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miércoles, 2 de febrero de 2011

La devoción de asistir y alimentar al pobre necesitado

El gran padre de la Iglesia san Juan Crisóstomo en una de sus preciosas homilías, que intitula de la limosna, dice mil excelencias de los hombres piadosos y limosneros, asegurándoles, no solo la vida eterna, sino también muchas conveniencias temporales, para que con ellas sirvan a su Dios y Señor, asistiendo a los pobres de Cristo tan amados y estimados de su divina Majestad.
Hace el glorioso santo muchas ingeniosas proposiciones, para que los mortales se apliquen al socorro de los pobres, y entre otras, es una el proponer, que las casas de alguna conveniencia tomen a su cuidado la asistencia temporal de un pobre de Cristo, el cual con poco gasto las dará mucho provecho para el bien de sus almas, y aun para la felicidad temporal de sus mismas casas. Este es el privilegio soberano de los limosneros.
Hágase la cuenta el hombre racional, que Dios le ha dado un hijo mas, dice el glorioso santo; y avivando la fe católica, considere que aquel pobre de Cristo, que reciben en el número de sus hijos, le representa al mismo Señor, que se hizo pobre por nosotros en este mundo, y que al Señor le da la limosna que emplea en el pobre. El mismo Señorío dice así (Matth., XXV, 40).
Esta santa consideración se toma literalmente del sagrado evangelio de san Mateo, en el cual dice Cristo Señor nuestro, que cuando diere la bendición a los predestinados para la gloria, les dirá: venid, benditos de mi Padre, a poseer el reino celestial, que tenéis preparado desde el principio del mundo; porque cuando yo tenia hambre, me disteis de comer; y cuando tenia sed, me disteis de beber; y cuando estaba sin vestidura, me la disteis vosotros de buena voluntad (ibid. ex 45).
Entonces los felices bienaventurados le preguntarán a Cristo Señor nuestro, que ¿cuándo le vieron con hambre, y le dieron de comer, y le vieron desnudo, y le vistieron? Y el Señor los responderá, que lo que hicieron con un pobre suyo, lo hicieron con su divina Majestad.
En lo cual debe notarse, que con grande propiedad y misterio para nuestro caso se habla de la asistencia de un pobre: Quod uni, etc., porque en la casa dichosa donde tiene lugar esta especial devoción de asistir y dar de comer a un pobre de Cristo, en reverencia del mismo Señor, parece que literalmente se verificará la bendición estimable del último dia, con que los bienaventurados, por sentencia pública del justo Juez, entrarán en la posesión eterna del reino celestial.
En otro lugar del mismo evangelista san Mateo dice el Señor, que quien recibe a uno de sus pobres en su nombre, al mismo Señor le recibe, y admite como propios todos los obsequios que al pobre se hacen en su nombre: Qui susceperit unum parvulum in nomine meo, me suscipit. (Matth., XVIII, 5 et seq.) Consuelo grande para los hombres piadosos, y estímulo eficaz para entrar en la devoción especial que persuadimos en este capítulo, de asistir y alimentar á un pobre necesitado y desvalido en cada casa que tuviere suficientes conveniencias temporales para ello.
No se pide cosa dificultosa (prosigue el mismo san Juan Crisóstomo) en esta especial devoción de asistir a un pobre de Cristo en cada casa de moderadas conveniencias; porque con los desperdicios de la mesa se puede sustentar una criatura, que por su estado humilde se contenta con poco; y mas bien dará Dios nuestro Señor a la casa por el pobre, que al pobre le darán en la casa.
Consideren algunos hombres profanos, dice el santo doctor, cuánto gastan voluntariamente en dar de comer a los perros, que siquiera pueden excusar uno de ellos, y nada les duele, por el divertimiento natural de sus personas. No se juzgue por indecente la semejanza; porque ya la hallamos en el santo evangelio alegada por la feliz Cananea (Marc, VII, 28); pero valga en todo caso la razón, y hágase el cómputo con el gasto; y lo que se emplea inútilmente con un perro, no se juzgue perdido con un pobre del Señor. Todas son razones fervorosas del citado san Juan Crisóstomo, que desciende hasta los ápices, para convencer a los hombres inconsiderados.
Si hay espíritu de Dios verdadero (prosigue el santo) apenas se hallará casa de medianas conveniencias temporales, donde no se pueda quitar una u otra profanidad o gasto superfluo; el cual se puede felizmente conmutar en el alimento preciso de un pobre de Cristo, que como queda dicho, se contenta con poco; y por lo que el pobre gasta, descienden sobre la casa muchas bendiciones del cielo. No seria la primera vez que el mismo Cristo en figura de pobre honrase a toda la casa y a toda la familia, y la dejase tan enriquecida como dejó a la casa del dichoso Zaqueo.
El glorioso prelado y obispo dignísimo san Martin, cuando partió la capa con Cristo, imaginaria que la daria a un pobre; y el mismo Señor la recibió, como después lo dijo su divina Majestad, para ejemplo y edificación del mundo. (In Off. die 11 Nov.)
En la prodigiosa vida de san Gregorio el Grande también se dice, que el mismo Cristo, en figura de pobre , llegó á perdirle limosna, y la recibió de su mano. De esta sujeta materia se hallarán repetidos ejemplares en las eclesiásticas historias.
Sin duda en la casa dichosa de los padres de san Alejo tenían esta devoción dé amparar y asistir a un pobre de Cristo en reverencia de su divina Majestad, supuesto que su mismo hijo, vestido de pobre, se entró tan confiadamente en la casa de sus padres, donde vivió desconocido por el largo tiempo de diez y siete años, como lo dice la Iglesia católica en sus lecciones.
Supongo no faltarán casas piadosas en esta católica monarquía de España, donde tengan esta especial devoción de prohijarse un pobre de Cristo; y en faltando uno, buscarse otro, para que la bendición del Señor no falte de sus casas. Y también supongo, que los experimentados contarán las maravillas del Señor, como para otro fin lo dice la divina Escritura (Eccli., XXXIV, 16).
Mas para no dejar sin ejemplar determinado esta virtuosa devoción y los favores divinos que de ella se siguen a las casas piadosas, referiré uno que ha sucedido en estos años novísimos en la ciudad de Lorca en el reino de Murcia, donde el caso es notorio.
En dicha ciudad hay una casa antigua de un caballero noble y piadoso, donde hace muchos años sustentan un pobre de Cristo, de los imposibilitados para trabajar, y le tienen y veneran como a hijo de casa, empleándole solo en que se vaya a la iglesia y a sus devociones, oiga misas, y frecuente los divinos sacramentos, y encomiende a Dios a los que le dan de comer.
Por los años de ocho y nueve de este siglo XVII se hallaba la señora de dicha casa en un grande trabajo; porque conociéndose en cinta, y llegándose el tiempo natural para su alivio, cuando se pasaron los nueve y los doce meses sin ver el efecto de su preñado, hizo el piadoso caballero junta de doctos médicos, los cuales convinieron en que la señora tenia gravísima enfermedad, de que no curaría sino con la muerte, que es la que pone fin a los trabajos de esta vida mortal, como dice la divina Escritura.
En este tiempo tenian en lugar de hijo a un pobre de Cristo, que se llamaba comunmente el hermano Pedro Belmudez, el cual empleaba sus días, como dejamos dicho, en oir misas y encomendar a Dios a sus señores, y su vida candida era edificación de todo el pueblo. El pobre y el menesteroso alabarán el nombre santísimo del Señor, dice David (Psalm., LXXIII, 21).
Cumplidos diez y ocho meses del trabajo de dicha señora, se llegó la hora de la muerte al bendito pobre de Cristo Pedro Belmudez; y para calificar el Altísimo Señor, y hacer notorio al mundo cuan de su gusto es la devoción especial de asistir a uno de sus pobres en reverencia de su divina Majestad, dispuso con su altísima providencia, según piadosamente consideramos, que en la misma hora en que pasó a la vida eterna el dicho pobre del Señor, naciese en esta vida temporal una niña con feliz alivio de su madre, después de los diez y ocho meses de preñado. Para Dios no hay acasos; como dice el santo Job (v, 6).
Al presente viven así la señora como la hija; de la cual discurrieron muchas personas piadosas nacería para santa, habiendo sido tan misterioso y maravilloso su nacimiento. Suponemos, como se debe, que así el caso, como sus circunstancias notables , y los discursos populares, todos se fundan en pura piedad falible; y esta debida protestación hacemos, conforme a los decretos apostólicos.
El piadoso caballero, que es de calidad especial, y de competentes conveniencias temporales, continúa siempre la particular devoción de sus antiguos en tener a su cuidado a un pobre de Cristo; de tal manera, que en muriendo uno, se busca otro; y comprende bien, que en esta devoción especial alianza las conveniencias espirituales y temporales de su casa y familia; y en este concepto se han confirmado mas con el caso referido. Los divinos beneficios nos deben hacer mas atentos a Dios nuestro Señor, como dice la sagrada Escritura.
Muchos favores y beneficios hace Dios a las casas y familias por el pobre de Cristo que alimentan en ellas; y los señores no reconocen ni advierten la causa de su grande bien. Esto sucedió, dice Salomón, a una ciudad feliz, A quien la defendió de sus enemigos con sus méritos y sabiduría un pobre fallido; y los favorecidos no advirtieron este grande beneficio ni al pobre del Señor le fueron agradecidos. (Eccl., IX, 15 et seq.)
Esto mismo dice el Espíritu Santo, que un pobre menesteroso es causa de muchos bienes para quien le socorre, y Dios le atiende mas que a los ricos; y A quien le hace limosna, le concede muchas felicidades por los méritos del pobre (Eccl., XI, 12).
El santo Job, para conseguir la misericordia de Dios, alegaba que no habia comido solo su pan, sin que el pobre y pupilo comiese de él: Si comedí bucellam solus, et non comedit pvpilus ex ea. Consideren qué alegarán en la presencia divina los ásperos y de duro corazón con los pobres de Cristo, que tanto duelo les hace el darles una triste limosna.
Los hombres felices, que tienen la devoción especial de asistir a un pobre por el amor de Cristo, dan verdadero testimonio de que aman a su divina Majestad. Así explicó su fiel amor a Jonatas el insigne David, buscando después de la muerte de su grande amigo a uno de sus pobres hijos, que fue Mifiboset, impedido de los pies, como dice el sagrado texto, y le tuvo siempre en su mesa, para dar testimonio público del grande amor que habia tenido a su padre. (II Reg., IX, 1 et seq.) Este es buen ejemplar, para que expliquemos el amor que debemos a Cristo Señor nuestro, dando de comer a uno de sus pobres, que son sus hijos.
Para alcanzarla sucesión deseada en algunas casas y familias, será también poderoso medio asistir a un pobre del Señor; y en este asunto importante convendrá que las señoras muevan diestramente la especie virtuosa a sus esposos y maridos. La célebre Sunamitis (de quien la sagrada Escritura dice, que era grande mujer), no tenia sucesión, y la consiguió del Altísimo Dios, persuadiendo con destreza a su marido que recibiesen en su casa al pobre y virtuoso Elíseo. (IV Reg., IV, 9 et seq.)
En las casas infelices donde no acaban de tener la paz estimable que desean, fien de Dios que la conseguirán si practican esta especial devoción de asistir a un pobre del Señor. Para esto es digno de notar, que luego que se dice en el sagrado texto, que Dios ayudó a los pobres en su mendiguez y desamparo, se sigue inmediatamente, que puso las familias como mansas ovejas: Adjuvit pauperes de inopia, et posuit sicut oves familias (Psalm. CVI, 44). Estas grandes maravillas consiguen los méritos de los pobres de Cristo en las venturosas casas donde se tiene piedad caritativa con ellos.
Y en todo caso, lo que no puede faltar es lo que dice expresamente el santo evangelio, que lo que se gasta caritativamente con el pobre encomendado de Cristo, tendrá su justa retribución en la vida eterna, y aun en esta vida temporal; porque el mismo Señor se confiesa obligado a la paga de lo que por su santo amor se gasta con el pobre. Adviértase lo que dijo el caritativo samaritano que representa a Cristo Señor nuestro, cuando encomendó la asistencia del pobre llagado, diciendo, que cuando volviese lo pagaría todo: Quodcumque supererogaveris, ego cum rediero reddam tibi. (Luc., I, 35, cum antec.) Dios nos haga piadosos para que nos alcance su divina piedad.
R.P. Fray Antonio Arbiol
LA FAMILIA REGULADA

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