martes, 26 de junio de 2012

Entrada de la Santísima Virgen en el Cielo.

Como reina, se asienta a la derecha de su Hijo, por cima de todas las jerarquías celestiales. Su bienaventuranza y su coronación final.

I. Apenas entregó la Virgen Santísima su alma purísima en manos de Dios; cuando entró en la gloria. No ha querido el Espíritu Santo revelarnos de modo preciso cuanto el cuerpo sagrado de María, preservado de toda corrupción, entró en posesión de la vida perfecta. Es opinión común y respetable que María no permaneció más de tres días en el sepulcro. Entonces salió, como Jesús, viva y glorificada en su carne para subir al cielo en pos de su Amado.
Pero, si se trata del alma y no ya del cuerpo, en el mismo instante en que ésta se separó de aquélla, en ese mismo punto comenzó la glorificación de María. Para Ella no hubo intervalo entre la muerte y la bienaventuranza substancial; es decir, la visión intuitiva y el goce de Dios. En efecto, nada de lo que en otros retrasa la entrada en el gozo del Señor, podía serle obstáculo. El artículo de nuestra fe que las almas más santas no son admitidas al eterno banquete antes de haber pagado hasta el último cuadrante de las deudas contraídas con la Justicia divina. Pero la Virgen inmaculada, pura de toda falta personal, ¿qué deuda tenía con la justicia de Dios?   
La doctrina católica nos enseña también que, antes de la muerte del Salvador, el cielo estaba cerrado para todos los hijos de Adán. Aunque hubiesen satisfecho plenamente por sus culpas propias, el pecado común de la naturaleza les impedía la entrada. Era preciso que el Pontífice de la Nueva Alianza se presentase delante de su Padre con el precio de la eterna Redención (Hebr., IX, 12 aq.), para que los justos, detenidos en la misteriosa región de los limbos, pudiesen penetrar en el reino de Dios. Esto es lo que, en sentir de los Santos Padres, estaba figurado en una prescripción de la Ley Mosaica, consignada en el libro de los Números: quienquiera que había cometido algún homicidio involuntario y quería librarse de la venganza de los parientes de su víctima, tenía que huir y morar en una de las ciudades de refugio, hasta la muerte del Sumo Sacerdote; entonces solamente podía volver impunemente a su casa (Núm. XXXV, 20, 28). José, e1 bienaventurado esposo de María, no se libró del destino común; por haber ignorado esto algunos autores o haberlo echado en olvido pretendieron hacerlo pasar inmediatamente después del último instante de su vida mortal a la visión de Dios; como si no hubíera sido él uno de los justos a quienes Cristo, por virtud de su Sangre, libertó cuando descendió a los infiernos (San Thom., 3 p., q., 62, a. 5). Pero cuando Maria entregó en manos de Dios su alma siempre inmaculada, Cristo, el Pontífice de los bienes futuros, había muerto, y, llevando la sangre de la Nueva Alianza, había entrado con su carne por las puertas del cielo y nos había franqueado la entrada. Así, pues, para María fue instantáneo el paso de las tinieblas de la vida perecedera a los admirables esplendores de la eterna luz.
No nos detenemos a examinar si el segundo obstáculo para la glorificación de los justos, anteriormente a la muerte del Salvador y Reparador de los hombres, podía ser un impedimento para aquella que, gracias al privilegio de su Concepción, no había participado de la común caída. Si convenía que el precio de sus gracias fuera efectivamente pagado antes de que recibiera la plenitud sustancial, que es la visión de Dios, no estaba ciertamente sometida a la sentencia de exclusión que pesaba sobre todos los hijos de Adán.
¡Cuánto holgaríamos de poder seguir con la mirada a María dejando la tierra y elevándose, ligera y majestuosa, al cielo! Pero sucede con su Asunción triunfante como con la Ascensión del Salvador: una nube la envuelve y la roba a los ojos de los mortales (Act., I, 9).  
A1 menos, nos es permitido entreverla en las brillantes imágenes que nos ofrecen las descripciones de los Santos Padres. He aquí, primeramente, a Jesucristo que desciende de los cielos al encuentro de su Madre virginal. Más de una vez ha venido Nuestro Señor a consolar y fortalecer en el último momento a sus amigos y servidores. Estuvo, de cierto y visiblemente, a la cabecera de José moribundo; ¿no podremos pensar, con San Juan Damasceno, que asistió de igual modo a su Madre? (San Joan. Damasc., hom. 2, in Dormit. Deip., n. 10. P. G., XCVI, 736).
Mas no bajó solo Jesucristo. "Leemos —dice un antiguo autor, ya citado— que muchas veces han venido del cielo los ángeles a honrar con su presencia las exequias de los santos; también se han oído sus cánticos en el aire en diversas ocasiones. Otras también, por obra de ellos, una luz celestial ha coronado a los amigos de Dios, mientras de sus cuerpos se exhalaban perfumes desconocidos en la tierra. Si para manifestar sensiblemente el mérito de sus elegidos a hecho Nuestro Señor tales maravillas por el ministerio de los ángeles, ¿cómo dudar que la milicia celestial honrase mucho más el glorioso cuerpo de la Madre de su Dios, de su Reina?" (Serm. de Assumpt., n. 8, in Mantissa Opp. S. Hieron. P. L., XXX, 130). Y concuerda con lo dicho la tradición de los orientales, según atestiguan San Juan Damasceno, San Andrés Cretense y otros, en sus homilías sobre la Dormición de la Santísima Virgen.
Y estos mismos ángeles sirvieron de escolta a María triunfante. Pero, aunque las pinturas que representan esta subida parecen insinuar lo contrario, no fue la virtud o fuerza de estos ángeles la que sostuvo y llevó a la Madre de Dios. Tenemos por testigos de nuestro aserto a sus compañeros celestiales, que, viéndola subir hacia las eternas morada, prorrumpen en este grito de asombro y admiración: "¿Quién es ésta que se eleva del desierto, inundada de delicias, apoyada en su Amado?" (Cant., VIII, 5).
Sube por su propia virtud, porque es cualidad de las almas glorificadas el libertar al cuerpo de las leyes de la gravedad y el poderlos mover a su arbitrio ("Ubi volet spiritus, ibi protinus erit Corpus", dice San Agustín, de Civit., L. XXII, e. últ.). Y, con todo, sube apoyada en su Amado, porque esta virtud que tiene de subir por sí misma le viene de Él; porque el Amado, elevándose con Ella, la tiene amorosamente cogida de su diestra (Cant., II, 6). Y la milicia celestial canta a coros; "¿Quién es ésta que avanza con la aurora, hermosa como la luna, escogida como el sol, poderosa como un ejército en orden de batalla?" (Ibídem, VI, 9). A lo que responde la escolta de María: "Es el templo de Dios, el santuario del Espíritu Santo, la púrpura del gran Rey; el Propietario, la Urna, el Maná y el Arca del Testamento... La Madre de Dios, la Esposa de Dios, la Hija de Dios, nuestra Reina y la vuestra" (S. Thom. a Vill., in f. Assumpt., conc. 2, II, II, 315).
A los cantos de triunfo de los espíritus angélicos, presto unen sus cánticos de alabanza las almas ya glorificadas: "Tú eres la gloria de Jerusalén; tú, la alegría de Israel, la honra de nuestro pueblo" (Judith, XV, 10).
"En cuanto a mí —dice Bossuet, celebrando este gran misterio—, si me es permitido mezclar mis propias ideas a secretos tan augustos, me imagino que Moisés, al ver a esta Reina, no pudo menos de repetir la hermosa profecía que nos dejó en sus libros: "Saldrá una estrella de Jacob, y una rama se levantará de Israel" (Núm. XXIV, 17). Isaías, embriagado del Espíritu de Dios, cantó a la Virgen que había de concebir y dar a luz a un Hijo (Isa., VII, 14). Ezequiel reconoció en Ella aquella puerta cerrada por la cual nadie entró ni salió nunca, porque el Dios de las batallas entró por ella (Ezech., XLIV, 2). Y en medio de ellos, e1 real profeta David arrancaba a su celestial lira este admirable cántico: "Veo a tu derecha, ¡oh, Príncipe mío!, a una Reina con vestido de oro, adornado de maravillosa variedad. Toda la gloría de esta Hija del Rey es interior; pero, eso no obstante, se halla revestida de divinos adornos. Las vírgenes se presentarán en pos de ella a mi Rey; serán conducidas a su templo con santa alegría" (Psalm. XLIV, 10, 14-16). Pero la misma Virgen dejaba suspensos a los espíritus bienaventurados y sumidos en respetuoso silencio, repitiendo del fondo de su corazón aquellas sublimes palabras: "Mi alma engrandece al Señor, y mi espíritu se llena de gozo en Dios, mi Salvador; y he aquí que todas las generaciones me llamarán Bienaventurada" (Luc., I, 46). Tal fue la entrada de la Virgen Santísima en el cielo. La ceremonia ha concluído; toda la pompa sagrada ha terminado. María es colocada en su trono, entre los brazos de su Hijo, en ese eterno mediodía, según expresión de San Bernardo" (Bossuet., serm. 1, l'Assompt., tercer punto).

II. La Madre de Dios ha entrado en la mansión feliz de los elegidos. ¿Qué puesto ocupará? ¿Qué lugar va a darle el Señor Dios, su Hijo? Dos fórmulas nos sujieren la respuesta: una, propuesta por varios de nuestros teólogos; otra, empleada por los Santos Padres. María —dicen los Santos Padres— toma asiento en un trono a la derecha de su Hijo, y la Santa Iglesia confirma este pensamiento, cuando aplica a la Madre de Dios estas palabras del Rey Profeta: "La Reina está sentada a tu derecha..." (Psalm. XLIV, 10). A Ella prefiguraba Esther, la libertadora de Israel, de la cual se escribe que el rey Asuero, habiéndola recibido en su cámara real, "la amó más que a todas las otras vírgenes..., y la colocó la diadema en la cabeza" (Esther, II, 16, 17). Figura profética de Ella fue también Bethsabée, madre de Salomón, cuando aquel Rey, gloriosa prefiguración de Cristo, viéndola venir hacia sí, "se levantó para salir a su encuentro, la saludó con una inclinación respetuosa y la hizo sentar en un trono a la derecha de su propio trono" (III Reg., II, 19).
Tal es la primera fórmula. Según la segunda, María, elevada muy por cima de los espíritus angélicos, constituiría por sí sola un orden aparte, un coro, una jerarquía, que ocupa, en cierta manera, un lugar intermedio entre la Jerarquía divina y las jerarquías creadas (Gerson, tract. 4, su per Magníficat, opp. IV, p. 286). Consideremos sucesivamente estas dos fórmulas.
A entender mejor el significado de la primera nos ayudará el recordar que en la Sagrada Escritura se usa, para expresar la relación entre Jesucristo glorioso y su Padre: "Y el Señor Jesús —dice San Marcos— fue elevado al cielo, y está sentado a la diestra de Dios" (Marc., XVI, 19). "Tenemos un Pontífice que está sentado en los cielos, a la diostra del trono de la Majestad" (Hebr., VIII, 1; cf. Rom., VIII, 31; Hebr., 1, 3 y 13; XII, 2; Eph., I, 20; Col. III, 1.). Y en otro lugar: "Jesucristo, después de haber vencido a la muerte, está a la diestra de Dios" (I Petr., III, 22). De la Escritura pasó esta fórmula a los símbolos de la fe, como vemos en el de los Apóstoles, en el de Nicea y en el de San Atanasio.
¿Cuál es su exacta significación? La respuesta depende de la manera en que consideremos a Cristo. Si lo consideramos en cuanto Dios, el estar sentado a la diestra del Padre es lo mismo que tener una misma gloria, una misma beatitud, un poder mismo con Él; gloria, poder y beatitud inmutablemente poseídos en un eterno reposo, pues que son la Divinidad misma. Si lo consideramos en cuanto hombre y en su Humanidad (Esta sesión de Cristo a la diestra del Padre se propone en los textos como término de su Ascensión ; por consiguiente, se hn interpretar sobre todo de Cristo en cuanto hombre), es también el reposo en la posesión segura de la grandeza, de la beatitud, del poder; pero de una grandeza, de una beatitud y de un poder inferiores a los de Dios, pues que son herencia y propiedad de una naturaleza creada; pero todavía tan excelentes, que ningún otro poder, ninguna otra grandeza, ninguna otra beatitud podrán jamás, no digo igualarles, pero ni aun siquiera acercárseles (Cf. S. Thom., 3 p., q. 58. Este hombre, que es Jesucristo, no es otro que el Verbo de Dios, subsistiendo en dos naturalezas. Se puede, pues, más aún, se debe decir con toda verdad que el hombre tiene en él la misma beatitud, la misma majestad, el mismo poder que el Padre; pero en su naturaleza divina y por su naturaleza divina. Aquí lo consideramos como hombre, es decir, en cuanto subsiste en su naturaleza humana y, por tanto, es inferior a su Padre, según él mismo declaró: Pater, major me est). Estas breves nociones bastarán para entender de qué manera y en qué sentido está la gloriosa Virgen sentada a la diestra de su Hijo. Lejos de nosotros la idea de que está materialmente sentada: lo que sería ridículo y fuera de razón cuando se trata del Hijo, no sería menos cuando se habla de la Madre.
Volvamos a San Pablo, y, y por lo que nos dejó escrito acerca del Hijo, juzguemos lo que se ha de pensar acerca de la Madre. Jesús —dice el Apóstol, siendo el esplendor de la gloria del Padre y la imagen de su substancia..., está sentado en lo más alto de los cielos, a la diestra de la Majestad. Tanto más elevado sobre los ángeles, cuanto el nombre que ha heredado es más alto que el nombre de ellos. Porque, ¿a qué ángel ha dicho Dios: Tú eres mi Hijo; Yo te he engendrado; y en otro lugar: Yo seré su Padre, y Él será mi Hijo? ¿A quién de los ángeles ha dicho el Señor: Siéntate a mi diestra hasta que ponga a tus enemigos por escabel de tus pies? ¿No son todos espíritus administradores, enviados como ninistros en auxilio de los que serán herederos de la salud?" (Hebr., I, 3-5, 13-14).
Tales son los títulos incomunicables que tiene Cristo para sentarse a la diestra del Padre. Pues esos mismos son, guardada la proporción debida, los que María tiene. También Ella está tanto más elevada sobre los ángeles y los hombres, cuanto el nombre que heredó es más alto que el nombre de todos. Porque, ¿a cuál de los ángeles, a qué criatura dijo nunca el Hijo de Dios: Tú eres mi Madre; hoy he sido engendrado de ti?. Todos son ministros; Ella sola, aunque se dió a sí misma el nombre de esclava, puede decir a Cristo, Señor de todos: Yo soy tu Madre, y tú eres mi Hijo. Así, pues, ¿a cuál de los ángeles o de los hombres ha dicho Jesucristo, con la misma verdad y la misma propiedad que a esta Virgen dichosa: Siéntate a mi diestra, comparte mi trono, mis bienes y todo e1 esplendor, el poder y el gozo de mi Humanidad?
María está sentada a la derecha de su Hijo. Así, pues, participa inmutablemente de todos sus bienes, de su beatitud, de su grandeza, de su poder. Comunión de beatitud, de grandezas y de poder que es en la Madre, respecto del Hijo, lo que es en el Hijo, considerado según su naturaleza humana, respecto del Padre: inferior y dependiente; inferior, porque la maternidad divina, que es el título de esa gloria, no iguala al privilegio de la unión personal con Dios; dependiente, porque, si todos los dones de la Humanidad de Cristo nacen, como de su fuente, de la divinidad del Padre, del mismo modo todo le viene a María de los méritos de Dios hecho hombre. Pero, al mismo tiempo, esta comunión de privilegios con Jesús glorificado sobrepuja inmensamente a toda comunicación hecha a las otras criaturas, aun a las más perfectas. De igual modo, pues, que el sentarse a la diestra del Padre es propio únicamente de Dios hecho hombre (Hebr., I, 13), así también es privilegio singular de María el estar sentada a la diestra de Jesús en una categoría a la cual ninguna otra criatura será jamás admitida. Por lo cual, si Jesucristo es Rey y Rey de reyes, su Madre puede reclamar legítimamente el título de Reina.
De aquí que por doquier resuena este cántico de alegría, de respeto y de amor: "Reina del cielo, alégrate. Salve, Reina y Madre de Misericordia. Regina coeli laetare. Salve Regina, mater misericordiae." ¿Dónde no se invoca a María con el nombre de Nuestra Señora, nostra Domina, título equivalente al de Reina?
Y cuando, con la Iglesia, le damos esta alabanza, no hacemos sino repetir lo que nos enseñaron los antiguos Padres de la Iglesia. San Efrén la saludaba como "Reina de todos los seres, nuestra gloriosísima Señora, aquella cuyos servidores y clientes somos todos; cetro que a todos nos rige y gobierna" (
de SS. Deigen laudibus, Opp. III (graece), pp. 575, 676). Y San Pedro Crisólogo, comentando aquellas palabras del Angel: "No temas, María", dice: "Gabriel, antes de exponer su embajada, anuncia a María su dignidad con el mismo nombre: porque María, en hebreo, se traduce por Señora y Soberana" (Serm. 142 P. L. LII, 579). Según San Tarasio, es la "Reina de todas las cosas" (hom. in SS. Deip. praesent., n° 9 P. G. XCVIII. 1492). Según San Juan Damasceno, su Asunción gloriosa "la puso en posesión de los bienes de su Hijo para que reciba los homenajes de toda criatura..., porque el Hijo sometió a su Madre todos los seres creados" (hom. in Dormit, B.V.M. n. 14 P. G. XCVI, 741). "Sí —dice en otro lugar, Ella es verdaderamente Soberana de toda criatura, desde que el Creador la hizo su Madre" (Ibídem. de Fit Orth L. IV. c. 14 P G.. XCIV, 1157).
Es Reina, como es Esposa, Hija y Madre, es decir, Reina única. No olvidamos que hay en el cielo otros reyes y reinas. ¿Acaso no dijo San Juan de todos aquellos "cuyos nombres están escritos en el libro del Cordero, que el Señor Dios los iluminará con los rayos de su rostro, y que reinarán por los siglos de los siglos"? (
Apoc., XXI, 27; col XXII, 4, 5: III. 21). ¿No es ésta una de las razones por las cuales se llama al Hijo del hombre Rey de reyes y Señor de señores; Rey cuyos fieles servidores son otros tantos reyes? (Apoc.. XIX, 16; Col. IV, 2 sq.). Y no es sólo en el Apocalipsis donde los elegidos se nos representan con aparato y pompa de reyes: con corona en la cabeza, sentados en tronos, cerca del Hijo del hombre y reinando con Él; el Evangelio, en más de un lugar, promete esta eterna gloria, fuera de María, a otros muchos. La promete a los Apóstoles (Luc., XXII, 30); la promete a cuantos siguieron el llamamiento del Padre (Marc., X, 40; Luc., XII, 32: etc); y la última palabra que ha de dirigir a los elegidos sobre la tierra es una invitación suprema "a poseer el reino que les está preparado desde el principio del mundo" (Math., XXV, 34).
Sí, por la gratuita munificencia de nuestro Dios, servirle fielmente es reinar. Y, con todo esto, la Bienaventurada Virgen María, su Madre, es por excelencia Reina, la Reina única. ¿Por qué? Porque toda otra realeza del cielo se obscurece y como que se eclipsa delante de la suya y no se puede comparar con ella. Entre los atributos de la soberanía que San Bernardino de Sena señala en el sermón que nos dejó sobre el Glorioso Nombre de María, ni uno hay que no se halle de manera sobreeminente en nuestra Madre. Ella es la única que no está sujeta a otro poder que al imperio de Dios; Ella sola goza de tal sobreabundancia de todos los bienes, que no necesita ayuda ni favor de las criaturas; Ella sola puede derramar con largueza, sin medida, las gracias y mercedes, porque su Hijo posee todos los bienes; Ella solo, en fin, puede autorizar su Realeza con un título incomunicable: el de la maternidad divina (
Bernard. Sen., serm. 3, de Glorioso nomine M., a. 1. Opp. IV, pp. 81, sqq.).
Reina única también, porque todos esos reyes y reinas se proclaman sus inferiores y súbditos.
Es Reina de todos, Regina coeli. Se da el título de rey de la oratoria al que a todos aventaja en el arte de bien hablar. Y, ¿no sobrepuja la Madre de Dios a todos los elegidos, no sólo en mérito y en gloria, sino también en aquello mismo que caracteriza, en cierto modo, la realeza de cada uno de ellos? Más ardiente que los serafines en el fuego del amor santo; más que los querubines, iluminada de luz divina; más poderosa sobre el infierno que las Potestades y las Virtudes de los cielos (
Albert. M., super Missus cat., q. 152. Opp. XX, p. 107); mas Madre del pueblo elegido; más unida con Cristo por los brazos de la sangre que los patriarcas; la primera, sin comparación, entre los Apóstoles, los Evangelistas, los doctores, los confesores, los mártires y las vírgenes.
Es la Reina de todos. ¿No véis a los bienaventurados, después de haber puesto sus coronas a los pies del Rey Jesús, declarando así que toda su gloria les viene de su gloria y a su gloria debe ir (
Apoc., IV, 9, 10); volverse a María para rendirle un homenaje, no igual, pero semejante, porque no hay uno que no le deba su diadema, siendo así que la gracia que los ha coronado, por medio de Ella la recibieron cuando les dió el Salvador?
En una palabra; es Reina de todos, porque no pueden prosternarse delante del Rey de reyes, Jesús, sin contemplar a su lado el trono de su Madre, levantado sobre sus tronos de servidores e hijos adoptivos de Dios, como pide la divinidad de quien es verdadera Madre de Dios. Así, que aquella muchedumbre de cabezas coronadas, no sólo no rebajan con su presencia la grandeza y la gloria de su título de Reina, sino que lo realzan casi hasta lo infinito. ¿No es cierto que Cristo nos parece tanto más grande, más majestuoso, más poderoso, más rey, cuantas más coronas proceden de su corona y más cetros se humillan ante su cetro? Por esto mismo, la realeza de María resplandece con brillo inefable. Hermoso es, sin duda, reinar sobre millones de súbditos, mayormente cuando éstos aman y respetan; pero tener una corte donde el número de reyes se cuenta por el de los súbditos, ¿no es un triunfo sin semejante? Pues tal es el triunfo de María.
Estas explicaciones de la primera fórmula, si bien lo miramos, bastan para entender la segunda, María, se nos dice, constituye en el cielo un orden aparte, un orden sobre todos los órdenes de todos los predestinados. Ella, por sí sola, es su coro y su jerarquía.
No hace al caso exponer ahora la doctrina común, que distribuye los espíritus angélicos en tres jerarquías, cada una de las cuales contiene un número igual de órdenes o de coros, escalonados unos sobre los otros; menos aún intentaremos resolver la cuestión de si los hombres formarán en el cielo una jerarquía propia, o serán incorporados, según sus méritos, a las legiones de los espíritus celestiales. La opinión más general, y la que parece más sólida, es la que admite esta incorporación. En efecto, lo que constituye la diversidad de las jerarquías y de los órdenes angélicos no es tanto la perfección de la naturaleza como la excelencia de la gracia: de donde se sigue la diversidad de funciones y de oficios. Ahora bien: si los hombres, aun glorificados, son inferiores a los ángeles en cuanto a la naturaleza, nada impide que los aventajen en mérito y en gracia. Y esto basta para justificar su admisión en las falanges celestiales. Asi, con esta incorporación, repararán los vacíos que la rebelión primitiva dejó en el cielo, cuando Lucifer y sus cómplices fueron echados de él y precipitados en el abismo (
Cf. S. Thom., 1 p., q. 108, a. 8, cura antec. et S. Bonac., in II, d. 9, a. 1, q. 1).
¿Quién no ve manifiestamente, después de lo que dejamos dicho, que la Madre de Dios no entra en orden alguno y sobrepuja a todas las jerarquías angélicas? Ya la miréis con relación a la gracia, ya la consideréis respecto a las funciones de que está investida en el reino de Dios, sobresale en todo y por todo.
Pero, resuelta esta primera parte de la cuestión, ¿es forzoso reconocer que, no perteneciendo María ni a orden alguno, ni a ninguna jerarquía de los predestinados, forma por sí sola una jerarquía distinta y superior, la segunda después de la Trinidad? No; respondemos. Y fundamos nuestras respuesta en la doctrina del Areopagita y de Santo Tomás, su intérprete más ilustre. En efecto, la jerarquía, el principado sagrado, según la propiedad de la palabra, encierra dos elementos esenciales, que son: pluralidad y subordinación, pues no otra cosa es la jerarquía que una multitud ordenada debajo de una autoridad común. Por esto, los dos insignes doctores que hemos citado no quieren que se hable de una jerarquía increada; porque, si bien en la Trinidad divina hay pluralidad, orden de naturaleza, la igualdad perfecta entre las personas en la unidad de una misma naturaleza excluye toda su subordinación propiamente dicha (
San Thom., 1 p. q. 108, a. 1. Cf. Dionys, de Coel. Hierarchia, c. 3). Pues con harta más razón, faltando a la vez a la Reina del cielo los dos elementos constitutivos de la jerarquía, sería notoria impropiedad el considerarla como una jerarquía completa y separada.
¿Qué diremos, pues, entonces? Lo que en el fondo quieren significar los que emplean esta manera de expresarse; lo que San Bernardino de Sena dijo, más acertadamente, cuando escribió de la Virgen que, presupuesta su dignidad de soberana de todas las criaturas y de Madre de Dios, "constituye por sí misma un grado, una categoría, un estado (statum) a los cuales no permite la recta razón que ninguna otra persona creada pueda ser convenientemente admitida, porque esta categoría, este grado, esta condición excluyen toda pluralidad: tan incomunicable es la dignidad de esta Virgen. En efecto, así como no conviene que haya varios Cristos, ni más de un Hombre-Dios, así no debe haber más de una Madre de Dios según la naturaleza" (
San Bernard. Sen, serm. 3 de Glor. Nomine Mariae, a. 2, c. 1. Opp. IV, p. 82).
Santo Tomás, en el texto de la Suma Teológica, al cual hemos aludido, después de haber asentado que la jerarquía, es decir, el principado sagrado, comprende "al príncipe y a la muchedumbre ordenada bajo el príncipe", prosigue en estos términos: "Ahora bien: como no hay más que un Dios, Rey supremo, no solamente de los ángeles, sino de toda criatura racional, es decir, de toda criatura capaz de participar de las cosas sagradas, tampoco no hay más que una jerarquía universal..."; la cual no excluye, sin embargo, las jerarquías particulares, como tampoco en un reino son incompatibles los cuerpos y gobiernos distintos con la subordinación común de todos bajo la autoridad del jefe supremo. ¿Por qué no decir de María que, por su dignidad trascendental y por, su influencia sin límites, está, después del Dios hecho hombre, a la cabeza de la jerarquía universal para ejercer en ella, de manera sobreexcelente, las tres funciones de los Jerarcas sagrados, purificando, iluminando y perfeccionando a los siervos y a los hijos de Dios, que son también los suyos? Pero estos conceptos serán expuestos más largamente, cuando hablemos de la Madre de los hombres.

III. Hemos dicho que, para María, sentarse como Reina en un trono a la diestra de Dios hecho hombre es participar, en una medida incomunicable, de su gloria, de su beatitud y de su poder. Tiempo es ya de explicar esta triple prerrogativa. Mas no nos alargaremos, ni sobre la gloria, ni sobre el poder de la Madre de Dios, porque entrambos pertenecen a nuestra segunda parte. Entonces será ocasión de tratar, tanto del culto debido a la Santísima Virgen, como de la manera en que Ella concurre a la salud de los predestinados: dos asuntos a los cuales se refiere naturalmente todo lo que se podría decir aquí de su gloria exterior y de su poder cerca de Dios. Queda, pues, la beatitud. Pero de ella tampoco hablaremos, sino brevemente, por dos consideraciones.
Primeramente, por nuestra impotencia para describir las perfecciones con que la sabiduría, la omnipotencia y el amor de Dios la han enriquecido en su cuerpo y en su alma, adorno más que regio de la Hija, de la Esposa y de la Madre. Aunque fuera cuestión del menor de los elogios, de un niño que no puede presentar en el tribunal de Dios más títulos que la gracia y la inocencia de su Bautismo, San Pablo mismo, el Apóstol arrebatado hasta el tercer cielo e instruido por el mismo Cristo para hablar de sus misterios, se declararía incapaz de concebir y de expresar la felicidad que le espera (
I Cor., II. 9). ¿Qué temeridad no sería, pues, querer explicar el peso inmenso de la gloria reservado por el Señor a la Reina de los predestinados, a su Madre?
Otra consideración que nos detiene es que para declarar convenientemente de esta materia sería preciso exponer todos los elementos de la bienaventuranza, antes de mostrar su perfecta realización en María: cuestiones harto extensas para recibir aquí las soluciones que requieren
. Rogamos, pues, al lector que recuerde o que lea lo que la teología católica enseña de la felicidad de los Santos, y luego se diga: de igual modo que la gracia de María sobrepuja la gracia de la muchedumbre innumerable de los elegidos, así la gloria de esta divina Virgen es superior a toda gloria creada; porque la gloria responde a la gracia como el fruto a la semilla.    
No es raro ver que se dan como medida de la gloria de María el número incalculable y la perfección sobreeminente de sus méritos. De cierto, quien sepa meditar el valor y continuidad de las obras santas que la Virgen Santísima ofrecía a Dios en el transcurso de su larga vida, tendrá con eso bastante para quedar maravillado y confuso. Pero, con todo, esa medida es inadecuada; porque el crecimiento espiritual no tiene por única causa el mérito personal ; de otro modo no habría sitio en el cielo para esos millones de niños que mueren regenerados por el Bautismo, pero sin haber hecho obra alguna meritoria. La gloria, repetimos, responde a la gracia, y la gracia es primero infundida en el alma independientemente de todo mérito, y la doctrina católica nos la muestra desarrollándose aun sin el mérito, o, por lo menos, en proporción mayor de la que el mérito reclama. Esto es lo que enseñan los teólogos con su célebre distinción entre el opus operantis y el opus operatum, y ya hemos visto los incalculables aumentos de gracia y santidad que de esta manera recibió la Virgen Santísima. Más propio sería decir que la medida de la gloria de María se ha de buscar en su maternidad; porque uno y otro modo de crecimiento espiritual tiene su razón primera en la divina maternidad. 
Nos contentaremos con indicar sumariamente algunos puntos de mayor importancia.
La bienaventuranza del alma, en su completo desarrollo, consta de tres actos igualmente durables, o, mejor dicho, igualmente eternos: ver a Dios, amar a Dios, gozar de Dios. Videbimus, amabimus, gaudebimus, dijo el gran San Agustín. Ahora bien: en cuanto a estas tres operaciones vivificantes, María no es sobrepujada sino por Dios hecho hombre, y no es igualada por persona alguna inferior a Él.
Su visión excede a todas las demás, tanto en intensidad, como en extensión. En intensidad, porque tiene por medida la perfección de la luz de la gloria, y ésta responde a la perfección de la gracia. Así, pues, cuanto más elevada está la Virgen en la gracia, tanto más penetra su mirada en los abismos luminosos del ser divino.
La misma visión sobrepuja a todas en extensión, conforme tendremos ocasión de explicar largamente en la segunda parte de nuestra obra. Notemos aquí solamente que en los misterios de la naturaleza y los de la gracia nada hay oculto para María. Aún más: algunos teólogos, como Suárez, estiman "piadosa y probable" la opinión según la cual María contempla en el Verbo, por la misma intuición que le revela las profundidades de Dios, todo lo que Dios mismo conoce con su ciencia de visión; por consiguiente, todos los seres distintos de Dios, de cualquier naturaleza que sean. Suárez no exceptúa sino lo que pertenece singularmente a la Humanidad de Cristo; por ejemplo, los pensamientos íntimos del Hombre-Dios; porque "no pertenece al inferior el leer así libremente en el corazón del Superior", a no ser que éste quiera revelar él mismo lo que en sí encierra (
Suárez, de Myster. vitae Christi, D. 21. S. 3, § 8, Exhis....). Pero, ¿hacia quién se inclinará Cristo para decirle sus secretos más íntimos, sino hacia su Madre amantísima y amadísima?
Y el amor beatífico responde al conocimiento. Lo que no es ley en el destierro, lo es en la patria. Estos dos actos van juntos en la unidad de una misma perfección en el seno de la Trinidad beatísima, de tal modo, que si Dios es por esencia la infinita comprensión de sí mismo, es también el amor infinito de sí mismo. El Verbo infinitamente perfecto tiene por término el amor personal en todo igual a él. Por consiguiente, como la imagen es conforme a su ejemplar, la misma ecuación se verifica en cada uno de los elegidos. ¿Concebís ahora el impetuoso anhelo de amor con que María se lanzará perpetuamente hacia aquella Hermosura amabilísima y amantísima, tan perfectamente conocida? Cierto, María la amaba ya en el destierro más y mejor que los predestinados la aman en la patria (
San Fr. de Sales., Trat. del amor de Dios, L. 3, cc. 7 y 8); pero hoy, que ve con luz incomparable más clara y más viva este océano de bondad, nada puede expresar la inmensidad de su amor. Ahora bien: amando a Dios ama con el mismo acto, en Dios y por Dios, y con el orden mismo con que Dios las ama, a las criaturas de Dios, y en particular a aquellas que recibió por hijos de adopción.
¿Hablaremos ahora de su gozo? El gozo procede del amor, como un efecto de su causa (
San Thom., 2-2, q. 28, a. 1). El gozo es como la hartura del amor. ¿Por qué esa alegría de corazón al saber cualquier acontecimiento feliz que ha ocurrido a tal persona? Porque la amáis. ¿Por qué esa alegría cuando la volvéis a ver y podéis vivir familiarmente con ella, después de una larga y dolorosa separación? Por eso también: porque la amáis. Esto enseña el Doctor Angélico en el lugar poco ha citado: "El gozo nace del amor, o viene por causa de la presencia del objeto amado, o porque la persona amada entra en posesión o goza con seguridad de su propio bien". He ahí —continúa— por qué el gozo espiritual es en nosotros fruto de la caridad: "porque la caridad, por una parte, es el amor de Dios, cuyo bien es inmutable como es infinito, puesto que Dios es asimismo su propia bondad; y, por otra parte, Dios, por eso mismo que es amado, está presente en aquel que lo ama, según la sentencia del Apóstol: El que permanece en caridad vive en Dios, y Dios en él" (Joan., IV, 10). Y por esto mismo, el gozo de la Virgen Santísima es ya un gozo sin medida.
No digáis que el bien de Dios, causa primera de esta alegría, no ha cambiado con su entrada en la gloria, y que, por otra parte, la caridad que hace que Dios le esté presente en la gloria es la misma que Ella tenía aquí abajo, en los últimos días de su vida mortal. Quien eso dijese, demostraría no haber entendido el razonamiento de Santo Tomás. No; el bien de Dios no es ya para María lo que era entonces. Sin duda, sabía que era infinitamente hermoso, infinitamente bueno, infinitamente perfecto, y nadie había apreciado nunca tanto como Ella aquel bien conjunto de todos los bienes, en que consiste la riqueza incomprensible de Dios. Pero, ¡cuánto mejor ve en la claridad que la inunda lo que es en sí misma esta insondable perfección del Dios de su corazón! ¡Cuánto más radiante y embelesadora se presenta a sus ojos la Sagrada Humanidad de Jesús! Por tanto, aunque los tesoros infinitos de amabilidad encerrados en el seno de Dios no han tenido aumento en sí mismos, se han más que centuplicado para María, gracias a la perfección de la visión cara a cara que le despliega, digámoslo así, ante sus ojos toda la inmensidad de las riquezas de Dios.
Cierto también que antes la caridad le hacía presente el bien de Dios. ¿Quién lo llevó nunca como Ella en el espíritu y en el corazón? Pero esta presencia, por íntima y sensible que fuese, era todavía la ausencia, porque la Virgen aún estaba entonces en camino; porque aún deseaba la disolución de su cuerpo para estar en Cristo; porque para Ella, como para todo justo de la tierra, morir fue ir a Dios, comoquiera que la visión sola de Dios basta para consumirnos en la presencia de Dios.
Cierto, en fin, que su amor de Dios había adquirido su último srecimiento cuando llegó para Ella la hora de la libertad; pero si la caridad, considerada como hábito o principio de amar, sigue siendo, al entrar en el cielo, lo que había sido en la tierra, el acto de amor adquiere un vigor, un ímpetu, una fuerza que debe a la perfección del conocimiento, porque sólo la intuición permite a la divina bondad ejercer plenamente todo su poder de atracción.
Hemos hablado de la felicidad que le viene a María de su amor de Dios. Pero aún hay para Ella otras fuentes de gozo. No olvidemos que el Hijo del hombre, que reina en lo más alto de los cielos, la llama su Madre; y lo es, en efecto. No olvidemos tampoco lo que dijimos del recíproco amor que se tienen, y entenderemos las delicias que han de producir en el corazón de María la contemplación de tal Hijo, los familiares coloquios de entrambos, las divinas caricias y los besos dulcísimos que de Él recibe. Recordemos, en fin, que los elegidos de Dios son también hijos de María; hijos tan amados, que por ellos entregó su Unigénito a la muerte más espantosa; y aunque no tuviera otro gozo que el que le causa la eterna bienaventuranza de éstos, se tendrá por muy contenta, y bendeciría a Dios por haberla hecho la más dichosa de las Madres.
Si hubimos de ceñirnos al tratar de la beatitud del alma, no fue con la esperanza de poder extendernos al tratar de la bienaventuranza del cuerpo: las mismas dificultades se nos ofrecen. La bienaventuranza corporal de los elegidos puede considerarse de dos maneras: en cuanto al ser y en cuanto a la actividad vital. Al ser se refiere lo que se ha convenido en llamar dotes de los cuerpos gloriosos; a la actividad vital, las operaciones en que se ejercitará la perfección propia de cada uno de los sentidos.
Ahora bien: en todo esto María conservará su preeminencia de Reina y de Madre. Descubrid, si podéis, los esplendores y las delicias de la humanidad sensible de nuestro Salvador, y os diremos, siquiera sea balbuceando, lo que es hoy el exterior en María; porque Ella es en el cielo el más perfecto traslado de Jesús glorioso. O bien, si os parece empresa menos desproporcionada a vuestra flaqueza, descubrid las bellezas y la divina embriaguez de su alma bienaventurada, y nos serviremos de ello para pintaros la radiosa aparición que Ella ofrece a los Santos con su carne angelizada, puesto que esta carne es viva y fiel expresión del alma, toda penetrada de su influencia, en perfecta consonancia con ella.

IV. Cosa frecuentísima es ver aplicadas a María, en su Asunción, estas palabras del Cantar de los Cantares: "He aquí que mi Amado me llama. Levántate, apresúrate, amiga mía, paloma mía, hermosa mía, y ven. Ven del Líbano, esposa mía; ven y serás coronada" (
Cant., II, 10; IV, 8). Tal fue la invitación que Jesús hizo a su Madre cuando esta Virgen, muriendo de amor, iba a elevarse de la tierra al cielo, apoyada en su Amado. ¿Por qué habla Jesús de coronación? ¿Por ventura no era ya Reina María? ¿Acaso no llevaba en su frente la diadema de su maternidad, de sus virtudes, de sus méritos y de su poder? Sin duda alguna; y, con todo, esta es la hora en que ha de ser coronada.
Va a serlo, porque todo lo que constituye su realeza recibe hoy su glorioso y final complemento: complemento de poder, complemento de luz, complemento de bienaventuranza, complemento también de gloria y de inmortalidad en todo su ser. Va a serlo, sobre todo, porque sus privilegios brillan de aquí adelante con esplendor sin igual, ante las miradas de los ángeles y de los hombres. Hasta ahora había sido una Reina oculta bajo un doble velo: el velo de su humildad, que le hacía guardar en su corazón el secreto del Rey celestial y no le permitía mostrar a los ojos de los mortales sino a la esclava del Señor; el velo que Jesús mismo había tendido sobre su Madre en los días de su vida mortal, cuando la conservaba encerrada en el humilde Nazareth, cuando delante de las turbas no le daba el nombre de Madre, cuando la llamó en su seguimiento a compartir las ignominias de su Pasión, cuando, volviendo al cielo, la dejó sola en la tierra, tan pequeña a los ojos de los hombres, que al recorrer las historias dijérase que nada significaba en el mundo. Pero hoy, ¡qué cambio tan maravilloso! Cambio durable y eterno. Cristo, en presencia del cielo entero, la llama mi Madre, y quiere que todo se incline delante de Ella: obligación, en verdad, dulcísima para el mundo de los elegidos; porque ¿no es, por ventura, deliciosísima fiesta el contemplarla en su trono de gloria, el encontrar su mirada, el acceder a sus menores deseos, el sentir el corazón derretirse de amor y de admiración delante de Ella?
Y he aquí que también la tierra se une a los venturosos moradores del cielo; María no será ya olvidada. Donde quiera que se predique el nombre de su Hijo, se celebrará su nombre, hasta el día en que llegue la completa y eterna revelación; entonces no habrá sino un inmenso y perpetuo Ave entre la multitud de los hijos de Dios reunidos delante del trono de la Madre de Dios y Madre suya.
¡Oh, María! Dígnate escuchar nuestra humilde plegaria, la plegaria de los que aún estamos en el destierro, lejos de ti. Vuelve hacia nosotros tus ojos misericordiosos; hacia nosotros, que gemimos, apartados de ti, en este valle de lágrimas. Muéstranos algún día tu rostro, y resuene tu voz en nuestros oídos; porque esa voz es dulcísima, y su rostro, la misma hermosura (
Cant., II, 14).
J.B. Terrien S.J.
LA MADRE DE DIOS...

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