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miércoles, 18 de mayo de 2011

LOS MÁRTIRES DE ALEJANDRÍA, BAJO SEPTIMIO SEVERO

Egipto fue, sin duda, donde mejor aplicación pudo tener el edicto de Septimio Severo que prohibía el proselitismo cristiano. Alejandría, que habia sucedido a Atenas como capital de las letras y de las ciencias a partir de la conquista macedónica, era también desde muy antiguo un foco vivo de enseñanza cristiana en su famoso Oidascaleo escuela catequistica, cuyo primer director conocido fue Panteno, el estoico convertido en maestro cristiano, oriundo de Sicilia: "la abeja sícula", como le llamará (Strom. I, 7) su más ilustre discípulo y sucesor en la enseñanza, Clemente Alejandrino. Panteno pudo, sin duda, repartir los tesoros de la doctrina cristiana sin que nadie la molestara, hasta el fin de su vida. No así Clemente. Puesto al frente de la escuela hacia el 180, pudo, durante un período de veinte años, dar al vario y curioso auditorio de la sabia urbe, que se apiñaba por escucharle, aquellas serenas lecciones de optimismo cristiano, de fecunda alianza de la razón y de la fe, de la filosofía helénica y de la revelación divina, de que son eco vivo sus libros. El año 202 la persecución se desencadena sobre Alejandría, y lo natural es que el rayo cayera derechamente sobre la cabeza de la escuela cristiana de la gran ciudad. Clemente, que no era temerario, huyó a Capadocia, junto al obispo Alejandro, que había seguido sus lecciones después de las de Panteno.
Mas también sobre Capadocia descargó la tormenta, y el propio obispo Alejandro fue detenido y encarcelado. En aquel momento crítico, Clemente tomó la dirección de la Iglesia, mantuvo el fervor de los fieles y provocó numerosas conversiones, a despecho de la persecución.
Mas la escuela de Alejandría no muere ni enmudece con la ausencia de su cabeza, Clemente. En este momento, y en plena persecución, surge la figura potente de Orígenes, cuyo nombre, bandera de amor y odio, ha de llenar su siglo y los por venir. Eusebio nos lo presenta en una bella página de su Historia eclesiástica, constelada de nombres de mártires, entre ellos el padre del mismo Orígenes y numerosos discípulos suyos, a los que formaba derechamente para el martirio. Esta página tiene valor de unas actas, y, siguiendo el viejo ejemplo de Dom Ruinart, no podemos menos de transcribirla aquí íntegramente.
Entre los mártires de que aquí se habla, merece nota particular la virgen Patamiena, esclava, tan bella de cuerpo como de alma, que muere, antes que ceder a la brutal pasión de su amo, abrasada en una caldera de pez o betún ardiente. Y junto a ella, otra bella figura que surge de la humilde y sana humanidad del pueblo: el alguacil que la acompaña al suplicio se pone de parte de ella, contra los insultos del populacho, y la mártir cristiana le promete, antes de morir, que pedirá al Señor su salvación. En efecto, tres días después de su martirio, Patamiena se aparece al buen soldado Basílides, y éste se convierte y muere mártir. Orígenes tuvo que tener noticias directas de estos hechos, y si es cierto que en su Contra Celsum alude a estas apariciones de la mártir cristiana, sus palabras tendrían también valor de acta martirial:
"Yo no dudo que Celso o el judío a quien él hace hablar se burlará de mí; pero sus burlas no me impedirán decir que muchos han abrazado el cristianismo, como a pesar suyo, habiéndose cambiado de tal modo su corazón por alguna aparición, ya de noche, ya de día, que en lugar de la aversión que sentían por nuestra doctrina, la han amado hasta morir por ella. Nosotros conocemos muchos de estos cambios, somos testigos de ellos y los hemos visto por nosotros mismos. Sería inútil recordarlos en particular, pues no haríamos sino excitar las burlas de los gentiles, que los querrán hacer pasar por fábulas e invención de nuestro espíritu; mas yo pongo a Dios por testigo de la verdad de lo que digo. Él sabe que no quiero acreditar la doctrina divinísima de Jesucristo por narraciones fabulosas, sino sólo por la verdad y por argumentos incontrastables".

Martirio de San Leónidas y otros mártires de Alejandría,
según Eusebio de Cesárea.

(HE, VI, 1-6).
Mas como también Severo moviese persecución contra la Iglesia, brillantes fueron los martirios por todas partes consumados por los atletas de la religión; pero señaladamente se multiplicaron en Alejandría, pues allí acudieron, como a máximo estadio de los luchadores de Dios, de Egipto y de toda la Tebaida, y allí se ciñeron las coronas de Dios ganadas por su constantísima paciencia en los más varios tormentos y géneros de muerte. Entre ellos se cuenta Leónidas, el llamado padre de Orígenes, quien, muerto decapitado, dejó a éste joven de poca edad. Y no será inoportuno explicar brevemente qué propósitos tenía ya de entonces Orígenes acerca de la palabra divina, considerando particularmente lo mucho que entre el vulgo propala la fama sobre él. Ahora bien, mucho tendrá que decir quien de propósito intentara contar por escrito la vida de tan gran varón, y una biografía suya requeriría, sin duda, obra aparte. Nosotros, sin embargo, por ahora, resumiremos las más de las noticias con la brevedad posible y sólo expondremos unas cuantas cosas acerca de su vida, tomándolas de algunas cartas suyas y de manifestaciones de sus discípulos supervivientes hasta nuestros días.
Los hechos de Orígenes son, a mi parecer, dignos de recuerdo desde sus mismos pañales, si es lícito decirlo así. Corría, en efecto, el año décimo del Imperio de Severo; desempeñaba la prefectura de Alejandría y de todo Egipto Leto, y había ocupado recientemente Demetrio el episcopado de las Iglesias de allí, por sucesión de Juliano, cuando, levantándose muy alta la hoguera de la persecución y siendo incontables los que ceñían la corona del martirio, fue tan vehemente el deseo de éste que se apoderó del alma de Orígenes, a la sazón realmente un niño, que estaba decidido a correr animosamente a los peligros y saltar y abalanzarse al combate. Y ya entonces hubiera estado bien cerca de terminar su vida, si la divina y celeste Providencia, para utilidad de muchos, no le hubiera impedido, por obra de su madre, el cumplimiento de su propósito. Ésta, apelando primero a las súplicas, le rogaba tuviera consideración a su maternal cariño para con él; mas como le viera extraordinariamente exaltado, pues una vez que supo que su padre, convicto de cristiano, estaba en la cárcel esperando la muerte, ya nada era capaz de contener su ímpetu por el martirio; la madre tuvo la ocurrencia de esconderle todos sus vestidos, para obligarle así a permanecer en casa. El niño, entonces, yiendo que ninguna otra cosa podía hacer, como tampoco era capaz de dominar su ardiente deseo, muy superior a su edad, escribió a su padre una fervientísima carta de exhortación al martirio, en la que le anima, diciéndole literalmente: "Guárdate bien de cambiar, por causa de nosotros, de parecer."
Sea éste el primer argumento que quede aquí consignado acerca del infantil ingenio de Orígenes y de su sincerísima disposición para la religión. Y, en efecto, ya entonces había echado no pequeños fundamentos en las doctrinas de la fe, ejercitado como estaba desde niño en las divinas Escrituras. Como quiera, en éstas había trabajado de modo no corriente, pues su padre, aparte la instrucción en las artes liberales, había tenido cuidado que se formara también, y no de pasada, en ellas. Lo cierto es que con preferencia a todo lo demás, antes del estudio de las disciplinas helénicas, le obligaba a dedicarse a las enseñanzas sagradas, señalándole cada día pasos de ellas que había de aprender y recitar de memoria. Y el niño no sólo no recibía de mala gana tales mandatos, sino que ponía en el estudio excesivo empeño, de suerte que no le bastaba la lectura sencilla y a mano de las sagradas doctrinas, sino que ya, desde entonces, se daba a la búsqueda de algo más recóndito, y curiosamente indagaba más profundas inteligencias. A su mismo padre le abrumaba a preguntas sobre qué quería decir este u otro paso de la Escritura divinamente inspirada. Éste, en apariencia, le reprendía en su cara, recomendándole que no buscara nada por encima de su edad ni más allá del sentido evidente de la Escritura; mas, en el fondo y a sus solas, con intima alegría confesaba deber a Dios, autor de todo bien, las más fervientes acciones de gracias, por haberse dignado hacerle padre de tal hijo. Cuéntase, además, de Leónidas que, acercándose muchas veces al niño mientras dormía, le desnudaba el pecho y, como si el Espíritu divino tuviera allí su templo, se lo besaba reverentemente y se felicitaba por tan buen hijo. Estas y otras cosas se recuerdan de Orígenes niño.
Muerto mártir su padre, quedó solo con su madre .y otros seis hermanos menores, cuando aún no había cumplido los diecisiete años. Como la hacienda del padre había sido confiscada, Orígenes quedó reducido a la miseria juntamente con toda su familia. Sin embargo, no le abandonó la providencia de Dios, quien le deparó una mujer riquísima en bienes de fortuna y muy ilustre en todo lo demás, en cuya casa halló acogida y sustento. Esta mujer cuidaba también a un famoso personaje, uno de los herejes que había entonces en Alejandría. Éste era oriundo de Antioquía; la mentada señora le tenía consigo en calidad de hijo adoptivo y le daba las más íntimas pruebas de cariño. Si Orígenes convivía con él, era por pura necesidad, y ya desde entonces dio pruebas patentes de la rectitud de su fe, pues juntándose infinita muchedumbre no sólo de herejes, sino aun de los nuestros, para escuchar a Pablo (así se llamaba el personaje en cuestión), por ser hombre, al parecer, elocuente, jamás se le pudo convencer a que le acompañara en la oración, guardando desde niño la regla de la Iglesia y abominando, según palabra suya en alguna parte, las enseñanzas heréticas.
Introducido por su padre en las disciplinas helénicas y habiéndose entregado en cuerpo y alma, con gran intensidad, al estudio de las letras tras la muerte de aquél, de suerte que logró una regular preparación en la gramática, no mucho después del martirio de su padre se dio a la enseñanza de ella, y así se ganaba la vida, para su edad, abundantemente. Dedicado, pues, a la enseñanza, como él mismo cuenta en alguna obra suya, y no habiendo nadie que en Alejandría tomara a su cargo la catcquesis, pues la amenaza de la persecución los había alejado a todos, se acercaron a Orígenes algunos gentiles con ánimo de oír la palabra de Dios. De éstos, señálase como primero a Plutarco, quien, tras santa vida, fue adornado con el martirio; el segundo, Heraclas, hermano de Plutarco, quien después de dar en la escuela de Orígenes las mayores pruebas de vida filosófica y ascética, fue digno de suceder a Demetrio en el episcopado de Alejandría. Orígenes tenía dieciocho años cuando fue puesto al frente de la escuela catequética, y en este año se distinguió en la persecución del prefecto Aquila, y entonces fué cuando alcanzó señalada fama entre todos los que profesaban la fe, por la abnegación y valor de que daba pruebas para con todos los mártires, fueran conocidos o desconocidos suyos. Y era así, que no sólo asistía a los que estaban en las cárceles y permanecía al lado de los que eran juzgados hasta el momento de la última sentencia, sino que, pronunciada ésta, con gran intrepidez y exponiéndose a los peligros, acompañaba a los santos mártires condenados a muerte hasta el lugar del suplicio. Muchas veces se dio el caso de acercarse valerosamente y dar con toda libertad el ósculo de paz a los mártires, con lo que, enfurecida la chusma pagana que rodeaba el tribunal, poco faltó para qué muriera apedreado, y sólo milagrosamente escapaba por tener una vez para siempre, por ayudadora la diestra divina. La misma divina y celeste gracia le guardó en otras ocasiones, una y otra vez —y fuera imposible decir cuántas—, cuando era objeto de asechanzas por causa de su extraordinario fervor por la doctrina de Cristo y su libertad de palabra. A punto tal llegó la guerra de los infieles contra él, que formando escuadrones sitiaron con soldados la casa en que moraba, irritados por la muchedumbre de los que en su escuela recibían la instrucción de la sagrada fe. En fin, de tal modo, día a día, se encendía la persecución contra Orígenes, que ya no era bastante a contenerle la ciudad entera, pasando de casa en casa, y de todas partes arrojado, sin otro motivo de tanta enemiga sino la multitud de los que por obra suya abrazaban la divina enseñanza. Y es que, en la práctica también, sus obras eran maravillosas hazañas y merecimientos de la más genuina filosofía (en él sí que se cumplía bien el dicho de "cual es la palabra, tal es el carácter, y cual el carácter, tal la palabra"), y ellas eran las que principalmente, con la ayuda del poder divino, atraían a incontables discípulos a su imitación. Mas como viera que el número de sus oyentes iba en aumento—y sobre él solo pesaba toda la enseñanza catequética, por encargo del obispo Demetrio—, juzgando que la enseñanza de las letras era incompatible con el trabajo que le exigían las sagradas disciplinas, sin vacilación alguna cerró, como cosa inútil y aun contraria a las sagradas enseñanzas, la escuela de letras humanas. Luego, con razonable cálculo, para no verse obligado a depender de la ayuda ajena, vendió cuantas obras de letras antiguas tenía de antes elegantemente compuestas, y pasaba con cuatro óbolos diarios, que le pagaba el librero. Durante muchos años perseveró en este género de vida filosófico, cortando cuanto pudiera ser fomento de sus juveniles concupiscencias, soportando durante el día entero las fatigas no ligeras del trabajo y consagrándose la mayor parte de la noche al estudio de las sagradas Escrituras. Así resistía hasta el límite de lo humanamente posible, en la vida más austera que cabe imaginar, ejercitándose unas veces en ayunos, otras moderando el tiempo del sueño, que por lo demás jamás tomaba sobre el lecho, sino que a todo trance había de ser sobre el duro suelo. Mas lo que antes que todo opinaba deberse guardar, eran los consejos evangélicos del Salvador, tanto los que nos exhortan a no tener más que una túnica y no llevar calzado, cuanto los referentes a no andar preocupados por el día de mañana. Con fervor muy superior a su edad, resistiendo al frío y a la desnudez, alcanzando las cimas de la más extrema pobreza, llenaba de admiración a los que le rodeaban, si bien no faltaban quienes se dolían, pues deseaban ardientemente entrar a la parte en los bienes que habían de granjearle sus trabajos, que ellos bien veían, en la divina enseñanza. Mas no por eso cejaba él en sus austeridades. Dícese también que, por muchos años, no pisó la tierra con calzado alguno, ni probó el vino, ni se permitió la mayor parte de su vida regalo alguno en la comida, fuera del necesario sustento, de suerte que ya entonces estuvo en peligro de trastornos de estómago y tisis de pecho. Un hombre que daba tales ejemplos de santidad a los que lo miraban, natural es que incitara a su imitación a muchos de los que frecuentaban su escuela, y así, ya desde muy temprano, personas destacadas de entre los infieles, y distinguidas por su cultura y profesión filosófica, no vacilaban en someterse a su enseñanza, y tan noblemente recibieron de su maestro, en lo profundo de su alma, la fe en la palabra divina, que descollaron en la persecución a la sazón desencadenada, y algunos, convictos de cristianos, consumaron el martirio.
De éstos, el primero fue el poco antes mentado Plutarco. Culando éste fue conducido al lugar del suplicio, poco faltó para que Orígenes, de quien estamos hablando, fuera otra vez quitado de en medio por sus conciudadanos, que le suponían evidentemente culpable de la muerte de Plutarco; mas también entonces le guardó la Providencia divina. Después de Plutarco, el segundo de los discípulos de Orígenes que es proclamado mártir fue Sereno, que sufrió la prueba del fuego de la fe que había recibido. El tercer mártir de la misma escuela fue Heraclides, y el cuarto, tras éste, Herón, el primero todavía catecúmeno y el otro recién iluminado; amigos fueron decapitados. Además de éstos, el quinto atleta de la religión pregonado vencedor fue otro Sereno, distinto del primero, de quien es tradición haber sido decapitado después de sufrir con suma paciencia los tormentos. De entre las mujeres, Herais, todavía catecúmena, después de recibir, como en alguna parte dice el mismo Orígenes, el bautismo de fuego, salió de esta vida. Ejitre los mártires ya nombrados hay que contar, como séptimo, a Basílides, que fue quien condujo al suplicio a la celebérrima Potamiena, sobre la que se cantan hasta el presente largos relatos entre los naturales de la tierra. Potamiena, después de sostener incontables combates contra sus amantes para guardar su pureza y virginidad en que se distinguía (pues aparte la hermosura de su alma, se hallaba corporalmente en la flor de la edad); soportados, finalmente, tormentos espantosos, y cuya descripción espeluzna, murió, junto con su madre Marcela, abrasada viva. Cuéntase, pues, que el juez, cuyo nombre era Aquilas, después de someterla en todo su cuerpo a terribles torturas, la amenazó, por fin, con entregarla a los gladiadores para que la deshonrasen. Recogióse ella interiormente por breve rato, y como le preguntara qué resolución tomaba, dicese que dio tal respuesta que los paganos juzgaron haber hablado impíamente. A su respuesta siguióse inmediatamente la sentencia, y tomando Basilides a la mártir la condujo al lugar del suplicio. Como de camino la chusma trataba de molestar a la virgen cristiana, insultándola con dichos obscenos, Basilides lo impedia, echando lejos a los insultadores y mostrando con ella la mayor compasión y humanidad. Ella, agradecida al interés del buen alguacil, le exhortó a que tuviera buen ánimo, pues le prometía que, apenas saliera de este mundo, había de alcanzarle gracia de su Señor, y no tardaría en pagarle lo que por ella había hecho. Dicho esto, sufrió noblemente la muerte que le dieron, vertiendo por las distintas partes de su cuerpo, lentamente, y en pequeñas porciones, pez derretida. Tal fue el combate sostenido por la celebérrima virgen. No mucho después, Basilides, al pedírsele, de parte de sus compañeros de milicia, no sabemos por qué motivo, un juramento, afirmó que no le era en absoluto lícito jurar, pues era cristiano y públicamente lo confesaba. De pronto se creyó que hablaba en broma; mas como tenazmente seguía afirmándose en ello, fue conducido ante el juez. Confesada ante éste su oposición, es llevado a la cárcel. Ahora bien, como los hermanos en Dios le visitaran y preguntaran la causa de tan súbita y maravillosa conversión, dícese haber respondido que Potamiena se le había aparecido tres días después de su martirio y que le puso una corona sobre la cabeza, diciéndole a la vez cómo había pedido gracia por él al Señor y que éste se la había otorgado, y que, en fin, no tardaría en tomarle consigo. Después de todo esto, los hermanos le dieron parte en el sello del Señor o bautismo, y al día siguiente, consumando un ilustre martirio en el Señor, se le cortó la cabeza.
De otros varios alejandrinos se cuenta que pasaron repentinamente a la doctrina de Cristo en tiempo de estos mártires, por habérseles aparecido en sueños Potamiena y haberlos exhortado a ello. Mas esto quédese aquí.

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