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lunes, 9 de mayo de 2011

EL MARTIRIO DE LAS SANTAS PERPETUA Y FELICIDAD Y DE SUS COMPAÑEROS, BAJO SEPTIMIO SEVERO


Tras el reinado infamante (180-192) de Cómodo, gladiador coronado, indigno vastago de Marco Aurelio; tras el relámpago de honradez de Pértinax, que se extingue, por asesinato, a los tres meses; tras la vergüenza del Imperio sacado a pública subasta y comprado por el infame Didio Juliano al precio de 7.500 denarios a cada pretoriano, la figura y reinado de Septimio Severo surge como último fulgor de un mundo en indeclinable ocaso, agotamiento y ruina.
Hacia fines de 197, vencido junto a Lión Albino, su último rival, Severo era dueño único del Imperio, cuya unidad restableció con tan férrea voluntad como fe en su estrella, que le había destinado—él lo sabía—para señor solo del mundo. Cierto que, aun después de su victoria, con instinto de tigre que no perdona a su víctima, hizo correr copiosamente la sangre, siguiendo una terrible convicción personal: "El que quiera—decía—salvar la unidad del Imperio, no debe por algún tiempo ahorrar la sangre, a fin de poder, en el resto de su vida, mostrarse amigo de los hombres." Mas mirada en su conjunto la obra de su reinado: unidad del Imperio restablecida, guerras victoriosas en las fronteras, reorganización y moralización del ejército, obras públicas por todo lo ancho de su dominio, auge nunca igualado del derecho romano cuando Papiniano, Ulpiano y Paulo se sientan en el Consejo imperial y dictan la ley al mundo, fomento de la vida del espíritu por el cultivo de las letras y hasta por los vagos anhelos religiosos que inquietan las almas de la época, puede bien afirmarse de este duro africano que "de haber dejado tras sí hijos y nietos de su talla, hubiera con él empezado una nueva época, y Septimio Severo se erguiría como uno de los auténticos grandes de la historia universal". A su muerte se dijo que o no debiera haber nacido o no debiera haber muerto. Su obra, en efecto, no halló continuadores. La disolución del Imperio era inevitable, y se prosigue implacablemente en todo el siglo III, hasta que venga la hora de recogerlo y estrujarlo con puño bárbaro Diocleciano, del que saldrá otro.
Septimio Severo inaugura una nueva época en la situación de la Iglesia y del Imperio. Hasta comienzos, del siglo III, en virtud, sin duda, de una ley especial, el cristianismo era religio illicita y sus seguidores estaban fuera de la ley. Sin embargo, según la paradójica jurisprudencia sentada por el rescripto de Trajano, no se los debía buscar; sí castigar, caso de ser delatados y convictos y perseverar en la confesión de la fe cristiana. Ni Adriano con su rescripto a Minucio Fundano, ni Antonino Pío con sus varias intervenciones moderadoras, ni Marco Aurelio en el caso que se le somete de los cristianos de Lión, introducen modificación de cuenta en la situación legal de los cristianos. El cristianismo es un crimen; pero un crimen sui generis, ante el que la autoridad puede hacer la vista gorda, mientras alguien no se tome la molestia de delatar a los presuntos criminales.
Entre tanto, pese a la anómala situación legal, pese a la sangre derramada, o más bien gracias, en buena parte, a esa misma sangre fecunda de los mártires, semilla de cristianos, la nueva fe, la nueva doctrina, la nueva iniciación de la vida proseguía su marcha ínvasora de almas y tierras, con caracteres alguna vez de contagio o epidemia, y un paisano y contemporáneo de Septimio Severo, el abogado africano Quinto Septimio Florente Tertuliano, podía escribir, hacia el año 197, con hipérbole oratoria, pero con fondo innegable de verdad histórica, las famosas palabras: "Somos de ayer y ya hemos llenado el orbe y todo lo vuestro: las ciudades, las islas, los castillos, los municipios, las audiencias, los campamentos mismos, las tribus, las decurias, el palacio, el senado, el foro; sólo hemos dejado para vosotros los templos". Pues justamente contra este crecimiento expansivo del cristianismo va dirigido el edicto de Septimio Severo, cuya fecha se pone entre los años 200 a 202, y cuyos motivos inmediatos no son claramente conocidos. Puestos a escoger alguna explicación, preferimos la que sigue: Séptimo Severo, en fecha bastante anterior a su elevación al Imperio, se había casado con Julia Domna, una siria, hija del sacerdote del Sol, destinada por su horóscopo a ser emperatriz. Julia Domna, alma abierta, por su origen oriental, a las inquietudes religiosas, era partidaria de un amplio sincretismo, en que habían de fundirse todas las religiones y filosofías antiguas en una nueva religión, no bien definida todavía, pero que luego se concreta en torno al culto del Sol invictus. Naturalmente, el cristianismo, como un puro diamante, era refractario a toda fusión, y el sincretismo de la emperatriz tenía que mellarse y aun hacerse trizas al chocar con él. Y lo mismo se diga del judaismo. Ella pudo inspirar el edicto que abarcaba por igual a ambas religiones. Esparciano, uno de los exangües escritores de la Historia Augusta, da la noticia en estos términos: "Prohibió (Septimio Severo) hacerse judíos, bajo grave castigo; lo mismo también decretó sobre los cristianos". La prohibición de hacerse judío no era, en realidad, nueva. La circuncisión había sido prohibida por Adriano, y Antonino Pío la había restringido a los hijos de judíos. La novedad atañía a los cristianos. Si podemos suponer que el institutum Neronianum rezaba: Ut christiani non sint, ahora la autoridad imperial manda: Ne fiant christiani: "No es lícito hacerse cristiano". En resolución, el edicto de Severo apunta señaladamente a la propaganda evangélica, que se presentaba, sin duda, alarmante en su invasión lenta y segura del Imperio, al modo de la levadura evangélica, que, puñado insignificante en sus comienzos, termina por fermentar toda la masa.
Notemos que la legislación anterior queda intacta. El ser cristiano sigue siendo un crimen. Los que lo eran el año 202, seguirán con la espada de Damocles suspendida sobre sus cabezas: una delación los podía poner, como a tantos hermanos suyos del siglo II, en la alternativa de apostatar o morir. Sólo que, de cumplirse el rescripto trajánico, no se los buscaría de oficio. Mas a los que en adelante pretendieran hacerse cristianos, les alcanzaba directa e inmediatamente una nueva ley imperial, y, por ende, la iniciativa del castigo a sus infractores tocaba, no ya a los particulares, sino a la autoridad misma, guardiana de la ley.
Tal parece ser el estado de cosas, tal la situación legal en que se desenvuelve uno de los más impresionantes dramas de toda la historia de las persecuciones: el martirio de las santas Perpetua y Felicidad y sus compañeros, en África, patria del emperador reinante. Las actas de este martirio, de contextura muy original y de autenticidad no discutida, son uno de los monumentos más admirables y más puros que nos haya legado la antigüedad cristiana.

* * *
Martirio de las Santas Perpetua y Felicidad y de sus compañeros.
I. Si los antiguos ejemplos de la fe, que atestiguan la gracia de Dios y obran la edificación del hombre, no por otro motivo se han puesto por escrito, sino porque con su lectura, como con nueva representación de las cosas, sea Dios honrado y el hombre confortado, ¿por qué no habrán también de escribirse los nuevos documentos que dicen con una y otra causa? Valga, por lo menos, la razón de que también estos acaecimientos han de venir un día a ser viejos y necesarios a los por venir; siquiera en su tiempo, que es este presente, por la veneración que sin más se tributa a lo antiguo, se diputen por de menor autoridad. Mas allá se lo hayan los que se atreven a juzgar la virtud, que es una sola, del Espíritu Santo conforme a las edades de los tiempos; y aun en este caso, hay que tener en más alta estima lo nuevo como perteneciente a los últimos tiempos, según la sobreabundancia de gracia decretada para los postreros espacios del mundo:
Porque en los últimos tiempos—dice el Señor—derramaré de mi Espíritu sobre toda carne y profetizarán los hijos y las hijas de ellos; y sobre mis siervos y mis siervas derramaré de mi Espíritu; y los jóvenes verán visiones y los viejos soñarán sueños (Act. II, 17).
Así, pues, nosotros, que reconocemos y honramos las nuevas visiones a par de las nuevas profecías, como igualmente prometidas, y diputamos las otras obras maravillosas del Espíritu Santo por escritura o documentos de la iglesia (a la que, por lo demás, fué enviado Él, siempre el mismo, para administrar todos sus carismas en todos, conforme a cada uno distribuyó el Señor), no podemos menos de consignarlas y celebrarlas con la lectura para gloria de Dios, a fin de que ni la flaqueza ni la desesperación de la fe estime que sólo entre los antiguos se dio la gracia de la divinidad, ora se atienda a la confesión del martirio, ora a las revelaciones. Dios obra siempre lo que promete, para testimonio contra los que no creen y beneficio de los que creen.
También, pues, nosotros os anunciamos lo que hemos oído y tocado, hermanos e hijitos, a fin de que vosotros, los que asististeis a los sucesos, rememoréis la gloria del Señor, y los que ahora de oídas los conocéis, tengáis comunión con los santos mártires, y por ellos con el Señor Jesucristo, a quien es la gloria y honor por los siglos de los siglos. Amén.
II. Fueron detenidos los adolescentes catecúmenos Revocato y Felicidad, ésta compañera suya de servidumbre; Saturnino y Secúndulo, y entre ellos también Vibia Perpetua, de noble nacimiento, instruida en las artes liberales, legítimamente casada, que tenía padre y madre y dos hermanos, uno de éstos catecúmeno como ella, y un niño pequeñito que criaba a sus pechos. Ella contaba unos veintidós años.
A partir de aquí, ella misma narró punto por punto todo el orden de su martirio (y yo lo reproduzco, tal como lo dejó escrito de su mano y propio sentimiento).
III. "Cuando todavía—dice—nos hallábamos entre nuestros perseguidores, como mi padre deseara ardientemente hacerme apostatar con sus palabras y, llevado de su cariño, no cejara en su empeño de derribarme:
Padre—le dije—, ¿ves, por ejemplo, ese utensilio que está ahí en el suelo, una orza o cualquier otro?
—Lo veo
—me respondió.
Y yo !e dije:
¿Acaso puede dársele otro nombre que el que tiene?No—me respondió.
—Pues tampoco yo puedo llamarme con nombre distinto de lo que soy: cristiana.
Entonces mi padre, irritado por esta palabra, se abalanzó sobre mí con ademán de arrancarme los ojos; pero se contentó con maltratarme. Y se marchó, vencido él y los argumentos del diablo. Luego, por unos pocos días, di gracias al Señor de no ver a mi padre y sentí alivio con su ausencia. En el mismo espacio de esos pocos días fuimos bautizados, y a mí me dictó el Espíritu que no había de pedir del agua otra gracia sino la paciencia en mi carne.
Al cabo de otros pocos días me metieron en la cárcel, y yo sentí pavor, pues jamás había experimentado tinieblas semejantes. ¡Qué día aquel tan terrible! El calor era sofocante, por el amontonamiento de tanta gente; los soldados nos trataban brutalmente; yo, por último, me sentía atormentada por la angustia de mi niñito.
Entonces Tercio y Pomponio, diáconos bendecidos, que nos asistían, lograron a precio de oro que se nos permitiera por unas horas salir a respirar a un lugar mejor de la cárcel. Saliendo entonces de la cárcel, cada uno atendía a sus propias necesidades; yo aprovechaba aquellos momentos para dar el pecho a mi niño, medio muerto ya de inanición. Llena de angustia por él, hablaba a mi madre, animaba a mi hermano y les encomendaba a mi hijo.
Consumíame yo de dolor al verlos a ellos consumirse por causa mía. Durante muchos días me sentí agobiada por tales angustias; por fin, logré que el niño se quedara conmigo, y al punto me sentí con nuevas fuerzas y aliviada del trabajo y solicitud por el niño. Y súbitamente, la cárcel se me convirtió en un palacio, de suerte que prefería morar allí antes que en ninguna otra parte.
IV. Entonces me dijo mi hermano:
—Señora hermana, ya has llegado a una alta dignidad, tan alta que puedes pedir una visión y que se te manifieste si tu prisión ha de terminar en martirio o en libertad. Y yo, que tenía conciencia de hablar familiarmente con el Señor, de quien tan grandes beneficios había recibido, se lo prometí confiadamente, diciéndole:
—Mañana te lo anunciaré.
Y pedí, y me fué mostrado lo siguiente: Vi una escalera de bronce, de maravillosa grandeza, que llegaba hasta el cielo; pero muy estrecha, de suerte que no se podía subir más que de uno en uno. A los lados de la escalera había clavados toda clase de instrumentos de hierro. Había allí espadas, lanzas, arpones, puñales, punzones; de modo que si uno subía descuidadamente o sin mirar a lo alto, quedaba atravesado y sus carnes prendidas en las herramientas. Y había debajo de la misma escalera un dragón tendido, de extraordinaria grandeza, cuyo oficio era tender asechanzas a los que intentaban subir y espantarlos para que no subieran. Ahora bien, Saturo había subido antes que yo (Saturo es quien nos había edificado en la fe, y al no hallarse presente cuando fuimos prendidos, él se entregó por amor nuestro de propia voluntad). Cuando hubo llegado a la punta de la escalera, se volvió y me dijo:
—Perpetua, te espero; pero ten cuidado no te muerda ese dragón.
Y yo le dije:
—No me hará daño, en el nombre de Jesucristo.
El dragón, como si me temiera, fue sacando lentamente la cabeza de debajo de la escalera; y yo, como si subiera el primer escalón, le pisé la cabeza. Subí y vi un jardín de extensión inmensa, y sentado en medio un hombre de cabeza cana, vestido de pastor, alto de talla, que estaba ordeñando sus ovejas. Muchos miles, vestidos de blanco, le rodeaban. El pastor levantó la cabeza, me miró y me dijo:
—Seas bienvenida, hija.
Y me llamó, y del queso que ordeñaba me dio como un bocado, y yo lo recibí con las manos juntas, y me lo comí. Todos los circunstantes dijeron: "Amén".
Y al sonido de esta voz me desperté, masticando todavía no sé qué de dulce. Y en seguida conté a mi hermano la visión, y los dos comprendimos que me esperaba el martirio. Y desde aquel punto empezamos a no tener ya esperanza alguna en este mundo.
V. De allí a unos días, se corrió el rumor de que íbamos a ser interrogados. Vino también de la ciudad mi padre, consumido de pena, y se acercó a mí con intención de derribarme, y me dijo:
—Compadécete, hija mía, de mis canas; compadécete de tu padre, si es que merezco ser llamado por ti con el nombre de padre. Si con estas manos te he llevado hasta esa flor de tu edad, si te he preferido a todos tus hermanos, no me entregues al oprobio de los hombres. Mira a tus hermanos; mira a tu madre y a tu tía materna; mira a tu hijito, que no ha de poder sobrevivirte. Depon tus ánimos, no nos aniquiles a todos, pues ninguno de nosotros podrá hablar libremente, si a ti te pasa algo.
Así hablaba como padre, llevado de su piedad, a par que me besaba las manos y se arrojaba a mis pies y me llamaba, entre lágrimas, no ya su hija, sino su señora. Y yo estaba transida de dolor por el caso de mi padre, pues era el único de toda mi familia que no había de alegrarse de mi martirio. Y traté de animarle, diciéndole:
—Allá en el estrado, sucederá lo que Dios quisiere; pues has de saber que no estamos puestos en nuestro poder, sino en el de Dios.
Y se retiró de mi lado, sumido en tristeza.
VI. Otro día, mientras estábamos comiendo, se nos arrebató súbitamente para ser interrogados, y llegamos al foro o plaza pública. Inmediatamente se corrió la voz por los alrededores de la plaza, y se congregó una muchedumbre inmensa. Subimos al estrado. Interrogados todos los demás, confesaron su fe. Por fin me llegó a mí también el turno. Y de pronto apareció mi padre con mi hijito en los brazos, y me arrancó del estrado, suplicándome:
—Compadécete del niño chiquito.
Y el procurador Hilariano, que había recibido a la sazón el ius gladii o poder de vida y muerte, en lugar del difunto procónsul Minucio Timiniano:
—Ten consideración—dijo—a las canas de tu padre; ten consideración a la tierna edad del niño. Sacrifica por la salud de los emperadores.
Y yo respondí:
—No sacrifico.
Hilariano:
—Luego ¿eres cristiana? dijo.
Y yo respondí:
—Sí, soy cristiana.
Y como mi padre se mantenía firme en su intento de derribarme, Hilariano dio orden de que se le echara de allí, y aun le dieron de palos. Yo sentí los golpes de mi padre como si a mí misma me hubieran apaleado. Así me dolí también por su infortunada vejez.
Entonces Hilariano pronuncia sentencia contra todos nosotros, condenándonos a las fieras. Y bajamos jubilosos a la cárcel.
Entonces, como el niño estaba acostumbrado a tomarme el pecho y permanecer conmigo en la cárcel, sin pérdida de tiempo envié al diácono Pomponio a reclamarlo de mi padre. Pero mi padre no lo quiso entregar, y por quererlo así Dios, ni el niño echó ya de menos los pechos ni yo sentí más hervor en ellos. Así lo ordenó el Señor, para que no fuera yo atormentada juntamente de la angustia por el infante y el dolor de mis pechos.
VII. Al cabo de unos días, estando todos en oración, súbitamente, en medio de ella, se me escapó la voz y nombré a Dinócrates. Yo me quedé estupefacta de que nunca me hubiera venido a la mente, sino entonces, y sentí pena al recordar cómo había muerto. Y me di inmediatamente cuenta de que yo era digna y que tenía obligación de rogar por él. Y empecé a hacer mucha oración por él y a gemir ante el Señor. Seguidamente, aquella misma noche se me mostró la siguiente visión: Vi a Dinócrates que salía de un lugar tenebroso, donde había también otros muchos, sofocado de calor y sediento, con vestido sucio y color pálido. Llevaba en la cara la herida de cuando murió. Este Dinócrates había sido hermano mío carnal, de siete años de edad, muerto tristemente de cáncer en la cara, enfermedad que infundió terror a todo el mundo. Por éste, pues, hacía yo oración. Entre mí y él había una gran distancia, de manera que nos era imposible acercarnos el uno al otro. Además, en el mismo lugar en que estaba Dinócrates, había una piscina llena de agua, pero con brocal más alto que la estatura del niño. Dinócrates se estiraba, como si quisiera beber. Yo sentía pena de que por una parte aquella piscina estaba llena de agua, y, sin embargo, por la altura del brocal, no había mi hermano de beber. Entonces me desperté y me di cuenta de que mi hermano se hallaba en pena. Pero yo tenía confianza de que había de aliviarle de ella, y no cesaba de orar por él todos los días, hasta que fuimos trasladados a la cárcel castrense, pues en espectáculo castrense teníamos que combatir con las fieras. Se celebraba entonces el natalicio del César Geta. E hice oración por él, gimiendo y llorando día y noche, a fin de que por intercesión mía fuera perdonado.
VIII. El día que permanecimos en el cepo, tuve la siguiente visión: Vi el lugar que había visto antes, y a Dinócrates limpio de cuerpo, bien vestido y refrigerado, y donde tuvo la herida vi sólo una cicatriz. Y la piscina que viera antes, había abajado el brocal hasta el ombligo del niño. Éste sacaba dé ella agua sin cesar. Sobre el brocal había una copa de oro llena de agua, y se acercó Dinócrates y empezó a beber de ella. La copa no se agotaba nunca. Y saciada su sed, se retiró del agua y se puso a jugar gozoso, a la manera de los niños. Y me desperté. Entonces entendí que mi hermano había pasado de la pena.
IX. Luego, al cabo de unos días, Pudente, soldado lugarteniente, oficial de la cárcel, empezó a tenernos gran consideración, por entender que había en nosotros una gran virtud. Y así, admitía a muchos que venían a vernos, con el fin de aliviarnos los unos a los otros. Mas cuando se aproximó el día del espectáculo, entró mi padre a verme, consumido de pena, y empezó a mesarse su barba, a arrojarse por tierra, pegar su faz en el polvo, maldecir de sus años y decir palabras tales, que podían conmover la creación entera. Yo me dolía de su infortunada vejez.
X. El día antes de nuestro combate, vi en una visión lo siguiente:
El diácono Pomponio venía a la puerta de la cárcel y llamaba con fuerza. Yo salí y le abrí. Venía vestido de una túnica blanca y llevaba chinelas de variadas labores, y me dijo:
—Perpetua, te estamos esperando; ven.
Y me tomó de la mano y nos echamos a andar por lugares ásperos y tortuosos. Por fin, a duras penas, llegamos al anfiteatro jadeantes, y Pomponio me llevó al medio de la arena y me dijo:
—No tengas miedo; yo estaré contigo y combatiré a tu lado.
Y se marchó. Y he aquí que veo un gentío inmenso enfurecido. Y como sabía que estaba condenada a las fieras, me maravillaba de que no las soltaran contra mí. Sólo salió un egipcio, de fea catadura, acompañado de sus ayudadores, con ánimo de luchar conmigo. Mas también a mi lado se pusieron unos jóvenes hermosos, ayudadores y partidarios míos. Luego, me desnudaron y quedé convertida en varón. Y empezaron mis ayudadores a frotarme con aceite, como se acostumbra a hacer en los combates; en cambio, vi cómo el egipcio aquel se revolcaba, entre tanto, en la arena. Entonces salió un hombre de extraordinaria grandeza, tanto que sobrepasaba la cima del anfiteatro, vestido de túnica, con un manto de púrpura abrochado hacia el medio del pecho por dos hebillas de oro, calzado de chinelas recamadas de oro y plata. Llevaba una vara al estilo de lanista o adiestrador de gladiadores, y un ramo verde, del que pendían manzanas de oro. Pidió silencio, y dijo:
—Si este egipcio venciere a esta mujer, la pasará a filo de espada; mas si ella venciere al egipcio, recibirá este ramo.
Y se retiró. Y nos acercamos el uno al otro y empezamos un combate de pugilato. El trataba de agarrarme por los pies; pero yo le daba en la cara con los talones. Entonces fui levantada en el aire y empecé a herirle como quien no pisa la tierra. Mas como vi que el combate se prolongaba, junté las manos de forma que enclavijé dedos con dedos, y le cogí la cabeza y cayó de bruces, y yo le pisé la cabeza. El pueblo rompió en vítores, y mis partidarios entonaron un himno. Yo me acerqué al lanista y recibí el ramo. Él me besó y me dijo:
—Hija, la paz contigo.
Y me dirigí, radiante de gloria, hacia la puerta Sanavivaria o de los vivos, y en aquel momento me desperté. Y entendí que mi combate no había de ser tanto contra las fieras, cuanto contra el diablo; pero estaba segura que la victoria estaba de mi parte.
Tales son mis sucesos hasta el día antes del combate; lo que en el combate mismo suceda, si alguno quiere, que lo escriba."
XI. Mas también el bendito Saturo publicó la siguiente visión suya, que él escribió de su mano:
"Habíamos ya—dice—sufrido el martirio y habíamos salido de la carne, y cuatro ángeles nos transportaban en dirección de oriente, sin que sus manos nos tocaran, íbamos, empero, no boca arriba, vueltos hacia el cielo, sino como quien sube una suave colina. Y pasado el primer mundo; vimos una luz inmensa, y yo le dije a Perpetua (pues ésta venía a mi lado) :
-Ésto es lo que el Señor nos prometía. Ya tenemos cumplida la promesa. Y mientras éramos llevados por los cuatro ángeles dichos, se abrió ante nosotros un espacio grande, que era como un vergel, poblado de rosales y de toda clase de flores. La altura de los rosales era como la de un ciprés, y sus hojas caían al suelo incesantemente. Allí, en el vergel, había otros cuatro ángeles más gloriosos que los demás; los cuales, así que nos vieron, nos rindieron honores y dijeron a los otros ángeles con admiración:
—¡Son ellos! ¡Son ellos!
Y, llenos de pavor, los cuatro ángeles que nos llevaban nos dejaron en el suelo, y por nuestro propio pie atravesamos la distancia de un estadio por un ancho vial. Allí encontramos a Jocundo, a Saturnino y Artaxio, que habían sido quemados vivos en la misma persecución, y a Quinto, que había muerto, mártir también, en la misma cárcel. Juntamente les preguntamos dónde estaban los demás. Pero los ángeles nos dijeron:
—Venid antes, entrad y saludad al Señor.
XII. Y llegamos junto a un lugar, cuyas paredes eran tales que parecían edificadas de pura luz; ante la puerta había cuatro ángeles, que nos vistieron, al entrar, de vestiduras blancas. Y entramos y oímos una voz unísona que decía:
"Agios, Agios, Agios: Santo, Santo, Santo", sin interrupción. Y vimos en el mismo lugar, sentado, a uno que tenía apariencia de hombre cano, con cabellos de nieve, pero rostro juvenil. Lo que no vimos fueron sus pies. Y a su diestra y siniestra había cuatro ancianos, y detrás estaban los demás ancianos, en crecido número. Y entrando, nos paramos atónitos ante el trono; pero los cuatro ángeles nos levantaron en vilo, y besamos al Señor, y Él nos acarició la cara con su mano. Y los otros ancianos dijeron: "Estemos firmes." Y nos quedamos firmes y les dimos la paz, y por fin nos dijeron los mismos ancianos:
—Id y jugad.
Yo le dije a Perpetua:
—Ya tienes lo que quieres.
Y ella me contestó:
—Gracias a Dios que, como fui alegre en la carne, aquí soy más alegre todavía.
XIII. Y salimos, y he aquí que nos hallamos al obispo Optato a la derecha, y a Aspasio, presbítero, catequista, a la izquierda, separados uno de otro y tristes.
Y se arrojaron a nuestros pies y nos dijeron:
—Poned paz entre nosotros, pues habéis salido de este mundo y nos habéis dejado así.
Y nosotros les dijimos:
—¿No eres tú nuestro padre y tú nuestro sacerdote? ¿Cómo es que os echáis vosotros a nuestros pies? Y nos conmovimos y los abrazamos. Perpetua se puso a hablar con ellos en griego, y nos retiramos con ellos al vergel, bajo un rosal. Pero mientras estábamos hablando con ellos, los ángeles les dijeron:
—Dejadlos que gocen de refrigerio; y si tenéis disensiones entre vosotros, perdonáoslas mutuamente. Y los llenaron de turbación. Y le dijeron a Optato:
—Lo que debes hacer es corregir a tu pueblo, que se reúnen contigo como si salieran del circo, contendiendo cada uno por su bando.
Y nos pareció como si quisieran cerrar las puertas.
Y empezamos a reconocer allí a muchos hermanos, señaladamente a los mártires. Todos nos sentíamos confortados por una fragancia inenarrable que nos saciaba. Entonces me desperté lleno de gozo."
XIV. Estas son las visiones más insignes de los beatísimos mártires Saturo y Perpetua, que ellos mismos pusieron por escrito. Respecto a Secúndulo, Dios le llamó a sí, estando aún en la cárcel, con prematura muerte, no sin beneficio, para hacerle gracia de las fieras. Sin embargo, si no su alma, su carne ciertamente que conoció la espada.
XV. En cuanto a Felicidad, también a ella le fué otorgada gracia del Señor, del modo que vamos a decir:
Como se hallaba en el octavo mes de su embarazo (pues fué detenida encinta), estando inminente el día del espectáculo, se hallaba sumida en gran tristeza, temiendo se había de diferir su suplicio por razón de su preñez (pues la ley veda ejecutar a las mujeres jironadas), y tuviera que verter luego su sangre, santa e inocente, entre los demás criminales. Lo mismo que ella, sus compañeros de martirio estaban profundamente afligidos de pensar que habían de dejar atrás a tan excelente compañera, como caminante solitaria por el camino de la común esperanza. Juntando, pues, en uno los gemidos de todos, hicieron oración al Señor tres días antes del espectáculo. Terminada la oración, sobrecogieron inmediatamente a Felicidad los dolores del parto. Y como ella sintiera el dolor, según puede suponerse, de la dificultad de un parto trabajoso de octavo mes, díjole uno de los oficiales de la prisión:
—Tú que así te quejas ahora, ¿qué harás cuando seas arrojada a las fieras, que despreciaste cuando no quisiste sacrificar?
Y ella respondió:
—Ahora soy yo la que padezco lo que padezco; mas allí habrá otro en mí, que padecerá por mí, pues también yo he de padecer por Él.
Y así dio a luz una niña, que una de las hermanas crió como hija.
XVI. Ahora bien, pues el Espíritu Santo permitió, y permitiendo quiso que se pusiera por escrito todo el desenvolvimiento del combate mismo, por muy indignos que nos sintamos para el intento de describir tamaña gloria, sin embargo, vamos a cumplir un mandato de la mujer santísima, Perpetua, o más bien ejecutamos un fideicomiso suyo, contentándonos con añadir un documento de su constancia y sublimidad de ánimo.
Como el tribuno los tratara con demasiada dureza, pues temía, por insinuaciones de hombres vanísimos, no se le fugaran de la cárcel por arte de no sabemos qué mágicos encantamientos, se encaró con él y le dijo:
—¿Cómo es que no nos permites alivio alguno, siendo como somos reos nobilísimos, es decir, nada menos que del César, que hemos de combatir en su natalicio? ¿O no es gloria tuya que nos presentemos ante él con mejores carnes?
El tribuno sintió miedo y vergüenza, y así dio orden de que se los tratara más humanamente, de suerte que se autorizó a entrar en la cárcel a los hermanos de ella y a los demás, y que se aliviaran mutuamente; más que más, que ya el mismo lugarteniente de la cárcel había abrazado la fe.
XVII. Igualmente, el día antes del suplicio, al tomar aquella última cena que llaman libre, y que ellos, en cuanto de su parte estuvo, convirtieron en un ágape, se dirigían al pueblo con la misma intrepidez, amenazándoles con el juicio de Dios, atestiguando la dicha de su martirio, haciendo befa de la curiosidad de los concurrentes. Saturo decía:
—¿No tenéis bastante con el día de mañana? ¿A qué miráis con tanto gusto lo que aborrecéis? Hoy, amigos; mañana, enemigos. Sin embargo, fijaos con cuidado en nuestras caras, para que nos podáis reconocer en aquel último día.
De este modo se retiraban todos de allí estupefactos y muchos de ellos creyeron.
XVIII. Brilló, por fin, el día de su victoria y salieron de la cárcel al anfiteatro, como si fueran al cielo, radiantes de alegría y hermosos de rostro, si conmovidos, acaso, no por el temor, sino por el gozo. Seguía Perpetua con rostro iluminado y paso tranquilo, como una matrona de Cristo, como una regalada de Dios, obligando a todos, con la fuerza de su mirada, a bajar los ojos. Felicidad iba también gozosa de haber salido bien del alumbramiento para poder luchar con las fieras, pasando de la sangre a la sangre, de la partera al gladiador, para lavarse después del parto con el segundo bautismo. Cuando llegaron a la puerta del anfiteatro, quisieron obligarles a vestirse los nombres de sacerdotes de Saturno y las mujeres de sacerdotisas de Ceres. Mas la noble constancia de los mártires lo rechazó hasta el último momento. Y alegaban esta razón: "Justamente hemos llegado al punto presente de nuestra libérrima voluntad, a fin de que no fuera violada nuestra libertad; si hemos entregado nuestra alma, ha sido precisamente para no tener que hacer nada semejante. Tal ha sido nuestro pacto con vosotros." Reconoció la injusticia la justicia y el tribuno autorizó que entraran simplemente tal como venían. Perpetua cantaba himnos pisando ya la cabeza del egipcio; Revocato, Saturnino y Saturo increpaban al pueblo que los miraba. Luego, cuando llegaron ante la tribuna de Hilariano, con gestos y señas empezaron a decirle:
- Tú nos juzgas a nosotros; a ti te juzgará Dios.
Exasperado el pueblo ante esta actitud, pidió los hiciera azotar desfilando ante los venatores. Ellos, a la verdad, se felicitaron de que les cupiera alguna parte de los sufrimientos del Señor.
XIX. Mas el que dijo: Pedid y recibiréis, dio a cada uno, por haberla pedido, la forma de muerte que había deseado. Y, efectivamente, si alguna vez conversaban entre sí del martirio que cada uno quisiera, Saturnino afirmaba que estaba dispuesto a ser arrojado a todas las fieras sin excepción, para llevar más gloriosa corona. Y fué así que, al celebrarse el espectáculo, él y Revocato, después de experimentar las garras de un leopardo, fueron también atacados por un oso sobre el estrado. Saturo, en cambio, nada abominaba tanto como el oso; pero ya de antemano presumía que había de terminar de una dentellada de leopardo. Así, pues, como le soltaran un jabalí, no le hirió a él, sino al venator que se lo había echado, y con tan fiera dentellada de la fiera que a los pocos días, después del espectáculo, murió: a Saturo no hizo sino arrastrarlo. Entonces le ligaron en el puente o tablado para que le atacara un oso; pero éste no quiso salir de su madriguera. Así, pues, por segunda vez Saturo fué retirado ileso.
XX. Mas contra las mujeres preparó el diablo una vaca bravísima, comprada expresamente contra la costumbre, emulando, aun en la fiera, el sexo de ellas. Así, pues, desnudas y envueltas en redes, eran llevadas al espectáculo. El pueblo sintió horror al contemplar a la una, joven delicada, y a la otra, recién parida, con los pechos destilando leche. Las retiraron, pues, y las vistieron de unas túnicas. La primera en ser lanzada en alto fué Perpetua, y cayó de espaldas; mas apenas se incorporó sentada, recogiendo la túnica desgarrada, se cubrió el muslo, acordándose antes del pudor que del dolor. Luego, requerida una aguja, se aló los dispersos cabellos, pues no era decente que una mártir sufriera con la cabellera esparcida, para no dar apariencia de luto en el momento de su gloria. Así compuesta, se levantó, y como viera a felicidad tendida en el suelo, se acercó, le dio la mano y la levantó. Y ambas juntas se sostuvieron en pie, y, vencida la dureza del pueblo, fueron llevadas a la puerta Sanavivaria. Allí, recibida por cierto Rústico, a la sazón catecúmeno, íntimo suyo, como si despertara de un sueño (tan absorta en el Espíritu y en éxtasis había estado), empezó a mirar en torno suyo, y con estupor de todos, dijo:
—¿Cuándo nos echan esa vaca que dicen?
Y como le dijeran que ya se la habían echado, no quiso creerlo hasta que reconoció en su cuerpo y vestido las señales de la acometida. Luego mandó llamar a su hermano, también catecúmeno, y le dirigió estas palabras :
—Permaneced firmes en la fe y amaos los unos a los otros y no os escandalicéis de nuestros sufrimientos.
XXI. Saturo, por su parte, junto a otra puerta, estaba exhortando al soldado Pudente, a quien le decía:
—En resumen, ciertamente, como yo presumí y predije; ninguna fiera me ha tocado hasta el momento presente. Y ahora ¡ojalá creas de todo corazón! Mira que salgo allá y de una sola dentellada del leopardo voy a ser acabado. E inmediatamente, cuando ya el espectáculo tocaba a su fin, se le arrojó a un leopardo, y de un solo mordisco quedó bañado en tal cantidad de sangre que el pueblo mismo dio testimonio de su segundo bautismo, diciendo a gritos: "¡Buen baño! ¡Buen baño!" Y baño, efectivamente, de salvación había recibido el que de este modo se había lavado. Entonces le dijo al soldado Pudente:
—Adiós, y acuérdate de la fe y de mí, y que éstas cosas no te turben, sino que te confirmen.
Al mismo tiempo pidió a Pudente un anillo del dedo y, empapado en la propia herida, se lo devolvió en herencia, dejándoselo como prenda y recuerdo de su sangre. Luego, exánime ya, cayó en tierra junto con los demás para ser degollados en el lugar acostumbrado. Mas como el pueblo reclamó que salieron al medio del anfiteatro para juntar sus ojos, compañeros del homicidio, con la espada que había de atravesar sus cuerpos, ellos espontáneamente se levantaron y se trasladaron donde el pueblo quería. Antes se besaron unos a otros, a fin de consumar el martirio con el rito solemne de la paz. Todos, inmóviles y en silencio, se dejaron atravesar por el hierro; pero señaladamente Saturo, como fué el primero en subir la escalera y en su cúspide estuvo esperando a Perpetua, fué también el primero en rendir su espíritu. En cuanto a ésta, para que gustara algo de dolor, dio un grito al sentirse punzada entre los huesos. Entonces ella misma llevó a la propia garganta la diestra errante del gladiador novicio. Tal vez mujer tan excelsa no hubiera podido ser muerta de otro modo, como quien era temida del espíritu inmundo, si ella no hubiera querido.
¡Oh fortísimos y beatísimos mártires! ¡Oh de verdad llamados y escogidos para gloria de nuestro Señor Jesucristo! El que esta gloria engrandece y honra y adora, debe ciertamente leer también estos ejemplos, que no ceden a los antiguos, para edificación de la Iglesia, a fin de que también las nuevas virtudes atestigüen que es uno solo y siempre el mismo Espíritu Santo el que obra hasta ahora, y a Dios Padre omnipotente y a su hijo Jesucristo, Señor nuestro, a quien es claridad y potestad sin medida por los siglos de los siglos. Amen.

1 comentario:

Ruben dijo...

Un Edificante Testimonio de Entrega total al Señor, ejemplos dignos de admirar y de agradecer al Señor por la valentía de esos hombres y mujeres que nos dieron ejemplo de total confianza en Jesucristo El Señor.