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viernes, 18 de febrero de 2011

El Problema Judio (1)


PRÓLOGO
Es cosa grave escribir un libro: impone responsabilidad y abre destino. Más todavía si el libro lleva en sus páginas ese acento agónico, en el sentido que Unamuno atribuye a la palabra, que nace de los problemas que estrujan a la época. Entonces está prohibido errar, equivocarse, porque el error significa culpa, significa complicidad con la mentira interesada y mala que trata de devorar a nuestros días.
Tipo de libro agónico es el de Alfonso Castro, El Problema Judio. En él se habla de la enorme batalla que libra el Occidente con los siglos, con los largos siglos en que un fanatismo ha crecido y amenaza estallar en amargos y ensangrentados frutos.
En efecto, el problema judío no es nada más problema de hoy, no es un problema del siglo XX. Se ha gestado durante lapsos enormes, ha ido acumulando energía a través de las edades y ha buscado siempre un punto de escape, sin encontrarlo. Es ahora cuando, desesperado, impaciente, acude a los últimos extremos y amenaza bañar al mundo entero.
Porque es éste otro dato que le da singular importancia: no se trata de un problema parvamente localizado, no es problema de región, de comarca, ni siquiera de país. Es problema del mundo y, por consiguiente, problema de la humanidad.
Los judíos se han dispersado y han invadido toda la curva superficie del mundo, llevando a dondequiera sus viejos usos, su ancestral orgullo, su fanatismo sin par. Están en el mundo entero.
Y con ellos, en ellos, están ese sentimiento, esa pasión racista que todo quiere subordinarlo y humillarlo, que pretende exaltar al pueblo de Moisés al rango de amo de los hombres. Dura, áspera voluntad gobierna a esa pasión. Consideran los judíos que su pueblo es el "elegido del Señor", el llamado por Jehová a los grandes destinos. Y persuadidos de ello, ante nada retroceden, ningún escrúpulo los detiene, miran en todo aquel que no es judío un ser inferior, acaso menos que un perro, al que no debe tenerse ningún respeto, al que nada es debido.
Ese tipo de racismo feroz, que ni siquiera acepta como humano a lo que no es judío, ha sido empujado lentamente a través del tiempo. Empujado lentamente, implacablemente, con un sigilo y con una astucia casi inhumanos. Parece imposible, en ocasiones, que seres con figura humana, como los judíos, sean capaces de alimentar tanto odio y tanto desprecio a seres de figura humana como son los hombres no judíos.
Sin embargo, esa es la realidad. El judaismo clava su garra ávida y feroz en la carne de la humanidad, y lo hace con un supremo desdén, sin la menor piedad, como si en sangre no humana la hundiera. Desde mucho, desde antes de Cristo, desde antes de Confucio, desde antes de los grandes filósofos griegos, desde antes, pues, de todo principio de civilización, ya los judíos eran los enemigos de la humanidad, ya la acosaban para encadenarla, para atarla a su indomable y secular orgullo.
Por eso, tradicionalmente, el judío aparece como el enemigo del hombre. Ahogado en su pasión racista, el judío nunca ha querido el bien del hombre, antes al contrario, ha sido su constante enemigo, y todo lo que es, inteligencia extraordinaria, voluntad inquebrantable, lo dedica a perseguir al hombre.
¿Cómo? ¿Por qué medios lo hace? El libro de Alfonso Castro lo indica, y lo indica con tan diáfana claridad, que en él se siguen todas las pausas del gigantesco y milenario duelo: el duelo de los judíos con la humanidad. Duelo enorme, duelo fantástico que carcome todas las épocas; pero que, sin embargo, no se sabe cuándo empezó.
Sería imposible precisar en qué momento apareció el reto judío y en cuál otro ese reto se resolvió en actos; pero la búsqueda paciente deja saber que, desde que se tienen noticias históricas y, más todavía, desde la protohistoria, el judío aparece hostigando al hombre, acosándolo como a una bestia salvaje. Desde siempre el judío aparece como el enemigo del hombre, un irreconciliable enemigo del hombre que, sin provocarlo a la lucha abierta, franca, trata de caerle por la espalda para atarlo y, atado, disponer de él a su arbitrio. Los viejos textos, los acontecimientos que el polvo ha cubierto, proclaman todos por igual que el odio judío no ha dejado de buscar el modo de hacer esclava a la humanidad. Animados los judíos por un sentimiento de raza sin par en la historia, animados por un implacable rencor a todo lo que no sea su raza, todo lo combaten; mas tan sutil, tan pérfidamente, que con frecuencia el ataque no se nota, que los ingenuos ni siquiera llegan a creer que tal ataque pueda existir.
Para demostrar que sí existe, ha escrito su libro Castro. Libro sin pretensiones, libro preciso, claro y sobrio. En él la voz guarda siempre el acento sencillo y humilde del que dice la verdad desde lo más hondo de sus entrañas, del que no aspira a impresionar, sino a convencer. Eso es El Problema Judio.
La parte histórica es una relación, nutrida de datos, casi desnuda de comentarios, casi, de tan sobria, seca. De ella, como de un zócalo sombrío, se levanta gesticulante y amenazador el viejo fantasma: el problema judío.
Y después, remontado ya el cauce de la historia, aparece el comentario sagaz, agudo, el comentario que penetra como una luz en las entrañas de la sombra y las aclara hiriéndolas.
Libro de un dramatismo pavoroso, dice de la lucha con tan limpio acento, con amenidad tan grande, que incluso los que dudan del problema judío, incluso aquellos que no creen en la amenaza judía, se ven arrastrados de página en página, siguiendo un drama que, para los que creen y temen, es pavoroso, para los que no creen ni temen, es magnífico por la grandiosidad del escenario y por las dimensiones de los personajes.
Rubén SALAZAR MALLEN.


PRIMERA PARTE
CAPITULO I.- IDEAS GENERALES
EXISTE un hecho que los contemporáneos todos, lo mismo ilustrados que ignorantes, están acordes en reconocer y dispuestos a constatar; un hecho único en los fastos de la historia moderna y cuya universalidad, gravedad y cronicidad, difícilmente hallarían paralelo en la historia de la humanidad, no sólo de los modernos tiempos, sino de muy largas centurias, pues su magnitud es tal, que únicamente en muy contados períodos del historial de los hombres sobre la tierra se podrían encontrar ejemplos con qué parangonarlo: ese hecho es LA CRISIS. Absolutamente todos los hombres conscientes están acordes en confesar que el mundo atraviesa en los actuales tiempos por un período de crisis cuya magnitud supera a las más terribles situaciones colectivas que nos narra la historia.
La palabra crisis está, en efecto, grabada en el cerebro de todos los hombres actuales; es más, se refleja e interviene en forma decisiva y dominante en los actos todos de los humanos, en sus discursos, opiniones, actividades, transacciones, negocios, llegando a influir hasta en sus principios y en sus concepciones básicas sobre la vida. Es más: puedo afirmar, sin temor a exageración, que no existe hoy día cosa alguna, asi sea la más abstracta y espiritual, que no se sienta afectada por el implacable hecho y que no se vea tocada en sus cimientos mismos por la crisis. Tan es esto así, que la filosofía, la ciencia sintética suprema de todos los humanos conocimientos, abstracta por naturaleza y por definición, no sólo ha debido ocuparse de la crisis y estudiarla, sino que ha visto modificados sus derroteros por un hecho que tan fundamentalmente afecta a la vida humana: el filósofo de hoy, si no quiere ser "voz que clama en el desierto," debe también, siquiera sea en forma complementaria, ser sociólogo, político y economista.
He dicho que el hecho contemporáneo degenerante en situación y designado, por consiguiente, impropiamente con el nombre de "crisis", es de una universalidad, gravedad y cronicidad sin paralelo en la historia. En efecto, la crisis, o mejor dicho, el estado anormal estacionado en la algidez, afecta a toda una civilización y engloba, por consiguiente, a todos los pueblos cultos: es pues, universal; afecta profunda y sustancialmente las más vitales actividades de la vida humana: es por lo tanto, grave; ha perdido casi totalmente las características de una transitoreidad cuyo climax oscila en el vértice, para convertirse en una situación, en un estado permanente que ha resistido todos los remedios y permanecido en pié a pesar de todos los conjuros: es pues, crónico. Y cronicidad, gravedad y universalidad, adunadas por la terrible fuerza de las consecuencias, han dado una resultante tremenda: la crisis, la situación anormal oscilante en la algidez, es económica, social, moral, política: transacciones comerciales, relaciones de convivencia humana, concepción de las costumbres, principios de derecho, normas de gobierno, todo ha sido afectado, todo padece una conmoción.
Todo mundo también, percibe y siente que se derrumba la estructura social en que vivimos y en la que han vivido todas las generaciones pasadas, y los sabios afirman que asistimos a una revisión de todos los valores humanos, desde los más sórdidos y materiales, hasta los más espirituales y elevados, sin precedente en la vida humana y frente al panorama de inquietud y de desconcierto que nos ofrece el mundo de hoy, los hombres que piensan y que tratan de descubrir las causas de esa crisis que padecemos, han surgido buscando una fórmula que proporcione alivio a la humanidad. Los pesimistas y demagogos presagian días de ruina y de lucha apocalíptica; los economistas y sociólogos sensatos, profundizando las causas de nuestros males, proponen planes para salvarnos de la hecatombe que se avecina; hanse formado escuelas y organizado opiniones, encauzándolas hacia tal o cual camino, según la tendencia política y social de los encabezadores; hanse ensayado sistemas y establecido doctrinas; se ha luchado no tan sólo en el campo de las ideas y de las meras elucubraciones abstractas, sino en el terreno de los hechos, llegando hasta los campos de las armas y de la lucha por una idea social. Los pensadores y los sabios, los industriales y comerciantes, los profesionistas y los hombres de mundo, los estadistas y los políticos, los líderes y los obreros, los periodistas y los literatos, todos han tomado y toman cotidianamente parte activa en las disposiciones y disputas, afiliándose cada uno a determinada ideología; y, por último, las multitudes, el hombre masa, se adhiere a uno u otro bando y con tal pasión toma a pecho sus ideales o los de su "líder," que va amenazando a la humanidad con destruirla, pues tal parece el propósito de aquellos que no hablan sino de división y lucha de clases, que es uno de los postulados que preconiza una de las más extendidas corrientes de orden político-social.

Un ambiente de anarquía y de descomposición social ha invadido, como resultante de esas ideas, a la sociedad toda. Parece que de un momento a otro va a derrumbarse la civilización en que vivimos y que el engranaje social se va a modificar de una manera radical, pues muchos afirman que nuestros males tienen como origen la pronunciada e injusta desigualdad de clases.
Sin embargo, en medio de esta febril gestación de ideas y de doctrinas, hay que observar que una gran mayoría de los hombres tiene convicciones que no le han costado ningún esfuerzo mental, sino que simplemente las externa por seguir la corriente o porque se ha visto arrastrada por el halago y promesas de tal o cual corriente política. Agravando la situación, los líderes sociales han comprendido que el momento es propicio para arrastrar a las masas; manos maestras han preparado admirablemente el fermento de la agitación y lo aprovechan con un máximum de rendimiento.
Se dice que se libra un choque de ideas entre los que sostienen la vieja civilización y los que aspiran a la construcción de un nuevo período de historia basada en concepciones económicas. Del choque de ideas parece que llegamos ya a la lucha material, lucha fratricida de un pueblo contra otro pueblo, de un hombre contra otro hombre, de una clase contra otra clase.
No cabe ya duda que el desbarajuste económico y sus repercusiones en la economía doméstica es lo que inquieta y oprime más a la humanidad; sin embargo, muchos son de opinión que primero asomó en este mundo la crisis política y después la económica. Algunos pensadores aseguran que la causa del colapso que sufrimos tiene su origen en la terrible sangría de 1914; pero actualmente ha sido desechada esta afirmación, porque el oro y los enormes esfuerzos financieros que se gastaron en el conflicto mundial, sólo hicieron que la riqueza cambiara de dueño y se acumulara en unas cuantas manos.
La crisis a que me vengo refiriendo y que tan seriamente afecta a la humanidad; ha sido objeto de estudio y de análisis por un número infinito de sabios y de estudiosos, pero casi todos han abarcado el aspecto económico; otros, empero, se han dedicado a ahondar en los problemas políticos y morales que nos afectan, y hay finalmente otro sector de intelectuales que ya forman una legión, que profundizando un poco más los acontecimientos sociales, han descubierto la intromisión de un factor humano que actúa secreta y organizadamente y que trabaja con propósito preconcebido en pro de la desintegración del régimen social en que vivimos, con mira hacia fines ulteriores.
La intromisión de un factor humano que actúa, como dije ya, organizada y secretamente con mira a ulteriores fines universales, hace tiempo que ha sido sospechada y descubierta. En los últimos acontecimientos de la historia que han provocado la hecatombe, se ha observado que las relaciones y trastornos internacionales no han seguido el curso normal y lógico que el desarrollo de los hechos impone por sí solo, tal como nos lo enseña la historia, sino que, en realidad, han constituido un cúmulo de contradicciones e incoherencias de las que en un principio no se atinaba con la clave.
Como ejemplo inmediato tenemos la guerra de 1914, en cuya contienda puede decirse que no hubo vencedores, pues jamás pudo con más rigor aplicarse el pensamiento casi profético de Attlee, que dijo: "El máximum de conquista de un Estado de los que se preparan a la guerra, no es nada comparado con el mínimum de pérdidas que tendrá forzosamente que sufrir." Este pensamiento se vio plenamente confirmado al analizar y sacar en limpio los resultados de una contienda cuyo objetivo primario era destruir los imperios centrales de la vieja Europa: Austria y Alemania, para poder seguir un plan de dominio y acercar unos pasos más la revolución mundial que habrá de cambiar la faz del universo.
A partir de la Revolución Francesa en que tuvieron su apoteosis los derechos del hombre, comienza una era de rebeliones en marcha progresiva y se empuja a la humanidad hacia la destrucción de todo lo estable que conserva en su seno. Comenzóse con el liberalismo unido al jacobinismo más o menos rabioso; prosiguióse con el socialismo, y créese haber dado cima en el comunismo.
La misma democracia, la diosa más querida de los pueblos, ha sido medio maravilloso para pulverizar el poder en manos de las multitudes y así arrebatarlo y ponerlo en manos de los altos intereses que se mueven en el mundo. Toda la serie de agitaciones políticas y de rebeliones tiene una sola explicación satisfactoria, forman una síntesis, a la luz de un plan universal que se perfila desde hace mucho tiempo con objeto de adueñarse de los destinos de la humanidad. Este factor humano que ocultamente ha obrado en los acontecimientos históricos a que nos venimos refiriendo, es la actuación sorda y encubierta de un pueblo, de una raza, en su esfuerzo quizá de cumplir con lo que, según su creencia, le manda la Biblia, de dominar al mundo y de hacer que le sirva a sus pies. La actuación de ese pueblo pululante, su esparcimiento por el universo todo, su intromisión en todas las actividades de los demás pueblos y su absorcionismo en el mundo de los negocios y de las riquezas, es lo que en los modernos tiempos designamos bajo el nombre de EL PROBLEMA JUDIO.
Concomitantemente al desarrollo ostensible de la actividad judaica, se ha provocado una reacción de parte del mundo no judío y que se llama antisemitismo.
Más de dos mil años tiene de existencia el problema judío que agita al mundo en una forma más o menos violenta, según las épocas y los países, pues el antisemitismo ha existido en todos los tiempos, siquiera haya sido sordamente, y ha tenido manifestaciones en dondequiera que los judíos han puesto la planta.
En el presente ensayo, pretendo únicamente estudiar de una manera fría, imparcial y metódica, los rasgos más salientes y característicos de este problema. Colocado en un punto de vista de altura, de modo que la visión no se empañe ni por mirajes ni por pasión, no pretendo acusar al judaismo de todos los males que sus enemigos le achacan; de esta tarea me veo dispensado desde el instante en que los hechos y los datos que aquí consignaré, hablan con indubitable veracidad; tampoco intento defender a los hijos de Jacob contra sus cada día más numerosos enemigos; mi posición, en todo el decurso de mi trabajo, es la del sereno observador que va agrupando y valorando los hechos y sacando de ellos las conclusiones que la lógica exige, aprovechando las enseñanzas y poniendo de relieve las realidades, pero sin ensañamientos ni rencores.
Difícil es encontrar solución a un problema tan complejo y de aspectos tan múltiples como el problema judío, pues es un problema social que involucra repercusiones sobre todo un orden de problemas del ámbito político, del moral, del económico y tiene ramificaciones y conexiones hasta con puntos de demografía y de progresos técnicos y comerciales: su esfera es de una amplitud no sospechada a primera vista por quien no se ha adentrado en su conocimiento. Por tal razón, su solución exige mucho tiempo, mucho estudio, mucha dedicación; ¡sesenta generaciones han estado buscando, atinada solución al problema judío, y el problema judío sigue insoluto hasta la fecha!
En los actuales tiempos este problema se ha recrudecido en forma que ha causado alarma a los contemporáneos, y he aquí que en ninguna época como en la presente, los hombres de estudio dedican su inteligencia al examen de la actuación del pueblo hebreo, pues se trata nada menos que de salvaguardar las bases fundamentales en que se sustenta la cultura toda de Occidente. Es por esto que en nuestra época, bajo el apremio de las circunstancias por que atraviesa el mundo, el judaismo y el antisemitismo están siendo llevados al lente microscópico de la observación científica y el problema judío, como ya antes observé, atrae cada día la atención de mayor número de pensadores, pues cada día también, el judaismo deja traslucir en una forma fuertemente sintomática sus calidades de factor de perturbación en los pueblos, y cada día, asimismo, es más patente que su presencia viene acompañada de gérmenes patógenos y virulentos que parecen inficionar y corroer todos los organismos sociales, pues la lucha de clases inspirada en odios multilaterales, la guerra de las ideas que mina la unidad y la armonía sociales, la guerra fratricida o interracial con manifestaciones aparentemente esporádicas, y la grande conflagración que lenta pero inevitablemente parece avecinarse, según el entender de los peritos, y que, de llegarse a desatar, traería aparejada la destrucción acaso total de todo el orden de cosas existentes y hasta de todos los valores que ha creado la civilización, todos estos sistemas de aniquilamiento son el fruto del nuevo evangelio "reivindicador" de la justicia social: el marxismo; y ese marxismo no ha podido ocultar más, ante las investigaciones acuciosas de los sabios, su filiación judaica.
Ahora bien: dividida la humanidad, como realmente lo está, en dos banderas ideológicas, el marxismo de una parte y de la otra la adhesión a los valores clásicos que se alimentan en la idea de Dios, de Patria y de Familia, ha quedado patente a los ojos de los observadores, que en el primer bando se halla alistado —y precisamente a la vanguardia— Israel, el eterno enemigo de los gentiles; notándose también el hecho agravante de que en tanto que los otros están desorganizados y divididos en minúsculas pasiones transitorias, Israel no solamente se encuentra organizado vigorosamente, sino que es a su vez el jefe de la desorganización, acumulando de paso en sus arcas el oro del mundo, mientras patrocina o dice patrocinar la fraternidad social y la humanización y socialización de la riqueza.
Rudo revés ha sido, por más que en la táctica judía entre el simularlo, el que el mal haya sido localizado y que a la faz del mundo cada día más ostensiblemente, se ponga de manifiesto la política de lo que los alemanes llaman el Estado "Pan Judea." Este, dicen, es la última fase de organización internacional que nos ofrece el judaismo en su milenaria evolución social. Pan-Judea, el Estado sobre los demás Estados y dentro de los demás Estados, es una concepción tradicionalmente judía del estado que casi prescinde del factor territorial; es gracias a esta concepción verdaderamente genial, que el judaismo no se ha visto jamás circunscrito a una región, ni siquiera a un continente, sino que ha logrado, merced a esta táctica no adoptada nunca por alguna otra raza, adquirir una carta de ciudadanía universal, llegando así a todos los rincones del planeta, entremezclándose en todas las actividades de los demás pueblos ,y, lo que es más, dominándolos política, social y económicamente, sin ejércitos y sin escuadras acorazadas.
Hoy día es ya cosa manifiesta que Israel está admirablemente organizado, que sus subditos le obedecen bajo la inspiración de un común objetivo racial, que posee sus métodos y organizaciones propias que le ayudan a su estructuración interna, que tiene sus tribunales secretos y especiales que conocen exclusivamente de toda controversia o litigio entre miembros de la comunidad judía y que se rige por un solo código: el Talmud. Libro no sólo de asuntos religiosos, sino de normas rigurosamente sociales, penales y civiles.
Pero a pesar de que Pan Judea se encuentra extendido por todo el mundo y relacionado con todos los seres vivientes de la tierra, ha sido sumamente difícil penetrar dentro de sus admirables secretos y desentrañar su táctica política y sus estrictas finalidades sociales. El judaismo entero, aparte sus actividades de carácter individual en cada uno de sus miembros, es una asociación secreta universal cuya técnica ha cuajado por completo en la estructuración de sus instituciones y que por todas partes permanece con las puertas cerradas, día y noche, con centinelas alertas, no dejando que el "gentil" penetre a enterarse de sus organizaciones que son el orgullo de su raza. Es por esto que las investigaciones acerca del problema judío se hallan erizadas de obstáculos para su análisis y estudio, especialmente en nuestro medio, mal consciente todavía de un problema que la mayoría ni siquiera sospecha que se gesta en nuestro seno mismo.
La cuestión judía, no obstante lo arduo de su estudio, ha pasado ya, a la altura de los actuales días, de un mero estudio de razas o de credos, de simpatía o de odio, al análisis de un factor de fuerza social, de discordia o de reconstrucción, elemento de ruina o de reivindicaciones, en el campo de la sociedad.
La ola inmigratoria que nos inundó después de la guerra europea, con la franca complicidad consciente o inconsciente de altos personajes de nuestras administraciones: inmigraciones compuestas de elementos de distintas nacionalidades: alemanes, austríacos, polacos, rusos, etc.; pero de raza judía y que entraron al país mansamente, bajo permiso de labrar la tierra, pero que una vez dentro, han invadido las principales rúas de nuestras capitales, tomando por asalto multitud de actividades comerciales ocupadas antes por nuestros connacionales, ejerciendo sobre ellos una competencia ventajosa, no siempre leal; todo esto nos impele al examen del problema judío, ya que la experiencia adquirida por otros pueblos a costa de muchos sufrimientos, nos señala el peligro que entrañan las inmigraciones judías para el país que las acoge.

CONSIDERACIONES CONCRETAS
Seducido por la nobleza de la finalidad, al par que convencido de la importancia de la empresa de los que estudian los problemas del mundo bajo este último aspecto, he juzgado, no solamente oportuno, sino de la más estricta actualidad, cooperar con mi grano de arena para la ventilación y aclaración de tan importante tema, esperando al mismo tiempo que mi modesto trabajo abra la ruta, hasta ahora prácticamente inexplorada entre nosotros, a fin de que otros vengan con nuevo y más caudaloso acopio de materiales, a señalar con un índice más ilustrado que el mío, el punto hacia el cual deben convergir las miradas escrutadoras de todos aquellos que por vocación o por ineludible deber profesional o de clase, tienen una misión orientadora en la sociedad. Misión es ésta muy del resorte del abogado, no únicamente en su calidad de hombre social por excelencia, sino por su papel de aquilatador y armonizador del intercambio y comercio de los hombres. (1) Sigo, al obrar en este sentido, direcciones y tradiciones no únicamente universales, sino peculiares de nuestro país y de nuestro medio, en el cual siempre se ha visto que el abogado marcha a la vanguardia del pensamiento de su época, estudiando, quizá primero que todos, las condiciones en que se desenvuelve la vida de sus contemporáneos; estudio por cierto tanto más fructuoso y pertinente a su profesión, como que las normas jurídicas y los ordenamientos legales recopilados en los códigos, deben, forzosamente, ya sea tarde o temprano, resentirse de las circunstancias y situaciones de la época en que rigen, no menos que traducir, condensándolas en su parte medular, las ideas imperantes en materia social, en materia política, en materia económica. Yo juzgo sinceramente que tales estudios forman como un cimiento en el cual debe asentarse la ilustración de todo buen jurista. El jurisconsulto no está eximido de seguir la evolución del pensamiento humano con el fin de documentar mejor su criterio; y si, cual lo afirmaba Montesquieu, "las leyes son las relaciones necesarias que se derivan de la naturaleza de las cosas," el letrado necesita informarse ex origine de esa naturaleza, es decir, estudiar todos aquellos estados colectivos, todos aquellos fenómenos sociales y todas aquellas situaciones generales, que afecten a las relaciones y transacciones de los hombres: precisamente el campo en el cual va a trabajar para hacer que se dé suum cuique, según la más moderna, la más actual y la más adecuada concepción de la justicia y del derecho.


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Yo he procurado enfocar todo este estudio de una cuestión que tan directamente afecta a los derechos y a los intereses de la colectividad, hacia una finalidad totalmente acorde con las grandes cuestiones de derecho cuyos dictados y hasta cuyos principios, en virtud de la nueva revolución de las ideas, han sido hoy día puestos a revisión; así, por ejemplo, si anteriormente el derecho de la propiedad fué umversalmente acatado, desde el momento en que alguno afirmó que "la propiedad es un robo," el hombre de leyes debe estudiar semejante proposición y desentrañar el fondo de verdad que por ventura tuviera la nueva concepción socialista y marxista del derecho de propiedad, antes tan absoluto y hoy tan discutido y sujeto a cortapisas que precisamente lindan con el mismo derecho de propiedad en cuanto es ejercido por un vecino. ¿Cómo, si no, podrá el apoderado de todo interés justo, abogar por que se dé suum cuique, a cada quien lo suyo?
Hay, desgraciadamente, en el campo de mis investigaciones, no pocos obstáculos y no escasas lagunas que no siempre me ha sido posible salvar, debido a la naturaleza misma de la cuestión y al carácter especial, circunvalado y hermético, del factor humano cuya actuación me propongo estudiar; sirva esto al mismo tiempo de disculpa y de incentivo; lo primero, porque no es posible presentar un trabajo perfecto cuando no existen todavía datos completos sobre ciertos puntos de la cuestión; lo segundo, porque, abierto el sendero, otros vendrán con mejores elementos y provistos ya de los datos que hoy se reserva el futuro, para complementar la obra iniciada. Sea para ellos el honor y para mí la satisfacción de haber levantado mi índice para señalar el punto del horizonte a donde han de convergir muy pronto las miradas de los demás.

Alfonso Castro
EL PROBLEMA JUDIO
1939

NOTAS
(1) El autor se sirvió del tema que titula este libro, para presentar la tesis de su graduación en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de México; de aquí que, aparte del desarrollo de consideraciones históricas y sociales, vengan a desenvolverse estudios jurídicos sobre ciertos aspectos del problema judío, los que en su mayor parte quedaron incluidos en esta edición.

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