viernes, 22 de junio de 2012

De la canonización de San Vicente y de la traslación de su cuerpo

Acordándose el papa Calixto de la obligación que tenia al padre San Vicente, luego en verse papa hizo mirar con gran diligencia el proceso que en tiempo de Nicolao V se había formado para averiguación de la santidad y milagros de su coterráneo, y halló que estaba bueno y bien calificado con los dichos de más de cuatrocientos testigos, cada uno de los cuales afirmaba grandes maravillas del Santo. Ni crea nadie que todos los testigos eran gente vulgar e indocta, sino que había entre ellos personas de mucho lustre y crédito; es a saber: cardenales, obispos, abades, canónigos, frailes benitos, bernardos, franciscos, carmelitas y algunos dominicos, y uno de ellos inquisidor mayor del reino de Francia.
Item había muchos clérigos y curas de almas, maestros, bachilleres y muchos jueces y señores de lugares. Hasta el mesmo rey don Alfonso V de Aragón quiso decir su dicho en el proceso, porque, siendo mozo, le había conocido en Perpiñán. Pues como Calixto hallase masa para ello, no quiso dilatar más el negocio, sino qué en el primer año de su pontificado, que fue el de 1455, a los 29 de junio, día del apóstol San Pedro, y en su mesmo templo, con gran regocijo de toda la corte, le canonizó, declarando que el glorioso padre San Vicente estaba en el ciclo gozando de Dios. 
Pero porque un español que ha emprendido de escribir las vidas de los pontífices dice en la de Calixto que este pontífice canonizó a San Vicente en el principio del año 1458, que fue el postrero de su pontificado, no querría que alguno pensase que yo llevo errada la cuenta, y así quiero probar que digo verdad con algunos irrefutables testimonios, en los cuales se irán descubriendo algunas cosas que darán gusto a los lectores. Bien pudiera traer por constante testigo a San Antonino, que se halló en aquellos tiempos en Roma, y en el título 22, en el capítulo 14, dice que el primer año de su pontificado, día de San Pedro y San Pablo, le canonizó; pero no quiero sino traer otras pruebas. 
Primeramente, el papa Pío II lo dice así en la bula de canonización de San Vicente, la cual se pondrá en el capítulo siguiente. También en los libros y memorias de esta ciudad se halla lo mesmo. Y para más confirmación de esto, en el año de 1555, día de San Pedro, se había de hacer en esta ciudad una de las más solemnes procesiones y más costosas en juegos y músicas que se han hecho desde que ella es de cristianos, aunque por cierto estorbo se dilató para otra fiesta. E hizose la procesión en memoria de que el mesmo día se cumplían cien años justos desde la canonización de este Santo. Iban en ella todos los clérigos de la ciudad, que son muchísimos, con sus cruces y con riquísimas ropas de iglesia; iban las religiones y todos los caballeros y ciudadanos la acompañaban, y demás de esto todos los oficios llevaban sus banderas, y también los estandartes, que fue cosa muy de ver. Y traían un carro triunfal riquísimamente entapizado y con muchos brocados, y en él una como representación del Santo que predicaba, y de los moros y judíos, y otras gentes que le oían. Salió de la iglesia mayor la procesión y vino a esta casa, y con grande vuelta y rodeo se tornó a la mesma iglesia. 
Y así se hará el año de 1655, y verla ha quien viviere. Sin todo esto, en la sacristía del devotísimo convento nuestro del Corpus Christi de Lucente, el cual está edificado en el mesmo monte y en el propio lugar donde aconteció el grande milagro de los santos corporales de Daroca, hallé un libro muy auténtico y antiguo de todos los actos de los Capítulos generales de nuestra Orden desde el año 1442 acá, y en los del año 1456 hallé todo lo que se sigue: Hacemos saber a todos los religiosos de nuestra Orden que el santísimo señor nuestro, el señor Calixto por la divina Providencia papa III, el año pasado, es a saber, el de 1455, día de San Pedro y San Pablo Apóstoles, que cae a 29 de junio, en la iglesia de San Pedro de Roma, canonizó en presencia de toda su corte y de muchísima otra gente al bienaventurado varón el maestro Vicente Ferrer, de Valencia, de nuestra Orden, y esto con grande solemnidad y devoción, diciendo el mismo santísimo señor papa la misa y haciendo un devoto sermón. Púsole en la cuenta y catálogo de los santos que están en los cielos, y como verdadera y canónicamente canonizado mandó que todos los fieles le aceptasen y honrasen. Sin esto, quiso y mandó que en todos los conventos de nuestra Orden se celebre su fiesta a 5 de abril, y que en razón de esto se asiente en el calendario en aquel día, y que se haga del oficio como de todo doble, con los himnos y antífonas y responsorios, conforme ha encargado en este Capítulo general el reverendísimo maestro de la Orden. Sin esto, quiere que el nombre de San Vicente se ponga en la letanía después del de Santo Tomás, y que cada día se haga memoria de él, como de los otros santos de nuestra Orden. Túvose este Capítulo general en Montpeller, siendo General de la Orden el maestro fray Marcial de Auribeli.
Con otros testimonios tan claros como los pasados podría yo probar que el papa Calixto canonizó a San Osimundo, o Edimundo, inglés, y no Nicolao V, como aquel autor escribe; pero no me quiero detener en esto: basta que en el epitafio de Nicolao V, que el ya dicho autor trae, en el cual se pone una suma de las más principales cosas que Nicolao hizo, no se hallará que canonizase a San Edimundo, sino a sólo. San Bernardino de Sena, fraile de San Francisco. Pero volvamos a San Vicente, cuyo cuerpo, el año de 1456 a 5 de abril, fue trasladado con grandísima honra, como se escribe en el mesmo Capítulo general, y pasó de esta manera: El papa Calixto dió por protector de la Orden de Santo Domingo a Alano, cardenal de Santa Práxedes, legado suyo en Francia, el cual vulgarmente se llamaba el cardenal de Avignon. Era tan devoto de San Vicente este señor, que se quiso hallar con el maestro Marcial en Vannes a la traslación de su cuerpo, concurriendo también el obispo de la ciudad y el duque de Bretaña. 
Sacaron el cuerpo en el año y día que dijimos del sepulcro donde primero estuvo, y pusiéronle en un otro más rico que le habían aparejado. Acaecieron entonces muchos milagros, de los cuales en las actas ninguno se refiere en particular, porque ésta es nuestra flojedad ordinaria; y por este y otros semejantes descuidos se ha perdido la memoria de cosas principalísimas que han pasado en la Orden, y de santos muy grandes que ha habido en ella, de los cuales apenas nos acordamos nosotros, como de San Pedro González Telmo, el abogado de los marineros, de quien tanto caso se hace en la iglesia mayor de Túy, en Galicia, y en otras partes de España y aun de Italia, y no hay casi entre nosotros quien sepa su vida, por ser más antiguo con hartos años que Santo Tomás de Aquino. A lo menos yo apenas la he leído sino en una obra de un padre de San Francisco que anda de mano y en una historia de las cosas de la iglesia y obispado de Túy. Pero no quiero detenerme más en llorar nuestros descuidos, que son muchos.
Mandó el cardenal de Avignon hacer tres buenas cerrajas, con otras tantas llaves, para que el cuerpo de San Vicente estuviese bien guardado. La una de las llaves tomó para sí, la otra dió al duque de Bretaña, y la tercera al obispo de Vannes. Entretanto, el pobre del General, que veía delante sus ojos repartir las llaves de su tesoro y que él se quedaba privado de las reliquias del Santo, hizo grandes protestaciones en presencia de testigos, que no consentía en lo que se había hecho; y por esto propuso de volver a Roma a pedir al papa justicia del agravio que se hacía a la religión; pero, en fin, él se quedó sin nada, y nosotros también en esta tierra quedamos despojados de tan grande tesoro. 
Hizose el mismo dia en Vannes una solemnísima procesión, en la cual se hallaron más de 150.000 personas y como 100 frailes de la Orden que por su devoción fueron de diversas partes a ver el santo cuerpo. Esto es lo que se escribe en las actas sobredichas de la canonización y traslación de San Vicente.
Mucho después, siendo preso el rey Francisco I de Francia por el ejército de nuestro emperador Carlos V, en el año 1525 fue traído a España y desembarcó aquí en el Grao de Valencia. Algunos padres de esta casa, por no perder tan buena ocasión, le fueron a besar las manos, y rogáronle que, pues Dios le había guardado de los peligros del mar y traído a la tierra del santo padre fray Vicente, cuyo cuerpo él tenía en Vannes, prometiese de dar el cuerpo del mesmo Santo o alguna parte de él a este convento de Valencia, siquiera para que el Santo le favoreciese para salir con libertad de España, que era la cosa que el rey más deseaba. Porque, según tenía ofendido al emperador, temíase mucho de quedar toda su vida en prisión. Dióles, pues, su palabra, y aun les libró una cédula para que en Francia les diesen un brazo del Santo. Con este recaudo partieron de Valencia para Bretaña el maestro fray Luis Castelloli y otro padre, su compañero; pero hallaron tanta resistencia en Francia, que se hubieron de contentar con uno o dos huesos pequeños. Y con no más de esto se volvió a Valencia el compañero del maestro Castelloli, porque al maestro le tomó la muerte en Francia, aunque no desapercibido, pues algún tiempo antes había dicho que moriría día de Nuestra Señora de septiembre, en el cual era nacido también. 
Fue este padre uno de los famosos predicadores que nuestra nación ha producido después de San Vicente. Llegado el otro religioso con las riquezas que de Bretaña traía, fué inestimable el gozo que toda la ciudad recibió, y así las salieron a recibir con grande solemnidad por la puerta de los Serranos.
Fray Justiniano Antist O.P.
VIDA DE SAN VICENTE FERRER

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