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jueves, 19 de mayo de 2011

LOS PROBLEMAS CON LA MISA NUEVA (1)

«El hombre no puede realizar una acción más santa, más grande, más sublime que celebrar una Misa, a cuyo respecto el Concilio de Trento dice: “Nosotros debemos confesar que ninguna otra obra puede realizarse tan santa y divina como este formidable Misterio. Dios mismo no puede originar una acción para ser realizada que sea más santa y más grande que la celebración de la Misa”. »
San Alfonso María de Ligorio

«El Sacrificio de la Misa es y sigue siendo el centro de la Religión cristiana, el compendio de los ejercicios espirituales, el corazón de la devoción y el alma de la piedad. De aquí el poder siempre nuevo e infalible con el que el Santo Sacrificio de la Misa atrae a todos los corazones católicos y reúne a las naciones católicas alrededor de sus altares. Por doquier la Santa Misa conserva este poder magnético de atracción... El Santo Sacrificio de la Misa es el alma y el corazón de la liturgia de la Iglesia; es el cáliz místico que presenta a nuestros labios el fruto dulce de la pasión del Dios-hombre —esto es, la gracia». — Padre Nicolás Gihr

«El que intenta apropiarse del Santo Sacrificio de la Misa de la Iglesia no urde una calamidad menor que si tratara de arrebatar el sol del universo.» —S. Juan Fisher(1469-1535)


I.- La Misa Católica

CUALQUIER DISCUSIÓN DE LA MISA CATÓLICA requiere un reconocimiento de su posición crucial en la Iglesia; así como un poco de comprensión de su naturaleza.

Según San Juan Crisóstomo (347-407), un Padre y Doctor de la Iglesia, cuando se dice la Misa: Se abre una fuente de la que manan ríos espirituales —una fuente alrededor de la cual se sitúan los ángeles, mirando en la belleza de sus chorros, ya que ellos ven más claramente en el poder y santidad de las cosas que están por descubrir, y sus esplendores inaccesibles. San Alfonso María Ligorio (1696-1787) describió la Misa como «la cosa más hermosa de la Iglesia». ¿Y por qué? Porque «en la Misa, Jesucristo se dio Él Mismo a nosotros por medio del Santísimo Sacramento del Altar, que es el fin y el propósito de todos los demás Sacramentos». San Leonardo de Puerto Mauricio llamó a la Misa «el único Sacrificio que nosotros tenemos en nuestra santa religión; un Sacrificio santo, perfecto, en cada punto completo, por el que cada uno de los creyentes honra a Dios noblemente». El Padre Michael Müller, C.SS.R. dice, «El Santo Sacrificio de la Misa es una de esas obras mayores que la omnipotencia de Dios no puede mostrar… Es una imposibilidad absoluta para cualquier entendimiento humano o angélico concebir una idea adecuada de la Misa. Todo lo que nosotros podemos decir es que su dignidad y santidad son infinitas». El Cura de Ars nos dice, «Todas las buenas obras juntas no son de igual valor que el Sacrificio de la Misa porque ellas son las obras del hombre, y la Santa Misa es la obra de Dios». El P. Nicolás Gihr, en su estudio de la Misa, dice: La celebración de la Misa es el servicio divino más digno y más perfecto, porque procura al Altísimo un culto y una veneración que millones de palabras serían incapaces de darle. Es un Sacrificio único [y] aventaja infinitamente en valor y dignidad, en poder y eficacia, a todas las muchas oraciones de la Iglesia y los creyentes. Siempre que este sacrificio conmemorativo se celebra, la obra de redención se realiza. Es el alma y el corazón de la liturgia de la Iglesia; es el cáliz místico que presenta a nuestros labios el fruto dulce de la pasión del Dios-hombre —esto es, la gracia. El Papa Urbano VIII dijo de la Misa: Si hay algo divino entre las posesiones del hombre, que los ciudadanos del Cielo podrían codiciar (si fuera posible), sería ciertamente el Santísimo Sacrificio de la Misa cuya bendición es tal que en él el hombre posee una cierta anticipación del Cielo mientras todavía está en la tierra, incluso tiene ante sus ojos y toma en sus manos al mismo Creador de Cielo y Tierra. Cuán grandemente tienen que esforzarse los mortales para que el privilegio más imponente se guarde con el culto y reverencia debidos, y tengan cuidado para que su negligencia no ofenda a los ojos de los ángeles que miran con adoración envidiosa.

Declaraciones como la anterior son legión entre los escritos de los Santos, Doctores y escritores sagrados de la Iglesia; ellos reflejan la creencia constante de la Iglesia acerca de la naturaleza e importancia del Santo Sacrificio de la Misa.

II.- La Misa Católica es un Verdadero Sacrificio

La Iglesia Católica siempre habla de la Misa como Sacramento y como Sacrificio. El Concilio de Éfeso (431 d. C.) enseña que «Cristo se ha entregado por nosotros, una oblación y un Sacrificio a Dios por olor de dulzura». San Cipriano (200-258) nos dice que «el derecho a celebrar el Santo Sacrificio constituye el adorno más hermoso y la guirnalda de honor del sacerdocio católico, y por esta razón la privación de este privilegio era considerada como el más severo y el más doloroso de los castigos». San Ambrosio (340-397) nos dice que «los ángeles están presentes cuando estamos celebrando el Sacrificio, dado que usted no puede dudar que los ángeles estén presentes, cuando Cristo está allí, cuando Cristo está siendo sacrificado. La Liturgia de Santiago dice: «Acallad toda carne mortal, permaneciendo [en la Consagración] en respeto y temor; porque el Rey de reyes, el Señor de los señores, Cristo nuestro Dios está a punto de ser sacrificado y ser administrado como alimento a los creyentes».

Mas un sacrificio no puede suceder sin inmolación de una víctima. Santo Tomás de Aquino dice, «es apropiado a este Sacramento que Cristo deba ser inmolado en su celebración». (Summa, III, 83, 1). En el Sacrificio de la Cruz y el Sacrificio de la Misa, el sacerdote sacrificador primordial, a saber, Cristo, y el presente sacrificial son idénticos. Sólo la naturaleza y el modo de la ofrenda de los dos son diferentes. Todas y cada una de las Misas válidas renuevan el mismo Sacrificio que ocurrió en el Calvario. La única diferencia es que el Sacrificio de Cristo en la Cruz era cruento, y el de la Misa es incruento. El sacrificio de la Cruz y el de la Misa son, no obstante, uno y el mismo Sacrificio. Como declara el Catecismo del Concilio de Trento:

La Víctima cruenta y la incruenta no son dos, sino una única Víctima, cuyo Sacrificio se renueva diariamente en la Eucaristía. El sacerdote también es uno y el mismo, el Señor Cristo; porque los ministros que ofrecen el Sacrificio consagran los sagrados misterios no en su propia persona, sino en la de Cristo, como dejan claro las palabras mismas de la Consagración; porque el sacerdote no dice, «Éste es el Cuerpo de Cristo», sino, «Éste es Mi Cuerpo», y actuando así en la persona del Señor Cristo, él cambia la substancia del pan y el vino en la substancia de Su Cuerpo y Su Sangre. Esta doctrina sobre la naturaleza inmolativa y verdaderamente sacrificial de la Misa está ligada a la conciencia católica, porque como los Cánones del Concilio de Trento declaran: «Si alguien dijera que en la Misa [es decir, en todas y cada una de las Misas] un verdadero y apropiado sacrificio no es ofrecido a Dios… ¡sea anatema!»

III.- Una Explicación Adicional de la Naturaleza de esta Inmolación

Se dice que el sacrificio inmolativo de Cristo es «perpetuo». Como el Padre M. Olier, el santo fundador de San Sulpicio en París explica: «Para presentar el misterio del santo Sacrificio de la Misa, uno debe saber que este Sacrificio es el Sacrificio del Cielo… Un Sacrificio ofrecido en el Paraíso que, al mismo tiempo, se ofrece aquí en la tierra, y ellos sólo difieren en que aquí en la tierra el Sacrificio ocurre sin ser visto». A lo que el Padre Olier está refiriéndose se explica en la visión apocalíptica del Apóstol San Juan en la que describe el sacrificio del Cordero, «matado» pero vivo y sentado en el trono, con los veinticuatro ancianos que lo adoran, con las melodías de arpa y con el perfume de incienso, mientras las multitudes de ángeles y todas las criaturas cantan la alabanza al Cordero y el eterno «Amén». (Apoc. 5:6-14). Como la Escritura enseña: «el Cordero… fue matado desde el principio del mundo» (Apoc. 13:8), este «Cordero, sin defecto ni mancha, ya conocido antes de la creación del mundo, pero manifestado al fin de los tiempos por amor vuestro» (1 Ped. 1:19-20). La Consagración y el Sacrificio efectuados por el sacerdote (que está en el lugar de Cristo) es, entonces, la manifestación visible de un acto eterno e intemporal. Después de la Consagración, como dice Guéranger en El Año Litúrgico, «¡el Cordero divino yace en nuestro altar!». Así vemos que la Misa es la realidad visible, aquí y ahora, de la Misa intemporal del Cielo, descrita en el Apocalipsis. A través de ella participamos en la Liturgia Celestial; a través de ella las puertas del Cielo se nos abren y la posibilidad de la vida eterna se hace accesible para nosotros. Así en la Misa nosotros vemos el perpetuo Sacrificio Celestial del Cordero descendido del Cielo y presentado en el altar ante nuestros ojos. La Iglesia sostiene unánimemente que Cristo en el Cielo permanece haciendo eternamente una ofrenda externa y visible de Su sagrado Cuerpo, pero mientras que en el Calvario ese Cuerpo se destruyó en la muerte, en el Cielo es aniquilado, por así decirlo, en la gloria devoradora de la radiante vida divina.

El concepto de la Misa como la renovación del sacrificio de Cristo en la Cruz es importante si queremos entender por qué la Misa es llamada una «conmemoración». No es una conmemoración en el sentido en que nosotros conmemoramos la muerte del soldado desconocido, o incluso la muerte de un ser amado. Ésta es la creencia protestante, a saber, que la Misa es una «conmemoración» de la Crucifixión histórica. Antes bien, la Misa es una conmemoración en el sentido en que «hace volverse a la mente», en el sentido filosófico al que aludía el gran filósofo pagano Platón (427- 347 a.C.), a un recuerdo de algo que tiene su propia realidad autoexistente, perpetua y eterna en el Cielo. De esta manera la Misa hace presente de nuevo lo que aconteció en el Calvario y que está ocurriendo eterna y perpetuamente en el Cielo. Esto, por supuesto, sólo puede ocurrir a través de la mediación de un sacerdote al que le ha sido dado el poder, como así era, «de traer el Cielo a la tierra».

Los protestantes y anglicanos (episcopalianos en América) (Los anglicanos reconocen al Rey o la Reina de Inglaterra como la cabeza de su Iglesia. En el momento de la Revolución americana, los anglicanos de este país rechazaron este «encabezamiento» y se declararon episcopalianos), rechazan este dogma. Ellos niegan que haya ninguna acción immolativa (sacrificial) y por lo tanto ninguna PRESENCIA REAL (Ellos describen con una amplia variedad de maneras la eficacia del pan y el vino usados en su servicio. Algunos admiten que Cristo está «subjetivamente» presente para el adorador (ver la discusión de NOBIS –«Por Nosotros»– más abajo en el texto) pero todos niegan cualquier «PRESENCIA» objetiva, independiente del adorador). Mientras que los católicos veneran a las Sagradas Especies después de la Consagración de la Misa, los protestantes reconocen sólo pan y vino y por ello nos acusan de idolatría. A pesar del hecho de admitir que el Sacrificio de la Cruz fue un verdadero Sacrificio, todavía insisten en que ocurrió por última vez, y que lo único que acontece o puede acontecer en la Misa diaria es una nueva narración a modo de historia de lo que ocurrió hace unos dos mil años. En sus ojos el rito es una mera «conmemoración» de este evento histórico, y, como tal, no requiere ni sacerdote ni especiales poderes sacerdotales para realizarlo. Como Lutero dijo, «La Misa no es un sacrificio… llamadla bendición, Eucaristía, la mesa del Señor, la cena del Señor, la Memoria del Señor o cualquier cosa que gustéis, con tal de que no la ensuciéis con el nombre de un sacrificio o acción». En cuanto a los anglicanos o episcopalianos, el artículo treinta y uno de su «credo» declara que la Misa, tal como es entendida por el Concilio de Trento, es una «fábula blasfema y un engaño peligroso» (Los anglicanos y luteranos todavía dicen el Credo niceno que data de 325. Esta manifestación está tomada, sin embargo, de los «Treinta y nueve Artículos» a los cuales los anglicanos y episcopalianos deben dar su asentimiento «en el significado llano de las palabras»).

Debido a la magnitud infinita de este Sacrificio inmolativo de la Misa, la doctrina católica sostiene que la Misa es también y al mismo tiempo un sacrificio de alabanza, de acción de gracias, de propiciación (reparación, expiación, conciliación), y de impetración (petición).

La Misa es un sacrificio de alabanza y adoración porque La celebración del Sacrificio eucarístico contiene una adoración infinitamente perfecta de Dios, porque es el Sacrificio que Cristo Mismo ofrece a Su Padre celestial. Ni es posible para el hombre crear un rito que sea un Sacrificio mayor de alabanza y adoración, porque es Cristo Mismo y el Espíritu Santo, actuando por medio de los Apóstoles, quien es el Autor de la Misa.

Al mismo tiempo y del mismo modo, la Misa es un sacrificio de acción de gracias. «Ya que en la Santa Misa nosotros adoramos, alabamos y magnificamos a Dios por medio de Cristo y con Él, nosotros cumplimos de una manera perfecta el primer deber que como criaturas debemos al Creador —el deber de gratitud».

Los protestantes están perfectamente dispuestos a reconocer que un servicio del culto sea descrito como un «sacrificio de Alabanza y Acción de gracias». Pero en esto es donde se detienen. Para ellos, afirmar que la Misa es más que esto es una blasfemia. La Iglesia insiste sin embargo en que la verdadera Misa es mucho más (Como los Cánones del Concilio de Trento declaran: «Si alguien dijera que el Sacrificio de la Misa es sólo un sacrificio de alabanza y acción de gracias. Sea anatema». Las oraciones eucarísticas del Novus Ordo Missae constantemente utilizan la frase (un sacrificio de alabanza y acción de gracias) sin referencia a los otros aspectos del sacrificio). Debido a su naturaleza fundamentalmente inmolativa, la Misa es, entre otras cosas, un «sacrificio propiciatorio»; él «propicia» (aplaca) el enojo y la justicia de Dios. Como dice el Padre Nicolás Gihr, «Cristo sobre la Cruz se hizo merecedor para nosotros de todo el perdón del pecado, de la gracia de la santificación y de la beatitud eterna. Quienquiera que se aparta de este Sacrificio; quienquiera que a causa de la desobediencia y la incredulidad lo desprecia y lo rechaza, para él “ya no queda ningún [otro] sacrificio para los pecados, sino una terrible expectativa del juicio y la furia del fuego”». (Heb. 10: 26-27). Además, como acto de propiciación, la Misa «calma y apacigua el justo enojo de Dios, desarma Su justicia e induce al Señor a considerar al hombre pecador con favor y misericordia. Por consiguiente, como sacrificio propiciatorio, la Misa tiene el poder y, como consecuencia de la ordenanza de Cristo, tiene por objeto directa e infaliblementeesto es, en el más estricto sentido ex opere operato— cancelar el castigo temporal».(Ex opere operato significa literalmente «por su propio poder». Los defectos personales del sacerdote (suponiendo que está adecuadamente ordenado, usa un rito válido y tiene la intención correcta) o del comulgante no afectan a su «poder»).

Es más, esta anulación del castigo temporal puede aplicarse tanto «a los vivos como a los muertos». Como San Agustín dice, «no debe dudarse que los difuntos reciben ayuda de los que actúan en la Iglesia y del Sacrificio dador de vida». Para los vivos, este fruto sólo es concedido «a medias», pues en virtud del Sacrificio, la Eucaristía obtiene esta gracia para los pecadores sólo «si los encuentra dispuestos» (Sto. Tomás, Sent., IV. 12, q.2, a.2.); para los muertos remite infaliblemente, pero no necesariamente del todo, sino sólo de acuerdo con el buen agrado de la Providencia. El Concilio de Trento sostiene que es de fide (es decir, parte de la Fe católica que debe creerse) que «la Santa Misa es un verdadero sacrificio propiciatorio por los vivos y los muertos» y el Catecismo del Concilio de Trento declara que la Misa es «verdaderamente un sacrificio propiciatorio, por medio del cual nos reconciliamos con Dios y recuperamos Su favor». La teología protestante niega específicamente tanto la naturaleza «propiciatoria» de la Misa, como la doctrina de Purgatorio.

Finalmente, la Misa se describe como un sacrificio de impetración o súplica, porque como el mismo Concilio declara, la Misa no sólo se ofrece por los pecados, castigos y satisfacciones, sino también para «otros remedios». El hombre, en unión al sacerdote que ofrece la Misa, puede esperar que sus demandas (con tal de que estén en conformidad con la voluntad de Dios) recibirán una respuesta apropiada. Y en vista de todo lo que se ha dicho anteriormente con respecto al poder y eficacia de la Misa, ¿cómo podría ser de otro modo?

Una Breve Historia de la Misa

No hay en la Misa Tradicional ninguna palabra ni frase, ni un solo acto del celebrante, ni ningún adorno del altar o del sacerdote, que carezca de significado. Eso conlleva naturalmente que cada palabra y acción del sacerdote también sean significantes. La Misa recapitula la historia entera de la Redención. Por ejemplo, cuando se hacen 33 signos de la cruz, es para conmemorar el número de años que Nuestro Señor pasó en la tierra. Cuando el sacerdote extiende sus manos sobre el cáliz mientras recita el Hanc Igitur, está recapitulando la acción del Sumo Sacerdote de los judíos que ponía sus manos sobre el chivo sacrificial para transferirle los pecados del pueblo.

(El «chivo expiatorio», que prefigura a Cristo, era adornado con una cinta roja —como Cristo fue cubierto con mofa con una clámide roja durante Su proceso— y después llevado al desierto donde era despeñado desde un alto precipicio como sacrificio.)

Cuando el sacerdote mira al altar durante el Sacrificio (excepto cuando se vuelve para traernos las bendiciones que proceden de allí), es porque la acción está ocurriendo sobre el altar, y el sacerdote es, como Cristo al cual representa, un Intermediario entre nosotros y Dios Padre. Si el altar mira tradicionalmente al Este, es porque ésta es la dirección del Sol Naciente que, como la «la luz del mundo», es un símbolo de Nuestro Señor que es la verdadera «Luz del Mundo». En cuanto al altar (no es una «mesa»), nosotros sabemos por el rito tradicional de consagración de altares católicos que nuestro altar está vinculado al altar de Moisés y también al de Jacob (la almohada de Jacob) —y que el altar eterno es, él mismo, el cuerpo de Cristo que está situado «en el centro del mundo» —el axis mundi— para que toda la creación sea, como era, periférica a la Misa «eterna» y capaz así de ser unificada a través de la acción divina. (Como dice Sto. Tomás en su Homilía para el Segundo domingo de Adviento, «Todas esas cosas que para nosotros son desatinadas, son atinadas para Él».) Si se usan seis velas en la Misa mayor, es porque esto representa la integración del Menorah judío, o candelabro de siete brazos, en el Sacrificio de Cristo Nuestro Señor, que es y substituye al central o Séptima Vela. Si el sacerdote se viste al modo real durante el rito, es porque representa a Cristo Rey. Ya no es un individuo (por ejemplo, «el P. Roberto»,etc.), sino un alter Christus, «otro Cristo». El sacerdote no purifica sus manos en balde antes de realizar el Sacrificio, ni por vanas razones limpia el cáliz con cuidado exquisito después de consumir las Sagradas Especies. Ninguno de estos actos es invención de hombres. Como el Abad Guéranger dice: «estas ceremonias se remontan hasta los Apóstoles». De igual modo, encontramos a la gran autoridad sobre la Misa, el Padre Nicolás Gihr, diciendo:

El ejemplo de Cristo era para los Apóstoles la norma en la celebración del Sacrificio. Ellos hicieron, primero, sólo lo que antes había hecho Cristo. Según Sus instrucciones y bajo la inspiración del Espíritu Santo, observaron además otras cosas, a saber, según las circunstancias ellos agregaron varias oraciones y observancias para celebrar los Sagrados Misterios tan digna y edificantemente como fuera posible. Esas partes constitutivas del rito sacrificial que se encuentran en todas las liturgias antiguas tienen su origen indiscutiblemente en los tiempos apostólicos y la tradición: los rasgos esenciales y fundamentales del rito sacrificial, introducidos y aumentados por los Apóstoles, estaban conservados con fidelidad y reverencia en las bendiciones místicas, el uso de las luces, el incienso, las vestiduras y muchas cosas de esa naturaleza que ella [la Iglesia] emplea por la prescripción Apostólica y por tradición.

Mientras que a veces se agregaron ciertas oraciones a la Misa Tradicional, es bien conocido que su núcleo central o «Canon» permaneció fijo e inalterado desde los primeros días. Según Sir William Palmer, un historiador no católico:

No parece nada desatinado pensar que la Liturgia romana, como se usaba en tiempos de [el Papa San] Gregorio Magno [590-604], pudiera haber existido desde la más remota antigüedad, y quizás haya casi tan buenas razones por remitir su composición original a la Edad Apostólica. (Citado por Patrick H. Omlor, Interdum, Edición No. 7, Menlo Park, CA).

En cuanto a los hechos, la investigación histórica, tanto la católica como la protestante, ha mostrado que la Misa Tradicional data de antes de, al menos, el siglo cuarto. (Antes de ese tiempo, la Iglesia estaba sometida a una persecución severa, y por consiguiente los archivos históricos son escasos. Por otra parte hay considerables evidencias de que la Misa era considerada demasiado sagrada para ser puesta por escrito). Desde entonces hasta 1962, cuando Juan XXIII agregó el nombre de San José al Canon de la Misa, un total de 26 palabras se han agregado al Canon Tradicional, por los Papas San León (440- 461) y San Gregorio Magno (590-604). De este modo, como el Concilio de Trento declara exactamente, el Canon «está compuesto por las mismas palabras del Señor, la tradición de los Apóstoles y las instituciones pías de los santos pontífices». En el curso de la historia se han hecho además algunas adiciones —aunque nunca ninguna resta. Como resultado, el Concilio de Trento ordenó que «todas esas adiciones deben ser quitadas, y que la Iglesia debe establecer firmemente el uso de la Misa como era en tiempos de S. Gregorio» (590-604). Ésta es pues la Misa Tradicional. Ésta es «la Misa de Todos los Tiempos». Ésta es la Misa que fue «codificada» y «promulgada» por el Papa San Pío V en 1570 tras el Concilio de Trento. Ésta es la Misa que está protegida por su Bula Apostólica Quo Primum de esa misma fecha. Ésta es la Misa que Pablo VI cambió, porque, entre otras cosas, contenía «aspectos indeseables» y «no expresaba adecuadamente el significado de las cosas santas». (Declaraciones hechas públicamente y referidas en el Osservatore Romano en el agradecimiento a los seis «observadores» protestantes por su ayuda en la formulación de la Nueva Misa (o Novus Ordo Missae) usada por la Iglesia en los tiempos posconciliares.

UNA ORACIÓN CATÓLICA TRADICIONAL PARA ANTES DE LA MISA

¡Oh! Dios mío, Padre Eterno y Omnipotente, yo Te ofrezco en unión con Tu Hijo Unigénito, Nuestro Señor Jesucristo, Su propia Pasión y muerte en la Cruz en este Santo Sacrificio de la Misa: en profunda ADORACIÓN de Tu Divina Majestad; en jubilosa ACCIÓN DE GRACIAS por todas Tus gracias y bendiciones; en humilde REPARACIÓN por mis innumerables pecados y los del mundo entero; y en ardiente SÚPLICA por Tu misericordia y gracia, así como por mis necesidades temporales y las de mis seres queridos y vecinos. ¡Oh Dios, ten misericordia de mí, pecador!

¿Podemos perder la Misa?

Si Satanás hubiera sido consciente de que Cristo es el Logos Divino [Segunda Persona de la Santísima Trinidad], nunca habría agitado para la Crucifixión. Es innecesario decir que cada Misa verdadera le recuerda de nuevo su terrible error al mismo tiempo que es un vehículo para conferir gracias infinitas sobre la humanidad. No es extraño que el diablo tenga un intenso odio a la Misa. Siempre se ha vaticinado que la verdadera Misa nos sería arrebatada. Escuchemos las palabras de San Alfonso M. de Ligorio:

El diablo siempre h a intentado, por medio de los herejes, privar al mundo de la Misa, haciéndoles los precursores del Anticristo quien, antes de nada, intentará abolir y abolirá efectivamente el Santo Sacrificio del Altar, como castigo por los pecados de los hombres, según la predicción de Daniel, «Y se hizo fuerza contra el sacrificio perpetuo». (Dan. 8:12)

Sobre lo mismo abunda el Padre Denis Fahey:

Toda la espantosa energía del odio de Satanás está especialmente dirigida contra el Santo Sacrificio de la Misa. En formación con él y animado con el mismo odio, hay un ejército de satélites invisibles de la misma naturaleza. Todos sus esfuerzos se dirigen a impedir su celebración exterminando el sacerdocio, y a restringir sus esfuerzos. Si Satanás no puede tener éxito anulando completamente el único y solo acto aceptable de culto, él se esforzará por limitarlo a las mentes y corazones de tan pocos individuos como sea posible. (1)

El odio de los «Reformadores» del siglo XVI hacia la Misa Tradicional es bien conocido. Ante todo, aborrecieron cualquier sugerencia de que la Misa fuera un «Sacrificio inmolativo». Lutero lo llamó una «abominación», un «culto blasfemo y falso», e instruyó a los gobernantes bajo su influencia para «atacar a los idolatras» y para suprimir su culto en la medida de lo posible. Negó repetidamente su verdadera naturaleza sacrificial y sobre todo odió el «Canon abominable en el cual la Misa se hace sacrificio». De hecho, llegó a decir, «yo afirmo que todos los burdeles, los asesinatos, los robos, los crímenes, los adulterios son menos inicuos que esta abominación de la Misa Papista». Acerca del Canon o núcleo de la Misa, declaró:

«Ese Canon abominable es una confluencia de albañales de aguas fangosas, que ha hecho de la Misa un sacrificio. La Misa no es un sacrificio. No es el acto de un sacerdote que sacrifica. Junto con el Canon, nosotros desechamos todo lo que implica una oblación.»

En palabras que son casi proféticas hizo notar que «cuando la Misa haya sido destruida, creo que habremos destruido al Papado. Creo que es en la Misa, como sobre una roca, donde el Papado se apoya enteramente todo se colapsará por necesidad cuando se colapse su sacrílega y abominable Misa».

Todos esto nos lleva a los problemas de la Nueva Misa. Es bien conocido que el contraste de los católicos tradicionales es su negativa a participar en el Nuevo Orden de la Misa —el Novus Ordo Missae— como se estableció el 3 de abril de 1969, tras el Concilio Vaticano II. Por razones que luego se aclararán, es de suma importancia para nosotros repasar las razones de sus objeciones a este Nuevo Rito. El resto de este estudio intentará explicar y clarificar su actitud.

EL NUEVO ORDEN DE LA MISA ha sido el sujeto de muchos libros críticos, artículos y folletos desde 1968. Con el interés renovado en la Misa latina tradicional, puede ser conveniente una vez más resumir algunos de los argumentos contra el Nuevo Rito para subrayar el hecho de que las objeciones de los católicos «tradicionales» a la Nueva Misa no están basadas en cuestiones de estética o nostalgia, sino más bien, y eminentemente lo más importante, en cuestiones de doctrina, pedagogía religiosa (instrucción) y validez. La «Nueva Misa», o Novus Ordo Missae Nuevo Orden de la Misa» ambos nombres se usarán alternativamente en este libro) fue ofrecida públicamente por primera vez en la Capilla Sixtina antes de un sínodo de obispos en octubre de 1967. En ese momento fue llamada Missa Normativa, o «Misa normativa». Los obispos presentes fueron consultados acerca de su opinión sobre si debería ponerse en práctica: 71 votaron sí; 62 votaron sí con reservas; y 43 la rechazaron categóricamente. Para adecuarse a los deseos de este último grupo, se hicieron varios cambios menores, incluyendo la restauración de dos de las oraciones tradicionales del Ofertorio. Pablo VI promulgó la forma final de esta Misa como el Novus Ordo Missae en su Constitución Apostólica Missale Romanum, el 3 de abril de 1969. Unido a su Constitución Apostólica estaba un texto explicativo titulado la Institutio Generalis («Institución General»). Mientras que los obispos liberales estaban encantados, otros estaban lejos de ser complacidos. Los Cardenales Ottaviani y Bacci escribieron a Pablo VI en septiembre de 1967, manifestando que la «Nueva Misa» representaba, «tanto en su conjunto como en sus detalles, una notable desviación de la teología católica de la Misa tal como fue formulada en la Sesión XXII del Concilio de Trento». Junto con la carta, le presentaron el ahora célebre Estudio Crítico del Novus Ordo Missae, preparado por un grupo de teólogos romanos. En un esfuerzo por desviar las críticas hechas en este documento, el 26 de marzo de 1970 se emitió una Instrucción General revisada —pero no se hizo absolutamente ningún cambio en el texto real del Novus Ordo Missae mismo. Desde entonces, se han hecho algunos cambios menores en la Nueva Misa; la edición actual aparecía en 1975. Permítasenos examinar este Nuevo Rito con mayor detalle.

Si el Novus Ordo Missae (o «Nueva Misa») había de reflejar las creencias de la Iglesia posconciliar, así como las de nuestros «separados» hermanos protestantes, y al mismo tiempo permanecer aceptable a los católicos criados en la Fe Antigua, tenía que conseguir varios objetivos: 1) Tenía que evitar profesar demasiado abiertamente en las nuevas doctrinas, aunque eliminando al mismo tiempo cualquier cosa que las contradijera. Asimismo, no podría negar ninguna doctrina católica directamente — sólo podría diluirla o expurgarla. 2) Tenía que introducir los cambios lentamente y guardar los suficientes adornos externos de un verdadero sacrificio para dar la impresión de que nada significante había cambiado. 3) Tenía que crear un rito que por razones ecuménicas fuera aceptable para los protestantes de todo matiz y convicción, aunque todos ellos nieguen consistentemente que la Misa es verdaderamente el sacrificio incruento del Calvario y que un sacerdote «que sacrifique» es necesario para ofrecerlo. Y 4) Tenía que amortiguar la resistencia católica e introducir en las vidas de los creyentes las ideas modernistas promulgadas en consecuencia con el Vaticano II. La única manera en que la Nueva Misa podría conseguir todo esto estaba en el uso de la ambigüedad, la supresión y la traducción infiel.

No hay nada ambiguo en los ritos tradicionales de la Iglesia; y de hecho, la Misa es, como dicen los teólogos, un locus (fuente) primario de sus enseñanzas. A pesar de la laxitud del lenguaje moderno, no debemos olvidarnos de que la declaración ambigua es fundamentalmente deshonesta. Cada padre y cada madre sabe que cuando su hijo recurre al equívoco, está intentando esconder algo. Y cada sacerdote sabe de qué modo usan a veces los penitentes esta estrategia en el confesionario. Es aun más deshonesto, una vez el Magisterium de la Iglesia ha hablado claramente sobre un problema, tener a esos responsables de conservar el «Depósito de la Fe» usando el equívoco o la ambigüedad para encubrir un cambio en la creencia. Como dice el Libro de los Proverbios, «Dios odia una boca perversa». (Prov. 8:13). En el siglo XVI, el Obispo Cranmer, reformador protestante, utilizaba la ambigüedad para establecer la secta protestante anglicana (episcopaliana) en Inglaterra. A la vez, el Pastor inglés Dryander escribió a Zurich, declarando que el primer Libro de la Plegaria Común albergaba «todo tipo de decepción por la ambigüedad o el fraude del lenguaje» Según T. M. Parker, teólogo anglicano, el resultado neto era que El Primer Libro de la Plegaria de Eduardo VI no podía ser convicto de herejía manifiesta, porque fue tramado diestramente y no contenía ningún rechazo expreso de la doctrina de la prerreforma. Era, como lo expresó un erudito anglicano, «un ensayo ingenioso en ambigüedad», intencionalmente redactado de tal manera que el más conservador podía poner su propia interpretación en él y reconciliar sus conciencias usándolo, mientras los reformadores lo interpretarían en su propio sentido y lo reconocerían como un instrumento para impulsar la próxima fase de la revolución religiosa. Aparte de la ambigüedad en el Novus Ordo Missae, uno debe considerar las numerosas supresiones que los innovadores posconciliares hicieron —de un 60 a un 80 por ciento del Rito Tradicional de la Misa fue eliminado, dependiendo de la Plegaria Eucarística que se use. Y estas supresiones precisamente son aquéllas que Lutero y Cranmer habían hecho —aquéllas que tienen que ver con la naturaleza sacrificatoria de la Misa. La ambigüedad, las supresiones y, finalmente, las traducciones infieles eran utilizadas para conseguir los propósitos de los innovadores.

El segundo requisito era la necesidad de que la Nueva Misa mantuviese los adornos externos de un rito católico. Una vez más, había precedentes suficientes.28 Considérese la descripción siguiente del servicio luterano primitivo, como nos es dada por el gran erudito jesuita Hartmann Grisar: Alguien que entrara en la iglesia parroquial de Wittenberg después de la victoria de Lutero, descubriría que se usaban para el servicio divino las mismas vestiduras de antaño, y oiría los mismos himnos latinos de antaño. La Hostia era elevada en la Consagración. A los ojos de las gentes era la misma Misa de antes, a pesar de que Lutero omitía todas las plegarias que presentaban la sagrada función como un Sacrificio. Las gentes eran mantenidas intencionalmente en la oscuridad sobre este punto. «Nosotros no podemos apartar a las gentes comunes del sacramento, y probablemente sea así hasta que el evangelio sea bien comprendido», decía Lutero. Explicaba el rito de la celebración de la Misa como «una cosa puramente externa», y dijo, además, que «las palabras condenables pertinentes al Sacrificio podían omitirse todas muy rápidamente, puesto que los cristianos ordinarios no notarían su omisión y de aquí que no hubiera ningún peligro de escándalo».

Los innovadores litúrgicos posconciliares siguieron el mismo patrón. Como los autores del Estudio Crítico del Novus Ordo Missae apuntaron, «habiendo quitado la piedra clave, los reformadores tenían que colocar un andamiaje». Uno se acuerda de la sentencia de Lenin: «Guardad la cáscara, pero vaciadla de contenido». Después del Concilio Vaticano II, y siguiendo el modelo establecido por Lucero y Cranmer, se introdujeron cambios en la liturgia católica, al principio despacio, y después a un ritmo cada vez más rápido. Los que padecieron los primeros días del «Aggiornamento» recordarán los frecuentes cambios asignados. El Cardenal Heenan de Inglaterra da testimonio de esto, declarando que habríamos sido «conmocionados» si todos los cambios hubieran sido introducidos de golpe. Los cambios vinieron, sin embargo, uno sobre otro, y si hemos de creer a la Jerarquía de la Iglesia, todavía hay más en perspectiva. Hay mucha palabrería hoy de «violencia institucional ». Yo no puedo imaginar ningún ejemplo mejor de esto que la manera en que la «Nueva Misa» se forzó dentro de las tragaderas del laicado.

Dos Técnicas de Supresión

Los innovadores emplearon dos técnicas para depurar la Misa de doctrinas católicas —la omisión y la castración. Como se ha citado anteriormente, entre el 60 y el 80 por ciento de la Misa tradicional se suprimió. Yo le pido al lector que compare el Nuevo Orden de la Misa con el Rito Tradicional, como se encuentra en cualquier misal antiguo publicado durante los últimos 500 años —es decir, antes de 1960. (Los misales antiguos normalmente están en latín por un lado y en lengua moderna por el otro.) El número de oraciones desaparecidas es asombroso. Están perdidas todas las oraciones dichas al pie del altar (nótese, la Misa Tradicional no se decía sobre una «mesa»), incluyendo el Salmo 42 y el Aufer a nobis . El aspecto personal de la confesión reflejado en la oración Confiteor es reemplazado por un truncado «Rito Penitencial» que hace hincapié en los pecados contra «nuestros hermanos y hermanas». La oración para la absolució n (Indulgentiam) se omite.

En el Ofertorio, el Suscipe Santcte Pater, el Deus qui Humanae, el Offerimus tibi, el Veni Santificator, el Lavabo (Salmo 25), y el Suscipe Sancta han desaparecido todos. Nótese cuántos conceptos doctrinales fueron proclamados claramente en estas oraciones, que parecen encontrar inaceptables los innovadores litúrgicos. Sólo el In Spiritu Humilitatis y el Orate Fratres se han mantenido, y esto, como veremos, por razones específicas. En el Canon, si el «presidente» prefiere no usar «la Plegaria Eucarística Nº 1» (que está falsamente etiquetada de Canon romano antiguo, y que, siendo la Oración Eucarística más larga, de hecho se usa raramente), se han anulado las siguientes seis oraciones antes de la muy cuestionable Consagración: Te Igitur, Memento Domine, Communicantes, Hanc Igitur, Quam Oblationem y Qui Pridie. Después de la Consagración se suprimen las siete plegarias siguientes, el Unde et Memores, Supra quae Propitio, Supplices Te Rogamus, Memento Etiam, Nobis quoque Peccatoribus, el Per Quem haec Omnia y el Per Ipsum. Por si esto no fuera suficiente, también han sido suprimidas las siguientes plegarias usadas a continuación del «Padrenuestro»: a saber, el Panem Coelestem, Quid Retribuam, el segundo Confiteor, el Misereatur y el Indulgentiam. También se ha eliminado el triple Domine Non sum Dignus, el Corpus Tuum, el Placeat Tibi y el último Evangelio. De nuevo, se deben considerar los innumerables conceptos doctrinales que se han echado en el olvido por estos cambios —y por encima de todo, cualquier referencia a la Misa como siendo un sacrificio immolativo y la necesidad de un verdadero sacerdote sacrificador para ofrecerla. Y esto sin mencionar las genuflexiones, las Señales de la Cruz, las bendiciones, las reverencias al Sagrario, los besos al altar y otras acciones del sacerdote que también se han cancelado. Demasiado para la primera técnica de supresión, a saber, la omisión positiva.

Un ejemplo excelente de la segunda técnica de supresión —es decir, el uso de la castración— es proporcionado por los cambios hechos en la plegaria Libera nos que sigue al «Padrenuestro». En el Rito Tradicional se lee: Te rogamos, Señor, que nos libres de todos los males pasados, presentes y futuros; y por la intercesión de la santa y gloriosa siempre virgen María, Madre de Dios, con Tus santos Apóstoles Pedro y Pablo, Andrés y todos los santos, concédenos propicia paz en nuestros días, para que, ayudados de Tu misericordia, vivamos siempre libres de pecado y seguros de toda perturbación...

Ahora se lee: Líbranos, Señor, de todos los males y concédenos la paz en nuestros días, para que, ayudados por tu misericordia, vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda perturbación, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador, Jesucristo.

Nótese que se han eliminado las referencias a la Bienaventurada Virgen, los Apóstoles y todos los santos. Parecería de esto que su intercesión ya no se requiere —probablemente porque ofendería a las sensibilidades protestantes y así frustraría el intento «pastoral» del rito. Nótese que tanto en la técnica de ambigüedad como en la de eliminación los innovadores no pueden ser acusados de «cambiar» directamente la enseñanza católica —sólo de ignorarla. Este patrón es constante a lo largo de la Nueva Misa: todas las referencias claras a la naturaleza propiciatoria (que expía) e impetratoria (que ruega) de la Misa están eliminadas. Toda referencia explícita al sacrificio inmolativo de una víctima y a la Presencia Real es anulada. El residuo es meramente un «sacrificio de alabanza y acción de gracias», tal como encuentran aceptable los protestantes. Mientras que es verdad que los adultos, bien formados en la Fe católica, pueden tener algún grado de protección de las ambigüedades y supresiones en la Nueva Misa, pero recordando también la conexión muy directa e importante entre plegaria y creencia —bellamente expresada en la famosa y concisa expresión latina, Lex orandi, lex credendi («la manera de orar es [lleva a] la manera de creer»)— debemos preguntar ¿CÓMO pueden evitar nuestros hijos tener sus creencias religiosas neutralizadas por un rito en el que se ha eliminado la mención de los elementos de expiación y sacrificio?

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Mientras que la mayoría de los católicos, acostumbrados a confiar en lo que Roma ha prescrito, estuvieron de acuerdo con los cambios litúrgicos, otros protestaron fuertemente. Petición tras petición fue enviada a Roma, y todas fueron ignoradas persistentemente. (Algunos católicos conservadores todavía están intentando efectuar los cambios en la Nueva Misa por este método evidentemente fútil). Pablo VI, al parecer deseando fomentar la Revolución Litúrgica sin perder ningún creyente, dio sus usuales respuestas contradictorias. Nos dijo por un lado que el Nuevo Orden de la Misa había cambiado de «un modo asombroso y extraordinario», que «era singularmente nuevo» y que «la innovación más grande [él usó la palabra “mutación”] estaba en la Plegaria Eucarística». Por otro lado, encontró necesario asegurarnos repetidamente que «nada había cambiado en la esencia de la Misa tradicional». Otro testigo era más honrado y sincero. El Padre Joseph Gelineau, S.J., uno de los periti expertos» consejeros teológicos) conciliares, declaró sin ambages que el resultado final de todos los cambios en la liturgia era «una liturgia diferente de la Misa». Él continuó: «Hay que decir esto sin ambigüedad: el rito romano como nosotros le conocimos ya no existe. Ha sido destruido». El Cardenal Benelli, uno de los arquitectos principales de la nueva liturgia, declaró que la nueva liturgia refleja una «nueva eclesiología». El liturgista Padre Louis Bouyer opinó que «La liturgia católica ha sido derrocada bajo el pretexto de hacerla más compatible con la perspectiva contemporánea». Finalmente, el Arzobispo Bugnini, funcionario ejecutivo de Pablo VI en la creación del Novus Ordo Missae, describió el resultado como «una nueva canción » y como «la conquista de la Iglesia». A pesar de todo esto, Pablo VI, insistió: «Estad muy seguros de una cosa: nada substancial de la Misa tradicional ha sido alterado». (DOL., No. 1759). No había ninguna disminución o disculpa, o cambio en la Nueva Misa, para complacer las quejas legítimas de los católicos perspicaces, preocupados, o para contestar las muchas quejas publicadas sobre los problemas de la Nueva Misa. Estos cambios —que apropiadamente se han llamado «La Revolución Litúrgica»— devinieron un fait accompli.


NOTAS:

1.- Fr. Denis Fahey, The Mystical Body of Christ and the Reorganization of Society (Dublín: Regina Publications)

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