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martes, 17 de mayo de 2011

Explicación breve de la doctrina cristiana, para leer en familia (III)

Explicación de los cinco Mandamientos de la Santa Madre Iglesia.
Se dicen Mandamientos de la Iglesia, porque la Iglesia los ha puesto, y ha mandado que se cumplan.
El primero: Oir misa entera los domingos y fiestas de guardar. Dios mandó se santificasen las fiestas, y no se trabajase en ellas; y la Iglesia manda que se oiga Misa, que en la ley antigua no la habia.
El Segundo: Confesar, etc. En tres ocasiones tenemos obligación de confesarnos, pena de pecado mortal; la primera es una vez al año; la segunda es siempre que nos halláremos en peligro de muerte, o esperáremos de pronto entrar en él; la tercera es, cuando hubiéremos de comulgar, si en la conciencia hay pecado mortal.
El sacerdote que por falta de confesor celebra con acto de contrición, está obligado a confesarse cuanto antes pueda, como lo determina el santo concilio Tridentino.
El tercero: Comulgar por Pascua florida. Se entiende, poco antes ó poco después, y hay de tiempo basta la dominica in Albis inclusive, conforme las costumbres de la Iglesia.
Con confesión mala no se cumple con estos preceptos, conforme se ha declarado en las proposiciones condenadas.
El cuarto: Ayunar cuando lo manda la santa madre Iglesia. Esto se entiende desde los veinte y un años hasta los sesenta, y no obliga antes ni después.
El quinto: Pagar diezmos y primicias enteramente. Los que maliciosamente se las retienen, están en continuo pecado mortal, y en estado de condenación hasta que pagan.

Explicación de los siete Sacramentos de la santa madre Iglesia.
Instituyó y ordenó estos siete Sacramentos nuestro Señor Jesucristo, para perdonarnos los pecados, y darnos su gracia; pero es necesario recibirlos dignamente.
El sacramento del Bautismo y el de la Penitencia se dicen Sacramentos de muertos; porque hallan al alma muerta por el pecado, y la vivifican con la divina gracia. Estos dan la primera gracia; mas pueden accidentalmente dar la segunda, esto es, el aumento de ella, cuando sucede estar ya en gracia el alma que llega a recibirlos.
Los otros cinco sacramentos, que son: Confirmación, Eucaristía (que es lo mismo que la Comunión), Extremaunción, Orden sacerdotal y Matrimonio, se dicen: Sacramentos de vivos, porque el alma debe estar en gracia cuando llega a recibirlos; mas pueden accidentalmente causar la primera gracia, cuando sucede recibirlos con acto de atrición, pensando que tiene contrición el que está en pecado mortal.
El primero, Bautismo. Le instituyó Cristo Señor nuestro para nacer al hombre cristiano, é hijo de Dios ; porque en el bautismo se nos perdona el pecado original, con todos los demás pecados cometidos antes del bautismo, y se nos da la gracia, por lo cual somos hechos hijos adoptivos de Dios, y herederos del cielo.
El segundo, Confirmación. Este sacramento nos da gracia y fortaleza contra nuestros enemigos espirituales, y nos conforta para confesar la fe católica, que recibimos en el bautismo.
El tercero, Penitencia. Este es el sacramento de la confesión para que Dios nuestro Señor nos perdone los pecados, que confesamos haber cometido después del bautismo.
Para este sacramento son necesarios tres actos en el penitente, que son: contrición de corazón, confesión de los pecados, y satisfacción.
La contrición de corazón es de dos maneras: una se llama contrición perfecta, que es dolor de haber ofendido a Dios, por ser Dios quien es, amado sobre todas las cosas, infinitamente bueno y santo. La otra se llama atrición, y es el dolor de haber ofendido a Dios, por la fealdad del pecado, y porque Dios nos castigará con las penas del infierno, y nos privará de la gloria.
La contrición verdadera, con propósito de confesarnos, nos pone en gracia de Dios, aun antes de confesarnos; pero la atrición no nos pone en gracia de Dios, si no es juntándose con el mismo sacramento de la confesión.
La atrición natural, que es un horror natural a nuestro daño, sin respeto a Dios, no nos justifica, ni en el sacramento, ni fuera de él.
Las condiciones de una buena confesión son cinco: la primera, examen de conciencia: la segunda, dolor de los pecados: la tercera, propósito de la enmienda: la cuarta, confesión entera de las culpas, del modo que las conoce el penitente: la quinta, el propósito de cumplir la satisfacción y penitencia que el confesor le diere. Todo esto se bailará en el cuadernillo citado para la buena confesión general y particular.
El cuarto, Comunión. Este es el sacramento grande de la Eucaristía, que es el santísimo Sacramento del altar.
En este sacramento está real y verdaderamente nuestro Señor Jesucristo en cuerpo y alma, asi como está en el cielo; y tanto está en la hostia como en el cáliz, después de la consagración del sacerdote, la cual se hace en la misa.
En la hostia consagrada está el cuerpo de nuestro Señor Jesucristo; y como este es cuerpo vivo, también está la sangre y el alma, y la divinidad, y las tres divinas Personas.
En el cáliz está la sangre de nuestro Señor Jesucristo; y como está unida con el cuerpo, también está el cuerpo y el alma, y la divinidad, y las tres divinas Personas, aunque por distinto modo, que se dice Circuminsion.
Viene nuestro Señor a la hostia y al cáliz cuando el sacerdote dice las palabras de la consagración.
Nuestro Señor Jesucristo, en este sacramento, no se ve, porque "solo se ven los accidentes de pan y vino; pero allí" no hay pan ni vino después de la consagración del sacerdote.
No recibe mas gracia sustancial quien recibe las dos especies, que la una sola, ni quien recibe mayor hostia consagrada, que quien la recibe menor; ni quien recibe de una vez muchas formas ennsagradas, que quien recibe una sola, porque el contenido es uno mismo, que es nuestro Señor Jesucristo, como queda explicado. (Ex. conc. trid.)
Si parten la bestia consagrada, no se parte nuestro Señor, porque tan entero está en la parte pequeña, como en la grande; y aunque se haga mil partes la hostia consagrada, en cada una de ellas está enteramente nuestro Señor tan entero en la pequeña como en la grande.
Aunque vuelvan la hostia consagrada de arriba abajo, no por eso se pone cabeza abajo Cristo Señor nuestro; porque está enteramente en cualquier partecita de la misma hostia consagrada, por modo maravilloso.
Para recibir dignamente este santísimo Sacramento ha de estar el alma en gracia de Dios, y ha de llegar con mucha fe, humildad, amor y agradecimiento.
El santo sacrificio de la misa es una representación de la vida, pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo, y juntamente es sacrificio incruento, en el cual es ofrecido al eterno Padre el mismo Cristo que se ofreció por nosotros en el monte Calvario. Se dice sacrificio, porque en fuerza de las palabras de la consagración, místicamente es separado el cuerpo de la sangre, poniéndose el cuerpo en la hostia, y la sangre en el cáliz, aunque por concomitancia están juntos en cada especie.
Aunque el sacerdote esté en pecado mortal, consagra verdaderamente, y vale la misa por quien se dice, y cumple con la Iglesia quien la oye, y cumple con su conciencia quien la encomendó.
El quinto, Extremaunción. Este sacramento vale para recibirla gracia confortativa, para salir triunfante del ultimo combate; para quitar las reliquias de los pecados, y para confortar el alma contra las tentaciones. También aprovecha para alcanzar la salud del cuerpo, cuando conviene, según conoce Dios nuestro Señor que al enfermo le importa para su mayor bien.
El sexto, Orden sacerdotal. Este sacramento da poder y gracia al sacerdote para consagrar el santísimo Sacramento del altar, y absolver de los pecados.
El que se ordena recibe el sagrado carácter, y este es una señal impresa en el alma, que nunca se quita; y aunque se muera el que está ordenado, y vuelva a resucitar, siempre estará ordenado; porque el alma no muere.
El que se ordena estando en pecado mortal, queda bien ordenado, aunque peca mortalmente, porque recibe el sacramento sin estar en gracia.
El séptimo, Matrimonio. Este sacramento vale para que el hombre y la mujer reciban gracia para vivir juntos, y criar bien los hijos a gloria de Dios.
El hombre y la mujer que se casan estando en pecado mortal, pecan mortalmente, y deben confesarse de esto; porque hacen y reciben el sacramento sin estar en gracia de Dios.

Explicacion de las obras de misericordia.
Cuando nuestro Señor Jesucristo en el dia del juicio dé la bendición a los buenos, y la maldición a los malos, dará el motivo, porque los buenos se emplearon en obras de misericordia, y los malos no las obraron (Matth., xxv, 36). Las obras de misericordia son catorce, las siete corporales, y las siete espirituales:
las corporales son estas:
La primera, visitar los enfermos. A nuestro Señor Jesucristo se ha de considerar en ellos, y así se les visitará y asistirá con todo amor y calidad. Vea cada uno lo que quisiera que con él se hiciese si estuviese enfermo, y acuérdese, que ha de amar al prójimo como a si mismo.
La segunda, dar de comer al hambriento. Dios nos da de comer a todos de pura misericordia; y quiere que unos a otros nos remediemos en la necesidad.
La tercera, dar de beber al sediento. Un vaso de agua fria, dándose a un pobre de Cristo, no se quedará sin grande premio de Dios, como dice el mismo Señor.
La cuarta, vestir al desnudo. De media capa que san Martin le dio a un pobre por amor de Dios, hacia nuestro Señor gala de que a su Majestad se la había dado.
La quinta, dar posada al peregrino. Esta obra de misericordia le valió a Lot, sobrino de Abrahan, para que Dios le librase de muchas plagas, y de no perecer en la ruina de su ciudad. (Gen., xix, 1 et seq.)
La sexta, redimir al cautivo. Nuestro Señor nos redimió a nosotros, y asi conviene, que cada uno en su modo posible contribuyamos para la redención de los pobres cautivos cristianos.
La séptima, enterrar los muertos. El tirano que no quiso cumplir esta obra de misericordia, permitió Dios que tampoco con él se obrase; y al santo Tobías, que se empleaba en ella, Dios le llenó de bendiciones, y a toda su casa, y fué oido del Señor en sus oraciones.

Las siete espirituales.
La primera, enseñar al que no sabe. Los que se emplean en esta obra de misericordia, resplandecerán como estrellas refulgentes en la presencia de Dios, para perpetuas eternidades, dice el Señor (Dan., XII, 3).
La segunda, dar buen consejo al que lo ha menester. El que sabe hacer bien, y no lo hace, se le imputa a culpa, dice el apóstol Santiago.
La tercera, corregir al que yerra. A cada uno le ha mandado Dios que favorezca a su prójimo en lo que pueda, dice la sagrada escritura.
La cuarta, perdonar las injurias. El que no perdona, no será perdonado. Perdona, para que Dios te perdone (Eccl., X, 6).
La quinta, consolar al triste. Hazte todo para todos, para ganarlos a todos (Rom., XII, 15).
Llora con el que llora para consolarle, y de Dios recibirás el consuelo en tu trabajo.
La sexta, sufrir las pesadumbres de nuestros prójimos, como de los enfermos y airados. (Gen., XXXVII, per tot.)
Acuérdate de José, que sus hermanos le vendieron, y llevándolo con paciencia, se prosperó su vida y su fortuna. Dios sabe lo que te importa, ten paciencia, y fíate de Dios.
La séptima, rogar á Dios por los vivos y los muertos. Ruega a Dios por todos, y te aprovechará como si todos orasen por ti. El apóstol Santiago dice, que unos a otros nos encomendemos a Dios, para que todos nos salvemos.
El que obra misericordiosamente con su prójimo, alcanzará de Dios misericordia, dice Cristo Señor nuestro (Matth., V, 7).
A los vivos y los difuntos se les puede favorecer con lo impetratorio y con lo satisfactorio de las buenas obras, como se dijo en la explicación del credo, sobre el artículo de la comunión de los santos. Solo se debe advertir la mucha diferencia que hay entre la impetración y la satisfacción, y es, que la impetración vale por quien hace la obra buena, y por quien se aplica en particular; pero la satisfacción no vale por los dos, sí solo por quien se aplica; bien es verdad, que Dios nuestro Señor paga superabundantemente la perfecta caridad de quien aplica su satisfacción por otro, sea vivo ó sea difunto, como en otra parte dejamos explicado, hablando de las benditas almas del purgatorio.

Explicación de los siete pecados capitales.
Estos siete vicios o pecados se llaman capitales, porque de ellos se originan otros muchos pecados.
El primero, Soberbia. Es un apetito desordenado de propia excelencia. Se originan de la soberbia, la presunción, ambición, jactancia y desprecio de los prójimos; y el hombre soberbio es amigo de porfías, pleitos y discordias, como dice un proverbio de Salomón (I, 10).
El segundo, Avaricia. Es un apetito desordenado de tener mas y mas hacienda y dinero, de que nunca se sacia el avariento. De este vicio se originan la traición por interés, el engaño por palabra y por obra, la violencia, el desasosiego de corazón, y el jurar falso. No hay cosa mas perversa que el avaro, dice el Espíritu Santo: Avaro nihil est scelestius (Eccli., X, 9).
El tercero, Lujuria. Es un apetito desordenado para torpezas. Las hijas de este vicio capital son ceguedad del entendimiento, precipitación en las obras, inconstancia en los buenos deseos, amor desordenado de sí mismo, aborrecimiento de Dios, afición a esta vida mortal para mas lujuria, desconfianza de la vida eterna, inconsideración y descortesía por lograr su gusto. Todo lo atropella la lujuria, como se dice en el libro de la Sabiduría (II, 8).
El cuarto, Ira. Es un apetito desordenado de venganza. Las hijas de la ira son seis. La primera, es indignación furiosa. La segunda, es el clamor y voces destempladas y sin concierto. La tercera, es hinchazón de corazón turbado. La cuarta, es contumelia con injuria de palabra. La quinta, es rija, que es poner las manos en otro con descortesía. La sexta, es blasfemia, como se ve en los juradores airados. Se abrevia la vida el iracundo, dice el sagrado texto (Eccli., XXX, 26).
El quinto, Gula. Es un apetito desordenado de comer y beber. Se originan de la gula cinco excesos. El primero, es una vana alegría, ignominiosa para todos los de sano juicio. El segundo, es hablar mucho. El tercero, es una rudeza de las potencias y sentidos, que proceden de los nimios vapores. El cuarto, es falta de limpieza y honestidad. El quinto, es un exceso de gestos y movimientos corporales, que causan risa a los que los atienden.
Por lo cual dijo el profeta Oseas, que el vino excesivo deja sin corazón al hombre.
El sexto, Envidia. Es una tristeza del bien ajeno, que conturba el corazón. De este vicio se originan otros cinco. El primero, es la malevolencia que tiene el envidioso contra el envidiado. El segundo, es la susurración y murmuración frecuente con que explica su envidia. El tercero, es la maquinación continua que lleva contra el envidiado, que no le deja sosegar. El cuarto, es gozarse del mal del envidiado, y alegrarse de qué le murmuren otros. El quinto, es afligirse por la prosperidad del envidiado. Por la envidia mató Cain a su hermano, y se perdió á sí mismo (Gen., IV, 5).
El séptimo, Pereza. Es una tristeza y cobardía, que detiene al hombre para las obras de virtud. De este vicio se derivan seis. El primero, hacer poco caso de las cosas espirituales. El segundo, derramamiento del corazón, y distracción frecuente en cosas inútiles. El tercero, pusilanimidad y cobardía para todo trabajo. El cuarto, torpeza de corazón. El quinto, rencor y descontento contra los que le predican y exhortan. El sexto, desesperación y desconfianza de salvarse. Al perezoso le matan sus deseos, dice el Espíritu Santo, porque mas son veleidades, que deseos verdaderos (Prov., XXI, 25).
Estos vicios capitales, cuando por ellos no se quebranta en cosa grave la ley de Dios, o preceptos de la Iglesia, no son pecados mortales, sino veniales.
Pecado mortal, es querer decir o hacer alguna cosa grave contra el amor de Dios y de su santa ley, o preceptos de la Iglesia. Dícese mortal, porque mata el alma, y la hace enemiga de Dios.
Perdónale el pecado mortal por dos cosas. La primera, por el acto de contrición, con propósito de confesarse. La segunda, por confesión sacramental verdadera, como está explicado en los sacramentos. (Ex. Trid.)
Pecado venial, es un leve defecto contra Dios y su santa ley, o preceptos de la Iglesia: es disposición para el mortal. Dícese venial, por ser defecto leve, y porque fácilmente cae el hombre en él, y fácilmente es perdonado.
Perdónase el pecado venial por nueve cosas, y por cada una de ellas, que son, bendición episcopal, oír misa con devoción, comulgar dignamente, confesión general, oir la palabra de Dios, por el Padre nuestro, por el pan bendito, por el agua bendita, y por el golpe en los pechos, cuando estas cosas se hacen con verdadera devoción. (Ex.Eccl. Doct.)

Explicación de las siete virtudes contrarias a los siete vicios.
Los vicios se vencen con las virtudes, y la vida del hombre es una continua guerra, como dice el santo Job. Las virtudes son estas.
Humildad contra Soberbia. El que se humilla en todas las cosas, vence a la soberbia, y halla gracia en la presencia de Dios, dice la sagrada Escritura (Eccli., III, 10).
Largueza contra Avaricia. Al que es liberal en dar, le promete el Señor que también recibirá: Date, et dabitur vobis (Luc, VI, 38). Así se vence la avaricia con todos sus daños consecuentes.
Castidad contra Lujuria. No hay ponderación excesiva en alabanza del alma continente y casta, dice el Espiritu Santo (Eccli., XXVIII, 20; Sap., VIII, 21). Este es don de Dios, que debemos pedirá su divina Majestad, para vencer la lujuria y los desórdenes que de ella se originan.
Paciencia contra Ira. El que es paciente tiene muchas cosas buenas, y es gobernado por la sabiduría de Dios, dice Salomón. Con la paciencia se vence la ira, y sus malos efectos.
Templanza contra Gula. La templanza es sanidad del alma y del cuerpo, dice el Eclesiástico. Al contrario de la gula, con que se enferma el cuerpo y alma de una vez.
Caridad contra Envidia. Todos los delitos los cúbre la caridad, dice Salomón en sus proverbios. Al contrario, la envidia descubre todos los males del envidioso.
Diligencia contra Pereza. El que come del trabajo de sus manos, es bienaventurado, y le irá bien en todas sus cosas, dice David (Psalm. CXXVII, 2). Por el contrario, el perezoso es infeliz, y en todo le va muy mal.

Explicación de los enemigos del alma, que son tres.
Se dicen Enemigos del alma, porque nos hacen guerra contra la salvación de nuestras almas, y para que no sigamos la ley de Dios, sino la ley del pecado. Estos son, Mundo, Demonio y Carne.
El primero es el Mundo. Este no conoció a Cristo Señor nuestro, como dice el evangelista san Juan: Et mandas eum non cognovit; y así el ignorante de todo bien verdadero, solo ama la vanidad y soberbia y todos los vicios, y nos tienta continuamente para que los sigamos, y perdamos los bienes eternos.
El segundo es el Demonio. Este viéndose perdido, nos quiere perder a todos. Siempre anda como rabioso león, dando vueltas, como dice el principe de los apóstoles san Pedro, buscando a quien pueda perder y devorar (I Pet., V, 8).
El tercero es la Carne. Esta siempre lleva el camino contrario del espíritu, como dice el apóstol. El espíritu y la carne siempre se hacen guerra: Sibi invicem adversantur (Gal., V, 17). El espíritu pelea contra la carne, y la carne contra el espíritu; es enemigo de casa, que nos ocasiona mil angustias.

Explicación de las virtudes teologales.
La virtud en común es un hábito o cualidad que se recibe en el alma, y la inclina para obrar bien.
Las virtudes se dividen en infusas y adquisitas. Las virtudes infusas son las que Dios nos infunde en nuestras almas, y de estas son las virtudes teologales, Fe, Esperanza y Caridad, que nos infunde en el sagrado bautismo, conforme se declara en el santo concilio Tridentino.
Las virtudes adquisitas son las que nosotros nos adquirimos obrando bien, con la asistencia de la divina gracia. Un acto no hace hábito regularmente, por lo cual de un acto solo de una virtud no se hace hábito de aquella virtud, pero sí de muchos actos: como de muchos actos de paciencia se hace hábito de tener paciencia; y esta es la virtud adquirida ó adquisita, que se llama paciencia.
Las virtudes adquisitas asientan sobre otra virtud, que se llama natural, porque nace en nosotros con la misma naturaleza, y tiene por nombre Syndéresis. Este es un conocimiento que la luz de la razón nos enseña, como es hacer bien a quien nos hace bien; y no hacer a otro el mal que no queremos se haga con nosotros.
Á las virtudes infusas pertenecen las tres virtudes teologales, Fe, Esperanza y Caridad, que explicaremos ahora.
La primera, Fe. Esta es una cualidad sobrenatural infusa, que nos inclina a creer todos los sagrados misterios de la fe católica, como nos lo enseña la santa madre Iglesia, con el motivo de que Dios los ha revelado, y que Dios no puede engañarse, porque es infinitamente sabio, ni puede engañarnos, porque es infinitamente santo.
Creemos que Dios ha revelado todos los misterios de la fe católica, porque nuestra madre la Iglesia, regida y gobernada por el Espíritu Santo, nos lo dice así.
Es tan necesario creer todos los artículos y misterios de la fe católica romana, que sin esta fe nadie puede ser justo, ni salvarse (Symb. Sant. Athanasii).
La segunda, Esperanza. La virtud teologal de la Esperanza nos inclina a esperar de Dios nuestro Señor el perdón de nuestros pecados, y la salvación eterna de nuestras almas.
Esta virtud tiene por objeto inmediato a Dios nuestro Señor, como fiel en sus promesas, y como último y sumo Bien nuestro, aunque le mira y le busca como ausente, pero como posible el alcanzarle y poseerle por los infinitos merecimientos de nuestro Señor Jesucristo y de las buenas obras que hacemos con asistencia de la divina gracia.
Esta virtud de la Esperanza nos aparta de la desesperación, y también de la presunción; para que ni desesperemos de salvarnos, ni tampoco tengamos presunción temeraria de conseguir la gloria con nuestras propias fuerzas, sin asistencia de la gracia del Señor.
La tercera, Caridad. Esta virtud excelentísima es la mayor de todas, como dice, san Pablo (1 Cor., XIII, 4 et seq.): nos inclina y enseña a amar a Dios sobre todas las cosas, con el motivo de que es infinito bien nuestro, y al prójimo como a nosotros mismos, con el motivo del amor de Dios, y de que es criatura de Dios, y que es imagen de nuestro Dios y Señor, y por él le amamos.
La virtud de la Caridad es la que da vida sobrenatural a nuestras almas, y sin ella no tenemos actos meritorios de vida eterna.
Todas las demás virtudes, sin la caridad, están como muertas, según lo explica el mismo apóstol.

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