sábado, 9 de junio de 2012

El Trabajo

     ¡Vergüenza para el perezoso! Es el árbol estéril que merece ser arrancado de la tierra. ¡Tú trabaja, hijo mío!
     No hay nada aquí abajo que no trabaje a su manera, como si Dios hubiera querido inspirar nuestro deber por el ejemplo de la creación.
     Los animales, bajo el aguijón del hambre, se agitan para encontrar su alimento; el pájaro construye su nido y alimenta a sus polluelos; la abeja chupa de flor en flor la miel de su colmena; la hormiga previsora amontona en el verano sus provisiones de invierno; y "la naturaleza entera —dice San Pablo— vive en el trabajo".
     Los hombres, sobre todo, luchan y sufren noche y día, encorvados en su trabajo desgarrando el seno fecundo de la tierra, llevados por el torbellino de los negocios, abrumados por la ardiente actividad de las industrias.
     Oh hijo mío, nacido en un siglo laborioso, en que la lucha por la vida obliga al hombre más que nunca a los nobles esfuerzos, ¿podrías desconocer tu deber y tu interés, al grado de quedar inactivo en medio del incesante trabajo de la naturaleza y de la humanidad?
     Trabaja: ¡el tiempo, cuando se es joven, vale más que la plata: es el porvenir!
     La mayoría de los hombres, débiles y muelles criaturas, no tienen más que deseos y veleidades; no tienen la fuerza de imponerse esa continuidad de esfuerzos que sola podría merecer el éxito.
     Tú trabaja por deber, trabajarás con constancia, y tarde o temprano, tu voluntad, bendecida por Dios, alcanzará el fin deseado.
     El hombre bien dotado, avezado en el trabajo, llega a donde quiere: a la riqueza, al poder a veces a la gloria misma. Partiendo de abajo, llega arriba; y partiendo de arriba, sube a las cumbres más elevadas aún.
     Ten la noble ambición de los grandes hombres y de los santos, que todos a su modo han sido admirables trabajadores.
     Que ninguno de tus semejantes te sobrepase en valiente ardor y entusiasmo.
     Obrero, sé el primero de los obreros por. la conciencia, y si es posible, por la misma habilidad.
     Dedicado a las artes o a las letras, sé el primero por la variedad y la profundidad de los conocimientos necesarios para tu misión.
     Trabaja, cualquiera que sea tu fortuna y tu rango, porque nadie en este mundo está dispensado de trabajar.
     Si eres rico, trabaja para hacerte perdonar tu riqueza y para cooperar a la prosperidad común.
     Si eres pobre, trabaja para tu pan de cada día: el trabajo es el principio del bienestar honesto, el principio también de esa riqueza con la que el justo puede hacer tanto bien.
     Quienquiera que seas, trabaja: el trabajo es padre de varias virtudes, así como la pereza es madre de todos los vicios. El trabajo ahuyenta la apatía, los pensamientos perniciosos y las tentaciones de todas clases que asaltan el espíritu desocupado.
     El trabajo es también el que endulza nuestro tedio, él da al tiempo esas alas ligeras que lo hacen pasar tan dulce y rápidamente, él es el que nos da esa serenidad tan suave que corona toda jornada bien satisfecha.
     El exceso en el trabajo es condenable como todo exceso en el bien. Descansa, pues, siguiendo la ley, pero trabaja!
     Que tu trabajo es ingrato, sin gloria y casi sin salario, ¿qué importa? Tu Dios manejó la sierra, el hacha y el cepillo de carpintero en el taller de Nazaret, encorvado durante largas horas sobre la madera que tenia que desbastar y alisar.
     Este trabajo ingrato hará la dicha de tu vida en este mundo, y preparará la de tu vida futura, porque por la voluntad de Dios, el trabajo diario es una fuente de méritos y el mejor medio de ganar la recompensa eterna.
     Hay más: a los ojos del creyente, desde la caída, el trabajo tiene el carácter de una expiación, y el que atiende regularmente a su tarea, merece y expía a la vez; es decir, que el trabajo nos pone doblemente en el camino del Cielo.
     Si aceptas y cumples tu trabajo con un fin que no es terrenal, cosecharás frutos eternos, porque Dios recompensa con creces todo lo que se hace por El.
     Trabaja, pues. En el atardecer de tu vida en que el hombre, en fin, tiene derecho al reposo, podrás sentarte bajo tu parra o tu higuera y gustar la paz de tus últimos días.
     Y después, hijo mío, la eternidad es larga, descansaremos durante la eternidad!

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