viernes, 7 de febrero de 2014

SAN IGNACIO DE LOYOLA (6)

Capítulo Quinto
EL PEREGRINO DE JERUSALEM (1523-1524)

     Después de un año casi completo que pasó en Manresa, Iñigo partió para Barcelona. Si creemos a Juan Pascual, aquella partida le fue aconsejada por Inés Pascual y el Canónigo Pujol, a fin de libertar al peregrino de la maledicencia de algunos mal intencionados. (1) Pudiera ser que el Canónigo Pujol e Inés Pascual hubieran dado este consejo; pero no fue ciertamente para evitar las murmuraciones que podían ocasionar en la ciudad las conversaciones de Iñigo con algunas mujeres devotas, por lo que tomó esa revolución. Las conversaciones aquellas datan de los primeros días; y sin embargo durante diez meses que se continuaron no habían provocado oposición ninguna. Sabemos además que a su vuelta de Jerusalem Ignacio quería volver a Manresa; no hay pues verosimilitud en la hipótesis de Inés y de Juan Pascual. Iñigo salió de Manresa, porque le pareció llegado el momento de embarcarse para Jerusalem. Así se expresa él mismo en sus dictados a González de Camara (2).
     Es una verdadera tradición entre los herederos de la familia Marcet, (3) que antes de alejarse el peregrino hizo una última visita a Nuestra Señora de Villadordis, lo que es muy probable. Iñigo había orado y recibido tanto en aquella capilla que no es posible no se despidiera de la Santísima Señora. Los Marcet eran entonces los vecinos más cercanos de la capillita. Muchas veces habían dado limosna a aquel santo mendigo. Así que se imponía una última visita al agradecido corazón de Iñigo. En medio de la conversación se desidió a dejar a sus huéspedes el cinturón de fibra tejida con que ajustaba su túnica. Desde 1522 los herederos de Marcet conservan piadosamente esta reliquia estimada por ellos más que todos los tesoros.
     Nuestra Señora de Montserrat recibió también los homenajes de Iñigo (4) al salir de allí. Fue a poner bajo la protección de la Virgen Negra el gran viaje a Jerusalem que era su secreto. A los benedictinos del Monasterio y a su Procurador Mossén Guiot que iba a Roma para tratar algunos asuntos, Iñigo no hizo mención sino de una peregrinación a la Ciudad Eterna. Adriano VI hacía siete meses apenas que había salido de España para ir a tomar posesión de la Sede de San Pedro; su advenimiento a Roma se señalaría sin duda según la costumbre por un solemne jubileo. ¿Cómo admirarse de que el ermitaño de Manresa se aprovechara de la ocasión que se le ofrecía para acompañar hasta Roma al Procurador del Monasterio de Montserrat?
     Hacia el 29 de febrero de 1523, Iñigo salió de la ciudad de Manresa  (5) en donde Dios y los hombres le habían protegido tanto. ¡Qué emoción la de su corazón al dejar aquellos lugares llenos para él de tantas maravillas! Y para todos aquellos a quienes el ejemplo de su santa vida había llevado a una mejor práctica de la religión ¡qué sentimiento y qué lágrimas cuando le vieron partir!
     Envuelto en su túnica de burel y un crucifijo colgando al cuello, llevando sobre el corazón la imagen de Nuestra Señora de los Dolores que había tenido consigo desde Loyola, tomó a pie el camino de Barcelona. En su mochila no tenía sino unos libros de devoción y de sus notas espirituales, y de sus amigos no había recibido otra limosna que algunos pedazos de pan. Le acompañaban el canónigo Pujol, hermano de Inés Pascual y Mossén Guiot, con Gabriel Perpinya su criado. (6) De estos cuatro viajeros, Gabriel Perpinya, es el único que nos dejó un testimonio; no dice nada sobre la manera cómo se hizo el trayecto hasta la capital de Cataluña; pero podemos estar seguros que con su independencia evangélica Iñigo no hablaba con sus compañeros de otra cosa que de Dios, porque nada sino El estaba en su horizonte.
     La vieja ciudad Condal tenía entonces una muralla en la que se abrían nueve puertas. Fue por la Puerta Nueva, por donde Iñigo entró en Barcelona, siguiendo la calle de Corders, y así sin duda pasó a saludar a Nuestra Señora de la Guía cuya imagen se veneraba en la capilla de Marcus, de donde en seguida, por la misma calle de Corders, la plaza de la Lana y la Calle de Febres, llegó por fin a la casa de Inés Pascual, su huésped, en la calle de Cotoners. Inés se había quedado en Manresa con su hijo Juan, pero el Canónigo Pujol estaba autorizado para abrir a Iñigo la puerta de una morada en donde se le ofrecía con tan buena voluntad hospitalidad por el amor de Dios. (7)
     La calle de Cotoners estaba muy cerca de la iglesia parroquial de Santa María del Mar. Esta iglesia es vecina del puerto, en el centro de un barrio que aún ahora conserva algo de su fisonomía del siglo XVI. El edificio es gótico, de tres naves, y está dedicado a la Virgen, y María es allí tan verdaderamente reina que se pueden contar más de veinte capillas adornadas con su imagen. En este santuario verdaderamente Mariano, la devoción de Iñigo debió de florecer con toda libertad. Entre otras imágenes los habitantes de Barcelona veneraban allí a Nuestra Señora del Sepulcro. Muy recientemente el primero de julio de 1521 el Obispo y los Magistrados habían levantado un acta solemne de un milagroso sudor de Nuestra Señora. A un lugar en donde María manifestaba por sus prodigios su voluntad de ser venerada, se puede estar seguro de que Iñigo acudiría bien de prisa. Cierto día que estaba allí o en la iglesia de San Justo muy cercana, sentado en la escalinata del altar, en medio de los niños, durante el sermón, una señora llamada Isabel Roser, (8) lo vio, e instintivamente se fijó en él pareciéndole que el rostro de aquel pobre estaba iluminado, y una especie de voz interior le decía: "llámalo, llámalo". Cuando Isabel volvió a su casa refirió a su marido esta historia, y ambos resolvieron buscar al desconocido. Se le encontró y los ricos barceloneses lo invitaron a comer con ellos. Terminada la comida Iñigo como tenía costumbre en Manresa hizo a sus huéspedes una exhortación espiritual. Quedaron maravillados y se aficionaron tan fuertemente al que así les hablaba, que habiéndoles éste dicho que iba a embarcarse para Italia en un bergantín próximo a partir, insistieron para que no lo hiciera. A sus instancias se decidió a esperar la partida de un gran navío, y esto fue obra de la Providencia, porque el bergantín se hundió a la vista misma del puerto. (9) Desde los primeros pasos en Barcelona el Señor da testimonio de que cuida de aquellos que han puesto en El toda su confianza.
     Decidido a vivir de limosna, tanto en Barcelona como en Manresa, Iñigo iba de puerta en puerta, mendigando su alimento y las provisiones del viaje, que el patrón del navío en donde debía partir había exigido que llevara. Tocó cierto día en la casa de los Zapila, y he aquí, según el relato de Estefanía de Rocaverti, subpriora del Carmelo de Barcelona, cómo se hizo aquel encuentro. (10) Cuando el peregrino caminaba mendigando por la calle ancha, Leonor Zapila percibió el contraste que había entre la distinción del rostro y manos y el humilde vestido de aquel pobre; desde luego pensó que tenía ante ella a un joven de buena alcurnia, y en su indignación le dirigió esta reprimenda: "es evidente que sóis un perdido para que podáis andar así por el mundo; volved a la casa de vuestros padres de donde seguramente habéis huido para llevar las aventuras de la vida de un hijo pródigo". Iñigo replicó con humildad: "le doy a usted las gracias por el consejo que me da; dice usted muy bien; yo soy un hijo pródigo y un gran pecador". Cuando Leonor Zapila oyó aquellas palabras se sintió conmovida hasta el fondo del alma por aquel acento y aquella actitud modesta y se apresuró a dar al peregrino una limosna y provisiones para su viaje.
     Durante su estancia de algunas semanas en la capital de Cataluña, Iñigo no llevó otra vida que la que había llevado en Manresa: mendigaba su pan, visitaba las iglesias y asistía a los oficios. Buscaba también, y es él mismo el que lo advierte, (11) el encuentro de algunos amigos de Dios, para animarse a un mayor amor y más ardiente de su único Señor. Muchos conventos de Barcelona y aun algunas ermitas de las afueras de la ciudad debieron recibir su visita. Pero en ninguna parte encontró un alma que pudiera ayudarle como lo deseaba. Sin embargo parece haber frecuentado con gusto la casa de las Jerónimas en la plaza del Padró. Según el analista, Sor Mariana Edo, la hermana de Antonio Estrada y Sor Benigna Vicente, tenían con Iñigo algunas santas conversaciones y del monasterio enviaban alimentos al peregrino al hospital de San Lázaro que estaba cercano. Cuando vuelva de Jerusalem, el peregrino agradecido ofrecerá a las Jerónimas una cajita de madera llena de piedras y flores de Tierra Santa, que se conservó mucho tiempo en el Convento como un precioso relicario (12).
     A nadie dijo Iñigo quién era, ni que trataba de ir a Jerusalem. Tenía miedo de que refiriendo sus orígenes o sus designios podría sucumbir a alguna tentación de vanagloria (13). Cierto día que tendía la mano en la calle pidiendo algún socorro para embarcarse, una señora le dijo: "¿Pero a dónde quiere ir usted?" El vaciló un instante y respondió: "a Roma". A lo que admirada la señora exclamó: "¿quiere usted ir a Roma? Los que van allá, yo no sé por qué o cómo, pero no vuelven jamás"; dando a entender así que salían de la Ciudad Eterna poco provistos de bienes espirituales. (14)
     Otros hacían al peregrino algunas reflexiones menos picantes y molestas, pero muy prácticas. El mismo cuenta los consejos de prudencia que le daban. (15) No sabiendo ni italiano, ni latín ¿cómo podría darse a entender en Roma? ¿Y de qué viviría? ¿No era tentar a Dios ir así sin intérprete y sin dinero?
     Tales precauciones parecían muy humanas a aquel verdadero pobre de Jesucristo. "Hubiera rehusado, decía, la compañía de cualquiera, así fuese el hijo o el hermano del Duque de Cardona."  (16) Cuando por fin hubo negociado su pasaje con el patrón de un navio que consintió en llevarle gratis, con la sola condición de que tuviese su provisión de bizcocho, experimentó un gran escrúpulo. ¿No era desconfiar de la Providencia Divina el asegurarse aquella provisión? Si creía en ella ¿qué necesidad tenía de aprovisionarse? Pero luego le venían objeciones en contra de aquel razonamiento evangélico. No salía de sus dudas, hasta que al fin expuso a su confesor su caso de conciencia. Este le dijo que mendigara y llevara consigo lo necesario y él obedeció. Pero en el momento de embarcarse cuando ya estaba en la playa se dio cuenta que tenía aún en sus bolsas cinco o seis piezas de plata recibidas de limosna, y las dejó sobre un banco. Y no llevando consigo otra cosa que su provisión de bizcocho, (17) subió al navío. Según su propia reflexión, con la fe, la esperanza y la caridad en el corazón, se creia en perfecta seguridad. (18)
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     El navío se dio a la vela hacia el 20 de marzo de 1523. Mossén Guiot y Gabriel Perpinya, estaban en él con Iñigo. Durante la travesía éste continuó su vida evangélica. No hacía más que una comida por día y aun comía muy poco; oraba sin cesar y no abría la boca sino para hablar de Dios. Mossén Guiot dijo muchas veces a su joven criado Perpinya, que aquel hombre era un santo. (19)
     El mar estaba muy agitado y los pasajeros llegaron a temer el naufragio en la tormenta; pero no fue así: después de cinco días el navío llegó sano y salvo a Gaeta. (20)
     Allí nuevos terrores. Corría el rumor de que la peste se enseñoreaba en el país, pero sin preocuparse mucho de aquellos rumores, Iñigo apenas desembarcó tomó el camino de Roma. Con él caminaba una mujer acompañada de sus dos hijos, de los cuales uno era una niña que había creído deber vestir como hombre. Aquéllos también iban a pie y mendigaban su pan. Llegados a una alquería encontraron algunos soldados que les dieron de comer y beber; y les excitaban a tomar mucho vino como si tuvieran la intención de embriagarlos. Llegada la noche los viajeros se separaron, la madre y la hija subieron al piso superior; e Iñigo quedó con el muchacho en la parte baja. Hacia la mitad de la noche se hizo un gran tumulto y se oyeron grandes gritos, Iñigo se levantó. La madre y la hija habían bajado al patio y llorando y sollozando se quejaban de que se les quería hacer violencia. Iñigo en el colmo de la indignación, apostrofó a los soldados con tal fuerza que todos los de la casa se llenaron de admiración; pero nadie lo atacó. Y los viajeros continuaron en paz, aquella misma noche, su camino. (21)
     Llegados a la ciudad de Fondi, que estaba cercana, la encontraron cerrada y así se refugiaron los tres en una iglesia vecina a la muralla de la ciudad. Por la mañana se presentaron de nuevo a las puertas pero se les rehusó la entrada, y se fueron entonces a un castillo vecino. Allí el peregrino se encontró tan débil por la caminata y los sucesos que hemos referido, que ya no podía andar, así es que se detuvo mientras que sus compañeros de miseria continuaban su camino hacia Roma. Durante el día gran número de personas salieron de la ciudad. La señora del país, Beatris Appiani, salió también y al momento Iñigo se le acercó, le expuso su caso y pidió el favor de penetrar en la ciudad, (22) lo que fácilmente le fue concedido. Comenzó entonces a mendigar por las calles y recibió gran cantidad de moneda menuda. Allí permaneció dos días y recobradas las fuerzas continuó su camino, llegando a Roma el domingo de Ramos 29 de marzo de 1523. (23)
     No sabemos nada de las impresiones de Iñigo durante los quince días que vivió en la Ciudad Eterna; sobre ello nada dijo. Lleno de desprecio como estaba de las cosas humanas, podemos creer que el espectáculo de las grandiosas ruinas y monumentos de la antigua Roma le dejó poco menos que indiferente. Debió pasar en las iglesias la mayor parte de su tiempo. Los Santuarios de Nuestra Señora debieron ser el objeto de sus preferencias y debió ser para su corazón, lleno aún de los recuerdos de Cataluña, una verdadera alegría encontrar en Roma la imagen de Nuestra Señora de Montserrat; y ¿cuáles no serían las efusiones de su piedad ante el sepulcro de San Pedro? Nos gustaría que nos lo hubiera dicho, pero es prenso contentarnos con imaginarlo. Lo que sabemos ya de su alma nos permite hacer conjeturas sin peligro de errar.
     Reinaba entonces el Papa Adriano VI. Este antiguo preceptor de Carlos V y canónigo de Utrecht, había estado, como lo hemos visto, muy mezclado en la política de España desde 1515 y mucho más todavía, cuando a la muerte de Cisneros, fue nombrado primer ministro. Aquellos recuerdos eran de ayer. Elegido el 9 de enero de 1522, Adriano VI, no entró en Roma sino hasta el 9 de agosto. En su Corte los súbditos de Carlos V tenían fácil acceso; y no fue difícil a Iñigo encontrar en la Colonia Española quién le llevara hasta el Papa. Según el relato de Juan Pascual (24) al padre Gil, fue Jorge de Austria su introductor. El peregrino recibió de Adriano VI la licencia de hacer el viaje a Jerusalem y la bendición apostólica, y el lunes o martes (13 o 14 de abril) de Quasimodo salió para Venecia.
     No faltaron personas prudentes que trataban de disuadirle de ir a Palestina diciéndole que le sería imposible encontrar pasaje sin dinero al contado. Pero Iñigo estaba convencido de que de todas maneras haría aquel viaje. Sin embargo, vencido por el temor de no lograrlo de otra manera, había aceptado algunas monedas; llevaba pues en sus bolsas seis o siete ducados y contaba que con esta suma podría encontrar lugar en algún navio. Mientras caminaba hacia Venecia, a los dos días de haber salido de Roma, comenzó a pensar que aquellas precauciones eran un acto de desconfianza hacia Dios; tuvo gran pena y se preguntó si no haría mejor en desposeerse de aquel dinero. Finalmente acabó por distribuirlo a los pobres que encontró en el camino; tanto que a su llegada a Venecia sólo le quedaban algunas monedas y aquella misma noche de su llegada le fueron necesarias. (25)
     De su itinerario Iñigo no nos dice nada. Parece que debió de ir por Tívoli, Orvieto, Espoleto, Tolentino, Maceratta y Loreto, para costear en seguida el Adriático por Ancona, Sinigaglia, Fano, Pésaro, Rímini, Ravena, Comachio. Por lo menos sabemos que pasó por Chioggia y Padua.
     A causa del peligro de la peste que invadía a Italia, encontró establecidos por todas partes cordones sanitarios. Le era imposible entrar en las ciudades y el peregrino dormía a campo raso y se alimentaba como podía. Su color pálido podía hacer creer a las gentes que estaba contagiado y aun sucedió cierta vez que un transeúnte al encontrarle en el camino, echó a correr espantado, como si hubiera tenido la desgracia de tocar a la misma peste en persona. (26)
     Cuando Iñigo llegó a Chioggia no estaba solo. Sus compañeros de camino le dijeron que le sería ciertamente imposible entrar en Venecia sin pasaporte y que era necesario ir a Padua para que se lo dieran. Partieron juntos, pero como iban ellos muy aprisa, no pudo seguirlos y se encontró por la noche solo en la inmensa llanura. Mientras que estaba así como abandonado, Nuestro Señor se dignó aparecérsele, como lo hacía en Manresa, y el peregrino se sintió grandemente reconfortado. Por la mañana en las puertas de Padua, los guardias no le pidieron certificado alguno, y lo mismo sucedió a la salida. Cuando volvió a encontrar a sus compañeros se admiraron mucho de esto. (27) Llegaron juntos a Venecia, y desde que entraron en los canales de la ciudad, los guardias vinieron a la góndola que los llevaba y examinaron uno por uno a los pasajeros, pero solamente a él no le hicieron pregunta alguna. (28)
*      *
     Era a mediados de mayo y la salida de los navíos para Tierra Santa tardaba aún dos meses. El hombre de Dios no tardó en tomar su partido; su vida en Venecia será en todo semejante a la que había llevado en todas partes desde Manresa. Pedía durante el día limosna para tener con qué alimentarse, por la noche se acostaba en cualquier parte bajo los pórticos del palacio, en las tablas de los almacenes, en las cercanías de la Plaza de San Marcos. (29) El Padre Celestial que vela por el crecimiento de los lirios y la vida de los pajarillos suscitó en el corazón de los venecianos la compasión por aquel extranjero. Una noche Marco Antonio Trevisano, oyó durante su sueño, una voz que le decía: "tú estás bien abrigado en tu casa y mi siervo está afuera". Trevisano era muy virtuoso; doquiera donde vivió, tanto en Chipre como en Venecia, se le llamaba el santo. Se levantó, encontró al pobre peregrino y lo llevó a su casa como una conquista. Otra vez un rico español encontró a Iñigo y le preguntó qué hacía, y sabiendo su deseo de ir a Jerusalem le invitó a comer en su casa y le retuvo en ella varios días hasta el momento de la partida. (30)
     En las horas de su juventud, Iñigo había frecuentado a los grandes de España y entrado en los palacios reales. Frente a las hermosuras de Venecia, su memoria hubiera podido recordar y su mirada comparar. Pero es preciso repetirlo, la figura del mundo que pasa ya no le interesaba. Y se puede estar seguro de que en la capital de la Serenísima República no visitó otra cosa que las iglesias.
     Mientras que estaba en ella, Venecia celebró las fiestas magníficas del matrimonio del Dux con el Mar (31 de mayo) y la del Corpus Christi (5 de junio). En este cuadro mágico el espectáculo cautiva la mirada de todos los extranjeros y sus relatos demuestran su admiración. En el mar la galera donde va el Dux es escoltada por una multitud de góndolas cargadas con los curiosos de todos los países: griegos, albaneses, turcos, orientales, judíos, que disputan a los venecianos el honor de escoltar al jefe de la Serenísima República. En cuanto éste según el rito tradicional echa su anillo de oro en el agua, todos los ojos se fijan en él; la imagen del poder y de la riqueza que el mar tributa a la reina del Adriático se presenta a todos los espíritus; y los cristianos van con el mismo Dux a la iglesia de San Nicolás para dar a Dios gracias por haber hecho tan grande a Venecia.
     El día de Corpus San Marcos resplandece con las llamas de mil cirios. El Dux está allí escoltado por los embajadores de Francia, de Inglaterra y del Imperio, detrás de ellos los ediles de la ciudad que llevan cada uno a su derecha a un peregrino de Jerusalem; el Patriarca, Clero, los monjes, las cofradías con sus banderas, salen en procesión; en la plaza de San Marcos orgullo de Venecia hay una multitud inmensa. Por encima de aquel maravilloso espectáculo, el alma de Iñigo se levanta hasta el soberano Artífice cuyo cielo supera a todas las bellezas de la tierra, al Soberano Señor de los Duces y de los pueblos, a Cristo Rey, presente en la hostia de aquella custodia que lleva un sacerdote; y mientras que resuenan los himnos sagrados, en medio de las adoraciones que se escapan de tantos corazones humanos, el homenaje del obscuro peregrino español, perdido entre aquella multitud, es quizás el que sube hacia el Altísimo como el incienso de más agradable aroma.
     Aquellas fiestas religiosas se acompañaban de fiestas civiles. El lujo de las mujeres venecianas, la suntuosidad de los banquetes oficiales, la gracia de las danzas populares, pueden cautivar la atención de otros peregrinos. Pero para Iñigo sólo Dios y sus templos y sus santos y las reliquias que honra Venecia es lo que cuenta: el cuerpo de San Marcos, el brazo de San Andrés, el brazo de San Bartolomé, los cuerpos de Santa Lucía, Santa Bárbara y Santa Marina. A pesar de las instancias de sus protectores, Iñigo rehusó pedir audiencia al embajador de España para que se ocupara de encontrarle un lugar para ir a Jerusalem. (31) Desde que se hubo familiarizado con el Flos Sanctorum de Loyola, los santos mediadores del cielo son los únicos amigos que ocupan su recuerdo y de los cuales solicita y espera el socorro. Atraído por una vida del todo evangélica y próxima a salir para el país en donde Jesús predicó el Evangelio y escogió a los apóstoles, con qué devoción se arrodilla y llora delante de los restos de San Marcos, de San Andrés y de San Bartolomé.
     Hay en Venecia una tradición de tratar a los peregrinos como huéspedes sagrados. El gobierno y el Ayuntamiento se honran en ocuparse de sus asuntos y facilitar sus tratos con los patrones de los navíos que parten (32). Por el diario del suizo Pedro Fussli y del alsaciano Felipe Hagen, ambos peregrinos de 1523, sabemos que los carreteros del mar tienen alma de comerciantes, que calculaban en un alto precio el producto de los viajes a Tierra Santa. Alguno de entre ellos pide 26 ducados por pasajero; otros, 40, 50 y aun 60, sin hablar de las provisiones de boca y de la ropa de cama que cada uno debe procurarse a su costa (33).
     Por sus conversaciones con sus futuros compañeros de viaje, Iñigo pudo conocer el encanto de esta lucha al mejor postor entre los marrulleros marinos. Pero él no tenía inquietud alguna, porque la Providencia es la que se ocupa de aquellos que todo lo han dejado por el amor de Dios. En la mesa del rico español que lo hospedaba en los últimos días de su estancia en Venecia tenía la misma moderación que acostumbraba desde Manresa. Guardaba silencio, respondía brevemente a las preguntas que le hacían, no tomaba la palabra sino para hablar de Dios, y nunca dejaba de hacerlo al fin de la comida. (34) Como eran gente muy buena su huésped y su familia le tomaron gran afecto, y llegado el momento le procuraron una audiencia con el Dux; éste, después del relato que le hizo el peregrino de sus deseos y de su pobreza, dio orden que se le concediera embarcarse en el mismo navío que conducía a Chipre a los gobernadores de la isla.
     Muy antes de la toma de Constantinopla por los turcos (1453) el acceso a los Santos Lugares estaba subordinado al beneplácito de los hijos de Mahoma. Desde 1208 Venecia había tomado la iniciativa de acuerdo con el Sultán de Babilonia y de Egipto que una galera de peregrinos tuviera para todos los católicos de occidente la libertad de llevarlos a la tumba de Cristo. A través de los siglos algunos sobresaltos de la rabia musulmana han impedido muchas veces o molestado esta peregrinación piadosa; pero el principio permanece y la institución subsiste. Por medio de su marina y por el documento diplomático que tuvo cuidado de arrancar a los turcos en 1458, Venecia se presentaba a los ojos de los nuevos amos del Bosforo, como una especie de heredera del desaparecido imperio latino.
     Un poco más tarde, la España de los Reyes Católicos estaría allí presente y activa. El 23 de diciembre de 1501, llega al Cairo un enviado de Isabel, Anghierra, que obtiene del Sultán la facultad de decorar y reparar la iglesia del Santo Sepulcro. En esta fecha Felipe de Pares era en oriente el cónsul a la vez de los catalanes y de los franceses.
     Francia desde hacía siglos y principalmente después de las cruzadas tuvo en oriente un lugar privilegiado suficiente para que se dejase sentir su poder e influencia con los sultanes. Cuando en 1510, el sultán, para vengar el desastre de su flota incendiada y echada a pique por los caballeros de Rodas, se exaltó hasta apresar a todos los comerciantes cristianos, arrojar a los franciscanos, tapiar las puertas de los santuarios, el gran maestre Aimery d'Amboise no tuvo trabajo en persuadirle que era necesario que con un acto solemne pidiese perdón de tales violencias al Rey Luis XII. Un embajador de Estambul salió para París portador de una carta muy humilde (1510) que Luis XII hizo publicar al son de trompetas en la capital (1511). Al año siguiente Andrés Lerroy, secretario del príncipe, salió para Palestina a fin de "hacer abrir la puerta del Santo Sepulcro y de otros lugares sagrados tapiados, y tomar posesión de ellos en nombre de la cristianísima corona de Francia."
     La conquista de Egipto por los turcos en 1516 no cambió en nada esta situación. El Sultán Selim, confirmó los privilegios que el de Egipto había acordado para Venecia a Domingo Trevisano en 1510. Juan Pedro Benoit, cónsul de Francia en 1528, obtuvo también de Selim unas capitulaciones que renovaban todas las licencias y convenciones anteriores. (35)
     No hay que creer que todos estos actos solemnes bastaran para garantizar contra toda vejación y todo peligro a los peregrinos que se atrevían a ir a la Tierra Santa. Estos fijaban una situación de derecho; pero la situación de hecho dependía del humor de los soldados y oficiales turcos, que desde la puerta de Jafa hasta el valle del Jordán, guardaban las entradas de las ciudades consagradas por los recuerdos evangélicos; eran frecuentemente crueles y siempre ladrones; y no se evitaban sus atracos sino entregándoles la bolsa. Los relatos de viaje del siglo XVI, son unánimes acerca de estas costumbres turcas.
     Sin embargo, el armador Ragazzoni, que debía conducir al gobernador de Chipre, había hecho sus preparativos y también sus convenciones con los peregrinos. Mediante 26 ducados por persona se encargaba del viaje de ida y vuelta. Su navío era solido y grande, armado de 19 cañones y servido por 32 hombres de tripulación. Según refiere el suizo Fussli, jamás salió de las aguas de Venecia para los Santos lugares otro navío mejor. (36)
     En su diario de ruta (37) enumera cuidadosamente las provisiones que hizo de acuerdo con sus tres compañeros suizos: bizcochos por valor de tres ducados, tres barriles de vino, un cuarto de queso de Plasencia, jamón, tocino, salchichas, lenguas ahumadas, ciento cincuenta huevos, gallos y gallinas vivas, hongos, ciruelas, sal, azúcar, algunos vasos, platos y cubiertos, algunas medicinas y pólvora para fusil. Era necesario acomodarse para dormir tanto como para comer: cada uno iba provisto de mantas, colchón, almohadas, cobertores y esteras. Llevaban también algunos libros entre ellos una biblia en alemán.
     Los cuatro españoles, escribe Fussli, (38) hicieron juntos sus compras, pero es de creer que con sus hábitos de penitencia, Iñigo no escogió ninguno de los artículos por llevar y lo dejó a la elección de sus compatriotas; a él le bastaba, y la frase es de él "una inagotable provisión de confianza en Dios." Un poco antes de la partida cayó enfermo; la fiebre le sobrecogió, pero cedió al cabo de pocos días, la mañana misma en que debía levar anclas había tomado una medicina, y el médico, interrogado, respondió jocosamente que sin embargo podía embarcarse para que lo enterraran en el camino. A pesar de estas palabras poco tranquilizadoras Iñigo subió al navío, y volvió el estómago de tal manera que se encontró muy aliviado y pronto quedó en vías de recuperar la salud totalmente. (39)
     El miércoles 15 de julio, entre seis y siete de la mañana, el capitán desplegó sus velas y partió como dice Fussli (40) "a la gracia de Dios".
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     Desde la primera noche cayó el viento y hubo que esperar pacientemente hasta el jueves por la tarde, 16 de julio. El viernes a mediodía volvió la bonanza, y se echaron las anclas cerca de Rovigno, en Istria a 120 millas de Venecia. El sábado por la tarde un ligero viento permitió acercase un poco más a la ciudad. Poco después las barcas de los pescadores se acercaron para tomar los pasajeros que quisieran bajar. Por la tarde del domingo se levantó tan fuerte el viento que fue imposible para los que habían bajado a tierra volver al navio antes del lunes por la mañana. Hacia las diez el capitán izó las velas. Por la tarde del martes un viento contrario volvió al navio cincuenta millas atrás. Ragazzoni buscó un abrigo en un puertecito a cinco millas de Pola. Pasaron anclados el miércoles, fiesta de Santa Magdalena, y el jueves volvieron a navegar; al día siguiente, vigilia de Santiago, el navio estaba a la vista de la montaña de Loreto. El domingo el viento vino de popa y se sostuvo hasta el lunes por la tarde; el sábado siguiente se avistó a Valona, el lunes a Zante, el miércoles a Cérigo; y volviéndose mejor el viento, el navio llegó a Candía. El jueves viendo que se acababa la provisión de agua dulce y temiendo la vuelta del viento contrario que le había hecho sufrir tanto, Ragazzoni propuso a los pasajeros prometer a la Virgen una ofrenda de seis ducados a fin de obtener un viento favorable. El martes el capitán pasó a la vista de Rodas y llegó a Chipre el jueves por la noche; pero por el deseo del gobernador no se echó el ancla sino hasta Famagusta, el 14 de agosto. (41)
     Durante este trayecto de un mes, no sabemos nada de las impresiones de Iñigo. En sus confidencias a González de Cámara no ha referido más que un detalle. En el séquito del gobernador había algunas sirvientas y desde el principio de la travesía, Iñigo anotó algunas manifiestas villanías que reprendió severamente. Entre sus tres compatriotas alguno le aconsejó la prudencia añadiendo que los marineros hablaban ya de abandonar al censor en alguna isla desierta; pero no fue así: (42) Iñigo desembarcó en Famagusta con todos los otro pasajeros.
     Mientras que los ocho peregrinos subían al navío del gobernador, otros trece (43) se habían embarcado en la galera llamada de los peregrinos que mandaba un patrón llamado Francisco. Salida antes que el navío desde los primeros días de julio, la galera al tercer día de navegación, y aun antes de salir del Adriático fue asaltada por una tempestad que la obligó a buscar refugio. A la altura de Corfú sufrió otra nueva tempestad. A despecho de estos contratiempos, después de haber hecho escala en Creta, la galera acabó por llegar a Chipre. Francisco manifestó que quería abandonar allí a los trece peregrinos que llevaba, porque no eran lo suficientemente numerosos para poder sufragar el viaje hasta Jerusalem; pero la llegada del navío del gobernador a Famagusta todo lo arregló. (44)
     Los españoles fueron los primeros en tratar con Francisco y por 20 ducados, consintió en llevarles a Jafa y volverlos a Chipre. Los suizos cuyo primer proyecto era pasar por Beyrut dudaron un poco y después de deliberar consintieron en seguir el partido de los españoles. Tanto en la galera como en el navio del gobernador, Iñigo fue aceptado por el patrón, "sin otra provisión que su confianza en Dios!" (45)
     Mientras que se preparaba todo para el trasborde y la partida, los viajeros pudieron, conforme a la costumbre, visitar a Famagusta la Nueva y a Famagusta la Vieja, a Nicosia y a Salinas. En medio de los recuerdos franceses que abundan en ese país de Chipre, no faltó quien señalara a Iñigo una opulenta casa edificada allí por los Requeséns de Barcelona. En Nicosia, en el convento de San Francisco un Religioso habló a los peregrinos acerca de Jerusalem a donde ya había ido. El calor era tórrido y no favorecía mucho las excursiones. El estrasburgués Hagen cuenta que fueron de noche a una montaña vecina de Nicosia para venerar un calvario. (46) Fussli (47) hace notar la artillería que defiende los muros y las torres de Famagusta la Vieja y exalta la fertilidad de la isla.
     El miércoles 19 de agosto todo estaba listo. Los veintiún peregrinos estaban reunidos en Salinas. Por la noche la galera se dió a la vela en dirección de Jafa. El viento sopló en contra hasta el viernes 21 de agosto por la mañana, después amainó y al día siguiente tenían ya a Jafa a la vista. Pero los marineros no reconocieron el camino y volvieron atrás acercándose a la costa; el viento era malo y fue preciso echar anclas. El lunes por la mañana se navegó poco, pero el martes se avistó claramente el puerto de Jafa, y en su alegría y agradecimiento los peregrinos reunidos en popa cantaron el Te Deum y la Salve Regina. (48)
     Entretanto Francisco, el patrón de la galera, fue a Rama para advertir a los Franciscanos de la llegada de los peregrinos y a Jerusalem a fin de obtener el salvoconducto y la escolta de los turcos. Obligados mientras tanto a permanecer en el navío, a los peregrinos se les hizo el tiempo muy largo. Un oficial turco seguido de algunos soldados armados de arcos y arcabuces, vino a inspeccionar a los pasajeros. Por fin el lunes 31 de agosto por la tarde volvió el patrón acompañado de dos franciscanos. Uno de ellos reunió a los peregrinos a fin de inculcarles los sentimientos de fe que convienen a los visitantes de los santos lugares; e hizo su sermón en tres lenguas. Cuando desembarcaron, el l° de septiembre, los pasajeros encontraron en tierra a los turcos de la escolta que los esperaban, teniendo preparados algunos camellos y asnos. Algunos cristianos venidos del interior estaban también allí ofreciendo alimentos. Cumplidas las formalidades de costumbre, los peregrinos dieron sus nombres y fueron encerrados en un antiguo edificio de bóvedas, mientras que el patrón arreglaba todo con las autoridades turcas. Hacia las dos de la tarde todo estaba listo, los peregrinos tenían la autorización y pagaron la escolta, las monturas y los víveres. La caravana salió para Rama. (49)
     La ciudad estaba en ruinas, pero el hospicio edificado en otro tiempo por el duque de Borgoña Felipe el Bueno, permanecía en pie. Los peregrinos pasaron allí el día miércoles y luego emprendieron el camino para Jerusalem. Algunos judíos de Egipto se les unieron para ir a la Santa Ciudad. Después de un alto por la noche se continuó el camino y el viernes cuatro de septiembre por la mañana a la distancia poco tríás o menos de dos millas apareció Jerusalem. El español Diego Manes propuso a sus compañeros continuar la marcha en silencio y todos lo aprobaron. Caminando así en recogimiento llegaron los franciscanos para recibirlos precedidos de la Cruz y así, en procesión, los peregrinos franquearon los muros de la Ciudad Santa. (51) Sus rostros irradiaban el gozo de sus corazones. Iñigo estaba penetrado hasta el fondo del alma de un sentimiento de devoción que no lo abandonará ya jamás.
     Después de una comida que se les sirvió en el convento de los franciscanos, los peregrinos fueron conducidos a un hospicio bastante cercano al Santo Sepulcro.
     Desde el día siguiente, sábado 5 de septiembre, comenzaron las piadosas visitas según el programa tradicional que se encuentra en todas las relaciones de la peregrinación. (52) Los viajeros pasaron tres noches en el Santo Sepulcro (5, 11 y 16 de septiembre). Hicieron una excursión el 7 a Bethania, a Belén el 8 y el 14 al Jordán. El miércoles 16 de septiembre llegaron de Damasco cerca de quinientos caballeros turcos. El gobernador de Jerusalem urgió a los peregrinos que partieran y les recomendó el no salir por las calles a fin de evitar algún tumulto. Así que la última semana desde el 16 hasta el 23 de septiembre la pasaron en una reclusión casi absoluta. Sin embargo Fussli y uno de sus amigos conducidos por un musulmán, lograron llegar al Monte de los Olivos para venerar los recuerdos y contemplar una vez más desde las alturas, la ciudad sobre la cual Jesucristo había llorado. (53) Iñigo también se atrevió a hacer esta excursión, pero solo, como veremos.
     Bajo la amenaza de aquel grupo de bandidos llegados de Damasco, los peregrinos tuvieron que salir la noche del 23 de septiembre. Estos desde su primer paso en Palestina, habían sentido las ásperas exigencias de los turcos, que no tuvieron fin. Por cada visita al Santo Sepulcro tenían que pagarles siete ducados por persona y como faltó el dinero en la última visita, Francisco tuvo que ir hasta Jafa para buscarlo; sin lo cual la entrada al Santuario se les hubiera cerrado. En la excursión al Jordán, los turcos de la escolta se apoderaron de todo el vino y de una parte de los víveres de los viajeros y se entregaron con el más vivo placer a golpearlos, a derribarlos y a azotar sus monturas.
     A pesar de todo, aquella buena gente estaba contenta de su peregrinación. Durante dos semanas habían revivido la historia conmovedora del Salvador. El diario de viaje de Fussli y de Hagen da testimonio de la fe cristiana de todos. Para Iñigo, más aun que para sus compañeros de viaje, las huellas de Cristo en los Santos lugares le hablaban piadosamente. En sus lecturas de Loyola y en sus meditaciones de Manresa, se había hecho presente todo aquel drama del Evangelio al cual ahora asistía con los ojos llenos de lágrimas y el corazón ardiendo de amor. Ahora asistía, veía y tocaba y besaba con sus labios ardorosos el suelo de la gruta de Belem, los muros del Cenáculo, la roca donde fue plantada la cruz. Con qué claridad y qué encanto se presentaba a sus miradas la figura de Cristo lleno de gracia y de poder; él a sus pies renovaba las magnánimas ofrendas de sus meditaciones de Manresa.
     Tres de los peregrinos, entre ellos Hagen, el día de San Mauricio, fueron armados Caballeros del Santo Sepulcro. (54) Durante la ceremonia, qué de recuerdos debieron de inundar el alma de Iñigo: recuerdos del Amadís de Gaula, de Pamplona y de Montserrat. Para su corazón todo evangélico ya no había necesidad de otra armadura que la del mismo Cristo. Jerusalem era el lugar de su elección, y allí hubiera querido vivir hasta la muerte. ¿Qué ocupación más digna de un cristiano que la de nutrir su pensamiento con los misterios de la vida de Jesús? ¿Y por qué a su vez no había de predicar él el Evangelio en medio de los habitantes de aquella Jerusalem, donde Jesús había anunciado el reino de Dios?
     Tenía algunas cartas de recomendación para el guardián del convento de los franciscanos. Entregóselas y al mismo tiempo le manifestó su deseo de pasar el resto de sus días en los Santos Lugares. El guardián le objetó que la casa era demasiado pobre para recibirlo, pero Iñigo le respondió que él sólo pediría al convento un confesor. Tranquilizado el guardián consintió a condición de que lo aceptara también el Provincial que estaba por entonces en Belem (55). Contando ya con este consentimiento provisional, Iñigo escribió a algunas personas de Barcelona, sin duda para instruirles acerca de su nueva vida y las resoluciones que había tomado. Desgraciadamente se perdió esta carta y tenemos que contentarnos con los recuerdos que Iñigo mismo relató a González de Cámara. La víspera de la partida de los peregrinos, 22 de septiembre, el Provincial de San Francisco lo llamó a su convento. Era para decirle que el proyecto presentado al guardián era irrealizable. Muchos lo habían intentado antes y siempre sin otro resultado que haber sido asesinados por los turcos o hechos cautivos. Lo mejor era pues que se volviese con sus compañeros de viaje. Iñigo replicó con cortesía pero con firmeza que había tomado su determinación a toda costa y que se quedaría allí a menos que se lo prohibiera bajo pena de pecado. El padre Angel de Ferrara le mostró las bulas papales que le conferían el poder de castigar con excomunión a todos aquellos que se obstinaran, a despecho de su prohibición, en permanecer en Palestina. Pero al quererle mostrar las bulas pontificias, Iñigo lo detuvo diciéndole que le bastaba la palabra de un religioso y que obedecería a la orden recibida. (57)
     Desde el momento que era imposible quedarse en Jerusalem, Iñigo tuvo un deseo vehemente de volver a ver los lugares santificados por la presencia del Salvador y especialmente el monte de los Olivos. Solo y sin guía, a riesgo de caer en manos de los turcos, corrió hacia la montaña de la Ascensión. Los guardias le impidieron el paso, pero los amansó haciéndoles el regalo de su cortaplumas. Arrodillado en aquel suelo bendito desde donde el Salvador se había elevado hacia la gloria triunfante de los cielos, oró con gran consolación de su alma. Después visitó en Bethania el lugar de donde salió el Salvador el Domingo de Ramos. Y estando allí se acordó que no había observado exactamente cómo estaban señaladas en la roca las huellas de los pies de Jesús al abandonar la tierra. Volvió pues al Monte de los Olivos, y mediante el obsequio de sus tijeras ganó la complacencia de los guardianes, notó la posición de los pies divinos y bajó a toda prisa. (58) Los Franciscanos le buscaban por todas partes con gran angustia. Un cristiano de oriente, que estaba al servicio del monasterio, lo vió por fin cuando bajaba de la Santa Montaña. Se lanzó hacia él con el bastón levantado como para golpearlo, le tomó fuertemente por el brazo y lo condujo así hasta el convento, mientras que Iñigo dócil y silencioso contemplaba por encima de su cabeza a Cristo cuya vista llenó su alma de consuelo. (59)
     Obligado a salir de los Santos Lugares y a abandonar su sueño de apostolado en Palestina llevó en su corazón el recuerdo de la radiosa visión, era una prenda de que entre Jesús y él, el pacto establecido en Manresa, continuaba en vigor.
*      *
     Los peregrinos salieron de Jerusalem por la noche del 23 de septiembre. De Jerusalem a Jafa hubo entre los turcos de la escolta una gran disputa, pretendiendo unos abandonar a los viajeros en la noche en pleno campo y lejos de todo camino; pero los más razonables estuvieron no obstante de acuerdo con los más furiosos, para amenazarlos, golpearlos y robarlos. Cuando llegaron a Rama, el gobernador de la ciudad entró también en el juego de los bandidos; queriendo en señal de despedida un ducado por persona y un vestido. Los peregrinos se rehusaron, pero durante los tres días que pasaron en Rama tuvieron mucho que sufrir; amontonados en un lugar infecto, carecían de todo, aun de agua potable, y muchos cayeron enfermos. En Jafa el patrón Francisco también les exigió in extremis dos ducados por cabeza y los turcos de la escolta dieron a la bolsa de los viajeros un último asalto. Por fin la noche del viernes dos de octubre, la galera de los peregrinos se dió a la vela hacia Chipre. (60)
     Francisco ya no tenía provisiones, por haber robado los marineros la bodega; la calma chicha mantuvo casi inmóvil el barco; algunos peregrinos cayeron enfermos. Uno de ellos, Pedro de Breda, murió, y su cadáver fue arrojado al mar; se abrió una vía de agua; los marineros perdieron el norte y no sabían dónde estaban. Durante doce días los viajeros vivieron presa de enorme angustia. Los monjes que viajaban en el barco sostuvieron, mediante sus exhortaciones, el valor de todos. Se acordó hacer un voto a S. Roque y a Nuestra Señora. Por fin el viento volvió a soplar, y el miércoles 14 de octubre la galera atracó en Chipre. (61)
     A pesar de sus promesas, Ragazzoni el patrón del navío de los gobernadores, había salido hacía ya ocho días sin esperar la vuelta de los peregrinos. Fue, pues, necesario negociar el pasaje con otros patrones. Las deliberaciones fueron largas. Dos hermanos venecianos, de nombre Contarini, tenían un grande y sólido navío. Solicitados para el pasaje de los peregrinos, pidieron quince ducados por persona. Como los amigos de Iñigo dijeran a aquellos hombres avaros: "debíais de tomar gratis a bordo a este santo hombre," uno de los Contarini replicó: "si es santo que haga el viaje como Santiago." Había allí otros navíos entre ellos el del patrón Bigareli; pero éste o era mas acomodaticio. Cuando los tres suizos trataron de arreglarse con él, pidió por los tres cincuenta ducados. (62)
     Para pasar el tiempo y porque los navegantes no habían terminado su cargamento, los peregrinos fueron a visitar las curiosidades de Chipre. En el convento de San Juan de Monforte, un franciscano alemán propuso a Fussli la intervención del gobernador de la isla, Gabriel Cornaro. Este se mostró afable y obsequioso. A sus instancias Bigareli se dejó convencer y consintió en una rebaja: tomaría a los tres suizos por cuarenta ducados y a Iñigo gratis. El domingo primero de noviembre, día de todos los Santos, Iñigo y sus compañeros subieron al navío de Bigareli (63).
     Por la noche, salieron de Salinas para el puerto de Limisso, en donde debían completar el cargamento, y el martes por la mañana llegaron a alta mar. Una tempestad espantosa estalló por la tarde; en medio de los estampidos del trueno y de un aguacero torrencial el navio fue arrojado otra vez a Salinas, donde permaneció hasta el viernes. Al día siguiente, en Limisso, los pasajeros supieron que el gran navio de los Contarini se había roto e ido a pique en las rocas de Baffo, igualmente que otros dos navios turcos. El mal tiempo duró cinco días. El jueves 12 de noviembre, después de la cena, Bigareli levó anclas. El sábado 14 de noviembre estaba a la vista de Paphos. Tres días después la violencia de un viento contrario echó al navio hacia la costa turca; no se llegó a Rodas sino hasta el 20 de noviembre; después de cuatro días de escala, volvieron a partir, pero antes tle haber pasado la punta occidental de la isla hubo necesidad de anclar de nuevo. El viernes 27 Bigareli se dió a la vela. El 31 estaba aún a vista de Creta. La borrasca se hizo tan fuerte entonces que todos juzgaban era preciso buscar abrigo en la isla. Bigareli continuó mi camino entre la tempestad. Los peregrinos espantados se confesaban entre ellos mismos, como si fueran a naufragar; y Fussli (64) echó sobre las olas encrespadas un poco de aceite que había llevado del Santuario de San Mamés en Chipre. Otros hicieron algunos votos a San Roque. Los marineros, después de haber largamente deliberado, acabaron por atar a la popa del navío, un cable en el cual habían fijado al extremo dos pedazos de madera en forma de cruz. Al despuntar el día se llegó por fin a Suda, puerto Cretense a seis millas de Canea. Al día siguiente, domingo trece de diciembre, fiesta de Santa Odilia, los pasajeros asistieron devotamente a una misa celebrada por un sacerdote español.
     El lunes 14 de diciembre, Bigareli pudo al fin aparejar; el 15 pasó delante de Cérigo, el 18 delante de Zante, el 20 la violencia del viento los obligó a echar el ancla en Cefalonia. Los peregrinos celebraron allí la fiesta de Navidad. El frío era muy vivo y la nieve caía en abundancia; los habitantes decían que no recordaban haber visto jamás un temporal semejante. Después de once días de espera, Bigareli volvió a salir. Pero apenas se apartó de Cefalonia se desencadenó otra espantosa tempestad, la gran vela se rasgó, mas a pesar de todo el patrón continuó su marcha y llegó a Paros el viernes primero de enero de 1524. (65)
     Una vez que entraron por el Canal de Otranto tuvieron menos que sufrir. El martes 5 de enero el navío llegó a Ragusa, el jueves al Golfo de Rovigno, el sábado a Parenzo. Aquí los pasajeros bajaron y les fue necesario buscar otros medios de continuar su viaje. Después de haber obtenido el pasaporte del cuerpo sanitario se arreglaron con el patrón de un barco ligero maniobrado con remos y vela, en el cual tuvieron algunas aventuras porque el patrón era un borracho. Por fin el 12 de enero hacia las diez de la mañana los peregrinos desembarcaron en Venecia. Habían salido de Jafa hacía tres meses y medio. (66)
 * 
*       *
     De todas estas peripecias que acabamos de narrar, Iñigo en sus confidencias a González no detalló nada. Se contenta con una frase: "el pequeño navío en que estábamos sufrió mucho en la travesía, pero al fin tocamos tierra en la Apulia." (67) En este resumen desdeñoso de las tribulaciones que sufriera se revela la fortaleza de alma del peregrino. En medio de los elementos desencadenados y de los compañeros atribulados, él seguramente conservó la calma y repetía con el salmista: "El Señor me conduce, nada me faltará".
     Pero por lo demás, él se contentaba con bien poco. Para protegerse contra los rigores del invierno no tenía sino vestidos miserables; su pantalón de tela le llegaba a media pierna, su jubón negro corto estaba desgarrado de los hombros y su saco corto y usado.
     Con este equipo llegó a Venecia a mediados de enero de 1524. En la calle encontró a uno de sus bienhechores, quien por compasión le dio 15 o 16 julios de limosna, con un pedazo de tela que él dobló en varios pliegues y colocó sobre su pecho a fin de guardarse del frío. (68)
     Venecia no debía de tener por mucho tiempo al peregrino. Desde que se vio obligado a salir de Palestina comenzó a orientar de otra manera su vida: quería volver a Barcelona para ponerse a estudiar. Con un impulso nuevo el Señor continuaba discretamente encaminándolo a su verdadero destino.
     Emprendió su camino a través de Veneto y la Lombardía, pasó de Ferrara a Genova, continuando siempre en su vida del más completo desinterés evangélico. Al entrar en la Catedral de Ferrara un pobre le pidió limosna y le dio un marquete. Bien pronto se vio seguido de una procesión de mendigos; y a medida que le faltaba la moneda menuda iba dando una más gruesa y así se despojó de todo su dinero. Por fin muchos pobres que vinieron juntos a tenderle la mano oyeron que les suplicaba le perdonasen porque ya no tenía nada. (70)
     En el camino de Ferrara a Génova encontró una partida de soldados españoles que lo acogieron bien y le aconsejaron tomase un camino atravesado, para evitar el caer en medio de los ejércitos enemigos que ocupaban el país. Confiando en Dios, Iñigo, no obstante, continuó por la carretera. Creía en el primer día viajar en un desierto, pues no encontró ni una sola alma, ni un pedazo de pan para reparar sus fuerzas. Hacia la puesta del sol llegó a una ciudad cuyos muros, estaban guardados. Los centinelas se apoderaron de él creyéndole un espía y le condujeron a una torre para interrogarlo. Se le registró hasta quitarle los zapatos. Pero como no se encontró que llevase mensaje alguno y persistiese en decir que nada sabía, le condujeron a su capitán sin otro vestido que su pantalón y su jubón en medio de amenazas y de burlas. (71) El peregrino de Tierra Santa desbordaba de alegría. Su alma perdida en los recuerdos del Evangelio, pensaba en el Salvador arrastrado por las calles de Jerusalem. Durante el trayecto le vino a la mente, que en lugar de hablar de usted al capitán lo debía llamar su señoría, porque quizás de esa manera evitara el ser puesto a cuestión de tormento. Pero apenas esta idea pasó por su mente la rechazó como una tentación y una cobardía. Lejos de tratar al oficial con aquel respeto, no lo saludaría ni se quitaría siquiera su sombrero. Llegado al palacio en donde vivía el capitán se le dejó en una pieza baja y allí el capitán vino a interrogarle. El, sin señal alguna de cortesía, respondió lentamente separando mucho las palabras. El capitán creyendo que le habían llevado un loco, dijo a sus soldados: "no tiene cabeza, devuélvanle sus efectos y déjenlo ir." Al salir del palacio, Iñigo encontró a un español que le llevó a su casa y le dió de comer y donde dormir. (72)
     Al día siguiente continuó su camino hacia Genova. Por la tarde cayó en medio de otra banda de soldados que habiéndole visto desde una atalaya bajaron para aprehenderle. Su capitán que era un francés le preguntó de qué país era, Iñigo respondió que era guipuzcoano. "Yo soy, le dijo el oficial, de un país cercano al vuestro," porque era de los alrededores de Bayona, y dio a los soldados la orden de darle de cenar y tratarle bien. La Providencia velaba por el servidor que en ella confiaba y así cuidó de él hasta el fin del viaje. Llegando a Génova, Iñigo fue reconocido en la calle por un vizcaíno al que había hablado en otro tiempo en la Corte del Rey Católico. Este hombre, llamado Ramón Portundo, le hizo embarcar en un navío español que salía para Barcelona. Andrés Doria que seguía entonces el partido francés, dio caza al navío, pero no pudo alcanzarlo, e Iñigo llegó a Barcelona hacia el fin de febrero de 1524, después de un año de ausencia.
P. Pablo Dudon, S.I.
SAN IGNACIO DE LOYOLA

Notas:
(1) Scrip. S. Ign., II, 84.
(2) González de Cámara, n. 34.
(3) El más de los Marcet, está a algunos pasos de la Capilla de Ntra. Sra. de Villadordis. Santiago Marcet, como se deduce de los archivos notariales de Manresa, vivia aun en 1522. Con su hijo Antonio terminó su familia. Su heredera casó con un Casajuana. En 1761, Teresa Casajuana casó con un Codina; en 1849, la última de las Codina caso con un Altamira. En esta familia patriarcal de los Marcet, el mayor de los hombres lleva siembre el nombre de Ignacio.
(4) Scrit;. S. Ign., II, 388.
(5) Gonzalez de Cámara, n. 35.
(6) Scrip. S. Ign., II, 388.
(7) El P. Creixell, San Ignacio en Barcelona, 21, fija este itinerario según los antiguos mapas de Barcelona. Acerca de la casa de los Pascual véase también al P. Creixell San Ignacio de Loyola, 1, 165-184; el P. Pablo Hernández, S. J., La Casa de San Ignacio de Loyola en Barcelona. Mucho antes de estos autores, del 8 al 12 de mayo de 1883, el P. Cros había estudiado este problema, como lo atestiguan las abundantes notas de sus cuadernos. Los trabajos de planificación emprendidos para la apertura de la calle de la Princesa, han hecho desaparecer completamente la casa santificada por San Ignacio. Nada queda que recuerde que un santo vivió allí.
(8) Isabel Roser era de la noble familia de los Ferrer. Su casa estaba situada frente a la iglesia de San Justo. La tradición barcelonesa y Creixell colocan en ella el primer encuentro de Isabel con Iñigo. Rivadeneyra no precisa el lugar. Los Editores de Monumenta (ep. el instruc., I, 83) siguiendo a Fluvia y García, prefieren la iglesia de Santa María del mar.
(9) Scrip. S. Ign., II, 273.
(10) lbid., II, 342-343, 680.
(11) González de Cámara, n. 37.
(12) Creixell, S. Ignacio en Barcelona, 35-37, y en San Ignacio de Loyola, I, 226-229, describe este cofrecillo que desapareció en el incendio del convento en 1909 durante los excesos revolucionarios de la semana trágica. El 22 y el 23 de abril de 1883 el P. Cros había revisado todos los archivos y recuerdos del convento.
(13) González de Cámara, n. 36.
(14) Id., n, 36.
(15) Id., n. 35.
(16) Id., n. 35.
(17) id., n. 36.
(18) Id., n. 35.
(19) Scrip. S. Ign., II, 389.
(20) González de Cámara, n. 38. A partir de este punto, perdemos toda huella de los compañeros barceloneses de Iñigo. Sin duda no hicieron a pie el viaje de Gaeta a Roma.
(21) González de Cámara, n. 38.
(22) Tacchi Venturi, Storia, II, 44.
(23) González de Cámara, n. 39.
(24) Scrip. S. Ign., II, 396.
(25) González de Cámara, n. 40.
(26) Id., n. 41.
(27) Id., n. 41.
(28) Id., n. 42.
(29) Id., n. 42.
(30) Rivadeneyra, Vida 1, I, c. 10.
(31) González de Cámara, n. 43.
(32) Tenemos el diario de ruta de los dos peregrinos de Jerusalem en 1523. El diario de Pedro Fussli, fundidor de campanas en Zurich, fue publicado en la Zurcher Taschenbuch, 1884, 146-193, por el Dr. Hermann Escher y Hermán Hirzel, que firmaron su trabajo con sus iniciales. El diario de Felipe Hagen estrasburgués, fue publicado con otras tres relaciones por Conrady. H. Bohmer ha reeditado el diario de Fussli y utilizado el de Hagen en extractos en Studien zur Geschichte der Gessellschaft Jesu, Bonn, Falkenroth, 1914.
(33) Hagen, 234; Fussli, 143.
(34) González de Cámara, nn. 42, 43.
(35) F. Rey. La protection diplomatique et consulaire dans les echelles du Levan!, París, Larose, 1899.
(36) Fussli, 152. En el navío del gobernador de Chipre habían subido cuatro españoles (Iñigo de Loyola, un sacerdote cuyo nombre ignoramos, el Comendador de la Orden de S. Juan, Diego Manes o Núñez y su criado), tres suizos (Pedro Fussli y Sírgles de Zurich, Hans Hunegg de Mellingen en Argovia); el tirolés Conrado Bernhaerd, pastelero de oficio y miembro de la cofradía de panaderos alemanes en Roma. Iñigo nombra al Comendador en sus dictados a González; Fussli en su diario nombra a los otros peregrinos y señala la presencia del sacerdote español.
(37) Id.. 150-151.
(38) Id., 150.
(39) González de Cámara, n. 43.
(40) Fussli, 152.
(41) Id., 152, 156.
(42) González de Cámara, n. 43, 44.
(43) Entre los trece peregrinos, Felipe Hagen era de Estrasburgo; Diebolt, de Jeandelaincourt, Jorge de Graincourt y su criado, loreneses; Ehrard Ride de Risal, flamenco; Pedro de Breda, Dirck Taets, Juan de Gorkum, Simón Dieriecks, holandeses. Ignoramos los nombres de los otros flamencos u holandeses. Conocemos por el diario de Hagen casi a todos los peregrinos aquí nombrados. Los tres últimos se hicieron retratar, con la cruz de peregrino sobre el pecho, y la fecha de su peregrinación, 1523. Taets era canónigo de la Catedral de Utrecht, Juan de Gorkum vicario de la misma Catedral; Dieriecks laico. Sus retratos se conservan en Utrecht, en el museo que lleva el nombre del célebre pintor Juan Scoorel.
(44) Hagen, 239-243.
(45) González de Cámara, n. 44.
(46) Hagen, 245-248.
(47) Fussli, 158.
(48) Hagen, 248; Fussli, 158.
(49) Hagen, 249; Fussli, 160.
(50) González de Cámara, n: 44.
(51) Hagen, 251-271; Fussli, 178.
(52) Se encontrarán en la Biblioteca geográfica Syria, de Reinhold Rohricht (Berlin, Reuther, 1890), indicaciones muy numerosas acerca de los antiguos relatos de viaje a Tierra Santa. De la época de Ignacio tenemos relatos de italianos, españoles y franceses. De estos últimos muchos fueron publicados por Camilo Couderc, Tamisey de la Roque, Carlos Schefer y J. Chavanon en diversas colecciones. Todos presentan el mismo cuadro. Es manifiesto que hay entre los Franciscanos de la Custodia una tradición para organizar estas piadosas visitas.
(53) Hagen, 251-271; Fussli, 176.
(54) Hagen, 271-272.
(55) González de Cámara, n. 45.
(56) Id., n. 45.
(57) Id., n. 45.
(58) Id., n. 47.
(59) Id., n. 48.
(60) Hagen, 272-275; Fussli, 178-179.
(61) Id., 276.
(62) Id., 180-181.
(63) Id., 182-183
(64) Id., 183, 188.
(65) Id., 190.
(66) Id., 190, 192.
(67) González de Cámara, n. 49.
(68) Id., n. 49-50.
(69) Id., n. 50.
(70) Id., n. 50.
(71) Id., n. 51.
(72) Id., n. 53.
(73) Id., n. 53.
(74) Id., n. 54.

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