miércoles, 20 de febrero de 2013

LA NUEVA IGLESIA MONTINIANA (1)

Pbro. Dr. Joaquin Saenz y Arriaga
Año 1971 (pág. 1-12)

EL CONGRESO EUCARISTICO DE BOGOTA Y LA NUEVA IGLESIA POSTCONCILIAR

     Sin duda que las crónicas y reseñas del no muy lejano Congreso Eucarístico Internacional, celebrado en Bogotá, durante los primeros días del mes de Agosto de 1968, y realzado con la presencia de Su Santidad el Papa Paulo VI el primer Sumo Pontífice que pisó estas tierras latino-americanas, fueron, en general, en estremos economiásticas y halagadoras, en los medios católicos, dominados por el "progresismo religioso", que, como un cáncer letal, invade hoy el organismo de la Iglesia. El Congreso para esos medios resultó un verdadero éxito, "un triunfo sin triunfalismo", como hizo notar, con fina crítica, el OSSERVATORE ROMANO.
     Sin embargo, haciendo a un lado toda exaltación partidista y viendo las cosas en su cruda realidad, pienso que este importantísimo acontecimiento religioso tuvo muchos aspectos confusos, inquietantes y manifiestamente peligrosos. Si no fuera motivo de que mis palabras pudieran ser interpretadas y censuradas como un desacato o como una crítica mordaz, casi me atrevería a sintetizar mi juicio sobre el Congreso Colombiano diciendo que fue un segundo y espiritual "BOGOTAZO", que intensamente sacudió y sigue sacudiendo no sólo a Colombia, sino a toda América Latina. El mencionado Congreso fue el toque de arrebato, en la planeada subversión de los países latino-americanos. Las consecuencias están todavía por verse, según sean las legítimas defensas, que de su soberanía amenazada, opongan los legítimos gobiernos de nuestros países.
     Para mí el Congreso fue la presentación solemne y oficial, ante el mundo católico y no católico, de la reformada Iglesia Postconciliar: de su programa, de sus finalidades. El ambiente estaba saturado del más subido "progresismo", y los temas eucarísticos o fueron eliminados, o fueron reducidos a un lugar secundario, ante la manifiesta y no disimulada preponderancia que se dio al problema humano, al problema social, sobre el problema divino de la gloria de Dios y de la salvación de las almas.
     Se habló —es evidente de la Divina Eucaristía; pero, no para ahondar en sus inefables misterios, ni para enaltecer sus excelencias, ni para hacemos apreciar mejor los tesoros inagotables del amor de Cristo, ni para invitarnos a vivir una vida más eucarística, más adherida a la Cruz y a la vida del Maestro, sino para usar de esas referencias como de enchufes oportunos, que enfocasen la temática y los actos del Congreso hacia los temas humanos y temporales, que hoy por hoy absorven la "pastoral" del "espíritu del Concilio": el subdesarrollo de nuestros pueblos, la miseria conmovedora de las clases humildes y los temas políticos, que se relacionan con la socialización de América Latina, decretada en los secretos coloquios del Vaticano. De manera tangible se advirtió, así en el Congreso, como en la posterior junta del CELAM, el influjo decisivo de los "expertos conciliares", de los luminares de la moderna teología, de los que, en aras de la paz y del desarrollo y progreso material, están dispuestos a silenciar la voz de la fe, a ocultar algunos de nuestros dogmas y aun a negarlos, para hacer alianza con los hijos de la iniquidad.
     Hay un hecho elocuentísimo y en extremo desconcertante, "sin precedente en la historia del Catolicismo", como escribe un escritor de la nueva ola, que nos está diciendo hasta donde llegaron los eclesiásticos en Colombia. La Segunda Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, celebrado en la ciudad colombiana de Medellín, después de haber sido inaugurada solemnemente por el Papa, en la Catedral de Bogotá, el penúltimo día del Congreso, fue la culminación del programa, el objetivo manifiesto y concreto, que, en esos acontecimientos religiosos se buscaba: establecer en América Latina una verdadera revolución, aunque, a ser posible, sin violencia, ni sangre.
     Uno de los aspectos revolucionarios de ese programa, no por cierto el menos importante, fue, en el terreno religioso, el ecumenismo desbordante, inconcebible, entreguista, al que llegaron nuestros Prelados, en el Congreso Eucarístico y en la posterior Conferencia del CELAM en Medellín.
     Cinco observadores no católicos, como hoy se denominan a los lobos revestidos de pieles de oveja, que, sin recelo alguno y con honores y hagazajos, son introducidos en el rebaño con beneplácito de los pastores, encargados de cuidar solícitos por el bienestar de las ovejas, pidieron, en conmovedor mensaje, a la augusta Asamblea la facultad de recibir la Sagrada Comunión con los Obispos reunidos, en ocasión tan importante. Los nombres de los "observadores" solicitantes eran los siguientes: David B. Reed, obispo anglicano de Bogotá; el profesor Manfred K. Dahmann, luterano de Buenos Aires; el hermano Roberto Giscard, de la comunidad de Taize el reverendo Dana Greeny el doctor Kurtis F. Naylor. Su suplíca al parecer humilde y conmovedora, era la siguiente "En el momento en que se aproxima la clausura de la Conferencia, quisieramos que se nos diera, a título excepcional, la posibilidad de comulgar, por lo menos una vez, con todos nuestros hermanos cristianos aquí reunidos".     Como razones para fundar su demanda los "separados" expusieron las siguientes: "El Directorio Ecuménico, en su número 55 dice 'La Iglesia puede, con razones suficientes, permitir a algun hermano separado acercarse a los sacramentos'. Precisa algunos casos de necesidad urgente. Nos permitimos sugerir que nos urge la caridad, el motivo más apremiante, que se puede concebir... Por ello, con intención de lealtad y de manera discreta y confidencial, nos dirigimos a la misma Presidencia de esta Conferencia pidiéndole que tenga en cuenta también que, de nuestra parte, no falta esa unidad de fe en cuanto a los sacramentos, en la que el Directorio funda su negativa de principio... Confesamos que la Eucaristía es el signo eficaz y seguro de la presencia de Cristo en persona, el sacramento del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, el sacramento de su presencia real".
     "Y la presidencia de la II Conferencia del Episcopado Latinoamericano no pudo ni quiso cerrarse a esta petición que, sin duda alguna, abre nuevos y prometedores derroteros hacia la unidad de todos los cristianos". Así termina su comentario Rafael Moya García, la mano derecho del P. Enrique Maza, S.J., el destacadísimo abanderado del "progresismo mexicano".
     Este hecho inaudito e incomprensible es, así me parece, la digna culminción del segundo "Bogotazo", que quiere revolucionar las estructuras todas de América Latina, Como católico y como sacerdote, por mucha caridad fraterna con que quieran justificar el hecho, no puedo controlar mi justa indignación ante el ultraje, que yo considero sacrilego, de este gesto político, con que los Prelados Latinoamericanos, como otros nuevos Judas, quisieron entregar a su Maestro. Nada justifica el hecho la presencia de Su Eminencia el Cardenal Antonio Samoré.
     Ya no es tiempo de guardar prudencia. Ya no podemos callar ante la espantosa abominación que estamos contemplando. Es urgente precisar el hecho mencionado y analizarlo, luego, para sacar las lógicas y evidentes conclusiones que de él se siguen.
     ¿Quiénes son los que hicieron la petición a los Prelados del CELAM? ¿Qué es lo que pidieron? ¿Con qué fines lo pidieron? ¿Qué significa en el orden teológico y en el orden apostólico la intolerable concesión que los Obispos de América Latina, por sus representantes autorizados, hicieron a esos "hermanos separados"?
     La franca respuesta a estas preguntas nos dará la correcta interpretación del hecho y señalará, al mismo tiempo, la responsabilidad terrible que ante Dios, ante su conciencia, ante sus fieles y ante la historia incurrieron los Pastores que, por incompetencia, por cobardía, por servilismo, por falta de fe o por conveniencia temporales, no sólo traicionaron al Maestro, y escandalizaron a las ovejas, sino que entregaron la más preciada herencia que de nuestros antepasados habíamos recibido: nuestra unidad católica.
     Los peticionarios eran reconocidos herejes, es decir, personas que no solamente no aceptan, sino que rechazan y condenan muchas de las verdades reveladas por Dios, propuestas como tales por el Magisterio de la Iglesia, y que forman parte de nuesíra fe católica. Las iglesias o comunidades eclesiales a que ellos pertenecen son ramas desgajadas del tronco de la única Iglesia fundada por Cristo, que "por la diversidad de su origen, de su doctrina y de su vida espiritual, discrepan bastante no solamente de nosotros, sino también entre sí".
     En el capítulo primero sobre el Ecumenismo del Vaticano II, al hablar de la relación de los hermanos separados con la Iglesia Católica, leemos: "Ya desde los comienzos surgieron escisiones en esta una y única Iglesia de Dios (cf. I Cor II, 18-19) (Gal., I, 6-9) (I Joan. 2, 18-19), las cuales reprueba el Apóstol como gravemente condenables; y en siglos posteriores aparecieron disensiones más amplias, y comunidades no pequeñas se separaron de la plena comunión de la Iglesia Católica, a veces con culpa de los hombres de una y otra parte. Sin embargo, quienes ahora nacen en esas comunidades y se nutren con la fe de Cristo no pueden ser acusados de pecado de separación, y la Iglesia Católica los abraza con fraterno respeto y amor. Porque éstos, que creen en Cristo y recibieron debidamente el bautismo, gozan de una cierta comunión con la Iglesia Católica, aunque no perfecta. Es cierto que, por diversas discrepancias existentes entre ellos y la Iglesia Católica, tanto en materia doctrinal y a veces disciplinar, como en lo referente a la estructura de la Iglesia, se oponen no pocos obstáculos, a veces bastante graves, a la plena comunión eclesiástica, los cuales intenta superar el movimiento ecuménico. Sin embargo, justificados por la fe en el bautismo, están incorporados a Cristo y, por lo tanto, con todo derecho se honran con el nombre de cristianos, y los hijos de la Iglesia Católica los reconocen, con razón, como hermanos en el Señor".
     "Además de los elementos o bienes, que conjuntamente edifican y dan vida a la propia Iglesia, pueden encontrarse algunos, más aún, muchísimos y muy valiosos, fuera del recinto visible de la Iglesia Católica: la palabra de Dios escrita, la vida de gracia, la fe, la esperanza y la caridad, y otros dones interiores del Espíritu Santo y elementos visibles: todas estas realidades, que provienen de Cristo y a El conducen, pertenecen por derecho a la única Iglesia de Cristo".
     Estas palabras enigmáticas, que pueden prestarse a interpretaciones desastrosas, son para mí sencillamente incomprensibles. Es evidente que los que ahora nacen en esas comunidades heréticas o cismáticas pueden no ser personalmente culpables del triste estado en que se encuentran, así como no somos tampoco individualmente responsables del pecado de Adán, en el que todos nacemos. Así como los hijos que nacen con taras hereditarias no somos tampoco culpables de los vicios en los que sus padres adquiríeron esos terribles contagios. Pero, esta circunstancia no quita la triste realidad en que nacen, como tampoco quita, el hecho de la impecabilidad personal, a los que nacen en esas sectas, el estar separados del tronco de la Iglesia por el cual llega a nosotros la sabia fecunda de la redención de Cristo. ¿Cómo pueden nutrirse en Cristo los que están separados del tronco de la Iglesia por Cristo fundado? O ¿es que Cristo se divide en pedazos? O todo o nada. El cristianismo es la aceptación sincera de toda la doctrina revelada por Dios. No se puede ser amigo y enemigo al mismo tiempo. Los "separados" no solamente no creen con fe sincera en algunas verdades reveladas y definidas, sino que las niegan, las atacan y hacen mofa de ellas. Esas discrepancias doctrinales, disciplinares y en la misma estructura de la Iglesia no sólo son obstáculos a la plena comunión eclesiástica, sino impiden, mientras duran, la participación de esos elementos en la vida de la Iglesia. De su participación invisible, en circunstancias excepcionales de buena fe en el error y de fiel cumplimiento de la ley moral, podemos con algún fundamento esperarla, sin que tengamos por ello plena seguridad. Las palabras de Cristo son terminantes: "El que creyere será salvo; el que no creyere será condenado".
     Yo no puedo entender en que consiste esa "cierta comunión con la Iglesia Católica", de que habla el Concilio. No hay comunión de doctrina; no hay comunión de jerarquía; no hay comunión sacramental. Por el bautismo, dice el Concilio, están esos "hermanos separados" incorporados a Cristo. A lo que yo objeto: la Iglesia, nuestra Iglesia, siempre había con razón sospechado sobre la validez del rito bautismal de las sectas y, por eso, a los que se convertían en esas sectas al catolicismo se les administraba, sub conditione, el bautismo católico, el sacramento instituido por Nuestro Señor Jesucristo. Luego, podemos concluir, la Iglesia no estaba cierta de su verdadera incorporación en Cristo. Algunos ni siquiera creen en la divinidad de Jesucristo. Su cristianismo es un cristianismo mutilado, inconsistente, basado en el libre examen y la libre interpretación de la Sagrada Escritura. La Iglesia Católica los reconoce como "hermanos en el Señor", en cuanto son creados por Dios, en cuanto son llamados por Dios a participar la vida divina, que nos trajo el Verbo Humanado, no en cuanto Ella reconozca en ellos la filiación adoptiva sobrenatural, porque, en tal caso, serían no hermanos separados sino hijos de la Iglesia.
     No niego yo la posibilidad de que, por excepción, puedan algunos de esos "hermanos separados" tener la justificación por Jesucristo, es decir, la gracia santificante, las virtudes teologales infusas y otros dones interiores del Espíritu Santo. De internis non iudicat Eclessia; sólo Dios conocí las intimidades de las almas. Pero, esos casos posibles, aunque aislados y raros, no pueden servir como argumento para echar por tierra la afirmación católica de que FUERA DE LA IGLESIA CATOLICA NO HAY SALVACION.
     In facie Ecclesiae, pues, delante de la Iglesia, en el fuero externo, los que en Medellín pedían esa inaudita gracia eran herejes.
     Y ¿qué es lo que pidieron esos señores a nuestros Venerables Prelados? Nada menos que recibir el Santísimo Sacramento, sin ser católicos y sin querer serlo. Si su petición hubiera sido sincera, hubieran pedido convertirse integralmente a nuestra fe católica, pues su misma súplica nos demuestra que conocían perfectamente los requisitos necesarios en la Iglesia Católica, para poder recibir los Sacramentos. En su demanda implícitamente reconocen que no son miembros de la Iglesia y que no pretenden tampoco serlo; y, sin embargo, en esas circunstancias absolutamente indignas, pidieron que se les permitiese comulgar o concelebrar con nuestros obispos.
     Para la digna recepción de este augusto Sacramento, exige el Apóstol que el hombre se disponga, porque el que come indignamente el Cuerpo y bebe indignamente la Sangre del Señor, iudicium sibi manducat et bibit, come y bebe un juicio para sí. ¿Tenían esos peticionarios la limpieza personal, la carencia de pecados graves? Con razón afirma un conocido comentarista de los diarios de México, por cierto no católico, que la concesión de los Prelados del CELAM implica un reconocimiento de la tesis del Obispo de Cuernavaca, de que se puede comulgar habiendo pecado grave personal, no estando en gracia, sin que sea obligatoria la confesión sacramental, ya que ni siquiera es necesaria la fe católica.
     La razón expuesta por los "separados" para pedir tan absurda gracia es el ecumenismo: "Nos permitimos sugerir —no afirman que así sea; tan solo sugieren— que nos urge la caridad, el motivo mas apremiante que se puede concebir". Es evidente que la sugerencia se refiere no a la caridad hacia Dios, sino a la caridad hacia los hombres. Pero, ¿es posible la caridad verdadera hacia los hombres, cuando no se funda en la caridad hacia Dios? Y ¿puede hallar caridad a Dios, cuando estando tan cerca de la verdad no hay siquiera una moción de acercamiento a ella? Y no sólo no hay acercamiento a la verdad y aceptación de ella, sino que hay una implícita negación de la verdad católica y una oculta intencion de combatirla. Esos ministros protestantes, al no renunciar a sus errores para abrazar pública y sinceramente la integridad de la verdad revelada, están diciendo su decisión de combatir los dogmas que no aceptan de nuestra religión, para hacer proselitismo, entre los católicos latinoamericanos, a sus creencias.
     Por otra parte, aunque concediéramos —que es mucho conceder— que esos "observadores" tuviesen la misma fe respecto a los sacramentos, que tenemos los católicos, eso no bastaría para declararlos bien dispuestos a recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo, no simbólicamente, sino real y verdaderamente. Para recibir debidamente el Santo Sacramento de la Eucaristía se necesita el estado de gracia y la confesión sacramental, en caso de que haya conciencia de pecado: ¿tenían esos separados tal disposición?
     Estudiando a fondo la demanda de los así llamados "pastores protestantes", no creo temerario afirmar que sus fines no eran sinceros: no pidieron la Comunión, porque creyeron en la Comunión o porque quisieran dar un público testimonio de la verdad de nuestra fe católica, sino porque querían un salvoconducto, un pasaporte, un respaldo de nuestros Prelados para seguir ellos haciendo proselitismo entre nuestros sencillos e impreparados pueblos latinoamericanos. Ellos llevaban la de ganar en todo: nada sacrificaban, nada perdían; y, en cambio, mucho obtenían, para eliminar las legítimas y saludables resistencias con que nuestra gente recibe su prédica.
     En el orden teológico, la graciosa concesión, hecha por los Venerables Obispos del CELAM, significa aparentemente una profanación, un sacrilegio, políticamente aceptado, para hacer el juego del "ecumenismo", en el que dimos todo, sin recibir, en cambio, nada. Significa también la implícita aceptación, como comenta el escritor protestante del diario mexicano "Excélsior", de la peregrina tesis de los Obispos de Cuernavaca y de Torreón, de que la confesión sacramental no es necesaria para recibir dignamente la Comunión, aunque no haya en el alma el estado de gracia. Teológicamente, pues, estamos en el error, políticamente soslayado por nuestros Venerables Prelados.
     En el orden pastoral significa el facilitar la labor de proselitismo de los "hermanos separados" entre nuestra gente católica. Nuestro pueblo sencillo e ignorante, al ver a los ministros protestantes concelebrando o comulgando con los Obispos católicos, lógicamente podía concluir que ya somos todos la misma cosa; que protestantes y católicos estamos ya unidos; que, para ir al cielo, se puede escoger cualquier camino. A estas conclusiones les llevan también, con las prédicas de los "separados", los múltiples cambios que ven en la Iglesia Católica y la "nueva predicación postconciliar", que los sacerdotes usan hoy y el pueblo no entiende. Apostólicamente, pues, la concesión de los Obispos del CELAM en Medellín contribuyó eficazmente a la protestantización de la América Latina o al establecimiento del "pluralismo religioso", según los signos de los tiempos.

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