martes, 27 de marzo de 2012

Advertencias a los padres para dar el estado mas conveniente a sus hijos.

Los cuidados y desvelos de los buenos padres con sus hijos comienzan desde que se conciben, y se aumentan hasta después de su muerte. Siempre van de aumento con el tiempo, y jamas están sin un ay, porque siempre temen lo peor que les puede suceder. Cuando los tienen con salud, temen no se les enfermen; y cuando se les enferman, temen no se les mueran; y en todo teme el sabio, dice el Espíritu Santo (Eccli., XVIII, 27).
Dice la doctrina cristiana, que los padres están obligados á dar estado a sus hijos, y que el estado no sea contrario a la decente voluntad de los hijos. Aquí hay dos puntos principales muy distintos: el primero es, que el hijo sea quien elija el estado: el segundo es, que sea el padre el que lo disponga. La materia es gravísima, dice el docto Lesio; y los yerros son pecados de consecuencia, porque se extienden sus defectos hasta el fin de la vida.
Los padres que violentan a sus hijos para que tomen el estado contra su voluntad decente y honesta, pecan mortalmente, y en esto no hay duda. De los padres que violentan a las hijas para ser monjas, hablaremos después, desengañándolos, que están excomulgados y malditos como Judas. No es la potestad de los padres para ruina y perdición de sus hijos, sino para su mayor conveniencia temporal, y edificación de sus almas, como de su potestad lo dijo san Pablo (II Cor., XIII).
Deben atender los padres a la vocación de sus hijos, para darles estado. Asilo hacian los advertidos atenienses cuando se llegaba el tiempo mas oportuno para dar estado a los jóvenes de su república, que atendían mucho a lo que cada uno se inclinaba, y según su inclinación le daban el estado. Por esto se criaron hombres tan grandes en todas las artes mecánicas y liberales, que fueron el asombro del mundo.
Si los padres inconsiderados lo hacen al contrário por sus fines particulares, violentando injustamente a sus hijos, y dándoles el estado contrário a su propia vocacion; de ese mal principio si; originan los desconsuelos, se agravan las impacientes amarguras, se repiten los arrepentimientos, se multiplican los pecados, y tal vez después de una vida amarga y desconsolada, que es peor que la muerte, como dice el Espíritu Santo, se sigue una condenación eterna, para acabarlo de perder todo (Eccli., XXX, 7).
Muchos estaran en el infierno por haber sido eclesiásticos, que estarian en el cielo si hubieran sido seculares y casados. Otros se perderan en el estado secular, que consagrados a Dios, hubieran vivido como unos ángeles. Muchos casados arderán en eternas llamas, que si hubieran sido religiosos, estarían en inmensas glorias. En todos los estados de la Iglesia católica se pueden salvar los hombres: el punto peligroso consiste en que la criatura no yerre el estado para que Dios le llama. Por esto el insigne patriarca san Ignacio encomendó tanto este punto principal de seguir cada uno la divina vocacion (S.Ignat. I. Exer. die 10).
Séneca, siendo gentil, alcanzó esta verdad con la luz natural, y dijo, que el mayor mal de los hombres consistía en gobernar la elección de su estado por motivos indignos, sin atender a la razón sólida, que vence al entendimiento limpio y desapasionado. De este mal principio se siguen tantos y tan graves inconvenientes, dice este filósofo, que unos sobre otros van cayendo amontonados, y cargan como de tropel, que sofoca a muchas criaturas infelices.
No es pecado, sino virtud y prudencia, el encaminarlos padres a los hijos al estado mas perfecto, dejándoles siempre su libertad cumplida para que sigan la vocacion santa que Dios les diese, esto no es pecado; pero sí lo será, cuando el padre, por sus propias conveniencias, por su interes particular tuerce la voluntad decente de sus hijos, que explicada ya bastantemente a una cosa determinada, pase el padre a porfía con sus instancias y ruegos, explicando su dolor y sentimiento de la elección del hijo con gestos y ceños enfadosos, que le hacen vencer al hijo, y seguir el dictamen de su padre, no por voluntad, sino porque no le basta el ánimo para la resistencia.
Lo que sucede en tales casos es, que por entónces el hijo pasa y calla por no disgustar a su padre, fuerte de condición; pero como la vida humana está expuesta a tantas pesadumbres y molestias, a los primeros combates se acaba muchas veces la paciencia corta, y se destempla el afecto, y mas la lengua del hijo contra su padre, que le violentó su voluntad, y así lo dice a boca llena; y en aquel estado no le hace el pan provecho, y de dia en dia va de mal en peor, verificándose la sentencia práctica del filósofo, que dijo: no hay violento perpétuo: Non est violentum perpetuum. Cuando asintió con su padre, fué vencerse, y aquella voluntad violenta no podia durar.
Veamos otra desventura en este caso práctico. Piensa un padre codicioso, que si su hijo se hace sacerdote, le entrará una renta pingüe en su casa. El hijo se explica bastantemente, que no tiene vocacion de sacerdote: insta demasiado el padre, y el hijo, por no bastarle el ánimo para resistirse mas, conviene con su padre, y se ordena. Comienza la batería del demonio y de sus pasiones torpes, y el jóven infeliz, enfadado con el estado que no quería, se arroja precipitado al camino del infierno: él se condenará pero no estará libre su mal padre. Léase la profecía de Ezequiel (XXXIII, 20, cum antec.)
Aun los bienes temporales, que vencieron la condición de su avariento padre, no se verán bien logrados, porque lo mal ganado se lo lleva el diablo, como dice el adagio común; pero con mas decencia se dice, que Dios lo quita a quien lo tiene sin pertenecerle y sin merecerlo. Las haciendas y riquezas de lndias, y las que se hacen en las casas de los seglares de los bienes de las iglesias, regularmente son mal afortunadas, y duran poco: Substantia festínata minuetur, dice el Sabio.
Otros padres avarientos y codiciosos se tienen sin casar a los hijos, hasta que se hacen viejos, porque nada les viene bien, como sea gastar. Los hijos así detenidos (ni mozos ni casados) se desconsuelan mucho, y no suelen tener las casas con estas violentas detenciones felices progresos. El Espíritu Santo dice, que los padres no les den potestad superior a los hijos en el tiempo de su vida, mas no dice que no los casen; y bien pueden casarlos sin dejarlos superiores a sus padres, sino con la debida y justificada dependencia y sujeción respetuosa que deben tener siempre los hijos a sus padres que les dieron el ser.
Otros padres indignos encaminan sus hijos espúreos y bastardos a la Iglesia, y a las religiones, queriendo que el patrimonio de Cristo les desempeñe las naturales obligaciones que contrajeron con sus vicios y pecados. Un sagrado texto dice: Spuria vitulamina non dabunt radices altas (Sap., IV, 3; Deut., XXIII, 2); y los tales quieren para la Iglesia y para las religiones lo que les hace embarazo en su casa. La Iglesia católica del Señor ya ha tomado la debida providencia sobre esta grave materia. Suelen decir, que si no tienen voeacion, que la tengan; pero los prelados les responderán: verdad es, no hay regla general sin excepción; para el sano consejo tiene Dios nuestro Señor a los hombres doctos y virtuosos en este mundo.
Otros padres temerarios les quitan la santa vocacion a los hijos, embarazándoles que sean religiosos; y aun los sacan de los noviciados de la religión con várias astucias. A semejantes padres los trata el dulcísimo san Bernardo como se merecen, llamándolos impíos, crueles y tiranos. Indignos son, dice el santo, de que se llamen padres: mas bien merecen el título de bárbaros insipientes, sin Dios, y sin conciencia, pues tan mal llevan el que sus hijos se aparten de un engañoso mundo, y busquen a su Dios y Señor.
El doctor máximo de la Iglesia san Jerónimo dice a tales hijos venturosos, que si Dios los llama para el sagrado de la religión, y su padre se les pone postrado en el camino, cerrándoles el paso, pongan el pie sobre su padre, y le pisen, y pasen adelante, siguiendo la vocacion de Dios, que es primero que su padre terreno.
A semejantes padres inconsiderados les han de decir sus hijos con mucho respeto y atención, lo que dijo el príncipe de los apóstoles san Pedro a los escribas y fariseos cuando le mandaban que no predicase el nombre de Cristo; y el sagrado apóstol les dijo, que considerasen si era ántes obedecer a Dios, que a los hombres, y con esto prosiguió el valeroso ministro del Señor en hacer la voluntad del Altísimo, sin atención ni temor de los hombres contrarios a su santa vocacion. (Act., IV, 19 cum. antec.) Esto han de hacer los hijos con sus padres que les embarazan el estado santo de religiosos por sus intereses mundanos; pero nada hagan sin consejo sano.
Con los hijos infelices que los padres temerarios sacaron de las religiones, han sucedido frecuentes casos muy fatales, de que están llenas las eclesiásticas historias. Uno bien trágico y desgraciado refiere entre sus muchos ejemplos raros el padre Alejandro de Faya, que sucedió en España, y es de un padre tirano que sacó a un pobre hijo de religión por sus intereses temporales; pero el Altísimo Dios, ofendido de la bárbara temeridad de tan indigno padre, le llenó su casa de fatales desventuras, las cuales llegaron a tal extremo, que el hijo mató a su padre, y a él le puso la justicia en la horca afrentosa.
Los hijos que no tienen vocacion de religiosos, y se quedan en el siglo para tomar estado de matrimonio, sean muy atentos a sus padres, y no se dejen arrebatar de sus pasiones particulares, intentando casamientos indignos; porque pecarían mortalmente si pusiesen grave mácula en su linaje con grande perjuicio de sus hijos, si les diesen tal madre, que por ella perdiesen hidalguía y nobleza natural de su padre. (Doet. com.)
No prosperan los hijos desatentos, que contra la voluntad de sus padres se quieren casar indignamente. Esto se vió comprobado en los dos hijos del patriarca Isaac, que eran Jacob y Esaú. El hijo bueno, que fue Jacob, se casó conforme a la voluntad de sus padres, y prosperó mucho en los bienes espirituales y temporales; pero el hijo malo se casó a su voluntad, y contra la de su santo padre, y siempre fue infeliz (Gen., XX, 8 et seq.)
Desmerece tanto un hombre honrado con un indigno casamiento, que no merece ser contado con los insignes varones de su progenie. Por esto dice el gran padre san Hilario, que se dejaron de poner entre los progenitores de Cristo Señor nuestro los que se casaron indignamente con mujeres gentiles (Sanctus Hilarius, in Matth., i). Considérese el gravísimo daño que se hicieron a sí mismos con sus indignos casamientos, buscándose mujeres de distintas jerarquías, y de inferior naturaleza.
Cuando los buenos hijos se dejan con humilde rendimiento a la voluntad de sus padres para que les elijan las mujeres que han de ser sus esposas, reparen mucho los padres en no darles cosa que los hijos repugnen demasiado; y si los hijos han puesto ya su voluntad en alguna mujer que no sea muy desigual, no les desvíen a otra; porque aquel amor primero suele renovarse con perniciosos efectos. Acuérdense los padres de aquel fuego, que se convirtió en agua crasa, y despues a una rayada de sol activo, volvió a encender el agua, y se hizo tan grande fuego, que fué asombro de cuantos le vieron. (II Macab., I, 21, cum. antec.)
Tiene gran fuerza la primera voluntad; y como el estado del matrimonio lleva tantas molestias, como insinuó el apóstol (I Cor., VII, 28); aunque el hijo, rendido a la voluntad de su padre, deje su amor primero con grande facilidad, a una vista de ojos que a él le parecieron soles, se reecenderá a aquel afecto primero, que parece se habia convertido en agua fria, y se podrá levantar tan fuerte y escándaloso fuego, que abrase toda la casa y no se logre la idea mal pensada de los padres. Es peligrosísimo el atentado de torcer la voluntad de los hijos.
En caso que la voluntad propia de los hijos esté bien regulada con la de sus padres, deben estos atender a la mayor conveniencia y estimacion de mis hijos, buscándoles dignas esposas, que sean de la voluntad divina, y asi lo serán también de la mayor prosperidad para sus casas. Así lo hizo el patriarca Abrahan, para dar esposa digna, y mujer estimable a su hijo Isaac, y Dios llenó de bendiciones del cielo a las casas de los padres y de sus hijos. (Gen., XXXIV, 3 et seq.)
A los padres que han de casar al hijo, y al mismo hijo, que es el mas interesado en el acierto, y a todos juntos, les conviene rogar a Dios nuestro Señor, que no los deje errar en la elección. Digan humildes aquella perfecta oracion del Salmista: Domine Deus meus in conspectu tuo viam meam (Psalm. V, 9; et XXXVI, 23), y esperen confiadamente que el Señor los oirá benigno, y les concederá su justificado consuelo. No obstante, deben hacer todas las prudentes diligencias que les tocan; porque así también lo quiere su divina Majestad, y suple misericordioso lo que las criaturas no alcanzan.
En un libro precioso que corre en lengua portuguesa, cuyo título es: El casamiento perfecto, se ponen todas las principales condiciones que ha de tener el matrimonio, para que los contrayentes sean felices en él, y este es todo su contenido, sin extenderse a otra cosa. (Payo, de And.)
Estas deseadas condiciones que han de tener los bien casados, para que su matrimonio sea dichoso, son las siguientes:
1. Que los contrayentes sean iguales y semejantes.
2. Que se tengan amor.
3. Que el amor no sea demasiado.
4. Que no se tengan desconfianza el uno del otro.
5. Que la mujer no sea mucho mas rica que el marido.
6. Que no sean las edades muy desiguales.
7. Que la hermosura de la mujer sea decente; pero no extremada.
8. Que los genios sean mas aplicados al retiro que al esparcimiento profano.
9. Que no sean aficionados a juegos de intereses.
10. Que no sean pródigos ni avarientos.
11. Que sean devotos y virtuosos.
12. Que no amen la ociosidad.
13. Que excusen galas muy preciosas y ornamentos profanos.
14. Que las mujeres sean calladas, sufridas y pacientes.

Estos catorce artículos principales, dice el insigne portugués, hacen dichoso el casamiento. La igualdad entre los contrayentes es tan necesaria, que sin ella rara vez hay verdadera paz por lo cual dijeron los siete sabios de Aténas, que no hay desigualdad sin inquietud: Par parí jungatur conjux, etc. Y Plutarco dijo que el hombre que se casa con la señora de mayor nobleza, noi entra a ser esposo, sino vil criado, ó a vivir en un infierno. Aún las bestias desiguales no queria Dios se pusiesen bajo de un yugo, como consta de la divina Escritura (Deut., XXII, 10)
La segunda condicion de que se tengan amor, es tan necesaria, que si se aman no hallarán trabajo que les sea pesado, y en todos los contratiempos se harán inseparable compañía. Si no hay amor, el leve trabajo se hace intolerable, como dice san Agustín.
La tercera condicion de que el amor no sea excesivo, se funda en el manifiesto peligro de caer en algunos horrorosos celos; de que ya tratámos bastante en otra parte.
La cuarta condicion de que no se tengan desconfianza el uno del otro, es importantísima, y por eso la mencionó Salomon, diciendo: Confidit in ea cor virí sui; pero no ha de ser la confianza tan demasiada, que haga daño; como le sucedió al fuerte Sansón, que porfiarse de Dálila perdio la vida. También de esto hablamos en otro capitulo.
La quinta condicion es semejante a la primera; porque si la mujer es mucho mas rica que el varón, dice nuestro paisano Marcial, la mujer será el marido, y el marido la mujer. Muchos matrimonios se yerran, porque se buscan riquezas y no personas.
La sexta condicion dice, que no sean las edades muy desiguales. Sobre este punto hace el mismo Marcial unos epigramas tan chistosos, que no es fácil en nuestro idioma traducirlos, sin rozar la modestia. Joven, dice, con vieja no hacen pareja.
La séptima dice, que la hermosura de la mujer sea decente. Si es excesiva, regularmente pone al marido en muchos cuidados; y no le conviene a un hombre quieto andar con sobresaltos, dice el gran padre de la Iglesia san Juan Crisóstomo: Uxor nimis pulchra, res est suspicionis plena.
La octava, del prudente encogimiento, conduce mucho para que ni el marido éntre en recelo de la mujer por sus esparcimientos desahogados, ni la mujer imagine cosa fea de su marido, viéndole fuera de su casa muy jocoso. Esta es discreta prevención de un sabio de Grecia (Horat. sat. 1).
La nona condición es dignisima de reparo; porque la pasion del juego pierde las casas, y de dia en dia va de aumento. El poeta Juvenal dice horrores de los aficionados al juego; y si las mujeres comienzan a viciarse en esto, va todo perdido. Tal vez no hay para pagar los salarios de justicia, y se busca para el juego de la señora, sin hacerse escrúpulo de conciencia.
La décima condicion, que no sean pródigos ni avarientos, pide un medio término prudente para distinguir los tiempos, conforme lo advierte el sabio Salomon, diciendo que hay tiempo de guardar, y tiempo de gastar. La avaricia es origen y causa de muchos males (Eccli., III, 6).
La undécima, de que sean virtuosos, dice muchos bienes en uno. El Espíritu Santo dice, que es buscado con ansia el espíritu de los que temen a Dios, porque a esa noble condicion se siguen las bendiciones del cielo, y todas las prosperidades se llaman unas a otras: Spiritus timentium Deum quaeritur, etc. (Eccli., XXXIV, 14).
De la duodécima condicion, que trata de evitar ociosidad, ya tenemos hablado bastantemente en otro capítulo, como también de la trece y catorce.


En esta gravísima materia de dar estado de matrimonio los padres a los hijos, todo es poco cuanto se dice; y si Dios nuestro Señor no pone su mano poderosa para el acierto, no son bastantes las diligencias humanas para conseguirlo. Lo que se piensa acertar se yerra; y muchas veces lo que parece que se yerra se acierta. Solo Dios del cielo es bueno para casamentero. Su divina Majestad premia las virtudes del hombre justo, dándole mujer virtuosa y de sano juicio; y también castiga los vicios del hombre perdido, dándole una mujer inquieta y litigiosa para su continuo tormento. Uno y otro se halla expresamente en el sagrado texto (Eccli., XXVI, 3; et XV, 26). Dios nos asista. Amen.
R.P. Fray Antonio Arbiol
LA FAMILIA REGULADA

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