viernes, 28 de febrero de 2014

EL SACRIFICO DE LA MISA (32)

TRATADO II
PARTE I: LA ANTEMISA 
SECCIÓN I: EL RITO DE ENTRADA 
7. La incensación del altar

     395. En la misa solemne, al ósculo del altar sigue la incensación del mismo. Por estar reservado este rito actualmente a las misas solemnes (Tal limitación a la misa solemne no fue norma absoluta ni siquiera en la época moderna, conforme lo demuestran algunos decretos de la Sagrada Congregación de Ritos del siglo XVIII, en los que se fija esta norma: cf. el resumen en P. Maetinucci. Manuale decretorum SRC, p. 130 (nn. 633-637). Véase el Ordo Rom. XIV, n. 61: PL 78. 1174s. En la actualidad existen varios indultos que permiten la incensación en determinados días de fiesta en algunas diócesis aun fuera de la misa solemne; cf. Ph. Hartmann-J. Kley, Repertorium rituum, 14 ed. (Paderborn 1940), 459. En los capuchinos, la incensación en su misa conventual no cantada es de tradición antigua, confirmada por la Sagrada Congregación de Ritos el 7 de diciembre de 1888 para las fiestas; Decreta auth. SRC, número 3697, 2) queda patente que se considera ante todo como un medio para dar mayor solemnidad al culto. Lo mismo que el adorno de las flores y el resplandor de las velas, la riqueza de los ornamentos y los acordes del órgano, también las nubes de incienso que suben al cielo perfumando el templo hacen patente aun a los sentidos la grandeza de la solemnidad.

Empleo del incienso en la antigüedad pagana
     Los antiguos apreciaban mucho los múltiples géneros de incienso que les venían de Oriente. Se gustaba de su perfume en las casas particulares, se usaba profusamente en los entierros. Pero fue sobre todo en el culto pagano donde el incienso desempeñaba un papel importante, y esto, al lado de otros reparos más generales contra toda clase de materialismo del culto divino, fue razón suficiente entre los cristianos para mantenerlo alejado de su culto.

Primeros testimonios de su uso en el culto cristiano
     396. Con todo, a causa de su uso en la vida privada y después de haber desaparecido el culto pagano, el incienso fue entrando poco a poco también en el culto cristiano. Por el año 390 se quemaba incienso en las funciones religiosas dominicales de Jerusalén, de manera que todo el templo se llenaba de aroma (Aetheriae Peregrinatio, c. 24, 10: CSEL 39, 73). El baptisterio junto al Letrán poseía un thymiamaterium de oro puro, regalo del emperador Constantino (Duchesne, Liber pont.. I, 174). Según el primer Ordo Romanus, cuando el papa entraba solemnemente en las basílicas romanas, le precedían siete acólitos con candelabros y un subdiácono con el thymiamaterium (Ordo Rom. I, n. 8: PL 78, 941 Acerca de la forma de aquellos incensarios, consúltese Braun, Das christliche Altargerat, 598-632. Un incensario encontrado junto a Salona en las ruinas de una basílica destruida en 624 (1. c., 608; lám. 127) se sujetaba ya por tres cadenas), costumbre en la que sobrevivía el solemne ceremonial de la corte imperial.

Su simbolismo
     397. Una vez desaparecidos los reparos contra la admisión del incienso en el culto divino, sus características sugerían el uso como determinado simbolo religioso. En la ascensión pausada de las nubes de incienso en los santuarios veía ya el salmista un hermoso símbolo de la oración del justo, que sube al trono de Dios (Sal 140,2); y para el autor del Apocalipsis, el perfume en las copas de oro de los ancianos significa las oraciones de los santos (Apoc 5, 8. Cf. la interpretación de la segunda ofrenda de los Magos (Mt II,11) dada por les Santos Padres). Así el incienso llegó a expresar la elevación mental de la comunidad en oración, de su vuelo hacia Dios. Pero también se le consideraba como objeto sagrado, portador de las bendiciones divinas, sobre todo después de haber recibido una bendición de la Iglesia. Al contrario del Oriente, donde el uso se había generalizado ya hacía siglos, en la liturgia romana encontramos tal interpretación simbólica y, en consecuencia, una intensificación de su empleo en las funciones religiosas, sólo en territorio franco. Amalario menciona, por ejemplo, entre las diferencias que existían con las costumbres romanas, el que se emplease incienso en el ofertorio (Amalario, De ecel. off., praef. altera: PL 105. 992. Por lo que se refiere al principio de la misa, sólo menciona que se llevaba el thuribulum (1. c., III, 5: PL 105, 1109s). Lo mismo, más o menos, en la Expositio de los años 813-14, del mismo Amalario (ed. Hanssens en «Eph. Liturg.» [1927] 170 173), según la que se pueden emplear también tres incensarios, uno para los altares, otro para los hombres y el tercero para las mujeres).

La incensación del altar
     398. El uso del incienso al principio de la misa aparece claramente en el siglo IX. Después de haber saludado el celebrante a los asistentes, tras del Confíteor se acercaba en algunas iglesias un clérigo al altar para ofrecer incienso (incensum ponens) (Ordo Rom. VI (s. X) n. 3 (PL 78, 990 D). Sin embargo, hay ejemplos de iglesias, aun de tiempos recientes, en que se emplea el incienso exclusivamente para la procesión al altar, pero no para la incensación del mismo. Numerosos ejemplos de ambas costumbres, así como de otras modificaciones, véanse para los siglos IX hasta XIX en Atchley, 214-231). El sacramentario de Amiéns contiene ya dos oraciones para la bendición del incienso (Leroquais en «Eph. Liturg.»), de las cuales por lo menos la segunda procede de Oriente, delatando así el origen de todo este rito (Domine Deus omnipotens, sicut suscepisti munera. Abel; confróntese la liturgia griega de Santiago, igualmente al principio de la misa (Brightman, 32). Del origen sirio de esta liturgia hay un testimonio de incensación al principio de la misa en Pseudo-Dionisio. De eccl. hierarchia, III, 2; Quasten, Mon., 294, cf. Hanssens, III, 72 80). Una incensación del altar en toda regla se menciona por vez primera en el siglo XI (Juan de Avranches, De off. eccl.: PL 147, 28 B. En Italia, el primer testimonio está en aquel pontifical de los siglos XI-XII que conocemos ya como representando las tradiciones normandas).
     Esta incensación al principio de la antemisa, prescindiendo de algunas pocas excepciones, no adquirió importancia mayor en toda la Edad Media, y a esto obedece el que aun actualmente se encuentre menos desarrollada que la incensación al principio de la misa sacrifical. Es verdad que se bendice en esta ceremonia el incienso (El cód. Chigi menciona aún la incensación sin bendición), para lo cual existían varias fórmulas (Sacramentario de Amiéns. La segunda fórmula manifiesta a continuación claramente la doble interpretación que se dio entonces al incienso: suscipere digneris incensum istud in odorem suavitatisin remissionem peceatorum meorum et populi tui. Esta frase está también en la Missa Hlyrica. Otras fórmulas ponen de relieve únicamente su sentido latréutico: así la fórmula Incensum istud dignetur Dominus benediecre et in odorem suavitatis accipere; misal de Toul (siglos XIV-XV) Confróntese también las fórmulas en el sacramentario de Boldau, hacia 1195), y entre ellas la que actualmente usamos (En el área normando-inglesa, desde el siglo XIII Ab illo sanctificeris in cuius honore cremaris, in nomine patris). Pero, al igual de hoy, no se dice ninguna oración propia durante la misma incensación (Así expresamente Durando, IV, 8, 2. Según Juan de Avranches, el celebrante inciensa el altar mientras dice el Gloria; es la misma solución que tenemos hoy en las vísperas, donde se inciensa el altar mientras se canta el Magníficat. Con todo, se menciona por algunas fuentes el salmo 140,2 (Dirigatur); sacramentario de Amiéns d. c.. 441; Sicaudo de Cremona. Mitrale. III, 2: PL 213, 96 B); Breviarium de Ruán). Aun en lo exterior la ceremonia es más sencilla. Fuera de la incensación del altar no se menciona en la baja Edad Media otra que la del celebrante (Missale de Sarum). Sólo el misal postridentino, al reglamentar definitivamente esta ceremonia, ha añadido las incensaciones de la cruz y de las reliquias (Rit serv., IV, 4-7).

Otro aspecto de su simbolismo
     399. Más adelante habrá ocasión de explicar cómo se llegó a la costumbre de incensar a personas, lo cual nos dará nueva luz sobre el sentido de la incensación de objetos. En todos estos usos ejercía cierta influencia el sentido del incienso como elemento purificador y conservador (Según la primera oración del sacramentario de Amiéns, el incienso es munimentum tutelaque defensionis contra el enemigo), que por cierto no falta tampoco entre los motivos por los cuales se incensaba el altar, y que evolucionó luego en el sentido de una distinción honorífica. Como tal pudo aplicarse en general a todos los objetos sagrados, incluso al más santo de todos, el Santísimo Sacramento, que hoy con preferencia es objeto de la incensación.

Rito de comienzo
     400. De este modo, la incensación al principio de la misa se nos revela como rito de comienzo, que se repite con mayor solemnidad con ocasión de la segunda apertura, al principio de la misa sacrifical. Su sentido es dar al lugar sagrado el mayor realce envolviendo al altar y al celebrante en una atmósfera sagrada para separarle de este mundo pecaminoso. También cabe pensar en un influjo ejercido por el Antiguo Testamento; pues habiendo sido norma del culto antiguo (Lev XVI, 12) que el sumo sacerdote no podía empezar el culto sin incensar, dada la propensión del hombre medieval a buscar para todo modelos en el Antiguo Testamento, no nos equivocaremos al suponer que tal ejemplo del Antiguo Testamento fue decisivo para la introducción del incienso en la Iglesia del imperio de los francos.

     La influencia del Antiguo Testamento se manifestaba especialmente clara cuando, conforme atestigua Durando (IV, 8, 1) recordando las acciones del sacerdos legalis, se imponía el incienso y se lo bendecía antes de las palabras Deus tu conversus, o sea antes de subir las gradas del altar.
P. Jungmann, S. I.
EL SACRIFICO DE LA MISA

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