miércoles, 19 de febrero de 2014

ORDEN.

     En la ciudad donde yo vivo, un señor ejemplar, padre de catorce hijos, hizo escribir con grandes caracteres negros sobre la fachada blanqueada de su casa de campo esta conocida máxima: «El orden se consigue teniendo un sitio para cada cosa y cada cosa en su sitio.»
     En el interior de todas las casas y en lugar bien visible para sus habitantes, debía estar escrita esta norma práctica.
     El desorden en el hogar es un desastre, resulta antiestético, hace perder mucho tiempo y origina multitud de conflictos y disensiones.
     Da compasión ver cómo viven muchas chicas. Sus habitaciones, en plena anarquía, se asemejan a un campo después de una batalla, o a una casa robada, después del saqueo.
     La buena señora dudó un poco antes de abrir la puerta. Me estaba enseñando su casa, muy mona y muy arreglada, pero, al llegar a una puerta, antes de abrirla, un tanto vacilante, se creyó en la obligación de prevenirme:
     —Esta es la habitación de mi sobrina. No sé cómo estará. ¡Estas chicas viven con tanto barullo!
     Se abrió la puerta y apareció el cuarto como una leonera. Sobre la alfombra, unas zapatillas, mirando cada una hacia un lado; más allá, también en el suelo, una bata de casa junto a unos zapatos caídos; en una silla unas medias usadas, en otra unos guantes y una novela; sobre la cama un vestido y una revista de modas; en el tocador toda clase de utensilios en plena revolución; la mesilla sostenía una pirámide heterogénea de revistas, novelas, devocionarios, cartas, el velo de ir a la iglesia, un frasco de colonia, una polvera, un bolso y alguna otra cosa más que se escapó a mi observación; por la puerta entreabierta del armario asomaban un par de vestidos...
     ¿Hay algo más feo y antiestético que un cuarto de esta índole? ¿Dónde aparece aquí el buen gusto de su ocupante?
     Y, sin embargo, estos cuadros se repiten en número demasiado crecido.
     Las chicas viven en pleno desorden, lo mismo en lo relativo a su casa que respecto a su manera de obrar.
     Las mamás se quejan constantemente:
     — ¡Estas chicas! Necesitan una persona que vaya detrás de ellas cogiendo lo que dejan tirado.
     Tienen razón. El desorden complica y dificulta la vida familiar.
     No se encuentran las cosas cuando hacen falta. Nadie recuerda dónde las dejó; hay que revolver toda la casa en penosa y prolija búsqueda para, después de muchos afanes, rabietas y malos humores, poder hallar lo que, con la mayor facilidad y a la primera, se hubiese encontrado en un plan de orden.
     La escena la hemos presenciado muchas veces.
     La chica va a ir al cine. Después de completar su toilette, dejando por todas partes el rastro de su paso de embrollo, pretende coger los guantes.
     ¿Dónde están? No los encuentra. Revuelve su armario, y nada. Registra toda la habitación, lanzando los objetos de un lado a otro, y nada.
     Se impacienta; el tiempo corre y es ya la hora del cine. Le esperan las amigas; pero esos malditos guantes, ¿dónde se han metido? Se interesa en la búsqueda a la mamá, a los demás familiares; se pregunta a los niños, a quienes se sospecha culpables, y se les hace blanco de reproches injustificados; se riñe a la doncella porque al arreglar la habitación los ha cambiado de sitio; se cruzan palabras duras entre madre e hija. Hay mal humor, ambiente cargado...
     El reloj continúa veloz su carrera y los guantes no aparecen. Hay que renunciar al cine, llevar otros guantes o ir sin ellos.
     Al día siguiente los guantes son encontrados en una mesa del despacho paterno, entre unas carpetas de documentos.
     Su dueña, al regresar de la calle, había encontrado muy cómodo dejarlos allí, donde se había refugiado a leer una carta.
     —Es por vivir de prisa, sin tiempo para nada—. Suelen decir para disculparse.
     No; la prisa y los muchos quehaceres nunca pueden justificar el desorden, sino que, por el contrario, exigen orden.
     Cuando más orden hay, más se corre y menos tiempo se pierde.
     —Es que en aquel momento no tenía tiempo. Era ya la hora... Me estaban esperando...
     Disculpas fútiles que a nadie pueden convencer.
     Prácticamente, el mismo tiempo cuesta dejar los guantes sobre una mesa que en aquel cajón, o en aquel estante del armario donde está su sitio.
     ¿Qué diferencia de tiempo hay entre tirar un vestido sobre la cama o colgarlo de su percha? ¿Veinte o treinta segundos? Y ¿qué supone esto en la práctica? Absolutamente nada.
     En cambio, después, al volver a utilizar aquellas prendas, encontrarlas a la primera y bien, supone un ahorro de muchos minutos de trabajo y de malos humores.
     Con frecuencia supone también ahorro de dinero.
     Los objetos dejados de cualquier manera, con facilidad se rompen o deterioran, el vestido arrojado de cualquier forma, se arruga y lacia.
     A algunas chicas les duran las cosas mucho más que a otras, y en gran parte es debido a que las cuidan más.
     Además del orden en los diversos elementos de la casa, ha de guardarse también éste respecto al proceder de los familiares.
     Es muy corriente que una muchacha viva sin plan alguno. Este desorden resulta tan desastroso como el otro. Su vida, lo mismo que su habitación, se asemeja a una leonera, donde se amontonan los acontecimientos más dispares en pleno barullo.
     Produce desagrado e incomodidad vivir entre objetos amontonados; y lo mismo sucede cuando el montón lo constituyen las acciones personales. El resultado es idéntico: se complica la convivencia familiar y se producen roces y disgustos.
     Hay muchachas que no saben nunca en qué hora viven. Llega la hora de comer y, si se encuentran a gusto en el paseo, no se acuerdan de que los demás familiares esperan y su retraso puede trastornarles sus planes o perjudicarles para el cumplimiento de sus deberes.
     Lo mismo les da levantarse por la mañana a una hora que a otra. La única reguladora es la pereza. ¿Que con eso se altera el orden de la casa y el servicio anda después retrasado en sus labores? No importa. Si a mano viene, se descarga sobre las espaldas de la infeliz criada un chaparrón de improperios por no tener las cosas a tiempo.
     Es difícil combinarse con ellas para nada, porque, como no tienen hora, muchas de las combinaciones fallan.
     Las únicas horas fijas son las determinadas por la entrada y salida del trabajo, cuando están empleadas
     Claro está; en este barullo, los choques entre los familiares están a la orden del día y la convivencia hogareña se hace imposible.
     El desorden apaga el fuego del hogar. No es buen combustible el que alimenta el llar, sino escoria que no arde.
     Desconocen el valor de la puntualidad. Han de acudir a una cita a las siete, y a las siete menos cinco no han comenzado a arreglarse. Luego, a última hora, todo es meter prisa a los demás; que su madre le cosa un botón, que la criada le traiga los zapatos y le cepille el abrigo...
     Su madre se desespera porque, a pesar de haberse pasado la hora, no arranca del tocador; su hermana rabia porque no se lo deja a ella libre...
     ¿Exageraciones? No; escenas demasiado vulgares y corrientes.
     Claro está que no todas las muchachas son así. Gracias a Dios, abundan todavía las ordenadas, cuyas habitaciones, con todas las cosas en su sitio, resultan acogedoras y agradables.
     En ellas resplandece un no sé qué de bienestar, y buen gusto.
     Su vida también brilla con el orden. Horas fijas para las principales ocupaciones; puntualidad y exactitud en sus cosas. Es muy fácil coincidir con ellas, engranarse sin roce alguno.
     Y no es que vaya a pretender que la vida de una chica esté reglamentada como la de una monja. Nada de esto.
     El perfil de la vida del convento y del mundo es muy distinto. La muchacha debe tener un plan que organice la vida, pero sin dejarse esclavizar por él.
     El plan ha de ser un guía, no una prisión; y, por lo tanto, ha de haber dentro de él cierta holgura de movimientos.
     Ocupaciones determinadas y horas fijas; pero con la suficiente flexibilidad para, por causas justificantes, cambiar las ocupaciones y alterar las horas según las conveniencias propias o de la familia.
     «La vida ordenada —ha dicho Javier Schlitter— no ha de asemejarse a un pesado convoy de ferrocarril que jamás se sale del raíl y todo lo atropella. Más vale imitar a un automóvil que bordea el obstáculo y se detiene sin aplastar al pasajero» (Guía de la mujer cristiana).

Emilio Enciso Viana
LA MUCHACHA EN EL HOGAR

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