sábado, 23 de junio de 2012

El cuarto mandamiento.

Ningún otro ser de la creación tiene el triste privilegio de que goza el hombre, de poder, abusando de su libertad, ahogar los gritos de la naturaleza y, con mano bárbara, desviar y destruir sus inclinaciones y atrofiar sus apetitos.
Sólo el hombre necesita que se le imponga de manera positiva y se le urja este precepto: «Honra a tu padre y a tu madre.»
¿Es posible que el hombre pueda no honrarlos?
Los pajarillos, en su nido, pían alegremente cuando su madre revolotea en torno de ellos; los polluelos se esconden amorosos bajo las alas maternales; hasta el lobezno que, en su guarida de maleza, ensaya sus instintos fieros, retoza juguetón junto a la loba, lo mismo que, en la selva, los cachorros de león juegan con la leona madre.
Poned a una hiena frente a la que le dió el ser, hostigadla, y no conseguiréis jamás que le acometa.
Sólo el hombre goza del triste privilegio de poder olvidar a sus padres y hasta despreciarles y maltratarles.
Sólo él hace necesario que Dios, al dictarle su Ley, después de haberle impuesto los preceptos conducentes al amor que a El ha de profesar, encabece los mandamientos ordenados al amor del prójimo diciendo: «Honra a tu padre y a tu madre.»
Estoy seguro de que entre mis lectoras no hay ninguna mala hija, ninguna que sea capaz de despreciar a sus padres, ni de vejarles, ni de zaherirles; pero ¿acaso todas son buenas hijas? ¿Honran a sus padres como es debido?
Envueltas en el barullo de la vida, solicitadas por multitud de emociones y embargadas por constantes preocupaciones, tal vez el concepto que tenéis de la grandeza de vuestros padres sea un poco ciego; la voz clamorosa de vuestro corazón de hijas, más que el fruto de la reflexión y del discurso.
Pero aquí también, como en todos los problemas capitales de la vida, la revelación se llega a nosotros para derramar luces espléndidas sobre cuanto la naturaleza nos dice.
Preguntad a ésta qué son los padres y, si las pasiones permanecen quietas y no nublan vuestro espíritu, la inteligencia, irguiéndose en el cerebro y el corazón, saltando en el pecho, os dirán:
Los padres son para ti los seres humanos más grandes.
Ellos te han traído a la vida.
Ellos te han cuidado con abnegación y cariño.
Por ellos hablas, por ellos piensas, por ellos rezas.
Por ellos has llegado al momento actual.
al puesto sobre que te asientas, 
a la esperanza de un futuro.

Y muy bien habla la naturaleza. Jamás encontraréis en el mundo seres que os amen más, y a quienes más debáis que vuestros padres.
Ahora preguntad a la revelación, y la revelación os dirá:
Los padres son tus mayores bienhechores;
los reyes del pequeño estado que se llama hogar.
Los padres son para ti Dios.

¿Qué es esto? ¿Los padres son Dios? Eso es un mito; una herejía.
¡Atención!: Estáis oyendo la «radio»: El speaker reclama atención: «Transmite Radio Nacional: Habla el Jefe del Estado.» A través del altavoz, la palabra de la autoridad suprema de la nación llega a vosotras, orientadora y normativa.
¿Le obedecéis? Sí; que no es el altavoz el que habla, sino el Jefe del Estado.
El speaker vuelve a reclamar atención. «Transmite radio Vaticano: habla el Papa, el Vicario de Cristo en la tierra.» Y la voz firme y serena de Su Santidad resuena en vuestros oídos.
¿Quién habla? ¿El altavoz? No; el Papa.
¿Tú ves al Papa? No; ves el altavoz, pero por encima de él ves al Pontífice Romano cuya palabra llega hasta ti mediante el altavoz:
¡Atención! ¡Atención! Transmite...
¿Quién?
Tu padre te habla; te manda...
¿Tu padre habla? Te habla Dios.
—¿Dios? No lo veo. Veo a mi padre. Sus labios se mueven; su voz vibra...
Coge el prisma de la fe; mira. Tu padre no es más que un altavoz.
Mira bien; por encima de su frente contraída por las preocupaciones de tu educación, por encima de su cabeza encanecida en el trabajo por tu sustento, aparece la figura venerable del Padre Celestial, del cual proviene toda paternidad en el cielo y en la tierra; Dios, que ha creado al hombre, y, como autor suyo y gobernador supremo del universo, le gobierna...
¿Cómo? ¿Como a las bestias cuyos movimientos determina por medio de instintos ciegos y precisos, obedientes a leyes concretas y determinadas?
No. Al hombre le ha creado libre; y, en virtud de su libertad, puede obrar o no obrar; proceder en un sentido o en otro. Al hombre le gobierna manifestándole su voluntad, e indicándole el camino que ha de seguir.
Pero Dios no habla directamente a cada uno de los hombres, ni siquiera al conjunto de ellos. Ha revelado su doctrina, que constituye un depósito sagrado en manos de la Iglesia, y en ocasiones excepcionales hace revelaciones particulares; pero a diario, con frecuencia, como cosa normal, no habla al hombre.
Es cierto que en el fondo del alma resuena a veces la inspiración divina indicando el camino a seguir; pero no es menos cierto que ésta interna inspiración divina está sujeta a posibles confusiones que es preciso evitar contrastando sus luces con otras ciertamente divinas.
Entonces..., ¿qué?
Dios, dice Santo Tomás, gobierna a las criaturas sirviéndose de las superiores para regir a las inferiores. Así sucede también en la humanidad; Dios gobierna a los inferiores por medio de los superiores, y, en concreto, a los hijos por medio de los padres.
A los padres les ha impuesto la obligación grave de, en su nombre, cuidar a los hijos, y a éstos les ha señalado el deber grave de honrar a los padres para honrarle a El.
¿Te enteras tú, muchachita presuntuosa, que te crees más sabia que Lepe porque has terminado el bachillerato, y te ríes despectivamente de tu padre porque pronuncia mal el castellano y da a las palabras un uso inadecuado y no sabe hablar más que de las patatas que cultiva en la huerta, de la madera que sierra en el taller, del hierro que forja en la fragua, de los garbanzos que vende en la tienda o de los números que hace en la oficina; sin conocer las hazañas de Jaime el Conquistador o las traiciones del conde de Nasau, o la fórmula del benzoato de sosa, o la prosodia francesa, o la tabla de logaritmos?
Es tu padre; para ti representa a Dios. Besa su frente, inclínate ante él y obedécele.
¿Te enteras tú, muchacha, que te juzgas ilustrada porque lees muchas novelas, entiendes de películas y de marcas de automóviles y te bebes sin pestañear uno de esos cocktailes capaces de hacer arrugar la cara a un carabinero, y desprecias a tu madre, como una atrasada que aún se preocupa de zurcir medias y remendar la ropa?
Es tu madre; para ti representa a Dios. Cúbrela de besos, humíllate ante ella, obedécela.
Aunque sean ignorantes y no sepan ni leer ni escribir; aunque sean muy pobres y vistan con miseria, los padres son siempre los padres, los representantes de Dios. Honra a tu padre y a tu madre, te lo manda Dios.
¿Te enteras tú, chica ultramoderna, que pretendes hombrearte con tus progenitores, y aun abusando de sus mimos, considerarte superior a ellos, y sólo te preocupas de tu persona, de tus comodidades y de tus diversiones?
Dios te ha dado los padres para algo más que para proporcionarte dinero con que satisfacer tus caprichos y atender a tus extravagancias; te los ha dado para que, en su nombre, te guíen, orienten y eduquen; lo cual supone, por tu parte, obligación de atenderles, honrarles y obedecerles.
Ten presente lo que, bajo la inspiración de Dios, ha sido escrito para ti en el Eclesiástico:
«De todo corazón honra a tu padre, y no olvides los dolores de tu madre.
«Acuérdate que les debes la vida. ¿Cómo podrás pagarles lo que han hecho por ti?»
Emilio Enciso Viana
LA MUCHACHA EN EL HOGAR

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