domingo, 14 de julio de 2013

LA NUEVA IGLESIA MONTINIANA (14)

Pbro. Dr. Joaquín Saenz Arriaga
pág. 143-152
 
CARTA CONFIDENCIAL A LOS EMINENTISIMOS CARDENALES, EXCMOS. SRES. ARZOBISPOS Y OBISPOS DE ESPAÑA, PORTUGAL Y AMERICA LATINA. 

     Excmo. y Revdmo. Señor:
     Con el debido respeto y sumisión a la Iglesia y a su Jerarquía, buscando únicamente el servicio de Dios y la salvación de las almas, me permito poner a la consideración de Su Excelencia Reverendísima una información y unos razonamientos sobre temas vitales para el futuro de los pueblos y de la misma Iglesia.
     Al intentar prestar este servicio a la Iglesia de Dios, debo manifestar a Su Excelencia Reverendísima que cuento con la aprobación de varios Obispos mexicanos y las bendiciones de algunos Prelados europeos.
     Me he visto en la necesidad, por las circunstancias en que me encuentro, de imprimir esta información y estos razonamientos, ya que de otra manera hubiera sido punto menos que imposible el hacer todas las copias necesarias. La impresión, además de discreta, está debidamente vigilada.
     Besa su anillo pastoral y la bendición humilde le pide, su affmo. en Cristo,

EL PELIGROSO VIRAJE DE LA POLITICA VATICANA.
     En un reportaje de la Prensa Asociada, desde Ciudad del Vaticano, fechado el 28 de junio, dos días antes de la coronación del nuevo Pontífice, leí asombrado la siguiente oficiosa comunicación:
     "Se tiene entendido que el Papa Paulo VI estudia la forma de concertar un arreglo con los gobiernos comunistas, para mejorar la suerte de los 60 millones de católicos romanos, que viven allende la Cortina de Hierro. Desde que fue elegido al trono de San Pedro, hace una semana, el Pontífice ha preparado el terreno para el restablecimiento de las antiguas relaciones del Vaticano con las naciones comunistas... Infórmase que el Papa Paulo está más interesado en restablecer los vínculos interrumpidos después de la segunda guerra mundial, que en mantener latentes las antiguas pugnas con los comunistas.
     "Con ello sigue las normas iniciadas por el Papa Juan XXIII, quien propugnó la salida del Cardenal Jozef Mindszenty, de la legación de los Estados Unidos en Budapest, para venir al Vaticano, a cambio de la suavización de las restricciones impuestas por el gobierno húngaro a la Iglesia.
     "En fuentes diplomáticas se hizo hincapié en que el Vaticano se opone, como siempre a la ideología comunista, pero que el Papa Paulo se enfrenta a la realidad política de la época y, para lograr la meta de la Iglesia de atender a su rebaño, se verá en la necesidad de promover mejores relaciones entre la Santa Sede y los países del bando comunista". (ULTIMAS NOTICIAS, viernes 28 de junio de 1963. Año XXVII, Tomo III, Núm. 8,688).


     Y, confirmando las anteriores palabras de la Prensa Asociada, en el mismo periódico leí el efusivo y significativo mensaje de Su Santidad a Nikita Krushchev, como respuesta a la felicitación que el jefe soviético había enviado por su elección al Pontífice:  
     "Nos expresamos nuestra leal y sincera gratitud a Vuestra Excelencia por vuestros plácemes y buenos deseos. Vuestro mensaje trae a nuestra alma una imagen del pueblo ruso y recuerdos de su historial humano y cristiano. Rogamos a Dios porque este pueblo, en su prosperidad y vida social organizada, pueda realizar una importante contribución al verdadero progreso de la Humanidad y a una paz justa en el mundo".
     Todavía, en la misma página del mismo pariódico, como una crítica mordaz de esta política, mi vista tropezó con el breve comentario de Pomares Monleón: "Se unen en Italia marxistas y demócratas cristianos. La cruz y el diablo del brazo y por la Vía Apia".
   Pocas veces, quizá ninguna como ésta, he sentido tan honda, tan intensa conmoción en mi espíritu. Como si, en un momento, la luz que siempre ha guiado mis caminos se hubiera extinguido; como si mi misma fe hubiera sido violentamente sacudida; como si la misma existencia hubiera perdido para mí su interés, su misma razón de ser. ¡Qué horrible es sentir que falta el suelo, que no hay base estable e inconmovible en nuestra vida, que a los que ayer combatíamos con toda la entereza y lealtad de nuestras convicciones católicas —porque eran enemigos de Dios, porque eran la negación militante de todo lo que creemos, de todo lo que somos— ahora les tendemos amigables la mano y los invitamos a sentarse a nuestro lado!
     Las sutiles distinciones de la casuística moderna no pueden acallar el torrente de objeciones y la vehemente y airada protesta, que brotan de mi mente y de mi corazón sacerdotal y creyente.
     Es evidente que ha ocurrido un cambio radical entre la actitud definida, precisa, contundente de Pío XI y Pío XII y el ablandamiento desconcertante y manifestó de Juan XXIII y Paulo VI.
     Aldo Baroni escribe ("EXCELSIOR", 18 de julio de 1963) estas palabras impresionantes, que nos revelan cómo han juzgado los seglares y los pensadores no católicos la nueva política vaticana:
     "Llega a mis manos con gran retraso, el retraso de la correspondencia que viaja por la más económica de las vías, que es la del mar, un comentario de Prezzolini, el gran compañero de Papini, sobre la Encíclica 'Pacem in Terris'. Dice: 'La Encíclica PACEM IN TERRIS ha suscitado gran ruido. Es natural que así sea, particularmente en Italia. El Papado es la sola organización política que haya sobrevivido desde el Imperio Romano hasta hoy en Italia. En la formación de esa democrática aristocracia y de esa monarquía absoluta y electoral, que es el Papado, los italianos han llevado lo mejor de su sabiduría política y han expresado sus más altas capacidades de organización. Además la Encíclica tiene un eminente contenido político y social. Los comentarios, que sobre ella he leído, giran especialmente alrededor de ese aspecto: EL GRAN VIRAJE DE LA IGLESIA, la cual, para sobrevivir, se ha puesto siempre de acuerdo con los vencedores políticos y parece demostrar ahora que habiendo de prevalecer las formas socialistas de gobierno, es mejor abrir el diálogo con ellas, para ver si se puede encontrar una fórmula de adaptación. Las preocupaciones de muchos consisten en el hecho de que esta vez no se trata del clero gálico o de la monarquía francesa, o de las veleidades de independencia de la República Veneciana, o del pasajero imperio de Napoleón, sino de Rusia, es decir, un Estado que es también una religión, opuesta netamente a cualquier otra religión que no sea la del propio Estado.
     "También del lado religioso la Encíclica es muy importante. Su Santidad sostiene en ella que todo hombre tiene dentro de sí la razón y que con esa razón tiene igualmente la capacidad de darse un orden internacional razonable, mediante el cual podrá lograr el más grande de los bienes de la tierra, o se a la paz. No se hace mención en la Encíclica del hecho de que el hombre ha perdido, por lo del pecado original, la capacidad de perseverar en las buenas obras, hasta el punto de alcanzar el máximo bien terrestre, que es la paz, sin la ayuda de la gracia de Dios.
     "La Encíclica se encuentra, más o menos, en la posición de aquel Pelagio, que, en el siglo cuarto después de Cristo, sostenía que el hombre puede salvarse con la sola razón y moralidad. Igualmente está en lugar parecido al pensamiento racionalista del siglo XVIII, en el cual, el hombre honesto, aunque no fuera creyente, podría tomar asiento al lado de los santos, así como Sócrates puede sentarse al lado de Jesús. No veo que la Encíclica haga mención del pecado original y de la gracia de Dios. Son conceptos éstos que mucho molestan a ciertos católicos de la nueva ola, los cuales parece que quisieran librar a la religión de ese, como ellos lo llaman, 'lastre de la Edad Medio'. Eso me recuerda una novela reciente del Señor Saviene, en la cual se narra la historia de un obispo que muriendo sueña que es Papa y anuncia infaliblemente que el infierno no existe.
     "Lo que he venido leyendo sobre la nueva ola juvenil sacerdotal italiana, encabezada por un vesánico despilfarrador que se llama La Pira y de Mons. Capovilla, me hace pensar en que el nuevo Papa ha de tener mano bien dura para encarrilar a los descarriados. Mirada severa, sí tiene, aspecto robusto también, y eso permite tener buena esperanza. Y, por lo demás, el Salmista ya lo dijo: 'ET PORTAE INFERI NON PRAEVALEBUNT'. Y que así sea".
     No es el único comentario, que, sobre ese manifiesto y gran viraje de las autoridades eclesiásticas, hemos leído. En "PERIFONEMAS" de ULTIMAS NOTICIAS (México 9 de Agosto 1963) vimos estas palabras desconcertantes y aterradoras para nuestra fe católica:
     "En estos tiempos, en que hasta en el clero europeo, en espera de pasar su veneno a las Américas, van presentándose brotes de marxismo católico, en ciudades tan excepcionalmente consagradas por la religión, el arte y la civilización occidental, como Florencia, convendría que fuerzas aglutinantes actuaran, para evitar que nuestra vida sea despedazada, destruida por los factores eminentemente disolventes del facismo rojo. Este perifoneador de turno hoy tiembla ante el peligro de infecciones-rojas, que amenazan al mundo, en partes tan delicadas y peligrosas como la propia Roma, donde reside la Jefatura Suprema de la Religión Cristiana. Ante ciertos deslizamientos increíbles de altas personalidades católicas y el peligroso abrazo con el extremismo izquierdista del porpio Presidente del Consejo de Ministros de la República Italiana, un agudo escritor acaba de terminar un interesante artículo con estas palabras agoreras: 'Es necesario saber si la Iglesia sigue estando con el Mundo Libre y contra los ateos comunistas o si marca el paso hacia el comunismo en la creencia de que más tarde podrá convivir con el triunfador. Quisiéramos saber si en la Catedra de Pedro está sentado el Vicario de Cristo o un temeroso heredero de Poncio Pilato'. Nuestros amados lectores nos creerán seguramente cuando confesemos que tales palabras nos han llenado de sobresalto y temor".


     Motivo sobrado tiene el perifoneador para estremecerse al escribir estas palabras, en un diario de tanta circulación en toda la República Mexicana. Yo mismo he sentido indescriptible sensación al transcribirlas para dar completa información a los Prelados de habla española, que así podrán darse cuenta mejor de la confusión que hoy reina en el mundo.
     Hay otro artículo interesantísimo, escrito por M. I. Sr. Canónigo Lic. Don Rafael Rúa Alvarez, cuyo título sugestivo da la impresión de que el autor pretende defender piadosamente la nueva política que, en modo arrollador, parece imponérsenos desde arriba. "La Iglesia no puede ser comunista": así reza el encabezado del escrito.
     Después de describirnos, concisa y magistralmente, las insospechadas y abrumadoras sorpresas científicas, sociales, económicas y políticas del siglo XX, pasa a hablarnos de las mundanzas eclesiásticas:
     "Y, en el torrente de la lógica de la historia, escribe, no podía faltar la Iglesia: se rompió el duro tradicionalismo de veinte siglos que sirvió de base granítica a la enseñanza de la verdad sin componendas, de la justicia sin demagogias, del bien sin quebrantos, de la libertad sin atropellos, de la paz sin destructoras convivencias".
     Es, pues, innegable, evidentísimo que un cambio vertiginoso y casi diríamos radical se ha obrado en la actitud pontificia respecto al comunismo internacional. Se afirma que, en el orden especulativo, platónico, el antagonismo permanece invariable; pero, en el orden práctico, en el orden de las relaciones humanas, se admite que "para mejorar la suerte de los 60 millones de católicos romanos, que viven allende de la 'Cortina de Hierro', es preferible preparar el terreno para el restablecimiento de las antiguas relaciones del Vaticano con las naciones comunistas...". ¡Con razón afirma Prezzolini que este es el gran viraje de la Iglesia! Yo diría mas bien "el gran viraje de la política vaticana".
     El fin de ayudar a los 60 millones de hermanos nuestros, que viven esclavizados y vejados tras la Cortina de Hierro, es ciertamente apostólico y laudable; pero no dejan de pesar enormemente las preocupaciones de muchos "en el hecho de que esta vez no se trata del clero gálico, o de la monarquía francesa, o de las veleidades de independencia de la República Veneciana, o del pasajero imperio de Napoleón, sino de RUSIA, es decir, un Estado, que es también una religión, opuesta netamente a cualquier otra religión, que no sea el propio Estado". Y yo añadiría que esa doctrina nihilista y pulverizadora sostiene, como uno de los postulados básicos y de los puntos centrales de su programa intensamente proselitista, el ataque a Dios, porque Dios es un mito funesto y anticientífico; y la destrucción de toda religión dogmática y positiva, porque la religión es el opio del pueblo.
     He aquí el problema vital que estamos viviendo y cuya solución escapa a nuestra lógica. Escribe en su artículo, ya citado, "La Iglesia no puede ser comunista", mi admirado y llorado amigo el M.I. Sr. Canónigo Rúa: "La precitada dinámica papal reconstructiva (yo diría más bien: reformista), empero, ha causado lamentables equivocaciones que han formado dos corrientes de opiniones: la de la derecha y la de la izquierda".
     "La corriente de la derecha está alarmada y considera que la blandura moral del Vaticano provocará el rompimiento de la estructura moral del mundo, por la convivencia pacífica de la verdad con el error, de la justicia con la injusticia, del bien con el mal, de la libertad con la esclavitud, de la paz inerme, atada de manos, con la aparente paz armada y dispuesta a la destrucción.
     "Hay modernos pensadores analíticos, profundos conocedores de la lógica y de la historia, filósofos, sociólogos, que captando las noticias de la prensa al desgaire encuentran, en el proceso mencionado, una destrucción conceptual del orden filosófico, de catastrófica dimensión: los términos esencialmente disparados se unen, lo universal y lo particular se identifican, el ser y el no ser se igualan". Y alguien añadiría: la afirmación y la negación parecen reconciliarse en la casuística flexible, gelatinosa y acomodaticia de las humanas conveniencias. Como si el fin nobilísimo e imperioso justificara ampliamente los medios nebulosos que pueda emplear la política desconcertante de la "mano tendida".
     Y no es falsa información o torcidas interpretaciones de la malicia liberal, ni es desconocer la historia de la Iglesia, su estructura canónica, las bases inquebrantables de su fe probada en el martirio, ni es Ignorancia de Teología y otras muchas diciplinas eclesiásticas, como piadosamente explica mi amigo, lo que ha creado esta crisis espiritual, esta espantosa desorientación, esta oscuridad de las conciencias.
    Porque conocemos la Teología, porque estamos al tanto de la Historia de la Iglesia, porque hemos leído, meditado y vivido los documentos pontificios, por eso sentimos este vértigo; por eso levantamos nuestra voz impotente; por eso buscamos afanosos la luz.


Precisemos posiciones.
     No quisiera yo que mis palabras fueran interpretadas como una falta del debido respeto que yo debo al Vicario de Cristo, al sucesor de Pedro, al representante de Dios en la tierra, ya se llame Pío, Juan o Pablo. Gracias a Dios, mi adhesión al Pontificado ha sido y es profunda y sincera, porque se apoya y sostiene en mi fe católica. Sin embargo, para entender mi actual desconcierto, que es el desconcierto de otros muchos, conviene tener presentes los siguientes puntos:
    a) El Papa solamente es infalible, "cuando habla ex cathedra, es decir, cuando funje su oficio de Pastor de todos los cristianos, al definir con su suprema autoridad apostólica la doctrina de la fe o de las costumbres, que debe ser creída por toda la Iglesia... y, por lo mismo, sus definiciones por sí mismas, no por el consentimiento de la Iglesia, son irreformables". (Conc. Vat. I, sess. IV, c. 4). De esta definición del Vaticano I se sigue en primer lugar que el Papa goza del privilegio de la infalibilidad; que este privilegio no significa una infalibilidad personal, sino una infalibilidad didáctica, y que para que se dé, para que nosotros aceptemos como verdad de fe lo que el Papa define infaliblemente, se necesitan cuatro condiciones:
     1) Que el Papa hable ex cathedra, como Pastor y Maestro Supremo de la Iglesia, y así nos lo haga ver con palabras expresas e inequívocas.
     2) En la doctrina de la fe o de las costumbres.
     3) Que defina, es decir que nos diga que una verdad precisa y concreta está comprendida en el Depósito de la Divina Revelación.
     4) Que nos imponga a todos los católicos el deber de creer lo que ha definido, como cosa de fe, bajo la pena de eterna condenación.

     De la definición del Vaticano I también se sigue, contra las pretensiones del Cardenal Suenens y otros progresistas, que esas definiciones papales no necesitan el refrendo de los eclesiásticos o fieles de la Iglesia para ser irreformables, para adquirir su valor de una verdad dogmática. Con las cuatro condiciones expresadas por el Vaticano I, esas definiciones papales son por sí mismas irreformables, son artículos de fe, son dogmas inalterables de nuestra religión católica.

     b) El Papa, no solamente cuando define ex cathedra, en la doctrina de la fe o de las costumbres, que debe ser creída por la universal Iglesia, goza indiscutiblemente de la asistencia del Espíritu Santo, sino también en el cumplimiento de sus altísimos deberes. Pero esa habitual asistencia no hacen al Papa personalmente ni infalible, ni impecable. Esa ordinaria asistencia divina presupone y exige la personal y libre correspondencia de la libertad humana.
     Y el Papa, como hombre, puede fallar en esa correspondencia.
     c) En el Magisterio Ordinario de los Sumos Pontífices, el Papa es infalible cuando expone verdades que han sido ya definidas o por anteriores Pontífices o por Concilios Ecuménicos, o cuando enseña y repite la doctrina "Quam semper et ubique tenuit Ecclesia", que siempre y en todas partes ha sido aceptada y creída por la Iglesia universal. Porque la Iglesia no puede universalmente caer en el error, contra las promesas infalibles de Cristo.
     d)  El Papa, como hombre particular no es siempre infalible, puede errar, no sólo en cuestiones puramente humanas, sino aun en asuntos relacionados con la fe; puede incluso (según el sentir de preclaros teólogos y según las lógicas consecuencias que se siguen de la naturaleza y restricciones de la prerrogativa de su infalibilidad didáctica) incurrir personalmente en la herejía. Sin embargo, la "inerrancia" de la Iglesia nos garantiza que, aún en estas circunstancias excepcionales, el Papa no podría definir, como verdad revelada y de fe, un error por él privadamente profesado.
     e) Como Pontífice Supremo, pero no definiendo algo, en virtud de la plenitud de su autoridad apostólica, cuando habla de doctrinas que no deben ser creídas como dogmas por la Iglesia universal, su juicio no es dogmático ni definitivo. No podemos considerar estas enseñanzas pontificias como infalibles ni obligatorias para la fe católica, aunque —mientras no se opongan a la doctrina de la fe o nuestra sumisión debida a Dios sobre todas las cosas— debamos los católicos prestarles nuestra sumisión externa, nuestro "obsequium religiosum".
     f) El Papa, además de ser Maestro Supremo e infalible de la Iglesia, es también Jefe de una sociedad, aunque espiritual, también humana y visible, que está en íntimo contacto con las otras sociedades meramente humanas y, en especial, con las naciones y los gobiernos qué las rigen. Por este motivo, los Papas han reivindicado su independencia política; han luchado por la conservación y defensa de sus Estados Pontificios; han firmado el Tratado de Letrán, en el que Italia reconoció la completa soberanía y autonomía de la Ciudad Vaticana; por ese motivo también, en sus relaciones internacionales, los Papas han tenido su política, que unas veces formó alianzas bélicas y otras veces aceptó pactos de paz, según lo exigían, no sólo los altísimos intereses del Reino de Dios, sino las conveniencias de los propios intereses del Papado o de los Pueblos y Gobiernos, que eran sus aliados.
     g) Así como en el ejercicio de su Magisterio, Ordinario o Extraordinario, los Papas utilizan los servicios de teólogos especialistas, y auscultan el sentir y opinión de los Obispos y de las escuelas teológicas principales, que en la Iglesia florecen, para preparar así los caminos de Dios, antes de emitir ellos, con su autoridad suprema, su juicio definitivo e inapelable; así también, como Jefes de esta sociedad visible, en el gobierno de la Iglesia, en su política administrativa y práctica, utilizan necesariamente, no sólo los consejos y direcciones de hombres eminentes y especializados, que ellos asocian a su gobierno, sino actúan muchas veces por presiones extrañas de gobiernos no solamente católicos, sino aun heréticos, cismáticos y, tal vez, enemigos secretos o descarados de la Iglesia de Dios. Y he aquí el gran peligro y la explicación manifiesta de los errores innegables que el Vaticano haya podido tener en su política internacional:


NO SIEMPRE LOS CONSEJEROS HAN SIDO LEALES NI ACEPTADOS.
     Es público, en el ámbito internacional católico, el nefasto influjo que connotados teólogos del Vaticano II, llamados ampulosamente "sus expertos", Monseñores de la Curia Romana y del Cuerpo Diplomático Vaticano han ejercido, en sospechosa conivencia con los grupos políticos, que han favorecido el avance del comunismo, con la apertura a izquierda. Así mismo, sus ideas y sus acciones han permitido transacciones injustificables con los enemigos de Dios, y han impedido que las fuerzas genuinamente católicas, en su lucha nobilísima y necesaria, se interpongan en defensa de la doctrina y de la existencia misma de la Iglesia. Parecen que más pesan para ellos los consejos del régimen masónico que gobierna en la Casa Blanca, que las enseñanzas milenarias de la tradición cristiana.
     El Presidente Roosevelt, en un despacho personal que envió a S.S. el Papa Pío XII, por medio de su representante ante el Vaticano Myron Taylor, escribía al Papa:
     "Sin embargo, estimo que la dictadura rusa es menos peligro sa para la autoridad de los demás países, que la forma de dictadura alemana. La única arma que la dictadura rusa utiliza, fuera de sus fronteras, es la propaganda comunista, la cual, reconozco, como es natural, que se ha orientado en el pasado a derrocar las formas de gobierno de otros países, sus convicciones religiosas, etc. Pero Alemania no sólo ha utilizado, sino que está utilizando este tipo de propaganda también y, además, ha procedido a todo género de agresiones militares, más allá de sus fronteras, con el propósito de conquistar el mundo por la fuerza de las armas y la propaganda".
     Para terminar, decía el Presidente americano:
     "Yo creo que la supervivencia de Rusia es menos peligrosa para la religión, para la Iglesia como tal, y para la humanidad en general, que la supervivencia de la forma dictatorial alemana. Más aún, creo que los jefes de todas las iglesias de Estados Unidos deberían estar de acuerdo con mi punto de vista y no cerrar los ojos a estos problemas fundamentales, ni ayudar a Alemania en los objetivos que se propone con su actitud".
     Pío XII y sus consejeros no podían tomar en serio esta declaración, intencionada y malévola, del presidente judío de los Estados Unidos. La experiencia de la Iglesia con el comunismo, tanto en su aspecto doctrinal como militar, había sido excesivamente amarga, para que ahora se dejase influir por promesas halagadoras para el futuro, pasando por alto las crueles realidades del presente. Por eso la actitud del gran Pontífice, del salvador de Roma, fue la misma de sus predecesores Pío IX, León XIII y Pío XI.

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