sábado, 23 de junio de 2012

Madrugar

     Todo ser viviente se despierta con el día y recomienza con él el movimiento de la vida que las sombras habían interrumpido. 
     Así es cómo la naturaleza nos da el ejemplo y solicita nuestra actividad al despertar, por su diligencia en sacudir ella misma el amodorramiento nocturno.
     Es preciso dormir; el ser humano todo entero, cuerpo y alma, tiene necesidad de sumergirse a horas fijas en el misterioso anonadamiento del sueño. El sueño nos da descanso, el sueño nos rehace, el sueño nos vuelve las fuerzas perdidas.
     Pero demasiado sueño es malo en la vida: el sueño exagerado entorpece la sangre, hace pesado el espíritu, enerva las facultades del alma y las energías del cuerpo.
     Hay aún inconvenientes más graves en abandonarse sin medida a ese placer inconsciente: el demonio de la impureza vigila a la cabecera del perezoso que se retarda en su lecho.
     No te complazcas, pues, en esas muelles delicias. Es bueno, sobre todo al joven, sacudir el sueño al canto del gallo y levantarse al aparecer el alba.
     ¡Qué alegría profunda y pura, qué delicada gracia, qué verdadera dicha puede procurarnos el minuto de esfuerzo que se necesita para salir de un lecho tibio!
     El levantarse temprano nos hace gozar del despertar de la naturaleza: el aire es más puro, las cosas son más frescas, todo es más nuevo y más bello.
     El levantarse temprano es propicio a la oración y a la meditación: el espíritu, que se ha repuesto, encuentra de mañana todo su vigor y todo su ímpetu.
     El levantarse temprano, en fin, es una salvanguardia para el alma tentada.
     Hazle a Dios ese sacrificio, hijo mío; sacude los lazos del sueño con valor todas las mañanas. Será un sacrificio meritorio y de una maravillosa fecundidad.
     El levantarse temprano, también alarga y prolonga la existencia, y permite al cristiano multiplicar las buenas acciones

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