martes, 19 de junio de 2012

Motivos de consuelo a los padres de familia en la muerte de sus hijos, y de otros de su casa; y se trata de la puntual ejecución y cumplimiento de los testamentos.

El santo rey David, en la grave enfermedad de un hijo suyo, se afligía, lloraba, ayunaba, y multiplicaba las oraciones por el recobro de la salud perdida de su amado hijo; pero cuando le avisaron que ya era difunto, pidió de comer, cesó de sus aflicciones, consoló a su mujer, y dijo: Yo iré a buscar al difunto después de mi muerte, que él ya no volverá a buscarme a mí. En su enfermedad había razón para que yo me afligiese; ahora ya no la hay para que yo me desconsuele. Dios lo hizo, y está bien hecho: eso convenía. (II Reg., XII, 18 et seq.)
Este santo ejemplar de católica perfección han de tener los padres muy presente, para sacar merecimiento en las muertes de los hijos. El altísimo Dios les da los hijos, y si se los quiere llevar, suyos son, y no les hace agravio. No ha de ser tanta la temeridad de la criatura terrena, que se atreva a preguntarle a su Dios y Señor, ¿por qué lo hace así?
El pacientísimo Job tenia siete hijos y tres hijas, y todos murieron en un mismo día con muerte violenta. Diéronle esta dolorosa noticia a su virtuoso padre, el cual postrándose luego en tierra, adoró a su Dios y Señor, y dijo: desnudo nací del vientre de mi madre, y desnudo volveré a la tierra. Como a mi Dios le ha contentado, así ha sucedido. El Señor me los había dado, el Señor me los ha quitado, sea su nombre alabado (Job, I, 13 et 21).
Así se saca mucho merecimiento del trabajo que ya no tiene remedio, y se hace de la necesidad virtud; y el altísimo Señor atiende a la paciencia y conformidad de sus criaturas, y tiene misericordia con ellas, y aun en esta vida mortal les vuelve sus antiguas prosperidades, y aun tal vez se las da mayores, como le sucedió al mismo santo Job, que después de su grande paciencia, le dobló el Señor piadosísimo sus conveniencias temporales, y le dio siete hijos y tres hijas, como antes tenia. Este precioso fin tiene la virtuosa paciencia.
No le sucedió tanto al insigne Tobías, pero también padeció constantísimo grandes tribulaciones; y aunque no murió su amado hijo, ya comenzaron a llorarle en su casa como perdido. Era justo el santo viejo, y por eso dice el sagrado texto, fue necesario que la tentación le probase, y en el trabajo se conociese su paciencia, y fuese conocida su virtud (Tob., XII, 13).
Hay algunas personas, principalmente señoras, que en la muerte de sus hijos no se pueden oír con oídos piadosos y cristianos; porque todo cuanto dicen es un delirio, que horroriza el atenderlo. Parece que ni tienen Dios, ni juicio, ni talento, ni capacidad, ni uso de razón. Mientras les dura aquella subida de íntimo dolor penetrante conviene dejarlas, y no darlas prisa, sino dejarlas desahogar y dar lugar al dolor, como el apóstol san Pablo dijo, que se diese lugar a la ira (Rom., XII, 19); porque el nimio furor no alcanza razón.
No queremos quitar el natural sentimiento en la muerte de los hijos, porque son pedazos del corazón de sus padres, y no se pierde sin dolor lo que se tiene con amor: lo que deseamos es, que el natural dolor se temple con lo racional y cristiano, y no se convierta en desesperación escandalosa lo que debe ser paciencia cristiana. El impaciente lleva el trabajo, y no saca provecho, dice el Sabio (Prov., XIX, 19).
El dolor íntimo no nace de la tierra, decía un amigo molesto del santo Job, sino del afecto del corazón humano; y si el afecto es desordenado, también lo será el dolor; por lo cual allí se ha de poner el conveniente remedio, donde tiene la causa principal la enfermedad. Se ha de templar el corazón para que se mitigue el dolor.
Toda criatura que comenzó a vivir, es de fe católica que ha de morir. De esta ley general no hay criatura humana que este dispensada, dice san Pablo, porque es estatuto general de Dios omnipotente, y no tiene superior que le dispense. El demonio, enemigo de Dios y de los hombres, quiso enseñar lo contrario; pero luego se comprobó falaz y mentiroso.
En este mundo transitorio, dice san Agustín, no hay cosa mas cierta que la muerte. El tener hijos es incierto, el haberse de morir, si los tienes, es del todo cierto. Si se conciben, es incierto que nazcan vivos. Si nacen vivos, es incierto que permanezcan, y es cierto que mueran. Es incierta la hora, pero cierta la muerte. Por esto los padres no tienen hora de gozo cumplido, porque si los hijos tienen salud, temen que la pierdan; y si enferman, temen que se mueran. Siempre están con temor y cuidado.
El insigne Tertuliano reprende mucho la destemplada impaciencia de los padres en la temprana muerte de sus lujos; y dice, procede el desordenado sentimiento de falta de consideración; porque nada debe extrañarse menos que el morir los mortales: que sea un poco antes, ó un poco después, todo es poco; y aunque la vida fuese larga, después de pasada, ya es nada.
Un grave yugo llevan sobre si los hijos de Adán, dice el Espíritu Santo, desde que nacen del vientre de su madre, hasta que llegan a la sepultura de la tierra, que es madre universal de todos los vivientes. Todo el tiempo que viven llevan una pesadísima carga, porque aun no bien salen de una molestia, que no sea entrando en otra mayor; y es dichoso el que antes, y con menos pecados, llega con felicidad a una muerte pacífica y sosegada.
Son tantas las enfadosas molestias que consigo lleva la vida mortal, que se debe tener por feliz la vida corta, dice Séneca. Y con luz mas superior la conoció por experiencia propia el santo Job, y la explicó bien, cuando dijo, que el nombre terreno desde el vientre de su madre se llena de miserias: nace como flor, se marchita presto, y se desaparece como la sombra, sin permanecer nunca en un mismo estado. Sus días son breves, y el número de los meses que ha de vivir, Dios lo sabe, el cual ha constituido término limitado, que no puede pasar mas adelante. (Job., XIV, et seq.)
San Ambrosio llamó a la muerte alivio del hombre: Bonum alevamentum hominis mors est; porque mientras vive no descansa, siempre anda lleno de fatigas y miserias; padece en el cuerpo, y se aflige el corazón. En la cama no siempre descansa: se angustia cuando vela, y no halla otra cosa que tropiezos y miserias en todos los pasos de su vida mortal. Por esto dijo Séneca, que el hombre de larga vida tiene mucho de que se duela. 
En las humanas y divinas letras la muerte se llama sueño. Así lo dijo el apóstol san Pablo, y antes y mejor lo dijo Cristo Señor nuestro, hablando de Lázaro difunto: Lazarus amicus noster dormit (I Thes., IV; et Joan., XI). Y se llama sueño la muerte; porque si en algún tiempo descansa el hombre mortal en esta vida transitoria, es cuando duerme; y descansa para siempre cuando se muere en gracia de Dios; por lo cual dice la Iglesia: Requiescat in pace. Amen.
Por este motivo, dice san Juan Crisóstomo, que son criaturas insipientes y necias las que lloran inconsolables por los difuntos, aunque sean sus mas amados hijos; porque si avivan la fe católica, no es otra cosa la muerte sino un sueño largo, y el sueño regular de los que viven es un sueño breve; porque si creen, como buenos cristianos, que los difuntos han de resucitar, poco mas es el sueño de la muerte que el sueño natural de la vida.
Por esto mismo dice también el Espíritu Santo, que se llore poco sobre el difunto; porque si es adulto, descansó de sus trabajos; y si es niño y párvulo, se libró con su muerte de muchísimas tribulaciones y miserias: Modicum plora supra mortuum, quoniam requievit (Eccli., XXII, 11 et 15). Mas se debe llorar sobre el fatuo, necio y estulto, dice el mismo texto sagrado, que no da lugar a su verdadero consuelo en la temprana muerte de sus hijos; y así se desespera, como si no tuviera fe católica, ni juicio, ni entendimiento, ni señal de persona cristiana.
Con esta razón de la fe católica arguye poderosamente el insigne Tertuliano, probando con eficacia, que los cristianos inconsiderados que lloran y se desesperan por la muerte de sus hijos, flaquean en la fe y en la esperanza; pues como si no creyesen y esperasen la resurrección de los muertos, así se conturban y se desconsuelan por sus hijos difuntos. Y no hay que extrañar, dice el mismo Tertuliano, que desprecien las razones consolatorias de los hombres, viendo que no hacen cuenta con el sano consejo del apóstol san Pablo, el cual dice a todos los fieles, que no se contristen por la muerte de sus difuntos, así como los infieles que no tienen fe ni esperanza de la resurrección de los muertos. (I Thes., IV, 12; Tertul. lib. de Pat.)
Otra capital ignorancia tienen las criaturas terrenas que lloran desordenadamente la temprana muerte de sus hijos y de sus parientes, no queriendo admitir razón alguna de consuelo. Estas criaturas insipientes se olvidan de otro punto de fe católica, y es, que Dios dispone y ordena la muerte de todos cuando mas les conviene; por lo cual se dice en un salmo, que el tránsito de la muerte es privativamente de la jurisdicción de Dios: Et Domini Domini exitus mortis (Psalm., LXVII, 21). Y el Sabio dice, que con altísima providencia se lleva Dios algunas criaturas de pocos años; porque en su infinita sabiduría conoce que si viviesen mucho tiempo, condenarían sus almas, prevaricándose con la malicia de este mundo maligno (Sap., IV, 11).
Con esta razón eficaz reprendía el máximo doctor de la Iglesia san Jerónimo a su amada discípula Paula, la cual lloraba inconsolable por la muerte de su hija Blesila; y la dice el glorioso santo, que sus lágrimas no tienen modo ni razón, y que se hace homicida de sí misma, y no tiene en eso temor de Dios, ni consideración de cristiana; porque su hija, mejor está con su Dios en el cielo, que estaría con su madre en su casa, exponiendo con los peligros del mundo su salvación eterna.
El gran doctor de la Iglesia san Juan Crisóstomo cierra todos los caminos, para que no se llore por los difuntos inmoderadamente, con este eficaz argumento: si tu hijo difunto era bueno, ofendes a Cristo, llorándole sin modo, porque si se ausentase para ser rey, tendrías paciencia por su propia conveniencia; y no la tienes porque está en la gloria del cielo, que es sobre todos los reinos de la tierra. Y si tu hijo era malo, y no se había de convertir, conveniencia fue que se muriese, antes que multiplicase sus pecados: luego no hay razón para tus desesperados llantos. (Hom. LXIX ad Pop.)
Aprendan las madres, dice san Ambrosio, de aquella célebre madre de los insignes Macabeos, la cual vivificando su ánimo con la luz clara de la fe, y venciendo el amor de Dios al amor natural, ofreció con alegría santa la vida mortal de sus siete hijos, que fueron el crédito y la honra del pueblo escogido de Dios. El mismo ánimo varonil tuvo la bienaventurada madre santa Felicitas, que conforme a su misterioso nombre tuvo la fortuna de ofrecer en sacrificio de glorioso martirio la vida natural de sus siete hijos.
Otro célebre ejemplar escribe san Jerónimo (Epis. CCCL ad Paul), para que las señoras templen su dolor y sus lágrimas en la muerte de sus hijos y de sus maridos, y es de una memorable señora, a quien en pocos días se la murió su marido, y también dos hijos suyos; pero la insigne mujer, angustiado su corazón con tan fuerte trabajo, no se dejó confundir en su grande sentimiento, sino que avivando la fe, y considerando que así lo había dispuesto Dios nuestro Señor, se puso a los pies de un santo Cristo y le dijo fervorosa: Señor, yo te ofrezco mi corazón, y si mi marido y mis hijos me habían de servir de impedimento para la salvación eterna de mi alma, yo te los ofrezco con mucho gusto: hágase en mí tu santísima voluntad.
El mismo doctor máximo san Jerónimo alega otros célebres ejemplares de mujeres gentiles, que en la muerte de sus hijos tuvieron constancia de corazón para regular y templar su dolor; y esto lo escribe el santo, para que se confundan las señoras cristianas que no admiten razón para su consuelo en la muerte de sus hijos, debiendo atender a Dios nuestro Señor, que no puede errar; y así lo dispuso porque así convenía, y no debemos escudriñar, sino venerar sus altísimos juicios.
El eterno Padre quitó la vida a su Unigénito Hijo humanado, y castigó a su Hijo por los pecados de su pueblo, como dice Isaías profeta, y así tuvo misericordia con el mundo perdido. ¿Qué saben los padres si el quitarles Dios los hijos es para tener misericordia con ellos?
Si la Reina de los ángeles María santísima nuestra Señora se conformó con la voluntad divina, viendo muerto a su santísimo Hijo por los hombres; ¿no se confundirán las madres, que están llenas de pecados y miserias, haciéndose tan impacientes y desesperadas en las muertes de sus hijos, que acaso si viviesen mas, seria para su condenación eterna?
El caso mas fuerte para las madres cristianas, es cuando las criaturas no alcanzan el sagrado bautismo; pero aun en este caso fatal, verdaderamente doloroso, no se ha de soltar la rienda al desordenado desconsuelo, sino acudir luego a la conformidad santa con la divina voluntad. Los juicios altísimos de Dios son incomprensibles, como dice el apóstol san Pablo; y a las criaturas terrenas no nos conviene escudriñarlos, sino venerarlos (Rom., XI, 33).
Algunas pobres señoras se afligen de muerte con sus abortos y malos partos, discurriendo si ellas tuvieron la culpa de su mal suceso. En esto piensan y repiensan, y vuelven a pensar, y cuanto mas se engolfan en esa molestia, mas se ahogan; y tal vez cometen con su impertinencia otro error mayor que el primero. Lo que las conviene es echar luego por el atajo, como lo hizo el discreto Aquimaas. Si conocen que en algo faltaron, confiésense luego bien, y está todo remediado del mejor modo que se puede.
Concedámoslas que tuvieron culpa en su mal suceso; el remedio no es el desesperarse y conturbar la casa, sino confesarse bien, pedir misericordia a Dios nuestro Señor, y hacer verdadera penitencia. El desconsuelo desordenado para nada es bueno. La buena confesión, que perdona todos los pecados, no pide desconsuelo, sino conocimiento, humildad, dolor del mal cometido, propósito de la enmienda, propósito de cumplir lo que el confesor la impusiere de penitencia satisfactoria, y confianza grande en la infinita misericordia de Dios, que la ha de perdonar, y la ha de salvar (Conc. Trid., sess. XIV, cap. 3). En nada de todo esto entra el desconsuelo desesperado que algunas mujeres tienen.
Las mismas doctrinas que liemos puesto para el consuelo verdadero de los padres en la muerte de sus hijos, han de aprovechar también para el consuelo espiritual en la muerte de cualquiera otra persona de la casa; porque según la doctrina sana de san Jerónimo, no hay muerte (por fatal y desgraciada que sea, aunque sea afrentosa por la justicia) que no tenga conveniente consuelo con la perfecta resignación y conformidad con la voluntad divina; sin la cual nada se hace en todo el universo, sino el pecado, y aun de este grave mal sabe Dios nuestro Señor sacar mucho bien.
Lo que deben hacerlos hijos en la muerte de sus padres, lo diremos después.
Los padres de familia cumplan y hagan cumplir con toda fidelidad y puntualidad los testamentos de todos cuantos murieren en su casa, aunque sea del ínfimo criado o criada; porque de las muchas cosas que he leído sobre este punto, estoy asombrado, y tengo por cierto, que por donde mas presto se pierden todas las casas, es por este horroroso pecado de la mala correspondencia de los vivos con los difuntos.
Yo aconsejo caritativamente a todos los padres de familia, que luego como leyeren este espiritual aviso de mi buena voluntad, hagan una revista general de todos los encargos confidenciales y de conciencia que sus antepasados han hecho a sus sucesores; y si hallaren fallo de no haberse cumplido lo que ellos dispusieron, traten luego del mejor remedio, sin dilación alguna, no sea que unos siguiendo a otros, se despeñen todos al infierno, como las infelices ovejas, que si una se precipita, todas la siguen. Por esto dice la divina Escritura, que algunas familias desdichadas están en el infierno como ovejas: Sicut oves in inferno positi sunt (Psalm. XLVIII, 13). Porque si comienzan a seguirse unos otros en no restituir, ni pagar, ni cumplir los testamentos, así como van pasando, se van condenando los herederos, y se pierde todo.
Hemos llegado a unos infelices tiempos, que para no pagar los malos hijos los encargos de sus padres, acostumbran a decir: Estas son deudas de mi padre; pero nunca dicen: Esta hacienda que tengo es hacienda de mi padre. Les parece a los hombres bárbaros, que diciendo es deuda de su padre, es como cosa puramente voluntaria el pagarla, y que no les obliga en conciencia, teniendo como tienen la hacienda de su padre. Esta crasa ignorancia es causa de la perdición eterna de muchas almas. El Señor ilustre a los que viven con semejantes obligaciones. Amen.
Véase lo que tenemos dicho en el libro de los Desengaños místicos sobre esta plaga lamentable; y créanme, que la sangre mala pierde a la buena; y si el enfermo no se sangra, necesitando de sangría, se muere y se acaba. Hay muchas casas que necesitan de espirituales sangrías, y de quitar la hacienda mala, para que se conserve la buena: si no lo hacen así, se corromperá toda la hacienda, y se acabará la casa.
R.P. Fray Antonio Arbiol
LA FAMILIA REGULADA

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