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jueves, 12 de mayo de 2011

De muchas cosas que hizo San Vicente Ferrer en el ducado de Bretaña.

Entendiendo el Santo que en las otras ciudades y lugares de Bretaña había grande necesidad de su presencia, y que ya las cosas de Vannes estaban razonablemente reformadas y puestas en buenos términos, partióse de allí para visitar lo restante del ducado, el martes después de Pascua Florida de este año de mil cuatrocientos diecisiete, donde habemos llegado con nuestra historia. Fuese a Joselino, que es de la diócesis Maclonense, y estuvo en ella ocho días predicando y diciendo misa en un alto tablado, en presencia del conde de Rohan. Por posada el priorado de San Martín, que era de Monjes Benitos, los cuales, habido el consentimiento de su Abad, hicieron ciertos agujeros por los cuales pudiesen ver lo que hacía su huésped en la celda. Vieron, pues, que no se acostó en la cama, y que muchas veces en la noche se desvelaba, y que, sin que buscase luz, la celda estaba clara y resplandeciente. No contentos los religiosos con haber tomado para sí aquel ejemplo, dieron aviso al conde, rogándole que enviase alguno de su palacio para que lo viese y el negocio fuese más público. El conde envió sus criados (y aún el mesmo fué con ellos) y todos hallaron ser muy grande verdad lo que los monjes publicaban, y allende de esto vieron que tenía por cabecera una piedra, de lo cual quedaron todos muy edificados. Pero aquí me dirá alguno: Si San Vicente tenia espíritu de profecía, ¿cómo no conocía que le acechaban? La respuesta de esto consiste en lo que San Gregorio enseña: Que Dios no da el espíritu de profecía a sus santos ordinariamente, sino a tiempos, y no les descubre todas las cosas, sino las que a su Majestad le parece que le conviene que les sean reveladas. Lo cual se podría probar con ejemplo de Natán y dos de Elíseo, pero no me quiero detener, porque el libro crece mucho y yo me canso. Movió mucho a todo el pueblo lo que habernos dicho de la claridad, porque lo tomaron como testimonio de Dios que atestiguaba visiblemente la santidad de su siervo. De aquí es que se cuenta y encarece mucho en el proceso el provecho que hizo en las almas de los de Joselino con su predicación, que fue el mesmo que en Vanncs. Demás de esto se movían mucho de ver cuan llanamente trataba con todos los pobres y labradores y con los que andaban en su servicio. Y cierto esto querrían que notasen mucho los predicadores, para que, cuando van por lugares de gente simple, traten a todos con humildad y no quieran ser tratados como duques. Porque el mundo es soberbio y está harto de ver soberbios; pues sin irlos a buscar anda siempre entre ellos, y, por el contrario, como ve pocos hombres humildes, admírase de ellos grandemente, como de cosa muy rara. Cuánto y más que Dios es quien mueve los corazones de las gentes, y está claro que más eficazmente los moverá, si ve humildad en su ministro que si le ve muy hinchado. Cuando los labradores veían que San Vicente, delante quién los reyes y príncipes de la tierra se arrodillaban y se tenían por dichosos que les quisiese hablar un rato, puesto entre ellos se allanaba tanto y que para sentarse a la lumbre en el invierno, se contentaba de sentarse como ellos en un escaño, pasmábanse como cosa de otro mundo, y mirábanle con ojos de hombre de Dios y siervo de Jesucristo, y cuando le oían predicar tomaban sus palabras como palabra del mesmo Dios.
De Joselino se salió con la procesión del pueblo, para ir a predicar a otras villas; y a la que se despedía de ellos rogó al conde de Rohan, que se diese a la oración y que hiciese justicia y que él le prometía buen suceso en sus negocios. Pasados algunos días llegó a la ciudad Rodonense, que ahora se llama Rennes, y estuvo allí más de ocho días, en los cuales predicó y cantó la misa, en los arrabales de la ciudad delante de la iglesia de su Orden, y un día, después del sermón, vino Isabel de Cadoret al convento, acompañada de su hijo. Y propúsole al Santo cómo estaba muy mala de dolor de cabeza, el cual había padecido por espacio de diez años. Pasóle San Vicente las manos por la cabeza e hízole la señal de la cruz, y ansí la sanó. En la mesma diócesis de Rennes, le trajeron un muchacho de tres años enfermo, de tal manera, que ni podía andar ni estar en pies ni sentado, y rogáronle sus padres que se apiadase de su niñez y le bendijese. Era la fe de ellos tanta, que haciendo San Vicente lo que ellos le pedían, luego el muchacho se sintió mejor, y en muy pocos días sanó del todo. Otro favor hizo el Santo a este niño de allí a nueve años, siendo ya el mesmo Santo fallecido, porque poco a poco se le volvió la cara a las espaldas, de tal suerte que en dos o tres días no se le pudo volver. Entonces acordáronse sus padres de la santidad del Maestro Vicente, y del milagro que viviendo había hecho por sus ruegos mesmos, y rogáronle que otra vez mostrase en el muchacho el poder que Dios le había dado y que ellos se lo traerían cada año a su sepulcro, y luego la cara del enfermo volvió a su lugar, como si hubiera allí alguno que se la torciera.
Aquellos días que el Santo estaba en Rennes, llegó un embajador del rey Enrique de Inglaterra, pidiéndole de parte de su rey (que entonces era pasado en tierra firme y estaba en Normandía, región vecina a Bretaña) que se quisiese a llegar allá a predicarle. Y proveyólo Dios bien, que en un sermón que predicó delante del embajador, se hallaron más de 30.000 hombres, o poco menos, para que el sobredicho embajador conociese el valor del que buscaba. De allí comenzó el Santo poco a poco a enderezar sus pasos hacia Normandía predicando siempre por los lugares de Bretaña que le quedaban, como son Dinanno, Iugono, Lámbala, Ploeniel, Rotono, Guerandia, y la ciudad Briocense 0 con otros muchos, de los cuales pondré todas las particularidades que he hallado en diversas partes del proceso. En Dinanno, que es de la diócesis Maclonense, se halló por el mes de junio del año 1417, y predicó en el lugar y modo que ya habernos dicho acerca de otros pueblos, hallándose presente a sus misas y sermones el duque don Juan de Bretaña, que era ido allá, y el obispo maclonense Roberto de Mota. Con su exhortación desterró infinitas supersticiones, que se usaban en aquella tierra, y quitó las blasfemias y reniegos antes muy ordinarios. Hizo, demás de esto, algunos milagros que se refieren en el proceso y son los siguientes:
Raonleta, niña de diez años, estaba enferma de vista, y tocándola el Santo algunas veces los ojos, le dio salud. Trajéronle al convento de la Orden un muchacho de seis años, llamado Tomás, enfermo de gota coral y el Santo, como otro Elíseo, encerróse con el niño en su celda, y rezó por él no sé qué oraciones, las cuales en alguna manera se oían de fuera. Después, abierta la puerta le despidió sano, pero de allí a un año se murió. Trájole también al mesmo convento un hombre a un hijo suyo de diez años, que se decía Guillem de Liquillie, atormentado del dolor de costado, y luego se lo entregó sano, mediante la señal de la cruz que sobre él hizo. Aquellos días estaba paralítica una moza ya desposada, que se llamaba Juana Moulina, y había padecido la ya dicha enfermedad por espacio de tres años. Trájosela su madre al monasterio, rogándole que se apiadase de ella. El Santo la tocó blandamente, y la mujer se fué por sus pies a su casa sana. No he podido bien averiguar, si hizo San Vicente estos milagros esta vez que estuvo en Dinanno, u otra, que volvió por allí el año siguiente de 1418, antes de irse a Vannes a morir.
Después vino a Lámbala, de la diócesis Briocense, donde predicó diez o doce sermones. Y un fraile benito atestigua de vista cómo antes y después de sus sermones concurrían en aquel pueblo tantos enfermos para tomar su bendición, que con el grande apretamiento de ellos apenas podía subir a predicar ni volverse a casa después del sermón. De éstos dice, que unos, luego en tocarles y decir: super aegros manus imponent et bene habebunt, sanaban perfectamente, y otros a lo menos sentían algún alivio. Y porque una buena señora llamada Juana de Lesquen le hospedó en su casa y le sirvió con sus criados, pagóselo el Santo con librarla de un dolor que padecía en la cabeza. Esta señora y sus criados vieron muchas veces grandísima claridad dentro del retraimiento del Santo, sin que alguno hubiese metido luz en él.
Finalmente, dejando a todos los de aquel pueblo muy instruidos y doctrinados, se fué a predicar por los otros lugares. En Ploerniel había un niño de dos años, que casi desde su nacimiento estaba tan atraillado con una enfermedad, que no se podía menear. Su madre, viendo los milagros que Nuestro Señor cada día obraba por su siervo, fuese con él al Priorado de San Nicolás, que está en los arrabales de Ploerniel, donde moraba el Santo por falta de convento de su Orden; y no atreviéndose a subir a la celda, envióle allá su hijo con un huésped suyo. Entendida la enfermedad del niño, santiguóle San Vicente, y juntando sus manos hizo oración a Dios por él; y antes de acabar la oración el niño comenzó a sanar, y se tomó a reír como suelen los niños cuando les hacen algún placer.
Tras esto vino San Vicente al lugar de Rothono, de la diócesis de Vannes, porque no iba hacia Normandía por camino derecho, sino yendo adelante y volviendo atrás, según le parecía. En aquel pueblo se hospedó en el Monasterio de San Salvador, de la Orden de los padres Benitos. Y es de notar que todo lo que diremos lo atestigua un don Ivo, abad de la sobredicha Orden, que se halló presente aquellos días en el monasterio, aunque no era abad. Dice, pues, de esta manera: "Dos veces vino el maestro Vicente a Rothono y las dos fué hospedado en nuestro monasterio, cada una por espacio de ocho días, en los cuales dijo misa y predicó en presencia de todos los monjes y de muchos eclesiásticos y seglares, que no aprovecharon poco con sus predicaciones. Tenia particular cuenta de instruir a los monjes en la observancia de la regla de San Benito, que habían profesado; hizo en ellos tanta impresión, que de allí en adelante se guardó en el monasterio la regla mejor que antes. Entre los otros había un fray Pedro Bontoniller, prior del convento, el cual era muy soberbio y deshonesto contra la ley de Dios y de su padre San Benito. Este se paró tan otro por las predicaciones del sobredicho maestro, que de allí en adelante hasta la muerte vivió muy bien y honestamente y con ejemplo de santidad. Dolíase tan de veras de la mala vida que había llevado, que, como otro San Pedro, cada dia lloraba sus pecados. Y aun cuando se partió de allí el maestro Vicente, se fué fray Pedro a su abad pidiéndole que le diese licencia para renunciar el priorado e irse tras el maestro en compañía de los otros discípulos. Sin éste hubo allí otros muchos hombres de mala y perversa vida, los cuales todos se enmendaron con la predicación y buen ejemplo que vieron en el maestro Vicente. Maravillábanse los monjes de ver que trabajando tanto y siendo ya tan anciano, no comía carne y solamente comía una vez al dia y entonces hacía que le leyesen la Biblia; ni dormía tampoco en cama, sino encima de un jergoncillo, y se mostraba hombre muy humilde y casto y templado, de manera que ninguno hablaba cosa mala de él. Concurría cada día al monasterio gran número de hombres, a quien aquejaban diversas enfermedades, a los cuales él con la señal de la cruz y cierta oración sanaba poniéndoles las manos encima. Y ellos hacían por ello gracias a Dios, y también al maestro Vicente. Este es el testimonio de fray Ivo, que después fué abad; y siéndolo, le vino a visitar en una de su enfermedad San Vicente, treinta años después de muerto. Pero esto quedarse ha para adelante. Hay otro convento de monjes bernardos en la misma diócesis de Vannes, llamado de Santa María de Piecibus, en el cual también estuvo y predicó San Vicente. Aparejáronle los monjes para que reposase en cama de plumas, con sábanas de lienzo, y a la mañana , lo hallaron todo en tierra, porque el Santo se había hecho traer un colchoncillo bien duro para dormir. Allí sanó muchos enfermos súbitamente, con hacer sobre ellos la señal de la cruz. Especialmente a una señora de Vazuellem a la cual juntamente con dos o tres hijas suyas libró de unos dolores de cabeza que antes padecía. Atestigúalo todo esto un abad de la Orden del Cister, llamado también Ivo, que es nombre muy usado en tierra de Bretaña, por la devoción de San Ivo clérigo, grande canonista y teólogo que fué bretón y que le canonizó el papa Clemente VI. Añade este abad, que en muchos trabajos y perplejidades que se le ofrecían, se encomendaba a San Vicente y siempre le sucedía todo bien.
Predicando San Vicente en tierra de Guerandia (que está entre Vannes y el río Erio) hizo un milagro digno de ser aquí referido. Por el campo o plaza donde el santo predicaba, vio pasar un carro, en el cual iba una mujer atada y cargada de hierros. Preguntó él qué cosa era aquello; y respondiéronle que era una mujer endemoniada, la cual llevaban a la iglesia de San Gildasio del Prado. Díjoles entonces que hiciesen parar el carro hasta que él acabase de predicar. Concluida, pues, la plática llegóse al carro, y usando de las armas que en semejantes negocios solía (es a saber, de la señal de cruz) y diciendo cierta oración, luego el demonio sin más réplica dejó libre a la mujer. La cual viéndose sana y libre de las sogas y hierros y del demonio, con gran gozo se fué de allí alabando a Dios y a su ministro.
También fué a predicar a la ciudad Briocense y a la villa de Quintino, en la mesma diócesis, y llevaba los libros en su asnilla, la cual atolló en un lodo. El Santo con su bendita simplicidad daba grandes voces. ¡Jesús, Jesús, Jesús! socorre, Señor, a la asnilla. Y, como ella no se levantase, uno de la compañía picóle con un palo herrado, diciéndole: Levántate con el diablo. Y luego ella se levantó. Fué tan grande el espanto que tomó San Vicente, de ver cómo se había levantado en nombre del diablo, que con alta voz invocó de nuevo el nombre de Jesucristo, y en detestación de aquella mala invocación que aquel otro había hecho sobre su asna, quitóle de encima todo su atillo, y dejósela allí. No hubo remedio con él para que otra vez fuese a caballo en ella. Donde es mucho de notar cuan grande es el atrevimiento de los que yendo a caballo maldicen a cada paso las cabalgaduras, ofreciéndolas al diablo. Pues San Vicente, que echaba los demonios de los cuerpos humanos, no se atrevió a ir a caballo en animal que había sido ofrecido al diablo.
No será bien que dejemos entre renglones lo que le aconteció en el ducado de Bretaña con algunos émulos suyos. Porque aunque en el proceso se encarezca mucho que ninguno le reprendía, pero eso es verdad hablando comúnmente; mas de cuando en cuando, hoy uno y de aquí a algunos meses otro, no dejaban de perseguirle algunos envidiosos, puesto caso que siempre salían con la cabeza quebrada. Dos hombres procuraron poner mancha en el Santo, y por castigo de Dios a uno se le cayeron las tripas para abajo, y al otro se le volvió la cara hacia las espaldas. Después, como el uno y el otro conociesen su yerro y le pidiesen perdón, a entrambos los sanó. Un clérigo de Picardía, llamado braván, decía mucho mal de San Vicente delante de unas mujeres, entre las cuales hubo una a quien le daban gran pena aquellas palabras, y rogó a Dios omnipotente que al sobredicho Braván le diese algún azote, para que tuviese necesidad del favor del Santo a quien con tanto denuedo perseguía. Oyó Dios la oración de la mujer, y así, aunque viviendo el Santo no azotó al murmurador, pero después le vino una perlesía y le torció la cara: y hubo de ir al sepulcro del Santo por salud, protestando por el siervo de Dios al que antes tenía por mal hombre. Así castigó Dios a los detractores del Santo. Pero él, cuando le venían delante, les recibía con gran mansedumbre y amor. Respondíales a sus palabras llanamente, sin demudarse ni mostrar turbación alguna; como lo atestigua un arzobispo de Polosa en el proceso.

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