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sábado, 14 de mayo de 2011

Segunda razón que hace de la maternidad de María el centro y la clave de sus perfecciones:


"Su unión", la más estrecha de todas, con el principio de la gracia.
I.—A la primera razón por la que la maternidad divina es centro y manantial de tantos y tan inefables privilegios, el Doctor Angélico añade una segunda en la tercera parte de la Suma Teológica. Hela aquí, traducida literalmente del latín: "Cuando un ser se acerca más a su principio, en cualquier orden, tanto más participa de la influencia de ese mismo principio. Por esto dijo el bienaventurado Dionisio, en el capítulo cuarto de la Jerarquía celeste, que los ángeles, que entre todas las criaturas son las que están más cerca de Dios, participan más abundantemente que los hombres de los tesoros de las perfecciones divinas. Ahora bien; Cristo es el principio de la gracia, según la divinidad como autor principal, y según la humanidad como instrumento. Por lo cual dijo San Juan en su Evangelio: "La gracia y la verdad han venido por Jesucristo" (Joan I, 17). La bienaventurada Virgen María fue la más allegada a Cristo según la humanidad, pues de ella recibió él la naturaleza humana; por consiguiente, también ella debió recibir de Cristo la mayor plenitud de gracia (Thom., 3 p., d. 27, a. 5).
Y ¿cuál será la medida de esta plenitud? No cabe duda: aquella misma que responde a la perfección de su causa, es decir, a la intimidad de la unión de la Virgen con Jesucristo, principio de todas las gracias y de todos los dones sobrenaturales. En conformidad con esta misma doctrina el Ángel de las Escuelas había anteriormente establecido la existencia y la perfección de la gracia con que fue enriquecida la humanidad del Salvador; por tan sólida y verdadera tenía esta doctrina.
Bossuet se aprovechó maravillosamente de esta idea para explicar las riquezas de gracia que tuvo María al nacer. "Cuando se quiere representar esta plenitud de gracias el espíritu se confunde en este pensamiento y no se sabe dónde fijar la mirada. Por tanto, hermanos míos, no acometamos la empresa de describir minuciosamente las perfecciones de María: equivaldría esto a sondear un abismo; contentémonos hoy con juzgar de su extensión considerando el principio que las produjo. El gran Santo Tomás nos enseña que el principio de las gracias en la Santísima Virgen fué la unión estrechísima con Jesucristo; y para que comprendáis, por las Escrituras divinas, el efecto de esta unión de tanto provecho notad una verdad importante, y que es fundamento de todo el Evangelio, a saber: el manantial de todas las gracias que han adornado la naturaleza humana es nuestra unión con Jesucristo. Porque esta unión abrió un comercio entre el cielo y la tierra que ha enriquecido a los hombres infinitamente, y sin duda, por esta razón, la Iglesia, inspirada por Dios, llama a la Encarnación un comercio: O admirabile commercium!. .. Esta alianza es, pues, la que nos enriquece, y por este comercio admirable abundan en nosotros todos los bienes. Por esto San Pablo nos certifica que, desde que Jesucristo es nuestro, nosotros no podemos ser ya pobres. Quien nos da su propio Hijo, ¿qué nos podrá negar? ¿No nos da en él todas las cosas? Quomodo non etiam cum illo omnia nobis donavit? (Rom., VIII, 32). Y después de haberse, por decirlo así, desbordado con esta inestimable liberalidad, ¿no es consecuencia que los otros dones, por esta abertura, salgan impetuosamente?" (Bossuet, I serm. para La Nativ. de la Santísima Virgen, punt. 2).
Tú eres hombre, tú eres de la familia de Adán: he aquí el primer nudo de la alianza: Si no pertenecieses al género humano, si no fueses hermano de Jesucristo según la carne, no te hubiera sido dado el Hijo ni las gracias que manan de su Corazón entreabierto. Pregúntalo a los ángeles caídos, de cuya naturaleza no se revistió; pregúntalo aun a los ángeles fieles que no recibieron de él ni su santidad ni su gloria esencial. ¿Nos será permitido añadir nuestras pobres ideas a las del gran creador, no ciertamente para atenuar su doctrina, sino para confirmarla con nuevos hechos, menos apremiantes, es verdad, pero todavía dignos de ser notados, sobre todo en su conjunto?
Ved a nuestro Salvador en los días de su vida mortal. A todos los hombres se acercó al tomar la naturaleza humana, pero con algunos tuvo trato más íntimo. El Evangelio nos cuenta las visitas familiares con que honró a sus discípulos: visita a Juan Bautista, visita la casa de Lázaro, visita al Centurión, visita a Zaqueo; después de su resurrección visita a Pedro, a la Magdalena, a las santas mujeres, a los discípulos de Emmaús, a los apóstoles. Ahora bien; lo que decimos de estas visitas hechas por el Salvador ha de entenderse también de las visitas recibidas. Recordad las de los pastores y los Magos, la de Nicodemus, príncipe de los judíos, y la de Magdalena la pecadora. En estas reiteradas visitas el principio de la gracia se acerca a las almas por medio de los cuerpos. Y ¡qué gracias de fe, de arrepentimiento, de conversión, de santidad produjeron estas visitas! Salía de Jesús una virtud purificante y santificante que esclarecía las inteligencias y abrasaba los corazones.
Y ahora oigamos al mismo Bossuet aplicar esta doctrina a la Santísima Virgen. "Y si nuestra unión con Jesucristo nos produce bienes tan considerables, cállate, cállate, en razón humana y no te metas a explicar las prerrogativas de la Virgen Santísima, porque si es merced incomprensible que nos sea dado Jesucristo por Salvador, ¿qué pensar de María, a quien el Padre Eterno lo da, no de una manera común, sino en la forma en que le pertenece a él como hijo como hijo único, que, para no tener que dividir su corazón para recibirlo todo de su Madre y todo deberlo a ella, no quiere tener padre en este mundo? ¿Hay algo que iguale a esta alianza?".

II.— Prevemos una objeción que puede oponerse. La unión santificante se obra por medio del espíritu, pues el nudo de ella es la gracia. Sea la unión del Hijo con su Madre la más íntima después de la del Verbo con su santa humanidad y de la del alma con el cuerpo que anime, iguale a la del fruto que pende del árbol y vive de su vida, siempre será unión de cuerpo con cuerpo, que no llega al espíritu. Estamos de acuerdo, dice Bossuet en el mismo sermón; pero "os ruego que me permitáis profundizar en este misterio tan grande y explicaros una verdad que no será menos útil para vuestra instrucción que gloriosa para la Santísima Virgen. Esta verdad, cristianos, es que Nuestro Salvador no se unió nunca a nosotros por su cuerpo sino con el designio de unirse más estrechamente en cuanto al espíritu. Sagrada mesa, banquete adorable, y vosotros, santos y sagrados altares, os pongo por testigos de la verdad que he anunciado. Pero sedme testigos vosotros mismos; los que participáis de los santos misterios. Cuando os habéis acercado a esta mesa divina con su propio cuerpo, con su propia sangre; cuando os lo han puesto en la boca, decidme, ¿pensabais que él quería detenerse simplemente en el cuerpo? No permita Dios que lo hayáis creído y que no hayáis recibido sino corporalmente a aquel que corre a vosotros buscando vuestra alma. Aquellos que lo han recibido sólo de esta manera, que no se han unido espiritualmente a aquel cuya carne adorable recibieran, han trastocado sus designios y han ofendido a su amor... Entonces este amor sufre violencia, y no será de extrañar que... en vez de la salud que les llevaba, obre en ellos la condenación; y con esta cólera nos muestra muy suficientemente la verdad que indiqué: que cuando él se une corporalmente quiere que la unión del espíritu sea proporcionada a la del cuerpo. "Y si es así, oh Virgen divina, yo concibo de ti algo tan grande que no sólo no puedo decirlo, sino que aun mi espíritu siente dificultad de explicárselo a sí mismo. Porque es tal tu unión con el cuerpo de Jesús, al cual concebiste en tus entrañas, que no es posible imaginar otra más estrecha. Y si la unión del espíritu no correspondiese, el amor de Jesús quedaría frustrado en lo que pretende, padecería violencia en ti. Es, pues, necesario para complacerlo eme le estés tan unida espiritualmente cuanto le tocas de cerca por los vínculos de la naturaleza y de la sangre. Y como quiera que esta unión se obra por medio de la gracia, ¿qué es lo que uno puede pensar y qué es lo uno puede decir? ¿Dónde deben detenerse nuestras concepciones para no hacer agravio a tanta grandeza? Y cuando hubiéremos amontonado todos los dones esparcidos en las criaturas, todo reunido, todo en conjunto, ¿podría igualar vuestra plenitud?".
Volvamos a las hermosas consideraciones sacadas de la Eucaristía, tanto para demostrar que no bastan para dar a entender todo lo que la bienaventurada Virgen podría esperar de su unión corporal con su hijo, como para resolver una dificultad que podría debilitar la fuerza de aquellas consideraciones.
Hemos dicho lo primero que este ejemplo no basta para dar a entender todo lo que María debe a su unión con Jesús. Y esto nace primeramente de que es infinitamente más estrecha la unión entre la Madre y el fruto llevado en sus entrañas que la unión entre la carne de Cristo y el fiel cristiano que la come al comulgar. Las ligaduras que unen al hijo con su Madre son más íntimas. Ella no lo tiene en sí únicamente bajo especies extrañas y, por consiguiente, sin contacto físico entre los dos. El Hijo de la bienaventurada Virgen está en su Madre como los demás niños, adherido al seno materno, tocándolo con su misma substancia y como injertado en su madre, respirando con un mismo aliento y palpitando con un mismo corazón. María no sólo tiene a Jesús en sí, sino que Jesús es de ella y crece de ella. Es en su origen la propia carne de María y se desarrolla y se nutre con la carne y la sangre de María. Y esta uñón, así como es más íntima, así es también más duradera. Los instantes, mil veces preciosos, durante los que habita corporalmente el cuerpo de Jesucristo en el que lo recibe, son brevísimos. Desde el momento en que las especies sacramentales pierden sus propiedades bajo la acción disolvente de las fuerzas orgánicas, el cuerpo del Señor cesa de existir en el pecho donde se ha operado la transmutación de las especies sacramentales. No es que el cuerpo de Nuestro Señor por sí mismo se retire o que padezca alguna alteración, no; la causa única es el cambio de las especies sacramentales, a las que la palabra del consagrante lo retenía unido. En vez de una unión tan efímera, la Santísima Virgen llevó durante nueve meses a Jesús, principio de la gracia, en sus entrañas benditísimas, tabernáculo viviente donde moraba Jesús esperando para salir la hora determinada por la naturaleza y por los designios del Eterno Padre.
Cierto que, transcurridas las horas, o mejor, los minutos de la posesión sacramental, queda cierta unión del cuerpo eucarístico de Jesús con el comulgante. No dura ya el disfrute, pero permanece el derecho. Sin embargo, esta unión, por santa y feliz que sea, ¿qué es, comparada con la unión permanente que siguió al parto virginal de la Madre de Dios? ¡Cuántas veces, después, se adhirió Jesús al pecho de María para nutrirse con su purísima leche! ¡Cuántas veces les vieron los ángeles del cielo dulcemente abrazados, los labios del uno en los labios del otro, y sus corazones íntimamente compenetrados! Era el amado entre lirios y azucenas (Cant., II, 16); el Amado que, como un ramillete de mirra, descansaba sobre el pecho de la Amada (Cant.. I, 12). Y la dichosísima Madre, arrobada, se decía en su corazón: "Mi amado es para mí y yo para mi Amado" (Cant., II, 16), y Jesús era siempre la flor pendiente del tallo de José.
Si la unión de los cuerpos en el Sacramento produce tan maravillosos efectos, ¿quién podrá decir los torrentes de gracia que cayeron del corazón de Jesús al corazón de su Madre entre estos abrazos tan tiernos y que tanto duraron? Juan, el discípulo predilecto, descansó sobre el pecho del Señor sólo breves instantes, y en tan corto espacio de tiempo bebió en aquella divina fuente tantas luces, que bastaron para esclarecer al mundo y abrasarlo. Y de nuevo preguntamos: ¿qué diremos de la Madre divina, que por tanto tiempo tuvo sus labios en las fuentes del Salvador? Leernos en la historia de los santos los efectos extraordinarios que la Santa Eucaristía produce algunas veces, no sólo en lo íntimo de las almas, sino en los miembros corporales, y sobre todo en el corazón. Pues ¿no sería hacer agravio al Hijo pensar que no produjo efectos mil veces más divinos en su Madre en medio de aquellas mutuas y virginales caricias?
Resolvamos ya la dificultad. Para que la unión de cuerpo con cuerpo, que obra en la Eucaristía, produzca sus frutos de gracia, es necesaria la institución divina. No todos los que en los tiempos de la vida mortal de Nuestro Señor tocaron su cuerpo fueron santificados por su contacto. Además, es necesario un conjunto de circunstancias que, cierto, no producen la gracia, pero son condición para que sea producida y son también medida de la misma. Por último, la carne de Jesucristo, según una opinión probable, no obra nada más que en el acto de la recepción sacramental, mas no durante todo el tiempo que permanece en el cuerpo del que comulga.
Todas estas dificultades, bien consideradas, se resuelven fácilmente y sirven para confirmar la eficacia santificante de la unión maternal de la Virgen con la humanidad de su divino Hijo. Decís que la carne de Jesucristo no produce sus frutos de gracia sino por virtud de la institución divina: ¿quién niega esto? Pero ¿para qué tomó el Verbo divino carne en el seno de la Virgen? Y, por consiguiente, ¿para qué esta unión tan perfecta entre el Verbo y su cuerpo, entre el cuerpo del Verbo y María? ¿No hemos visto que tiene por fin una obra de santificación? Y si éste es el único fin de la Encarnación del Verbo, ¿por dónde comenzará esta obra? ¿Dónde se ejecutará con mayor eficacia que en María y en favor de María? Poco importa que ella no reciba entonces el cuerpo de Jesús debajo de las especies sacramentales. ¿Era entonces menos vivo y menos vivificante el cuerpo de la vida por esencia? Antes bien, ¿no ejercería entonces, como ya lo hemos demostrado, su influencia santificante tanto más naturalmente cuanto estaba más unido, más inmediatamente unido a la Virgen divina?
Decís que el contacto de la vida de Jesucristo para ser santificante presupone ciertas disposiciones en quien lo recibe. Mas ¿qué corazón tuvo jamás las disposiciones de que estuvo adornado el de María? Meditad la salutación del Arcángel y veréis que, aun antes de concebir al Salvador, ya estaba María llena de gracia; el Señor estaba con ella, y todas las bendiciones celestes descendieron sobre ella como rocío bienhechor. Aún más: el Espíritu de santidad, el Espíritu de amor, el don de Dios, principio y manantial de todos los dones, desciende sobre ella y la virtud del Altísimo la cubre con su sombra. Y María corresponde a estas divinas influencias con virtudes que, como ella misma, no han tenido igual en ninguna otra criatura, con una fe por la que fué proclamada bienaventurada (Luc, I, 45), con una humildad que la abisma tanto cuanto Dios la exalta (Luc, I, 48), con una pureza tan virginal, que en cierto modo enamoró al corazón del mismo Dios. "No juzguéis, pues, de la Santísima Virgen como de las otras madres. No ignoro que también éstas se unen a sus hijo con el espíritu. ¿Quién no lo ve? Pero yo digo que la unión empieza en la carne y se anuda con la sangre; por el contrario, en la Santísima Virgen el primer abrazo comienza en el corazón; su alianza con su hijo tiene origen en el espíritu, porque lo concibió por la fe" (Bossuet, loc. cit.).
Y así resulta que la concepción de María responde de algún modo a la concepción del Padre. El Eterno Padre concibió desde toda la eternidad a su Hijo en su inteligencia como una generación espiritual, antes de darlo a luz incorporado en carne humana. Y, guardada la debida proporción, algo así aconteció en la Santísima Virgen. El Unigénito fué no solamente fruto de su cuerpo, sino ante todo de su corazón, de su humildad, de su virginidad, de todas las virtudes, tan amables y tan poderosas, que hacían de María la Madre del amor hermoso. Mater pulchrae dilectionis (Eccli., XXIV, 26).

III.—Quedan por resolver dos dificultades, que son las más capitales y las más especiosas.
Primera dificultad: la unión tan íntima de la Santísima Virgen con el principio de la gracia duró sólo un tiempo determinado. Jesucristo no estuvo siempre en las entrañas virginales de María ni siempre sobre su corazón y entre sus brazos. Sin hablar de otras causas de separación, por lo menos momentáneas, más de una vez se separó de ella para esparcir la buena nueva antes de la separación más prolongada, que empieza el día de la Ascensión.
Apoyarse en lo que acabamos de exponer para negar o para atenuar la influencia preponderante de la unión del Hijo con la Madre sobre los privilegios de María es desconocer el principio asentado por el Angélico o la aplicación que del mismo se hace a la Santísima Virgen. Porque, ¿acaso los vínculos de la maternidad se relajan con la ausencia? ¿Una madre es menos madre y un hijo es menos hijo sólo porque el uno no está junto al otro? Es verdad que su unión comienza por una estrechísima aproximación de los cuerpos: esto es necesario para que la una sea madre y el otro hijo. Pero, una vez consumada la unión corporal de madre con hijo, ya ni la ausencia, ni la distancia, ni el tiempo, ni el espacio pueden destruirla. Por consiguiente, la carne del Salvador es siempre carne de María; la sangre de Jesús es siempre aquella misma cuyo manantial primero fué el corazón de María. Por tanto, esta Madre admirable conserva siempre sus títulos a las especialísimas efusiones del principio de la gloria.
Así cae por tierra la primera dificultad. La segunda nace de que la unión maternal de la bienaventurada Virgen con el principio de todas las gracias no se remonta a los orígenes de la Santísima Virgen. De donde parece inferirse que aquella unión no pudo santificar una gran parte de la vida mortal de María. Creemos que esta dificultad quedó ya resuelta. Prueba ciertamente que los favores, por lo menos en principio, debieron de ser otorgados con más prodigiosa abundancia a la Virgen cuando fué Madre que en los tiempos anteriores; acerca de esto no cabe duda. Pero, como quiera que sea, la unión que todavía no era un hecho era ya un designio eterno de Dios. El Verbo veía en la carne de María su carne futura, y si la Encarnación del Verbo de Dios refluyó, para santificarlos, sobre los hombres que vivieron antes que el hijo de Dios se encarnase, ¿cómo es posible que no causase efectos más abundantes en aquella que un día había de ser santuario del Verbo humanado?
Añadid una consideración tomada de la Sagrada Eucaristía. Opinó San Agustín que nadie puede entrar en la vida si no ha comido la carne y bebido la sangre de Cristo. Y, sin embargo, el Santo Doctor no cierra la puerta del banquete de la vida gloriosa a los bautizados que mueren antes de haber tomado corporalmente este alimento divino. Es que San Agustín veía en el Bautismo una comunión inicial, porque el Bautismo no nos une con sólo el espíritu con Jesucristo, sino que nos incorpora a su cuerpo místico y nos ordena a aquella alimentación, en la que el mismo Cristo es el manjar divino de los hijos de Dios y de la Iglesia. Y en este sentido puede decirse que María, desde su primer origen, estuvo unida con el fruto bendito de su virginidad. En el momento inicial de su vida lo concibió en su corazón y fué ordenada toda entera a poseerlo, un día, corporalmente en sus entrañas, porque, como ya tenemos visto, para esto y sólo para esto vino al mundo la Santísima Virgen y fué sacada de la nada (Aquí debe constar una advertencia necesaria. No hemos dicho ni hemos querido decir que la continuidad de la unión reclamase por si sola una infusión continua de gracia santificante. No basta, en general, ver en esa continuidad un título permanente a las divinas larguezas y principalmente a las efusiones do luces y nociones sobrenaturales. Por lo demás, ya llegará la ocasión de exponer las circunstancias en que la gracia santificante de María pudo crecer, aparte de sus actos meritorios, ex opere operato).

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