lunes, 10 de febrero de 2014

Grandeza y multiplicidad de las alabanzas dadas a María por los cristianos

     Los dos procedimientos empleados por los teólogos y los Padres para exaltar las perfecciones de Dios, utilizados para expresar las perfecciones de su Madre.—Consideraciones especiales sobre las series de Salves y sobre la multitud de nombres atribuidos a María.

     I. El capítulo precedente nos ha permitido admirar la universalidad del culto rendido por los hijos de la Virgen a su celestial Madre; principalmente, la universalidad el espacio. Pero el encadenamiento de las ideas nos condujo a considerar esta universalidad bajo otros aspectos. Y ved por qué dejaremos otros temas del culto de María para meditar su perfección. Ahora bien: la perfección de un culto se revela por las alabanzas que dirige hacia su objeto. Importa, pues, mucho estudiar la naturaleza y la extensión de las alabanzas dadas por los cristianos de todas las edades a la Madre de Dios. Pretendemos, más que decir aquí cosas nuevas, recoger las ideas esparcidas en libros antecedentes para presentarlas en su conjunto y completarlas.
     Cuando se trata de glorificar las perfecciones divinas, los teólogos, siguiendo a los Padres, emplean dos procedimientos: el que se ha convenido en llamar demostrativo o racional y el llamado místico. El uno se vale de las figuras y los símbolos; el otro sigue el camino más abstracto de la pura razón.
     Este último, es decir, el procedimiento racional, parte del principio, evidente por sí mismo, que el efecto debe estar eminentemente contenido en su causa, y que el ejemplar lleva en sí todas las bellezas de sus imágenes. Por consiguiente, considerando que Dios es el primer principio de todos los seres, se deben afirmar universalmente de su perfección las perfecciones que encontramos en ellos: la sabiduría, la bondad, la justicia y las otras. Este es el primer grado de la alabanza. Pero a toda perfección creada se mezclan necesariamente imperfecciones. Por tanto, después de haber afirmado de Dios las bellezas que se encuentran en las criaturas, hay que negar en Él todas las imperfecciones que son propias a las criaturas o que ellas suponen. Y porque nuestras mismas perfecciones son siempre cortas por algún lado; nuestra sabiduría, sujeta al error; nuestra bondad, mezclada con desfallecimientos; nuestro poder, finito y limitado; y como quiera que los atributos divinos sobrepujan infinitamente a las perfecciones creadas, no solamente tal como están realizadas en los hechos, sino tal también como podemos concebirlas, los Padres y los teólogos llegan hasta negar de Dios esas mismas perfecciones. Les oiréis decir que Dios no es ni bueno, ni sabio, ni poderoso, y que hay que honrarlo con el silencio: tanto está su grandeza sobre nuestras concepciones y sobre nuestro modo de hablar.
     "Me preguntáis qué es Dios —dice San Agustín—. Escuchad: Dios es inefable; nos es infinitamente más fácil el decir lo que no es que lo que es. Miráis la tierra, no es Dios; miráis el mar, no es Dios; miráis todo lo que se mueve sobre la tierra, los hombres y los animales, no es Dios. Nada de lo que se hunde en el seno de las aguas, nada de lo que vuela a través de los aires es Dios; todo lo que brilla en el firmamento, las estrellas, el sol, la luna, el cielo mismo, tampoco es Dios Considerad los Angeles, las Virtudes, las Potestades, los Arcángeles, los Tronos, las Dominaciones, y no habréis visto a Dios. Pues, ¿qué es Dios? He podido solamente decir lo que no es. ¿Preguntáis lo que es ? Es lo que el ojo no oyó, lo que el oído no ha oído jamás, lo que no ha comprendido el corazón del hombre (I Cor., II, 9). ¿Cómo queréis que lo que no ha comprendido el corazón lo pronuncie la lengua?" (S. August., Enarrat. in Psalm. LXXXV, n. 12. P. L., XXXVII. 1090).
     Sin embargo, si no atribuimos a Dios la sabiduría, el poder y las otras perfecciones de que las criaturas nos dan idea y ofrecen el espectáculo, no es porque ellas no se encuentren en Dios. Están en Él como en su origen, de un modo sobreeminente, incomprensible, inefable. Por esto diremos de Dios que es, no ya sabio y poderoso, sino supersabio y supersabiduría, superpoderoso y sobrepotencia, o bien, que es el único sabio, el solo justo, el solo poderoso y el solo bueno. "Nemo bonus nisi solus Deus (Lucas, XVIII, 19): nadie es bueno sino Dios solo", ha dicho Nuestro Señor. Así resumió el Ángel de las Escuelas el pensamiento de los Padres sobre el conocimiento y la alabanza de las perfecciones divinas; y todo el que haya recorrido sus obras confesará que es imposible hacerlo con menos palabras y más exactitud.
     El espíritu humano, en el estado de viador, no puede elevarse más alto. La fe, sin duda, extiende el horizonte de su conocimiento; ella misma puede estar más o menos iluminada; pero para tener el modo propio de concebir las cosas divinas hay que estar inundado de los esplendores de la gloria.
     Vengamos al segundo procedimiento de alabanza. Consiste principalmente en representarse las perfecciones de Dios bajo el símbolo y la figura de los objetos sensibles y materiales. Nada más conforme al estado presente de nuestra naturaleza, en el cual subimos de las cosas que se ven y se sienten a lo que por su naturaleza es invisible y espiritual. Y en este sentido, Dios es para nosotros el sol de las almas, la luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. Si quiere, en los profetas, manifestarnos su poder protector o vengador, habla cien veces de su brazo extendido. Leemos que tiene ojos a los cuales nada se escapa, dulces para los justos, terribles para los impíos. Y estas expresiones y otras del mismo género se emplean con tanta frecuencia en las Escrituras que algunos hombres groseros tomaron en otro tiempo ocasión para creer en la divinidad corporal, haciendo así del medio que les había sido dado para conocerle un medio para desconocer su naturaleza y sus propiedades.
     Como consecuencia de estos dos procedimientos, racional y simbólico, han explicado los Padres y los teólogos la multiplicación de los nombres divinos. Dios, en la Eternidad, no tendrá más que un nombre, porque allí contemplaremos su esencia, y en la esencia toda perfección, con una sola mirada, en una visión siempre una, eternamente la misma; porque la multitud de nombres responde a la multitud de conceptos, de que son los nombres signos. "En aquel día —ha dicho el Profeta— no habrá más que un Señor, y uno también será tu nombre" (Zachar., XIV, 9). Pero en el estado presente de nuestros conocimientos, en el que vamos a Dios por las perfecciones de las criaturas, nos hace falta multiplicar los conceptos y los nombres si queremos formarnos alguna representación menos incompleta de las cosas divinas. Cuando Dios ejecutó el eterno designio de manifestar fuera de Él las infinitas riquezas de su ser multiplicó y diversificó las imágenes, que son las criaturas, a fin de que lo que falte a una para esta manifestación de la divina bondad fuese suplida por otra (S. Thom., I p., q. 47, a. 1). Del mismo modo que el número y la diversidad de las ideas y de los nombres suple en cierta medida, la imperfección que tienen los nombres y representaciones mentales (S. Thom., Compend. Theol., p. I, e. 24)
     Supuestas estas nociones preliminares, entenderemos mejor la magnificencia de las alabanzas dadas a la Madre de Dios, porque se puede decir pasan, guardada la debida proporción, por las mismas fases que el conocimiento y las alabanzas divinas, y así lo vamos a mostrar en este capítulo.
     Pero antes de entrar en materia conviene penetrarse de un principio muy importante si se quiere apreciar en su justo valor lo que los Padres y los Santos han escrito y predicado de las grandezas de María. Es que esta bendita Madre no necesita, en los elogios que de Ella hacemos, ni de nuestras mentiras, ni de nuestras exageraciones (Cf. Petav., de Incarnat., 1, XIV, I p., c. 8, § 9). "¡Oh, Hija de David, Madre del Señor y del Dios de David, te saludaré con los cánticos de tu padre! Sería una vergüenza y como un sacrilegio el ofrecerte adornos prestados, a Ti, que resplandeces con tu propia gloria." Así hablaba San Metodio ya en el siglo III (S. Method., Serm. de Simeone et Anna. P. G„ XVIII, 369). Si me decís que la autenticidad de ese discurso es dudosa, no me negaréis, al menos, su gran antigüedad. Apoyado en este principio, el discípulo de San Anselmo, Eadmer, rehusaba el acudir a los apócrifos, según los cuales habría un Ángel anunciado con anticipación al nacimiento de María: "La Iglesia — dice él— no ha querido confirmar con su autoridad tales relatos. Ha tenido siempre por cosa inconveniente el mezclar lo inseguro a las alabanzas de la Madre de Dios; porque lo que es verdadero incontestablemente comprende materia tan amplia de elogio que si si pretendemos glorificarla según su mérito caemos aplastados bajo el peso de sus verdaderas grandezas" (Eadmer., de Excellent. B. M. V., c. 2. P. L., CLIX, 560).
     El mismo pensamiento hallamos en San Bernardo en su famosa carta a los canónigos de Lyón: "La Virgen real no necesita alabanzas mentirosas, pues tiene bastantes títulos auténticos de gloria, y verdaderas insignias de sus dignidades" (S. Bernard., ep. 174 ad Canonic. Lugdun., n. 2. P. L., CLXXXIII, 333).
     La misma idea también en una respuesta de Pedro de Celia a Nicolás, monje inglés de San Albano, que le reprochaba el ser demasiado avaro cuando se trataba de María. Le escribía de este modo: "Entrando en la cuestión, diré que tú haces sonar muy alto tus alabanzas a la Virgen; yo también le presento las mías. Las palabras salen precipitadas de tu boca, y yo dispongo mi discurso con peso y medida. Tú vendimias tu viña antes de tiempo, cuando los racimos están agrios todavía, y yo espero que maduren para servirlos en la mesa. Tú glorificas a María; yo la glorifico como tú. Tú la proclamas Santa; yo también. Tú la exaltas sobre todos los coros angélicos; también lo hago yo. Ella es, dices tú, exenta de todo pecado; yo lo afirmo contigo. Tú aseguras que es Madre de Dios y nuestra Medianera cerca de Él; también lo confieso, y no con menos firmeza. Cualquier aspecto que des a tu veneración y a tus respetos, estoy contigo y pienso como tú.
     "Pero si, desdeñando la moneda corriente y de buena ley, fabricas otra que la Cátedra de Pedro no ha autorizado..., me detengo y rehúso traspasar imprudentemente los límites fijados por la Iglesia. Creo, sin embargo, y profeso que María posee más privilegios, incomparablemente, de los que conocemos, porque tal es en Ella la elevación de la gracia y de la gloria que no puedo alcanzarla... Sábelo bien: los homenajes que ofrecemos a Nuestra Señora deben respirar el respeto y no la adulación, la madurez y no el juego, la devoción del corazón y no la verbosidad" (Pet. Cellensis, ep. 73. P. L.. CCII, 628. 632).
     Poco importa el rebuscar escrupulosamente si en concreto el santo Abad de Claraval y el futuro Obispo de Chartres hicieron una aplicación feliz de tal principio combatiendo uno y otro la introducción de una fiesta (la de la Inmaculada Concepción) que la Iglesia romana no había adoptado todavía. El principio permanece en pie, independientemente del uso exagerado que se puede hacer de él. Tomado en su verdadero sentido, es en todo para el honor de María, porque lo que viene a significar es que no hacen falta oropeles para adornar a Aquella que camina como Reina cubierta con un vestido de oro cargado de pedrerías.
     Ahora bien, y aquí es adonde queríamos llegar con esta advertencia: no se puede admitir, con los jansenistas (En los Avisos saludables a los devotos indiscretos de la Santísima Virgen invitaban a los cristianos de su tiempo "a no imitar a los Santos en sus maneras de hablar extraordinarias y figuradas en honor de María"), que tantos Padres o tantos Santos y sabios hayan podido desconocer un principio tan claramente reconocido. ¡De cuánta gloria son, pues, para María las alabanzas que vamos a escuchar, salidas de sus plumas y de sus labios!

     II. Comencemos este estudio por el procedimiento racional. No tenemos ya que decir cómo todas las perfecciones de gracia y de gloria, tan largamente distribuidas por la divina munificencia a los hombres de todos los siglos, y particularmente a las almas más favorecidas entre los amigos de Dios, están afirmadas de la Virgen Santísima. Sería repetirnos sin fin. Volved a leer, por ejemplo, en nuestro primer tomo sobre la Madre de Dios lo que escribimos entonces de las reglas, según las cuales se pueden determinar las prerrogativas que pertenecen a la maternidad divina y quedaréis plenamente convencidos. Y ¿cómo no tendrá María, Ella sola, todos los privilegios de gracia repartidos entre los otros, puesto que participa secundariamente, después de su Hijo Nuestro Señor, de la cualidad de origen y fuente de las gracias?
     Poco, demasiado poco, es atribuir a esta Señora las perfecciones de los otros Santos; hay que añadir la vía de afirmación la de negación, es decir, apartar de esta Reina del Cielo y de la tierra las imperfecciones, tan comunes a la familia humana, y hasta las mismas de que los grandes Santos no estuvieron exentos. De aquí esas fórmulas, tantas veces repetidas, en las que se llama a María la toda Pura, la toda Perfecta, la toda Santa; Pura y Perfecta por Sí misma, en todo, siempre y por todas partes: semper et undequaque.
     Y esto también es lo que significaba Dionisio Cartujano en esta oración, de la cual recordamos haber citado un fragmento: "Oh, amable y más que amabilísima, venerada y más que venerada Señora. .., por esto mismo que has sido hecha Madre de Dios, tienes una dignidad como infinita. No podemos alcanzar ni a tu santidad, ni a tu grandeza, ni a tu gloria; indignos somos de contemplarte, impotentes para ofrecerte homenajes iguales a tu mérito. ¿Qué haremos, pues? Lo que hacemos con Dios. De igual modo, en efecto, que podemos formarnos un conocimiento tal cual del Creador con ayuda de las criaturas afirmando de Él todo lo que hay de perfección y de bondad en las cosas creadas, pero sin las imperfecciones que tienen; así dulcísima María, te contemplamos en las otras mujeres, y a Ti sola te atribuímos todo lo que en ellas vemos de santidad, de excelencia y de perfección; pero en un grado más alto, rechazando lejos de Ti todo lo que hay de bajo, de defectuoso y de imperfecto. En unas brilla la virginidad, pero sin la fecundidad; pero Tú, Tú eres Madre y Virgen, y ¿Madre de quién? Del Creador de todas las cosas..." (Dionys. Curthus., de Laude vitae solitar., a. 9; vol. de Vita et fine solitar., 1. II, c. 2).
     Con sentimiento abreviamos un texto que se enlaza tan directamente con esta materia; tanto más cuanto que indica claramente la vía de negación y las otras dos vías.
     Ya lo hemos visto: esta vía de negación, cuando se trata de Dios, no se detiene aquí. Nos lleva hasta profesar nuestra impotencia para concebir las perfecciones divinas y nuestra incapacidad para hablar de ellas; de tal modo que las honramos con el silencio. Ahora bien: si sentimos con los Padres, aquí es donde vienen a parar los esfuerzos para alabar dignamente las incomparables perfecciones de la Madre de Dios. ¿Queréis una prueba? Volved a lo que hemos escrito en otro lugar de la inconmensurable grandeza de esta divina Madre (Según atestiguan los Libros Santos (III Res, VIII, 10, sqq.; II Paral., V., 11). cuando la dedicación del Templo, los sacerdotes, después de haber colocado el Arca en el Sancta Sanctorum, salieron de aquel lugar temible, y los levitas y cantores, acompañados de gran número de instrumentos, celebraban las alabanzas del Señor, "una nube llenó la Casa de Dios y los sacerdotes no podían ya permanecer en el Templo, ni cumplir sus funciones, porque la gloria del Señor había llenado la Casa del Señor". ¿No nos parece ver en este hecho memorable una figura de María? Desde el momento en que esta Virgen recibió en su seno a la verdadera Arca de la Alianza, y se convirtió singularmente en Casa del Señor, se pueden, sí, entonar cánticos en su honor; pero la gloria de Dios, que la cubre a nuestros ojos como una nube, detiene bien pronto estas alabanzas, y sólo con nuestro silencio podemos exaltarla) y allí veréis a los Santos confesar a porfía la impotencia en que se ven de concebir y expresar los privilegios de María.
     "Digamos algo en alabanza de la Sacratísima Virgen María. Pero, ¿qué podemos hacer nosotros, tan pequeños, tan débiles, tan impotentes? En verdad que aunque todos nuestros miembros se volviesen lenguas, nada bastaría para tal empresa. Ella es más grande que el mar; más grande, sí, es Aquella de la cual nos esforzamos en pronunciar las alabanzas, porque llevó en sus entrañas purísimas al Dios que no pueden contener los límites de la creación" (Pseudo Agustinus, sermo 208, n. 5; col. n. 4. El autor es o San Fulberto de Chartres o San Ambrosio Autpert.).
     ¿Puede asombrarnos que los más ilustres hijos de la Iglesia confiesen así su impotencia para hablar de las perfecciones de María cuando la misma Iglesia les ha dado el ejemplo confesándolo también? Después de prodigar sin tregua ni medida los elogios más magníficos a la divina Virgen, lejos de pensar que ha hecho bastante, exclama al fin: Quibus te laudibus ejjeram nescio ("No sé con qué alabanzas exaltarte") (Offic. B. M. V. per annum, reap. I noct.). Y la Iglesia griega, a pesar del entusiasmo prático de sus pontífices y de los innumerables panegíricos compuestos a gloria de María, se refugia igualmente en el silencio: "Cuando queremos alabarte, ¡oh, la más inocente de las criaturas!, toda clase de elogios nos falta" (Ex Men., die 27 april... Prietas Mar. Graecor., p. 114).
     ¿Se detendrán los Padres y los Santos en este camino de negación y de silencio? No, porque sucede con las perfecciones atribuidas a María como con las perfecciones divinas. Si nuestras ideas, sacadas de la contemplación de la perfección de las criaturas, son incapaces de representarlas como conviene, dichas perfecciones están, sin embargo, en María, pero de una manera inefable y excelentemente superior. He aquí, pues, el tercer procedimiento de conocimiento y alabanza: lo que Santo Tomás ha llamado la senda o vía por exceso, la vía de supereminencia. Sabemos lo que esto significa cuando se trata de expresar las perfecciones divinas. Ahora bien: se hallarían millares de textos en los cuales se emplea el mismo lenguaje para explicar las perfecciones de la Santísima Virgen. Recordaré algunos de los que ya nos son conocidos. Así es como los Padres la han llamado la supersanta, la supermadre, la superbendita, la superinmaculadísima, la superllena de gracias; testigos, por ejemplo, este apostrofe de San José el himnógrafo en los Menelogios de los griegos: "¡Oh, Supersanta, Tú has engendrado al Verbo Supersanto!" (Ex Men.. 13 jan. P. G., CV, 1048); y esta oración, sacada de un comentario sobre el Cantar de los Cantares: "Que el Superdulcísimo Crucificado nos conceda esos bienes por los méritos e intercesión de su Madre Supersuavísima, la Virgen María" (Pez, Thesaur. novissim. Anecdot., t. II, I p., p. 680).
     "¡Oh, María!, dicen también; ¡oh, Virgen!, ¡oh, Madre de Dios! Tú sola eres Santa, Tú sola inocente, Tú sola pura, Tú sola hermosa, Tú sola escogida, Tú sola muy amada entre todas las criaturas." Y en otro lugar: "Salve, oh, única Madre de Dios, más pura que el rayo de la luz, más pura que toda pureza... Tu suavidad sobre-puja a toda suavidad; tu nobleza, a toda nobleza; tu tesoro espiritual, a todos los tesoros." "Nadie es inmaculada como Tú, oh, Señora nuestra... Nadie más que Tú es inmaculada." Y en otro lugar: "No hay más azucena que Tú entre las espinas ni otra paloma entre los mortales." Y es, oh, Virgen María, "que Tú eres incomparablemente más Santa que todas las virtudes; es que sola Tú tienes toda pureza, toda humildad, toda hermosura" (Cf. Passaglia, de Immac. Concep., t. I, pp. 1495-1513).
     De igual modo que hace poco se negaban de María las perfecciones de las criaturas porque esas perfecciones, como están en ellas, resultan alejadísimas de la sublimidad de las de esta Señora, he aquí que ahora se le atribuyen a Ella sola esas mismas perfecciones porque en el grado en el cual fueron enriquecidas con ellas las otras obras escogidas de la gracia, es decir, los Santos, es como nada ante su plenitud. Por esto terminamos con esta aclamación de Juan el Geómetra: "Salve, Tú, la primera; salve, Tú la única" (Himn. ad Virg. P. G„ CVI, 868).

     III. Hora es ya de pasar al procedimiento simbólico. Trabajo interminable sería querer seguir las liturgias de las diferentes Iglesias, y a los Padres, y a los escritores eclesiásticos, en el uso que han hecho del simbolismo para glorificar a la Madre de Dios. Todo cuanto el cielo y la tierra tienen de hermoso, de grande, de puro y de rico, lo han presentado como tipo símbolo y figura de María: el sol, la luna, la luz, las flores, los frutos, los animales mismos; aquellos, por lo menos que respiran gracia, nobleza y belleza. Después de la naturaleza han hallado una mina inagotable de imágenes en los objetos sagrados del culto hebraico, como el tabernáculo de la Alianza, la urna de oro donde Moisés encerró el Maná; el templo y el altar, el incensario de donde sube el humo del incienso al trono de Dios.
     No es todo esto. Los libros del Antiguo Testamento vienen, unos después de otros, a ofrecerles infinitos tipos de María: tipos expresamente queridos por Dios, tipos imaginados por la piedad de los hombres, tipos sacados de las cosas o de las personas. ¿Queréis algunos ejemplos? He aquí, primero, un párrafo de San Juan Damasceno en que este modo de alabar a María se presenta con toda su riqueza:
     "Te han visto las hijas de Jerusalén, es decir, de la Iglesia, y te han proclamado bienaventurada, y las reinas, es decir, las almas de los justos, te alabarán eternamente (Cant., VI, 8). Porque Tú eres el Trono real donde los ángeles contemplan asentado a su Dueño y su Creador. Tú, un Edén espiritual incomparablemente más santo y más divino que el Paraíso antiguo; habitaba en aquél el Adán terreno; en Ti habita el Señor que ha bajado del cielo. El Arca fue figura tuya, porque Tú nos has conservado la semilla del mundo nuevo; porque Tú has engendrado a Cristo, salvación del mundo. .. La zarza ardiendo, las tablas escritas con el dedo de Dios, la urna de oro, el candelabro, la mesa de los panes de la proposición, la vara de Aarón, con su milagroso florecimiento, te representaban y te anunciaban. Por Ti, en efecto, apareció en su carne la llama de la Divinidad, el Verbo del Padre, el Maná celestial y suavísimo, el Nombre que es sobre todo nombre, la luz eterna e inaccesible, el Pan de la vida divina, el Fruto nacido de Ti sin humano cultivo.
     "¿Qué más? Aquel horno de Babilonia, en donde se hallaban a un tiempo mismo las llamas ardientes y el rocío del cielo, ¿no te prefiguraba también, a Ti y al Fuego divino oculto en tus entrañas? Claramente fuiste anunciada por la tienda de Abraham, porque el Verbo de Dios, habitando en tu purísimo vientre como en su tabernáculo, ofreció la naturaleza humana, de tu sangre limpísima, un pan cocido bajo la ceniza al fuego de la divinidad, quiero decir sus primicias mas preciosas, el cuerpo y el alma, que Él unió a Sí para nuestra salud. Más aún: ya me olvidaba de la escala de Jacob, como si no fuera patente que fuiste en ella simbolizada. Vióla el Patriarca uniendo con sus dos extremidades el cielo y la tierra, y los ángeles bajaban y subían... Y esta escala eres Tú, Virgen Santísima; Tú, nuestra mediadora; Tú, por quien Dios mismo bajó hasta nosotros a fin de unirse a nuestra naturaleza y hacer del hombre un vidente de Dios; Tú, que compusiste la ruptura entre la tierra y los cielos." No se detiene aquí el Santo, sino que sigue viendo a María en el misterioso vellocino de Gedeón, en la profética montaña de Daniel, en la puerta cenada que deja pasar al Señor y, sin embargo, no se abre.
     Leed, en particular, las numerosas homilías de los Padres orientales sobre el misterio de la Presentación de la Virgen en el Templo y quedaréis maravillados de la abundancia con la cual desarrollan ese tema, sobre todo por la aplicación simbólica que hacen a María del Templo, de sus partes y de los utensilios sagrados encerrados en su recinto.
     Como ejemplar más completo de este modo simbólico de alabanzas, traducimos una página de San Andrés Cretense. Quizá no será muy notable desde el punto de vista de la oratoria, pero es, en cambio, muy instructiva. "Ved —dice a sus oyentes— con cuántos nombres fue honrada la Madre de Dios y en cuántos lugares de las Escrituras manifestaron éstas su gloria. Nuestros Libros Santos la llaman Virgen, tabernáculo, profetisa, lecho nupcial, casa de Dios, templo santo, altar propiciatorio y mesa sagrada. Es también para ellos el incensario y la urna de oro, el Santo de los Santos, la gloria de los Querubines, las tablas del Testamento, la Virgen sacerdotal, la diadema de la belleza, el cuerno del aceite de la unción, el cetro real, el alabastro y el candelabro. Es el Paraíso, la zarza ardiendo, la Virgen de Isaías, la tierra Santa donde germina la Verdad, el arca, el trono, el libro y el volumen. Es la Reina, el día, el cielo, el Oriente, la ciudad de Dios..."; enumeración que el Santo prosigue aún sin cortarla, como hemos hecho nosotros para evitar la monotonía (Serm. de Nativit B. V. Matris Dei).
     Por lo demás, los otros Padres dan a la aplicación de estos tipos una forma más literaria, y, sobre todo, ponen más en evidencia sus perpetuas alusiones a la Sagrada Escritura. Tales son, por ejemplo, Santiago el Monje, Jorge de Nicomedia, Juan, Arzobispo de Eucaites; también Hesiquio, patriarca de Jerusalén, que exclamaba de este modo en un sermón sobre Santa María, Madre de Dios: "Justo es que toda lengua alabe y bendiga a la Virgen Madre de Dios, y se esfuerce, en cuanto sea posible, en imitar a Gabriel, el príncipe de los ángeles; por esto, uno le dice humildemente: Ave, yo te saludo; otro la aclama como aquella de quien el Señor ha recibido la carne que le hace visible al mundo. Éste la nombra Madre de la luz; aquél, Estrella de la vida; un tercero, trono de Dios; otro, un templo más grande que el cielo; otro, en fin, un jardín que, sin humano cultivo, ha dado la flor y el fruto; tórtola sin mancha, paloma inmaculada. ¿Es esto todo? No. Para otros es nube llena de lluvia vivificante, estuche enriquecido con una perla más deslumbradora que el sol, navío cargado con mercancías de inestimable precio, tesoro capaz de enriquecer al mundo entero, lámpara que tiene en sí misma la fuente perpetua de su luz; arca mil veces más amplia y más ilustre que la de Noé, puesto que toda la Santísima Trinidad desciende a Ella: el Padre, para cubrirla con su sombra; el Espíritu Santo, para santificarla, y el Hijo, para establecer en Ella su morada. Ved, pues, hermanos míos, cuán grande, cuán admirable es la dignidad de la Madre de Dios... Por eso todos los profetas, oh, Virgen, cantan tus alabanzas. Te llaman la Virgen de Jesús para significar con esto tu virginidad, que nadie ni nada ha podido lastimar, ni enturbiar. Te comparan a la zarza ardiendo, que no se consumía, porque te representaba a Ti y al Unigénito de Dios" (Sermo de S. María Deip.,). Todas estas figuras proféticas hace desfilar el orador en su entusiasmo ante su auditorio; pero, hay que decirlo, con una prolijidad que los latinos no conocieron jamás.
     Los cantos litúrgicos de los griegos no nos ofrecerían cosecha menos rica de tipos y de símbolos que las homilías de sus autores sagrados. Apelamos a la obra que tantas veces hemos citado bajo el título de Pietas Mariana Graecorum. Casi en cada página y en cada día del año es invocada la Santísima Virgen bajo un nombre simbólico, tomado con frecuencia de las Escrituras. Y ¿por qué asombrarse de ello cuando esos mismos cantos de los Menelogios nos aseguran que Ella es "digna de recibir infinitamente apelativos de honor", y que "debe ser alabada de todos y por todas las bocas"?.
     No hay que creer que en esta materia se hayan dejado sobrepujar los latinos por sus hermanos de Oriente. Si no hallamos en sus discursos esos párrafos interminables, de los cuales hemos citado algunos, no se muestran ni menos fecundos ni menos variados cuando se trata de recordar y de explicar las figuras de la Madre de Dios. Raros son, en la Edad Media, los oradores que hablan de María sin celebrarla en sus innumerables tipos, como la Madre Virgen, como la Mediadora, como la santidad, la pureza, la inocencia y la belleza mismas. San Bernardo es tan conocido que no hay necesidad de mencionarlo. Recórranse las obras del Beato Ogero (Sermo in Assumpt. et serm. paneg. B.M.), de Godofredo de Vendóme (Serm., in Purificat.), de Absalón de Springiersbach (Serm. 43 de Assumpt.) y los sermonarios de la misma época y se verá que no han cedido a los griegos el honor de haber ellos solos glorificado de este modo a María.
     Al lado de los monumentos oratorios hay una multitud de opúsculos encaminados al mismo fin, como el Espejo y la Alabanza de la Bienaventurada Virgen María, atribuidos uno y otro a San Buenaventura (El opúsculo que se intitula laus B. Mariae (Opp. S. Bonav., ed Vives, t. XIV, p. 181, sqq.) aplica a María diez y nueve figuras bíblicas y termina cada una de las aplicaciones con una devotísima oración); como las Contemplaciones, de Raimundo Jordán; las Alabanzas de la Virgen Santísima, por Ricardo de S. Lorenzo; el libro de la Corona de la Bienaventurada Virgen, entre los apócrifos de San Ildefonso.
     Debemos apresurarnos y dejar atrás muchas riquezas esparcidas en los himnos y cánticos con los cuales ofrecían nuestros padres este género de alabanza a la Reina del Cielo con una sencillez deliciosa. Se hallarán profusamente en las Colecciones de esas producciones del numen cristiano y popular, abiertas al calor de un tierno y filial amor hacia María.
     En esta ocasión diremos gustosamente, con el autor de La Virgen María viviendo en la Iglesia (Augustó Nicolás, Noel, 1, c. 4, t. I, pp. 273 y sigs.): "¿Cómo sacrificar la secuencia Salve, Mater Salvatoris, ese precioso collar de perlas de Adán de San Víctor, una de las joyas más bellas del tesoro litúrgico de María, que valió a su autor, según se dice, milagrosas gracias de la Reina del Cielo?"; ¿cómo dejar atrás tan encantadora composición si no fuese demasiado larga para reproducirla aquí? A lo menos hay que notar, al tratar de una obra tan poética y tan dogmática al mismo tiempo, cuán familiares eran entonces las cosas religiosas aun a los simples fieles, puesto que composiciones de esa clase eran generalmente comprendidas, sobre todo cuando se presentaban en lengua vulgar.
     No sin razón se lamenta amargamente el P. Cahier de la transformación operada entre los artistas, en tiempo de Miguel Angel, cuando abandonaron éstos los Libros Santos, estudiados por los antiguos pintores, para entregarse exclusivamente al estudio de la antigüedad pagana. Perdieron el sentido de lo simbólico de las antiguas edades cristianas. Entre los ejemplos que el sabio arqueólogo trae para apoyar su dicho, hay algunos que se relacionan con nuestro asunto. "Los artistas antiguos —escribe—, queriendo expresar en sus representaciones de la Santísima Virgen el hermoso título de Causa de nuestra alegría, brillaron en la Escritura el racimo de uvas como símbolo ordinario de la alegría. Pusieron, pues, un racimo de uvas en la mano de María, o del Niño Jesús: pero este racimo se cambia en cerezas por Caraccio, y ya no es más que una especie de niñería. Sin duda, que comprendiendo también muy poco a la manzana como símbolo del pecado de Adán, que hacía pensar en María como en la Abogada de Eva. no vio en esas diversas frutas sino una diversión del Niño Jesús, y temo mucho que Mignard, aun conservando los tipos, no haya visto en ellos otra intención.
     Una estatutita del siglo XIII representa al Niño Jesús acariciando a una paloma; otra de la misma época, próximamente, pero de mayores dimensiones, en San Dionisio, representa a la paloma queriendo escapar y sujetas sus alas por el Divino Niño. Si alguien dudase que éste fuese un emblema del alma descansando bajo la protección de María, y conservada por Ella, a pesar de sus infidelidades y repugnancias, citaríamos un cuadro de Pinturrichio en el cual la Madre de Dios se deja picar los dedos pacientemente por una paloma; y la leyenda, para no dejar duda alguna sobre el pensamiento del pintor, dice así: Mater misericordiae. Otras pinturas y esculturas semejantes, en las que el Niño Jesús tiene la paloma en la mano, dicen así: Maria Santissima della grazie. Mater orationis (en Roma). Ahora bien, este emblema conmovedor se ha convertido prosaicamente en una madonna del gatto bajo la mano de Barrocio, o en una Sagrada Familia del perrito, baio el pincel de Murillo" (Le Christianisme, a-te-il nui au développement des connaissances humaines, etc., par Acheri (Ch. Cahier), t. I, p. 100.

     IV. Se da una última forma de alabanza que no podemos omitir por entero porque se relaciona del modo más estrecho con los dos procedimientos de que hemos tratado en el presente capítulo. Nos referimos a esas largas series de Aves o Salves de que los sermones de los Padres y los cánticos sagrados de la Edad Media nos ofrecen tantos y tan ricos monumentos. Es la continuación y el comentario de la alabanza que el Arcángel Gabriel dirigió el primero, de parte de Dios, a la Virgen bendita; Salve, llena de gracia: Ave gratia plena. El enviado celestial entonó el himno, por decirlo así, y de edad en edad, y en todos los climas, la tierra lo prosigue con unción y variación admirables. En esos Aves repetidos sin fin, los Padres y los que los han imitado dicen a María todo lo que Ella es en sí misma y todo lo que es para nosotros; pero ¡con qué abundancia de alusiones bíblicas y de símbolos, con qué clase de encanto, con cuánta unción! Sólo pueden tener idea de ello los que han meditado esas producciones de los himnógrafos y de los oradores cristianos. Tal es, por otra parte, la multitud de esas piadosas salutaciones, que no bastarían a contenerlas volúmenes enteros. Hablan primero los orientales, no sabemos si desde el quinto siglo, por lo menos, en que las hallamos en labios de San Cirilo; no sabemos, repetimos, que haya uno solo de los Padres que al predicar de los misterios de la Madre de Dios no dé libre curso a ese género de homenajes en una o en otra de sus homilías. A veces hasta se encuentran sermones que, casi desde el principio hasta el fin, no son otra cosa que un himno de triunfo y una plegaria en forma de canto en que cada frase y cada miembro de frase comienza con el Ave. Citaremos, como modelo de este género, el segundo sermón de San Juan Damasceno sobre la Anunciación de la Santísima Virgen. Quitad media página de exordio y no hallareis otra cosa en ese discurso que salutaciones, divididas en diez largas series, que prueban muy bien con cuánta verdad decía el mismo Padre, jugando con el vocablo sobre el nombre de la Virgen, en otro de sus discursos: "Salve, María; Tú que eres como infinita si se considera la infinidad de alabanzas debidas a tus méritos"; lo que demuestra prácticamente por una nueva y espléndida serie de Aves. Citaremos también, como ejemplo, las salutaciones de la Iglesia manda recitar a sus sacerdotes en los últimos nocturnos de la fiesta y Octava de la Inmaculada Concepción, salutaciones sacadas de los sermones de San Germán de Constantinopla, de San Sofronio, de San Tarasio y de San Epifanio (43).
     S. Germán Constant., serm. In lngressum Deiparae; S. Sophron., in SS Deip. Annunciat., n. 18; S. Taras., Hom in SS. Deip. Praesentat.. S. Epiphan., Or. de Laudibus M. Deigenit, sq. Para tener alguna idea de la multitud de esas salutaciones, todas idénticas en cuanto a la sustancia, véase también a San Andrés Cretense, hom. sobre la Natividad, la Anunciación y el Sueño de la Madre de Dios; a Santiago el Monje, sobre la Anunciación; a Modesto de Jerusalén, panegírico sobre el Sueño de la Virgen; Juan el Geómetra, hom. sobre la Anunciación, nn. 35 y sigs.; Tito de Bostra, hom. sobre San Juan Bautista, n. 9; Antipatro de Bostra. hom. sobre la Anunciación: Basilio de Seleucia: San Teodoro Studita. sobre el Sueño de la Virgen, n. 4 ; item, serm. sobre la Natividad de la misma Virgen; León el Filósofo, serm. sobre la Asunción. San Efrén u otro autor oculto bajo el nombre de este venerable Padre, discurso sobre las Alabanzas de María, Madre de Dios, etc., etc.
     Se comprende muy bien que esos Padres, de los cuales la mayor parte han compuesto cánticos e himnos, no podían saludar a María en sus discursos sin traducir los mismos saludos en cánticos poéticos. Por eso lo hicieron con más abundancia aún en sus versos que en prosa, como puede verse recorriendo la Patrología griega de Migne. Citaremos, entre otros, a San José, monje Basilio del siglo IX; a San Juan Damasceno y a Juan el Geómetra (Patrol. G., t. CV et CVI).
     Entre todos los cantos de esta clase compuestos por los himnógrafos del Oriente, ninguno es comparable al himno acatista. Era un himno de reconocimiento en que la Iglesia de Constantinopla daba gracias a María de una triple liberación que creía deber a la milagrosa protección de su poderosa y divina Patrona. Este himno comprende 24 estrofas, siguiendo las letras del alfabeto, alternando las más cortas con las más largas. Cada una de estas últimas se divide en dos partes; una contiene la historia o la doctrina y la otra, un saludo a María doce veces repetido; pero de tal suerte que a cada Ave responde un título diferente, salvo la duodécima salutación, que es siempre la misma: Salve, Esposa Inmaculada. Las estrofas más cortas se terminan con "Alleluia". El nombre de himno acatista le viene de la especial circunstancia de cantarse de pie, como nuestro Te Deum.
     Véase el canon de San José sobre este himno, Pat. Gr., CV, 1020-1028. El volumen siguiente (CVI, 1336 y sigs.) da la historia de los acontecimientos, en los que se revoló la singular protección de María, salvando a Constantinopla de una triple invasión de los bárbaros, bajo Heraclio primeramente, después bajo Constantino Pogonato y León Isaurico. La primera composición data de la época en que Constantinopla fue liberada milagrosamente, bajo Heraclio, de los ataques de Sarbar y Chagan (626). Unos la atribuyen a Jorge de Pisidia, cartofilacio de la iglesia de Constantinopla en tiempo de aquel emperador; otros, al patriarca Sergio; otros, en fin, ya a San José, uno de los himnógrafos más fecundos de la Santísima Virgen, ya a Jorge de Nicomedia. Esta diferencia de opiniones debe proceder, en gran parte, de que fue dicha composición aumentada y retocada en diversas épocas. El P. Nic. Nilles, Calendarium mannuale utriusque Ecclesiae in Orient. et Occident., la ha reproducido entera según la traducción latina de Constantino Lascaris, t. II, pp. 157-183,
     No hemos hablado sino de las largas series de Aves, porque si quisiéramos indicar las invocaciones más cortas que revisten esta forma habría que nombrar a la mayor parte de los autores eclesiásticos de Oriente que han hecho panegíricos de la Santísima Virgen.
     En Occidente no son menos numerosas las salutaciones, con esta diferencia: que ni los oradores ni los sermonarios las han prolongado hasta el infinito como los griegos. Son más sobrios y concisos. En ellos no encontramos esos revuelos que acaban por cansarnos a pesar de sus bellezas. En cambio los himnógrafos de la Edad Media no ceden en nada a los de Oriente, hasta los sobrepujan. Nos persuadiremos de ello por poco que recorramos las Colecciones, más o menos literarias, pero siempre llenas de sencilla piedad y unción, conocidas por el Rosarium, el Laudatorium, el Salutorium, Salterium, Prosarium, etc. Llamamos la atención, en particular, sobre el Salterium de Nuestra Señora, en las obras de San Anselmo de Cantorbery, y el Salterio menor de San Buenaventura, como más aproximado a las salutaciones griegas, aun que más largo y más metódico, puesto que se compone de tres series de 150 Aves, desarrollada cada serie en cuatro "bouts-rimés".
     V. Fácil es, después de estos comentarios sobre uno y otro procedimiento, darse cuenta de la multiplicidad de nombres dados a María, tanto más cuanto que sucede con Ella como con Nuestro Señor; queremos decir: que recibe muchos títulos por razón de su cooperación en la obra de la salvación. Por eso, entre los nombres que le dan los Padres se encuentra el de Virgen de los múltiples nombres. Varios autores antiguos se ejercitaron en hacer un catálogo de ellos. El Cardenal Pitra nos ha conservado dos catálogos de esta clase en el Especilegio de Solesmes. Uno de ellos data del siglo XII y se compone de 64 versos distribuidos en 16 estrofas. Pasamos en silencio un himno muy singular, insertado entre las obras de Juan el Geómetra, en que los nombres de María están consignados en versos heroicos, iguales en número a las letras del alfabeto griego, para traducir un fragmento del sermón de San Efrén sobre las Alabanzas de la Madre de Dios: "María, en el día del Nacimiento del Señor, se convirtió para nosotros en un cielo donde reside la divinidad, puesto que Cristo, sin abandonar la gloria del Padre, se encerró en sus castas entrañas a fin de elevar a los hombres a la dignidad más sublime. Sí: esta Virgen, sólo Ella, entre todas las mujeres, ha sido escogida como instrumento de nuestra salud. En Ella se consumaron los oráculos de los justos y de los profetas... A todos estos títulos conviene darles diversos nombres. Ella es el Templo del Hijo de Dios, un templo donde El entró sin cuerpo para salir de él revestido de nuestra carne. Ella es un nuevo cielo místico en el cual el Rey de los reyes ha hecho su morada y desde el cual cayo, en cierto modo, sobre nuestra tierra revestido de una apariencia terrestre (Apoc., XXI, 1), Ella es una viña odorífera, cuyo fruto ha tomado del árbol su parecido (Eccli., XXIV, 23). Ella es una fuente que brota de la casa de Dios, de donde manan las aguas vivas que basta gustar con los labios (Joel., III, 18) para no padecer sed jamás..." (Opera S. Ephraim. Syri, t. III (Syriace), p. G06, 607).
     No proseguimos esta nomenclatura, pues ya hemos traído suficiente elementos en la páginas que anteceden, y porque, además, se puede hallar más extensamente desarrollada en obras especiales.
J. B. Terrien S. I.
LA MADRE DE DIOS Y MADRE DE LOS HOMBRES

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