martes, 5 de junio de 2012

LOS MARTIRES BAJO DIOCLECIANO, SEGUN EL RELATO DE EUSEBIO DE CESAREA (Primera parte)

En todo el siglo III, desde Septimio Severo, que, proveniente del II, irrumpe en él y vive hasta el 211, no se había levantado emperador de la talla de Diocleciano, gigante física y políticamente. En el IV, Constantino, otro gigante, no hará sino afianzar o continuar la obra de reforma administrativa de su antecesor—que con tan sospechosa mirada le acechó en su años mozos—y corregir su más grande error político: la persecución contra los cristianos. Nacido en la costa dálmata, de padre esclavo, de probable ascendencia germánica, fué el hombre que no sólo supo combatir, imponiendo o haciendo que sus lugartenientes impusieran el respeto al nombre romano en todas las fronteras del Imperio—hasta en las de la amenazadora Persia—, sino también transformarlo totalmente en sentido moderno. El ejército fué el camino de su prodigiosa ascensión. Hace las campañas de Aureliano, Probo y Caro. Es gobernador de la Mesia. Bajo Caro se le nombra comandante de la guardia palatina, los domestici del emperador. Muerto Caro, fulminado por un rayo, como si Júpiter mismo tuviera prisa por levantar al Imperio al hombre que éste necesitaba; asesinado Aper Numeriano, hijo de Caro, por el ambicioso Arrio, los generales eligen, en pleno campamento, al que hasta entonces llevaba el nombre griego de Diocles—la gloria de Zeus—y será conocido como emperador en la historia por el sonoro de Diocleciano. Era el 17 de septiembre de 284.
Desde esta fecha hasta el primer edicto de persecución—marzo de 303—transcurrieron no menos de diecinueve años. Durante ellos, diariamente pudo Diocleciano contemplar desde una de las ventanas de su palacio de Nicomedia la basílica cristiana que se levantaba frente a él en una altura, y a los fieles que a diario y en grandes masas, los días del Señor, se congregaban allí para sus actos de culto. Su palacio se fué llenando de servidores cristianos. No menos que su misma esposa Prisca y su hija Valeria simpatizaban con el cristianismo, siquiera evitaran proclamarse públicamente cristianas. El emperador no quiso enredarse con ellas por cuestiones religiosas. Cada cual pensaban los antiguos y, con ellos, Diocleciano podía ser feliz como le diera la gana. Personalmente hombre de acción, abrumado por la ingente tarea del gobierno, a la que se consagró con ejemplar tesón y espíritu de trabajo, el éxtasis neoplático le dejaba tan indiferente como la fe cristiana. Su devoción personal, que tenía más de política que de intima, era Júpiter, de quien tomó el sobrenombre de Iouius, así como dió a su colega Maximiano el de Herculius. Sin grave riesgo de error, podemos afirmar que Diocleciano era indiferente a toda fe religiosa y, desde luego, no sintió fanáticamente la vieja religión romana. ¿Cómo se explica, pues, que el nombre de Diocleciano vaya ligado a la más larga, a la más terrible, a la más sangrienta y exterminadora persecución que de parte del Imperio romano hubo de sufrir la Iglesia? Parece hemos de dar plena fe al relato de Lactancio, que en su de mortibus persecutorum, obra en realidad consagrada a la persecución de Diocleciano, de la que es testigo presencial, nos presenta a éste cediendo a la presión de su César Galerio, autor principal de la guerra de exterminio declarada a la Iglesia.
Galerio sí que debía de ser muy fanático. Hijo de una campesina transdanubiana, sacerdotisa de los dioses de las montañas, llevaba en la sangre la superstición religiosa. Ella, enemiga, como no podía ser menos, de los cristianos, inspiró a su hijo, sobre el que conservó siempre grande ascendiente, el odio más feroz contra los que lo eran de sus dioses montañeses y veía constantemente alejados, con horror, de sus banquetes religiosos.
Asociado como César del mismo Diocleciano en el sistema de la tetrarquía, éste le encomendó la defensa de la provincia del Danubio, y no se deslució en los comienzo de su mando, aniquilando, hasta extirparlos, a los fieros carpos, que inquietaban las fronteras del Imperio desde las montañas a las que han dejado su nombre. Poco más tarde, acompaña al Augusto en su expedición a Egipto y crece la confianza que éste le otorga. En fin, había que castigar definitivamente a Persia, cuyo rey Narses, envalentonado con el recuerdo de su abuelo Sapor, retaba al poder de Roma invadiendo la Armenia y arrojando de su trono a Tiridates, fiel vasallo y protegido de ella.
Galerio, sin embargo, fracasa en una primera expedición y por poco corre la suerte de Valeriano. Fugitivo y sin tropas, toma el camino de Antioquía, donde se halla con un escuadrón de soldados y al mismo Diocleciano con ellos. Durante una milla, obliga éste a su César derrotado a trotar, cubierto de púrpura y en presencia de los soldados, tras su carruaje, en el que finalmente le recibe. Al año siguiente, sin embargo (297), se resarce completamente con la más brillante victoria sobre el rey persa. Las fronteras del Imperio se dilataban más allá de la raya misma de Trajano; el honor de Roma quedaba vengado.
Pero Galerio no sólo venció a Narses, sino que se hizo dueño de Diocleciano. La soberbia del César fué tanta como el miedo del Augusto, viene a decir Lactancio. Lo cierto es que a partir de 297, se perciben los síntomas de un cambio en la política de tolerancia de Diocleciano, y a esta época hay que referir la depuración del ejército, cuyo agente principal fué el magister militum de Galerio, Veturio. Eusebio indica que sólo en contados casos se pasó más allá de la pérdida de los grados en el ejército hasta la efusión de la sangre. Galerio, si había de seguir las incitaciones de su supersticiosa madre (ad tollendos homines) y, sin duda, sus propios sentimientos, no podía estar satisfecho. El invierno de 303 lo pasó en Nicomedia con Diocleciano. Era el momento de echar sobre el platillo de la balanza en que estaba la suerte de los cristianos todo su ascendente sobre el ya viejo y débil Diocleciano. Pero aquí hemos de ceder la palabra a Lactancio, el profesor de retórica latina en la propia Nicomedia y más adelante preceptor del hijo de Constantino. Su sincero odio a Diocleciano, para el que no tiene palabra buena, da valor precisamente al dramático relato, en que vemos cómo el Augusto, paso a paso y a redropelo, se va rindiendo a la violencia impetuosa del arrogante César:
"Era su madre (la de Galerio) adoradora de los dioses de los montes y, mujer en extremo supersticiosa, casi a diario ofrecía sacrificios con banquetes a que convidaba a sus aldeanos. Absteníanse los cristianos, y mientras ella con los gentiles banqueteaba, ellos insistían en sus ayunos y oraciones. De ahí vino la mujer a concebir odio contra ellos, y con mujeriles quejumbres incitó a su hijo, que no le iba a la zaga en la superstición, a acabar con aquel linaje de hombres. Ambos emperadores, pues, deliberaron durante todo el invieno. Nadie era admitido al consejo y todo el mundo creía que se estaban tratando los asuntos de supremo interés del Estado. El viejo resistió por largo tiempo al furor de Galerio, poniéndole delante lo pernicioso que había de ser perturbar a todo el orbe de la tierra; que no era bien derramar la sangre de muchos; que es común entre los cristianos entregarse gustosos a la muerte; bastante era prohibir la práctica de aquella religión a los palaciegos y militares. Con todo eso, no logró doblegar la insania de aquel hombre temerario. En vista de ello, determinó Diocleciano consultar el parecer de los amigos. Tenía, en efecto, esta taimada costumbre: cuando decidía hacer algo bueno, lo hacía sin consultar a nadie, para llevarse él toda la gloria; mas cuando intentaba algún mal, como sabía que sería objeto de censuras, llamaba a deliberar a muchos, para que recayera en los demás la culpa que sólo él tenía. Fueron, pues, admitidos unos pocos civiles y militares, y, conforme a su categoría, se les iba preguntando su sentir. Unos, por su odio personal contra los cristianos, opinaron que debían ser eliminados como enemigos de los dioses y contrarios a la religión oficial; otros, que personalmente sentían de otro modo, como sabían lo que su amo quería, por miedo o por adulación vinieron de buena gana en la misma sentencia. Pero ni aun así se dobló el emperador a dar su asentimiento, sino que determinó de todo punto consultar a los dioses mismos y mandó un arúspice a Apolo Milesio. Éste respondió como enemigo de la religión divina. Derrotado, pues,-en su propósito y no pudiendo contrastar a sus amigos, al César y al mismo Apolo, por lo menos puso todo su empeño en que el asunto se llevara con esta mínima moderación, a saber: que no se llegara hasta el derramamiento de sangre, cuando el César proponía quemar vivos a cuantos se negasen a sacrificar".
La gran batalla, pues, va a iniciarse; la última gran batalla de una guerra que, con alternativas de varia intensidad, llevaba ya más de doscientos años empapando el Imperio de sangre cristiana. El año memorable de 64, cuando aún humean los escombros de la Roma neroniana, abrasada por el terrible incendio, el institutum Neronianum decretaba lacónica y draconianamente: Christiani non sint; en el mes de abril de 311, el sucesor de Nerón, que con más encono, con más furor y encarnizamiento había intentado el exterminio de los cristianos, postrado en su lecho de muerte, putrefacto su cuerpo, presa de cobarde miedo su alma, hace fijar en las paredes de Nicomedia—la lejana Roma del Imperio tetrártico—un edicto, cuya palabra esencial es ésta, eco remoto y palinodia exacta de la neroniana: Ut denuo sint christiani.
La historia, dramática sobre toda ponderación, de esta última fase de la lucha secular entre el Imperio y la Iglesia, la conocemos por fuentes varias y excelentes. Tales son los libros VIII y IX de la Historia de la Iglesia de Eusebio; la obra De mortibus persecutorum, de Lactancio, y las actas de los mártires de esta época, conservadas en número apreciable, siquiera muy inferior a lo que era de esperar de la grandeza de la lucha. La Historia de la Iglesia de Eusebio de Cesarea ha sido exactamente calificada como el primer gran manifiesto de la Iglesia triunfante. Concebida en sentido apologético, con el claro intento de demostrar la divinidad de la Iglesia, vencedora en lucha desigual de todos los poderes terrenos que le salieron al paso desde los primeros días de su existencia, y señaladamente del colosal poder del Imperio romano, empeñado secularmente en su aniquilamiento, en ella se la ve, efectivamente, marchar con paso seguro, teñida de la sangre de sus mártires, hacia la definitiva victoria, que para el obispo de Cesarea debió de coincidir con la de Constantino sobre su último rival, Licinio, el año 324. Esta fecha, por lo menos, cierra los diez libros de su Historia de la Iglesia.
Mas llegando a la persecución de Diocleciano, "a la persecución de nuestro tiempo", como él invariablemente la designa, Eusebio, más que historiador, es testigo. "No es tarea nuestra—escribe en HE, VIII, 13, 7—escribir los combates que por la religión divina sostuvieron los mártires en toda la extensión del orbe de la tierra, ni narrar por menudo cuanto a cada uno de ellos aconteciera; en cambio, sí que pudieran tomarla como propia los que fueron testigos presenciales de los hechos. Por mi parte, intento dar a conocer a la posteridad aquellos a los que yo mismo asistí..."
Todo el libro octavo, pues, de la Historia de la Iglesia, que comprende la narración de la persecución de Diocleciano hasta el edicto de tolerancia de Galerio, ha de figurar íntegro, por derecho propio, en la presente colección, pues es a par un amplia acta y un valioso documento de martirio.
Al estallar la persecución en 303, Eusebio se hallaba en Cesarea de Palestina (donde probablemente había también nacido hacia el 263), trabajando pacíficamente al lado de su amo y maestro, Panfilo, en la escuela y rica biblioteca allí fundada por el gran Orígenes. Muerto Panfilo, huyó a Tiro y luego a Egipto, presenciando los martirios acaecidos en ambas partes y siendo, por fin, también él encarcelado por la fe. Más adelante, sus enemigos atribuirán su libertad a un acto de apostasía, lo que demuestra que la costumbre de defender una tesis, aunque sea la verdadera, denostando al adversario, no es invención de nuestro tiempo. Lo probable es que Eusebio, como tantos otros, recobrara su libertad a consecuencia del edicto de Galerio en 311. El hecho es que, no contento con las noticias que sobre los mártires de Palestina intercala en la narración general de la persecución, a ellos dedicó una obra especial, De martyribus Palaestinae, que nos ha llegado en doble redacción: una, más antigua y más breve, se conserva en griego, y se nos ha trasmitido como apéndice al libro VIII de la HE, donde ocupa efectivamente su propio lugar; otra, más extensa, sólo conocida por versiones siriacas y algunos breves fragmentos griegos.
Ambas obras las tiene seguidamente el lector en su texto y versión, y, aparte su valor en sí, ninguna introducción mejor podíamos ofrecerle a las actas de los mártires bajo Diocleciáno.

Los mártires bajo Diocleciano, 
según el relato de Eusebio de Cesarea.
1. Cuánta fuera la gloria a par de la libertad de que gozó entre todos los hombres, griegos lo mismo que bárbaros, antes de la persecución de nuestro tiempo, la doctrina de la piedad para con el Dios del universo predicada al mundo por Cristo, cosa es cuya narración, de hacerse como ella merece, superaría nuestras fuerzas, baste citar como prueba el buen acogimiento que los príncipes dispensaban a los nuestros, a quienes llegaron a encomendar el gobierno de las provincias, dispensándoles, por la benevolencia que sentían hacia nuestra religión, de la angustia de tomar parte en los sacrificios. ¿A qué hablar de los que habitaban en los palacios imperiales y aun de los supremos gobernantes del Imperio? Éstos consentían que sus domésticos—y entre ellos se contaban sus esposas, hijos y servidores—gozaran, a cara descubierta, de plena libertad, en palabras y obras, respecto a la doctrina divina, y poco faltaba si no les permitían hacer público alarde de la libertad de su fe. A los servidores cristianos distinguíanlos con preferencia a sus compañeros paganos, como en el caso del famoso Doroteo, favorito por encima de todos los otros y fiel, por su parte, como nadie, y por ello honrado más que los mismos que ocupaban las magistraturas y gobiernos de las provincias. Lo mismo pudiera decirse de su compañero Gorgonio, famosísimo como él, y de cuantos, en situación semejante a la suya, alcanzaron honor parejo por respeto a la palabra de Dios. 
¡Era de ver con qué respeto y consideración trataban todos los procuradores y gobernadores a los dirigentes de cada Iglesia! ¿Y quién podrá describir aquellos acrecentamientos de millares de hombres que se agregaban a la Iglesia, las muchedumbres que en cada ciudad se reunían y los famosos concursos en los lugares de oración? Por esto justamente, no bastando ya los antiguos edificios, se levantaron desde sus cimientos nuevas y amplias iglesias por todas las ciudades del Imperio. Y que todo esto avanzara con el tiempo y, día a día, cobrara nuevo acrecentamiento y grandeza, no hubo envidia capaz de impedirlo, ni demonio malo que con maléfico hechizo lo malograra, ni con maquinaciones humanas lo deshiciera, mientras la mano divina y celeste protegía y guardaba a su pueblo, digno, por cierto, de su guarda y protección. Mas la demasiada libertad nos llevó a la tibieza y negligencia, y los unos envidiaban e injuriaban a los otros, y ya sólo faltaba que nos hiciéramos la guerra a nosotros mismos con las armas en la mano, y bien pudieran llamarse lanzas las palabras que nos dirigíamos; los obispos rompían contra los obispos, los pueblos se sublevaban contra los pueblos, y una hipocresía y ficción sin nombre subía a lo más alto de la maldad. 
Entonces fué cuando el juicio de Dios, suavemente, según acostumbra hacerlo, en plena libertad para celebrar las reuniones del culto, iba poco a poco y con moderación preparando su visita, empezando la persecución por los fieles que servían en el ejército. Mas, como insensatos, no nos preocupamos de hacernos propicia y misericordiosa la divinidad, sino que, al modo de ateos que piensan que cuanto nos atañe no es objeto de providencia ni vigilancia alguna, fuimos añadiendo maldades a maldades. Los que parecían pastores entre nosotros, rechazada la regla de la piedad, se encendían en mutuas rivalidades, sin que se viera otro crecimiento sino el de sus contiendas, sus amenazas, sus celos y el mutuo odio y aborrecimiento, vindicando sus honores con el furor con que se asalta una tiranía. Entonces fué cuando, según la palabra de Jeremías, oscureció el Señor en su ira a la hija de Sión y derribó de lo alto del cielo la gloria de Israel y no se acordó del escabel de sus pies en el día de su cólera, sirio que hundió el Sefior en el abismo todas las preciosidades de Israel y echó por tierra todas sus vallas (Ier. II, 1-2). Y según lo profetizado en los salmos, derribó el Señor el testamento de su siervo y profanó en tierra, por la destrucción de las Iglesias, su santuario, y echó abajo todas sus cercas y convirtió sus fortificaciones en cobardía. Todos los que pasaban por el camino saqueaban a las muchedumbres de su pueblo, y se convirtió además en oprobio para sus vecinos. Porque exaltó la diestra de sus enemigos y apartó la ayuda de su espada de dos filos y no le protegió en la guerra; sino que le despojó de su pureza hizo añicos sobre el suelo su trono, abrevió los días de su vida y derramó, en fin, sobre él la vergüenza (Ps. 88, 40-46).

2. Todo esto, en efecto, se ha cumplido en nuestro tiempo, cuando por nuestros mismos ojos hemos visto arrasadas hasta sus cimientos las casas de oración y entregadas al fuego en pública plaza las divinas Escrituras; a los pastores escondiéndose vergonzosamente de aquí para allá, prendidos indecorosamente y hechos objeto de escarnio de los enemigos; cuando, según otra palabra profética, se derramó el baldón sobre los príncipes y los hizo errar por lo intransitable y no por el camino (Ps. 106, 40). Mas no nos toca a nosotros describir el desastrado término de todos éstos, así como no hemos creído nos cumplía dejar memoria de sus mutuas disensiones y extravagancias de antes de la persecución. Sólo nos hemos decidido a contar sobre ellos lo que basta a justificar el juicio divino. Por el mismo caso, no hemos querido hacer mención de los que han sido probados por la persecución o de los que sufrieron total naufragio de su salvación y que por su propia determinación se precipitaron a los abismos de la tormenta, sino que en esta historia general sólo pensamos poner lo que pueda ser de utilidad, primero a nosotros mismos y luego a los que tras nosotros han de venir.
Vamos, pues, a narrar ya brevemente los sagrados combates de los mártires de la divina doctrina. Era el mes diecinueve del Imperio de Diocleciano, el mes Distro, que corresponde al que los romanos llaman marzo, cuando, en las proximidades de las fiestas de la Pasión del Salvador, se proclamaron por dondequiera los edictos imperiales ordenando arrasar hasta el suelo las iglesias y hacer desaparecer por el fuego las Escrituras; los que gozaban de cualquier titulo de honor lo perdían, y los que estaban en servidumbre perdían todo derecho a la libertad si permanecían en la profesión de los cristianos. Tales eran los términos del primer edicto promulgado contra nosotros; pero no tardaron mucho en aparecer otros por los que se ordenaba encarcelar, primero, a todos los presidentes de las Iglesias por todo lugar del Imperio, y obligarlos, luego, por todos los medios, a sacrificar.

3. Entonces la mayor parte de los que gobernaban las Iglesias, luchando animosamente en terribles torturas, llevaron a cabo grandes combates, dignos de la historia; otros, en cambio, en número incontable, entorpecida ya de antemano su alma y fácil presa, por ello, del enemigo, se mostraron débiles desde la primera acometida. De los otros, cada uno sufrió género distinto de tormento: uno, tundido todo su cuerpo a azotes; otro, suspendido en el potro y desgarrado por insoportables uñas de hierro, hallando ya algunos en estas torturas un terrible fin de su vida. Todavía terminaron otros de otros modos su combate. A uno le empujaban violentamente y le acercaban a los abominables e impuros sacrificios, y, aun sin sacrificar, pasaba para ellos como si hubiera sacrificado; otro, que no se había en absoluto acercado ni tocado cosa sacrilega, afirmaban haber sacrificado y tenía que irse soportando en silencio la calumnia; otro, levantado medio muerto, era ya arrojado como un cadáver, y no faltó quien, tendido en el suelo, fue largo trecho arrastrado por los pies y se le contó entre los que habían sacrificado. Había quien a grandes voces protestaba que jamás había de sacrificar, y más allá gritaba otro ser cristiano y hacia gala de confesar este nombre salvador; otro, en fin, afirmaba enérgicamente que ni había sacrificado ni sacrificaría jamás. Sin embargo, aun a éstos, a fuerza de brazos del pelotón de soldados apostados para este fin, se los empujaba violentamente a los sacrificios, obligándoles a callar a puñetazos sobre la boca y abofeteándoles cara y mejillas. En tanto estimaban los enemigos de la religión tener por todos los medios una apariencia de haber logrado sus intentos.

4. Mas bien lejos estuvieron de tener el éxito que ellos querían sus trazas contra los santos mártires; para cuya cabal relación, ¿qué discurso será bastante? Pudieran, en efecto, contarse por millares los que mostraron ánimo maravilloso por la religión del Dios del Universo, no sólo a partir del momento en que estalló la persecución general, sino desde mucho antes, cuando todavía se gozaba de paz. Porque poco a poco, al principio, se puso en movimiento, como quien despierta de un profundo sueño, el que tiene el poder en este mundo, y, a sombra de tejado y sin dar la cara, iba maquinando contra las Iglesias después del período de tiempo a partir de Decio y Valeriano. No quiso por entonces salir a combate contra el grueso de los creyentes, sino que, por de pronto, tentó fortuna con los que servían en el ejército, pues se imaginaba derrotar por este camino fácilmente a los otros si salía vencedor en su lucha contra aquéllos. Entonces fué de ver la mayoría de los que profesaban las armas abrazar de buena gana la vida privada antes que verse en trance de renegar la religión del Hacedor de todas las cosas. Y, en efecto, apenas el general del ejército, quienquiera que fuera, empezó la persecución contra los soldados cristianos, dividió en clases y depuró a los que servían en el ejército. Dióles a escoger entre, obedecer y conservar el grado que poseían o, de oponerse a las órdenes imperiales, perderlo. Ante esta alternativa, la mayoría de los que eran soldados del reino de Cristo, sin vacilación ni duda ninguna, prefirieron la confesión de su fe a la aparente gloria y bienestar de que gozaban. Por entonces aún era raro que uno que otro perdiera no sólo su graduación, sino que la constancia en la religión le costara también la vida, pues hasta cierto punto procedía con moderación el que dirigía entonces la maquinación, no atreviéndose a llegar a la efusión de sangre sino en algunos, temiendo, a lo que parece, la muchedumbre de los fieles y vacilando aún en lanzarse a la guerra contra todos en masa.
Mas cuando ya descubiertamente salió a la lucha, no hay palabra que pueda contar la muchedumbre y gloria de los mártires de Dios que era dado contemplar con sus ojos a cuantos moraban en ciudades y campos de todo el Imperio.

5. El hecho fué que apenas se había fijado en Nicomedia el edicto contra las Iglesias, un cristiano nada oscuro, sino de los más notables en las que el mundo tiene por dignidades, animado de celo de Dios e impulsado por su encendida fe, lo arrancó del lugar patente y público en que estaba puesto y lo hizo pedazos, por considerarlo sacrilego e impiísimo, a pesar de hallarse en la ciudad dos emperadores, el más antiguo de todos y el que ocupaba el cuarto puesto después de él en el Imperio. Éste fué el primero de los que allí se distinguieron por acto semejante de valor y, tras sufrir los tormentos que son de suponer por tamaña audacia, conservó su serenidad y su calma hasta el último aliento.

6. Por encima de todos cuantos fueron jamás contados como admirables y celebrados, lo mismo entre griegos que entre bárbaros, por su valor, el tiempo actual ha puesto a los servidores imperiales, mártires divinos y excelsos, compañeros de Doroteo; los cuales, honrados por sus soberanos dueños con el supremo honor y tratados con afecto que no le iba en zaga al amor de hijos, tuvieron por mayor riqueza, como en verdad lo es, que la gloria y delicias de la vida, las injurias, los trabajos, los multiformes géneros de muerte contra ellos inventados y sufridos por la religión. De ellos sólo vamos a recordar cómo terminó uno solo su vida, dejando a los lectores que por él deduzcan lo que debió de acontecer a los otros.
Uno de ellos, pues, en la citada ciudad de Nicomedia fué presentado ante los también mentados emperadores y se le intimó que sacrificara. Al negarse a ello, se dió orden de que se le levantara en alto, desnudo, y le desgarraran a azotes hasta que, rendido, hiciera de grado o por fuerza lo que se le mandaba. Sin embargo, en todo este sufrimiento se mantuvo inflexible; cuando se le descubrían los huesos, derramaron vinagre mezclado con sal sobre las partes desgarradas de su cuerpo. Pisoteó también el mártir estos dolores, y entonces trajeron allí unas parrillas y fuego y, como si fueran a asar carne para comer, se iba consumiendo bajo el fuego lo que le quedaba de su cuerpo, pero no en una gran hoguera, pues no se quería que muriera a prisa, sino a fuego lento, con orden a los que le quemaban de no soltarle hasta que, siquiera tras estos tormentos, viniera en hacer lo mandado. Mas él, tenazmente asido a su resolución, vencedor de todas las torturas, entregó su alma. Tal fué el martirio de uno de los servidores de palacio, digno en verdad del nombre que llevaba. Se llamaba, en efecto, Pedro, es decir, "roca"
No fueron menos gloriosos los de los demás cuyo relato, por atención a la brevedad, omitiremos, contentándonos con contar que Doroteo y Gorgonio, juntamente con otros muchos del servicio imperial, después de los más varios combates, murieron estrangulados, alcanzando así los premios de la divina victoria. 
En este tiempo, Antimo, que presidía entonces la Iglesia de Antioquía, fué decapitado por el testimonio de Cristo, a quien siguió una muchedumbre incontable de mártires. Porque fué el caso que, prendiéndose por aquellos mismos días fuego, no se sabe cómo, en los palacios de Nicomedia, se sospechó falsamente y corrió el rumor de que el incendio había sido provocado por los nuestros y, por arbitrio imperial, se condenó en masa a muerte a todos los cristianos de la capital, siendo unos pasados a filo de la espada y otros quemados vivos. Con esta ocasión es tradición que hombres y mujeres, llevados de cierto divino e inefable fervor, saltaban por sí mismos a la hoguera. 
Otra muchedumbre, en fin, atándola a esquifes, la precipitaban los verdugos a los abismos del mar. En cuanto a los servidores de palacio, que después de ejecutados habían recibido sepultura con los debidos honores, opinaron los que son tenidos por señores del mundo que había que desenterrarlos nuevamente y arrojarlos también al mar, no fuera que—así al menos pensaban ellos—vinieran algunos a sus sepulcros a adorarlos, teniéndolos por dioses. Tales fueron los acontecimientos cumplidos en Nicomedia en los comienzos de la persecución. Poco después hubo en la región llamada Melitene un intento de apoderarse del Imperio y otro en Siria; ello bastó para que saliera un edicto imperial ordenando arrestar y encarcelar a todos los dirigentes de las Iglesias. 
El espectáculo que entonces se dió sobrepasa toda narración. Una muchedumbre infinita fué aherrojada por todas partes, y las cárceles de todo el Imperio, de antiguo preparadas para asesinos y violadores de sepulcros, estaban entonces rebosantes de obispos, presbíteros y diáconos, lectores y exorcistas, de suerte que no quedaba ya lugar allí para los condenados por criminales.
A los primeros edictos siguió otro en que se ordenaba poner en libertad los presos que sacrificaran y atormentar con todo linaje de torturas a los que resistieran. ¿Quién será capaz de enumerar la muchedumbre de mártires que este nuevo edicto produjo en todas las provincias y señaladamente en Africa, en la Mauritania, en la Tebaida y en Egipto? De Egipto en particular hubo quienes pasaron a otras ciudades y provincias y se distinguieron por gloriosos martirios.

7. Sabemos los que de entre ellos brillaron en Palestina; sabemos también los que se cubrieron de gloria en Tiro de Fenicia. Al verlos, ¿quién no quedará atónito ante los azotes innumerables y el valor con que los soportaban estos en verdad maravillosos atletas de la religión? Inmediatamente después de los azotes seguíase el combate con las fieras carniceras, y allí era de ver las arremetidas de los leopardos, de osos de diferentes especies, y jabalíes y toros enfurecidos por hierros candentes, y la serenidad maravillosa con que las recibían aquellos generosos luchadores. Nosotros mismos nos hallamos presentes y fuimos testigos de cómo la fuerza divina de nuestro Salvador, de quien ellos daban testimonio; la fuerza, decimos, de Jesucristo mismo asistía y se mostraba patente a sus mártires, pues vimos cómo por mucho tiempo no se atrevían aquellas fieras carniceras a tocar ni acercarse siquiera a los cuerpos de los amigos de Dios, y se lanzaban, en cambio, sobre los que, de fuera, claro está, las azuzaban. 
Sólo a los sagrados atletas, allí, en pie, desnudos, haciéndoles señas con las manos y tratando de atraérselas hacia sí -pues así se les mandaba hacer—no los tocaban en absoluto. Hubo, sí, veces en que también sobre los mártires se lanzaban; pero rechazadas como por una fuerza más divina, retrocedían nuevamente. El hecho, varias veces repetido, llenó de pasmo a los espectadores, de suerte que, ante la inacción de la primera, a un solo y mismo mártir se le soltaban dos y tres fieras. Era para quedar atónito ante el intrépido valor de aquellos santos mártires y de la inflexible constancia en aquellos cuerpos jóvenes. Allí, en efecto, se veía a un joven, de no cumplidos veinte años de edad, de pie, sin atadura alguna, con los brazos extendidos en forma de cruz, dirigiendo a Dios con toda calma largas preces, conservando una mente imperturbable e intrépida, sin moverse ni retirarse un punto del lugar en que de primero se pusiera, mientras los osos y leopardos, respirando furor y muerte, le rondaban y casi tocaban sus carnes; mas cerradas, por decirlo así, sus fauces, no sabríamos explicar por qué divina y secreta fuerza, se volvían a la carrera hacia atrás. Tal sucedió con este mártir; pero aun podía verse a otros (en conjunto eran cinco) arrojados a un toro bravo. Éste, lanzando con sus cuernos al aire a los de fuera que se le acercaban, los dejaba desgarradas las carnes y medio muertos en el suelo; en cambio, lanzándose lleno de furia y amenazando muerte contra los sagrados mártires, sólo a ellos no podía ni acercarse siquiera. Escarbaba la arena con sus pezuñas, movía a una parte y otra su testa cornuda y, respirando furor y amenazas por el cauterio de los hierros candentes, era empujado hacia atrás por la providencia divina. Así, no habiéndoles hecho tampoco esta fiera daño alguno, les soltaron algunas otras. Por fin, después de varias y terribles acometidas de éstas, pasados todos a filo de espada, los arrojaron al mar, dándoles las olas por toda sepultura.

8. Tal fué el combate de los egipcios que en Tiro lucharon por la religión. Admirables fueron también de entre éstos los que sufrieron el martirio en su propia patria, donde, en número incontable, entre hombres, mujeres y niños, despreciando la vida pasajera, soportaron diversos géneros de muertes por la doctrina de nuestro Salvador, Unos, después de los garfios y torturas del potro, de terribles azotes y otros infinitos tormentos, que hacen estremecer de solo oírlos, fueron quemados vivos; otros fueron hundidos en el mar; otros tendían valerosamente sus cabezas a la espada de los verdugos; otros murieron en los tormentos mismos; otros, consumidos por hambre; hubo, en fin, quienes fueron clavados en palos: unos, según la forma acostumbrada con los malhechores; otros, de manera más cruel, eran crucificados boca abajo y así los dejaban hasta que sobre sus mismos patíbulos se consumían de inanición.

9. Mas los tormentos y dolores que sufrieron los mártires de la Tebaida sobrepasan todo discurso. Se les desgarraba todo su cuerpo, hasta que expiraban, empleando conchas en lugar de uñas de hierro; a las mujeres, atadas de un pie, las levantaban en el aire por medio de ciertas máquinas, cabeza abajo, completamente desnudas, sin el más leve vestido sobre sus cuerpos, ofreciendo a cuantos las miraban el espectáculo más vergonzoso, más cruel y más inhumano que cabe imaginar. Otros morían atados a ramas de árboles, para lo cual inventaron nuestros enemigos este suplicio: Por medio de no sé qué máquinas aproximaban unas a otras las ramas más robustas, sujetaban a cada una una pierna del mártir y, soltándolas luego para que recobrasen su posición natural, producían el instantáneo descuartizamiento de las víctimas contra las que se ensayaba tan bárbaro suplicio. Y todos estos suplicios se ejecutaban no por unos pocos días, ni por breve espacio de tiempo, sino durante años enteros, muriendo a veces más de diez, a veces más de veinte, y no faltaron ocasiones en que, condenados a varios y sucesivos castigos, perdieron la vida en un solo día unas veces no menos de treinta, otras cerca de sesenta y, en ocasiones, hasta cien hombres, acompañados, por cierto, de sus hijos pequeños y de sus mujeres.
Nosotros mismos, presentes en los lugares de ejecución, fuimos testigos de cómo morían en masa en un solo día, unos decapitados, otros por el suplicio del fuego, hasta llegar a embotarse de tanto matar el filo de las espadas y hacerse pedazos de puro romas, teniéndose que relevar por cansancio los verdugos, y pudimos entonces contemplar el ímpetu sobre toda ponderación maravilloso y la fuerza en verdad divina de los creyentes en el Cristo de Dios. En efecto, apenas acabada de pronunciar la setencia contra los primeros, otros saltaban de otra parte ante el tribunal del juez, confesándose cristianos, sin preocuparse para nada de los suplicios y mil géneros de tormentos que les esperaban. Al contrario, proclamando con intrépida libertad la religión del Dios del Universo, recibían con alegría, con risa y júbilo la última sentencia, hasta el punto de romper en cánticos, entonar himnos y dar gracias a Dios hasta exhalar su último aliento.
Todos éstos fueron, indudablemente, admirables; pero más señaladamente lo fueron quienes, en brillante posición por su riqueza, por su noble alcurnia, por sus honores, por su elocuencia y filosofía, todo lo pospusieron a la verdadera religión y a la fe en nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Tal fué Filoromo, que desempeñaba una de las más importantes magistraturas de Alejandría en la administración imperial, y escoltado, en gracia de su dignidad y jerarquía entre los romanos, por una guardia de lanceros, administraba diariamente justicia, Tal, otrosí, Fileas, obispo de la Iglesia de Tmuis, famoso por los cargos públicos desempeñados en su patria y los servicios prestados, no menos que por sus conocimientos sobre filosofía. Incontables de entre sus parientes y amigos les suplicaban, y hasta magistrados en ejercicio y el mismo juez los exhortaban a que tuvieran lástima de sí mismos y tuvieran en cuenta a sus hijos y mujeres; mas ellos en modo alguno se dejaron inducir por tantas súplicas al amor de la vida, en desprecio de las leyes puestas por nuestro Salvador, sino que, resistiendo con razonamiento varonil y digno de filósofos o, más bien, con alma religiosa y amadora de Dios, a todas las amenazas e insultos del juez, fueron ambos decapitados.
Continuará...

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