apelación.
María es la hija de Dios. "Cuando la Virgen Inmaculada, la hija de Dios —dice San Tarasio—, nació de los dos justos Joaquín y Ana, ésta exclamó: "Levantaos, oh vírgenes que lleváis lámparas; id delante de la Virgen Inmaculada, la hija de Dios, que entra en el Templo" (S. Taras., hom. In SS. Deip. Praesentat., n. 7. P. G. XCVIII, 1488). El monje Jacobo, en su discurso acerca de la natividad de la Madre de Dios, da a María el mismo título. "De la misma manera que la niña recién nacida sobrepuja a todo lo existente, por alto que fuere, exceptuado el Creador, así el padre y la madre de quienes esta niña ha recibido la vida, por razón de su hija sobrepujan a todos los otros padres. Y por esto Ana, después de haber dado a luz a la hija de Dios, convoca a las tribus: Venid —les dice— y participad de mi alegría..." (Jacob. Monac. Orat. In Nativit. SS. Deip.. n. 4 sq. P. G. CXXVII, 573. Estas palabras son una alusión a las circunstancias de la Natividad de María contada por los apócrifos). ¿Qué es la Virgen? responde el Damasceno: "Una hija querida de Dios, una hija digna de Dios" (S. J. Damasc., hom. I, In Neivit. B. V. M., n. 7, P. G. XCVI, 672). Sofrenio de Jerusalén pide una lengua más elocuente que todas las lenguas humanas para celebrar las alabanzas de la Virgen: "Porque ninguna lengua humana, hija de Dios, es capaz de cantar dignamente tu nacimiento" (Anacreont., I, In Deip. Annunt., vers. 5-9, apud Mai, Spicil. Román., IV, p. 49). Por último, para no multiplicar excesivamente los textos, recordemos que este título de "hija de la vida" fue dado en la carta contra Pablo de Samosata "a la Madre del Verbo viviente hecho criatura" (V. L. C. I, 1, p. 6. Léase el P. Passaglia en su obra De Immaculato Deip. V. Conceptu y se verá el uso Que hacen los priegos de esta expresión en sus discursos y en sus libros litúrgicos. Cf. Sect. 6. a 5, n. 1334, sq., y n. 1342. 1343).
Pues este nombre no era ni menos conocido ni menos celebrado en la Iglesia latina. Basta para convercerse leer las colecciones de los himnos de la Edad Media (Mone., Hymni latini Medi aevi, I, páginas 57-59, 62, 66, 249, etc. En estos himnos se ve que la Santísima Virgen algunas veces es llamada madre e hija de su hijo. "Tu virga Jesse —mater esse— meruisti Regis et filia", II. n. 365, de fí. M. V.), en las que se lee a cada paso y en todas las formas (Este título pasó también a los antiguos cantares de Francia. Así se lee en el Libro de Horas escrito para el uso de Langres:
Mario, Dame toute belle
En qui toute gräce abonde.
Filie de Dieu, Mere et ancelle,
Reine du ciel. Dame du monde.
Tu es le ruissenu d'oü partí l'onde
Qui le peché de Adam lava.
Je te salue puré et monde,
En disant: Ave maria.

(Adalhert. Daniel, Thesaurus Hymmol, III, p. 181. Lipsiae, 1846.)).

María es, no una hija, sino la hija de Dios, la digna hija de Dios, la hija queridísima entre todas. Y ya por este título no admite comparación con los demás hijos adoptivos de Dios.
Mas la Santa Iglesia no se contenta con darle este título; la llama, además, la sola hija de Dios, como la llama la sola esposa de Jesucristo, la sola Virgen, la sola inmaculada, la hija única, la primogénita del Padre.
La hija única: "Tú eres bendita entre todas las mujeres, bendita como la hija única, tú que has dado a luz al Único" (Antipater Bostrens., In Luc, I, n. 14. P. G. LXXXV, 1785. S. Joseph. uno de los himnógrafos más célebres de Oriente, la llama en el mismo sentido "la sola hija de Dios". Anthol., die 15 aug. Od. 9). Así habla uno de los Padres de Calcedonia. San Juan Damasceno, al que siempre es necesario recurrir cuando se quiere glorificar a María, cantaba después en uno de sus himnos: "Cristo, a título de Hijo de la hija única, recibió en los cielos el tesoro inestimable de la virginidad maternal" (Damasc., apud. Nicod.. In Heortodrumt.. p. 661 (ex Passaglia)).
La primogénita. El mismo santo había escrito antes que en la concepción de María la naturaleza no se atrevió a adelantarse a la gracia, "porque el germen que había de formarse era la primogénita del Padre, aquella de quien nacería el primogénito de las criaturas, sobre quien todo reposa" (S. J. Damasc, hom. I, In Nativit. B. V. M.. n. 2. P. G. XCVI. Cf. Georg. Nicomed., or 2, In Concept S Annae, apud Combef. Auctar. I p. 1308).
Meditemos estos títulos tan magníficos. Ser hija de Dios por adopción es para la criatura una grandeza que excede a toda grandeza humana. Porque esta filiación, aunque esté infinitamente por debajo de la filiación natural del Verbo, envuelve para quien la posee una participación real de la naturaleza divina. Por ella un alma es transformada hasta lo más profundo de su ser, es rehecha a imagen de Dios, divinizada ( Sería necesario un libro entero para describir, siquiera sea imperfectamente, la excelencia de la adopción divina. Véanse nuestros dos volúmenes acerca de La Gráce et la Gloire). Por eso el Papa San León el Grande no vaciló en escribir estas líneas: "El don que excede a todos los dones es que Dios llame al hombre hijo suyo y que el hombre llame a Dios su padre" ( S. Leo, serm. 26, In Nativ. Dom. 6, 4. P. L. LIV, 214). Pero ¡cuánto aventaja a todos los otros hijos adoptivos la bienaventurada Virgen, gracias a su título de Madre!
Las mismas expresiones con que nuestros Libros Santos distinguen la filiación del Hijo de Dios según la naturaleza de la filiación de adopción y de gracia, esas mismas emplean los Padres y Doctores para significar la filiación de María. Es el Hijo de Dios por excelencia: ella es la hija de Dios. Es el solo Hijo, el Hijo único, solus Filius Unigenitus; ella la sola hija, la hija única, sola filia, unigénita. Él es el Hijo eterno del Padre; ella es la hija perpetua de Dios (Perpetua, porque desde toda la eternidad Dios se complació en ella como en su hija: pero se llama hija perpetua de Dios principalmente porque gracias a su concepción sin mancha, fue siempre hija de Dios). Es el primogénito, primogenitus; ella es, después de él, al primogénita, primogénita. ¿Quiere esto decir que los Padres y los Doctores colocan en la misma línea a María y al Hijo eterno de Dios y que pretenden otorgarle aquel atributo incomunicable que abre un abismo entre los hijos de adopción y el Hijo por naturaleza? Decir esto fuera blasfemia y locura; todo lo que ella es, lo es, no por naturaleza, sino por privilegio soberanamente gratuito.
Mas si la filiación de María descansa, como la nuestra, sobre el fundamento común de la gracia, todavía tiene prerrogativas peculiares que la distinguen y elevan a un orden superior. Ya tendremos ocasión de estudiarla prolijamente en el curso de esta obra; por ahora contentémonos con indicarlas en pocas palabras, para que se entienda mejor hasta qué punto se enlazan con la maternidad divina y ponen de relieve su excelencia. La gracia de María, es decir, la participación de la naturaleza divina, base y principio de su filiación adoptiva, aventaja a todas las gracias de las demás criaturas, no sólo en cuanto al grado, sino también en cuanto a la duración, porque la gracia de María fue original. Si todas las almas santas son hijas de Dios, porque el Hijo las hizo esposas suyas, menester es que María sea hija por modo excelentísimo, pues ella es la esposa de Jesucristo que más estrechamente e indisolublemente le está unida. Y esto es lo que legitima los títulos de hija única, de sola hija de Dios.
Es también María la primogénita, porque ella es la que primero se ofreció a la mente de Dios, cuando en sus consejos eternos decidió formarse hijos de adopción según el modelo de su Verbo encarnado; ella es también la que en el tiempo ejerce con los hijos de adopción los oficios propios del hijo mayor; ella, por fin, la que fue enriquecida por el padre liberalmente con todos los privilegios que según las Divinas Escrituras corresponden al primogénito de la familia. Ahora bien; todas estas gracias y todas estas prerrogativas pertenecen a María porque es Madre de Dios. Por consiguiente, las relaciones de la bienaventurada Virgen con el Padre son la más insigne glorificación de su divina maternidad. Y no diremos menos de sus relaciones con el Espíritu Santo, por escaso que fuere el conocimiento que de las mismas tengamos.

J.B. Terriens S.J.
LA MADRE DE DIOS...

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